Sociedad y poder

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Habermas en Twitter

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(La matanza del domingo en Ciudad Juárez es tan pavorosa que la gran mayoría reacciona con estupefacciones, lugares comunes, condenas catárticas y, desde el flanco de los funcionarios, con declaraciones trilladas que oscurecen aún más ese episodio. Dejamos el comentario de ese tema para una próxima ocasión).

Finalmente resultó que era falso, pero mientras se esclarecía su identidad 6264 personas se anotaron como seguidores de una presunta cuenta del filósofo alemán Jürgen Habermas en Twitter. Varias veces por semana, durante tres meses, el autor de ese espacio apócrifo colocó breves extractos de un ensayo del autor de Historia y crítica de la opinión pública.

El engaño, quizá inicialmente no intencional, comenzó en noviembre pasado. Pocos usuarios de Twitter advirtieron que había mensajes colocados por un tal “JHabermas” hasta que, a mediados de enero, los interesados en esos textos aumentaron por centenares. La seducción que ejercía la posibilidad de que Habermas, tan reacio a la publicidad, estuviera poniendo a circular pequeñas dosis de su pensamiento en Internet, llevó a muchos estudiantes y profesores de filosofía a suscribirse a esa cuenta de Twitter. Incluso, hubo estudiosos de la obra de Habermas que quisieron encontrar en esa presunta incursión cibernética del filósofo una confirmación de sus lecturas de algunos de los párrafos más crípticos de ese autor.

Finalmente, a comienzos de esta semana, el periodista Jonathan Stray le llamó por teléfono al autor de Teoría de la acción comunicativa y confirmó que los envíos de Twitter no eran de Habermas. El filósofo, que cumplió 80 años en junio pasado, ya estaba enterado de esa suplantación y respondió: “No, no, no. Es alguien más. Están mal empleando mi nombre”.

Habermas añadió: “Mi correo electrónico no está disponible al público”. Como saben sus usuarios, Twitter no es un servicio de correo electrónico. Así que al venerable filósofo alemán ni siquiera le ha interesado enterarse de qué se trata.

Solamente con mucho voluntarismo se pudo haber creído que los mensajes en Twitter eran de Jürgen Habermas. Quienes conocen la obra de ese autor están al tanto de la densidad, a veces incluso adyacente con la confusión, que hay en sus escritos y categorías más conocidos. Se trata de un pensador, por añadidura alemán, proclive a la explicación densa y extensa: todo lo contrario a los 140 caracteres que, como máximo, se pueden escribir en un mensaje de Twitter.

La deliberación racional como elemento constitutivo de la esfera pública, que es una de las ideas clave en el pensamiento de Habermas,  sólo ocasionalmente se realiza en Internet. Abierta a contenidos de toda índole, dominada más por las trivialidades que por la reflexión, la Red de redes ha sido poco propicia para ese intercambio de razones. Algunos estudiosos, como el profesor Peter Levine, de la Universidad de Tufts, en Massachusetts, se han referido a Twitter para ejemplificar la idea de esfera pública propalada por Habermas. Pero el mismo Habermas ha expresado desconfianza acerca de las capacidades de Internet.

En un discurso que ofreció en 2006 al recibir un premio en Viena, Habermas manifestó: “El uso de Internet, ha ampliado y fragmentado, al mismo tiempo, los contextos de la comunicación. A eso se debe que Internet pueda tener un efecto subversivo en la vida intelectual dentro de regímenes autoritarios. Pero a la vez la vinculación cada vez menos formal, la reticulación horizontal de los canales de comunicación, debilita los logros de los medios tradicionales. Esto enfoca la atención de un público anónimo y disperso en asuntos y en información específicos, permitiéndole a los ciudadanos concentrarse en los mismos temas críticamente filtrados y en las piezas periodísticas en cualquier momento. El precio que pagamos por el crecimiento del igualitarismo ofrecido por Internet es el acceso descentralizado a historias no editadas. En este medio, las contribuciones de los intelectuales pierden su capacidad para enfocar un discurso”. (Ese fragmento de Habermas es comentado en un ensayo acerca de Internet como expresión y extensión del espacio público).

Así que, de haberse reconvertido en twittero, Habermas habría rectificado sus, por lo demás, atendibles reparos acerca de las limitaciones de Internet.

El anónimo suplantador que durante varias semanas les hizo suponer a varios miles que se trataba del filósofo alemán, colocó la noche del lunes (tiempo de México) dos últimos mensajes. Uno, dirigido a sus lectores, solicita: “Discúlpenme por hacerles creer (al menos a algunos de ustedes) que era Habermas”. El otro, para el autor suplantado: “Y finalmente, aunque no al último, por favor, prof. Habermas, discúlpeme por hacer que algunos le llamaran sólo para verificar”.

En todo caso más de 6 mil personas quisieron recibir, aunque fuera dosificados en un par de líneas o quizá por eso, pensamientos que creyeron eran de Juergen Habermas. En Twitter, como en el resto de Internet, hay de todo. También hay apetito por las ideas.

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Written by Raúl Trejo Delarbre

febrero 3, 2010 at 3:48 am

Publicado en Cultura, Medios

Tapabocas

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El tapabocas es nueva señal nacional de identidad. Tiene una función profiláctica pero también social y simbólica. Usarlo, desde el punto de vista que campea en las calles y los medios, es santo y seña de responsabilidad. A quienes prescinden del tapabocas se les considera negligentes o, peor aún, contaminadores potenciales. La epidemia de influenza ha mostrado algunas de las mejores virtudes de los mexicanos pero también, detonadas por el desconcierto y el miedo, propicia expresiones de intolerancia.

Traer tapabocas denota compromiso con los demás. Es una manera de asumirse parte de los amenazados pero también de los que resisten al riesgo. “Tras el tapaboca se puede leer si se asume el reto colectivo de reconstruir la salud pública o se milita en la indiferencia” escribió Rodrigo Morales. Millones de mexicanos se han aferrado al tapabocas como barrera entre el virus y la salud que todos queremos preservar. De las medidas de higiene que las autoridades sanitarias recomendaron desde el primer momento de la emergencia, el tapabocas se convirtió en recurso indispensable y, por eso, ha sido tan encarecido.

Repartir tapabocas fue tarea encomendada a miembros del Ejército Mexicano desde la semana antepasada. Podría suponerse que nuestros soldados tienen deberes más relevantes pero sobre todo más especializados. No es usual ver al Ejército en las calles de la ciudad de México pero nadie cuestionó esa labor que, al contrario, suscitaba sorprendidos agradecimientos.

La especulación con los tapabocas llegó al grado de que algunos vivales los vendían hasta en 50 pesos cada uno. Las autoridades judiciales dijeron que perseguirían la venta ilegal de ese producto pero ¿desde cuándo es legal la venta de cualquier artículo en la calle?

Los especuladores más avispados han sido los que, con propósitos políticos, se suben al tren de la angustia ciudadana poniéndose e incluso repartiendo tapabocas. El gobernador veracruzano Fidel Herrera, a pesar de las exigencias que enfrenta para que explique la contaminación en las Granjas Carroll, se dio tiempo para mostrar el “tapabocas jarocho”: un paliacate con cordones amarrados a cada lado. En varios estados, ahora que comenzaron las campañas formales rumbo a las elecciones de julio, hay quienes se han propuesto distribuir tapabocas con emblemas partidarios. Y en Ciudad Victoria, por hacer una broma insulsa al colocarse dos tapabocas simulando que eran un sostén, el diputado local Raúl Bocanegra desató la furia de los dirigentes del Partido Verde que aseguraron que lo van a expulsar por haber “faltado el respeto a la sociedad mexicana”.

Si se tratase de respetar a la sociedad, los líderes del PVEM tendrían un amplio inventario de faltas tan sólo con mirarse al espejo de sus acciones cotidianas. Pero la reacción arrebatada que tuvieron es emblemática de la mitificación que se hace del tapabocas. De instrumento para coadyuvar en la higiene contra la influenza, se ha convertido en emblema de la nueva idiosincrasia mexicana.

Afortunadamente la sociedad misma, acaso sin dejar de usarlo, hace del tapabocas motivo de ocurrencias y humor como se aprecia en chispeantes maneras para decorarlos. Los tapabocas con figuras, colores, diseños y gracejadas de lo más variadas, son muestra de la personalización que muchos, sobre todo jóvenes, hacen de ese instrumento. Y son expresión del rechazo a resignarse a la masificación que la emergencia subraya.

Los tapabocas son motivo de solidaridad, cuando se les obsequia o al menos en las comedidas recomendaciones para hacer tapabocas caseros. También han sido utilizados para engañar y robar, como ocurre con un misterioso asaltante en León al que se le imputan varios atracos.

Recurso de protección, distintivo en la contingencia, prenda de moda, el tapabocas para algunos es recurso incuestionable y casi mágico. Por eso causaron tanta desazón las declaraciones del doctor Miguel Ángel Lezana, director general del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades y que ha sido uno de los especialistas más comprometidos en el combate a esta epidemia.

Cuando el reportero Pablo Ordaz, de El País, fue a entrevistarlo a su oficina, encontró que nadie en esa área de la Secretaría de Salud usaba tapabocas. Es que son demasiado porosos para impedir el paso de las partículas pero, además, “es muy poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con ninguna superficie”, explicó el epidemiólogo. ¿Por qué entonces el gobierno ha repartido millones de ellos?, replicó el periodista. “Bueno, es más una demanda de la población. La gente se siente más segura llevándolas, más tranquila, y no les hace ningún daño” respondió el doctor Lezana.

No lo hubiera hecho. La reacción mediática brincó pronto del asombro al disgusto. ¿Cómo que los tapabocas no sirven? Lezana dijo simplemente que no bastan para contener al virus y reiteró las recomendaciones fundamentales: lavarse las manos, no tocarse el rostro, etcétera. La declaración del doctor Lezana era científicamente adecuada pero, en el clima de sobresalto y confusión que seguimos viviendo, resultó políticamente incorrecta. El tiempo le dará la razón aunque por lo pronto haya sido considerado, casi, como apóstata de esa nueva devoción nacional al tapabocas.

Por lo pronto la discusión ha llegado a espacios de seriedad incuestionable como el servicio en español de la BBC de Londres que se pregunta “¿Sirven para algo las mascarillas?” (y en donde las respuestas de varios científicos coinciden con la apreciación del doctor Lezana). El tapabocas es útil, pero no basta.

Más allá de tales aprensiones, o como expresión retozona de ellas, ya se conoce la Cumbia del tapabocas que hizo un grupo musical de San Luis Potosí. Y también, en ritmo de rap, mejor producido y más politizado, el video Ponte tapabocas. Están en YouTube y se pueden mirar… sin tapabocas

Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 4, 2009 at 5:16 am

Profesores reprobados

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emeequis, 25 de agosto

El concurso de selección para nuevas plazas en la SEP mostró las ingentes limitaciones de un magisterio mal preparado, reacio a desarrollar sus conocimientos, incompetente para enfrentar las responsabilidades cardinales que tiene con sus alumnos y el país.

Algunos medios dieron cuenta de los datos más generales, y de suyo contundentes, en la evaluación realizada por la SEP.

De 71 mil profesores que se presentaron a concursar por algo más de 8 mil 200 plazas, siete de cada diez no alcanzaron la puntuación requerida para acreditar el examen.

Sin embargo la situación es peor de lo que se ha dicho en distintos medios.

De esos 71 mil, algo más de 17 mil 600 son profesores que ya imparten clases en la educación básica pero que no cuentan con plaza fija. Otros 53 mil 400, son recién egresados de escuelas normales que buscan incorporarse a las tareas para las cuales estudiaron.

De los profesores en activo que presentaron el examen, 6 de cada 10 lo reprobaron de acuerdo con los parámetros de medición que establecieron la SEP y el sindicato. De quienes aspiraban a ingresar al servicio docente, la reprobación fue de 7 de cada 10.

Esos criterios disimulan una situación todavía más terrible. El examen al que se sometieron los 71 mil maestros tenía 80 preguntas. Pero quienes lo aprobaron no fueron necesariamente aquellos que alcanzaron más de la mitad de respuestas acertadas sino quienes recibieron más de 70 puntos, de acuerdo con un sistema de evaluación que adjudicó 100 puntos al examen que tuvo mayor cantidad de respuestas correctas en cada estado del país y en cada categoría del concurso.

Por ejemplo: el profesor en activo de todo el país que más aciertos logró trabaja en Guanajuato, compitió por una plaza de primaria y respondió acertadamente a 75 de las 80 preguntas. Esa cantidad de aciertos estableció el límite máximo de 100 puntos con el cual fue calificado el resto de sus colegas en esa categoría y en ese estado. Los dos profesores que le siguieron tuvieron 72 aciertos, que fueron equivalentes a 96 puntos. Otros dos tuvieron 71 respuestas correctas que significaron 95 puntos, y así hacia abajo.

Pero al establecer que la calificación al docente con más puntuación en cada estado y categoría determinaría el indicador para todos los demás, el examen abatió la calidad de los resultados, y de esa manera en la medición de la capacidad de los profesores, en las entidades donde los profesores padecen más deficiencias. En Chiapas, por ejemplo, la mejor calificación en el concurso para docente de matemáticas la obtuvo un profesor que acertó solamente a 29 de las 80 preguntas. Ese profesor, como fue menos malo que cualquiera de sus colegas en esa categoría, tuvo 100 puntos. El que le siguió, respondió adecuadamente a 28 de las 80 preguntas y, en la escala así establecida, alcanzó 97 puntos. El primero de ellos, es un profesor con casi 10 años de servicio. El otro, lleva 8 años dando clases.

