Sociedad y poder

Archivo para Junio 2008

Razzias

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Mostrador

Revista emeequis, 30 de junio de 2008

Aun no se sabía ni siquiera cuántas personas habían muerto en la News Divine cuando el jefe de la policía arrojaba la primera disculpa: el culpable había sido el dueño que irresponsablemente asustó a los más de 600 muchachos que colmaban la discoteca, insistía Joel Ortega Cuevas. No hacía falta demasiada suspicacia para encontrarle flancos débiles a esa versión, entre otros motivos porque pronto abundaron los relatos de algunos de los muchachos que padecieron aquella tragedia.

Gases lacrimógenos, golpes, empujones e incluso burlas y extorsiones por parte de muchos de los policías, fueron algunos elementos del escenario que se conjuntó para causar la catástrofe del viernes 20 de junio.

En los siguientes días nos enteraríamos de la impericia policiaca, la improvisación de las autoridades, sobre todo de las expectativas truncadas de aquellos muchachos que murieron asesinados por la incompetencia desplegada en un “operativo” innecesario.

Aquellos jóvenes iban a la discoteca a bailar, conversar, escaparse aunque fuese un rato de la ciudad que los atosiga y cerca incesantemente. No le hacían daño a nadie. Ni siquiera a sí mismos, como se pudo comprobar cuando nadie o casi nadie resultó con trazas de droga alguna.

Entonces abundaron las preguntas. Cada fallido y desdichado paso en la actuación policiaca de aquella tarde y luego, en el equívoco desempeño del gobierno de la ciudad de México, ameritaría numerosas y detalladas respuestas. ¿Por qué y a quiénes se les ocurrió encerrar a los muchachos en esa trampa en la que se convirtió la discoteca? ¿A qué procedimiento o a cuál rutina obedeció esa maniobra policiaca? ¿Qué respaldo legal existía para detenerlos a todos ellos y, por añadidura a golpes e injurias, llevarlos a la delegación? ¿Qué delito se presumía habían cometido? Y sobre todo ¿con qué derecho las autoridades de la ciudad de México siguen perpetrando razzias en discotecas y otros sitios de reunión?

La razzia es el secuestro imprevisto, indiscriminado y por lo tanto arbitrario de un grupo de personas. Se trata de una expropiación ilegal de la libertad, de un levantón a cargo de la policía. Razzias, se han practicado en regímenes dictatoriales cuando hay reuniones de cuya disidencia sospechan los gobernantes autoritarios: los montoneros argentinos, los allendistas chilenos, los socialistas españoles, padecieron razzias cuando se conjuraban por la democracia.

Razzias, las hubo en México en épocas supuestamente políticamente peores que la actual. Ernesto Uruchurtu, regente “de hierro”, se ufanaba de aprehender masivamente a los muchachos que se reunían en las ahora cándidas discotecas de los años 60 en la ciudad de México. Dos décadas más tarde, las detenciones colectivas volvieron durante alguna época pero muy pronto fue evidentísimo que resultaban contradictorias con la transición política que el país quería emprender hacia fines de los años 80.

Las razzias suponen que todo un colectivo, al que por eso se arresta de manera indiscriminada, está perpetrando una ilegalidad. En una definición rastreada en Internet encontramos que razzia viene del árabe ghazawa que significa “batalla” y que se utilizaba en referencia a las guerras del profeta Mahoma. En otra, en francés, se le equipara con una incursión rápida en territorio extranjero para hacerse de un botín.

Las razzias se emprenden contra el adversario, para neutralizarlo y de ser posible arrebatarle algo. Son acciones drásticas, en la contundencia radica su eficacia.

En México en los años recientes las razzias han sido expresión de intolerancia. Se han realizado en Guadalajara, para capturar supuestos camorristas como sucedió en mayo de 2004 después de un enfrentamiento entre la policía municipal y grupos de manifestantes. Las hubo antes en diversos sitios para aprehender homosexuales.

Si se quiere evitar el tráfico de drogas tendría que haber supervisión y sobre todo sanciones auténticas. Si se quisiera proteger a los jóvenes habría seguridad plena en los recintos donde se reúnen.

Las razzias, en cambio, son recursos de gobiernos dominados por el fanatismo y el sectarismo. Su sola aplicación, confirma que el de la ciudad de México es un gobierno muy lejano del respeto a la sociedad y de la reivindicación de los derechos humanos que son distintivos de las izquierdas. ¿Ciudad de la esperanza? Parece ciudad de la venganza por la saña con que los policías trataron a los muchachos que acudían a la discoteca News Divine.

Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Junio 30, 2008 a 8:12 am

Escrito en Justicia, Jóvenes

Indispensable Pereyra

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La granja

Nexos, junio de 2008

Sus amigos más antiguos le decían filósofo y lo era en el sentido más pleno: amigo de la sabiduría, entendida no como conocimiento escolástico sino como avidez constante para observar y, así, entender la realidad. Carlos Pereyra estudió y enseñó Filosofía, campo en el que se le reconocía por su interés crítico en el marxismo y más tarde en la reflexión sobre la democracia. Pero la búsqueda de la verdad lo llevó a interesarse, cada vez con más agudeza, en las fuerzas de la sociedad.

Tensiones en el sindicalismo, vicisitudes políticas en los estados, corrientes renovadoras en la iglesia, fundamentalismos de las derechas y desde luego extravíos de las izquierdas y antes que nada arbitrariedades del régimen priista, formaron parte del pertinente elenco de preocupaciones que Pereyra documentaba, con ostensible rigor crítico, en sus abundantes colaboraciones en diarios y revistas.

Hijo de emigrados argentinos, Carlos Alberto Pereyra Boldrini –Tuti, le apodaron desde niño– nació México en agosto de 1940. Murió el 4 de junio de 1988. Estudió en el Colegio Alemán. Todavía no entraba a la Universidad cuando presencia las movilizaciones de los ferrocarrileros y maestros que pugnaban por la autonomía sindical. Inicialmente se inscribe en la Facultad de Economía de la UNAM pero luego cambia, en 1961, a la de Filosofía y Letras. El vallejismo y la revolución cubana animan y condicionan la política de izquierdas en aquellos años. Pereyra participa en la Juventud Comunista, a la vez que en grupos de solidaridad con luchas latinoamericanas.

