Sociedad y poder

Cuando el mujerío ganó el sufragio

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La Crónica, octubre 19 de 2003

La conmemoración que un grupo de vistosas damas organiza por los 50 años del sufragio de las mujeres no se realizó, como tendría que haber ocurrido, el viernes pasado. El festejo será dentro de varios días, hasta que se encuentre en México la señora Marta Sahagún de Fox. Como ella estaría acompañando a su marido en Japón y Tailandia, las organizadoras accedieron a posponer la celebración hasta la siguiente semana.

   Esa manifestación de culto presidencialista (ya no en beneficio del titular del Ejecutivo Federal como sucedía en tiempos de la vieja política sino ahora de su esposa) deslucirá el evento cuya preparación ha suscitado tanto interés debido a la convergencia de mujeres de muy distintas adscripciones y convicciones políticas. Desde luego la señora Sahagún tiene una presencia pública relevante. Pero supeditar a su presencia la celebración organizada por un grupo aparentemente independiente respecto de intereses políticos peculiares, resulta contradictorio con el sentido mismo del sufragio que las mujeres ganaron en México hace medio siglo.

 

Primero, en los municipios

   Aquella decisión, hace medio siglo, no fue sencilla ni estuvo exenta de rechazos. Los Constituyentes no pensaron en la mujer como beneficiaria de la ciudadanía. Ese no fue un tema que se debatiera cuando la Carta Magna fue redactada entre 1916 y 1917. Sin embargo, conforme avanzó el siglo, también lo hizo la convicción de que así como compartían responsabilidades las mujeres también tenían derechos que no estaban siendo reconocidos.

   El camino hacia el voto pleno de las mujeres fue lento y sobresaltado. En 1937 el presidente Lázaro Cárdenas presentó una iniciativa de reforma al artículo 34 constitucional para abrir el paso al reconocimiento de las mujeres como ciudadanas con derechos plenos. Aquella propuesta no prosperó. Nueve años más tarde, a iniciativa del presidente Miguel Alemán, fue reformado el artículo 115 Constitucional para permitir que las mujeres pudieran votar y ser candidatas en elecciones municipales.

   En rigor el voto femenino fue establecido en esa ocasión, el 24 de diciembre de 1946, pero limitado sólo a la renovación de ayuntamientos. El ejercicio parcial del sufragio se mantuvo durante más de un sexenio.

   Esa absurda restricción, que consideraba a las mujeres aptas para votar y ser votadas en el plano municipal pero no así en las elecciones estatales ni federales, sería abolida con una nueva reforma constitucional, propuesta el martes 9 de diciembre de 1952  por el presidente Adolfo Ruiz Cortines. Con esa iniciativa se buscaba eliminar del 115 constitucional la precisión acerca del voto de las mujeres en los municipios y, lo más importante, añadirlas expresamente en el artículo 34, que establece quiénes son ciudadanos en este país.

   El mismo día que recibió la iniciativa presidencial, en la Cámara de Diputados ingresó una propuesta similar de varios legisladores del Partido Acción Nacional. Una semana más tarde dos diputados del Partido Popular anunciaron otra propuesta, también para reconocer el derecho de las mujeres al sufragio en todas las elecciones.

   Tales iniciativas fueron dictaminadas con celeridad. El 18 de diciembre de aquel 1952 las comisiones que habían revisado las propuestas dieron su aval a la que presentó Ruiz Cortines. Se trataba del primer paso definitivo para el reconocimiento del derecho de las mujeres al voto. Sin embargo la concepción que los legisladores tenían del papel de las mujeres se encontraba muy distante de la concepción igualitaria que campearía medio siglo después. Se les otorgaba el voto por su abnegación al respaldar a los hombres y al mantener la solidez de las familias.

 

“Auxiliar del hombre”

   Los argumentos del dictamen aprobatorio, comenzaban de la siguiente manera: “Dadas las acertadas consideraciones contenidas en la iniciativa de reformas presentada por el actual titular del poder ejecutivo de los Estados Unidos Mexicanos, a través de las cuales se reconoce la efectiva, generosa y desinteresada colaboración de la mujer mexicana, como auxiliar del hombre en sus empresas y como sostén de los principios morales de la familia mexicana; reconociendo la iniciativa en cuestión el nivel cultural, político y económico adquirido por la mujer, similar al que tiene el hombre, lo que permite admitir conscientemente la capacidad femenina para participar en forma activa y eficaz en la integración del régimen democrático mexicano; con base en las opiniones y manifestaciones notoriamente favorables de los sectores sociales del país, que ponen de manifiesto la existencia de un ambiente favorable para reconocer en la mujer los mismos derechos políticos que a la fecha se reconocen al hombre; y atentos a los resultados obtenidos a través de la intervención activa de la mujer como elector en las elecciones municipales y la eficiente capacidad demostrada por la mujer mexicana al actuar al frente de los puestos de elección popular municipal, organización primera de nuestra estructura democrática, se está en el caso de considerar plenamente justificada la equiparación de la mujer en cuando a los derechos cívicos que hasta la fecha le habían sido vedados”.

