Archivo para Julio 2009
Quiénes anularon su voto
En los días recientes he escuchado distintas interpretaciones sobre los efectos del voto nulo en las elecciones federales de hace casi cuatro semanas. Un distinguido perredista me dijo que la anulación del voto les había quitado varios puntos porcentuales a su partido y al resto de las izquierdas. A un abnegado panista, le he escuchado quejarse de que a causa del voto nulo su partido perdió casi seis puntos entre la elección anterior y la más reciente. Incluso a un voraz priista le oí comentar que de no haber sido por el voto nulo el llamado partido tricolor había logrado por sí solo la mayoría absoluta, sin tener que afianzar la comprometedora y vergonzosa alianza que ahora tiene que mantener con el Partido Verde.
El voto nulo se ha convertido en pretexto para toda clase de disculpas pero también para algunas ensoñaciones políticas. Algunos de sus promotores han proclamado, ufanos, que en la anulación del voto radican las posibilidades para renovar nuestra democracia. Entre los impugnadores de esa medida, algunos de los cuales fueron especialmente cáusticos antes de la elección, hubo una suerte de alivio cuando constataron que los votos anulados no superaron el 6%.
Los entusiastas del voto nulo dijeron que ese fue un porcentaje alto si se toma en cuenta que se trató de una iniciativa a contracorriente de la propaganda de los partidos. Sus detractores, afirman que es una cifra modesta y recuerdan que tradicionalmente hay 2 o 3% de votos anulados por equivocación de los electores.
Ahora sabemos que quienes anularon su voto no forman parte de un grupo generacional específico, ya que se distribuyen de manera similar a los rangos de edad de la población. El 23% tiene entre 18 y 25 años, otro 23% entre 26 y 35, el 19% entre 36 y 45 años.
Los anulistas fueron casi de la misma manera hombres (55%) que mujeres (45%). En donde hay diferencias es en el ingreso y la escolaridad de quienes eligieron esa opción para votar. El 43% de los que anularon su voto, son ciudadanos que ganan más de 7 salarios mínimos; solamente 37% dice recibir una remuneración más baja. Y el 51% de quienes anularon su voto tiene estudios universitarios.
Estos datos se conocen gracias a que la “Asamblea Nacional por el Voto Nulo”, integrada por los grupos y ciudadanos más activos en esa causa, contrató a la empresa Parametría para que realizara el 5 de julio una encuesta de salida capaz de establecer quiénes y por qué anularon su voto.
En el Informe con esos resultados, que fue presentado la semana pasada en Guadalajara, se indica que el 56% de los anuladores desaprueba la gestión del presidente Felipe Calderón. Pero además, entre quienes radican en la ciudad de México o en la capital de Jalisco, el 60% no está de acuerdo con la gestión del jefe de Gobierno o del gobernador de esas entidades.
Así que se puede decir que los ciudadanos que anularon su voto son, en términos generales, mexicanos de clase media, de alta escolaridad y críticos tanto del gobierno federal encabezado por el PAN como de los gobiernos locales que están a cargo del PRD o del mismo Acción Nacional.
Dos de cada tres ciudadanos que eligieron esa opción –exactamente el 66%– no se identifican con ningún partido. El 12% dijeron que se identifican con el PAN, el 7% con el PRD, el 4% con el PRI y el 6% con otro partido. Solamente el 5% no contestó a esa pregunta de la encuesta.
Sería exagerado considerar que de haber votado por algún partido –es decir, de no haber anulado su voto– esos ciudadanos lo habrían hecho por el partido con el que se identifican. Quizá hubiera sido al contrario. Cuando el simpatizante de un partido encuentra que está perdiéndole la confianza a la opción política por la cual habitualmente se inclina, con frecuencia vota por otras siglas ejerciendo, así, un voto de castigo.
El nulo fue, precisamente, un voto de castigo al conjunto de los partidos. Una buena parte de los casi un millón 900 mil ciudadanos que sufragaron de esa manera, lo hicieron como expresión de rechazo a todos y debido a que el partido o los partidos a los cuales suelen respaldar, los han desilusionado.
La campaña por el voto nulo influyó de manera relevante a favor de esa opción. La encuesta de GEA e ISA levantada también afuera de las casillas del 5 de julio, encontró que de quienes anularon el voto, el 43% tomó esa decisión durante las campañas; el 15% lo hizo durante la semana previa al día de la elección y el 11%, ese mismo día. El 29% manifestó que siempre anula su voto.
Esta columna dejará de publicarse durante la semana próxima. Se reanudará el lunes 10 de agosto.
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La provocación de TV Azteca
Los consejeros del IFE demoraron ayer varias horas para discutir las sanciones que debería recibir el desacato reiterado y alevoso que cometió Televisión Azteca al omitir casi 6 mil anuncios de los partidos en las últimas semanas de las campañas electorales. Aunque los difundió en sus frecuencias de televisión abierta, esa empresa suspendió tales mensajes en las señales que envía para ser retransmitidas en sistemas de televisión de paga como Sky y Cablevisión.
Televisión Azteca hizo lo mismo en febrero, al comienzo de las campañas, cuando además de otras faltas privó a los televidentes de la televisión de paga de 192 spots de los partidos políticos. El IFE, después de varios regateos con el Tribunal Electoral, sancionó esa falta con 2 millones de pesos. El dueño de TV Azteca, Ricardo Salinas, declaró que esa multa no le quitaba el sueño.
Quizá la nueva sanción, que será 10 veces mayor, sí altere, aunque sea por un rato, la tranquilidad del propietario de Televisión Azteca. Esa multa, e incluso la deliberación acerca de ella, indica que la villanía de dicha empresa logra conmover incluso en la autoridad electoral en donde, como todos recordamos, hace pocos meses la mayoría de los consejeros era renuente a sancionar a las televisoras.
Todo exceso suscita rechazos. En febrero, los abogados de Televisión Azteca pudieron haber dicho que las nuevas reglas electorales habían tomado por sorpresa a sus técnicos, que la coordinación entre IFE y radiodifusores y entre éstos y las empresas que repiten sus señales no era óptima. Ahora en cambio, la empresa de Salinas Pliego carga con el agravante que siempre significa la reincidencia. Y eso, se tiene que castigar de manera más severa.