Pereyra pasa por el entonces perseguido Partido Comunista y luego por la heterodoxa Liga Comunista Espartaco. En esos y otros espacios constata cuán resistentes a la autocrítica y al cuestionamiento de los grandes dogmas llegan a ser simpatizantes y militantes de izquierdas cuando se consideran amparados por una coartada histórica.

En aquellos años de transición cultural al tiempo que de cerrazón política, afianza la convicción en la democracia que más tarde sería eje de su pensamiento teórico y político. A diferencia del marxismo dogmático que proponía la inevitabilidad de la Revolución siempre y cuando hubiera contradicciones suficientemente recrudecidas entre las clases antagónicas de la sociedad, Pereyra supo entender que el cambio social y político era resultado de la conjugación de circunstancias complejas. No hay un agente capaz de, providencialmente, determinar el rumbo de la historia. Ese reconocimiento, que ahora puede resultar elemental, no lo era tanto en épocas en las que la izquierda, atomizada en sectas tan voluntaristas como mutuamente enemistadas, creía disputar la conducción de la clase obrera como vía infalible a la transformación socialista.

Pereyra aborrecía ese clima de autocomplacencia pero trataba de entenderlo como parte de una cultura política que las izquierdas no superaban. Desde entonces, como relataría más tarde su camarada de toda la vida Adolfo Sánchez Rebolledo, “critica cuantas veces puede esa paulatina degradación del fondo ético e ideológico de quienes se autocalifican representantes de una vanguardia esclarecida, cuyo radicalismo tampoco será vacuna infalible contra el oportunismo más vulgar, si la hora se ajusta”.

La alternativa a esas limitaciones Pereyra las encuentra en el sindicalismo democrático. A mediados de los años 60 comienza a escribir en la revista Solidaridad, del entonces Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana. No dejaba de ser algo extraño encontrar, entre reseñas de movilizaciones y discursos de líderes sindicales, textos sobre el concepto de hegemonía en Gramsci o acerca de la idea de sociedad civil. Pereyra escribía esos artículos con el seudónimo “Manuel Gálvez”.

Desde entonces cultiva una relación de afecto y respeto mutuos con Rafael Galván, el dirigente de aquel sindicato que años más tarde sería la columna vertebral de la Tendencia Democrática de los electricistas. Su relación con ese movimiento le daba aire frente al enrarecimiento de las izquierdas. En 1972 participa en la creación de Punto Crítico, revista y a la vez grupo político con el que se identificaban los dirigentes no comunistas del movimiento de 1968, varios de los cuales acababan de ser excarcelados. Sin embargo se aparta de esa publicación, aunque no de la amistad con varios de sus promotores, cuando la revista difunde comunicados de la guerrilla que surgía en algunos sitios del país.

Años más tarde “Tuti” Pereyra contribuye a la reflexión que daría lugar al Movimiento de Acción Popular, efímero grupo que reunía a dirigentes sindicales y de los movimientos universitarios, entre otros. Si el MAP tuvo notoriedad fue porque apostaba al debate de ideas, terreno en donde las aportaciones de Pereyra eran fundamentales pero muy pronto desapareció para, en 1981, formar parte del nuevo Partido Socialista Unificado de México.

Pereyra decidió que su contribución al PSUM consistiría fundamentalmente en colaborar con el órgano de prensa del partido, llamado Así Es, nombre reveladoramente imperioso. Cada semana lo veíamos llegar puntualísimo a las oficinas del periódico en donde elegía un rincón en la mesa de redacción, sacaba algunos recortes de prensa, encendía uno de sus infaltables cigarrillos y se ponía a escribir a lápiz columnas de incomprensibles símbolos taquigráficos. El texto así pergeñado, él mismo lo mecanografiaba en impecables cuartillas. Sus temas eran los de actualidad nacional: movimientos sociales, el debate político, las grandes asignaturas en la educación, la economía, los medios.

A Pereyra no le interesaba especialmente influir en las discusiones dentro de la izquierda sino contribuir a crear un contexto de mayor amplitud, capaz de ensanchar las miras del quehacer político. Sin embargo, como describió José Woldenberg, seguía las vicisitudes partidarias con entereza más que franciscana: “Recuerdo a Carlos Pereyra en las reuniones del Consejo Nacional del PSUM. Escuchaba las interminables listas de oradores con atención y, de vez en vez, emitía un comentario sarcástico sobre el nudo de la discusión. Era, si no mal recuerdo, el único que sin formar parte del Consejo Nacional acudía, casi sin falta, a esas dilatadas sesiones en donde se procesaba aquel original proyecto de unificación de la izquierda mexicana”.

Aunque las había conocido hasta el hartazgo, a Pereyra quería entender las pulsiones y contradicciones de esas izquierdas que en aquellos años, por lo demás, parecían capaces de construir una alternativa dentro del escenario político mexicano. Ese apego, lejos de cancelar, nutría su cuestionamiento crítico entre otros motivos debido a la miopía que las izquierdas mexicanas habían decidido tener respecto del llamado bloque socialista. Carlos Monsiváis lo explicó de manera tan clara que pareciera que no se refería solamente al Tuti sino a muchos pensadores más, frecuentemente encajonados entre la solidaridad y la realidad: “A Pereyra ciertamente le resultó costoso, anímica y políticamente, trabajar dentro de una izquierda que asimiló con tal lentitud la monstruosidad del socialismo real. Se distanció del sovietismo de los comunistas… se opuso a la consigna sacra del proletariado, ‘única clase revolucionaria’, y fue muy crítico del marxismo oficial y las represiones a su nombre, pero no obstante eso debió cargar con una limitación severa, no culpa suya sino de la izquierda, que al no criticar frontalmente el universo totalitario en Moscú o La Habana, desbarataba su vertiente humanista, algo central en el pensamiento de Pereyra”.

Cuatro libros condensan las claves del pensamiento de Pereyra. Política y violencia (FCE, 1974) polemiza con las concepciones instrumentales del Estado y con las posiciones fatales acerca del cambio social. Configuraciones. Teoría e historia (Edicol, 1979) entiende a la historia como un proceso ajeno a determinismos y sometido a múltiples influencias. El sujeto de la historia Alianza Editorial, Madrid, 1984, profundiza esa discusión contra las concepciones teleológicas de la historia. Sobre la democracia (Cal y Arena, 1990) reúne, póstumamente, una selección de sus ensayos teóricos y políticos.

