Sociedad y poder

Archivo para Abril 2009

Medios ante la influenza / Blog de la AMEDI

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La Asociación Mexicana de Derecho a la Información, AMEDI, ha abierto un blog para discutir, intercambiar experiencias y expresar inquietudes y hallazgos acerca del desempeño de los medios de comunicación ante la epidemia de influenza. Se encuentra en este domicilio:

http://mediosantelainfluenza.wordpress.com/

Se puede participar de dos maneras. La primera, es colocando comentarios a las entradas que ya existen y las que iremos agregando. La otra, consiste en enviar un texto al correo blogamedi@gmail.com para que lo insertemos como nueva entrada en el blog.

Ojalá nos ayuden a dar a conocer la existencia de este espacio reenviando este mensaje a sus contactos de correo electrónico.

Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Abril 30, 2009 a 10:35 am

Primeras lecciones

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El miedo, en sociedad, se nutre de la ignorancia, de lo incontrolable y de lo imprevisible. Por eso ha resultado fundamental que ante la epidemia de influenza se reiteren una vez y muchas más las explicaciones necesarias: cómo actúa el virus, qué síntomas lo evidencian, cuándo hay que ir al médico, qué capacidad curativa tienen los fármacos sugeridos.

El desconocimiento inicial del virus que se estaba enfrentando redobló los temores porque sin haber identificado la cepa era imposible combatirla. Entre el anuncio del gobierno federal para suspender actividades escolares la noche del jueves y la noticia de que se trata de un virus de origen porcino transcurrió casi todo un largo, desconcertante día.

En los días siguientes no han faltado sobresaltos pero a pesar de precauciones inéditas, de la cancelación de buena parte de la vida social y la abolición de formas de afecto que son parte de la idiosincrasia nacional, no hemos tenido más que esperar la evolución de la epidemia. Nuestra ignorancia ha estado acotada por explicaciones reiteradas. La decisión para suspender actividades y poner en práctica medidas de emergencia sanitaria no debe haber resultado sencilla y allí se puede identificar un acierto del gobierno federal. Lo contrario, podría haber resultado catastrófico. A la administración del presidente Calderón se le pueden formular numerosos reproches. Pero en este caso, hasta donde puede apreciarse, ha tenido decisiones a tiempo y ha informado con claridad.

Las instituciones de salud, aunque limitadas por viejas carencias presupuestales, están actuando de manera organizada. Los médicos en todas ellas actúan con responsabilidad. Los avisos de la autoridad federal llegan a tiempo a los ciudadanos. Indispensables o no, la gran mayoría se incorporó a la cultura de los tapabocas que al menos dan testimonio insoslayable de la emergencia y su respuesta generalizada. Las decisiones de la autoridad local quizá arrancaron con lentitud pero son evidentes y se cumplen a pesar de los costos que impliquen como ayer cuando el gobierno del DF dispuso la suspensión del servicio en los restaurantes.

Nada de eso debiera sorprendernos, pero en un contexto de frecuente ineficacia de las instituciones públicas, de distanciamiento entre el poder político y la sociedad, de insuficiente coordinación entre gobiernos federal y locales y sobre todo de inagotable politización de cualquier asunto, la respuesta ante la epidemia ha resultado meritoria.

El gobierno federal informa y la sociedad, en términos generales, atiende y entiende. Los dirigentes políticos –ni modo, con excepciones– evitan la ideologización vulgar y se cuidan de achacar culpas o reprochar deslices en el comportamiento de las autoridades. Ayer los senadores, muchos de ellos con cubrebocas, desahogaron parte de sus muchos asuntos pendientes –entre ellos la ley de salarios máximos para los funcionarios– sin caer en la tentación de reprochar a sus adversarios políticos la propagación de la influenza. Los medios de comunicación, salvo unos cuantos, han eludido el tremendismo y ofrecen información a pasto, modifican sus formatos para atender dudas de la gente, cumplen con sus obligaciones de servicio público.

Con todo y el miedo que carga a cuestas y sin librarse de él, las instituciones políticas y la sociedad encontraron una causa común y actúan, cada cual en sus respectivos ámbitos, para alcanzarla. Detener la epidemia, salvarnos de la enfermedad, atender los casos ya declarados y evitar el contagio, se convirtieron en prioridades cohesionadoras de un empeño pocas veces visto. En el transcurso de estos días extraños la demagogia y el convenencierismo de los políticos, las animadversiones que suelen encrespar el espacio público y el desprecio de los medios por sus públicos quedaron desplazados por esa causa común que es la atención a la emergencia.

