Sociedad y poder

El hombre que siempre llegaba temprano

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Por mucho que me apurase, Fallo Cordera llegaba antes. Aunque por lo general él estaba más ocupado, o tenía horarios más rígidos que yo, se las ingeniaba para estar minutos antes de la hora que habíamos convenido. Así ocurrió durante varias décadas de encuentros frecuentes, por lo general para conversar durante el desayuno o la comida pero también cuando lo visitaba en su entrañable Manzanillo o las muchas ocasiones que trabajamos juntos ya fuese en tareas políticas o académicas.

Esa puntualidad era parte del respeto que solía demostrarle a todo el mundo. La muerte de Rafael Cordera Campos el 26 de noviembre pasado nos dejó atónitos y desconsolados. Hablo en plural, porque Fallo era un hombre queridísimo por sus muchos amigos. Tuve –tengo– la fortuna de haberme contado entre ellos. Nuestras coincidencias y complicidades se extendieron, no obstante vicisitudes políticas o laborales, a lo largo de quizá tres décadas y media. No me acuerdo cuándo lo conocí, pudo haber sido en Punto Crítico, aquel grupo de ex militantes de 1968 (yo no lo fui, pero él sí) que trataba de enderezar una política de izquierdas más allá de la ortodoxia. O fue en los afanes para impulsar el sindicalismo universitario, en la segunda mitad de los 70.

Acudíamos juntos a las reuniones que varios miembros del sindicato de profesores de la Universidad sosteníamos con don Rafael Galván, el inolvidable dirigente de la Tendencia Democrática de los Electricistas. Fallo había escrito su tesis de licenciatura acerca de ese grupo sindical y en la cercanía con sus dirigentes confirmó su peculiaridad política: más que en reivindicaciones laborales, aquellos líderes obreros pensaban en el país. Desde entonces, a Rafael Cordera lo singularizó la preocupación por el programa político tan ausente en aquellas fechas y especialmente ahora, cuando suele ser reemplazado con unas cuantas frases, o meramente con imágenes, en partidos de todo corte. El título de su primer libro, Sindicalismo en movimiento. De la insurgencia a la Nación (El Caballito, 1988) describía esa inquietud. El libro está dedicado a su “tocayo”, como con evidente afecto le decía don Rafael Galván.

“Democracia es programa”, reiteró en numerosos artículos a partir de entonces. La inquietud programática no se contradecía con la política práctica, en la que Fallo tenía una habilidad tan natural. Su capacidad para dialogar descansaba antes que nada en su disposición para escuchar y luego para explicarse con didáctica paciencia. Ya en los 80, compartimos responsabilidades de trabajo en la Facultad de Economía (en la que estuve algo más de un lustro) y en la política de izquierdas de aquellos años. Formó parte destacada del Movimiento de Acción Popular, el pequeño grupo que apenas habíamos constituido cuando surgió la iniciativa para crear un partido único de izquierdas, a la cual nos sumamos. En el PSUM fue integrante del comité en el Distrito Federal en donde su talante afable, pero afianzado en convicciones claras, hizo mancuerna con compañeros que venían de otras tradiciones políticas, como Gilberto Rincón Gallardo.

A fines de los años 80, Rafael Cordera se incorpora al equipo del rector José Sarukhán, cuyas propuestas de reformas procura afianzar en la Universidad Nacional. Fue director de Servicios a la Comunidad y secretario de Asuntos Estudiantiles. Allí consolidó y documentó su preocupación por los jóvenes y la educación superior, temas de la mayor parte de sus libros y artículos en libros. Más tarde, durante seis años y medio, fue coordinador de asesores de José Woldenberg, entonces presidente del Instituto Federal Electoral. El equipo que respaldó en esa época a la presidencia del IFE explica muchos de sus aciertos.