En el campo académico Pereyra coordinó, en los años 80, el Colegio de Filosofía de su Facultad. Además de autor riguroso, era profesor diligente. Uno de sus alumnos, Carlos Castillo Peraza, escribió hace dos décadas: “Pereyra era cumplido y puntual. Jamás aprovechó la cátedra para otra cosa que no fuera la entrega seria, serena y magistral de las lecciones que le estaban encomendadas”.

Pero el mejor testimonio de esa retroalimentación que buscaba en la realidad cotidiana para nutrir su reflexión teórica, se encuentra en sus artículos de prensa. Pereyra encontró en el periodismo la holgura que le negaba la política. Adolfo Sánchez Rebolledo lo ha dicho de manera puntual: “la claridad de Carlos es el resultado de un paciente trabajo, acompasado al ritmo de un razonamiento instruido y lógico. Pero es también expresión de una necesidad interior igualmente temprana y auténtica: Carlos aspira a insertarse en el mundo de las ideas, en este caso de la palabra escrita, para intervenir directamente en el movimiento real de las cosas” (subrayado en el original).

La pasión de Pereyra por el periodismo comenzó a mediados de los 60, cuando hizo reseñas cinematográficas para la revista Política que dirigía Manuel Marcué Pardiñas. Muchas de sus colaboraciones aparecían sin firma, pero en los ejemplares de 1965 y 1966 es posible encontrar algunas notas suscritas con las iniciales CP. A la película “El día y la hora” de René Clement –acerca de una mujer adinerada que se ve involucrada en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra– aquel comentarista la consideró demasiado distante del argumento: “La mera estructuración coherente de un relato, por más escenas bien logradas que tenga, no es suficiente para conseguir que sea acertada la narración de una anécdota. La peculiar forma con que el arte capta la realidad exige cierta totalización, una capacidad del artista para hacer trascender su relato y aprehender alguna dimensión humana”.

Desde fines de los años 60 Pereyra había colaborado, con reseñas de libros, en “La cultura en México” de la revista Siempre!. En marzo de 1972, cuando Carlos Monsiváis se hace cargo de ese suplemento, Pereyra se integra al consejo de redacción en donde permanece casi 10 años. Entre agosto de 1972 y marzo de 1975 colabora semanalmente en Novedades, de donde sale para incorporarse a Excélsior hasta los acontecimientos que desplazan de ese diario a Julio Scherer. Pereyra escribe para el semanario Proceso entre noviembre de 1976 y fines de 1981, primero cada semana y luego con ensayos que aparecían cada mes y en los cuales dejaba de padecer las limitaciones de espacio del artículo estrictamente periodístico.

En 1974 aparece Cuadernos Políticos, revista trimestral de Editorial Era en donde Pereyra, tanto en el comité editorial como en ensayos polémicos y pioneros, aporta notables dosis de amplitud e inteligencia. En 1978 participa en la fundación de Nexos en donde “miembro del consejo editorial, autor, promotor, crítico, nos acompañó siempre con una cercanía entrañable que nunca dejó de lado el rigor intelectual” según rezaba la presentación a una selección de contribuciones suyas a la revista, publicada a la muerte del filósofo (Nexos 127, julio de 1988).

También en 1978 surge unomásuno en donde Pereyra escribe hasta 1983, cuando junto con otros periodistas y colaboradores sale de ese diario para fundar La Jornada un año más tarde. En esos diarios, así como en el semanario Punto en donde escribió entre 83 y 84, Pereyra despliega la crítica rotunda que harían a sus textos indispensables para entender rutinas y rezagos del cambio político.

Pereyra no transigía con demagogias ni dogmatismos de ninguna índole. Lo mismo cuestionaba las prácticas corporativas del priismo que de algunos movimientos pretendidamente populares; le inquietaban los autoritarismos de las derechas confesionales y mediáticas tanto como los que encontraba en partidos y agrupaciones de izquierdas. Su último artículo en La Jornada apareció el 4 de mayo de 1988.

Polemista inclemente en las discusiones políticas y académicas, Pereyra sabía entender a las circunstancias en sus contextos, sin estridencias y con una serenidad que en los momentos más difíciles contrastaba con la costumbre, tanto de la política como del periodismo, a exagerar los conflictos. Sus textos tenían la contundencia del dato duro y la argumentación ordenada. Tanto que, según relata Sánchez Rebolledo, el poeta Efraín Huerta alguna vez le encareció: “un adjetivo, Tuti, un adjetivo de vez en cuando”.

Seguramente Pereyra, igual que acostumbró años más tarde, habrá contemplado a su interlocutor con una mirada juguetona, le habrá dado una reposada bocanada al Raleigh, se habrá encogido de hombros y habrá proseguido su discusión, que cuando se trataba de asuntos políticos era severa pero que en cuestión de deportes –era un filósofo con inteligencia suficiente para interesarse en el futbol– resultaba implacable.

Referencias

-Carlos Castillo Peraza, “Carlos Pereyra: In Memoriam”. La Jornada, 7 de junio de 1988.

-C.P., “El día y la hora”. Política, número 124, 15 de junio de 1965.

-Carlos Monsiváis, “Carlos Pereyra: ‘compañero, gracias por el ejemplo’ ”. Masiosare, suplemento de La Jornada, 21 de junio de 1998.

-Adolfo Sánchez Rebolledo, “Carlos Pereyra. Trazos desde la utopía”. Economía informa. Números 174 y 175, Facultad de Economía de la UNAM, mayo y junio de 1989.

-José Woldenberg, “Carlos Pereyra”. etcétera, número 279, 4 de junio de 1998.

Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Junio 30, 2008 a 1:13 am

Los nuevos beatos cristeros

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La historiadora Laura Campos, que ha tenido un persistente y fructífero interés para desmitificar la historia de los presuntos mártires a quienes homenajea ahora el gobierno de Jalisco (véase nuestro comentario sobre el gobernador González Márquez como promotor del odio) ha puesto en línea su libro Los nuevos beatos cristeros. Seguramente, ahora en la Red, esa autora y su trabajo de investigación histórica seguirán contribuyendo para atajar el fanatismo y afianzar los valores cívicos de la separeción entre Estado y creencias religiosas.

Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Junio 28, 2008 a 4:53 pm

Escrito en Iglesias

El desprecio

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La Crónica, jueves 26 de junio.