El ejemplo que mencionamos no es el de las peores calificaciones. Hay profesores en activo que tuvieron 20 de 80 aciertos pero que aprobaron gracias a esa escala para calificarlos.

Las plazas disponibles, que son casi 5400 para los 7150 docentes en servicio que alcanzaron más de 70 puntos en todo el país, serán adjudicadas de acuerdo con criterios específicos en cada entidad.

Para los 704 profesores que superaron esa puntuación en Guanajuato, hay únicamente 66 plazas, así que la selección dejará fuera a la gran mayoría.

Pero en Chiapas concursaron únicamente 92 profesores, de los cuales 59 alcanzaron la puntuación necesaria. Y para los docentes de esa entidad hay 1103 plazas disponibles. Así que el profesor de inglés que solamente tuvo la cuarta parte de los aciertos posibles, o los de matemáticas que atinaron a 29 y 28 de 80 preguntas, tienen su plaza asegurada. La situación entre los egresados de escuelas normales y que apenas pretendían una plaza revela aun mayores deficiencias.

La secretaria general del SNTE le echa la culpa de esa desastrosa preparación a las autoridades de la SEP. Pero cuando en una entrevista le preguntaron cómo debía ser la formación de los estudiantes en México, dijo que le “gustaría contar con niños inventativos”. La declarativa, activa y ahora inventativa Elba Esther Gordillo, expresa palmariamente las carencias de un gremio refrenado por el sindicato que ella usufructúa.

Written by Raúl Trejo Delarbre

agosto 25, 2008 at 1:07 am

Publicado en Cultura

Inquietos intelectuales

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La Crónica, 3 de julio

Los 15 ciudadanos, todos ellos dedicados a tareas intelectuales, que en diciembre pasado solicitaron un amparo contra uno de los puntos de la reforma constitucional en materia electoral, se han inconformado porque la Suprema Corte de Justicia no ha resuelto acerca de esa petición. La justicia debe ser expedita, desde luego. Pero no puede dejar de tomarse en cuenta que existen pasos y plazos judiciales que en ese caso apenas se han venido cumpliendo. Primero, el amparo ha debido ser admitido por el juez ante el que se presentó. Más tarde, la Suprema Corte resolvió estudiar si le daba entrada, o no, a ese y otros amparos similares. En eso están los magistrados. Sin embargo con motivo de la queja de Los Quince las cadenas nacionales de televisión desataron una nueva andanada de estrépito y distorsiones contra la Suprema Corte, a cuyos integrantes no les perdonan la decisión que hace un año desbarató la Ley Televisa.

Habitualmente perspicaces y siempre respetables, Los Quince intelectuales inconformes con un aspecto específico de la reforma constitucional no han parecido estar interesados en las consecuencias políticas de ese reclamo. No les han inquietado los nada desinteresados respaldos que esa causa ha encontrado en los consorcios comunicacionales. Tratándose de ciudadanos tan inteligentes y atentos a los asuntos públicos, esa coincidencia tendría que estarles preocupando pero no parece que ocurra así. Apenas ayer, en Milenio, Héctor Aguilar Camín publicó un claro deslinde respecto de Televisión Azteca en donde se ha dicho que la reforma constitucional convierte a México en una dictadura o algo así.

Resulta demasiado esquemático suponer que todo asunto que concite el aplauso de Televisa y Televisión Azteca resulta, solo por eso cuestionable y sospechoso. Pero en este caso vale la pena preguntarse por qué esos consorcios, que han conculcado, expropiado y acaparado como ningún otro organismo o institución la libertad de expresión en este país, ahora respaldan a quienes están convencidos de reivindicar esa libertad. Esa es una implicación que Los Quince promotores de la demanda de amparo todavía no explican.

La reforma constitucional promulgada en noviembre pasado establece que solamente la autoridad electoral podrá ordenar la transmisión de propaganda en radio y televisión, utilizando para ello el tiempo del cual dispone el Estado en esos medios. Ni los partidos, ni organización o persona alguna, podrán comprar tiempos, para esos fines, en los medios electrónicos.

A Los Quince ciudadanos les parece que la imposibilidad para comprar espacios de propaganda en radio y televisión conculca su libertad de expresión. Se refieren a la adición, incorporada a uno de los nuevos apartados del Artículo 41 Constitucional, que establece:

“Ninguna otra persona física o moral, sea a título propio o por cuenta de terceros, podrá contratar propaganda en radio y televisión dirigida a influir en las preferencias electorales de los ciudadanos, ni a favor o en contra de partidos políticos o de candidatos a cargos de elección popular. Queda prohibida la transmisión en territorio nacional de este tipo de mensajes contratados en el extranjero”.

Como sosteníamos aquí mismo, el pasado jueves 3 de enero, los espacios de discusión e información seguirán existiendo en medios de toda índole, y desde luego también en televisión y radio. La libertad para expresarse en ellos no varía, porque nunca ha dependido de la posibilidad de comprar tales espacios. Desde hace más de una década la legislación electoral prohíbe a los particulares la compra de propaganda de esa índole en medios electrónicos. Lo que hacen ahora la reforma constitucional y las adiciones al Código Electoral es señalar sanciones a quienes infrinjan esa taxativa.

La demanda de amparo de Los Quince padece numerosas imprecisiones y exageraciones. Tomemos por ejemplo uno de los párrafos, acotado por el farragoso tono del alegato jurídico, en donde sintetizan algunas de sus posiciones y que aparece en la página 69 de su solicitud de amparo: “desde el momento mismo en que el artículo 41 constitucional reformado modifica los valores superiores de la democracia deliberativa y limita a los hoy quejosos el ejercicio libre de su autonomía para expresarse, informar y generar la discusión pública sobre los temas que interesan a la sociedad; desde el momento mismo en que el citado artículo 41 reformado impone a los quejosos la obligación inmediata de abstenerse de contratar espacios en los medios de comunicación masiva, radio y televisión, en los que  promuevan el debate público sobre la dirección social y donde prevalezcan los principios más que los intereses; y desde el momento mismo en que la reforma constitucional desalienta el ejercicio democrático, en tanto que éste exige la deliberación libre y pública sobre los méritos de las políticas a adoptar en el ámbito público; resulta que esta modificación constitucional altera y frustra el derecho humano a la libre expresión de las ideas y, por consecuencia, del derecho a informar”.

La democracia deliberativa supone espacios y libertad, pero también condiciones de equidad para la discusión pública. El apartado que inquieta a Los Quince, lejos de trastocar los valores de esa democracia los solidifica. Se trata de que el peso del dinero de quienes podrían contratar espacios en radio y televisión no se convierta, como ya ha sucedido en México, en un factor disruptivo de tal equidad.

A los quejosos no se les limitan sus posibilidades de expresión en ningún medio. Lo único que no podrán hacer es pagar dinero por opinar en medios electrónicos. De hecho, varios de los demandantes se encuentran en la situación inversa: a ellos las televisoras o radiodifusoras les pagan por opinar. Así, y qué bueno, seguirá ocurriendo.

El ensortijado lenguaje jurídico del párrafo antes citado conduce a serios resbalones conceptuales. La reforma constitucional no impone una “obligación inmediata” sino una restricción, que no es lo mismo. Y en los espacios que no se podrán contratar podría haber no solo mensajes edificantes y nobles sino, antes que nada, de acuerdo a la experiencia mexicana reciente, contenidos muy lejanos de los principios democráticos.

Sin embargo, debido a esa sustitución de la precisión jurídica por la ambigüedad retórica, el alegato de Los Quince vuelve premisa –sin haberla demostrado– una de sus presuntas conclusiones: “la reforma constitucional desalienta el ejercicio democrático”. Si ese ejercicio dependiera de la capacidad de los particulares para pagar anuncios en televisión y radio indudablemente estaríamos ante una situación grave. Pero lo que hace la reforma constitucional es liberar al sistema político de la dependencia creciente que ha experimentado respecto de los medios electrónicos.

Por eso, sostener que la mencionada modificación “altera y frustra” la libre expresión de ideas no solamente es, por decirlo de manera leve, exagerado. Además coloca a quienes suscriben ese documento al borde de una lamentable abdicación intelectual. La mayor parte de Los Quince firmantes de esa demanda son ciudadanos que han tenido enormes méritos por su quehacer intelectual, es decir, por la elaboración y propagación de ideas con inteligencia y calidad expresiva. Es una pena que demeriten indirectamente ese notable trabajo al sostener que la falta de spots en televisión y radio impedirá la circulación de ideas en la sociedad mexicana: como si las ideas y la creatividad que varios de ellos mismos han aportado a la cultura y la deliberación mexicanas pudieran reducirse a 20 segundos en televisión. Tampoco la información que requiere la sociedad mexicana depende de los anuncios políticos pagados por particulares.

El apartado constitucional impugnado por esos ciudadanos prohíbe la contratación de propaganda en medios electrónicos pero no es del todo claro si solamente durante campañas electorales, o en todo momento. El jurista Pedro Salazar, en un acucioso texto que apareció en Nexos de mayo, explica ese flanco equívoco de la reforma del año pasado.

Otro tema, que Los Quince no impugnaron en su demanda de amparo aunque varios de ellos lo han mencionado como si formase parte de ella, es la proscripción, consecuencia de la misma reforma, a las expresiones que en la propaganda de los partidos “denigren a las instituciones y a los propios partidos”. La ambigüedad de esa disposición ha llevado a la autoridad electoral a excederse al calificar los anuncios de varios partidos políticos.

Precisar si la prohibición para contratar propaganda en medios electrónicos es permanente o solo en épocas de campañas y definir los alcances de la denigración entre partidos, podrían ser dos temas que acoten, sin trastocarla, la reforma constitucional en materia electoral. Lamentablemente Los Quince impugnadores de uno de los temas de esa reforma, tan puntillosos como han sido, no se han preocupado de esos otros aspectos.

ALACENA: Gabriel Sosa Plata

Intolerantes ante una mirada crítica que no los favorece como quisieran, algunos directivos y empleados del Grupo Imagen desataron una andanada de descalificaciones contra el maestro Gabriel Sosa Plata, prestigiado profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana y uno de los más laboriosos analistas de las telecomunicaciones y los medios en nuestro país. El martes de la semana pasada, en su columna de El Universal, Sosa Plata se refirió a las irregularidades que precedieron, hace dos años, a la venta de los derechos de transmisión del Canal 28. En aquel tiempo la injerencia de Marta Sahagún y su marido para propiciar esa transacción fue comentada en numerosos medios.

Al día siguiente, miércoles 25, el director de Grupo Imagen, Ernesto Rivera, envió a ese periódico una carta en donde, lejos de hacer precisiones a la información publicada por ese investigador, intentó desacreditarlo debido a la relación profesional que un hermano de Gabriel Sosa Plata tuvo con el gobierno anterior. Y ese día en Excélsior, diario propiedad de Imagen, en un texto tan vergonzoso que fue retirado y modificado en el sitio web de ese periódico, la comentarista Yuriria Sierra también eligió la vía del ataque personal contra dicho académico.

La seriedad de Sosa Plata, verificada en sus libros y ensayos, en la meticulosidad de sus textos periodísticos y en el respeto que se ha ganado durante años, no se vulnera con esos infundios. En Grupo Imagen hay comunicadores responsables y profesionales. Otros, lamentablemente, prefieren la alharaca y la intolerancia para responder ante opiniones y datos que no les gustan.

Written by Raúl Trejo Delarbre

julio 3, 2008 at 2:46 pm

Publicado en Cultura, Elecciones, Justicia

Indispensable Pereyra

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La granja

Nexos, junio de 2008

Sus amigos más antiguos le decían filósofo y lo era en el sentido más pleno: amigo de la sabiduría, entendida no como conocimiento escolástico sino como avidez constante para observar y, así, entender la realidad. Carlos Pereyra estudió y enseñó Filosofía, campo en el que se le reconocía por su interés crítico en el marxismo y más tarde en la reflexión sobre la democracia. Pero la búsqueda de la verdad lo llevó a interesarse, cada vez con más agudeza, en las fuerzas de la sociedad.

Tensiones en el sindicalismo, vicisitudes políticas en los estados, corrientes renovadoras en la iglesia, fundamentalismos de las derechas y desde luego extravíos de las izquierdas y antes que nada arbitrariedades del régimen priista, formaron parte del pertinente elenco de preocupaciones que Pereyra documentaba, con ostensible rigor crítico, en sus abundantes colaboraciones en diarios y revistas.

Hijo de emigrados argentinos, Carlos Alberto Pereyra Boldrini –Tuti, le apodaron desde niño– nació México en agosto de 1940. Murió el 4 de junio de 1988. Estudió en el Colegio Alemán. Todavía no entraba a la Universidad cuando presencia las movilizaciones de los ferrocarrileros y maestros que pugnaban por la autonomía sindical. Inicialmente se inscribe en la Facultad de Economía de la UNAM pero luego cambia, en 1961, a la de Filosofía y Letras. El vallejismo y la revolución cubana animan y condicionan la política de izquierdas en aquellos años. Pereyra participa en la Juventud Comunista, a la vez que en grupos de solidaridad con luchas latinoamericanas.

