Insuficiente búsqueda
La Crónica, 17 de agosto de 2003
En una extensa respuesta al historiador Enrique Semo, Cuauhtémoc Cárdenas rechaza que le digan caudillo, niega que su presencia haya forzado las decisiones de otros dirigentes del PRD, objeta cuestionamientos a la personalidad de su padre el general y, aunque sin precisar qué entiende por ello, se declara “en la izquierda del espectro político”.
Esas son algunas de las contribuciones de Cárdenas Solórzano a la discusión suscitada por la publicación del libro de Enrique Semo, La Búsqueda. La izquierda mexicana en los albores del siglo XXI, publicado hace algunas semanas por editorial Océano. En coincidencia con la reproducción periodística de algunos de los segmentos más polémicos y enjundiosos de esa obra, se ha conocido la carta que Cárdenas le escribió a Semo para responder a algunos de esos juicios. Aparentemente redactado inicialmente como documento personal, el propio Cárdenas resolvió dar a conocer ese texto de 18 cuartillas. La Crónica lo publicó íntegro en su edición del jueves pasado.
El solo hecho de responder meticulosamente y por escrito a las formulaciones aparecidas en un libro da cuenta del respeto que Cárdenas tiene por la palabra impresa y por el efecto que pudieran alcanzar las opiniones de Semo. En esa actitud podría encontrarse una de las mejores virtudes que, al lado de numerosos defectos, aun se pueden hallar dentro del Partido de la Revolución Democrática del que ambos son miembros. A diferencia de las murmuraciones con las que se suele sustituir a la política, Semo y Cárdenas apuestan a un intercambio de ideas –si bien profundamente permeado por imputaciones y hasta descalificaciones personales–. Ese mérito no resulta menor, aunque no sea suficiente, en el enrarecido panorama político de nuestro país.
“Neopopulismo de izquierda”
El libro de Semo ha sido un éxito de ventas. Esta semana era imposible hallarlo en las principales librerías de la ciudad de México, en donde se agotó. Organizado en cuatro capítulos el más notorio de ellos es el último, dedicado a la figura de Cuauhtémoc Cárdenas a quien culpa de muchos de los errores del PRD.
Semo considera que la formación de Cárdenas, influida por la élite política gobernante junto a la que creció como hijo que era de un ex presidente mexicano, fue definitoria en la conformación de un estilo personalista e incluso caudillista. “El neocardenismo –escribe– no se parece en nada a los viejos partidos de la izquierda mexicana, unidos por la ideología y una fuerte organización… Es, para ser más precisos, un neopopulismo de izquierda”.
Para Semo, el neocardenismo “no es un organizador de partido. Prefiere la relación directa y fluida entre el dirigente, los simpatizantes y los electores. Ve con gran recelo la organización estable y la dirección despersonalizada”. Añade: “El papel de caudillo ejercido por Cuauhtémoc Cárdenas es fundamental tanto en la ideología como en el estilo de hacer política”.
Nada nuevo descubre Semo en esas afirmaciones. Es muy conocida –y hace una semana se ratificó en la designación del nuevo dirigente del PRD– la enorme influencia del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, más allá de la posición formal que tenga en ese partido. Numerosos militantes, de distintas corrientes perredistas, se han inconformado ante la hegemonía del ex candidato presidencial que, pese a tales rechazos, sigue predominando.
La novedad, si acaso, radica en que esas observaciones sean formuladas por un intelectual destacado y que, además, actualmente es funcionario del gobierno de la Ciudad de México.
Enrique Semo es director del Instituto de Cultura del DF y antes fue asesor de Andrés Manuel López Obrador. Es imposible soslayar esa ubicación laboral y los compromisos políticos que implica, cuando se lee el más reciente libro de Semo. Pero adjudicar punto por punto las afirmaciones contenidas en La Búsqueda a un intento para deslegitimar a Cárdenas en beneficio de las posiciones de López Obrador, resulta vulgar e insuficiente. Cárdenas, en su respuesta, alude a la relación de Semo con el actual jefe de Gobierno del DF pero no sugiere que el autor del libro sea un pelele de López Obrador.
Otros miembros del PRD han considerado que sí hay una relación directa entre el trabajo como funcionario y el pensamiento político de Semo. En todo caso, no será identificando conspiraciones como se resuelva la discusión sugerida por el libro. Cárdenas mismo así lo entendió y por eso escribió las 18 cuartillas con las que ofrece su versión de algunos de los temas que menciona La Búsqueda.
