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Publicado en emeequis

De tumbo en tumbo, nos acercamos al 1 de julio con más hartazgo que expectativas ante el cambio de gobierno. La quinta parte de los posibles electores permanece en ese limbo que los encuestadores denominan “indefinidos” aunque la decisión de no votar por ninguno de los candidatos presidenciales constituye una definición inequívoca.

Una porción de los ciudadanos que no han determinado su voto acabará eligiendo al que le parezca menos peor. De allí la importancia de las campañas que no solamente buscan afianzar la preferencia de quienes han resuelto su voto sino, fundamentalmente, persuadir a los indecisos.

Para eso deberían servir los debates, que son espectáculos televisivos en donde la imagen cuenta tanto o más que discursos y promesas. Lamentablemente los representantes de los candidatos, al establecer las reglas para el debate reciente, pensaron más en ocultar que en mostrar. Gestos, reacciones, interpelaciones, incluso cortesías de los aspirantes presidenciales, quedaron intencionalmente sustraídos a las cámaras de televisión. Esa sobre protección, lejos de beneficiarlos, hizo de los candidatos repetidores de monólogos en perjuicio de su propia imagen y de la posibilidad de mostrarse con soltura ante los posibles votantes.

Lo único que no ocultaba demasiado fue el vestuario de la joven edecán. La murmuración que se extendió primero en redes sociales y más tarde en medios convencionales, fue consecuencia del ánimo trivializador que simplifica los asuntos políticos más serios. También, fue una reacción al acartonamiento tanto en la forma como el fondo del presunto debate.

Las enfáticas disculpas que ofrecieron varias autoridades del IFE por la atractiva vestimenta de aquella joven, fueron expresión de gazmoñería y de rendición ante los convencionalismos que impone la corrección política. Se trató, a fin de cuentas, de un asunto menor. Pero es indicio de la presión y la confusión que padecen muchos funcionarios electorales.

La discusión misma sobre la preparación del debate y la cobertura que alcanzaría, mostró la indecisión de la autoridad electoral. Los ordinarios desplantes de Ricardo Salinas Pliego constituyeron un desafío a las campañas electorales y, de manera más amplia, a la democracia y sus instituciones.

El IFE pudo haber respondido a ese reto pidiéndole al gobierno el establecimiento de una cadena nacional de radio y televisión. Los consejeros electorales, por mayoría, se negaron a presentar esa solicitud. No fue por consideraciones legales,  sino por miedo a las televisoras, que tomaron tal decisión.

El segundo debate, anunciado para el 10 de junio, enfrentará el mismo problema. A menos que haya una labor de tejido político cuidadoso pero exigente, que no puede prescindir de los acercamientos personales con los concesionarios de la televisión pero que tampoco puede limitarse a tales gestiones, el nuevo debate será tan inaccesible como el primero para los ciudadanos que viven en zonas a donde no llegan la señal del canal 5 de Televisa o las estaciones de carácter no comercial.

El debate del 6 de mayo tuvo un rating mayor que el futbol de TV Azteca. En las cifras de audiencia que se han difundido se confunden ratings nacionales con locales. Las decisiones de Televisa y TV Azteca para transmitir ese evento únicamente en la cadena del Canal 5 y en el Canal 40 (precisamente, la emisora cuya propiedad sigue en litigio después de que Salinas Pliego se apropió de ella hace varios años) dejaron a millones de mexicanos sin posibilidad de verlo en televisión abierta. Nada quiso decir la autoridad electoral, y mucho menos hacer, ante ese quebranto en perjuicio de la cultura cívica y la competencia entre los partidos.

No transcurre una semana sin que las autoridades electorales no tomen decisiones equivocadas. Las más perniciosas suelen originarse en el Tribunal Electoral. La prohibición al IFE para realizar el conteo rápido –que permite conocer el resultado pocas horas después de que han cerrado las casillas–  estaba por convertirse en costosísima pifia que hubiera dejado la difusión de tales resultados en manos de las televisoras.

El TRIFE rectificó. No hubiera tenido que hacerlo si antes no hubiera proscrito el conteo rápido en una sesión de madrugada, ausentes tres de sus siete magistrados y demostrando una penosa ignorancia en materia de estadística. Corregir errores es expresión de sapiencia. Pero es más sabio no equivocarse.

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Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 12, 2012 at 7:06 pm

Publicado en Elecciones 2012

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