El Estado funciona, a pesar de los precipitados agoreros que diagnosticaron su agonía. Más aún, los ciudadanos queremos un Estado que funcione. Y nadie, o casi nadie, se inconforma con ello. Y es que aun cuando tengamos información capaz de atajar nuestra ignorancia ante la epidemia, necesitamos instituciones para dominar lo que de otra forma sería incontrolable. Esos, información y gestión gubernamentales, han sido recursos para circunscribir al miedo. Aún hay factores que hoy sabemos imprevisibles. El temor no desaparece. Pero estamos logrando entenderlo.

ALACENA: Besos, ni siquiera en tele

La emergencia sanitaria llegó a las telenovelas. Los productores de Mañana es para siempre, que se transmite en Televisa, anunciaron que restringirán las escenas en donde haya contacto físico entre los protagonistas y evitarán las escenas con besos. Pero no es para evitar que, ante los arrumacos que se prodigan los personajes de esa serie, los televidentes quieran imitarlos. El propósito es proteger a los actores de posibles contagios entre ellos mismos.

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Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Abril 29, 2009 a 3:55 am

Influenza

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Sorpresa - desconcierto – miedo – desconfianza: esa ha sido la ruta del ánimo público ante la epidemia de influenza, en una espiral que conduce de regreso al sobresalto.

Una vez que se ha confirmado la gravedad de esta emergencia, nos parapetamos en la intoxicación informativa. De un día para otro nos improvisamos expertos en cepas virales, tipos de influenza, prácticas de inmunización y hasta en historia de las pandemias.

Alertas, datos, sugerencias y exhortaciones, pululan en los medios de comunicación como confirmación de la emergencia pero en una saturación que abruma y atolondra. Después de todo, lo que realmente sabemos es poco.

Dentro de su evidente elementalidad, las recomendaciones básicas han sido ampliamente propagadas. No siempre es fácil ponerlas en práctica porque se contraponen con costumbres sociales harto arraigadas. Estamos tan habituados a saludar estrechándonos las manos, a expresar no sólo afecto sino hasta la más sencilla muestra de reconocimiento con un abrazo –y cuando se trata del sexo opuesto con un fugaz pero tronante beso en la mejilla– que nos resulta difícil crear la nueva distancia que imponen el tapabocas, la precaución, el miedo. Y ¿qué sería del ritual de los políticos sin esos abrazos acompañados de palmadas en la espalda aunque no manifiesten simpatía sino únicamente una complicidad más allá de banderías y convicciones?

El miedo. A esta situación nos ha traído la influenza y de ella recelaban los gobiernos federal y de la ciudad de México porque es antesala de la suspicacia y, eventualmente, del descontrol social. El jueves pasado, 23 de abril, por la tarde, al presidente Calderón le llevó varias horas tomar la decisión de suspender las clases en todas las escuelas. A ningún político le gusta anunciar malas noticias y en estos casos es cuando se opta entre la responsabilidad y la popularidad.

La misma evaluación hizo el gobierno de la ciudad de México aunque con mayor indecisión: desde dos días antes las noticias acerca del brote de influenza habían llamado la atención de algunos medios, especialmente del diario Reforma. Pero nadie quería arriesgarse a reconocer la gravedad de la epidemia. El desconcierto del gobierno de Marcelo Ebrard fue tal que, como ya se ha comentado, el viernes por la mañana, cuando todas las escuelas de todos los niveles educativos en la ciudad de México tenían que estar cerradas, el secretario de Educación del gobierno capitalino ignoraba que había suspensión de clases.

La desinformación de Axel Didriksson es un dato algo más que anecdótico. Aunque desde comienzos de la semana tenía información acerca de la epidemia que se extendía por encima de los controles sanitarios habituales, el gobierno del Distrito Federal no quiso admitir que se trataba de una emergencia fundamental. Tanto así que Ebrard no reunió a su gabinete para preparar un plan de contingencia. Marginado de ese asunto, el responsable de la educación en la ciudad de México hizo evidente, en su desconocimiento, la improvisación del gobierno del que forma parte.

Por eso parecen al menos precipitados los juicios que culpan al gobierno federal por haberse pasmado ante la emergencia. El titular de portada de Proceso (“La influenza. Un país vulnerable. Un gobierno incompetente”) no tiene sustento al menos en el contenido de su edición más reciente en donde se reseñan las primeras horas después de la cancelación de clases.

Habrá tiempo y seguramente elementos para evaluar el desempeño de Calderón y su administración ante esta nueva desventura. Hasta donde hoy puede saberse, las dimensiones de la epidemia se conocieron hasta el miércoles o el jueves, cuando las autoridades sanitarias supieron que se trataba de un virus distinto a los habituales. Solamente entonces la Organización Mundial de la Salud se manifestó abiertamente preocupada, en un comunicado difundido el viernes y en el que acentuaba el carácter trasnacional de la epidemia de la cual ya se habían conocido brotes en Estados Unidos.