Ninguna destitución, aunque merecida, remediará el asesinato de 12 personas el viernes pasado en la discoteca News Divine. Esas muertes se debieron a una sucesión de torpezas mayúsculas, brutales, criminales. Pero también y por encima de la incompetencia y la imbecilidad policiacas, en ese desdichado episodio se puede reconocer un abusivo desprecio a los jóvenes.

La policía llegó a detener a todos los muchachos que estaban en la discoteca. No había orden judicial, ni siquiera una acusación específica. Los arrestarían porque se habían reunido a bailar y escuchar música y porque esa conducta, a los zafios personajes que toman decisiones relevantes en las corporaciones policiacas les parece indebida.

Hay quienes dicen que la aprehensión de jóvenes en recintos como ése se ha vuelto rutinaria y que de esa manera la policía trata de atajar el tráfico de estupefacientes. En News Divine no encontraron drogas ni personas consumiendo algo ilícito. Aunque así hubiera sido, el consumo de drogas no es un delito. Venderlas sí, pero difícilmente se podrá atrapar a los desdichados que hacen negocio promoviendo la adicción a las drogas con operativos tan absurdos como el del viernes. Los muchachos son víctimas, no cómplices de los traficantes de drogas.

No era en defensa de esos jóvenes que actuaba la policía. Al contrario, y de allí los rasgos más agraviantes en la retahíla de tonterías que fue evidente el viernes, la policía llegó para importunar, acosar, maltratar y vejar a los muchachos. Nueve de ellos, y tres policías, murieron en esa operación.

Ilegal y absurda la aprehensión de todos, además se realizó con inexcusable violencia. Dentro y fuera de la discoteca, muchos jóvenes fueron golpeados. En ocasiones, al parecer, ese maltrato tuvo consecuencias criminales: “Rafael Morales, de 18 años, no soportó la serie de ‘cachazos’ que le propinaron el viernes granaderos de la SSP-DF durante el operativo en la discoteca News Divine. El joven se desplomó. Cayó al piso y de nada le sirvieron los primeros auxilios que le dieron sus amigos, porque horas después murió por contusiones en el hospital de La Villa”. Ese y el resto de los testimonios que transcribimos en los siguientes párrafos aparecieron en los reportajes de Hilda Escalona y René Cruz el sábado 21 de junio; Hilda Escalona, Vania Arroyo y Jonathan Villanueva el domingo 22; Israel Yáñez G. el lunes 23 y Jonathan Villanueva el martes 24, todos en La Crónica de Hoy.

“Hubo más de cinco adolescentes que relataron que los policías utilizaron toletes y pistolas para sacarlos del lugar”. Las huellas las llevan en el rostro. “ ‘A todos los que no agarraban nos subían al transporte oficial y nos empezaban a agarrar a cachazos’, decía Luis ‘N’, alias El Babo de 14 años, al momento que mostraba su cara con dos heridas, que dijo que eran cachazos”.

Dentro de la discoteca el aire se volvió irrespirable cuando, también de acuerdo con muchos testimonios, la policía aventó gases lacrimógenos. “ ‘Sí lo echaron… los chavos tuvieron que romper las ventanas y tirarse desde un segundo piso porque no podían respirar’, contó Jesica Jazmín Hernández Carranza, quien ayer fue dada de alta del hospital La Villa”.

¿Qué impresión de esos jóvenes tenían los jefes policiacos que ordenaron el desalojo de esa manera? ¿Qué imagen de ellos tienen los agentes que golpeaban, ofendían e insultaban a discreción? Una muchacha asegura “que los uniformados la amenazaron… ‘Hija de tu puta madre, te vamos a madrear hija de la chingada, súbete al camión culera. No mereces nada ni siquiera tu libertad ni tú ni tu pinche bola de amigos delincuentes’, recuerda la menor de edad. 16 años”.

El desprecio contra los jóvenes, la prepotencia machista, el abuso gandul, se desplegaron contra las muchachas indefensas. “ ‘A mí me manosearon los policías, cuando según me querían sacar, nada más me estaban manoseando… después una policía me jaló de los cabellos y me subió a un camión, y en la desesperancia (sic) empezamos a romper los vidrios del camión’, dijo la adolescente de 16 años”.

Quienes pudieron salir al comienzo del desalojo fueron amontonados en vehículos que llevaba la policía. “Nos agarraron y nos subieron a una camioneta y nos echaron boca abajo uno por uno, casi no podíamos respirar”.

Cuando los vehículos se llenaron, la policía bloqueó la puerta principal de la discoteca. Esa fue, como ahora se sabe, la mayor insensatez. ¿Qué supusieron los jefes policiacos que harían los muchachos, sobre todo cuando otros policías los hostigaban desde dentro del recinto? “ ‘No nos dejaron salir, porque cerraron las puertas’, agregó entre sollozos”.

Afuera de la discoteca no había asistencia médica. Nunca se sabrá si algunos de los muertos pudieron haberse salvado de haber recibido primeros auxilios.

Ya en el Ministerio Público, a muchos les robaron sus pertenencias. “Llegamos a la agencia de San Juan de Aragón, nos quitaron celulares, carteras, dinero que ya no lo regresaron, ya no tengo celular”.

A varias muchachas las desnudaron y vejaron. “ ‘Para hacernos el examen médico nos quitaron toda la ropa, nos ponían así con los brazos arriba a dar vueltas, con dos oficiales hombres en la sala y un doctor…, habíamos 13 mujeres dando vueltas, nos sentimos incómodas ante las miradas de los policías’, explicó Ceci ‘N’ en entrevista”. Tiene 16 años.

También se ha sabido que a varias muchachas y muchachos los marcaron en un brazo, para numerarlos.

A los familiares de todos esos jóvenes, más de 600, las autoridades los tuvieron varias horas en una incertidumbre de pesadilla. No proporcionaban listas de fallecidos o lesionados. A los padres de varios de los muertos tardaron mucho más en permitirles acercarse a los cuerpos.

Pero esa negligencia para dar cuenta a los directamente afectados de lo que había sucedido con sus hijos, el jefe de la policía no la tuvo para improvisar una a la postre fallida justificación ante los medios de comunicación. El viernes por la noche Joel Ortega Cuevas tenía mucha urgencia para propalar una versión mañosa sobre las causas de la tragedia.

