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Populismos de derecha
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Otros tiempos
El populismo apela a las emociones, toma al pueblo como coartada mas no como actor de los cambios sociales, aspira a movilizar adhesiones elementales pero intensas a favor de un líder o una causa que se proponen como representantes, por lo general únicos, de las mayorías. La ausencia de matices refuerza la contundencia de las propuestas populistas: buenos contra malos, justicieros ante bribones, protectores frente a negligentes. El líder populista se muestra afable pero no suele ser condescendiente; el temperamento intransigente se presenta como salvaguarda de la sociedad. Para el líder populista los ciudadanos no son interlocutores, sino individuos desvalidos a los que es preciso proteger. Para eso están ellos.
Breviario de Julian Assange
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No pasará mucho tiempo antes de que alguien lleve al cine la biografía de Julian Assange. El creador de WikiLeaks asistió a seis universidades en donde tomó clases de física, matemáticas, filosofía y neurociencia; a los 16 años hackeaba sitios de universidades australianas y de empresas canadienses. Nació en Australia el 3 de julio de 1971. Sus padres eran teatreros itinerantes y se divorciaron. El nuevo marido de su madre era miembro de un grupo New Age. Assange vivió más tarde en sitios tan disímiles como Tanzania e Islandia y en 2006 creó su hoy celebérrimo sitio de Internet destinado a recibir filtraciones políticas. Leer el resto de esta entrada »
Berlín, ciudad abierta
Estuve en Berlín a fines de septiembre de 1989. La crisis política en Alemania del Este no parecía resistir mucho más y era parte del desmoronamiento del llamado bloque socialista. A pocos días de mi regreso a México ocurrió la apertura del Muro. El 10 de noviembre escribí para El Nacional el artículo del cual extraigo los siguientes párrafos.
Treparon curiosos y exaltados, saludaron con una furia acumulada quizá durante toda su vida y conocieron el otro lado del muro; ya lo sabían colorido y antiautoritario, como lo han dejado, lleno de sarcasmos y dibujos, otros jóvenes, compatriotas suyos: fueron, por centenares, acaso miles, los muchachos y muchachas que la noche del jueves corrieron para brincar la valla de concreto que los había mantenido separados del resto de la ciudad. El Muro de Berlín, para efectos prácticos, dejó de existir este 9 de noviembre.

La decisión del nuevo gobierno de la República Democrática Alemana para, en un forzado pero al fin sensato sentido del realismo, abrir las puertas del muro, termina con toda una era. E inicia otra. Los habitantes de Berlín Oriental que acudieron la noche del jueves y sobre todo, a la mañana siguiente para, a la luz del día, celebrar y manifestar su estupor mostraron, con esa sola actitud, que el muro separaba a Berlín pero no había segregado a los alemanes. Rápido, al comienzo no sin miedo, varios centenares de berlineses se las arreglaron para trepar el muro como quizá nunca pensaron hacerlo: masiva, entusiasmadamente, sin la vigilancia de los vopos –muchos de los cuales, también, habrán querido compartir esa experiencia–; durante 28 años, rumbo al Occidente no han tenido más horizonte que la muralla de 45 kilómetros que divide a su ciudad (además de otros 120 kilómetros que separan a los sectores occidentales de Berlín del resto de la RDA). Muchos de los residentes de Berlín Oriental crecieron con el muro, no conocían más realidad que esa. Hace poco, un funcionario cuya familia había vivido hasta entonces en el lado oriental, nos contaba cómo una niña de diez años, que pudo viajar a Frankfurt, se asombraba ante una ciudad tan abierta y preguntaba “¿y aquí, dónde está el muro?”: pensaba que en todas las ciudades tenía que haber una barrera como la berlinesa, porque así era como ella había crecido.