Pereyra pasa por el entonces perseguido Partido Comunista y luego por la heterodoxa Liga Comunista Espartaco. En esos y otros espacios constata cuán resistentes a la autocrítica y al cuestionamiento de los grandes dogmas llegan a ser simpatizantes y militantes de izquierdas cuando se consideran amparados por una coartada histórica.

En aquellos años de transición cultural al tiempo que de cerrazón política, afianza la convicción en la democracia que más tarde sería eje de su pensamiento teórico y político. A diferencia del marxismo dogmático que proponía la inevitabilidad de la Revolución siempre y cuando hubiera contradicciones suficientemente recrudecidas entre las clases antagónicas de la sociedad, Pereyra supo entender que el cambio social y político era resultado de la conjugación de circunstancias complejas. No hay un agente capaz de, providencialmente, determinar el rumbo de la historia. Ese reconocimiento, que ahora puede resultar elemental, no lo era tanto en épocas en las que la izquierda, atomizada en sectas tan voluntaristas como mutuamente enemistadas, creía disputar la conducción de la clase obrera como vía infalible a la transformación socialista.

Pereyra aborrecía ese clima de autocomplacencia pero trataba de entenderlo como parte de una cultura política que las izquierdas no superaban. Desde entonces, como relataría más tarde su camarada de toda la vida Adolfo Sánchez Rebolledo, “critica cuantas veces puede esa paulatina degradación del fondo ético e ideológico de quienes se autocalifican representantes de una vanguardia esclarecida, cuyo radicalismo tampoco será vacuna infalible contra el oportunismo más vulgar, si la hora se ajusta”.

La alternativa a esas limitaciones Pereyra las encuentra en el sindicalismo democrático. A mediados de los años 60 comienza a escribir en la revista Solidaridad, del entonces Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana. No dejaba de ser algo extraño encontrar, entre reseñas de movilizaciones y discursos de líderes sindicales, textos sobre el concepto de hegemonía en Gramsci o acerca de la idea de sociedad civil. Pereyra escribía esos artículos con el seudónimo “Manuel Gálvez”.

Desde entonces cultiva una relación de afecto y respeto mutuos con Rafael Galván, el dirigente de aquel sindicato que años más tarde sería la columna vertebral de la Tendencia Democrática de los electricistas. Su relación con ese movimiento le daba aire frente al enrarecimiento de las izquierdas. En 1972 participa en la creación de Punto Crítico, revista y a la vez grupo político con el que se identificaban los dirigentes no comunistas del movimiento de 1968, varios de los cuales acababan de ser excarcelados. Sin embargo se aparta de esa publicación, aunque no de la amistad con varios de sus promotores, cuando la revista difunde comunicados de la guerrilla que surgía en algunos sitios del país.

Años más tarde “Tuti” Pereyra contribuye a la reflexión que daría lugar al Movimiento de Acción Popular, efímero grupo que reunía a dirigentes sindicales y de los movimientos universitarios, entre otros. Si el MAP tuvo notoriedad fue porque apostaba al debate de ideas, terreno en donde las aportaciones de Pereyra eran fundamentales pero muy pronto desapareció para, en 1981, formar parte del nuevo Partido Socialista Unificado de México.

Pereyra decidió que su contribución al PSUM consistiría fundamentalmente en colaborar con el órgano de prensa del partido, llamado Así Es, nombre reveladoramente imperioso. Cada semana lo veíamos llegar puntualísimo a las oficinas del periódico en donde elegía un rincón en la mesa de redacción, sacaba algunos recortes de prensa, encendía uno de sus infaltables cigarrillos y se ponía a escribir a lápiz columnas de incomprensibles símbolos taquigráficos. El texto así pergeñado, él mismo lo mecanografiaba en impecables cuartillas. Sus temas eran los de actualidad nacional: movimientos sociales, el debate político, las grandes asignaturas en la educación, la economía, los medios.

A Pereyra no le interesaba especialmente influir en las discusiones dentro de la izquierda sino contribuir a crear un contexto de mayor amplitud, capaz de ensanchar las miras del quehacer político. Sin embargo, como describió José Woldenberg, seguía las vicisitudes partidarias con entereza más que franciscana: “Recuerdo a Carlos Pereyra en las reuniones del Consejo Nacional del PSUM. Escuchaba las interminables listas de oradores con atención y, de vez en vez, emitía un comentario sarcástico sobre el nudo de la discusión. Era, si no mal recuerdo, el único que sin formar parte del Consejo Nacional acudía, casi sin falta, a esas dilatadas sesiones en donde se procesaba aquel original proyecto de unificación de la izquierda mexicana”.

Aunque las había conocido hasta el hartazgo, a Pereyra quería entender las pulsiones y contradicciones de esas izquierdas que en aquellos años, por lo demás, parecían capaces de construir una alternativa dentro del escenario político mexicano. Ese apego, lejos de cancelar, nutría su cuestionamiento crítico entre otros motivos debido a la miopía que las izquierdas mexicanas habían decidido tener respecto del llamado bloque socialista. Carlos Monsiváis lo explicó de manera tan clara que pareciera que no se refería solamente al Tuti sino a muchos pensadores más, frecuentemente encajonados entre la solidaridad y la realidad: “A Pereyra ciertamente le resultó costoso, anímica y políticamente, trabajar dentro de una izquierda que asimiló con tal lentitud la monstruosidad del socialismo real. Se distanció del sovietismo de los comunistas… se opuso a la consigna sacra del proletariado, ‘única clase revolucionaria’, y fue muy crítico del marxismo oficial y las represiones a su nombre, pero no obstante eso debió cargar con una limitación severa, no culpa suya sino de la izquierda, que al no criticar frontalmente el universo totalitario en Moscú o La Habana, desbarataba su vertiente humanista, algo central en el pensamiento de Pereyra”.

Cuatro libros condensan las claves del pensamiento de Pereyra. Política y violencia (FCE, 1974) polemiza con las concepciones instrumentales del Estado y con las posiciones fatales acerca del cambio social. Configuraciones. Teoría e historia (Edicol, 1979) entiende a la historia como un proceso ajeno a determinismos y sometido a múltiples influencias. El sujeto de la historia Alianza Editorial, Madrid, 1984, profundiza esa discusión contra las concepciones teleológicas de la historia. Sobre la democracia (Cal y Arena, 1990) reúne, póstumamente, una selección de sus ensayos teóricos y políticos.

En el campo académico Pereyra coordinó, en los años 80, el Colegio de Filosofía de su Facultad. Además de autor riguroso, era profesor diligente. Uno de sus alumnos, Carlos Castillo Peraza, escribió hace dos décadas: “Pereyra era cumplido y puntual. Jamás aprovechó la cátedra para otra cosa que no fuera la entrega seria, serena y magistral de las lecciones que le estaban encomendadas”.

Pero el mejor testimonio de esa retroalimentación que buscaba en la realidad cotidiana para nutrir su reflexión teórica, se encuentra en sus artículos de prensa. Pereyra encontró en el periodismo la holgura que le negaba la política. Adolfo Sánchez Rebolledo lo ha dicho de manera puntual: “la claridad de Carlos es el resultado de un paciente trabajo, acompasado al ritmo de un razonamiento instruido y lógico. Pero es también expresión de una necesidad interior igualmente temprana y auténtica: Carlos aspira a insertarse en el mundo de las ideas, en este caso de la palabra escrita, para intervenir directamente en el movimiento real de las cosas” (subrayado en el original).

La pasión de Pereyra por el periodismo comenzó a mediados de los 60, cuando hizo reseñas cinematográficas para la revista Política que dirigía Manuel Marcué Pardiñas. Muchas de sus colaboraciones aparecían sin firma, pero en los ejemplares de 1965 y 1966 es posible encontrar algunas notas suscritas con las iniciales CP. A la película “El día y la hora” de René Clement –acerca de una mujer adinerada que se ve involucrada en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra– aquel comentarista la consideró demasiado distante del argumento: “La mera estructuración coherente de un relato, por más escenas bien logradas que tenga, no es suficiente para conseguir que sea acertada la narración de una anécdota. La peculiar forma con que el arte capta la realidad exige cierta totalización, una capacidad del artista para hacer trascender su relato y aprehender alguna dimensión humana”.

Desde fines de los años 60 Pereyra había colaborado, con reseñas de libros, en “La cultura en México” de la revista Siempre!. En marzo de 1972, cuando Carlos Monsiváis se hace cargo de ese suplemento, Pereyra se integra al consejo de redacción en donde permanece casi 10 años. Entre agosto de 1972 y marzo de 1975 colabora semanalmente en Novedades, de donde sale para incorporarse a Excélsior hasta los acontecimientos que desplazan de ese diario a Julio Scherer. Pereyra escribe para el semanario Proceso entre noviembre de 1976 y fines de 1981, primero cada semana y luego con ensayos que aparecían cada mes y en los cuales dejaba de padecer las limitaciones de espacio del artículo estrictamente periodístico.

En 1974 aparece Cuadernos Políticos, revista trimestral de Editorial Era en donde Pereyra, tanto en el comité editorial como en ensayos polémicos y pioneros, aporta notables dosis de amplitud e inteligencia. En 1978 participa en la fundación de Nexos en donde “miembro del consejo editorial, autor, promotor, crítico, nos acompañó siempre con una cercanía entrañable que nunca dejó de lado el rigor intelectual” según rezaba la presentación a una selección de contribuciones suyas a la revista, publicada a la muerte del filósofo (Nexos 127, julio de 1988).

También en 1978 surge unomásuno en donde Pereyra escribe hasta 1983, cuando junto con otros periodistas y colaboradores sale de ese diario para fundar La Jornada un año más tarde. En esos diarios, así como en el semanario Punto en donde escribió entre 83 y 84, Pereyra despliega la crítica rotunda que harían a sus textos indispensables para entender rutinas y rezagos del cambio político.

Pereyra no transigía con demagogias ni dogmatismos de ninguna índole. Lo mismo cuestionaba las prácticas corporativas del priismo que de algunos movimientos pretendidamente populares; le inquietaban los autoritarismos de las derechas confesionales y mediáticas tanto como los que encontraba en partidos y agrupaciones de izquierdas. Su último artículo en La Jornada apareció el 4 de mayo de 1988.

Polemista inclemente en las discusiones políticas y académicas, Pereyra sabía entender a las circunstancias en sus contextos, sin estridencias y con una serenidad que en los momentos más difíciles contrastaba con la costumbre, tanto de la política como del periodismo, a exagerar los conflictos. Sus textos tenían la contundencia del dato duro y la argumentación ordenada. Tanto que, según relata Sánchez Rebolledo, el poeta Efraín Huerta alguna vez le encareció: “un adjetivo, Tuti, un adjetivo de vez en cuando”.

Seguramente Pereyra, igual que acostumbró años más tarde, habrá contemplado a su interlocutor con una mirada juguetona, le habrá dado una reposada bocanada al Raleigh, se habrá encogido de hombros y habrá proseguido su discusión, que cuando se trataba de asuntos políticos era severa pero que en cuestión de deportes –era un filósofo con inteligencia suficiente para interesarse en el futbol– resultaba implacable.

Referencias

-Carlos Castillo Peraza, “Carlos Pereyra: In Memoriam”. La Jornada, 7 de junio de 1988.

-C.P., “El día y la hora”. Política, número 124, 15 de junio de 1965.

-Carlos Monsiváis, “Carlos Pereyra: ‘compañero, gracias por el ejemplo’ ”. Masiosare, suplemento de La Jornada, 21 de junio de 1998.

-Adolfo Sánchez Rebolledo, “Carlos Pereyra. Trazos desde la utopía”. Economía informa. Números 174 y 175, Facultad de Economía de la UNAM, mayo y junio de 1989.

-José Woldenberg, “Carlos Pereyra”. etcétera, número 279, 4 de junio de 1998.

Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 30, 2008 at 1:13 am

Monsiváis y La cultura en México

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Ver también: Monsiváis, pedagogo y periodista

Zócalo, junio de 2008

Siempre merecidos, nunca suficientes, en la gran mayoría de los abundantes homenajes que se le han dedicado a Carlos Monsiváis con motivo de sus 70 años se ha omitido una de sus facetas más creativas, valiosas e incluso política y culturalmente innovadoras y pedagógicas. Me refiero a su papel como editor del suplemento que mantuvo durante 15 años en la revista Siempre!

Él mismo ha subestimado la importancia de aquel suplemento pero sus lectores de entonces no podríamos hacerlo. En una entrevista en 1998 le preguntaron y contestó:

-A Benítez se le acusó de mafioso, a Octavio Paz… ¿Cómo respondió usted cuando lo acusaron de lo mismo?
-¿Qué se responde a eso? Los que se sienten excluidos elaboran su infierno o su paraíso perdidos. En mi caso me parece obvia la imposibilidad de ser siquiera un modesto cacique. Mi etapa desdichada fue como director de un suplemento cultural, porque no es un trabajo para el que yo sirva. Tengo espíritu de colaborador, no de editor, y cuando dirigí (o algo similar) el suplemento La Cultura en México entonces cometí numerosos errores, precisamente por no percatarme de las funciones del editor. Pero tuve suerte, o como se le diga, al haber colaborado antes con personas de gran generosidad y ausencia de autoritarismo: el doctor Elías Nandino, en la revista Estaciones; Fernando Benítez, en los suplementos; Jaime García Terrés, en Difusión Cultural. Y también el trabajo en el suplemento La Cultura en México fue posible gracias a Héctor Aguilar Camín, José Joaquín Blanco, Rolando Cordera, Carlos Pereyra, Adolfo Castañón, José María Pérez Gay, Alberto Román, Roberto Diego Ortega y Antonio Saborit, entre otros. Los cito porque lo valioso de esa empresa fue el trabajo en equipo [i].