Para dilucidar de qué tamaño habrían de tasar, en pesos, esa nueva falta de la llamada televisora del Ajusco, los consejeros se enredaron en una larga disquisición. Los canales abiertos de Azteca reprodujeron los spots de los partidos pero no así la señal en la televisión codificada. Se trata de una infracción reiterada cada vez que Azteca dejaba sin transmitir un spot de los partidos. El Código Electoral establece multas en miles de salarios mínimos pero algunos consejeros, atemorizados por el pleito que iban a amarrar o mimetizados con los intereses de esa televisora, querían que la omisión de todos los spots fuese tomada como una sola falta. Y el problema es que, hasta donde pudo registrar el monitoreo del IFE, los spots que Azteca dejó de transmitir fueron 5734.
Después de enredarse en ese tema toda la tarde y parte de la noche, cinco de los 9 consejeros del IFE aprobaron una multa de casi 22 millones de pesos. Los otros cuatro estaban por una sanción mayor.
Por otro lado, TV Azteca debería restituirle al Estado los anuncios que dejó de difundir y que, como hemos visto, no fueron pocos. En el tiempo en el que debían haberse transmitido esos anuncios de campañas políticas, la televisora difundió otros mensajes y/u otra programación de carácter comercial. Es decir, hizo negocio con recursos que son propiedad del Estado.
Consideraciones como esas abundaron en la extensa y a ratos tortuosa discusión de los consejeros electorales, especialmente por la insistencia de un par de ellos para evitar una sanción onerosa a los intereses de TV Azteca. Más allá de las peculiaridades técnicas y propagandísticas, ha sido evidente que la empresa de Salinas Pliego infringió la ley, que lo hizo de manera deliberada y ostentosa y que se trata de una infracción muy cuantiosa, ya sea que se le mida en número de spots o en horas de transmisión televisiva.
Y es evidente que esa infracción, junto con otros desplantes contra las leyes, los partidos y las instituciones de nuestro sistema político, forman parte de una abierta rebeldía de las televisoras.
El comportamiento de Azteca es más burdo y pendenciero. Televisa presiona en diversos flancos y cuando no le queda más remedio cumple la ley aunque no le guste. Ambas televisoras están en activa campaña para que la próxima Legislatura del Congreso anule las disposiciones de la legislación electoral que les han impedido hacer negocio con la venta de espacios para propaganda política. También quieren refrendos automáticos para sus concesiones, frecuencias de FM para los radiodifusores de AM y otras prebendas que contradicen las resoluciones que hace dos años tomó la Corte acerca de las reformas legales para la radiodifusión y las telecomunicaciones.
Los desplantes de las televisoras no son recientes, ni serán los últimos. El dilema es qué van a hacer los partidos políticos y el gobierno federal. Allanarse a la prepotencia de los consorcios mediáticos, equivaldrá a cederles cada vez más espacio político. De ahí la importancia que tiene la decisión que anoche tomó el IFE, aunque la multa haya sido aminorada por el apocamiento de algunos consejeros.
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Cinco a cero
Al primer gol –un penalti seco, directo, de Gerardo Torrado– comenzamos a confiar. Con el segundo, gracias a la oportunidad de Giovanni dos Santos que no dejó ir el balón después de una angustiosa confusión en la zona penal, recordamos de qué se trata el entusiasmo en estos casos.
El tercer tanto, un disparo cruzado de Carlos Vela, nos dejó saber que todos los pesimismos y desconfianzas podían ser remontados y que la selección tenía capacidad para merecer la adhesión de los mexicanos. El cuarto gol, resultado de la velocidad de José Antonio “el gringo” Castro y del pasmo que para entonces dominaba a sus rivales, suscitó ilusiones que nos durarán al menos varias semanas.
El quinto, obra de Guillermo Franco, confirmaba las ganas de triunfo que ahora sí demostró el equipo tricolor, colocaba a Javier Aguirre de nuevo al filo de las esperanzas nacionales, nos dejaba saber que a pesar de todo a veces hay días buenos y detonaba la peregrinación de millares rumbo al Angel en Reforma.
Habrá quienes digan que no es para tanto. Aunque el entusiasmo que en estos casos resulta por definición estridente y escasamente dialoguista apenas permita que las escuchemos, surgirán voces que nos recuerdan la transitoriedad y la veleidad del júbilo deportivo. Habrá prevenciones políticamente correctas, aunque socialmente desatentas, que subrayen el carácter mercantil del futbol profesional, las metáforas aquellas del pan y el circo, la supeditación de ese deporte al interés mercenario y execrable de las televisoras, la calidad habitualmente infame del balompié que padecemos en México.
Y tendrán razón, esos desplantes de realismo en medio del júbilo que este lunes avasalla las primeras planas y que sobresaldrá durante todo el día en los noticieros. El futbol mexicano se encuentra hipotecado a los negocios de Televisa y Azteca; a los jugadores se les sobredimensiona, lo mismo que se prescinde súbitamente de ellos, de acuerdo con intereses comerciales que no siempre coinciden con el desempeño estrictamente deportivo; la sobre explotación de ese espectáculo ha creado ídolos de papel maché e ilusiones de oropel.
Pero precisamente por ello, el 5 a cero con el que el equipo mexicano le ganó la Copa Oro al de Estados Unidos resulta especialmente meritorio. En medio de un clima deportivo y mediático señaladamente adverso, enfrentando tropiezos recientes en los que habían mostrado un desempeño errático y mediocre y a pesar de estar condicionados por una estructura mercantil que impide su desarrollo pleno porque comienza a hacer negocio con ellos apenas destacan ligeramente, a pesar de todo eso los jugadores mexicanos exhibieron por lo menos cuatro atributos.
Los jugadores de la selección mexicana de futbol supieron jugar como equipo, lo hicieron con decisión, tuvieron madurez suficiente para aprovechar errores de sus adversarios y demostraron una calidad individual que no se sobrepuso al trabajo colectivo.