Apenas había dejado el IFE y se preparaba para una demasiado anticipada jubilación (apenas tenía 57 años) cuando a fines de 2004 fue designado secretario general de la Unión de Universidades de América Latina. Durante seis años recorrió Iberoamérica, literalmente, hasta el cansancio pero con optimismo. La formidable tarea de orquestar voluntades en una asociación que reúne a centenares de muy disímiles instituciones de educación superior, la desempeñó con reconocible gusto. Siempre que lo vi, en ese periodo, venía de un viaje y se disponía a otro pero nunca dejó de estar al tanto de la cada vez más difícil situación mexicana. El acercamiento a otros contextos le dio más holgura a su reflexión política y nunca dejó de pensar en los jóvenes como el gran y desdichadamente incumplido desafío que tiene nuestro país.

De esas preocupaciones, Fallo Cordera dejó frecuente constancia en la prensa. A mediados de los 80 comenzó a escribir para El Universal y cuando a varios periodistas encabezados por Benjamín Wong nos despidieron de esas páginas, fue el primero en decir que renunciaba también. De allí se fue al semanario Punto, en donde era de los colaboradores más cumplidos. Estuvo seis años en Excélsior, hasta 1993 y luego colaboró en La Crónica. Lo hizo también en etcétera (su columna semanal se llamaba “bahías”). Escribió para los servicios de Notimex y desde hace varios años lo hacía para La Jornada de Morelos que dirige León García Soler.

Conversé centenares, quizá millares de horas con Fallo, acerca de temas que nos unían: la política y sus inconsecuencias, las tortuosidades de nuestra transición mexicana, las vicisitudes de la para nosotros inaccesible socialdemocracia –tema sobre el que reunía montones de libros y documentos, especialmente de la experiencia española que le era tan conocida–, los dilemas de la Universidad, el estancamiento en la reflexión intelectual, las pobrezas de la prensa y los atropellos en los medios, el mar y sus pescaditos. De veras: a mí, que soy testarudamente urbano, me resultaban deslumbrantes las aventuras marinas de Fallo, que nació en Manzanillo y que más de una vez me llevó a pescar. Gracias a él conocí el legendario Bar Social, en torno a cuya original barra circular nos reunimos en varias fabulosas y a estas alturas medio difuminadas vacaciones.

Quizá esa confraternidad con el mar le permitía a Fallo ver los problemas en perspectiva, sin alterarse ante circunstancias que a otros les perturbaban con gran nerviosismo. Me tocó presenciar esa serenidad cuando la policía nos rompió la huelga universitaria en 1977, lo mismo que cuando varias docenas de iracundos estudiantes ultras amenazaban a los directivos de la Facultad de Economía o, después, cuando parecían estar en riesgo la estabilidad de la Rectoría de la UNAM o los acuerdos políticos que sustentaban al IFE. En todo momento, Fallo convocaba a la calma y antes que soluciones drásticas procuraba conciliar, siempre a partir de su perseverante capacidad de diálogo.

También conversábamos, mucho, sobre los amigos, nuestros hijos, nuestras familias. No hace falta que lo diga porque ellos lo saben, pero no puedo dejar de recordar el incondicional cariño con que me hablaba de sus hijos Santiago y Diego, de sus hermanos Kitty y Rolando, de su mujer María Cruz Mora, nuestra admirable Maca. No dejaré de agradecerle a Fallo, entre tantas otras cosas, sus expresiones de afecto hacia los míos.

A ese dolor, mezclado con gratitud y amistad,  le vengo dando vueltas hace un mes. En estas semanas no he podido escribir acerca de Fallo. Ahora veo que, aún con esa distancia, no soy capaz de narrar con claridad por qué era tan estimado. Aquel comedimiento con que llegaba siempre temprano a sus citas, era solo una de las expresiones de la atención que sabía tener con todos los demás. Por eso no ha sido sorprendente la gran cantidad de expresiones de duelo y reconocimiento que, a su muerte, aparecieron en la prensa. En estas cuatro semanas otros colegas y amigos han expresado el cariño que todos le tuvimos a Fallo y me he sentido representado en sus textos.

