Sociedad y poder

Indispensable Pereyra

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La granja

Nexos, junio de 2008

Sus amigos más antiguos le decían filósofo y lo era en el sentido más pleno: amigo de la sabiduría, entendida no como conocimiento escolástico sino como avidez constante para observar y, así, entender la realidad. Carlos Pereyra estudió y enseñó Filosofía, campo en el que se le reconocía por su interés crítico en el marxismo y más tarde en la reflexión sobre la democracia. Pero la búsqueda de la verdad lo llevó a interesarse, cada vez con más agudeza, en las fuerzas de la sociedad.

Tensiones en el sindicalismo, vicisitudes políticas en los estados, corrientes renovadoras en la iglesia, fundamentalismos de las derechas y desde luego extravíos de las izquierdas y antes que nada arbitrariedades del régimen priista, formaron parte del pertinente elenco de preocupaciones que Pereyra documentaba, con ostensible rigor crítico, en sus abundantes colaboraciones en diarios y revistas.

Hijo de emigrados argentinos, Carlos Alberto Pereyra Boldrini –Tuti, le apodaron desde niño– nació México en agosto de 1940. Murió el 4 de junio de 1988. Estudió en el Colegio Alemán. Todavía no entraba a la Universidad cuando presencia las movilizaciones de los ferrocarrileros y maestros que pugnaban por la autonomía sindical. Inicialmente se inscribe en la Facultad de Economía de la UNAM pero luego cambia, en 1961, a la de Filosofía y Letras. El vallejismo y la revolución cubana animan y condicionan la política de izquierdas en aquellos años. Pereyra participa en la Juventud Comunista, a la vez que en grupos de solidaridad con luchas latinoamericanas.

Pereyra pasa por el entonces perseguido Partido Comunista y luego por la heterodoxa Liga Comunista Espartaco. En esos y otros espacios constata cuán resistentes a la autocrítica y al cuestionamiento de los grandes dogmas llegan a ser simpatizantes y militantes de izquierdas cuando se consideran amparados por una coartada histórica.

En aquellos años de transición cultural al tiempo que de cerrazón política, afianza la convicción en la democracia que más tarde sería eje de su pensamiento teórico y político. A diferencia del marxismo dogmático que proponía la inevitabilidad de la Revolución siempre y cuando hubiera contradicciones suficientemente recrudecidas entre las clases antagónicas de la sociedad, Pereyra supo entender que el cambio social y político era resultado de la conjugación de circunstancias complejas. No hay un agente capaz de, providencialmente, determinar el rumbo de la historia. Ese reconocimiento, que ahora puede resultar elemental, no lo era tanto en épocas en las que la izquierda, atomizada en sectas tan voluntaristas como mutuamente enemistadas, creía disputar la conducción de la clase obrera como vía infalible a la transformación socialista.

Pereyra aborrecía ese clima de autocomplacencia pero trataba de entenderlo como parte de una cultura política que las izquierdas no superaban. Desde entonces, como relataría más tarde su camarada de toda la vida Adolfo Sánchez Rebolledo, “critica cuantas veces puede esa paulatina degradación del fondo ético e ideológico de quienes se autocalifican representantes de una vanguardia esclarecida, cuyo radicalismo tampoco será vacuna infalible contra el oportunismo más vulgar, si la hora se ajusta”.

La alternativa a esas limitaciones Pereyra las encuentra en el sindicalismo democrático. A mediados de los años 60 comienza a escribir en la revista Solidaridad, del entonces Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana. No dejaba de ser algo extraño encontrar, entre reseñas de movilizaciones y discursos de líderes sindicales, textos sobre el concepto de hegemonía en Gramsci o acerca de la idea de sociedad civil. Pereyra escribía esos artículos con el seudónimo “Manuel Gálvez”.

Desde entonces cultiva una relación de afecto y respeto mutuos con Rafael Galván, el dirigente de aquel sindicato que años más tarde sería la columna vertebral de la Tendencia Democrática de los electricistas. Su relación con ese movimiento le daba aire frente al enrarecimiento de las izquierdas. En 1972 participa en la creación de Punto Crítico, revista y a la vez grupo político con el que se identificaban los dirigentes no comunistas del movimiento de 1968, varios de los cuales acababan de ser excarcelados. Sin embargo se aparta de esa publicación, aunque no de la amistad con varios de sus promotores, cuando la revista difunde comunicados de la guerrilla que surgía en algunos sitios del país.