   El dictamen estaba suscrito por los diputados Norberto Treviño Zapata, Ernesto Gallardo S., Alberto Hernández Campos, Ramón Cabrera C., Rómulo Sánchez Mireles y Francisco Chávez González. Este último, del Partido Acción Nacional, se deslindó más tarde de ese documento porque, a su juicio, se le confería demasiada importancia al papel del PRI como impulsor del voto a las mujeres. En el debate que se realizó el 22 de diciembre Chávez González consideraba que la mujer siempre debió haber tenido la ciudadanía plena, es “un título que la naturaleza le ha otorgado”.

   Ese legislador se adelantaba a los cuestionamientos a la decisión que los diputados estaban por tomar: “Que el voto en la mujer es peligroso; para algunos el voto que se concede a la mujer entraña un grave peligro, porque la mujer, se dice, es pasional; porque lleva a la vida la pasión que nace en ella por el predominio en algunos de sus actos del sentimiento; por la superioridad que a veces da en sus acciones a la categoría de ser sensible y no de ser apasionada”.

   Otro diputado, Manuel Hinojosa Ortiz recordó algunas de las mujeres que participaron en luchas sociales y políticas desde el siglo XIX para, luego, arengar: “Las encontramos con un valor espartano entregando en aras de la libertad, a sus hijos, su fortuna, su tranquilidad, dando todo su esfuerzo con un desprendimiento y con una generosidad que es una continua esperanza para nuestro país; pero no sólo en la guerra la mujer mexicana ha dado grandes muestras de heroísmo, de esfuerzo, de patriotismo, de desinterés, también en los tiempos de paz la vemos por todos lados. Además de las arduas tareas domésticas que realiza casi ella sola, en todo el país ayuda al hombre en una serie de tareas productivas”.

 

Obrera, cajera, secretaria

   A juzgar por las palabras de legisladores como ese, a las mujeres de les estaba concediendo el voto como premio por ser sacrificadas y, acaso también, por respaldar a los hombres. Eran otros tiempos, claro. Y algunos argumentos eran diferentes los que proliferan ahora.

   El diputado panista Felipe Gómez Mont comenzó su intervención con esta remembranza: “Señoras y señores: hace seis años recibí entre las distinciones de mi vida, la invitación de Excélsior para llevar un homenaje a la mujer mexicana en el Día de las Madres. Y fui ahí llevando la bendición de mi madre, el estímulo maravilloso de mi esposa y el aliciente de manecitas que acariciaban mejor, que forman nuestro hogar; y hoy, señores, vengo con la misma bendición, con el mismo aliciente y con el mismo estímulo: mi madre, mi esposa y mi hija, síntomas de mexicanidad que no pueden ser banderas de partido porque son patrimonio de la patria; vengo aquí a afirmar, señores, que el paso trascendente que estamos dando no es reconocimiento ni es don de soberano; es la victoria que a través de los siglos alcanza la mujer maravillosa en el terreno de nuestra patria”.

   Para otros legisladores, reconocer el voto a la mujer era una manera de congraciarse con el presidente de la República. Antonio Ponce Lagos, del Partido Nacionalista, sostuvo: “Ya sabemos que la mujer mexicana está capacitada para ir a las urnas electorales. Ya lo sabemos, y no le estamos concediendo; nadie ha dicho que se le conceda. Se le reconoce y se le inscribe en la ley para el ejercicio de ese derecho. Es cierto, la mujer mexicana está capacitada y debemos reconocerle esa capacidad, como lo ha pedido el presidente esencialmente justo, el presidente esencialmente sincero y recto, que a los pocos días de tomar posesión de su cargo, empieza a cumplir su palabra absolutamente”.

   Otro partido, el Popular, representado por Máximo Gámiz Fernández, consideró que además del voto para la mujer se debería reconocer ese derecho para los mexicanos de 18 años independientemente de su estado civil.

