Sociedad y poder

Ludlow, 1914

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La Crónica de Hoy, 29 de junio de 2003

Esta mañana, igual que cada último domingo de junio –e igual que cada año desde hace 89– habrá una ceremonia en Ludlow, Colorado. Allí se recordará la masacre ocurrida en abril de 1914 cuando varios mineros y sus familias, entre ellos algunos mexicanos, fueron asesinados en el campamento en donde mantenían una huelga por mejores condiciones de trabajo.

   Esta vez la ceremonia en Ludlow será distinta. Además del recuerdo de aquella huelga que se encuentra entre las más importantes en la historia del sindicalismo en Estados Unidos, ahora el homenaje a los mártires de 1914 estará teñido por una dosis adicional de irritación y molestia. Hace varias semanas el monumento construido en Ludlow para honrar a aquellas víctimas fue atacado por vándalos que decapitaron a sus dos figuras principales –un minero y una mujer que carga a su hijo–.

   La destrucción de esas efigies puede ser entendida como parte del clima de intolerancia y xenofobia que se ha extendido en significativos sectores de la sociedad estadounidense. A la matanza que acabó con la huelga en Ludlow siempre se la ha reconocido no solo como un episodio de agresión contra los derechos sindicales sino, además, como ejemplo de la concurrencia de trabajadores de distintos orígenes nacionales que luchan juntos por las mismas reivindicaciones.

 

Rockefeller y Cananea

   Ludlow se encuentra a 3 horas al sur de Denver y a unos 20 kilómetros al norte de Trinidad, en el estado de Colorado. La huelga de mineros del carbón que tuvo lugar allí hace nueve décadas contra la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado sigue siendo recordada por la valentía de aquellos trabajadores y la crueldad de quienes los reprimieron.

   Aquella empresa, propiedad de John D. Rockefeller, les pagaba a los mineros menos de 1.70 dólares al día. Ese salario lo tenían que gastar en las tiendas de la Compañía que además controlaba la vida social y política en la región. Escuelas, bibliotecas, servicios religiosos y fuerzas de seguridad, eran manejados por empleados de aquel magnate neoyorquino que hizo su principal fortuna con la explotación del petróleo.

   Tales condiciones decidieron a los casi  10 mil trabajadores mineros del sur de Colorado a adherirse al sindicato Mineros Unidos de America (United Mine Workers of America) y luego, en septiembre de 1913, a iniciar la huelga. Muchos de ellos eran trabajadores griegos, italianos, eslavos y mexicanos.

   En contraste con la forzosa hegemonía que ejercían los intereses y las instituciones de Rockefeller, la huelga proponía una vida diferente en esa región de Colorado. Los mineros demandaban reconocimiento a su sindicato y derecho a designar a sus representantes sin interferencia de la Compañía, aumento salarial del 10%, jornada laboral de 8 horas, derecho a comprar en las tiendas de su preferencia así como a rentar viviendas y hacerse atender por los médicos de su elección. También exigían la desaparición del sistema de guardias privados que tenía a su cargo la vigilancia en las minas.

   Aquellas demandas no eran distintas a las que, por esas mismas fechas, levantaban diversos grupos de trabajadores mineros en México. Apenas unos cuantos años antes, en 1906, condiciones muy similares llevaron a la huelga a los mineros de Cananea, en Sonora.

   En la represión a esa huelga en Cananea participaron dos centenares de rangers estadounidenses. Esa fue una de muchas circunstancias que identificaban a las luchas sindicales en México y Estados Unidos en aquella época.

 

Refugios subterráneos

   La movilización de los mineros de Ludlow causó la ira de Rockefeller que no estaba dispuesto a que ese ejemplo se extendiera a otras de sus empresas. A instancias de la poderosa Compañía  de Combustible y Hierro el gobernador de Colorado, Elias Ammons, envió a la Guardia Nacional para asegurar que las minas siguieran funcionando. Desalojados de las minas, los huelguistas y sus familias instalaron un campamento en las colinas cercanas y allí mantuvieron su protesta.