Él, con ese equipo, se tomó muy en serio su labor como editor del suplemento cultural más útil e influyente que ha existido en la prensa mexicana. En marzo de 1972, Carlos Monsiváis se hizo cargo de “La Cultura en México”, el suplemento de la revista Siempre! que Fernando Benítez había iniciado diez años antes, cuando encontró la hospitalidad de José Pagés Llergo para proseguir la publicación de un espacio semanal que le había sido clausurado en Novedades. En la primera fase de su gestión a cargo del suplemento, Monsiváis estuvo acompañado por David Huerta, Rolando Cordera y Carlos Pereyra.

La amplitud temática y la vocación política que sin demérito de la densidad cultural animaron a ese suplemento, lo hicieron lectura indispensable para varias generaciones. En una época de casi unánime cerrazón en la prensa mexicana, el suplemento cultural de Siempre! fue uno de los pocos espacios en donde encontraron sitio recuentos y denuncias de arbitrariedades del poder (como la represión a diversos movimientos sociales en la difícil fase posterior al 68 ) y las experiencias de organización sindical y popular que habrían de tener fuerte efecto en la democratización mexicana de las siguientes décadas.

Reseña de una sociedad

que lidiaba con la intolerancia

En octubre de 1973 el consejo editorial del suplemento queda conformado por Jorge Aguilar Mora, José Joaquín Blanco, Rolando Cordera, David Huerta, Héctor Manjarrez, Carlos Pereyra, Vicente Rojo y Carlos Monsiváis que coordina la semanal organización editorial. En esa etapa la crítica política va de la mano de la crítica cultural, en ocasiones a cargo de autores que encuentran en las páginas del Suplemento su primera oportunidad para publicar y junto con abundantes traducciones de textos estadounidenses y europeos que de otra manera no habríamos conocido en México, al menos con tanta oportunidad.

La tarea que Monsiváis desempeña como editor del suplemento contribuiría a moldear el panorama de la cultura mexicana en ese tiempo y la idea misma del quehacer cultural que tenemos quienes aprendimos en las páginas de esa publicación. La presentación de novedades editoriales y de la reflexión social contemporánea se alternaba con la ironía de La Doctora Ilustración (cuyo “Consultorio” es antecedente de “Por Mi Madre Bohemios”) y con la reseña de una sociedad que cambiaba a pesar de la esclerosis del poder. El tono antisolemne prevalecía en la presentación incluso de asuntos de la mayor gravedad, con encabezados como los siguientes:

“Sobre el cadáver del último campesino redactaremos el siguiente amparo” en un texto sobre los nuevos movimientos agrarios.

“El Estado es fuego, la derecha estopa, viene el diablo y sopla” en un ensayo acerca del Consejo Coordinador Empresarial.

“Y en contra de nosotros mi madre como un dios”, en la reseña de una película.

“Polvo eres y en verso te convertirás”, para comentar un libro de poesía.

Se trataba no de un acercamiento fresco y valiente, si se toma en cuenta el contexto nacional que no era precisamente tolerante. Ese estilo, además, implicaba una concepción del quehacer cultural equidistante tanto del elitismo de quienes ceñían la cultura solamente a la ópera y a la literatura clásica, como del populismo de quienes consideraban que el compromiso social debía llevar al intelectual a realizar una obra panfletaria.

El suplemento y sus editores, fueron continuación de la metamorfosis cultural que se atisbó en los años sesenta y que se extendió en el público que surgía del ensanchamiento de las clases medias y la masificación de las universidades en los inicios de los setenta. Monsiváis entendió bien el equilibrio entre política y cultura y eludió con perspicacia los riesgos y tentaciones del prestigio que podía alcanzar el intelectual. En 1975 escribió que una de las consecuencias de la conmoción producida en 1968, era el derrumbe de “el mito, tan florecido, del intelectual como ‘conciencia crítica’ ” [ii]. Allí describía el desplazamiento de los intelectuales tradicionales por una nueva generación menos hierática pero quizá de mayor vocación universal: “Lo que los sesentas habían dejado era una atmósfera cargada de fe en las potencialidades del trabajo intelectual y artístico (la tesis de la ‘palabra enemiga’, por ejemplo, la idea del escritor como conciencia del país). Esta confianza exigía un tratamiento especial, demandaba un lugar de privilegio. Al no obtenerlo de un público progresivamente alejado de la reverencia ante la Cultura e inmerso en la reverencia ante la Política, muchos intelectuales se decidieron por lograr ese reconocimiento donde lo había (en el gobierno) y no dejaron ingenuamente de extrañarse al ver que el público (su público) no respondía ya a sus exhortaciones)” [iii].

La Cultura en México fue un espacio que nutrió la necesidad de lectura de calidad de un público que, en efecto, ya no se identificaba con la cultura ampulosa ni con la disociación entre creación y reflexión y, por otra parte, la mundana política. Pero tampoco fue complaciente con sus lectores. La propuesta de enfoque analítico y de gusto cultural que el suplemento fue perfilando, se nutrió en el trabajo de un núcleo básico encabezado por Monsiváis y con ramificaciones suficientes para nutrir la publicación semanal.

En 1977 al grupo editor de La Cultura en México se incorporan Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, José María Pérez Gay y el diseño, que diagramaba Vicente Rojo, queda a cargo de Bernardo Recamier. A fines de ese año Jorge Aguilar Mora, David Huerta y Héctor Manjarrez renuncian a ese consejo de redacción.

Inteligente conciliación

entre política y cultura

El suplemento llegó a los 800 números en junio del 77 y cuatro meses antes había cumplido 15 años desde que había sido fundado por Fernando Benítez. Los editores refrendaron “una vocación de origen: ni los varios relevos editoriales, ni los cambios de modas, colaboraciones y cariños, han apartado de La Cultura en México aquella sana teoría inicial que se negó a separar la cultura de la política, la crítica de la convicción, el ejercicio intelectual del periodismo, la indignación del humor, la literatura de la sociedad” [iv].

En esa misma edición, otra nota de la Redacción precisaba su compromiso social: “Como a todos, a quienes hacemos este suplemento nos comprometen no sólo las lecciones y herencias del 68, sino las diarias enseñanzas y legados de la disidencia democrática, del sindicalismo independiente, de la represión en el campo, de la organización de las colonias populares, de la renovación académica, de la tragedia nacional del desempleo. El entusiasmo fetichista por la ‘alta cultura’ (que nada tiene que ver con los verdaderos y necesarios ofrecimientos de la alta cultura y que recubre en la mayoría de los casos los argumentos de la despolitización y el oportunismo) ha exhibido su impotencia final y, en este momento, está ya de más en un periodismo cultural que no se concentre en preparar y disponer el servicio a las mayorías mientras estimula el temperamento crítico y la apreciación creativa de esas minorías, ahora su público natural” [v].

Conciliar cultura con política no siempre fue sencillo, sobre todo por la tentación de muchos autores en el México de aquellos años (y según abundantes evidencias todavía en el de la primer década del nuevo siglo) para suponer que la enjundia ideológica podía sustituir al mérito literario. El Suplemento lo consiguió, bajo la conducción prudente y gozosa de Monsiváis, que en esos años se dio el lujo de publicar una incontable nómina de firmas en textos tomados de publicaciones de otros países, desde W.H. Auden, Hanna Arendt, Jean Baudrillard, Walter Benjamin y Roland Barthes, pasando por E.M. Cioran, Hans Magnus Enzensberger, Michel Foucault, Herbert Marcuse, Henri Miller, Roman Jakobson, Norman Mailer y Vladimir Nabokov, hasta Leonardo Sciascia, Gore Vidal y Marguerite Yourcenar.

Esas firmas entre muchas otras le daban consistencia al suplemento, junto a colaboradores frecuentes como Ignacio Almada, Luis Ángeles, Hermann Bellinghausen, José Blanco, Felipe Campuzano, Luis Cardoza y Aragón, Ricardo Castillo, Arnaldo Córdova, Elías Corro, Ramón Cota Meza, Oliver Debroise, Roberto Escudero, Manuel Fernández Perera, Carlos Fuentes, Héctor Gally, Jaime Goded, Gustavo Gordillo, Luis González, Gilberto Guevara, Hugo Gutiérrez Vega, Mauricio Hammer, Luis Hernández, Salvador Hernández, Alejandro Katz, Juan Felipe Leal, Daniel López Acuña, Eduardo Mejía, Felipe Mejía, Julián Meza, Eliezer Morales, Beatriz Novaro, Abraham Nuncio, Francisco Pérez Arce, Sergio Pitol, María Antonieta Rascón, Jaime Reyes, Alvaro Ruiz Abreu, Adolfo Sánchez Vázquez, Paco Ignacio Taibo, Paloma Villegas, José Woldenberg y Emma Yanes.

La crítica de cine estaba a cargo del siempre drástico Jorge Ayala Blanco; la de teatro la hicieron Félix Cortés Camarillo y Fernando de Ita; el comentario de música Yolanda Moreno Rivas y Raúl Cosío; las reseñas entre otros, Miguel Angel Quemain; la crónica de asuntos sociales Javier Aranda Luna y Dolores Campos.

Además de ese grupo de autores que entresacamos de las páginas del suplemento en los años setenta y parte de los ochenta, los miembros de su consejo de redacción publicaban sus propios textos con mucha frecuencia. En febrero de 1978 Luis González de Alba se incorpora a ese consejo del cual, a su vez, en mayo de 1979 sale Héctor Aguilar Camín “por compromisos de diversa índole”. En esa ocasión se añaden Luis Miguel Aguilar y Antonio Saborit.

Vida cotidiana, polarización

ideológica, feminismo

El recambio generacional se completó en diciembre de 1981 con la incorporación al consejo de redacción del suplemento de Alberto Román, Rafael Pérez Gay y Sergio González Rodríguez. En esa ocasión dejan de formar parte del consejo Carlos Pereyra, Rolando Cordera y Adolfo Castañón. Al comenzar 1983 se añade Enrique Mercado.

En julio de 1978, cuando la revista Siempre! cumplía un cuarto de siglo, el suplemento que había ocupado sus páginas centrales durante más de 16 años pudo hacer este balance: “Tal vez no sea aventurado decir que algunas de las corrientes más renovadoras del actual periodismo mexicano tuvieron su origen en estas páginas. Y es un hecho que algunos de los libros más importantes de la década –en poesía y narrativa pero sobre todo en el ensayo literario y político– aparecieron originalmente como colaboraciones de nuestro Suplemento” [vi].

El balance más completo de la década a cargo de Fernando Benítez (que dirigió el suplemento de 1962 a 1972) lo hizo Carlos Monsiváis cuando “La Cultura en México” cumplió mil ediciones, el 27 de mayo de 1981. De su propia etapa Monsiváis escribió poco en aquel ensayo, pero señaló las que consideraba características centrales del desarrollo cultural en los años setenta. Entre ellas, mencionaba:

“ Creciente polarización ideológica, sobre bases falsas y verdaderas, que se traduce en polémicas, distanciamientos y oposiciones reales y/o inventadas. Una muy notoria, la existente entre alta cultura y cultura popular.

“ Crecimiento de la industria editorial (fortalecida con la emigración sudamericana). Paralelamente, multiplicación de publicaciones culturales: Plural (primera época), Vuelta, Nexos, Sábado (dirigido por Benítez)… todo esto describe un panorama cultural donde ya ningún grupo detentará ‘la mejor publicación’. La pluralidad apunta hacia una democratización cultural creciente.

“ Influencia predominante del marxismo en las universidades. Auge de las corrientes estructuralistas. Introducción de una nueva problemática a través de figuras culturales: Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guattari, R.D. Laing, David Cooper, Iván Ilich, Susan Sontag, Rudolf Bahro, Karel Kosik, Leszek Kolakowski, Gore Vidal, Pier Paolo Passolini, Louis Althusser, Agnes Heller.

“ Importancia notoria del tema de la vida cotidiana, tanto en la militancia como en la vida intelectual.

“ Presencia del feminismo, que introduce vocablos y perspectivas: el sexismo, el chovinismo masculino, etc. Por lo mismo, a partir de la reconsideración general de una mayoría marginada, se empieza el análisis de las luchas de minorías marginales, especialmente los homosexuales.

“ Liquidación parcial pero contundente del terrorismo ideológico que impedía la crítica al socialismo real, para ‘no darle armas al enemigo’.

“ Reexamen de la cuestión nacional, y reivindicación sectorial del nacionalismo revolucionario.

“ Rencor fetichista ante la hegemonía de los medios masivos de difusión” [vii].