Esas, tendrían que ser cualidades que distinguieran siempre a nuestros futbolistas. Numerosos resultados y millares de horas de angustia frente al televisor o en el estadio, nos han enseñado que tal comportamiento no es frecuente. ¿Qué cambió ayer? Seguramente, antes que nada, la preparación con que llegaron al estadio de Los Gigantes de Nueva York y ese es mérito sobre todo de Javier Aguirre. Más días de concentración juntos y con posibilidades de entrenar hasta afinar la coordinación y los entendimientos que hacen a un equipo, deben haber influido. Quizá mayor sentido de la responsabilidad, que les permitió no ignorar pero tampoco dejarse avasallar por los tropiezos recientes. Seguramente algo habrá influido la fogosidad de decenas de miles de aficionados mexicanos o de origen mexicano que abarrotaron el estadio y que tuvieron, en el 5 a cero, una merecida gratificación a la convicción con que mantienen vigentes sus raíces nacionales.
Si en el primer tiempo vimos a dos equipos parejos, cuidándose con respeto uno del otro, con sus barreras defensivas bien plantadas y escasamente dispuestos a correr riesgos, en el segundo presenciamos, no sin asombro, el crecimiento de los mexicanos que era correlativo al apocamiento y la turbación de sus rivales.
Jugaron bien. Punto. La tragedia nacional en materia futbolística a menudo nos pesa más porque se encuentra matizada de pequeños y grandes triunfos después de los cuales nuestro equipo vuelve a tropezar. Ese no es motivo para no estar contentos este lunes. El jolgorio no debe hacernos olvidar que la prueba principal con el equipo al que nuestra selección le ganó ayer será el miércoles 12 de agosto, como parte del proceso para la clasificación rumbo al Mundial del año próximo en Sudáfrica. Desde luego, siempre es mejor llegar a un encuentro de esa índole precedidos de un 5 a cero como el de ayer.
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Como te ves, me vi
Cautivado por la tentación de un gobierno personalista, que solamente busque consensos para respaldar al Ejecutivo y no para promover reformas necesarias, el presidente se aísla y dificulta la recomposición del sistema político. El partido en el gobierno, debilitado por sus fracturas, dejó de ser aval suficiente. Un enterado analista de la coyuntura nacional lo explica de manera enfática:
“Más allá de las buenas intenciones aparentes, e incluso creíbles del presidente, su propio partido… se convirtió en el mayor obstáculo a la modernización económica y política de México. En efecto, se generaron algunas fisuras de gobernabilidad respecto de su propio partido…”
El auge de la oposición colocó al presidente de la República en una peliaguda situación. Tiene que pactar con las fuerzas mayoritarias en el Congreso pero no está dispuesto a transferir cuotas de poder. El saldo de esta situación puede ser el estancamiento nacional. El mismo analista lo dice de forma contundente: “Esta suma de costos políticos de transición por consenso para el sistema político lleva al presidente y a los grupos políticos que lo rodean a una decisión fundamental: cancelar la vía del consenso para la transición. Dar por terminado el esfuerzo compartido por los cambios y concluir también los instrumentos del mismo, los consensos explícitos o implícitos del cambio político”.
Más aún: “La nueva regla de la política es el privilegiar la permanencia en el poder del grupo gobernante e impedir la fractura del sistema político. Se trata claramente de una recomposición de las relaciones hacia adentro de la clase dirigente y sus grupos… La conservación del poder pasó a un primer plano, y la transición y renovación democrática ocuparon un segundo. En la vida nacional comenzaron a aparecer, cada vez con más frecuencia, los signos del viejo régimen que parecían haber sido superados, y claramente se exacerban las resistencias al cambio hacia adentro del aparato”. Todo ello, conduce a “una campaña importante de descalificación y de agresión a lo que amenaza al poder”.
Del ensimismamiento a la intransigencia, hay poco trecho. Los desplantes personalistas del presidente se exacerban ante la expansión del crimen organizado y sus repercusiones en la vida pública: “Junto con esta campaña de descalificación, se operó una polarización de la vida política, impulsada desde la presidencia, contra todo lo que no compartiera el punto de vista presidencial. Se acosó a determinados medios de comunicación. Se lanzaron furibundos ataques contra los pesimistas que no veían la recuperación económica… Junto con esta campaña se genera una gran confusión que se origina en la vida pública. Por si fuera poco, emergen a la misma mayores escándalos sobre la corrupción y el narcotráfico en las más altas esferas de los dirigentes políticos…”
“Estos escándalos, independientemente de la necesaria distinción que debe hacerse entre hechos ciertos y falsos, lo que revelan es que la descomposición del sistema político es más profunda de lo que se pensaba, y que no puede combatirse si persiste el intento de restauración autoritaria”.
El autor de ese lúcido diagnóstico se llama Felipe Calderón Hinojosa y eso es lo que opinaba a comienzos de 1997, cuando era presidente nacional del PAN y estaban por realizarse las elecciones intermedias del sexenio de Ernesto Zedillo. Tales reflexiones las presentó el 26 de febrero en la Universidad de Stanford y fueron publicadas en Palabra, revista doctrinal del PAN, en abril-junio de 1997.
Ante la polarización que podía suscitarse en un Congreso dividido y en donde el partido en el gobierno (en aquel momento, el PRI) no tendría mayoría, el entonces dirigente de oposición exhortaba: “Es indispensable reconstruir consensos nacionales elementales, urgir al gobierno y a otras fuerzas políticas a reconstruir y fortalecer políticas de Estado orientadas a resolver los grandes problemas del país”. El Congreso tendría que ser considerado como “un firme soporte de la alternancia política con estabilidad”.
El mundo y el país dan muchas vueltas. La exigencia conciliadora que hace 12 años sostenía desde la oposición, ahora no es necesariamente atractiva para el licenciado Calderón. La intolerancia que según advertía estaba cercando al presidente de entonces, ahora se puede advertir en el manejo que se hace en Los Pinos de los asuntos del partido en el gobierno. Como te ves me vi, podría decirle Ernesto Zedillo.
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El “Can Mayor”
La relación entre Carlos Castillo Peraza y Felipe Calderón estuvo cruzada por los afectos profundos y las reconvenciones esporádicas pero intensas. Como suele ocurrir cuando la diferencia de edad, pero antes que nada el respeto intelectual marcan distancias lo mismo que identidades entre quienes comparten proyectos y esperanzas, en algunas ocasiones las desavenencias momentáneas resultaron más vistosas que las coincidencias básicas.
Así sucede con la carta que Castillo Peraza le envió en mayo de 1996 al hoy presidente de la República. Pocos meses antes Calderón, que apenas tenía 33 años, ocupó la presidencia nacional del PAN. Sucedió allí a Castillo Peraza, con quien fue secretario general del partido.