   Nadie en la Cámara de Diputados dijo que a las mujeres les faltase capacidad para participar en los asuntos públicos. Sin embargo luego de una extensa discusión con el PAN, cuyo compromiso con los derechos de las mujeres ponía en duda, el priista Ramón Cabrera Cosío amonestó: “Creemos que la mujer no adolece de impreparación, puesto que todos nosotros no hemos reconocido esa impreparación. El campesino recibe de la mujer la ayuda, al ir a recolectar la leña para hacer lumbre o las raíces para nivelar su presupuesto. El industrial, cuando utiliza a la mujer como fuente de energía para sus fábricas; el banquero, cuando garantiza sus dineros con la mujer en el cargo de cajera; el profesionista, cuando explota a la mujer en su trabajo como secretaria; en fin, el hombre en su hogar cuando escuda sus propias inmoralidades ante los ojos de sus hijos, apoyándose tan sólo en la respetabilidad de la mujer como madre. Si no le reconocemos a la mujer impreparación para todas esas funciones, tampoco tenemos derecho alguno de imputarle gratuitamente una impreparación para actuar en lo cívico…”   

   Poco después fue aprobado el dictamen para reformar los artículos 34 y 115 de la Constitución. Tendría que ser examinado, entonces, en la Cámara de Senadores.

 

“Las distraerá del hogar”

   Horas antes de la cena de Nochebuena, el Senado discutió el dictamen a la propuesta de la Cámara de Diputados que sus propias comisiones habían elaborado en menos de un par de días. Allí sí hubo discrepancias. Como primer orador se anotó el viejo político aguascalentense Aquiles Elorduy cuyo tradicionalismo era tan intenso como su oratoria.

   Ese legislador comenzó por deplorar el abatimiento que identificaba en la moralidad de los hogares mexicanos. “Me refiero al vicio extendido de fumar, de beber, de bailar en cabaretes, de estar en playas, hasta con los novios, las señoritas casi desnudas, etcétera, etcétera. ¡Qué más, si ahora la ‘canasta uruguaya’ se ha desarrollado de tal manera que los maridos necesitan pedir audiencia a sus mujeres para hablar con ellas!”.

   Prosiguió Elorduy: “Se alega que hay que hacer justicia a la mujer dándole los derechos políticos que no ha tenido. Yo diría que la mujer mexicana tiene toda la justicia grandiosa que ha necesitado y debido tener. La mujer mexicana, la madre mexicana es la que forma el corazón del niño, es la que educa su espíritu, es la que le imparte su religión, y eso es una gran cosa en una sociedad. El hombre no tiene esas misiones en el hogar, ni puede tenerlas, porque sus ocupaciones públicas le impiden dedicar su tiempo a estas cuestiones”.

   A ese legislador, que había sido diputado durante el gobierno de Francisco I. Madero y que cuatro décadas más tarde volvió a serlo, entonces por el PAN –partido del que se alejó más tarde hasta llegar a ser senador por el PRI– le parecía que al involucrarse en política las mujeres desatenderían sus hogares. “Tienen que concurrir a los mítines, tienen que estar en las discusiones sobre puntos políticos, tienen que leer todas las cuestiones políticas, tienen que empaparse de la historia política. Todo esto forzosamente las distrae de las ocupaciones hogareñas. Tengo miedo, tengo miedo, tengo pavor; tengo nietas que adoro y que considero están en un peligro inminente dentro de la liviandad que actualmente reina en la sociedad mexicana”.

   Elorduy, que a sus 77 años tenía entusiasmo suficiente para batallar por sus solitarias y diríase, entonces y ahora retrógradas convicciones, alertó además contra el riesgo que significaría la influencia clerical en el voto de las mujeres. “Resultará que, con los derechos políticos de la mujer, los votos que emitan ellas (serán) ya no a favor de sí mismas, sino de los candidatos católicos”.

 

Navidad en el Congreso

   Aquel 24 de diciembre de 1952 en el Senado abundaron las réplicas a ese legislador. Luis I. Rodríguez, ex presidente del Partido de la Revolución Mexicana y ex secretario del general Lázaro Cárdenas, atribuyó la descomposición moral de los hogares mexicanos a las guerras que campeaban por todo el mundo y no a descuido alguno de las mujeres. Apeló más tarde al espíritu de fraternidad que se recordaba en esa fecha: “Esta noche es Nochebuena, que estremece a todos los espíritus del mundo y los conjuga en un anhelo supremo de paz, de confraternidad y de infinito amor”.

   En respuesta a su colega, Rodríguez aseveró luego: “Tampoco es indicio de desarreglo social el que muchas mujeres mexicanas fumen, asistan a cocteles, o se dediquen en sus ratos de ocio a jugar la ‘canasta uruguaya’ que tanto alarma a mi interlocutor. Si esas mismas aficiones las tenemos los hombres, ¿por qué vamos a condenar a nuestras compañeras?”.