El estrechamiento de fronteras y distancias, junto con sus ventajas, propicia la propagación del contagio. Vivimos, informaba ayer domingo The New York Times en su versión electrónica, en un planeta cada vez más pequeño. Ayer también, se informaba de posibles casos de gripe porcina en España y quizá en otros países de Europa. La epidemia es más veloz, pero las posibilidades de enterarnos de ella y tratar de acotarla también pueden marchar más rápido.

Casi al terminar este texto, entrada ya la noche del domingo, recibo un correo en donde junto a varios consejos prácticos para resguardarnos del virus se anota: “No hay mejor estrategia que la defensa. ¡Ah!, y cuiden mucho sus emociones, no caigan en el miedo o en la tristeza, son factores que hacen que el sistema inmune se deprima”.

Esa recomendación se refiere al cuerpo humano. Pero podría extenderse a la sociedad y la política: el miedo y la tristeza deprimen al sistema. Evitémoslos, sin ilusorios optimismos pero eludiendo, además, los desalientos que nos paralizan.

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Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Abril 27, 2009 a 4:45 am

Gordillo, de Jonguitud a las hummers

con un comentario

Tanto sus numerosos adversarios como sus dóciles subordinados, magnifican el poder de Elba Esther Gordillo. Lo mismo hacen, enterados o despistados, sus inconstantes aliados. Esa ha sido una de las claves del poder que ha acumulado durante dos décadas. A la sin duda formidables influencia y capacidad de maniobra que le confiere la representación de los profesores, la “maestra” ha sabido ser exitosa publicista de sí misma. A eso se ha dedicado desde que la noche del 23 de abril de 1989 fue designada secretaria general del SNTE en sustitución del defenestrado Carlos Jonguitud Barrios.

La “maestra”, como suelen decirle aunque su experiencia docente ha sido más bien peregrina, encabeza a la organización más numerosa de la sociedad mexicana. En el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación forma filas quizá más de un millón 200 mil profesores, aunque esa cifra resulta incierta igual que muchos de los datos relacionados con esa organización y su capacidad para movilizarse e influir en la vida pública mexicana.

Nadie sabe con certeza cuántos afiliados tiene el SNTE, ni a cuánto ascienden las cuotas sindicales y las asignaciones y transferencias que los gobiernos federal y estatal le entregan en cumplimiento de compromisos contractuales pero también de pactos informales. En todo caso, esa capacidad financiera y el solo hecho de reunir a centenares de miles de ciudadanos hacen del SNTE una fuerza descomunal, pero también poco apta para la deliberación y la movilización y tan difícil como incierta cuando alguien trata de manejarla.

El sindicato de los maestros se asemeja a un voluminoso, pesado y torpe elefante artrítico. Sus dimensiones asombran, pero le cuesta trabajo moverse e incluso expresarse. Los que se manifiestan a nombre y con frecuencia en suplantación del sindicato y la mayoría de sus integrantes, son los dirigentes tanto nacionales como locales. Y desde luego algunos segmentos del sindicato, empecinadamente contestatarios, destacan por su disposición al estrépito.

El poder de Elba Esther Gordillo radica en la capacidad que ha tenido para articular, en beneficio antes que nada suyo, los intereses políticos de los líderes intermedios del sindicato y los intereses gremiales de importantes segmentos entre los profesores de todo el país. A los líderes seccionales, la presidenta “vitalicia” del SNTE les adjudica pequeñas pero significativas dosis de poder local: la capacidad para decidir licencias, traslados y ascensos de los profesores y antes que nada una parte del control sobre las plazas laborales. La fidelidad así forjada de los líderes en las delegaciones del sindicato, beneficia a los dirigentes seccionales. Y esos dirigentes, a su vez, respaldan al grupo encabezado por la señora Gordillo y que controla el comité nacional del SNTE.

Incluso con las secciones que discrepan de esa dirigencia nacional, Gordillo ha logrado entendimientos más o menos eficaces y que se apoyan en el manejo de recursos financieros y políticos del sindicato. Así, aunque sus cimientos organizativos son endebles porque una buena cantidad de profesores de base desconfían e incluso abominan del liderazgo de Gordillo, la “maestra” mantiene el control del sindicato gracias a esa pirámide de canonjías.