Según el secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal, la culpa había sido del dueño de la discoteca que al avisar que la policía estaba presente provocó la fuga en masa. Sin embargo el video que con tanta diligencia Ortega les entregó esa noche a las televisora desmentía esa versión. Después del anuncio del propietario del establecimiento los muchachos reaccionaron con natural enojo porque la fiesta terminaba repentinamente pero no se veían ni escuchaban reacciones de miedo. El terror vendría después, pero de eso no hubo constancia en la grabación censurada.

Las autoridades del DF dicen que los videos completos no serán mostrados en consideración a los familiares de las víctimas. Esa deferencia no la tuvieron durante muchas horas después de la tragedia. Y por lo general las autoridades policiacas no suelen tener miramientos para difundir e incluso improvisar grabaciones de sus operativos. Con cuánta frecuencia se presentan escenas de supuestos o reales criminales, que en todo caso no han sido sentenciados, a quienes se muestra junto con armas o artículos que han sido decomisados.

Una, y otra, y otra y otra vez, los muchachos de la News Divine fueron amagados, violentados, humillados. No fueron casualidades. En la tragedia en la Nueva Atzacoalco tenemos los resultados de una sistemática actitud de desdén hacia los jóvenes y sus problemas.

Para los muchachos de la News Divine y muchísimos más como ellos, la ciudad es un entorno permanentemente hostil. Padecen la agresividad urbana en sus colonias, cuando se trasladan a la escuela, cuando se les hace noche, dondequiera que estén. Sus ganas de diversión no pueden desahogarlas mas que en recintos también incómodos pero en donde al menos están juntos, como ocurre en las discotecas. Ahora, también allí llega la policía no para protegerlos (¡qué ingenuo resulta creer que podría ser así!) sino para importunarlos y ultrajarlos.

Si los jóvenes les importan a las autoridades y, descendiendo en el escalafón burocrático, a la caterva de delegados, directores, inspectores y demás funcionarios que lucran transigiendo con ilegalidades e irregularidades, es como pretexto para hacer negocio. Se trata del vasto y rentable negocio de la corrupción.

¿Qué imagen de la justicia, de las autoridades, van a tener esos muchachos y muchos otros de su generación que han tenido que crecer primero con temor y ahora con resentimiento hacia la policía? ¿Qué opinarán del inicial intento auto exculpatorio de Joel Ortega? ¿Qué del ahora ex delegado Francisco Chíguil que hizo ostentación de insensibilidad y vulgaridad al acarrear a un grupo de aplaudidores? ¿Qué dirán esos muchachos agraviados de la ausencia que en principio tuvo Marcelo Ebrard y luego de su afán para encontrar un chivo expiatorio en vez de procurar soluciones de fondo a la violencia contra los jóvenes?

En México no tenemos auténticas políticas de atención a los jóvenes. Por negligencia o indiferencia, hemos permitido que a los muchachos se les imponga esa impolítica del desprecio. Eso es lo que hubo tras la decisión criminal que les cerró el paso a la salida de la discoteca. Y es lo que se manifestó cuando sacaron, trasladaron, despojaron, revisaron y retuvieron ilegalmente a esos jóvenes.

La indignación ante tales acontecimientos es significativa por su extensión. Y también lo son algunas ausencias en esa reacción de la sociedad. Hay quienes buscan lucrar políticamente, como si la caída de un funcionario torpe o la desventura del escurridizo Marcelo Ebrard fueran realmente importantes. Hay otros que reaccionan con una discreción que no existiría si las autoridades responsables de esta desgracia hubieran formado filas en otro partido político. Se ha dicho que en el PRD y en las supuestas izquierdas que convergen en ese partido hay una doble moral: condenan cuando les conviene, callan cuando de otra manera comprometerían a los suyos. Allí no hay doble moral: se trata simplemente de una llana, ostensible y vergonzosa inmoralidad.

Algunos harán cuentas sobre la manera en la que votarán esos muchachos el año próximo, o dentro de cuatro años. No importa. Ellos desde ahora han confirmado que da lo mismo. Los dejarán de despreciar cuando crezcan. Mientras, se resignan a vivir con miedo y rencor. Doce muertos aplastados en la discoteca. Asesinados todos. Tres de ellos, agentes que fueron llevados por ineptos jefes policiacos. Nueve, eran muchachos que nada más querían divertirse. Hace 40 años, por menos que eso comenzó el movimiento del 68.

Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Junio 26, 2008 a 2:26 pm

Monsiváis y La cultura en México

con un comentario

Ver también: Monsiváis, pedagogo y periodista

Zócalo, junio de 2008

Siempre merecidos, nunca suficientes, en la gran mayoría de los abundantes homenajes que se le han dedicado a Carlos Monsiváis con motivo de sus 70 años se ha omitido una de sus facetas más creativas, valiosas e incluso política y culturalmente innovadoras y pedagógicas. Me refiero a su papel como editor del suplemento que mantuvo durante 15 años en la revista Siempre!

Él mismo ha subestimado la importancia de aquel suplemento pero sus lectores de entonces no podríamos hacerlo. En una entrevista en 1998 le preguntaron y contestó:

-A Benítez se le acusó de mafioso, a Octavio Paz… ¿Cómo respondió usted cuando lo acusaron de lo mismo?
-¿Qué se responde a eso? Los que se sienten excluidos elaboran su infierno o su paraíso perdidos. En mi caso me parece obvia la imposibilidad de ser siquiera un modesto cacique. Mi etapa desdichada fue como director de un suplemento cultural, porque no es un trabajo para el que yo sirva. Tengo espíritu de colaborador, no de editor, y cuando dirigí (o algo similar) el suplemento La Cultura en México entonces cometí numerosos errores, precisamente por no percatarme de las funciones del editor. Pero tuve suerte, o como se le diga, al haber colaborado antes con personas de gran generosidad y ausencia de autoritarismo: el doctor Elías Nandino, en la revista Estaciones; Fernando Benítez, en los suplementos; Jaime García Terrés, en Difusión Cultural. Y también el trabajo en el suplemento La Cultura en México fue posible gracias a Héctor Aguilar Camín, José Joaquín Blanco, Rolando Cordera, Carlos Pereyra, Adolfo Castañón, José María Pérez Gay, Alberto Román, Roberto Diego Ortega y Antonio Saborit, entre otros. Los cito porque lo valioso de esa empresa fue el trabajo en equipo [i].