   El mundo había cambiado, insistió ese legislador guanajuatense. “Hoy, superación y dinamismo en las muchedumbres femeninas. Igualdad absoluta con los hombres en sus derechos y en sus obligaciones. La escuela, la fábrica, la industria familiar, el periodismo, la diplomacia, la banca, el comercio, la agricultura y la Universidad, constituyen los principales factores de su adelanto integral; son los grandes escenarios de su fecunda colaboración; centros progresistas en donde se templa su esfuerzo y se manifiesta su coraje constructivo, en beneficio de la patria que aman y que la Revolución ha forjado”.

   Toco el turno al zacatecano Lauro G. Caloca, que tres décadas antes había colaborado con José Vasconcelos. En una larguísima catilinaria ese legislador recordó la presencia de las mujeres en reuniones políticas: “¿Quiénes eran las primeras que ponían un marco maravilloso en aquellas manifestaciones…, que concurrían a nuestros grandes mítines? Eran las mujeres que parecían un búcaro de flores, en las escaleras, en las azoteas, en los templos, en las torres. Desde allí lucían su belleza con un espíritu admirable”.

   Caloca desmintió que las mexicanas perdieran el tiempo en entretenimientos como los que se habían mencionado: “La canasta la juegan dos o tres ricachonas desocupadas. Las campesinas no saben de canastas. La campesinas ignora lo que es el conquián, los tatemados, los albures. Sólo sabe de paisajes en flor, de grandes alboradas”. Darle el voto a la mujer dijo, permitiría impulsarla a desplegar convicciones políticas: “pongámosla en contacto con los grandes problemas sociales y entonces veremos cómo se adelantan inmediatamente, cómo a esa mujer del hogar a quien le decimos que es retrógrada, conservadora y retardataria, la veremos en las primeras filas, posiblemente en la izquierda mejor que nosotros. Sí, porque ella tiene en su corazón más trayectorias y más sensaciones luminosas”.

 

“Toque de inspiración y ayuda”

   Elorduy no cejaba e insistió en la posibilidad de que el voto femenino sirviera para ampliar el poder político de la iglesia católica. Más tarde el senador jalisciense Pedro de Alba, ex embajador y ex Rector de la Universidad de Nuevo León, admitió que las de su colega Elorduy no eran posiciones aisladas, “muy al contrario de lo que algunos piensan, no habla en forma unilateral o individualista, sino que él representa la opinión de un gran sector en nuestro país”. Por eso, dijo, era preciso debatir con él.

   De Alba consideró que una de las grandes fallas en los derechos políticos en México había sido “la de no haber concedido antes el derecho al voto y la amplia representación popular para sus mujeres”. Antiguo embajador en numerosas convenciones internacionales, recordó que la tendencia en el mundo apuntaba al reconocimiento de ese derecho. La política se enriquecerá con esa presencia, insistió: “la mentalidad masculina está un poco viciada y es necesario que recibamos el toque de inspiración y la ayuda de las mujeres”. Encarrerado en la exaltación lírica, el senador De Alba concluyó su intervención recordando a López Velarde: “Suave Patria: tú vales por el río de las virtudes de tu mujerío”.

   Agotado el registro de oradores el Senado aprobó la reforma constitucional por 47 votos contra uno.

 

Promulgación en 1953

   Todavía fue necesario que la iniciativa pasara a las legislaturas locales. Ese proceso demoró más de medio año. No fue sino hasta el 24 de septiembre de 1953 cuando el Senado hizo el formal cómputo de esas votaciones. El artículo 34 Constitucional establecería: “Son ciudadanos de la República los varones y las mujeres que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan además los siguientes requisitos: I. Haber cumplido dieciocho años, siendo casados, o veintiuno, si no lo son, y II. Tener un modo honesto de vivir”. (El requisito del casamiento para tener derecho a la ciudadanía antes de los 21 se mantendría durante casi dos décadas. Solo hasta diciembre de 1969 se aprobó esa condición para todos los mexicanos que hubieran cumplido 18 años, independientemente de su estado civil).

   Así, el martes 6 de octubre de 1953 la Cámara de Diputados pudo declarar reformados los artículos 34 y 115 de nuestra Constitución Política. Ese día hubo un extenso debate acerca de la congruencia del PAN y del PRI al reivindicar los derechos de las mujeres. La declaratoria de reformas fue publicada en el Diario Oficial de la Federación el 17 de octubre de 1953. De eso, antier se cumplió medio siglo.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 13, 2005 a 2:53 pm

Publicado en Democracia, Partidos

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