Años más tarde “Tuti” Pereyra contribuye a la reflexión que daría lugar al Movimiento de Acción Popular, efímero grupo que reunía a dirigentes sindicales y de los movimientos universitarios, entre otros. Si el MAP tuvo notoriedad fue porque apostaba al debate de ideas, terreno en donde las aportaciones de Pereyra eran fundamentales pero muy pronto desapareció para, en 1981, formar parte del nuevo Partido Socialista Unificado de México.

Pereyra decidió que su contribución al PSUM consistiría fundamentalmente en colaborar con el órgano de prensa del partido, llamado Así Es, nombre reveladoramente imperioso. Cada semana lo veíamos llegar puntualísimo a las oficinas del periódico en donde elegía un rincón en la mesa de redacción, sacaba algunos recortes de prensa, encendía uno de sus infaltables cigarrillos y se ponía a escribir a lápiz columnas de incomprensibles símbolos taquigráficos. El texto así pergeñado, él mismo lo mecanografiaba en impecables cuartillas. Sus temas eran los de actualidad nacional: movimientos sociales, el debate político, las grandes asignaturas en la educación, la economía, los medios.

A Pereyra no le interesaba especialmente influir en las discusiones dentro de la izquierda sino contribuir a crear un contexto de mayor amplitud, capaz de ensanchar las miras del quehacer político. Sin embargo, como describió José Woldenberg, seguía las vicisitudes partidarias con entereza más que franciscana: “Recuerdo a Carlos Pereyra en las reuniones del Consejo Nacional del PSUM. Escuchaba las interminables listas de oradores con atención y, de vez en vez, emitía un comentario sarcástico sobre el nudo de la discusión. Era, si no mal recuerdo, el único que sin formar parte del Consejo Nacional acudía, casi sin falta, a esas dilatadas sesiones en donde se procesaba aquel original proyecto de unificación de la izquierda mexicana”.

Aunque las había conocido hasta el hartazgo, a Pereyra quería entender las pulsiones y contradicciones de esas izquierdas que en aquellos años, por lo demás, parecían capaces de construir una alternativa dentro del escenario político mexicano. Ese apego, lejos de cancelar, nutría su cuestionamiento crítico entre otros motivos debido a la miopía que las izquierdas mexicanas habían decidido tener respecto del llamado bloque socialista. Carlos Monsiváis lo explicó de manera tan clara que pareciera que no se refería solamente al Tuti sino a muchos pensadores más, frecuentemente encajonados entre la solidaridad y la realidad: “A Pereyra ciertamente le resultó costoso, anímica y políticamente, trabajar dentro de una izquierda que asimiló con tal lentitud la monstruosidad del socialismo real. Se distanció del sovietismo de los comunistas… se opuso a la consigna sacra del proletariado, ‘única clase revolucionaria’, y fue muy crítico del marxismo oficial y las represiones a su nombre, pero no obstante eso debió cargar con una limitación severa, no culpa suya sino de la izquierda, que al no criticar frontalmente el universo totalitario en Moscú o La Habana, desbarataba su vertiente humanista, algo central en el pensamiento de Pereyra”.

Cuatro libros condensan las claves del pensamiento de Pereyra. Política y violencia (FCE, 1974) polemiza con las concepciones instrumentales del Estado y con las posiciones fatales acerca del cambio social. Configuraciones. Teoría e historia (Edicol, 1979) entiende a la historia como un proceso ajeno a determinismos y sometido a múltiples influencias. El sujeto de la historia Alianza Editorial, Madrid, 1984, profundiza esa discusión contra las concepciones teleológicas de la historia. Sobre la democracia (Cal y Arena, 1990) reúne, póstumamente, una selección de sus ensayos teóricos y políticos.

En el campo académico Pereyra coordinó, en los años 80, el Colegio de Filosofía de su Facultad. Además de autor riguroso, era profesor diligente. Uno de sus alumnos, Carlos Castillo Peraza, escribió hace dos décadas: “Pereyra era cumplido y puntual. Jamás aprovechó la cátedra para otra cosa que no fuera la entrega seria, serena y magistral de las lecciones que le estaban encomendadas”.

Pero el mejor testimonio de esa retroalimentación que buscaba en la realidad cotidiana para nutrir su reflexión teórica, se encuentra en sus artículos de prensa. Pereyra encontró en el periodismo la holgura que le negaba la política. Adolfo Sánchez Rebolledo lo ha dicho de manera puntual: “la claridad de Carlos es el resultado de un paciente trabajo, acompasado al ritmo de un razonamiento instruido y lógico. Pero es también expresión de una necesidad interior igualmente temprana y auténtica: Carlos aspira a insertarse en el mundo de las ideas, en este caso de la palabra escrita, para intervenir directamente en el movimiento real de las cosas” (subrayado en el original).

