Sociedad y poder

Mercado, política de izquierdas

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Publicado en emeequis

La política era antes más sencilla. Las izquierdas encarnaban el afán de cambio, la justicia social, el  respeto a los derechos humanos. Las derechas proponían el mantenimiento de privilegios, que pareciera que las cosas cambiaban para que todo siguiera igual. Por supuesto ese mundo jamás era tan esquemático; en las izquierdas siempre había cacicazgos y autoritarismos, en el flanco derecho surgían  esfuerzos por la democracia.

Sobrevinieron los derrumbes ideológicos y políticos que a partir de 1989 homogeneizaron, casi, el

Estereotipos. Imagen tomada de http://desculturizate.blogspot.com

antaño polarizado escenario global. En México, las izquierdas más destacadas se mimetizaron con un segmento del viejo PRI y afloró lo peor de ellas: clientelismo, demagogia, corrupción en ocasiones; es decir, los mismos síntomas del antiguo sistema político, ahora con otras siglas. Entre las derechas asomaron sectores modernos para allanarse a la propuesta neoliberal que campearía en el mundo.

El mercado se convirtió en dogma, como decíamos recientemente en estas páginas. O más bien, la idea del mercado que han querido imponer las grandes empresas y sus afanosas expresiones tanto en la academia como en los medios de comunicación, ha pretendido que libre competencia significa hegemonía de las corporaciones más poderosas.

Esa idea del mercado mimetizada con el interés de las corporaciones, fue exitosa durante dos décadas en el escenario global hasta que la crisis financiera develó las profundas debilidades de las economías sustentadas en la expoliación y la especulación. El discurso neoliberal se fue derrumbando de manera tan reveladora como las acciones de Enron y otras corporaciones. El Estado ganó protagonismo de nuevo y no debido a clamor alguno de las izquierdas sino al urgente pragmatismo de Barack Obama. Sin Estado capaz de atajar excesos e incluso remediar timos de las corporaciones, la economía internacional habría sufrido peor y por más tiempo.

En México impera una concepción primitiva del mercado. El rechazo acrítico al viejo discurso del nacionalismo revolucionario, el paciente y exitoso cabildeo ideológico de las derechas patronales para colocar al dejar hacer como credo de la excluyente modernidad mexicana y el allanamiento de la clase política al interés de las corporaciones económicas, se aunaron para implantar esa versión salvaje. El mercado, así entendido, es un espacio no de competencia sino de dominación de unos cuantos. El mejor Estado es el menos presente. La regulación, por ello, resulta inexistente o casi.

No tenemos mercado, sino cotos de las corporaciones. Una o unas cuantas empresas acaparan la distribución y venta del cemento, las pinturas, el pan, los refrescos. Algunos de los casos más conocidos están en las telecomunicaciones. Una corporación maneja la telefonía celular que contratamos 7 de cada 10 mexicanos; otra, del mismo grupo, la telefonía alámbrica y la provisión de Internet. Dos consorcios acaparan el 94% de frecuencias, audiencias y ventas en la televisión comercial –para que luego, con descaro, Ricardo Salinas Pliego diga que no hay duopolio porque la gente, si quiere, le puede cambiar al Canal 11 que apenas tiene una frecuencia por cada 14 canales en poder de  Televisa o TV Azteca–.

Cuando los capitanes de esas corporaciones hablan de mercado, se muerden la lengua o no saben lo que dicen. Si en México tuviéramos mercado en esas áreas, habría competencia y sus corporaciones jamás alcanzarían el predomino que les permite imponer productos, dictar precios y avasallar a  quienes se atreven a disputar esa preeminencia.

Para que exista un auténtico mercado, con diversas opciones que en cada campo presenten ofertas variadas y de calidad a los consumidores de productos o servicios, se necesita que haya autoridad realmente decidida a regular. Y si a algo le tiene pavor el gobierno es a cumplir sus obligaciones regulatorias. No se vayan a enojar las corporaciones.

Ahora que están en pugna las televisoras y el Grupo Carso, hay quienes se ilusionan porque encuentran en Televisa y Azteca el aparente remedio al enorme poder de las empresas de Slim. Y hay quienes, desde otro punto de vista, se entusiasman porque el monopolio de la telefonía pondrá en su lugar al duopolio de la televisión.

Esas no son soluciones adecuadas al interés de la sociedad. Lo que hace falta es la existencia de verdaderos mercados en las telecomunicaciones y la radiodifusión. Pugnar por el mercado es hacerlo por la diversidad y por los derechos de los ciudadanos delante de las corporaciones. Por eso, promover un mercado con reglas para la diversidad y con un gobierno capaz de aplicarlas, sería una política de izquierdas. Aquí en México, no en Suecia. 

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Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 28, 2011 a 3:41 pm

Una respuesta

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  1. excelente crónica del desarrollo del capitalismo salvaje mexicano. Precisamente los dueños de los monopolios como uno solo,impedirán siempre el acceso al gobierno de cualquier político que pretenda regularlos.Aparte ¿ le merece algún comentario “The Zeitgeist Movement” agrupación que pretende el cambio radical del sistema político mundial ?

    ricardo covarrubias

    mayo 28, 2011 at 8:51 pm


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