Millares de jóvenes de Alemania Oriental, así crecieron. Pero a través del muro de concreto y enrejados, poco a poco, pudieron acceder, como visitantes, los alemanes de Occidente y sobre el muro mismo, de manera incontenible, volaron las señales de la radio y la televisión del lado Federal. Esos millares de jóvenes, muchos de los cuales acudieron, aunque fuera por elemental curiosidad, a ver el otro lado del muro que toda la vida han tenido delante suyo, ahora comenzarán a habitar en una ciudad abierta.
Por eso este jueves y este viernes en Berlín, la siempre intensa actividad nocturna del lado Occidental ha sido especialmente novedosa. Los azorados habitantes de Berlín Este han traspuesto la Puerta de Brandemburgo y han caminado por la Avenida del 17 de junio que recuerda el levantamiento civil de sus padres, o sus abuelos, en 1953 (cuando una huelga general constituyó una de las primeras demostraciones de las dificultades que comenzaban a resultar de las tensiones entre economía y sociedad en la RDA). Deben haber pasado ante la seguramente sorprendida guardia soviética, que se ha mantenido a unos metros del muro, pero del lado occidental, como recordatorio del estatuto de ocupación según el cual Berlín se encuentra bajo la supervisión de la URSS, Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos. Luego se internaron en el mullido Tiergarten, el laberíntico parque del que, acaso, solo avistaban, a distancia, las copas de los árboles.
Los jóvenes de Berlín Oriental que este fin de semana están reconociendo la otra mitad de su ciudad habrán pasado, así, frente a los enormes pórticos de inspiración chinesca que resguardan el Parque Zoológico y se habrán encontrado con la Iglesia Conmemorativa, la antigua Iglesia del Káiser Guillermo la cual, con su mitad destruida, recuerda las consecuencias de una Guerra Mundial que nadie, nunca, debiera olvidar. Habrán llegado entonces al principio de la vistosa Kurfürstendamm, la avenida de los escaparates millonarios y los cafés callejeros, repleta de luces y tentaciones, abundante en desórdenes y perversiones. Quizá entonces, algunos de sus compatriotas del lado Oeste les hayan convidado una cerveza a presión en alguno de los bares que por docenas o centenares, nadie ha podido llevar la cuenta, proliferan en el centro de Berlín Occidental.
Si la otra parte de su ciudad les ha resultado tan atractiva, ha sido por tan largamente prohibida. El gobierno, ahora renovado, de la RDA, cultivó una extensa, añeja inquietud entre sus conciudadanos que ante la prohibición, querían conocer las calles luminosas, las ofertas mercantiles, las posibilidades de disipación, en todos los sentidos, que prosperaban del inquieto y también contradictorio lado occidental. Por eso este jueves, apenas se conoció el lacónico e histórico anuncio de Günter Schabowski a nombre del buró político del Partido Comunista, revelando que las puertas del muro serían abiertas, una multitud de berlineses –significativa, mayoritariamente jóvenes– se precipitó sobre la valla de concreto.
En realidad los berlineses del Este han tenido hermosos panoramas urbanos para recrear su vocación estética. En el reparto de la ciudad, los soviéticos se quedaron con la zona histórica, que no sólo resulta de mayor majestuosidad, sino también de mayor significado. Apenas tras la puerta de Brandemburgo, por la Unter den Linden, se encuentran la Antigua Biblioteca de Prusia, la Universidad de Humboldt, los viejos edificios de la Ópera, el Museo del Arsenal y el de Pérgamo, hasta que se llega a la Plaza Marx y Engels, flanqueada por la majestuosa Catedral berlinesa y el adusto edificio del Consejo de Estado.