Pocos años más tarde, cuando Castillo Peraza falleció de manera tan sorpresiva y prematura durante un viaje por Alemania en septiembre de 2000, a los 53 años, Calderón recordó aquellos tiempos trabajando juntos:
“El PAN creció como nunca antes en la presidencia de Castillo. Yo era entonces el secretario general, como aprendiz de brujo, como Sancho Panza al lado de un Quijote audaz, inteligente, de gestos adustos en público y de una sonrisa fresca y resonante que explotaba como su ingenio. Y no perdía el amigo oportunidad para adelantar el quehacer, para entrenar al timón, para aconsejar, leer y regalar poemas, como Itaca, de Cavafis, que me hacía verlo como hoy lo veo como un Ulises pleno de vida, en largo trayecto. Porque la vida de Carlos fue un largo y placentero viaje, lleno de ámbar, ébano, coral, madreperlas, playas nunca antes vistas, amaneceres, perfumes voluptuosos puestos en cada libro, en cada palabra, en cada arenga, en cada rasgo de sus letras hermosas escrita con rigor, con disciplina, como la que tenía en su vida y en su rostro”.
Aquel afectuoso recuerdo lo escribió Calderón para la revista etcétera, que todavía se publicaba cada semana. Ahora esa misma revista, en una etapa distinta y en su sitio web, ha dado a conocer otro testimonio de la relación entre esos dos personajes. Se trata de una carta que Castillo Peraza le escribió a su sucesor en la presidencia del PAN después de la que parece haber sido una discusión entre ambos por motivos relacionados con la conducción del partido.
Calderón se habría quejado de la insuficiente eficiencia de sus colaboradores en la dirección panista y Castillo considera que le falta capacidad de mando. Lo dice con suma elegancia, contrastando los méritos intelectuales con la inhabilidad de Calderón para crear un equipo de trabajo:
“Tu naturaleza, tu temperamento es ser desconfiado hasta de tu sombra. Si te dejas llevar por ése, entonces no te asustes de no contar ni con tu sombra: ella misma se dará cuenta que es sombra, pero que no es tuya; será sombra para sí, no contigo, no tuya. Dile al perro de adelante de cada uno de los trineos de tu flotilla que él es el único que ve un horizonte distinto. Tú tendrás así la mirada de todos los horizontes; no tendrás que verle las patas a todos, ni las correas a todos: serás el Can Mayor, vigía de todos los horizontes y patrón de todos los trineos. Presidirás: estarás sentado arriba. Desde allí, vigila y exige con suavidad; carga sobre tí los errores de ellos. Acertarás con ellos”.
Las metáforas caninas que en esa ocasión empleaba el siempre refinado Castillo Peraza podrían ser discutibles, pero contribuyen a subrayar el mensaje central de aquella carta a Calderón: debía aprender a mandar sin avasallar, tenía que organizar en vez de reemplazar a todos en sus tareas.
“El riesgo –añadía el filósofo Castillo Peraza– es que todas las fallas se te carguen a tí. La oportunidad es que los aciertos serán todos tuyos. Pero con este proceder, lograrás que tus subalternos serán tuyos contigo: no envidiarán tus medallas porque las sabrán de ellos; no te cargarán sus tropiezos porque los sabrán suyos. Serán uno. Crecerá el partido con el crecimiento de sus dirigentes. Serás su líder, la cabeza del cuerpo que sabrán y sentirán suyo; te sabrán su cabeza. Y esto es importante porque nadie te niega que eres cabeza y que tienes cabeza. Yo menos que nadie”.
La publicación de esa carta en el sito de la revista etcétera ha contribuido a la discusión sobre las capacidades y los defectos del presidente Calderón. El estilo metafórico y acaso también el paso del tiempo –13 años son muchos en medio de cambios tan drásticos como los que ha experimentado el país en ese tiempo– contribuirán a que esa carta sea entendida de diversas maneras.
La capacidad de mando de Calderón enfrenta hoy exigencias mucho mayores que las señaladas por Castillo en ese texto de 1996. Crear y mantener un equipo de trabajo no es sencillo. Mucho menos cuando se trata de un equipo que tiene que enfrentar exigencias como una crisis económica extremadamente difícil (que apenas ayer propició un nuevo y costoso recorte en el gasto público) y una expansión delincuencial que pareciera no tener fin.
El conductor de un equipo de gobierno a cargo de tareas como esas no solamente debe mantener la confianza en sus colaboradores. También tiene que reconocer cuando han dejado de funcionar, o cuando no responden de manera suficiente a esa confianza. Ya sea que recuerde o no las recomendaciones de Castillo Peraza, hay motivos suficientes para que Calderón esté reflexionando en estos días acerca de los discutibles méritos y las reconocibles impericias de varios de sus colaboradores.
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Miénteme más
La trama inicial es fascinante, aunque parece difícil que sólo a partir de ella se pueda construir toda una temporada en una serie de televisión. Un especialista en lenguaje corporal, entrenado para advertir cuándo mienten las personas, encabeza un despacho de consultoría que se dedica a descubrir impostores.
Con habilidades en sicología y medicina, el doctor Carl Lightman pasó varios meses con una tribu africana estudiando el movimiento de las cejas. Gracias a esa y otras habilidades, tiene la infrecuente capacidad de identificar a las personas que mienten. Tics nerviosos, miradas que se desvían, entrecejos fruncidos, narices con escozor y hasta la temperatura corporal, son indicadores que le permiten distinguir entre mentiras y verdades.
Esa es la historia en torno a la cual se desenvuelve la serie Lie to me (“Miénteme”) que se estrenó en América Latina el martes pasado en el canal de Fox. Con el especialista Lightman, protagonizado por Tim Roth, colabora un peculiar equipo encabezado por la sicóloga Gillian Foster (Kelli Williams). El gobierno estadounidense, empresas privadas y corporaciones policiacas, se encuentran entre los clientes de los caza-mentiras.
Como espectáculo televisivo, la serie necesitará de varias sorpresas para conservar las inicialmente curiosas audiencias que se habrán entretenido con las aparentes recetas para identificar mentirosos. Seguramente habrá complicaciones en la vida personal de Lightman y sus colaboradores para que los siguientes capítulos mantengan comprometidos a los televidentes.