   La milicia, apoyada por golpeadores y rompe huelgas de una compañía de detectives de Virginia, se esforzaba a diario para provocar a los mineros. No solo molestaban a sus familias. Con frecuencia hacían disparos contra sus tiendas de campaña y por la noche les arrojaban luces de bengala. Los mineros, rodeados por sus agresores, resistieron esas condiciones durante siete meses. Para protegerse de los frecuentes disparos cavaron refugios debajo de varias de las tiendas. Así se aseguraban de que sus esposas e hijos no fueran a ser alcanzados por alguna de aquellas balas.

   La mañana del 20 de abril de 1914 los balazos dejaron de ser esporádicos. Miembros de la milicia de Colorado, guardias de la Compañía y golpeadores de la agencia de detectives dispararon con ametralladoras y rifles contra el campamento. Las tiendas de los mineros quedaron en llamas. Los rompe huelgas habían arrojado keroseno encima de ellas para que el incendio se propagase con más facilidad.

   Las balas alcanzaron a tres huelguistas. Pero no fueron los disparos sino al miedo ante ellos lo que ocasionó la mayor cantidad de víctimas. Una docena de mujeres y niños –hay varias versiones acerca del número exacto– murieron asfixiados y quemados en uno de los escondites subterráneos. Se ha dicho que más tarde tres huelguistas, entre ellos Louis Tikas, uno de los dirigentes de la huelga, fueron aprehendidos y más tarde asesinados por miembros de la Guardia. Otra versión, que mencionamos más adelante, indicó que Tikas cayó muerto cuando intentaba ayudar a varias familias a escapar de las tiendas en llamas.

 

Relato de Mama Jones

   La crueldad de aquel episodio y el sufrimiento de los mineros fueron relatados más tarde por Mary Harris, conocida como Mama Jones, uno de los personajes emblemáticos de los movimientos sociales estadounidenses en aquella época. En 1914 Jones, que se había dedicado a promover la organización sindical entre los trabajadores mineros, tenía 77 años y visitó Ludlow después de la matanza. En su autobiografía, publicada en 1925, escribe acerca de aquel 20 de abril:

   “Temprano por la mañana varios soldados se aproximaron a la colonia con la exigencia para que Louis Tikas, el dirigente del campamento, les entregase a dos italianos. Tikas les requirió una orden judicial para ese arresto. No la había. Así que Tikas se negó a entregarlos. Los soldaron regresaron a su cuartel. Entonces dispararon una bomba como señal. Luego otra. Inmediatamente las ametralladoras comenzaron a rociar el frágil campamento, el único hogar que tenían las desventuradas familias de los mineros, acribillándola de balas. Como lluvia de hierro, las balas caían sobre hombres, mujeres y niños.

   “Las mujeres y niños escaparon hacia las colinas. Otras, esperaron. Los hombres defendían sus viviendas con sus pistolas. El fuego continuó durante todo el día. Varios cayeron muertos. Las mujeres desfallecían. El pequeño niño Synder recibió un disparo en la cabeza cuando trataba de salvar a su gatito. Un niño que le llevaba agua a su madre moribunda fue asesinado.

   “Para las cinco de la tarde los mineros no tenían comida, ni agua, ni municiones. Tenían que replegarse hacia las colinas con sus esposas y pequeños. Louis Tikas fue acribillado cuando trataba de poner a salvo a varias mujeres y niños. Perecieron junto con él.

   “Llegó la noche. Un crudo viento bajaba de los cañones en donde hombres, mujeres y niños tiritaban y lloraban. Entonces un resplandor iluminó el cielo. Los soldados, ebrios de sangre y licor que habían hurtado de la cantina, prendieron fuego a las tiendas de Ludlow con antorchas mojadas en petróleo. Las tiendas, que eran el único mobiliario de aquellos pobres, las ropas y camastros de las familias de los mineros, fueron incendiadas. Alrededor del pozo, que era la única fuente de agua de los mineros, pusieron alambre de púas.