Tiene lo suyo, y mucho, el centro de Berlín Oriental, por donde con algo de voluntarismo es posible imaginar los tiempos en que, por esas calles, Georg W. Hegel discurría sus construcciones filosóficas o Karl Marx encontraba motivos para profetizar etapas que nunca llegaron; casi se escuchan los cascos de los caballos conduciendo carrozas militares y repiqueteando sobre el adoquín, en años de rigidez y ambición germana como los de Otto von Bismarck, el Canciller de Hierro… Pero la imagen de una ciudad más lenta que reposada, más hueca que respetada, acaba con las fantasías. Llena, rebosante de historia, la parte oriental de Berlín es, sin embargo, una ciudad vacía. Sus calles están colmadas de monumentalidad pero casi no hay gente en ellas. El Berlín histórico es para los funcionarios y para los turistas, pero los alemanes del Este prefirieron hacerse de un nuevo entorno en las enormes unidades habitacionales que hay en la periferia. Y ese es el contraste que ha llevado a muchos de ellos a incursionar, quizá por unas cuantas horas, en la otra mitad, que les había sido vedada, de su propia ciudad: la mitad occidental definida por la sociedad de consumo, por los letreros de neón, por las ofertas de relajo y abundancia.
Están viviendo un sueño, este fin de semana, los berlineses orientales que han cruzado el muro. Luego, en la nueva vigilia, habrán de tener tiempo para meditar sobre su nueva condición y sobre los nuevos retos de las dos Alemanias. La apertura del muro, que parecía inevitable, no se avizoraba tan pronto. La remoción de Eric Honecker fue precedida de un malestar inocultable en la RDA y la decisión de permitir el tránsito al área occidental estuvo precedida por movilizaciones hasta ahora, en varias décadas, desconocidas en esa Alemania. Dos funcionarios del Partido Comunista se suicidaron, antes de que se hiciera público el anuncio de este jueves. Muchos cambios más habrán de presenciarse, porque la apertura del muro, después de todo, no es más que una decisión simbólica, con todo y lo simbólico y ominoso que fue siempre ese valladar que cruza por todo Berlín.
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La luna y la noche que detuvimos los relojes
Aquellos días dormíamos poco, levantándonos de prisa y acostándonos tarde para no perder detalle del viaje más anunciado en la historia de la humanidad. Las fantasías de Julio Verne y George Meliés estaban por ser cumplidas y lo de menos era si la carrera espacial había sido acicateada por la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque la bandera que sería plantada en la áspera y fría superficie de nuestro satélite era la de las barras y las estrellas, había motivos suficientes para querer entender la misión del Apolo 11 como un logro de toda la humanidad.
Así lo dijo Neil Armstrong, en la famosa y precisa frase justo en el momento en que dejaba impresa la huella del pie izquierdo sobre la luna. En México eran las 20.56 del 20 de julio de 1969. Hasta donde recuerdo Jacobo Zabludovsky, en la transmisión televisiva, dijo algo así como detengan sus relojes porque este es un acontecimiento histórico. Y allí quedó ese episodio del reloj de la memoria, congelado cuando las imágenes borrosas y el audio quebradizo que llegaba de la Luna a Houston y de allí al planeta entero, nos indicaban que era un momento para recordar.
La sensación, a la vez, de comunidad y libertad que suscitó la llegada del primer hombre a la luna, trascendía banderías nacionales e ideologías políticas. Era una hazaña de la tecnología y la ciencia pero también de la imaginación y el arrojo. Por supuesto, se trataba de un logro teñido de implicaciones geopolíticas como le diríamos más tarde a la existencia de obvios intereses de variada índole en el plano de las relaciones internacionales. Pero ninguna de aquellas consecuencias le restaba espectacularidad al hecho de que un ser humano (dos, al cabo de unas cuantas horas) caminaba por la luna.
En la televisión de Estados Unidos la transmisión del alunizaje fue encabezada por Walter Cronkite, el veterano y prestigiado periodista que condujo entre abril de 1962 y marzo de 1981 el noticiero vespertino de la CBS. En esa tarea, Cronkite atestiguó y comunicó acontecimientos de toda índole, desde el asesinato de John Kennedy y la carrera espacial, hasta la guerra de Vietnam.