Con esa herencia y en un entorno de crisis económica y estrechez política en una década que algunos calificaron como perdida, se desarrolló la última etapa del Suplemento bajo la conducción de Carlos Monsiváis. En noviembre de 1986 el grupo que sostenía al Suplemento intentó una restructuración, identificando a Monsiváis como director y designando a Rafael Pérez Gay coordinador general. Sergio González Rodríguez y Antonio Saborit tendrían la responsabilidad de editores y Roberto Diego Ortega se integró al consejo de redacción. Sin embargo dos meses después el núcleo básico de escritores jóvenes que junto con Monsiváis se habían responsabilizado del suplemento, deja esa tarea [viii]. El mismo Monsiváis aguarda a que el Suplemento cumpla 25 años y él 15 como responsable de su publicación. El 5 de marzo de 1987, al llegar al número 1300, termina esa larga y memorable etapa de La Cultura en México [ix].

Cambio político insuficiente,

sociedad profundamente desigual

En aquella edición última, Monsiváis reflexiona sobre el país que resultó al cabo de esos tres lustros:

“Nos hallamos de nuevo en épocas de certidumbre. Algunas de las formas de esa certidumbre me resultan lamentables, por ejemplo la de los núcleos no tan pequeños como uno quisiera que siguen aferrados a la obediencia ciega de los dogmas, que detestan la libertad de expresión como bien en sí, que celebran las represiones a nombre del centralismo democrático, etcétera. Comparto otras, las fundadas en la comprobación diaria del modo inhumano en que vive la mayoría de la población. Por más amarga que sea la experiencia del socialismo real, no puede detener la urgencia del socialismo en América Latina”.

Cambio político insuficiente, sociedad profundamente desigual. Y la cultura, determinada por avances y limitaciones. Decía, también, Monsiváis:

“Así, es precisamente en el campo cultural donde más se advierte el aumento de la tolerancia y de la democratización. El Estado usa (más bien, usaba) su patrocinio como parte de su campaña de venta de estabilidad: ‘te protejo para mostrar mi amplitud de criterio’. La actitud es por lo menos convenenciera, pero de ello no se desprende que acudir a los recursos del Estado sea traición a los principios. El Estado no es el gobierno, es asunto de todos, le ha costado demasiado a muchas generaciones, y nadie se beneficia con pretender que el Estado es el beso del diablo si patrocina conferencias, exposiciones, recitales, obras de teatro. Esto en todo caso es prueba de la estabilidad, no de las bondades del régimen” [x].

Si en la cultura se afianzaron valores tolerantes y democráticos que luego podrían extenderse en otras zonas de la vida pública del país, si en ella se desarrollaron preocupaciones sobre la vida individual que más adelante comenzarían a ser interiorizados por amplios núcleos de mexicanos, podemos reconocer en el suplemento de Monsiváis parte del empeño en los años setenta y ochenta para desarrollar la cultura política (y social). El suplemento participó de manera destacada en un proceso civilizatorio que no ha concluido, pero que contribuyó en la formación intelectual, y también en la educación sentimental, de un segmento de la generación que actualmente tiene más de 50 años.

Cuando se anunció el fin de la época de Monsiváis en el Suplemento, José Woldenberg escribió:

“El Suplemento fue la recreación del espíritu de una época… ¿quién de mi generación hubiera comprado Siempre si no existieran sus páginas centrales?… Para decirlo en una palabra, el Suplemento ha sido un elemento de referencia obligada en el debate político y cultural de México” [xi].

Fernando Solana Olivares dijo en aquella ocasión: “La Cultura en México fue imprescindible para varias generaciones: una educación intelectual y política se cumplió en sus páginas, en sus temas y en su tono”. Y más adelante, acerca de los últimos años de aquel Suplemento: “Lo logrado en ese intervalo fue excelente: una nueva puesta en galeras de una tradición que así se renovaba” [xii].

* * *

Fui colaborador frecuente de “La cultura en México” gracias a la hospitalidad y, ahora lo reconozco, la generosa audacia de Carlos Monsiváis. Él no me conocía cuando en abril o mayo de 1973, antes de cumplir 20 años, toqué la puerta de su casa en Portales para entregarle un breve ensayo cuya publicación anhelaba en aquel suplemento. Después de leerlo Carlos, con cuidadosa cordialidad, lo rechazó. Se trataba de un texto sobre la televisión mexicana de aquellos años y le hacían falta demasiados matices.

Insistí con otras contribuciones y algo más tarde comencé a publicar recuentos y crónicas del sindicalismo independiente de esa época. Luego escribí reseñas de libros, cada semana, durante varios años. El suplemento dirigido por Monsiváis fue para mí escuela intelectual y espacio de expresión libre, siempre en un contexto exigente. Mi deuda con Carlos y con aquella publicación es como lector y autor. No podía dejar de agregar esta nota porque, evidentemente, el recuento que hago de “La cultura en México” es intencionadamente agradecido.

–0–


[i] Armando Ponce, “La implacable crítica de Carlos Monsiváis en defensa de una sociedad ‘sacrificada’ “. Entrevista en Proceso, 10 de mayo 1998.

[ii] Carlos Monsiváis, “No por mucho madrugar amanece más temprano”, en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, no. 708, 3 de septiembre de 1975.

[iii] Ibid.

[iv] “Quinceañeros”, en La Cultura en México No. 800, 24 de junio de 1977.

[v] “800 números 800″, ibid.

[vi] “Presentación” en La Cultura en México, número 853, junio 28 de 1978.

[vii] Carlos Monsiváis, “No quisiera ponerme muy solemne pero…” La Cultura en México, número 1000, 27 de mayo de 1981.

[viii] El 21 de enero de 1987 se anuncia, sin más explicación, la salida del consejo de redacción de Luis Miguel Aguilar, Sergio González Rodríguez, Roberto Diego Ortega, Rafael Pérez Gay, Alberto Román y Antonio Saborit. Se quedan únicamente José Joaquín Blanco, Enrique Mercado, José María Pérez Gay y, como coordinador, Carlos Monsiváis.

[ix] A partir del siguiente número Paco Ignacio Taibo II se hace cargo del suplemento iniciándose así una larga serie de cambios en su conducción .

[x] Carlos Monsiváis, “25 años de La Cultura en México”. La Cultura en México, número 1300, 5 de marzo de 1987.

[xi] José Woldenberg, “¿Dicen que no se siente la despedida?, en La Jornada, 28 de febrero de 1987.

[xii] Fernando Solana Olivares, “Veinticinco años de La Cultura en México”. La Jornada Semanal, La Jornada, 28 de febrero de 1987.

Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 24, 2008 at 6:56 pm

Publicado en Cultura

Monsiváis, pedagogo y periodista

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Véase también, Monsiváis y La Cultura en México

La granja

Nexos, mayo de 2008

//www.flickr.com/photos/tiquis/¿Cuáles son las coordenadas del catecismo de Carlos Monsiváis? Las obsesiones temáticas de ese escritor son tan conocidas como abundantes: el antiautoritarismo en todos los terrenos y la impugnación infatigable a toda clase de censura, la reivindicación de la cultura sin exclusiones, la mirada universal y poliabarcante, la tolerancia y la inteligencia. Todos esos, son rasgos de una obra profusa y deslumbrante que no pretende imponer doctrina alguna como sucede con los catecismos habituales. El pensamiento de Monsiváis no es convencional ni esquemático, aunque se nutre en la crítica de convencionalismos y simplificaciones. Como catequista sería poco eficaz pero la tarea pedagógica de ese escritor, aunque ese no haya sido su propósito, ha tenido consecuencias importantes.

En una entrevista publicada en 1997 Elena Poniatowska le preguntó, a propósito de la reedición de su Nuevo catecismo para indios remisos:

“–¿Tú crees que los catecismos sirven para algo?

–Todo catecismo tiene una función didáctica, la interiorización del dogma a través de la repetición exhaustiva. Esto para mí es lo opuesto al acercamiento a lo religioso. En ese sentido, el catecismo nunca me ha interesado”.

Aunque no de manera explícita, el trabajo de Monsiváis ha sido profundamente didáctico. La infinidad de asuntos y temas de los cuales se ocupa, es en sí misma paradigmática de una manera de ver al mundo a la vez ambiciosa e inteligente. Por lo general lejos de los dogmas y explícitamente contraria a ellos, la obra de Monsiváis es tan colosal y múltiple que tan solo para clasificarla harían falta varios coloquios. Algunos de sus temas:

* En el campo de la política la reivindicación de la sociedad civil; el señalamiento de atropellos e incongruencias de priismos y caciquismos; habitualmente, aunque en este terreno el analista a veces se deja vencer por el apologista, el apremio crítico a las izquierdas y desde luego el cuestionamiento enterado y obstinado a las derechas. Monsiváis ha sido testigo y en ocasiones actor él mismo, de las dificultades para el cambio político en México.

* En el terreno de la cultura, una mirada omniabarcante junto con una gozosa recuperación de expresiones populares. Monsiváis se ocupa de las películas de El Santo y de las historietas de La Familia Burrón lo mismo que del muralismo y el cine. Es uno de los historiadores más acuciosos de la literatura mexicana.

* En la develación de los rasgos y las novedades de la sociedad mexicana Monsiváis ha sido sociólogo y antropólogo, testigo e historiador pero sobre todo, cronista polifacético y minucioso. Nadie como él describió los modos del pachuco y la estética de la naquiza, las representaciones del machismo y las glorias del burlesque, la intensidad de los hoyos fonqui y los reventones punk, la ligereza de los albures y la pobreza del lenguaje político.

* La mirada de Monsiváis va de la recreación nunca apologética del nacionalismo cultural, a la recuperación constantemente al día de las novedades culturales del mundo. Se ha ocupado lo mismo de Pedro Infante y Juan Orol, que de Peckinpah y Fassbinder.

* En el campo de la moral pública, que ha desmenuzado como nadie en México, Monsiváis ha sostenido una persistente batalla por el respeto a las diferencias y las prácticas de los individuos. Es, en ese terreno tanto como en el de la política, afanoso defensor de los derechos de las minorías y fue precursor en la reivindicación pública de los derechos de la mayoría femenina que hay en nuestra sociedad.

* En el ámbito del periodismo lo singularizan el comentario cáustico y a tiempo, la exhaustiva revisión hemerográfica, la persecución del dato que dé sentido a la opinión, la crítica incesante de excesos retóricos y abusos autoritarios de toda clase de actores de la vida pública.

* En la vida pública, Monsiváis no sólo ha sido el observador sobresaliente de las inflexiones y mutaciones en la expresión cultural y social, en todas sus vertientes. Se le ha visto en mitines partidarios así como en conciertos de rock, tanto junto a presos políticos como en convivios del jet set. Ha sido capaz de aparecer lo mismo como Santa Clos en Los Caifanes que en shows de televisión en donde es el invitado central. Las conferencias de Monsiváis llenan auditorios dentro y fuera de México. Su sola presencia convoca multitudes a las que entonces no puede describir en sus crónicas porque tiene que disertar delante de ellas y así, contribuir a ilustrarlas. Crítico y cronista de los más variados personajes, él mismo es protagonista inimitable e irrepetible tanto en el campo académico y la deliberación cultural como en el comentario de la disputa política. Se le ha podido encontrar como personaje de historietas (Chanoc y Los Supersabios) y en la bibliografía sobre estudios culturales de las principales universidades del mundo.

¿Cómo abordar una obra tan abundante y diversa? En un chat a fines del siglo XX, con la alevosía que confiere el anonimato cibernáutico, uno de los participantes le preguntó:

–“Qué es usted? ¿Un sociólogo, un periodista, un voyeurista, o simplemente, un metiche?

-“Lo último me gusta mucho pero tiene riesgos, ciertamente ser un metiche es una ocupación que prácticamente a todos los mexicanos y seres humanos nos absorbe lo aceptemos o no. Un presidente de la República es un metiche en los asuntos de la nación, el jefe de policía es un metiche en la conducta de los delincuentes o debería serlo. En mi caso lo único que me inquieta de ser metiche es que el término está tan acotado cronológicamente que me siento de pronto habitando una vecindad de los años 50. No soy un sociólogo y si no soy un periodista estoy viviendo de nada”.

Esa confesión de su oficio periodístico nos sirve de coartada para acotar esta breve incursión en el trabajo de Carlos Monsiváis.

Monsiváis, cronista

Como periodista Monsiváis ha sido autor, compilador y editor. Su observación de los cambios y las inercias del país la ha consignado en un estilo que va de la crónica al reportaje con el que ha logrado algunos de los testimonios más agudos de la realidad mexicana en las últimas cuatro décadas. Sus libros más conocidos (Días de guardar, Amor perdido, Entrada libre, Escenas de pudor y liviandad, Los rituales del caos, entre tantos otros) reúnen, obsesivamente revisados por su autor, algunos de esos textos. Allí el cronista comparte con tanta franqueza sus asombros que, ante la falta de referencias suficientes, el estilo de Monsiváis pudo ser comparado con el de los autores del nuevo periodismo estadounidense de los sesenta.

Además de una desbordada curiosidad que lo lleva a asomarse a antros y estadios igual que a manifestaciones, asambleas, exposiciones y reventones, Monsiváis incorpora en sus crónicas un ingrediente ético y político que les confiere mayor autenticidad y, también, sesgos en ocasiones discutibles. De sus retratos de las luchas sociales de los años ochenta Monsiváis decía: “No idealizo a los movimientos, y algo sé de los autoritarismos prevalecientes en muchos de ellos”.