La pasión de Pereyra por el periodismo comenzó a mediados de los 60, cuando hizo reseñas cinematográficas para la revista Política que dirigía Manuel Marcué Pardiñas. Muchas de sus colaboraciones aparecían sin firma, pero en los ejemplares de 1965 y 1966 es posible encontrar algunas notas suscritas con las iniciales CP. A la película “El día y la hora” de René Clement –acerca de una mujer adinerada que se ve involucrada en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra– aquel comentarista la consideró demasiado distante del argumento: “La mera estructuración coherente de un relato, por más escenas bien logradas que tenga, no es suficiente para conseguir que sea acertada la narración de una anécdota. La peculiar forma con que el arte capta la realidad exige cierta totalización, una capacidad del artista para hacer trascender su relato y aprehender alguna dimensión humana”.

Desde fines de los años 60 Pereyra había colaborado, con reseñas de libros, en “La cultura en México” de la revista Siempre!. En marzo de 1972, cuando Carlos Monsiváis se hace cargo de ese suplemento, Pereyra se integra al consejo de redacción en donde permanece casi 10 años. Entre agosto de 1972 y marzo de 1975 colabora semanalmente en Novedades, de donde sale para incorporarse a Excélsior hasta los acontecimientos que desplazan de ese diario a Julio Scherer. Pereyra escribe para el semanario Proceso entre noviembre de 1976 y fines de 1981, primero cada semana y luego con ensayos que aparecían cada mes y en los cuales dejaba de padecer las limitaciones de espacio del artículo estrictamente periodístico.

En 1974 aparece Cuadernos Políticos, revista trimestral de Editorial Era en donde Pereyra, tanto en el comité editorial como en ensayos polémicos y pioneros, aporta notables dosis de amplitud e inteligencia. En 1978 participa en la fundación de Nexos en donde “miembro del consejo editorial, autor, promotor, crítico, nos acompañó siempre con una cercanía entrañable que nunca dejó de lado el rigor intelectual” según rezaba la presentación a una selección de contribuciones suyas a la revista, publicada a la muerte del filósofo (Nexos 127, julio de 1988).

También en 1978 surge unomásuno en donde Pereyra escribe hasta 1983, cuando junto con otros periodistas y colaboradores sale de ese diario para fundar La Jornada un año más tarde. En esos diarios, así como en el semanario Punto en donde escribió entre 83 y 84, Pereyra despliega la crítica rotunda que harían a sus textos indispensables para entender rutinas y rezagos del cambio político.

Pereyra no transigía con demagogias ni dogmatismos de ninguna índole. Lo mismo cuestionaba las prácticas corporativas del priismo que de algunos movimientos pretendidamente populares; le inquietaban los autoritarismos de las derechas confesionales y mediáticas tanto como los que encontraba en partidos y agrupaciones de izquierdas. Su último artículo en La Jornada apareció el 4 de mayo de 1988.

Polemista inclemente en las discusiones políticas y académicas, Pereyra sabía entender a las circunstancias en sus contextos, sin estridencias y con una serenidad que en los momentos más difíciles contrastaba con la costumbre, tanto de la política como del periodismo, a exagerar los conflictos. Sus textos tenían la contundencia del dato duro y la argumentación ordenada. Tanto que, según relata Sánchez Rebolledo, el poeta Efraín Huerta alguna vez le encareció: “un adjetivo, Tuti, un adjetivo de vez en cuando”.

Seguramente Pereyra, igual que acostumbró años más tarde, habrá contemplado a su interlocutor con una mirada juguetona, le habrá dado una reposada bocanada al Raleigh, se habrá encogido de hombros y habrá proseguido su discusión, que cuando se trataba de asuntos políticos era severa pero que en cuestión de deportes –era un filósofo con inteligencia suficiente para interesarse en el futbol– resultaba implacable.

Referencias

-Carlos Castillo Peraza, “Carlos Pereyra: In Memoriam”. La Jornada, 7 de junio de 1988.

-C.P., “El día y la hora”. Política, número 124, 15 de junio de 1965.

-Carlos Monsiváis, “Carlos Pereyra: ‘compañero, gracias por el ejemplo’ ”. Masiosare, suplemento de La Jornada, 21 de junio de 1998.

-Adolfo Sánchez Rebolledo, “Carlos Pereyra. Trazos desde la utopía”. Economía informa. Números 174 y 175, Facultad de Economía de la UNAM, mayo y junio de 1989.

-José Woldenberg, “Carlos Pereyra”. etcétera, número 279, 4 de junio de 1998.

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Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 30, 2008 a 1:13 am

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