   “Cuando todo había terminado, aquella miserable gente se arrastró para sepultar a sus muertos. En un refugio, bajo una de las tiendas quemadas fueron encontrados, irreconocibles, los cuerpos carbonizados de once pequeños niños y dos mujeres. Todo estaba en ruinas. Los resortes de los camastros se retorcían en el suelo como si ellos también quisieran escapar de aquel horror. El petróleo, el fuego y los rifles habían despojado de sus viviendas a hombres, mujeres y niños y habían masacrado a pequeños bebés y mujeres indefensas. Todo bajo las órdenes del teniente Linderfelt, un brutal y salvaje ejecutor de la voluntad de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado”.

  

Varios mexicanos muertos

   Quizá más conmovedor que la intensa prosa de Mama Jones era la puntual descripción que ofrecía The Rocky Mountain News, un diario de aquella región el 23 de abril de 1914 en un reportaje en donde se leía:

   “Entre los muertos estaba la familia de Charles Costa, organizador del sindicato en Aguilar, y estaba la familia de la señora Chávez, una mujer mexicana, incluyéndola a ella, dos niñas de 4 y 6 años, un bebé de 6 meses y un sobrino de 9.

   “La familia de Costa lo incluía a él, a sus esposa y a dos niños, Lucy de 4 y Orafrio de 6.

   “Bajo el montón de chatarra, al fondo del refugio de donde fueron recuperados esos cuerpos, también estaban los de los niños de la señora de Marcelino Perdrigon –Clardillo de 4 y Rogerio de 6– y los tres niños Petrucci, Lucy de 3 años, Joe de 4 y Frank de 6 meses.

   “Los niños estaban tomados unos en brazos de otros y sobre ellos yacían los cuerpos de dos mujeres, ambos severamente quemados. Las dos mujeres iban a ser madres pronto”.

  

Sangrienta confrontación

   Los mineros que desde lo lejos presenciaron el asesinato de sus familiares y compañeros trataron de tomar venganza. Durante alrededor de 10 días grupos de trabajadores armados incendiaron varias minas y atacaron campamentos de los rompe huelgas. Algunos autores indican que en el vecino estado de Wyoming, 5 mil mineros armados se preparaban para ir a Colorado a exigir reparación por el asesinato de las mujeres y los niños de Ludlow.

   La intervención del Ejército, ordenada directamente por el presidente Woodrow Wilson, detuvo esa escalada de violencia. Décadas más tarde el ahora ex senador George McGovern, que en 1972 escribió un libro acerca de la masacre en Ludlow, diría que aquel episodio fue “la confrontación más sangrienta en la historia del sindicalismo estadounidense”.

 

“Peor que Huerta y Villa”

   El asombro ante la crueldad de los acontecimientos en Ludlow fue patente desde aquellas fechas. El ya citado Rocky Mountain News, en un editorial titulado “La matanza de los inocentes” publicado el 22 de abril de 1914, comparaba la agresión contra los mineros con la brutalidad que ya en esos años distinguía a la guerra de revolución mexicana:

   “Los detalles de la masacre son horribles. México no ofrece tal barbaridad ni comparación como el asesinato de mujeres y niños indefensos por parte de los guardias de las minas amparados por soldados. Como los blanqueados sepulcros con que alardeamos de la civilización americana con este infame hecho en nuestras propias puertas. Huerta asesinó a Madero, pero incluso Huerta jamás asesinó a un niño inocente que buscaba agua para su madre herida. Villa es un bárbaro, pero en su enloquecido exceso no ha disparado ametralladoras contra mujeres y niños prisioneros. ¿Qué criminales son capaces de tanta inhumanidad para quemar la tienda que cubre madres y pequeños bebés desamparados?

   “De esta infamia hay algo que queda claro. Las ametralladoras causaron la masacre. Las ametralladoras estaban en las manos de los guardias de las minas, muchos de los cuales también eran miembros de la milicia del estado. Fue una guerra privada, con la fortuna de uno de los hombres más ricos del mundo respaldando a los guardias de las minas”.