Él, con ese equipo, se tomó muy en serio su labor como editor del suplemento cultural más útil e influyente que ha existido en la prensa mexicana. En marzo de 1972, Carlos Monsiváis se hizo cargo de “La Cultura en México”, el suplemento de la revista Siempre! que Fernando Benítez había iniciado diez años antes, cuando encontró la hospitalidad de José Pagés Llergo para proseguir la publicación de un espacio semanal que le había sido clausurado en Novedades. En la primera fase de su gestión a cargo del suplemento, Monsiváis estuvo acompañado por David Huerta, Rolando Cordera y Carlos Pereyra.

La amplitud temática y la vocación política que sin demérito de la densidad cultural animaron a ese suplemento, lo hicieron lectura indispensable para varias generaciones. En una época de casi unánime cerrazón en la prensa mexicana, el suplemento cultural de Siempre! fue uno de los pocos espacios en donde encontraron sitio recuentos y denuncias de arbitrariedades del poder (como la represión a diversos movimientos sociales en la difícil fase posterior al 68 ) y las experiencias de organización sindical y popular que habrían de tener fuerte efecto en la democratización mexicana de las siguientes décadas.

Reseña de una sociedad

que lidiaba con la intolerancia

En octubre de 1973 el consejo editorial del suplemento queda conformado por Jorge Aguilar Mora, José Joaquín Blanco, Rolando Cordera, David Huerta, Héctor Manjarrez, Carlos Pereyra, Vicente Rojo y Carlos Monsiváis que coordina la semanal organización editorial. En esa etapa la crítica política va de la mano de la crítica cultural, en ocasiones a cargo de autores que encuentran en las páginas del Suplemento su primera oportunidad para publicar y junto con abundantes traducciones de textos estadounidenses y europeos que de otra manera no habríamos conocido en México, al menos con tanta oportunidad.

La tarea que Monsiváis desempeña como editor del suplemento contribuiría a moldear el panorama de la cultura mexicana en ese tiempo y la idea misma del quehacer cultural que tenemos quienes aprendimos en las páginas de esa publicación. La presentación de novedades editoriales y de la reflexión social contemporánea se alternaba con la ironía de La Doctora Ilustración (cuyo “Consultorio” es antecedente de “Por Mi Madre Bohemios”) y con la reseña de una sociedad que cambiaba a pesar de la esclerosis del poder. El tono antisolemne prevalecía en la presentación incluso de asuntos de la mayor gravedad, con encabezados como los siguientes:

“Sobre el cadáver del último campesino redactaremos el siguiente amparo” en un texto sobre los nuevos movimientos agrarios.

“El Estado es fuego, la derecha estopa, viene el diablo y sopla” en un ensayo acerca del Consejo Coordinador Empresarial.

“Y en contra de nosotros mi madre como un dios”, en la reseña de una película.

“Polvo eres y en verso te convertirás”, para comentar un libro de poesía.

Se trataba no de un acercamiento fresco y valiente, si se toma en cuenta el contexto nacional que no era precisamente tolerante. Ese estilo, además, implicaba una concepción del quehacer cultural equidistante tanto del elitismo de quienes ceñían la cultura solamente a la ópera y a la literatura clásica, como del populismo de quienes consideraban que el compromiso social debía llevar al intelectual a realizar una obra panfletaria.

El suplemento y sus editores, fueron continuación de la metamorfosis cultural que se atisbó en los años sesenta y que se extendió en el público que surgía del ensanchamiento de las clases medias y la masificación de las universidades en los inicios de los setenta. Monsiváis entendió bien el equilibrio entre política y cultura y eludió con perspicacia los riesgos y tentaciones del prestigio que podía alcanzar el intelectual. En 1975 escribió que una de las consecuencias de la conmoción producida en 1968, era el derrumbe de “el mito, tan florecido, del intelectual como ‘conciencia crítica’ ” [ii]. Allí describía el desplazamiento de los intelectuales tradicionales por una nueva generación menos hierática pero quizá de mayor vocación universal: “Lo que los sesentas habían dejado era una atmósfera cargada de fe en las potencialidades del trabajo intelectual y artístico (la tesis de la ‘palabra enemiga’, por ejemplo, la idea del escritor como conciencia del país). Esta confianza exigía un tratamiento especial, demandaba un lugar de privilegio. Al no obtenerlo de un público progresivamente alejado de la reverencia ante la Cultura e inmerso en la reverencia ante la Política, muchos intelectuales se decidieron por lograr ese reconocimiento donde lo había (en el gobierno) y no dejaron ingenuamente de extrañarse al ver que el público (su público) no respondía ya a sus exhortaciones)” [iii].

La Cultura en México fue un espacio que nutrió la necesidad de lectura de calidad de un público que, en efecto, ya no se identificaba con la cultura ampulosa ni con la disociación entre creación y reflexión y, por otra parte, la mundana política. Pero tampoco fue complaciente con sus lectores. La propuesta de enfoque analítico y de gusto cultural que el suplemento fue perfilando, se nutrió en el trabajo de un núcleo básico encabezado por Monsiváis y con ramificaciones suficientes para nutrir la publicación semanal.

En 1977 al grupo editor de La Cultura en México se incorporan Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, José María Pérez Gay y el diseño, que diagramaba Vicente Rojo, queda a cargo de Bernardo Recamier. A fines de ese año Jorge Aguilar Mora, David Huerta y Héctor Manjarrez renuncian a ese consejo de redacción.

Inteligente conciliación

entre política y cultura

El suplemento llegó a los 800 números en junio del 77 y cuatro meses antes había cumplido 15 años desde que había sido fundado por Fernando Benítez. Los editores refrendaron “una vocación de origen: ni los varios relevos editoriales, ni los cambios de modas, colaboraciones y cariños, han apartado de La Cultura en México aquella sana teoría inicial que se negó a separar la cultura de la política, la crítica de la convicción, el ejercicio intelectual del periodismo, la indignación del humor, la literatura de la sociedad” [iv].

En esa misma edición, otra nota de la Redacción precisaba su compromiso social: “Como a todos, a quienes hacemos este suplemento nos comprometen no sólo las lecciones y herencias del 68, sino las diarias enseñanzas y legados de la disidencia democrática, del sindicalismo independiente, de la represión en el campo, de la organización de las colonias populares, de la renovación académica, de la tragedia nacional del desempleo. El entusiasmo fetichista por la ‘alta cultura’ (que nada tiene que ver con los verdaderos y necesarios ofrecimientos de la alta cultura y que recubre en la mayoría de los casos los argumentos de la despolitización y el oportunismo) ha exhibido su impotencia final y, en este momento, está ya de más en un periodismo cultural que no se concentre en preparar y disponer el servicio a las mayorías mientras estimula el temperamento crítico y la apreciación creativa de esas minorías, ahora su público natural” [v].