Pero más allá de la televisión, resulta entretenido preguntarnos qué pasaría si hubiera especialistas de esa índole. O, en otros términos, qué sería de nosotros y de nuestra vida pública, para no especular sobre la vida personal, si tuviéramos un mundo en donde los mentirosos fueran fácilmente identificables.
La política sería quizá un asunto demasiado aburrido, o de una integridad tan drástica que serían imposibles los tráficos de intereses y los fingimientos convenencieros que de manera casi tan unánime definen promesas, pretextos, discursos, declaraciones y hasta los buenos días cuando son proferidos por personajes con responsabilidades públicas.
Imaginemos la coyuntura política de estos días en un contexto impermeable a la mentira. Los gobernadores que aseguran que todos sus familiares y ellos mismos pueden ser investigados porque son inocentes de cualquier vinculación con el narcotráfico, serían pocos o tendrían que guardar silencio. Los dirigentes del PRD que exhortan a la conciliación interna dándoles a sus rivales de hace unos cuantos días un trato de camaradas que no resiste la menor prueba, tendrían que cambiar de lenguaje, de partido o de compañeros para hacer política. Los miembros de Acción Nacional que se consideran todos ellos igualmente comprometidos con la doctrina originaria de ese partido pero que tras esa rutinaria y por lo general hueca declaración de principios se destazan políticamente unos a otros, dejarían las verdades a medias para reconocer que entre los panistas hay diferencias políticas que hoy parecen irreconciliables. O, claro, los priistas que afirman, como si estuvieran testificando con la mano sobre la Biblia, que su partido se ha renovado y ya no incurre en las fullerías de otros tiempos, serían presa fácil de atrapa mentirosos como el de la serie que comentamos.
Por supuesto, los políticos y otros personajes públicos no son los únicos mentirosos. Pero sus falsedades se amplifican gracias a la influencia y la responsabilidad que tienen.
El funcionario del área financiera que asegura que el dólar volverá a estar a 12 pesos; el jefe policiaco que presenta a los responsables de crímenes atroces como si hubieran confesado espontánea, inmediatamente y sin presión alguna; el entrenador de futbol que promete, ahora sí, un desempeño brioso del equipo que tantos fracasos ha cosechado; el conductor de noticieros que garantiza que a él no lo presiona nadie pero que no deja de repetir consignas que le convienen a su empresa; el consejero electoral para quien la ley dice clarito que esa falta de un funcionario no se puede sancionar y que a la semana siguiente descubre que el artículo que había citado puede tener otra interpretación; el columnista que fustiga a todos esos personajes con una severidad que no pone en práctica consigo mismo…
Una vida pública sin mentiras haría innecesarias, o casi, las cartas a los periódicos, las disculpas sofisticadas y la lectura entre líneas. El desvanecimiento de la demagogia abreviaría y tornaría más aburridas aún las deliberaciones parlamentarias. La propaganda política se volvería un recurso en extinción. Los medios tendrían que buscar nuevas formas de sustento ante la ineficacia de la publicidad. Los programas de consejos sentimentales y las mesas de discusión política desaparecerían de la radio o se convertirían en cápsulas de diagnóstico telegráfico. En el púlpito de las iglesias los sacerdotes tendrían que limitarse a entonar cantos gregorianos y quizá ni siquiera eso.
La preponderancia de la mentira en nuestra vida pública ha dado lugar a mofas sobre las promesas falsas (“pero eso sí, la última y nos vamos…”) y al reconocimiento tan palmario de que las falsedades abundan que, ahora, cuando queremos que nos crean enfatizamos que entonces sí estamos diciendo la verdad. “Se lo digo con toda honestidad, señor periodista…”, “créame que no lo engaño”, “de veras, esto es lo que pienso”. Todas esas muletillas serían innecesarias si viviéramos en un contexto de verdades puras y duras.
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La luna y la noche que detuvimos los relojes
Aquellos días dormíamos poco, levantándonos de prisa y acostándonos tarde para no perder detalle del viaje más anunciado en la historia de la humanidad. Las fantasías de Julio Verne y George Meliés estaban por ser cumplidas y lo de menos era si la carrera espacial había sido acicateada por la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque la bandera que sería plantada en la áspera y fría superficie de nuestro satélite era la de las barras y las estrellas, había motivos suficientes para querer entender la misión del Apolo 11 como un logro de toda la humanidad.
Así lo dijo Neil Armstrong, en la famosa y precisa frase justo en el momento en que dejaba impresa la huella del pie izquierdo sobre la luna. En México eran las 20.56 del 20 de julio de 1969. Hasta donde recuerdo Jacobo Zabludovsky, en la transmisión televisiva, dijo algo así como detengan sus relojes porque este es un acontecimiento histórico. Y allí quedó ese episodio del reloj de la memoria, congelado cuando las imágenes borrosas y el audio quebradizo que llegaba de la Luna a Houston y de allí al planeta entero, nos indicaban que era un momento para recordar.
La sensación, a la vez, de comunidad y libertad que suscitó la llegada del primer hombre a la luna, trascendía banderías nacionales e ideologías políticas. Era una hazaña de la tecnología y la ciencia pero también de la imaginación y el arrojo. Por supuesto, se trataba de un logro teñido de implicaciones geopolíticas como le diríamos más tarde a la existencia de obvios intereses de variada índole en el plano de las relaciones internacionales. Pero ninguna de aquellas consecuencias le restaba espectacularidad al hecho de que un ser humano (dos, al cabo de unas cuantas horas) caminaba por la luna.
En la televisión de Estados Unidos la transmisión del alunizaje fue encabezada por Walter Cronkite, el veterano y prestigiado periodista que condujo entre abril de 1962 y marzo de 1981 el noticiero vespertino de la CBS. En esa tarea, Cronkite atestiguó y comunicó acontecimientos de toda índole, desde el asesinato de John Kennedy y la carrera espacial, hasta la guerra de Vietnam.
Cronkite murió el viernes pasado, a los 92 años, unos días antes de que se cumplieran cuatro décadas de una de sus transmisiones más memorables. En su libro autobiográfico A Reporter’s Life, Una vida de reportero (Knopf, New York, 1996) relata la espontánea cuan apresurada reacción que tuvo cuando estaba transmitiendo la llegada de Neil Armstrong a la luna:
“Cuando Neil salió del Eagle, yo casi había recuperado la compostura que perdí completamente cuando el Eagle había descendido delicadamente sobre la superficie de la luna. Me había preparado tanto como la NASA para ese momento y entonces, cuando llegó, me quedé estupefacto.