A veces es cuestión de énfasis –y en otras, el énfasis reemplaza a los matices– pero sus afinidades políticas lo llevan, como cronista, a destacar más los sesgos épicos que los yerros déspoticos en las causas con las que simpatiza. Las posiciones llegan a realzar las descripciones y puesto que no hay engaño, ese es otro de los atributos de Monsiváis como cronista. En uno de sus últimos textos, nuestro querido Carlos Pereyra celebraba la capacidad de indignación que nunca abruma la capacidad analítica de Monsiváis:

“Son crónicas elaboradas desde una profunda fobia al poder, tal vez en parte porque lo que éste es en sí mismo (ya sea como poder económico, político, sindical, etcétera) pero, sobre todo, por las formas desmedidas e incontroladas que adopta en México. De ahí la preocupación por registrar momentos de la sociedad que se organiza, pues sólo de este proceso de organización social cabe esperar el establecimiento de relaciones democráticas que permitan el control del ejercicio del poder”.

Seguía Pereyra: “Si bien son muchos de los escritores que se multiplican desde una óptica contraria al poder, es muy difícil encontrar textos con la vitalidad y el vigor estimulante de las crónicas monsivaianas. No es cuestión sólo del insólito talento de Monsiváis, de su pasmosa capacidad de síntesis, de su dominio del lenguaje, sino de tomarse en serio la especificidad de los actores sociales. Frente a la escritura automática y doctrinaria que caracteriza la enorme mayoría de los textos elaborados desde posiciones que se quieren ligadas a los dominados y marginados, donde se sabe de antemano la misión histórica que ha de desempeñar cada protagonista social y se tiene ubicado de una vez para siempre el sentido de sus acciones, las crónicas de Monsiváis ofrecen al menos una lectura de cómo se forman en la historia real esos protagonistas sociales”.

Monsiváis, mordaz profesional

También conocido, especialmente a partir de su columna “Por mi madre, bohemios”, es el trabajo de sátira y crítica que Monsiváis hace de dislates, necedades y excesos que cometen numerosos protagonistas de la vida pública mexicana amparados en posiciones de poder político, empresarial, clerical, cultural o periodístico. Gracias al seguimiento de esas declaraciones, puntualmente acotadas con su sarcasmo ampliamente célebre, Monsiváis consigue que esos disparates y abusos no queden impunes. Originada en la selección de prédicas contra los estudiantes de 1968, esa columna apareció en los años setenta y ochenta en el suplemento cultural de Siempre!, luego en La Jornada y más tarde transitó a Proceso.

Ese inventario semanal de expresiones será fuente indispensable cuando se haga la historia social y política de esta época en nuestro país, aunque su propósito es la exhibición a tiempo de los juicios y prejuicios de distinguidos actores (convertidos a veces en histriones) de la actualidad mexicana. Se trata de un registro de dichos que complementa el seguimiento de hechos que Monsiváis ofrece en sus crónicas.

En las pequeñas apostillas a las frases recopiladas en “Por mi madre, bohemios” igual que en la mayoría de sus textos, la ironía es método e instrumento de Monsiváis para ofrecer una visión crítica. Parodia, sátira y puya, le sirven para flagelar tanto como para describir. La mordacidad desborda con tanta intensidad a los textos de Monsiváis que, a veces, el fondo es desplazado por la forma. Con alguna frecuencia, las denuncias de este autor suscitan más risa que irritación. La socarronería que emplea para zarandear a los poderosos, quizá ocasionalmente supera a la reflexión en la manera como son leídos los textos de Monsiváis.

Este autor, incluso, llega a ser víctima de su imagen de intelectual ocurrente. A menudo cuando se presenta en una conferencia, aún antes de decir cualquier cosa, el púbico comienza a sonreír en cuanto Monsiváis aparece. Solo tiene que decir “buenas noches” para que surja la primera carcajada. Sin duda es saludable, y hasta envidiable, tener oyentes tan generosos como los que Monsiváis encuentra en todas partes. Pero al mejor Monsiváis lo encontramos, sin dejar de admirarnos con sus textos y charlas desbordantes de sarcasmo, cuando lo tomamos muy en serio.

La contribución incesante de Monsiváis a entender pero también a construir la cultura y, de manera más amplia, la idea y la práctica de lo público en México, supera con mucho los desacuerdos que se puedan tener con sus posiciones sobre asuntos coyunturales. Junto a su lucidez es admirable –y por eso agradecible– la perseverancia de Carlos Monsiváis en la escritura crítica.

En octubre de 2000 se realizó en Bellas Artes el “Coloquio Pensamiento y escritura de Carlos Monsiváis” y dentro de él la mesa titulada “El Catecismo de Carlos Monsiváis”. Este texto, a excepción del último párrafo, es parte de lo que dije en aquella ocasión.

Referencias

-Carlos Monsiváis, “De los movimientos sociales de los ochenta”. La Jornada Semanal, La Jornada, 20 de marzo de 1988.

-Carlos Pereyra, “La escritura de fragmentos significativos”. “La Jornada Semanal”, 20 de marzo de 1988.

-Elena Poniatowska, “Los pecados de Carlos Monsiváis”. La Jornada Semanal, 23 de febrero de 1997.

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Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 1, 2008 at 6:27 pm

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Octavio Paz: “que lean poesía”

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Ahora que se han cumplido 10 años de la muerte de Octavio Paz, quizá es oportuno colocar en este sitio dos textos que escribí en abril de 1998.

La Crónica, 21 de abril de 1998

Octavio Paz: “Que lean poesía”

Lucidez, transparencia, búsqueda, clarividencia… Las palabras, danzarinas e insuficientes, sirven para colmar de reconocimientos al poeta enorme cuya muerte ahora deploramos pero que era, y no hay que olvidarlo, pertinazmente irreverente con ellas. A las palabras, Octavio Paz las utilizaba, no las veneraba. Las hacía respetables por el contenido del cual las dotaba, por las ideas que comunicaba a través de ellas. Pero estaba muy lejos de su actitud una idolatría como la que, convenenciera o improvisadamente, ahora se le puede profesar a él mismo.

Octavio Paz, hombre de letras, maestro inimitable en el manejo del lenguaje, era gracias a ello y junto con eso, intelectual. Hombre de ideas, jamás lo fue de dogmas. Incluso, hay que reconocerlo autocríticamente, su fobia a los fundamentalismos le valió censuras y reproches en un ambiente cultural que durante largo tiempo, era más proclive al aplauso fácil que al reconocimiento de ideas renovadoras.

En esa resistencia a los dogmas se encuentra el cimiento de la congruencia en la obra de Paz. En las letras lo mismo que en las ideas, su obsesión fue la búsqueda. Ya en la metáfora innovadora que en el verso desatado de rigideces, o en la libertad ensayística y en la diversidad temática de sus reflexiones, Paz era ejemplar demostración de la amplitud de miras del auténtico trabajo intelectual.

Junto con ello y sin condescendencias a las causas de moda, supo asumir compromisos que se reflejan en su obra y en su biografía como hombre público. La adhesión con la República en España, la desaprobación de la masacre en Tlatelolco o más recientemente, la exigencia por la modernización mexicana fueron, entre otros, momentos de una vida señalada por la búsqueda y la coherencia.

Nada nuevo decimos con todo lo anterior. Nada nuevo se dirá sobre el poeta que falleció anteanoche, pero la unanimidad de reconocimientos da cuenta de la magnitud que tenía entre nosotros la presencia, como referente lúcido, del Premio Nobel. Acaso esta propagación de textos suyos y opiniones sobre sus poemas y ensayos, sirva para que a Paz se le lea más –y mejor– y lo releamos con la mirada ávida de hallazgos y reencuentros que hay en el transcurso de toda su obra.

Leer a Paz: podría llegar a ser, con algo de ánimo constructivo, una tarea fundamental para las instituciones culturales de México. Buen provecho se obtendría de ello. Cuando se supo que le habían otorgado el Nobel, hacia octubre de 1990, un reportero le preguntó en Nueva York qué le recomendaría al presidente de los Estados Unidos. “Que lea poesía”, fue la respuesta del autor de Piedra de sol. ¿Y al presidente de México?, le insistieron. “Pues que también lea poesía”.

Paz añadió entonces: “Pero no sólo los políticos deben hacerlo; los sociólogos y los especialistas de las llamadas ciencias políticas (aquí hay una contradicción en los términos, porque creo que la política es más arte que ciencia) requieren de un acercamiento a la poesía porque siempre hablan de las estructuras, de las fuerzas económicas, de la fuerza de las ideas y de la importancia de las clases sociales, pero poquísimos hablan del interior de los hombres. Y el hombre es un ser más complejo que las formas económicas e intelectuales”.

Reconociendo esa dimensión humana y por lo tanto veleidosa de los procesos sociales, Paz reflexionó con infrecuente lucidez sobre los cambios de su tiempo. No tuvo condescendencias para señalar al autoritarismo del sistema político mexicano o las iniquidades del llamado socialismo real, como no las había tenido antes para diseccionar la personalidad del mexicano o, luego, las tendencias de la poesía contemporánea.

Pero no era un intelectual que se quedase azorado con las novedades políticas o literarias, aunque las hubiera previsto o hubiese contribuído a moldearlas. Tenazmente, Paz buscó explicaciones y cuando era posible advertencias, en la historia del país y del mundo. “¿Cuál puede ser la contribución de la poesía en la reconstitución de un nuevo pensamiento político?”, se preguntaba él mismo en una entrevista publicada en Vuelta en julio de 1989. Y respondía: “No con ideas sino con algo más precioso y frágil: la memoria. Cada generación los poetas redescubren la terrible antigüedad y la no menos terrible juventud de las pasiones…”

Esa reivindicación de la memoria, que lo llevó a escribir ensayos deslumbrantes sobre la historia de las letras mexicanas, estaba presente en las explicaciones que Paz encontró en otras regiones y ante otras culturas del mundo. En esa multiplicidad de afluentes, afianzó su universalidad y, a sus lectores, nos hizo un poco más contemporáneos y un poco más humanos. Es preciso releerlo, con gozo y provecho, para participar de ese ejercicio de memoria y también, claro, para compartir ese empleo irreverente a la vez que afectuoso con el que Octavio Paz hacía lucir a Las Palabras: “Dáles la vuelta/ cógelas del rabo (chillen, putas) / azótalas…/ hazlas, poeta/ haz que se traguen todas sus palabras”.

La Crónica, 26 de abril de 1998

Cuatro momentos de Octavio Paz

Antes que en los libros, Octavio Paz cultivaba en el periodismo la polémica y la cavilación sobre asuntos públicos. No se dejaba alterar fácilmente por las veleidades de la coyuntura. Pero es evidente que durante las décadas recientes, la presencia crítica de Paz contribuía –o pretendía hacerlo– a la reflexión de asuntos relevantes de la sociedad y la política mexicanas.

No siempre despertaba unanimidades –al contrario—. Pero la pluma aguda y ilustrada del poeta, solía incorporar el aire fresco de las cosas bien pensadas y bien dichas aún en varios de los asuntos más conflictivos.

Paz solía defender el derecho de otros a expresar ideas e incluso, a discrepar con él. Quizá no siempre era todo lo tolerante que ahora puede pretenderse, pero él mismo daba a conocer con intención polémica sus reflexiones más puntillosas. Con ese mismo ánimo abierto al intercambio y que naturalmente no excluye la discrepancia, será útil volver sobre los millares de cuartillas que Paz escribió sobre asuntos de la vida pública mexicana.

Las páginas de las revistas que dirigió están colmadas de textos que en su momento tuvieron la intensidad del debate directo y que, sin dejar de ser elegantes, rehuían los lugares comunes. Luego, Paz acostumbraba recoger muchos de esos artículos (no todos, por cierto) para nutrir sus libros.

En Plural, la revista que dirigió entre 1971 y 1976, encontramos contribuciones como las siguientes, en donde la fugacidad del momento político era discutida sin perder la perspectiva histórica ni la elegancia literaria.

Desnudar a los jefes de su poder

En 1972, Plural organizó un encuentro con el tema Los Escritores y la Política, publicado en el número 13, de octubre de 1972. A partir de un texto de Paz, había comentarios de Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Jaime García Terrés, Carlos Monsiváis y algunos otros. En su invitación al debate, el director de la revista cuestionaba la dualidad PRI-Presidente y luego de un rápido recorrido por la formación de la política en los siglos recientes, dictaminaba que: “Los partidos modernos son iglesias sin religión dirigidas por clérigos blasfemos”.

El de los intelectuales y la política es uno de los grandes temas, nunca del todo resueltos y con el inconveniente de que sólo suele ser analizado a partir de situaciones específicas, en la reflexión moderna sobre los asuntos públicos.

En aquel texto, Paz establecía contrastes entre los políticos y los escritores a partir de preguntarse a quiénes representa cada uno de esos gremios. Su respuesta podía ser incluso desconcertante: el escritor no se representa ni siquiera a sí mismo. Pero junto con ello incorporaba uno de los elementos que, intencional o espontáneamente, habría venido y seguiría siendo frecuente en su actitud intelectual, lo mismo delante de las letras y el arte que en temas específicamente políticos: el pensador, para cumplir con su vocación, debe dudar permanentemente. No se trata de dudar de todo y ante todo, lo cual se convertiría en inseguridad para sostener convicciones o, como Paz sugeriría en un texto posterior y que reproducimos más adelante, en fuente de indefiniciones.