El control que ejerce sobre el sindicato no sería posible sin el respaldo que Gordillo ha encontrado, durante sucesivas administraciones, en el gobierno federal. Una evaluación sesgada de las elecciones de julio de 2006, llevó al actual presidente y a su equipo a considerar que, en alguna medida, Felipe Calderón le debe a la maestra y al su sindicato los votos que le permitieron ganar la elección presidencial, aunque fuese por un margen incómodamente estrecho.

Poco antes de las votaciones de aquel 2 de julio, Elba Esther Gordillo les aseguró al Calderón y al PAN que movilizaría a los profesores del SNTE para que votaran por ellos. Un año antes había propiciado la creación de Nueva Alianza, el pequeño partido que encabezaron algunos asesores suyos y cuya membresía ha sido respaldada por el sindicato magisterial. Esos eran los profesores que Gordillo aseguró que llevaría a votar por Calderón. Pero varias encuestas han confirmado que, aquel día, la mayor parte de los ciudadanos que votaron por los candidatos de Nueva Alianza para senadores y diputados, en la elección presidencial no votaron por Calderón sino por Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo.

Es decir, los votantes de ese partido, que se puede presumir son en buena medida maestros sindicalizados y ciudadanos cercanos a ellos, no siguieron la instrucción de Gordillo para votar por el candidato presidencial del PAN si es que esa indicación realmente existió. La mayoría de esos electores les dio al PRD y al PRI su voto en las urnas presidenciales.

Y no es de extrañar. Las preferencias ideológicas de los maestros se han inclinado, por décadas, a favor de los gobiernos priistas y más recientemente por la opción perredista (que en buena medida es una suerte de priismo restaurado pero que abreva en la misma vertiente política). Haría falta mucho más que una indicación directa de la maestra para que los profesores modificaran esas preferencias. Pero además, por mucha insistencia que invirtiera en ello, en la mayor parte de las casillas ni el poder de la profesora, ni ningún otro, puede manipular el voto de los ciudadanos.

Las elecciones son libres, los mecanismos de coacción que funcionaron en otros tiempos resulta prácticamente imposible ponerlos en práctica y los ciudadanos tienen condiciones y garantías para votar con autonomía. Por mucho que sus líderes o cualquier otro interesado en orientar su voto les ofrezcan, prometan o exijan, en la privacidad de la casilla electoral cualquier ciudadano, y desde luego también los maestros, pueden votar de acuerdo con su propio albedrío.

Sin embargo la señora Gordillo propaló con eficacia la versión de que gracias a ella, Calderón obtuvo los varios centenares de miles de votos que le permitieron ganar la elección presidencial. Las nunca comprobadas pero llamativas versiones de algunos adversarios de la maestra acerca de la alteración de votos y actas que podrían haber realizado los profesores del SNTE designados para ocupar alguna posición en las mesas directivas de las casillas electorales, reforzaron el mito acerca de la capacidad de esa dirigente para influir decisivamente en los resultados electorales.

Con esa imagen de influencia todopoderosa y transpartidaria, Elba Esther Gordillo se ha convertido en un personaje al que distintas fuerzas políticas consideran estorboso o indispensable, pero nunca despreciable. El gobierno federal consideró forzoso el aval de la maestra al establecer las reglas que tendría la creación de nuevas plazas para profesores contratados por la SEP. Esas reglas han constituido el rasgo más discutido de la Alianza por la Calidad en la Educación. Ahora, Gordillo es la piedra insoslayable en los zapatos de Alonso Lujambio.

La fama pública de la señora Gordillo ha estado definida, no obstante, por el abuso de poder y el tráfico de influencias. El año pasado la adquisición de varias docenas de camionetas Hummer, que primero entregó como ostentoso premio a los dirigentes seccionales que le han sido incondicionales y que luego dijo serían sorteadas para obtener fondos con los cuales se pudiera favorecer la reparación de algunas escuelas, mostró la fachada ramplona e inmoderada del liderazgo que ejerce la maestra.

Quizá a quienes como aliados lo mismo que como adversarios suyos magnifican el poder de Gordillo, les convendría tomar en cuenta de dónde surge el poder de esa dirigente política y gremial. Desde luego, las atribuciones formales que le confiere la burocracia sindical a la que encabeza y sobre todo los cuantiosos recursos que maneja, hacen de esa señora un factor de poder insoslayable. Pero como dentro del SNTE no hay democracia auténtica, no se puede considerar que los maestros respalden a su presidenta sindical. Y la influencia política de Gordillo se debe más a las expectativas y temores que ocasiona que a sus posibilidades reales para influir en política electoral.