Ilusión revolucionaria
Se trata de un libro de polémica política. No es un estudio académico, ni tiene el rigor de otras obras en las que Semo, como historiador, respaldaba sus afirmaciones en documentos y evidencias. Tampoco es una obra uniforme. Los cuatro ensayos que la integran parecen haber sido escritos en circunstancias y con propósitos diferentes. El primero de ellos propone la vigencia de la esperanza como articuladora en la reconstrucción de la izquierda mexicana. Para Semo, a diferencia de otras posiciones dentro y fuera del PRD, lo que hace falta es un “reformismo consecuente y visionario” que reconozca que no estamos en la hora de una revolución sino ante la necesidad de cambios paulatinos y específicos.
Durante ocho décadas la izquierda, dice Semo, “pensó y habló de la revolución mientras en la práctica luchaba por reformas”. Es cierto. Sin embargo él mismo entiende a las reformas como instrumentos de un cambio de mayores dimensiones: “No nos hacemos ilusiones de que esas reformas acabarán en forma acumulativa con el sistema capitalista, pero sin duda crearán mejores condiciones objetivas y subjetivas para las grandes transformaciones del futuro”.
En afirmaciones como ésa, pareciera que Semo es rehén de su propia trayectoria y experiencia políticas, formadas en el viejo Partido Comunista Mexicano. Así como en esa meritoria pero también a menudo dogmática organización de la izquierda mexicana la discusión doméstica se anteponía a la práctica política, hoy en día Semo sigue pensando en un gran cambio, para el cual sin embargo no encuentra horizontes precisos.
De esa confusión forma parte, también, la idea que Semo tiene de la organización política y las tareas de la izquierda. Tal y como explica, en la izquierda han prevalecido dos grandes concepciones estratégicas: “la que considera que el poder del pueblo se construye desde abajo, en la acción popular, y la que sostiene que es necesario luchar por el poder político en las urnas, el parlamento y el gobierno”. Ese autor reconoce que ambas posiciones “pueden ser complementarias” pero no resuelve los dilemas prácticos que surgen de ellas.
El más importante de tales dilemas es el carácter del partido político que pueda representar a la izquierda. En el tercer capítulo, que reseña el desarrollo del PRD, Semo hace un detallado elogio de las posiciones que, desde su creación en 1989, ese partido ha llevado a la Cámara de Diputados. De esa manera reivindica la idea de un partido para la competencia electoral y la lucha política en los espacios institucionales.
Sin embargo en otros momentos de su libro Semo se inclina por una izquierda fundamentalmente interesada en movimientos sociales extrapartidarios. “La izquierda –dice al cabo del primer capítulo– sólo puede consolidarse defendiendo y promoviendo la organización independiente de la sociedad civil”. Semo quiere un partido de izquierda que lleve posiciones al parlamento pero no abandona la idea de privilegiar otros frentes. Y cuando admite que no hay una revolución en puerta lo hace con resignación, más que convicción. Él mismo no es consecuente con el reformismo que plantea.
Mirada victimista
Esa contradicción la advierte Cuauhtémoc Cárdenas, que se declara partidario de promover cambios desde el poder político y no al margen de él. En uno de los segmentos más incisivos de su respuesta le dice al historiador: “Te pediría que con objetividad pensaras en lo que hace el grupo político con el que colaboras en el Distrito Federal. ¿Crees, de veras, que lo que está haciendo sería más fácil o preferible hacerlo desde la acción popular autónoma, la empresa privada o el pensamiento, que desde el gobierno?”
Semo no resuelve esa disyuntiva. Tampoco lo ha hecho el PRD, en cuyo interior se ha mantenido una feroz lucha por las posiciones electorales pero sin que muchos de sus miembros abandonen el discurso que idealiza a los movimientos sociales como si la participación política institucional les creara mala conciencia.
A esa idealización se añade la que Semo hace, con pocas precisiones, de la izquierda misma. El segundo capítulo de su libro presenta un recuento del desarrollo de la izquierda mexicana pero tomando como eje fundamental, y a menudo exclusivo, a la historia del Partido Comunista. No deja de ser contradictorio que unas cuantas páginas después de manifestar su simpatía por los movimientos sociales, ese autor excluya a muchos de ellos en la enumeración de momentos destacados de la izquierda mexicana, particularmente en la segunda mitad del siglo XX.