* * *

Más allá de banderías políticas, algunos de quienes lo conocieron le dedicaron sus artículos, o escribieron reflexiones a la memoria de Rafael Cordera Campos. Roberto Rock en El Universal, lo llamó “un largo batallador en bien de la universidad pública y de las causas de los jóvenes”. Humberto Musacchio en Excélsior, dijo: “Era valiente sin alardes, culto e inteligente sin presunción, solidario en todo momento”. Ramón Sosamontes, en El Sol de México: “Sin el apoyo de los integrantes del MAP, el PSUM nunca hubiera pasado de la marginación. Ellos, Rafael, le dieron realismo al programa socialista en la Ciudad de México”. Josefina Gallardo en la publicación especializada U2000, hace un detallado recuento de la actividad de Rafael Cordera para promover la interrelación de las universidades latinoamericanas y considera “fue un visionario en la UDUAL”.

Algunos de los amigos que primero fueron alumnos suyos, o que lo conocieron siendo estudiantes y luego trabajaron cerca de él, enriquecen el recuerdo de Fallo. Ariel González Jiménez en Milenio, le dedicó un texto con expresiones como las siguientes: “Hijo de marinero, deseaba terminar sus días de cara al Pacífico…  Con Fallo descubrí que el costo de reflexionar por cuenta propia a veces lo coloca a uno en la acera impopular… Fallo tenía la virtud de cambiarle la vida a la gente. Ponía al servicio de la amistad todo cuanto tenía y conocía. Nada quedaba igual después de tratarlo porque inmediatamente surgían planes, proyectos, nuevas miradas hacia la realidad, en fin, toda la vitalidad que lo distinguía”.

Ricardo Becerra, en La silla rota, recuerda la Facultad de Economía, a mediados de los años ochenta, en donde  “casi todos andábamos malhumorados” y precisa: “todos… menos Fallo. Ese bigotón que saludaba a diestra y siniestra y que sabía disparar una burla o una ironía, para lograr nada más que un ambiente más alivianado”. Y, lo más importante, “era el primer profesor de aquella Facultad que no me veía como candidato forzado a la militancia (entonces descubrí que me respetaba)”. Añade Becerra: “Fallo tenía el tacto, el trato amable y juguetón, la atención y la mano dispuesta para ayudar a sus amigos. Soy de los beneficiados de esa calidez y de esa solidaridad”.

Otro compañero de esa generación posterior a la nuestra, Ciro Murayama, escribió en La Crónica: “Cuando el ‘bono demográfico’ aún estaba lejos de ser promesa para la vida mexicana, y cuando quedaba todavía más distante la noción de que podríamos perder buena parte del potencial del país si no desplegábamos una genuina política de desarrollo y bienestar hacia los jóvenes, Rafael Cordera (1947-2010) ya había hecho de la cuestión juvenil una de sus preocupaciones intelectuales”. Más adelante, concluye: “Fallo Cordera, además de pensar a los jóvenes en plural, fue generoso con algunos en singular. Es mi caso… Como maestro, jefe y amigo, me abrió puertas a conocimientos, causas, gente y afectos que aún me nutren. El estímulo que recibí de él en la juventud es y será el agradecimiento permanente de mi madurez. Gracias Fallo, gracias”.

Francisco Báez Rodríguez, que coincidió con él como colega en la Facultad de Economía pero también camarada en la militancia política y en los años de estudio en Europa, dejó testimonio en La Crónica: “fue un importante operador político en la edificación de partidos y sindicatos modernos. Dedicó buena parte de su vida y de sus esfuerzos al servicio de la Universidad pública, entendida como espacio de generación de conocimiento, pero también de transformación social en sentido democrático. Entendía que los estudiantes eran actores centrales en ese proceso, pero no en el sentido del ‘movimentismo’ catártico, sino en el de la participación consciente en su comunidad, en el uso inteligente del tiempo libre, en la suma de partes diferentes”.