“¡Hombre!, ¡Caray! ¡Hombre! (Oh, boy!, Whew! Boy!). Esas fueron mis primeras palabras, de una profundidad que será registrada por todas las épocas. Eran todo lo que podía articular”.
Era muy posiblemente el periodista más relevante en Estados Unidos y sin duda uno de los que conquistó mayor credibilidad en el siglo XX. Pero confrontado ante aquel hecho histórico, Walter Cronkite reaccionó con esas exclamaciones.
Cronkite relata que en los años 80 abrigó la ilusión de participar en un viaje espacial, cuando los directivos de la NASA anunciaron que habría civiles entre los pasajeros de las siguientes tripulaciones. Específicamente, se dijo, volarían un profesor y un periodista. Después de una preselección entre más de mil solicitantes, el conductor del noticiero de CBS quedó entre 40 finalistas. Pero luego sobrevino la tragedia del transbordador Challenger, que en enero de 1986 estalló poco después de haber despegado en Florida. Cronkite escribió acerca de esa fallida posibilidad:
“Con frecuencia me preguntaban si todavía quería ir al espacio después del Challenger. Mi respuesta era que sí, pero que temía que mis cañerías se irían antes de que la NASA arreglara las suyas. Realmente, todavía me gustaría ir. Sé, sin embargo, que vería el vaso más medio vacío que medio lleno. Un vuelo orbital sería la cosa más emocionante que puedo imaginar –excepto el vuelo que me gustaría hacer antes que otros: el viaje a la luna–. Sería grandioso ver el planeta Tierra desde esa enorme distancia, observar como han hecho nuestros afortunados astronautas esta gran esfera azul, esta mancha de color en la oscura extensión del espacio, regocijarnos en el misterio de nuestra existencia aquí.
“El primer descenso en la luna fue, sin duda, la más extraordinaria historia de nuestra época y casi tan destacada fue la proeza para la televisión como el mismo vuelo espacial. Ver a Neil Armstrong a 240 mil millas allá afuera, mientras daba el gigantesco paso para la humanidad en la superficie de la luna, fue una emoción más allá de todas las otras emociones de ese vuelo. Todas esas emociones derribadas una sobre otra tan rápidamente que pasábamos de la carne de gallina que nos causaba una de ellas a la que suscitaba la siguiente”.
Y en efecto, a la emoción que siempre suscitaba mirar (o, incluso antes, escuchar por la radio) el lanzamiento de aquellos cohetes que conducían fuera de la atmósfera terrestre a una de esas frágiles cápsulas Mercurio, Géminis o Apolo, en aquel verano de 1969 se añadían el recorrido a la luna, la entrada en la órbita del satélite, el descenso en la superficie lunar y el exitoso viaje de retorno. Eran otros tiempos, sí. Nosotros mismos éramos otros. Pero somos lo que somos y el mundo es lo que es gracias, en parte, a las certezas y las quimeras detonadas por aquellas proezas tecnológicas. Como decía Cronkite todas las tardes al terminar su noticiero, así es como son las cosas (and that’s the way it is).
ALACENA: Armstrong despide al periodista
Retirado de las actividades públicas desde hace años, este fin de semana Neil Armstrong dio a conocer el siguiente comunicado sobre la muerte de Walter Cronkite:
“Para que un analista de noticias y un reportero de los acontecimientos del día tengan éxito, él o ella necesitan tres cosas: precisión, oportunidad y la confianza de la audiencia. Muchos tienen la fortuna de contar con las dos primeras. La confianza de la audiencia, se debe ganar.
“Walter Cronkite pareció disfrutar de los más altos ratings. Tenía una pasión por la exploración humana del espacio, un entusiasmo que era contagioso y la confianza de su audiencia. Se le va a extrañar”.
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Disparate canadiense
La cancillería mexicana –una de cal– respondió con agudeza a la decisión del gobierno de Canadá que repentinamente comenzó a exigir visas a nuestros compatriotas que viajan a ese país. En vez de ignorar el asunto o de, en otro extremo, responder de la misma manera, nuestro gobierno anunció ayer que los diplomáticos canadienses que quieran venir a México deberán tramitar una visa.
Se trata de una medida simbólica y que tendrá efectos fundamentalmente en el litigio que ya se ha desatado sobre ese asunto en los medios de comunicación. Los turistas canadienses que vengan a México no tendrán que cumplir con ese requisito, con lo cual se evita ahuyentar al de por sí amedrentado y disminuido turismo. Lo mismo hizo el gobierno de la República Checa, a cuyos ciudadanos Canadá decidió imponer, junto a los mexicanos, el requisito de la visa.
Con esa decisión no se remedian las vicisitudes de millares de mexicanos que, fundamentalmente para hacer turismo, tenían previsto viajar en los próximos días a Canadá. Pero quizá, sumada con las protestas que ya se propagan entre los propios canadienses, esa decisión contribuirá a subrayar la enorme injusticia y la inadmisible tontería que ha cometido el gobierno de Ottawa en contra de todos esos mexicanos y sus familias.
El gobierno de Canadá explicó que, con la visa, pretende disminuir la gran cantidad de peticiones de asilo que son presentadas por mexicanos que buscan aprovechar las generosas disposiciones legales que hay en aquel país para acoger a ciudadanos que se consideran perseguidos en sus respectivas naciones.
Sin embargo no resulta claro por qué el hecho de llenar una compleja y exigente solicitud desalentará a quienes buscan acogerse a las normas canadienses en materia de asilo. No hay correspondencia alguna entre el problema que pretende atajar y la decisión del gobierno de Canadá para requerir visas a los mexicanos.
En ese país, efectivamente, desde hace tiempo hay numerosas peticiones de asilo. Se puede asegurar, incluso sin tener a la mano una relación detallada de quienes se han beneficiado del asilo canadiense, que la gran mayoría han sido personas que distan de ser perseguidas en México.
Y son muchos. Entre 2005 y 2008 la cantidad de mexicanos que pidieron asilo en Canadá aumentó de 3400 a 9400. De esta última cantidad, el 89% de las solicitudes fueron rechazadas. Eso deja más de mil solicitudes –1034– que sí fueron aceptadas.
