Sociedad y poder

Políticos y ciudadanos

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Publicado en emeequis

Doña Isabel Miranda de Wallace se benefició durante varios años de su condición de ciudadana formalmente alejada de la política institucional. La formidable batalla que mantuvo hasta encontrar a los asesinos de su

La señora Miranda de Wallace

hijo le ganó la admiración de la sociedad y el respeto de la llamada clase política.

En esa división del trabajo, artificial pero práctica, que se ha mantenido entre quienes están en las instituciones y aquellos que se interesan en ellas pero desde fuera, estaba claro de qué lado se encontraba esa destacada mujer.

La decisión de la señora Wallace para aceptar la candidatura del PAN al gobierno de la ciudad de México la ha conducido, ahora, a ser víctima de esa etiquetación maniquea que antes tanto le había favorecido.

La separación entre “ciudadanos” y “políticos” es ficticia y engañosa. En una sociedad democrática, o que aspira a serlo, todos somos ciudadanos. Hay ciudadanos que tienen responsabilidades públicas en el gobierno, o en tareas de representación legislativa entre otros ámbitos, y que por ello además de mayor visibilidad tienen más obligaciones. Pero no por ello pierden los derechos básicos de los cuales disfrutan todos los ciudadanos.

Con frecuencia, sin embargo, en México se pretende que los políticos tengan derechos restringidos. Hay motivos, muy explicables, para ello. Durante demasiado tiempo, los principales usufructuarios del poder político abusaron de manera tan desmedida del poder que tenían, que originaron una extendida desconfianza y un sólido reclamo social en contra de tales excesos.

Debido a esas suspicacias, ahora tenemos pertinentes disposiciones legales que limitan la posibilidad de que los funcionarios públicos hagan política con cargo a los recursos que manejan. Pero además, se han generalizado algunas costumbres que acotan sus derechos cívicos. En casi todo el mundo nadie se asombra cuando el presidente o el primer ministro hacen proselitismo de manera abierta. Barack Obama acude a mítines del Partido Demócrata, Nicolás Sarkozy hará campaña por su reelección y Cristina Fernández influye en los grupos peronistas de su país sin que nadie se asombre.

En México, en cambio, si un gobernador o un secretario de Estado acuden a una reunión de su partido político en un día que no sea de asueto, se levanta un escándalo. Está claro que a esos funcionarios se les elige para que gobiernen. Pero no se encuentran sujetos a un horario fijo, ni al calendario oficial, precisamente porque sus responsabilidades son tan importantes que no basta que trabajen 8 horas diarias y 5 días a la semana. Y no por ello tendrían que abdicar de sus derechos y preferencias de carácter político.

La distinción entre ciudadanos y políticos resulta falaz, asimismo, cuando parte de la suposición de que los primeros son desinteresados, inmaculados y bienhechores, a diferencia de los segundos a quienes se cataloga como embusteros y simuladores. El descrédito que por sí solos se han forjado muchos políticos, el distanciamiento de la mayor parte de los ciudadanos respecto de la vida pública, la profesionalización y especialización que cada vez singulariza más a las tareas específicamente políticas y, al mismo tiempo, una en ocasiones intencionada mitificación a cargo de los medios de comunicación y otros poderes fácticos, han contribuido a delinear ese perfil adverso de la política y quienes la practican.

Esa desconfianza tiene una implicación virtuosa, cuando propicia que haya mecanismos de supervisión y control de los funcionarios públicos. Pero, por otra parte, expresa una concepción limitada de la vida pública. El quehacer político no se reduce al tráfico de engañifas e intereses particulares con que a menudo se le confunde.

Los ciudadanos, cuando tienen posiciones expresas acerca de asuntos públicos, hacen política. Los dirigentes y activistas de organizaciones no gubernamentales que promueven sus puntos de vista aunque lo hagan por cauces no institucionales, o los comentaristas que se ocupan de asuntos públicos en los medios de comunicación, son ciudadanos que hacen política. Son políticos, aunque abominen de ese término.

Esos ciudadanos, difícilmente reconocen que hacen política porque han hecho de tal diferencia parte de su identidad –y de sus coartadas políticas–. Pero uno de los rasgos de la madurez cívica de una sociedad radica en la capacidad para reconocer a los políticos como sustantivo y no solamente como adjetivo. Se trata de admitir, entonces, que la política no es por definición una mala palabra.                                              –0–

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Written by Raúl Trejo Delarbre

enero 25, 2012 at 10:02 am

2 comentarios

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  1. Raúl, gracias.
    Creo que es necesario hacer y repetir un planteamiento tan claro y oportuno como el que hizo ahora. Además, es obvio, coincido con usted, ojalá no sea nada más por eso.
    Dos apostillas. Doña Isabel mejorará la posición del PAN en el DF, una buena jugada para el, que si llegaran a ganar deberán pagar con creces aprendiendo a gobernar un monstruo sin ser sus amos. Ojala puedan…

    Gerardo Cruz Majluf

    enero 25, 2012 at 11:36 am

  2. Don Raúl.
    Me parece que el problema no es el que se haga política, sino las mascaras que se ponen para hacerlo; lo que seria sano, es que no disfrazáramos nuestras tenencias o preferencias e intenciones; sino hacerlo de forma clara, abierta y aún critica,no velada y sin manifestar abiertamente nuestra propia preferencia.Tal actitud haría que la transparencia de actitud, no fuera tendenciosa o manipuladora; lo que traería una critica sana, abierta y honesta.Se terminaría con tanto ” chapulines de la política ” y tanto mercader de la misma. Así los apoyos serían honestos y abiertos.
    sin la necesidad de pagar por la imagen manipulada fabricada, y falsa. Gracias por sus artículos que siempre invitan a la reflexión y al razonamiento..Saludos..@bagaar

    Armando Barrera

    enero 25, 2012 at 3:46 pm


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