Hace 20 años ocurrió el golpe de mano que le permitió a Elba Esther Gordillo ocupar la dirigencia nacional del SNTE. No hay que olvidar que no fueron sus capacidades políticas, ni mucho menos su ascendiente entre los maestros, los factores que la llevaron a desplazar al viejo cacique sindical Carlos Jonguitud Barrios el 23 de abril de 1989.

A Elba Esther Gordillo la llevó a la secretaría general del SNTE la decisión política del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. Ni entonces, ni ahora, la actuación de Gordillo estuvo orientada por afán democrático alguno ni mucho menos por el interés de los profesores. Pero más que el respaldo del gobierno, la indolencia de los maestros sindicalizados sigue constituyendo la causa principal para que Elba Esther Gordillo sea dueña del SNTE.

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Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Abril 24, 2009 a 3:59 am

Escrito en Sindicatos

Los desconfiados no son tantos

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La noticia fue aprovechada, desplegada y exprimida con una mezcla de sensacionalismo rutinario y desplante revanchista: solamente, se dijo, el 4% de los mexicanos cree en los partidos políticos. Numerosos medios compartieron la misma confusión, o quizá leyeron únicamente lo que querían leer.

Se referían a los resultados de la Encuesta Nacional de Cultura Política 2008 que realizó la Secretaría de Gobernación y que ofrece un diagnóstico, completo, confiable y severo, de las convicciones políticas (o ausencia de ellas) de los mexicanos.

En ese ejercicio de medición del estado de ánimo de la sociedad se muestra, ciertamente, una opinión muy exigente acerca de los partidos políticos. Pero en ninguno de sus apartados la encuesta concluye que “apenas 4% confía en los partidos”, como informó el sábado el diario Milenio y repitieron a partir de entonces otros medios, especialmente en la radio.

Pareciera que ese solo dato llenase de regocijo a algunos comentaristas que, de esa manera, creían ver confirmado no el diagnóstico de una sociedad recelosa sino el pronóstico que ellos se han anticipado a formular acerca del divorcio entre la política y los ciudadanos. Esa desafección, como en otras circunstancias y momentos le han llamado algunos analistas sudamericanos a la suspicacia de la gente respecto de los asuntos públicos y sus instituciones, en México ha ocasionado la disminución en los índices de expectativas respecto de la política y los partidos. Pero no tan paupérrimos que solamente 4 de cada 100 mexicanos les tenga confianza.

Lo que inquirió la pregunta hasta ahora más consultada de la encuesta es cuánta confianza le tienen los ciudadanos a los partidos políticos. Y, como suele hacerse en ese tipo de indagaciones, a los entrevistados de les ofrecieron varias opciones. En este caso, se les preguntó si tienen en los partidos “mucha” confianza, “algo”, “poca”, o “nada”.

Quienes respondieron que les tienen “mucha confianza” a los partidos ascendieron al 4% de los interrogados. Ese es el resultado que, malinterpretado, destacaron distintos medios desde el fin de semana.

El 19% contestó que a los partidos les tiene “algo” de confianza. El 36% consideró que les tiene “poca” confianza. Y otro 36% declaró que no tiene confianza alguna en los partidos políticos.

El 5% dijo que no sabe, o no quiso responder.

Así que los ciudadanos que en México le tienen alguna confianza a los partidos, aunque sea poquita, asciende al 58%. O, si se quiere ver el vaso medio vacío, el 72% tiene poca o ninguna confianza en ellos. Esas serían dos maneras, serias ambas, de leer la encuesta. Pero tales porcentajes no son noticia para quienes consideran que solamente son tales las muy malas noticias.

Si se hubiera querido ser estrictos se habría podido decir que el 23% de los ciudadanos les tiene mucha o algo de confianza a los partidos, pero aclarando que un 36% adicional les guarda muy poca (pero ciertamente alguna confianza a los partidos.

Y si la elección tenía que ser por el flanco negativo, el 36% de ciudadanos que no les tiene ni una pizca de confianza ya era suficiente para considerar noticiosa esa reticencia respecto de los partidos.

Pero a varios medios les ganaron las ganas. En la radio del lunes y todavía el martes, no fueron unos cuantos los conductores que se refocilaron con ese parcialmente leído 4% con un tono de “se los dije”. Como si el hecho de que los ciudadanos reconozcan la miseria de los partidos, así en general, fuese para echar a volar las campanas de nuestro entusiasmo cívico.

Hay muchos hallazgos, sin necesidad de forzar sus datos, en la Encuesta Nacional de Cultura Política 2008. Su primera consecuencia, ha sido ese inopinado festejo de una suspicacia que muchos consideran digna de celebración.

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Escrito por Raúl Trejo Delarbre

Abril 22, 2009 a 2:46 am

Escrito en Democracia, Partidos