¿A qué persecución política escapaban, de qué movimiento social formaban parte, en qué partido disidente concurrían esos mexicanos? Es posible que entre ellos haya unos cuantos ciudadanos cuya militancia política o social hubiera suscitado represalias de alguna fuerza política o algún poder fáctico en México. Pero la mayoría, son pícaros que se han valido de la manga ancha con que Canadá juzga las peticiones de asilo para encontrar una manera de vivir.
Si esas peticiones han sido aceptadas, se debe a la holgura de las disposiciones canadienses. Más aún: si la cantidad de mexicanos que busca ese cobijo legal se triplicó en los años recientes ha sido, precisamente, por el éxito que han tenido las solicitudes débilmente fundadas pero admitidas con ligereza por el gobierno de Canadá.
El asilo es una de las más nobles y fundamentales instituciones en las relaciones entre los países. No hace falta insistir en la importancia que tiene. Pero si Canadá acoge por esa vía a centenares de mexicanos cada año, no se debe a que en nuestro país haya una intensa persecución política sino a deficiencias o, para decirlo de manera menos drástica, a la flexibilidad con que se interpreta y aplica el derecho de asilo en aquella nación. Ahora, las víctimas de esa abundancia de asilados reconocidos como tales son los mexicanos que quieren viajar a Canadá.
La medida fue anunciada tan de improviso que, todavía ayer, en algunos sitios de ese país como “Canadá en español” se aseguraba que los mexicanos no necesitamos visas para viajar a ese país.
Ayer mismo el director ejecutivo de la Fundación Canadiense para las Américas, Carlo Dade, sostenía en un texto muy crítico que pedir asilo se vuelve atractivo debido a la tardanza de las autoridades de Canadá para resolver cada solicitud: “Abofetear con las restricciones de las visas a los países no sirve, y no servirá, para arreglar el asunto del sistema de refugiados. Si los requerimientos de asilo fueran procesados rápidamente, entonces los incentivos para abusar de ese sistema desaparecerían”.
Dade, también expresa preocupación por las reacciones que estas medidas puedan suscitar en países como México: “Podemos imaginar lo que está pensando América Latina. Por un lado, Canadá dice que quiere lazos más estrechos, más intercambios culturales y mejores relaciones. Por el otro, de manera unilateral y sin aviso, impone una medida precisamente para hacer lo contrario con sus aliados más cercanos y con quienes tiene relaciones más intensas en la región. Y todo por 9 mil solicitudes de asilo”.
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Las dos caras del PAN
En septiembre pasado la redacción de la revista La Nación, órgano oficial del Partido Acción Nacional, me pidió que respondiera a un par de preguntas para una edición que aparecería con motivo de los 69 años de ese partido. Estas fueron, sin quitarles ni añadirles ni una coma, las respuestas que envié.
– ¿Cuál ha sido la misión histórica del Partido Acción Nacional?
No creo que el PAN haya tenido, ni tenga, una “misión histórica” si por ella se entiende un destino preestablecido de manera providencial, como si la historia no se fuera construyendo paso a paso. El término que emplea en la pregunta me recuerda la predestinación que se atribuían a sí mismos los partidos de la vieja izquierda dogmática, o la función redentora que se consideran llamados a desempeñar los partidos confesionales.
A diferencia de unos y otros el PAN ha contribuido, con altibajos, a desarrollar la democracia en México. Lo ha hecho en primer lugar en el empeñoso compromiso que por lo general ha mantenido con la vía electoral como método para la transformación de la sociedad y de la política en este país.
Como partido ciudadano, defensor y promotor de libertades, Acción Nacional se mantuvo durante largos y difíciles años como opción a menudo solitaria en un panorama dominado por el partido en el gobierno. La consolidación de posiciones de gobierno y representación legislativa en distintos sitios del país, le permitió crecer como alternativa frente al PRI.
Esa es la cara reivindicable del PAN. El reverso de ella, ha sido la pervivencia de posiciones intolerantes e incluso fundamentalistas dentro de ese partido y, a veces, con tanta influencia que llegan a determinar algunas de sus decisiones cardinales. Me refiero por una parte al rechazo que a menudo encuentran en el PAN actitudes de persecución a los derechos humanos, o de regateo a derechos individuales (como el derecho de las mujeres a decidir cuándo quieren ser madres, o el derecho de las personas del mismo sexo a que se reconozcan sus relaciones de pareja).
Por otra parte, esa cara detestable del PAN incluye la condescendencia con poderes autoritarios, entre los que se encuentran tanto corporaciones del viejo sindicalismo habilitadas hoy como aliadas de los gobiernos panistas y de ese partido, como los consorcios mediáticos que acaparan la televisión abierta. En su alianza con sectores como esos el PAN, si es que la tuvo, contradice y desnaturaliza cualquier misión histórica que sus fundadores y militantes hayan considerado definitoria para ese partido.
– A 69 años de su creación, ¿cuáles son los retos que enfrenta esta misión?
a) Ser partido político auténtico y no solamente un entramado de intereses coyunturales y de redes ciudadanas habilitadas para cada elección. La estructura del PAN sigue siendo elemental, atrasada, provinciana en el peor sentido del término. Las facultades de la dirección nacional y especialmente del presidente del partido, son de un autoritarismo premoderno. Un partido sin espacios para la deliberación y la discrepancia internas, sin legisladores con derecho a elegir a sus coordinadores parlamentarios, sin corrientes reconocidas claramente como tales, es un partido antidemocrático.
b) Ser partido en el gobierno, sin ser partido del gobierno. Lamentablemente la necesidad del presidente Calderón, tan aislado como está respecto de otras fuerzas políticas, para contar con la adhesión irrestricta de su partido, está reduciendo al PAN a mera agencia del gobierno federal.
c) Tener visión de futuro, construyéndola desde ahora. Si algo de echa de menos en el PAN es el proyecto político. Cuando Acción Nacional tenía un programa que articulaba sus posiciones públicas, era posible discrepar de sus diagnósticos y propuestas y ello permitía una discusión de ideas con los panistas. Hoy, pareciera que el programa depende de los intereses y hasta del estado de ánimo de los dirigentes del PAN. Se podría bordar mucho más al respecto.