Ahora que hay quienes, evidentemente a destiempo, se conduelen porque Paz no tuvo una presencia política más activa y explícita (ahora incluso se ha dicho que debió haber sido un líder activo del pueblo de México) son especialmente recuperables estas palabras, con las que concluía aquel texto de octubre de 1972:

“La palabra del escritor tiene fuerza porque brota de una situación de no-fuerza. No habla desde el Palacio Nacional, la tribuna popular o las oficinas del Comité Central: habla desde su cuarto. No habla en nombre de la nación, la clase obrera, la gleba, las minorías étnicas, los partidos. Ni siquiera habla en nombre de sí mismo: lo primero que hace un escritor verdadero es dudar de su propia existencia. La literatura comienza cuando alguien se pregunta: ¿quién habla en mí cuando hablo? El poeta y el novelista proyectan esa duda sobre el lenguaje y por eso la creación literaria es simultáneamente crítica del lenguaje y crítica de la misma literatura. La poesía es revelación porque es crítica: abre, descubre, pone a la vista lo escondido –las pasiones ocultas, la vertiente nocturna de las cosas, el reverso de los signos. El político representa a una clase, un partido o una nación; el escritor no representa a nadie. La voz del político surge de un acuerdo tácito o explícito entre sus representados; la voz del escritor nace de un desacuerdo con el mundo o consigo mismo, es la expresión del vértigo ante la identidad que se disgrega. El escritor dibuja con sus palabras una falla, una fisura. Y descubre en el rostro del Presidente, el César, el Dirigente Amado y el Padre del Pueblo la misma falla, la misma fisura. La literatura desnuda a los jefes de su poder y así los humaniza. Los devuelve a su mortalidad, que es también la nuestra”.

Indignación, moral de corto plazo

Pero la sola descripción del poder, por penetrante y develadora que sea, no siempre basta. El intelectual suele querer levantar su voz e influir: respaldar o condenar, hacer públicas posiciones que den cuenta de su ciudadanía. Un año más tarde, con motivo del golpe de Estado en Chile, Paz escribía desde una estancia en Cambridge un vehemente artículo titulado “Los Centuriones de Santiago” en donde compartía las condenas a la represión en contra de la sociedad chilena y algunos de sus principales dirigentes. Pero no quería quedarse allí. La descalificación de Pinochet y sus esbirros quedaba muy clara, pero además el poeta mexicano sostuvo:

“Condenar la acción de los militares chilenos y denunciar las complicidades internacionales que la hicieron posible, una activas y otras pasivas, puede calmar nuestra legítima indignación. No es bastante. Entre los intelectuales la protesta se ha convertido en un rito y una retórica. Aunque el rito desahoga al que lo ejecuta, ha perdido sus poderes de contagio y convencimiento. La retórica se gasta y nos gasta. No protesto contra las protestas. Al contrario: las quisiera más generalizadas, enérgicas y eficaces. Pido, sobre todo, que sean acompañadas o seguidas por un análisis de los hechos. La indignación puede ser una moral pero es una moral a corto plazo. No es ni ha sido nunca el sustituto de una política. Renunciar al pensamiento crítico es renunciar a la tradición que fundó el pensamiento revolucionario y abrazar, ya que no las ideas, los métodos intelectuales del adversario: la invectiva, la excomunión, el exorcismo, la recitación de las autoridades canónicas. Lo ocurrido en Chile ha sido una gran tragedia. También ha sido, digámoslo sin miedo, una gran derrota. Una más en una larga serie de derrotas. ¿Por qué y cómo? Hay que hacer un examen de la situación nacional e internacional, valorar las fuerzas sociales en juego, reflexionar sobre los métodos empleados y reconocer –aunque sea humillante para los dirigentes y los teóricos, engreídos con sus frágiles esquemas– que los resultados han sido desastrosos…” (Este texto, igual que el anterior sobre El Escritor y el Poder, fueron recopilados luego en el libro El Ogro Filantrópico, cuya primera edición es de 1979).

Aquella exigencia de Paz estaba dirigida especialmente a las izquierdas. No dejaba de ser notable –lo es ahora– que a diferencia de los cartabones en los que a menudo se le ubicó, Paz no tomara distancia de las preocupaciones sociales de aquellas izquierdas sino para demandarles inteligencia autocrítica. Allí podía apreciarse, junto con la discusión sobre la posibilidad del socialismo en un país insuficientemente desarrollado, la reiteración de las tareas que para Paz podía desplegar el intelectual sin dejar de serlo: reprobar con toda la intensidad posible tropelías como las de los militares chilenos, pero ir más allá. Buscar explicaciones, cuestionar, dudar, más que una actitud quería ser un método.

Escepticismo, poder, credulidad

Ese método podía orientar actitudes ante los galanteos mutuos entre el poder político y los intelectuales. A comienzos de 1976, el PRI organizó una publicitada reunión de escritores y artistas con el candidato presidencial, José López Portillo. Paz nunca fue singularmente distante del poder, pero una cosa era haber representado a México como embajador, o reunirse a discutir y departir con gobernantes y miembros de la clase política y otra, participar en un acto de campaña. No es que el compromiso político expreso sea fatalmente indeseable. Pero la contribución que mejor pudieran hacer quienes tienen o debieran tener a las ideas y las palabras como instrumentos de trabajo, está más en la duda creativa que en el aplauso complaciente.

Octavio Paz publicó entonces, en Plural No. 53, de febrero de 1976, un exigente y sarcástico artículo titulado “El Desayuno del Candidato”. Allí el poeta postulaba, entre otros rasgos de una inmadura nación:

“En un país donde el Poder Legislativo es una ´claque´disciplinada y obsequiosa que cada año, en esas apoteosis burocráticas que son los Informes Presidenciales, rompe el ‘récord’ mundial de la duración de los aplausos;

“…en un país donde gobierna un Partido que desde hace medio siglo gana todas las elecciones y que, como el Grifón que vio Dante en el Purgatorio y que era una alegoría de Nuestro Señor, cambia sin cesar y nunca deja de ser el mismo;

“…en un país donde la televisión y la radio son propiedades de una empresa particular, con excepción de una pequeña parte en manos del Gobierno;

“en un país donde, salvo poquísimos y conocidos casos, la prensa es un negocio, un altavoz de los grandes intereses privados y de la burocracia política que nos gobierna;

“…en un país donde la conciencia popular se distingue por su pasividad, su resignación, su desaliento y su nihilismo, es decir: por su inconsciencia;

“en un país donde la opinión pública no tiene ni fuerza ni medios para expresarse y en el que las formas predilectas de la crítica son el chiste político y el rumor, productos ambos del escepticismo y la credulidad (estas actitudes no son incompatibles sino en apariencia: el alma roída por el escepticismo está ya madura para la superstición, el que duda de todo acaba por todo creerlo y las antesalas de César están llenas de nihilistas en busca de empleo);

“…en un país, en suma, donde apenas si hay grupos y voces independientes;

“¿cuál es la función de los intelectuales?

“La respuesta está en todos los labios: concurrir al desayuno ritual que se ofrece al Candidato del PRI a la Presidencia de la República”.

Los atributos del país de 1976 que enumeraba el poeta en aquel artículo eran varios más, pero en todo caso la anterior transcripción nos deja ver las limitaciones en la cultura política, junto con las reiteraciones en las costumbres de las élites políticas e intelectuales: unas ya un tanto superadas y las otras, todavía presentes. Veintidós años después de esa descripción, en México existen contrapesos políticos, espacios de expresión y una diversificación partidaria y mediática que en aquellos tiempos no teníamos. La función de los intelectuales, en cambio, no ha dejado de ser en muchos casos complaciente cuando se trata de mimetizarse a las causas de moda. Si ya no con el PRI, ahora alrededor de otros actores políticos se echa de menos una exigencia crítica como la que Paz desplegó, demostró y reclamó.

Poesía y alma; crítica y luz

En diciembre de 1976, al presentar el primer número de la revista Vuelta, Octavio Paz citaba a Gibbon en la siguiente frase: “Todo lo que los hombres han sido, todo lo que ha creado su genio, todo lo que su razón ha ponderado, todas esas obras que se acumulan en nuestras ciudades –todo eso ha sido hecho por la crítica”. Y apuntaba Paz: “Tal vez el gran historiador exageraba. No demasiado: un pueblo sin poesía es un pueblo sin alma, una nación sin crítica es una nación ciega”.

Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 18, 2008 at 8:19 pm

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Los virtuosos minúsculos

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La Crónica, jueves 28 de febrero.

La prohibición para fumar en sitios públicos tiene motivos que parecen incuestionables. Sin embargo la discusión en torno a las decisiones recientes del Senado y especialmente de la Asamblea Legislativa del DF, ha estado repleta de equívocos retóricos y fantochadas.

Por un lado se ha extendido, sin contexto crítico y a veces con más prejuicios que datos duros, una enardecida condena a los fumadores. Nuestro país se ha incorporado –aunque resulta discutible que eso sea indicio de modernidad– a la corrección política que está de moda y que persigue los hábitos que la mayoría, o sus intérpretes, consideran nocivos.

No discutimos los efectos dañinos del tabaco. Evidentemente fumar mucho, hace mucho daño. También beber demasiado aunque solamente sea agua y comer en exceso pueden convertirse en prácticas incómodas para la salud. Sin embargo se ha vuelto costumbre condenar al hecho en sí mismo de fumar, como si cada fumador hubiera decidido suicidarse a fuerza de inhalar consuetudinariamente.

Si así fuese, se trataría de una decisión que compete al albedrío de cada quien. Fumar, para quienes gustan hacerlo, puede ser una manera de disfrutar mejor la vida. Cada individuo debería tener plena libertad para consumir lo que le venga en gana siempre y cuando no afecte derechos ni libertades de los demás. Aquí es donde se suele incorporar un matiz harto razonable. Las exhalaciones de los fumadores pueden resultar incómodas y, en distinta medida y de acuerdo a cada circunstancia, pueden ser incluso malsanas para quienes los rodean.

El derecho de los fumadores entonces, y en eso todos estaremos de acuerdo, tiene como límite fundamental el derecho de quienes no fuman a no padecer, si no quieren, los humos del vecino.

Si de eso se trata, entonces la reglamentación acerca del uso del tabaco tendría que garantizar derechos de no fumadores pero también los de aquellos que deciden fumar. La medida más pertinente hubiera sido establecer la posibilidad de que algunos sitios públicos, como restaurantes y bares, fueran para fumadores. El acceso a ellos estaría limitado únicamente a mayores de edad.

Sin embargo la Asamblea Legislativa resolvió impedir del todo la opción de fumar en cualquier recinto público. Y el Senado aprobó una Ley para el Control del Tabaco que permite establecer zonas de fumar que serán auténticas reservaciones para segregar a quienes quieran consumir un cigarrillo: en ellas no se podrá comer, ni beber, ni nada más que apurar el pitillo (como dicen los españoles) con la culposa sensación de saberse en un gueto sanitario.

La votación de esas reformas estuvo acompañada de expresiones de rechazo testimonial por parte de los legisladores, tanto locales como federales, que estuvieron en desacuerdo con ellas. Algunos subieron a la tribuna cigarro en mano. Otros aseguraron que no acatarán tales reglas. En varios casos fue estrecha la diferencia entre el berrinche y la patanería.

Erigidos por sí mismos en benefactores de la salud social unos y en valedores de sus costumbres nicotínicas los otros, casi todos han soslayado una de las implicaciones principales que tiene la prohibición al consumo de tabaco en público. Nos referimos al ejercicio de responsabilidad personal que cada fumador podría y tendría que desplegar ante sus congéneres que no quieren aspirar tales emanaciones.

La discusión sobre las consecuencias fatídicas que puede tener la inhalación exagerada de nicotina o, por otra parte, las virtudes sociales, culturales o extasiantes del cigarrillo, son lo de menos ante la decisión de quienes se niegan a sobrellevar el humo de otros. Para no molestar, los fumadores pueden preguntar a las personas que los rodean si les permiten o no encender un cigarrillo. Y éstas, desde luego, están en posibilidad de consentirlo o no. Después de todo así es la convivencia entre la gente. Aquello que quiero hacer pero puede incomodar a los demás, se los consulto y subordino el ejercicio de mis deseos a la aquiescencia de mis vecinos.

Esa es una de las claves de la civilización. Para vivir en comunidad (con-vivir) tenemos leyes pero también cultivamos hábitos de tolerancia y respeto. La mayor parte de los dilemas en la relación con otros los resolvemos merced a normas de urbanidad que son, también, pautas de coexistencia. Cuando fallan, entonces llega el momento para la aplicación de las leyes.

Los fumadores podrían disponer de espacios adecuados en los sitios públicos, o incluso de recintos en donde se pueda fumar sin restricción territorial alguna. Nadie se molestaría si alguien enciende un cigarrillo en un lugar de esa índole y la libertad de los que fuman sería compatible con la de quienes no desean hacerlo. Las nuevas disposiciones, sin embargo, cancelan esa posibilidad de convivencia.

La prohibición de los derechos de una minoría en aras del derecho de la mayoría se justifica cuando no hay oportunidad de arreglo entre una y otra. Sería inaceptable que se admitieran las aficiones gastronómicas de un grupo de caníbales, o las preferencias sexuales de los pederastas. Pero en costumbres respecto de las cuales puede haber acuerdos razonables, no solo es posible sino además resulta deseable que haya entendimiento. Propiciar la transacción social es una de las variadas rutas hacia la construcción de ciudadanía. Y al contrario, sustituir el acuerdo por la restricción debilita o mantiene estancada la cultura cívica.