Conciliar cultura con política no siempre fue sencillo, sobre todo por la tentación de muchos autores en el México de aquellos años (y según abundantes evidencias todavía en el de la primer década del nuevo siglo) para suponer que la enjundia ideológica podía sustituir al mérito literario. El Suplemento lo consiguió, bajo la conducción prudente y gozosa de Monsiváis, que en esos años se dio el lujo de publicar una incontable nómina de firmas en textos tomados de publicaciones de otros países, desde W.H. Auden, Hanna Arendt, Jean Baudrillard, Walter Benjamin y Roland Barthes, pasando por E.M. Cioran, Hans Magnus Enzensberger, Michel Foucault, Herbert Marcuse, Henri Miller, Roman Jakobson, Norman Mailer y Vladimir Nabokov, hasta Leonardo Sciascia, Gore Vidal y Marguerite Yourcenar.

Esas firmas entre muchas otras le daban consistencia al suplemento, junto a colaboradores frecuentes como Ignacio Almada, Luis Ángeles, Hermann Bellinghausen, José Blanco, Felipe Campuzano, Luis Cardoza y Aragón, Ricardo Castillo, Arnaldo Córdova, Elías Corro, Ramón Cota Meza, Oliver Debroise, Roberto Escudero, Manuel Fernández Perera, Carlos Fuentes, Héctor Gally, Jaime Goded, Gustavo Gordillo, Luis González, Gilberto Guevara, Hugo Gutiérrez Vega, Mauricio Hammer, Luis Hernández, Salvador Hernández, Alejandro Katz, Juan Felipe Leal, Daniel López Acuña, Eduardo Mejía, Felipe Mejía, Julián Meza, Eliezer Morales, Beatriz Novaro, Abraham Nuncio, Francisco Pérez Arce, Sergio Pitol, María Antonieta Rascón, Jaime Reyes, Alvaro Ruiz Abreu, Adolfo Sánchez Vázquez, Paco Ignacio Taibo, Paloma Villegas, José Woldenberg y Emma Yanes.

La crítica de cine estaba a cargo del siempre drástico Jorge Ayala Blanco; la de teatro la hicieron Félix Cortés Camarillo y Fernando de Ita; el comentario de música Yolanda Moreno Rivas y Raúl Cosío; las reseñas entre otros, Miguel Angel Quemain; la crónica de asuntos sociales Javier Aranda Luna y Dolores Campos.

Además de ese grupo de autores que entresacamos de las páginas del suplemento en los años setenta y parte de los ochenta, los miembros de su consejo de redacción publicaban sus propios textos con mucha frecuencia. En febrero de 1978 Luis González de Alba se incorpora a ese consejo del cual, a su vez, en mayo de 1979 sale Héctor Aguilar Camín “por compromisos de diversa índole”. En esa ocasión se añaden Luis Miguel Aguilar y Antonio Saborit.

Vida cotidiana, polarización

ideológica, feminismo

El recambio generacional se completó en diciembre de 1981 con la incorporación al consejo de redacción del suplemento de Alberto Román, Rafael Pérez Gay y Sergio González Rodríguez. En esa ocasión dejan de formar parte del consejo Carlos Pereyra, Rolando Cordera y Adolfo Castañón. Al comenzar 1983 se añade Enrique Mercado.

En julio de 1978, cuando la revista Siempre! cumplía un cuarto de siglo, el suplemento que había ocupado sus páginas centrales durante más de 16 años pudo hacer este balance: “Tal vez no sea aventurado decir que algunas de las corrientes más renovadoras del actual periodismo mexicano tuvieron su origen en estas páginas. Y es un hecho que algunos de los libros más importantes de la década –en poesía y narrativa pero sobre todo en el ensayo literario y político– aparecieron originalmente como colaboraciones de nuestro Suplemento” [vi].

El balance más completo de la década a cargo de Fernando Benítez (que dirigió el suplemento de 1962 a 1972) lo hizo Carlos Monsiváis cuando “La Cultura en México” cumplió mil ediciones, el 27 de mayo de 1981. De su propia etapa Monsiváis escribió poco en aquel ensayo, pero señaló las que consideraba características centrales del desarrollo cultural en los años setenta. Entre ellas, mencionaba:

“ Creciente polarización ideológica, sobre bases falsas y verdaderas, que se traduce en polémicas, distanciamientos y oposiciones reales y/o inventadas. Una muy notoria, la existente entre alta cultura y cultura popular.

“ Crecimiento de la industria editorial (fortalecida con la emigración sudamericana). Paralelamente, multiplicación de publicaciones culturales: Plural (primera época), Vuelta, Nexos, Sábado (dirigido por Benítez)… todo esto describe un panorama cultural donde ya ningún grupo detentará ‘la mejor publicación’. La pluralidad apunta hacia una democratización cultural creciente.

“ Influencia predominante del marxismo en las universidades. Auge de las corrientes estructuralistas. Introducción de una nueva problemática a través de figuras culturales: Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guattari, R.D. Laing, David Cooper, Iván Ilich, Susan Sontag, Rudolf Bahro, Karel Kosik, Leszek Kolakowski, Gore Vidal, Pier Paolo Passolini, Louis Althusser, Agnes Heller.

“ Importancia notoria del tema de la vida cotidiana, tanto en la militancia como en la vida intelectual.

“ Presencia del feminismo, que introduce vocablos y perspectivas: el sexismo, el chovinismo masculino, etc. Por lo mismo, a partir de la reconsideración general de una mayoría marginada, se empieza el análisis de las luchas de minorías marginales, especialmente los homosexuales.

“ Liquidación parcial pero contundente del terrorismo ideológico que impedía la crítica al socialismo real, para ‘no darle armas al enemigo’.

“ Reexamen de la cuestión nacional, y reivindicación sectorial del nacionalismo revolucionario.

“ Rencor fetichista ante la hegemonía de los medios masivos de difusión” [vii].