d) Tener una política de alianzas congruente con sus principios (y no al revés). La sola posibilidad de que el PAN se alíe con Elba Esther Gordillo en las elecciones próximas, indica de qué manera el pragmatismo está venciendo a las convicciones en ese partido. El convenencierismo electoral puede redituarle unos cuantos votos pero terminará por desdibujar el perfil político, otrora de vocación democrática y ahora cada vez más extraviado en un pretendido realismo, de Acción Nacional. Lo mismo se puede decir de la complacencia que los dirigentes actuales del PAN y el presidente Calderón mantienen con poderes fácticos y profundamente atentatorios a la democracia y a la cultura cívica de los mexicanos, como los que representan las televisoras privadas.
e) Creo que el reto principal del PAN hoy en día consiste en (¡quién lo dijera!) dejar de parecerse al PRI. Si en sus políticas de alianzas, si en la defensa de privilegios de los ya muy privilegiados, si en la sustitución de los principios por el pragmatismo, Acción Nacional se ha mimetizado a la cultura política priista (que no en balde Carlos Castillo Peraza reconocía como un problema de todo el país y no solamente de un partido) entonces uno puede preguntarse qué diferencia real hay entre los panistas y los priistas.
No creo que en sus actuales circunstancias y especialmente bajo la dirección de Germán Martínez, cuyo liderazgo ha sido una enorme decepción para quienes creyeron que podría reconstruir el perfil democrático del PAN, este partido tenga posibilidades para constituir tal diferencia. No sé con cuántos votos o cuántas diputaciones llegará el PAN a sus 70 años. Pero estoy convencido de que lo hará con un notable déficit de credibilidad y no solamente entre ciudadanos sin partido como el que escribe estas opiniones. La credibilidad del PAN está a prueba entre sus propios militantes.
Esas respuestas, a un cuestionario presentado hace 10 meses, nunca fueron publicadas en La Nación. Creo que hoy siguen siendo pertinentes.
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PRD, la hora de las venganzas
Hará falta mucho más que declaraciones conciliatorias para solucionar la crisis que día tras día subraya la fractura en el PRD. Aunque durante el fin de semana los gobernadores que son además miembros de ese partido parecieron cerrar filas en torno a Jesús Ortega, el litigio persistirá.
Lo que padece el PRD no es un desajuste momentáneo, ni únicamente el traumático resultado de las elecciones del 5 de julio. Allí hay, descritas de manera esquemática, dos líneas políticas en colisión. La manera más sencilla de apreciarlas suele conducir al reconocimiento de que en ese partido se enfrentan defensores e impugnadores de Andrés Manuel López Obrador. Pero detrás de tales definiciones se encuentran discrepancias fundamentales acerca de la política que podría y/o debería hacer el PRD. Conciliadores unos, rupturistas otros; constructores de acuerdos los dirigentes agrupados en torno a Jesús Ortega, impugnadores de las instituciones y quienes las ocupan puede considerarse a los partidarios de López Obrador.
Esas son las grandes líneas de una práctica política que los escinde cada vez más. Sin embargo, más allá de las formas y la táctica no resultan del todo claras las diferencias programáticas de uno y otro grupos. La disputa por las posiciones, el énfasis en la politiquería más que la práctica de la política y la emergencia que suscita el deterioro constante de un partido en crisis, han llevado al PRD a estar repleto de símbolos pero hueco de sustancia. Las iniciativas concretas no son el fuerte de ese partido, a diferencia del talante propositivo que antaño definía a las izquierdas en este país.
El pleito, antes que nada, es de personas. Así lo indica, a diferencia del acuerdo manifestado por los gobernadores, un documento de varios conocidos militantes de la izquierda socialista y comunista que exige la destitución de Jesús Ortega.
Integrantes de la “Plataforma Constitucional de los Candidatos de Izquierda” que en los meses anteriores elaboró un documento que fue presentado a candidatos del PRD lo mismo que del PT y Convergencia ahora consideran que, ante el resultado electoral, Jesús Ortega debe renunciar a la presidencia perredista. Identificados la mayoría de ellos con López Obrador, no resulta exagerado considerar que esa postura de tales dirigentes y militantes es un intento para culpar del reciente fracaso a la actual dirección del PRD.
El periodista y ex senador Carlos Payán Velver, fundador de La Jornada; el politólogo e investigador universitario Arnaldo Córdova, que fue diputado por el PSUM hace un cuarto de siglo y el ex dirigente y ex diputado comunista Gerardo Unzueta, suscriben ese documento. El texto lo recibimos gracias a Eduardo Ibarra, director de la Revista Forum.
Los promotores de una plataforma común no lograron involucrar con sus propuestas a muchos candidatos de los partidos reputados como de izquierda. Sin embargo ahora consideran que la culpa de la debacle electoral del PRD es de la dirección de ese partido que no ha enfrentado “la ofensiva de la derecha”.
A partir de esa convicción, exigen la “deposición de Jesús Ortega, cuya labor de dirección como presidente del Partido de la Revolución Democrática ha conducido a una grave derrota de la izquierda como tendencia democrática nacional y ha llevado a ésta a una situación de absoluta minoría frente a los grupos representativos de la derecha, poniendo en grave peligro las instituciones forjadas en luchas históricas del pueblo mexicano”.
Los autores de esa exhortación proponen que haya un “Congreso de Refundación del PRD” en donde serían reformulados la Declaración de Principios y el Programa de ese partido con postulados como la reforma democrática del Estado, la ciudadanía para los jóvenes a partir de los 15 años y la creación de normas que garanticen la equidad de género.
A excepción de la ciudadanía a los 15 años que tiene aristas francamente discutibles, el resto de las propuestas de ese grupo se encuentra ya en los programas del PRD y otros partidos. El problema que enfrentan esas agrupaciones no es de ideas, sino del escaso o nulo contexto para que dentro de ellos prospere una auténtica discusión de propuestas y diagnósticos sobre la situación del país.
A diferencia del PAN, en donde hubo una táctica de confrontación con otros partidos claramente diseñada e impulsada por el presidente nacional, los problemas del PRD se deben fundamentalmente a la coexistencia forzada de dos tendencias que solamente tienen en común la ambición por conquistar posiciones políticas. Quitar y reemplazar dirigentes podría satisfacer las ganas de revancha pero no la ingente crisis de ese partido.
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