Luego, el mismo Pancho Báez, hace un recuerdo más personal y extenso en su Blog de piedras: “A Fallo jamás se le escapaba el sentido político de las cosas. Lo encontraba –y te lo mostraba- de los lugares más inopinados. Quizá por eso se interesó más en asuntos sociológicos y políticos que en la economía pura y dura… Le encantaba la grilla, pero detestaba cuándo ésta se hacía destructiva, cuando se convertía en el cáncer de las sociedades cerradas (y eso es común en la academia, en los partidos y sindicatos, en instituciones como el IFE)… Fue, sin duda, el activista más constante de nuestro grupo político de profesores en la Facultad de Economía. Crítico, autocrítico y persistente… Tenía un carácter maravilloso. Casi siempre estaba de buen humor. Ahora que lo pienso, se ha de haber tragado demasiados corajes en la grilla (y algunos en la política). Y, tal vez por ello, a cada rato añoraba su Manzanillo natal, la cantina de sus cuates de la infancia, la pesca mayor (y más tarde explicaba cómo determinado personaje en una disputa política picaría con la lógica del pez espada, se clavaría el anzuelo e intentaría arremeter contra la embarcación). Siempre decía que terminando su actual responsabilidad, se iría a vivir a Manzanillo. Pero aparecía otra tarea”.

José Woldenberg, además de recordar algunas de sus ideas políticas y de sus capacidades notables como la habilidad para el baile, escribió sobre Rafael Cordera en Reforma: “no sólo fue portador de virtudes públicas (honradez, trabajo, compromiso, tenacidad), sino también de virtudes privadas fundamentales (solidaridad, calidez, generosidad). Era un anfitrión como muy pocos. Explotaba de manera natural su vocación para hacer que sus invitados se sintieran a gusto, queridos, atendidos. Era un hombre vital, gozoso”.

Nuestro apreciado Adolfo Sánchez Rebolledo, explicó en La Jornada: “A Fallo le preocupaba el aparente sinsentido de la vida pública, la ausencia de propuestas de futuro, la negación al debate y recordaba por contraste a su maestro Rafael Galván cuando insistía en que democracia es programa. Y tenía razón. La crisis de la política deriva de la incapacidad para gobernar en una situación de crisis que amerita grandes reformas, pero es, sobre todo, crisis de perspectiva, carencia de proyecto nacional”

El mismo Fito Sánchez Rebolledo, dijo en su indispensable suplemento Correo del Sur, de La Jornada de Morelos: “fue un hombre activo y tolerante,  siempre dispuesto a poner sus mejores esfuerzos intelectuales al servicio de las causas de México, vividas como propias desde la juventud a partir del año crucial de 1968”.

¿Qué puedo añadir a esas y otras expresiones de homenaje y afecto, forjadas en trayectorias y amistades de años y que ratifican la inalcanzable sencillez que distinguía, junto con su perspicacia, a nuestro querido Fallo Cordera?

Hace un mes, cuando le dije que Fallo había muerto, mi hija Claudia exclamó: “¡Pero si era un tipazo!”. Y, sí, también los buenos, los más solidarios, los generosos, también se mueren. Muy pronto. Muy injustamente. Era un tipazo que llegaba temprano. Pero esta vez se nos adelantó demasiado.

 

Esta columna aparecerá nuevamente el viernes 7 de enero.

 

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Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 24, 2010 a 9:44 am

2 comentarios

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  1. Querido Raul.

    Gracias por esa memoria de Fallo, sin duda es muestra de lo que cosecho en tierra fertil del amigo como tu. Yo lo recuerdo, y bien y bonito, de su paso por la UAM.

    Saludos

    Beatriz Solis

    diciembre 24, 2010 at 1:38 pm

  2. [...] This post was mentioned on Twitter by JCarreon. JCarreon said: RT @ciberfan: El hombre que siempre llegaba temprano : http://wp.me/p1JuY-p6 [...]


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