Con esa herencia y en un entorno de crisis económica y estrechez política en una década que algunos calificaron como perdida, se desarrolló la última etapa del Suplemento bajo la conducción de Carlos Monsiváis. En noviembre de 1986 el grupo que sostenía al Suplemento intentó una restructuración, identificando a Monsiváis como director y designando a Rafael Pérez Gay coordinador general. Sergio González Rodríguez y Antonio Saborit tendrían la responsabilidad de editores y Roberto Diego Ortega se integró al consejo de redacción. Sin embargo dos meses después el núcleo básico de escritores jóvenes que junto con Monsiváis se habían responsabilizado del suplemento, deja esa tarea [viii]. El mismo Monsiváis aguarda a que el Suplemento cumpla 25 años y él 15 como responsable de su publicación. El 5 de marzo de 1987, al llegar al número 1300, termina esa larga y memorable etapa de La Cultura en México [ix].

Cambio político insuficiente,

sociedad profundamente desigual

En aquella edición última, Monsiváis reflexiona sobre el país que resultó al cabo de esos tres lustros:

“Nos hallamos de nuevo en épocas de certidumbre. Algunas de las formas de esa certidumbre me resultan lamentables, por ejemplo la de los núcleos no tan pequeños como uno quisiera que siguen aferrados a la obediencia ciega de los dogmas, que detestan la libertad de expresión como bien en sí, que celebran las represiones a nombre del centralismo democrático, etcétera. Comparto otras, las fundadas en la comprobación diaria del modo inhumano en que vive la mayoría de la población. Por más amarga que sea la experiencia del socialismo real, no puede detener la urgencia del socialismo en América Latina”.

Cambio político insuficiente, sociedad profundamente desigual. Y la cultura, determinada por avances y limitaciones. Decía, también, Monsiváis:

“Así, es precisamente en el campo cultural donde más se advierte el aumento de la tolerancia y de la democratización. El Estado usa (más bien, usaba) su patrocinio como parte de su campaña de venta de estabilidad: ‘te protejo para mostrar mi amplitud de criterio’. La actitud es por lo menos convenenciera, pero de ello no se desprende que acudir a los recursos del Estado sea traición a los principios. El Estado no es el gobierno, es asunto de todos, le ha costado demasiado a muchas generaciones, y nadie se beneficia con pretender que el Estado es el beso del diablo si patrocina conferencias, exposiciones, recitales, obras de teatro. Esto en todo caso es prueba de la estabilidad, no de las bondades del régimen” [x].

Si en la cultura se afianzaron valores tolerantes y democráticos que luego podrían extenderse en otras zonas de la vida pública del país, si en ella se desarrollaron preocupaciones sobre la vida individual que más adelante comenzarían a ser interiorizados por amplios núcleos de mexicanos, podemos reconocer en el suplemento de Monsiváis parte del empeño en los años setenta y ochenta para desarrollar la cultura política (y social). El suplemento participó de manera destacada en un proceso civilizatorio que no ha concluido, pero que contribuyó en la formación intelectual, y también en la educación sentimental, de un segmento de la generación que actualmente tiene más de 50 años.

Cuando se anunció el fin de la época de Monsiváis en el Suplemento, José Woldenberg escribió:

“El Suplemento fue la recreación del espíritu de una época… ¿quién de mi generación hubiera comprado Siempre si no existieran sus páginas centrales?… Para decirlo en una palabra, el Suplemento ha sido un elemento de referencia obligada en el debate político y cultural de México” [xi].

Fernando Solana Olivares dijo en aquella ocasión: “La Cultura en México fue imprescindible para varias generaciones: una educación intelectual y política se cumplió en sus páginas, en sus temas y en su tono”. Y más adelante, acerca de los últimos años de aquel Suplemento: “Lo logrado en ese intervalo fue excelente: una nueva puesta en galeras de una tradición que así se renovaba” [xii].

* * *

Fui colaborador frecuente de “La cultura en México” gracias a la hospitalidad y, ahora lo reconozco, la generosa audacia de Carlos Monsiváis. Él no me conocía cuando en abril o mayo de 1973, antes de cumplir 20 años, toqué la puerta de su casa en Portales para entregarle un breve ensayo cuya publicación anhelaba en aquel suplemento. Después de leerlo Carlos, con cuidadosa cordialidad, lo rechazó. Se trataba de un texto sobre la televisión mexicana de aquellos años y le hacían falta demasiados matices.

Insistí con otras contribuciones y algo más tarde comencé a publicar recuentos y crónicas del sindicalismo independiente de esa época. Luego escribí reseñas de libros, cada semana, durante varios años. El suplemento dirigido por Monsiváis fue para mí escuela intelectual y espacio de expresión libre, siempre en un contexto exigente. Mi deuda con Carlos y con aquella publicación es como lector y autor. No podía dejar de agregar esta nota porque, evidentemente, el recuento que hago de “La cultura en México” es intencionadamente agradecido.

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[i] Armando Ponce, “La implacable crítica de Carlos Monsiváis en defensa de una sociedad ’sacrificada’ “. Entrevista en Proceso, 10 de mayo 1998.

[ii] Carlos Monsiváis, “No por mucho madrugar amanece más temprano”, en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, no. 708, 3 de septiembre de 1975.

[iii] Ibid.

[iv] “Quinceañeros”, en La Cultura en México No. 800, 24 de junio de 1977.

[v] “800 números 800″, ibid.

[vi] “Presentación” en La Cultura en México, número 853, junio 28 de 1978.

[vii] Carlos Monsiváis, “No quisiera ponerme muy solemne pero…” La Cultura en México, número 1000, 27 de mayo de 1981.

[viii] El 21 de enero de 1987 se anuncia, sin más explicación, la salida del consejo de redacción de Luis Miguel Aguilar, Sergio González Rodríguez, Roberto Diego Ortega, Rafael Pérez Gay, Alberto Román y Antonio Saborit. Se quedan únicamente José Joaquín Blanco, Enrique Mercado, José María Pérez Gay y, como coordinador, Carlos Monsiváis.

[ix] A partir del siguiente número Paco Ignacio Taibo II se hace cargo del suplemento iniciándose así una larga serie de cambios en su conducción .

[x] Carlos Monsiváis, “25 años de La Cultura en México”. La Cultura en México, número 1300, 5 de marzo de 1987.

[xi] José Woldenberg, “¿Dicen que no se siente la despedida?, en La Jornada, 28 de febrero de 1987.

[xii] Fernando Solana Olivares, “Veinticinco años de La Cultura en México”. La Jornada Semanal, La Jornada, 28 de febrero de 1987.

Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Junio 24, 2008 a 6:56 pm

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