 

Intolerancia ayer y hoy

   En 1917 Mineros Unidos de América compró un terreno de 16 hectáreas en donde había estado el campamento de Ludlow. Allí fue construido el monumento que recuerda la huelga y la matanza de 1914. Se trata de una estela en donde se lee “En memoria de los hombres, mujeres y niños que perdieron la vida en favor de la libertad en Ludlow, Colorado, el 20 de abril de 1914. Erigido por la United Mine Workers of America”.

   Al pie del monumento se encuentran las efigies de un minero y de una madre con su hijo y, a la vuelta, una placa con los nombres de 18 víctimas:

   “Louis Tikas, 30 años; James Fyler, 43; John Bartolotti, 45; Charlie Costa, 31; Fedelina Costas, 27; Onafrio Costa, 6; Lucy Costa, 4; Frank Rubino, 23; Patria Valdez, 37; Eulalia Valdez, 8; Mary Valdez, 7; Elvira Valdez, 3 months; Joe Petrucci, 4 1/2; Lucy Petrucci, 2 1/2; Frank Petrucci, 6 months; William Snyder Jr., 11; Rodgerlo Pedregone, 6 y Cloriva Pedregone, 4”.

   (Los nombres no siempre coinciden con los que ofrecían las fuentes hemerográficas de la época, quizá porque en algunos casos se mencionaban el apellido paterno o materno de las víctimas).

   Ese es el monumento cuya parcial destrucción, el 7 de mayo pasado, ha ocasionado inquietud e indignación. Así como la masacre de hace 89 años implicó la muerte de varios mexicanos, el vandalismo contra el sitio que recuerda aquella inmolación tendría que causar preocupación también en México.

   Estos no son tiempos sencillos para el ejercicio de las libertades en Estados Unidos. La agresión al monumento que inmortaliza los nombres de trabajadores de varios países y sus familiares que fueron asesinados cuando peleaban por sus derechos gremiales, forma parte de la intolerancia que afecta hoy a muchos migrantes ese país. Contra ella, y en reivindicación de tales derechos, sería saludable que a los trabajadores de Ludlow se les recordase también en los sindicatos mexicanos. Dentro de un año, cuando se cumplan 90 de aquella masacre, habrá una ocasión propicia para ello.

 

(Agradezco las sugerencias del doctor John Womack para la elaboración de este texto. Casi todas la información que aquí aparece fue obtenida en diversos sitios en Internet, entre muchos otros “Rebel Graphics” de Richard Myers: http://web.webaccess.net/~rtmyers/rg/ ; la autobiografía de Mother Jones en http://womenshistory.about.com y la colección de fotografías “Colorado Coal Field War Proyect”: http://www.cdpheritage.org/heritage/ludlow/cfphoto.html).

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 13, 2005 at 4:09 am

Publicado en Estados Unidos, Sindicatos

4 comentarios

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  1. estimados compañeros muertos en ludlow:

    vuestro esfuerzo y compromiso con la libertad no será borrada de nuestras memorias.

    desde chile.

    david bascur

    octubre 27, 2007 at 5:51 pm

  2. Reblogged this on ASSEMBLEA VINARÒS and commented:
    Añade tus pensamientos aquí… (opcional)

    democraciarealjavinaros

    agosto 11, 2013 at 5:40 am

  3. […] Entonces, como ahora, los Rockefeller eran sinónimo de riqueza y poder. William Avery Rockefeller literalmente se había ganado la vida como vendedor de aceite de serpiente, pero su hijo, John Davison, había logrado “el sueño americano”. Hizo su fortuna explotando reservas de petróleo en México y Estados Unidos. John Davidson Rockefeller fue el primer multimillonario estadounidense, pero fue su hijo, John D., quien definiría el legado Rockefeller en el siglo XX. 24 horas después que celebraran las Pascuas, para los trabajadores en huelga y sus familias, el final llegó. Se conoció como la Masacre de Ludlow. […]


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