La mirada que Semo aporta es, fundamentalmente, la de una izquierda agobiada por la represión y confinada a espacios marginales de la política mexicana. La persecución que contra ella mantuvo el gobierno fue, en efecto, atroz y abusiva. Pero a pesar de ello la izquierda ganó influencia en la sociedad, tuvo expresiones políticas de distintos signos, articuló sindicatos, organizó frentes populares, fue un referente constante e influyó en la conformación de una cultura política crítica del sistema predominante.
Muy poco de todo ello aparece en la reseña de Semo, empeñada en mostrar a una izquierda victimista y sin la capacidad de resistencia, propuesta y respuesta que pudo tener durante varias décadas. La dificultad para reconocer algunos de tales logros conduce a ese autor a decir, por ejemplo, que a fines de los años 70 el PCM fue “el primero en acogerse” a la reforma política que establecía el gobierno de José López Portillo, olvidando que ese partido fue insistente promotor (y en algún sentido participante, en los encuentros que sus dirigentes tenían con don Jesús Reyes Heroles) de aquellas modificaciones a la legislación electoral y al sistema de partidos.
Errores, deslices, prejuicios
Definiciones categóricas pero discutibles, referencias inciertas o erróneas y una perspectiva sesgada por prejuicios políticos, son algunos de los puntos débiles de La búsqueda. Por ejemplo, cuando asegura que los gobiernos mexicanos más recientes han sido de orientación neoliberal, Semo soslaya por qué, a pesar de esa presunta incondicionalidad con el individualismo y el mercado, se han mantenido acciones de política social. Su descalificación de la “tercera vía” que han postulado algunos partidos socialdemócratas en Europa es más visceral que documentada. Habla de la creación en 1977 una “Ley Federal de Reforma Política” que nunca existió con ese nombre. Al grupo que en 1987 se escindió del PRI a menudo lo llama “Tendencia Democrática” y no “Corriente Democrática” como sus miembros le decían. Cuando enumera y describe a los grupos que convergieron en 1981 en la creación del Partido Socialista Unificado de México, confunde las trayectorias y denominaciones de unos y otros. Al referirse a la campaña de ese partido para las elecciones de 1982 elude mencionar que el candidato presidencial era Arnoldo Martínez Verdugo. Luego, al mencionar el secuestro de ese personaje en 1985 por parte de un grupo de seudoizquierda omite cualquier explicación política. Cuando se ocupa de la disolución en 1989 del Partido Mexicano Socialista para crear el PRD, considera que “desde entonces no ha existido una opción socialista en el sistema mexicano de partidos” desdeñando la presencia de partidos como Democracia Social, entre otros. Cuando alude a los movimientos sindicales independientes en los años 70 dice que los electricistas democráticos se enfrentaban a la burocracia cupular de la CTM y la CROM olvidando que, para entonces, la segunda de esas centrales no tenía significación sindical ni política alguna. Sobre ese tema, inserta una cita de un libro del investigador Jorge Basurto en el que no se dice una sola palabra acerca de la época de la cual se ocupa Semo.
Esas son unas cuantas de las abundantes contradicciones, equivocaciones y subjetividades que abundan en La Búsqueda. El rigor que como historiador pudo tener en obras memorables como su fundamental (aunque discutible) Historia del capitalismo en México, Semo no lo manifiesta en su nuevo libro.
Partido de caudillos
Todo ello ha sido soslayado por la relevancia política que alcanza la crítica de Semo al PRD. Esencialmente, a ese partido lo caracteriza por sus matrices políticas, el carácter de su membresía, las afinidades con grupos de interés y la estructura de índole caudillista.
Allí, dice, “conviven los impulsos de una izquierda moderna con las lacras del viejo Partido Revolucionario Institucional y de la vieja izquierda”.
Aunque había sido pensado como un partido de ciudadanos, en el PRD dominan los “políticos profesionales o aspirantes a serlo” y en él no hay lugar para sindicalistas, ecologistas, feministas o intelectuales.
Más que la membresía o la ideología, allí pesan las adhesiones corporativas: “la lealtad del afiliado, más que con el partido y sus órganos de dirección electos, se identifica con el grupo que lo cobija y su caudillo”.
Y a la cabeza de esa estructura articulada por caudillismos sectoriales y locales se encuentra el “caudillo principal, Cuauhtémoc Cárdenas”.
La apreciación de Semo sobre ese personaje es un tanto ambigua. Reconoce que en las elecciones de 1988 fue “un candidato ideal”, con “estilo firme y sobrio”, “capacidad de escuchar” y capacidad unificadora, entre otros méritos. Lo que no dice con todas sus letras es que, después de aquel momento, la insistencia de Cárdenas para mantener un papel político protagónico se sobrepuso a las condiciones o necesidades del PRD.