Prohibir, por lo general, solamente inhibe pero no persuade. Con los menores de edad hay que impedir cualquier consumo potencialmente nocivo e incorporar el entendimiento de estos temas, pero también de la tolerancia y el respeto, como parte de la educación fundamental. Hacia los adultos, que están en capacidad para determinar qué fuman o dejan de fumar, una política racional contra los efectos que ocasiona el uso desmedido del tabaco podría ofrecer explicaciones e información abundantes. La proscripción, en cambio, no es solución a mediano plazo.

En un libro maravilloso que toma claro partido por el consumo libre de tabaco (Los cigarrillos son sublimes) Richard Klein recuerda: “La represión del tabaco suele garantizar su regreso bajo una forma mucho más virulenta. La demonización de un hábito por sus efectos nocivos para la salud lo convierte en algo irresistible, lo envuelve con la seducción del vicio y el poderoso atractivo de lo que debe permanecer oculto. La censura estimula irremisiblemente la práctica que se propone inhibir y, por lo general, la vuelve más compulsiva, precisamente por su clandestinidad”.

La prohibición contra los fumadores también debilita el ejercicio de la ciudadanía por las fuertes cargas de fundamentalismo conservador que a menudo la acompañan. No queremos decir que todos los que se oponen a que se fume en público practican una suerte de fascismo sanitario. Pero en la prepotencia de muchos de quienes promueven y aplauden esa interdicción hay un sesgo de intolerancia que vale la pena señalar aunque implique asumir una postura políticamente incorrecta.

El fanatismo constituye la peor forma de ceguera porque se asume de manera voluntaria. El fanático se considera cruzado de una causa en aras de la cual todo se vale. Peor aún, con frecuencia la causa queda desplazada por el combate contra todo aquello que la rodea. Los fanáticos del antitabaquismo en ocasiones pasan de la defensa de sus pulmones, a la negación del cigarrillo como parte de las costumbres sociales. Inclusive llegan falsear la historia.

Hace tres años, cuando Francia celebró el centenario del nacimiento de Jean Paul Sartre, los organizadores de aquellos festejos mandaron hacer un cartel para promover una exposición en la Biblioteca Nacional. Allí aparecía fotografiado el agudo filósofo existencialista con la mirada miope, la frente ancha, el saco de tweed y un extraño ademán en la mano derecha. Pronto se supo que los autores del cartel habían mutilado la fotografía original para quitarle a Sartre el característico cigarrillo que siempre portaba, prácticamente como señal de identidad. Aquel Sartre no fumador era una caricatura del original: una imagen desnaturalizada por la manía del antitabaquismo.

Abundan los ejemplos de esa asociación entre prohibicionismo antitabaco e intolerancia social, histórica, política incluso. Ese dejo de suficiencia que exhiben algunos defensores de las prohibiciones recientes difícilmente estará al servicio de asuntos o causas más relevantes. Fernando Savater, en un artículo publicado en enero de 2006, lo explica de manera inmejorable: “Lo peor de todo, a mi vicioso entender, es el airecillo virtuoso que rodea la proclamación ufana de estas medidas. Tal como señaló Chesterton: ‘Si hay algo peor que el debilitamiento moderno de los grandes principios morales es el reforzamiento de los pequeños principios morales’. En efecto, nuestra sociedad se va haciendo cada vez más virtuosa, pero con una uve cada vez más minúscula”.


Written by Raúl Trejo Delarbre

febrero 28, 2008 at 6:24 pm

Publicado en Cultura, Derechos humanos

Libertad de expresión: errores y sinrazones

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La Crónica, jueves 3 de enero de 2008

La demanda de amparo que varios escritores y periodistas promovieron contra una de las fracciones de la reforma constitucional en materia electoral confirma que, en ocasiones, los buenos propósitos marchan por senderos tortuosos y contradictorios. Esos intelectuales, la mayor parte de ellos muy destacados, consideran que la prohibición a la contratación de propaganda electoral en radio y televisión “conculca su libertad de expresión”.

   Para llegar a esa afirmación, los promotores de la demanda parten de varias suposiciones erróneas. Persuadidos quizá por una información parcial, confunden la libertad de expresión con la posibilidad de comprar espacios en medios electrónicos. Y entonces, ofuscados por el disgusto que les suscita esa taxativa, consideran que todas sus posibilidades para expresarse públicamente quedan impedidas por la nueva disposición constitucional.

   En la petición de amparo que presentaron en diciembre esos escritores y periodistas estiman, según la información periodística: “En razón de las actividades lícitas que desarrollamos, quedamos automáticamente excluidos del derecho a la libre expresión de las ideas a través de la contratación de tiempo de transmisión en los medios masivos de comunicación, así como a deliberar y crear espacios para la discusión pública de temas que interesan a la comunidad”. Allí aparecen varias contradicciones.

   La reforma constitucional, en el tema que es motivo de esa demanda, no cancela derechos de particulares debido a la actividad que realizan. Simplemente establece que nadie, absolutamente nadie, podrá contratar espacios para propaganda política en televisión o radio. En esa restricción están incluidos los poderes públicos, las instituciones civiles o privadas, los ciudadanos a título individual y desde luego los partidos políticos. La única propaganda de carácter electoral que se podrá difundir en medios electrónicos será aquella que, a petición de los partidos, encauce el Instituto Federal Electoral en los tiempos de carácter estatal que ya existían en televisión y radio y que ahora serán utilizados para transmitir tales mensajes.

   Los motivos de esa disposición han sido ampliamente argumentados. La contratación de propaganda electoral en televisión y radio llegó a ser una fuente de distorsiones cada vez más graves en contra de la equidad deseable en la competencia electoral. Las empresas televisoras, beneficiaban o perjudicaban a los partidos al ofrecer tarifas y horarios de transmisión discrecionales. El gasto en contratación de spots en esos medios ascendió a cerca de 2 mil millones de pesos en las campañas electorales de 2006. Y, por otra parte, la intervención de particulares que produjeron y financiaron anuncios electorales añadió un ingrediente más de arbitrariedad a la competencia entre los partidos.

   Cuando estaban por realizarse las elecciones de aquel 2006, el Consejo Coordinador Empresarial promovió una campaña mediática contra la candidatura de López Obrador. Independientemente de que estuviéramos o no de acuerdo con los contenidos de esos anuncios, se trataba de mensajes ilegales. Desde tiempo atrás el Código Federal Electoral, en su artículo 48, establecía que solamente los partidos políticos tenían derecho a “contratar tiempos en radio y televisión para difundir mensajes orientados a la obtención del voto”.

   Los escritores y periodistas que ahora se inconforman porque la reforma constitucional reitera esa prohibición nunca reclamaron contra ella durante los más de 10 años que estuvo vigente en el Cofipe. En 2006 los empresarios que pagaron spots pudieron burlar esa disposición porque no estaba acompañada de sanciones a quienes la infringieran. Ahora sí habrá multas para quienes quebranten esa norma pero, desde luego, no se encuentran establecidas en la Constitución sino en el Código Federal Electoral aprobado por el Congreso en diciembre pasado y cuya promulgación ha sido inquietantemente demorada por el Presidente de la República. Las sanciones que allí se establecen son especialmente severas con la empresas de radiodifusión que acepten dinero por difundir propaganda electoral.

   La reforma constitucional y su ley reglamentaria ratifican y precisan una restricción que ya existía y la hacen extensiva a los partidos políticos. Nada, absolutamente nada, cambiará en el ejercicio de la libertad de expresión. Los promotores del juicio de amparo se equivocan cuando dicen que ahora “estarán automáticamente excluidos del derecho a la libre expresión de las ideas a través de la contratación de tiempo de transmisión en los medios masivos de comunicación, así como a deliberar y crear espacios para la discusión pública de temas que interesan a la comunidad”. Esa exclusión ya existía. Quizá no se habían dado cuenta porque nunca tuvieron interés ni necesidad para contratar espacios en televisión o radio. Y no los tuvieron, entre otros motivos porque muchos de ellos son asiduos participantes en espacios de discusión y opinión que hay en los medios electrónicos.

   Los espacios de discusión e información seguirán existiendo en medios de toda índole. La libertad para expresarse en ellos no cambia ni un ápice debido a la reforma constitucional. Allí se encuentra el meollo del preocupante error en el que incurren los escritores y periodistas que promueven el amparo judicial. La libertad para expresarse en los medios no varía, porque nunca ha dependido de la posibilidad de contratar espacios pagados en ellos. Sin embargo, en una voltereta retórica tan arriesgada como desatinada, a partir de esa inexactitud se llega a la conclusión de que la opinión y la discusión en los medios electrónicos quedarán limitadas.

   En la demanda de amparo, de acuerdo con las versiones periodísticas, se dice que la reforma constitucional elimina “el derecho de los quejosos para acceder a los medios masivos de comunicación, con igualdad y equidad”.

   Pero el ejercicio de tales atributos –igualdad y equidad– no ha dependido jamás, hasta donde sabemos, de la capacidad que esos escritores y periodistas, o cualquier ciudadano, puedan tener para pagar spots en televisión y radio. Estamos seguros de que a ninguno de ellos les han cobrado por difundir sus declaraciones y opiniones –al contrario, en vista de que con frecuencia se trata de un trabajo profesional, son las televisoras y radiodifusoras las que tienen que remunerarles a esos opinantes frecuentes sus interesantes contribuciones–.

  El politólogo Federico Reyes Heroles, que ha encabezado la solicitud de amparo, ejemplificó en una entrevista una de las consecuencias que le preocupan de la reforma reciente: “si sale un candidato racista o un xenófobo donde sea, no podríamos salir a rentar un spot y decir que estamos en contra” (Milenio, 22 de diciembre). En efecto, los ciudadanos inconformes con ese presunto candidato no podrían contratar un anuncio pagado, en el también hipotético caso de que reunieran los fondos suficientes para ello. Pero tendrían la posibilidad de impugnarlo a través del mismo medio o de otros, ya fuese en sus propias colaboraciones periodísticas o haciendo valer el derecho de réplica, que precisamente en esta reforma, fue incorporado al artículo 6º. de la Constitución y cuya reglamentación está pendiente.

   En los últimos día de diciembre, la solicitud de amparo fue desechada por una juez federal. Los demandantes habían anticipado que insistirían por otros cauces legales. Es plausible que quienes no estén de acuerdo con una disposición legal tengan instrumentos jurídicos para impugnarla. Sin embargo en este caso hay un impedimento formal porque resulta bastante peregrino objetar la constitucionalidad de una reforma constitucional. Por eso, igual que la que mencionamos, distintos jueces han rechazado otras demandas de amparo que presentó el Consejo Coordinador Empresarial contra la misma reforma constitucional.

   Al margen de esa discordancia jurídica lo más importante es el hecho de que varios escritores y periodistas, entre ellos algunos que habitualmente defienden sus puntos de vista con razones y hechos de reconocible solidez, en esta ocasión hayan incurrido en una postura tan desacertada. Acaso, en su adhesión a esa demanda influyó el disgusto contra los partidos políticos que han tomado decisiones tan inicuas como la destitución de los consejeros del IFE. Seguramente muchos de ellos están sinceramente convencidos de que hay una transgresión grave a la libertad de expresión.

   Quienes así lo consideran olvidan que la convivencia social obliga a que, siempre, el ejercicio de las libertades tiene limitaciones. Aunque la libertad de tránsito es una garantía constitucional, no tengo derecho a entrar al Periférico en sentido contrario. Aunque hay libertad para trabajar, la Constitución misma aclara que existen actividades ilícitas e incluso, hay profesiones cuyo ejercicio requiere de un título legal. Aunque la de expresión es una de nuestras libertades esenciales, hay reglas para ejercerla. No tengo derecho a pintarrajear con una opinión mía las paredes de un domicilio particular ni a pegar carteles en un monumento público, ni lo tengo para entrometerme en la vida privada de nadie, porque la libertad de expresión jamás se ejerce de manera irrestricta.

   Esas limitaciones, que son normales pero además necesarias en cualquier sociedad y sistema político, se les olvidan a los promotores del amparo. Algunos de ellos han llegado a decir que, a causa de la reforma constitucional, ahora no será posible criticar a los funcionarios públicos ni a los dirigentes políticos. Si así fuese, yo hubiera querido estar entre los primeros en oponerse a dichas modificaciones legales. Pero no es verdad que la reforma tenga tales consecuencias. Lejos de vulnerar libertades la actualización constitucional, en ese tema, propicia una competencia política menos inequitativa.

   En otros momentos he cuestionado aspectos que me han parecido indeseables de esa reforma constitucional en materia electoral. Junto a ellos, considero que ha sido un acierto terminar con la discrecionalidad que la radio y sobre todo la televisión han ejercido al manejar la propaganda electoral. No fue inesperado que Televisa y TV Azteca se inconformaran, incluso de manera tan tramposa y pendenciera como hizo la empresa de Salinas Pliego, contra esas nuevas disposiciones legales. Tampoco lo fue el respaldo de varios organismos patronales a esa causa de las televisoras. Lo que ha resultado preocupante es, por las exageraciones y confusiones que implica, la demanda de amparo de escritores y periodistas. Debido al respeto y aprecio que les ten a muchos de ellos he querido tomar en serio sus razones y señalar por qué me parecen erróneas y desafortunadas.

 

Written by Raúl Trejo Delarbre

enero 3, 2008 at 4:33 pm

Publicado en Cultura, Elecciones, Medios

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