Semo distingue entre el cardenismo de los años 30 y la actitud política que el general Lázaro Cárdenas mantuvo después, cuestionando a los gobiernos que le sucedieron pero sin dejar de colaborar con algunos de ellos. Luego establece diferencias entre ese cardenismo y las posiciones políticas de Cuauhtémoc Cárdenas. Sin embargo para explicar algunas de esas posturas acude a interpretaciones acerca de la relación personal entre los dos Cárdenas y allí el análisis político se embrolla con la acotación subjetiva.
Cuauhtémoc Cárdenas, según Semo, “bajo la tutela de su padre participó personalmente en dos momentos importantes del desarrollo de la oposición de izquierda”, el henriquismo a comienzos de los años 50 y el Movimiento de Liberación Nacional una década después. Sin embargo dos páginas más adelante Semo asegura que Lázaro Cárdenas “hizo todo lo que estaba en su poder para desalentar la participación de su hijo en la vida política”.
¿En qué quedamos? ¿Cárdenas, el general, impulsó a su hijo Cuauhtémoc para hacer política como se dice en la página 154, o se esforzó para impedírselo como se apunta en la 156?
Cárdenas, el ingeniero, aprovecha esas debilidades de La búsqueda para cuestionarle a Semo su proclividad a sugerir que las actitudes políticas de personas y grupos son propiciadas por caudillismos e incondicionalidades y no por decisiones propias. Al explicar su propia biografía y decir que su trayectoria política la ha decidido él mismo, Cuauhtémoc Cárdenas sugiere que, de la misma manera, los grupos y militantes del PRD cuya conducción se le atribuye no han sido manejados por él. “Me das la impresión –le replica a Semo– que eres de las personas, quizá por tu formación política y la militancia que has practicado, que no conciben que pueda haber gente que tome decisiones y asuma responsabilidades sin pedir permiso, sin necesidad de pedir o recibir instrucciones”.
En otro momento de su texto Cárdenas ofrece este desafío al oficio de historiador de Semo: “¿Quiénes de los políticos del PRD han tenido oportunidades de hacer carrera dentro del partido por su cercanía a mí o por pertenecer a las camarillas? Nombres y apellidos es lo menos que puedes dar para la historia”.
Política y reproches
A bandazos entre el análisis político y las consideraciones personales, la discusión entre Cárdenas y Semo extravía sus coordenadas fundamentales.
El ingeniero dedica un largo párrafo a responder, ante la inquietud de Semo por el hecho de que Cárdenas no tiene estudios en ciencias sociales o humanidades, que sí entiende de esas cosas (“no tienes la menor idea de lo que he leído”).
Pero el cuestionamiento central La búsqueda a su influencia en el PRD, que es la preponderancia de un estilo autoritario y discrecional, Cárdenas lo despacha en una frase: “no creo que me caiga el calificativo de caudillo”.
Al contestar a la afirmación de Semo acerca de la influencia de Cárdenas en la ideología y la política del PRD, el ingeniero se limita a preguntar en qué documentos de esa organización se ha reflejado tal hegemonía. Soslaya que cualquier partido, pero especialmente un partido tan sometido a vaivenes y tensiones internas como ha sido el de la Revolución Democrática, es mucho más de lo que dicen sus documentos. En su respuesta, excesivamente formalista, Cárdenas eludió la crítica principal de Semo.
La mayor indefinición, tanto en el libro como en la carta que suscitó, es en torno a la izquierda. A veces para Semo la izquierda es una actitud moral, en otras aparece como una postura política. Cárdenas alude al final de su documento a “quienes nos ubicamos en la izquierda del espectro político, sea en el mundo, sea en nuestro país”, lo cual es una novedad porque en otras ocasiones ha negado adscribirse a esa corriente. Semo se da el lujo de considerar que puede haber un “neopopulismo de izquierda” sin reparar en que una definición estricta de izquierda, como una postura identificada con la democracia, el bienestar social y los derechos humanos, sería contradictoria con la manipulación populista.
No es el destino o la situación de la izquierda –las izquierdas habría que decir con mayor propiedad– lo que a Semo y Cárdenas les preocupa más, sino la polémica en torno a la crisis del PRD. El libro del historiador y la respuesta del ingeniero tienen numerosos flancos débiles. Pero son saludables porque, no obstante los sesgos personales que la desfiguran, allí hay una discusión de ideas y concepciones que por desdicha no es frecuente en la vida pública mexicana.
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