Cronkite murió el viernes pasado, a los 92 años, unos días antes de que se cumplieran cuatro décadas de una de sus transmisiones más memorables. En su libro autobiográfico A Reporter’s Life, Una vida de reportero (Knopf, New York, 1996) relata la espontánea cuan apresurada reacción que tuvo cuando estaba transmitiendo la llegada de Neil Armstrong a la luna:
“Cuando Neil salió del Eagle, yo casi había recuperado la compostura que perdí completamente cuando el Eagle había descendido delicadamente sobre la superficie de la luna. Me había preparado tanto como la NASA para ese momento y entonces, cuando llegó, me quedé estupefacto.
“¡Hombre!, ¡Caray! ¡Hombre! (Oh, boy!, Whew! Boy!). Esas fueron mis primeras palabras, de una profundidad que será registrada por todas las épocas. Eran todo lo que podía articular”.
Era muy posiblemente el periodista más relevante en Estados Unidos y sin duda uno de los que conquistó mayor credibilidad en el siglo XX. Pero confrontado ante aquel hecho histórico, Walter Cronkite reaccionó con esas exclamaciones.
Cronkite relata que en los años 80 abrigó la ilusión de participar en un viaje espacial, cuando los directivos de la NASA anunciaron que habría civiles entre los pasajeros de las siguientes tripulaciones. Específicamente, se dijo, volarían un profesor y un periodista. Después de una preselección entre más de mil solicitantes, el conductor del noticiero de CBS quedó entre 40 finalistas. Pero luego sobrevino la tragedia del transbordador Challenger, que en enero de 1986 estalló poco después de haber despegado en Florida. Cronkite escribió acerca de esa fallida posibilidad:
“Con frecuencia me preguntaban si todavía quería ir al espacio después del Challenger. Mi respuesta era que sí, pero que temía que mis cañerías se irían antes de que la NASA arreglara las suyas. Realmente, todavía me gustaría ir. Sé, sin embargo, que vería el vaso más medio vacío que medio lleno. Un vuelo orbital sería la cosa más emocionante que puedo imaginar –excepto el vuelo que me gustaría hacer antes que otros: el viaje a la luna–. Sería grandioso ver el planeta Tierra desde esa enorme distancia, observar como han hecho nuestros afortunados astronautas esta gran esfera azul, esta mancha de color en la oscura extensión del espacio, regocijarnos en el misterio de nuestra existencia aquí.
“El primer descenso en la luna fue, sin duda, la más extraordinaria historia de nuestra época y casi tan destacada fue la proeza para la televisión como el mismo vuelo espacial. Ver a Neil Armstrong a 240 mil millas allá afuera, mientras daba el gigantesco paso para la humanidad en la superficie de la luna, fue una emoción más allá de todas las otras emociones de ese vuelo. Todas esas emociones derribadas una sobre otra tan rápidamente que pasábamos de la carne de gallina que nos causaba una de ellas a la que suscitaba la siguiente”.
Y en efecto, a la emoción que siempre suscitaba mirar (o, incluso antes, escuchar por la radio) el lanzamiento de aquellos cohetes que conducían fuera de la atmósfera terrestre a una de esas frágiles cápsulas Mercurio, Géminis o Apolo, en aquel verano de 1969 se añadían el recorrido a la luna, la entrada en la órbita del satélite, el descenso en la superficie lunar y el exitoso viaje de retorno. Eran otros tiempos, sí. Nosotros mismos éramos otros. Pero somos lo que somos y el mundo es lo que es gracias, en parte, a las certezas y las quimeras detonadas por aquellas proezas tecnológicas. Como decía Cronkite todas las tardes al terminar su noticiero, así es como son las cosas (and that’s the way it is).
ALACENA: Armstrong despide al periodista
Retirado de las actividades públicas desde hace años, este fin de semana Neil Armstrong dio a conocer el siguiente comunicado sobre la muerte de Walter Cronkite:
“Para que un analista de noticias y un reportero de los acontecimientos del día tengan éxito, él o ella necesitan tres cosas: precisión, oportunidad y la confianza de la audiencia. Muchos tienen la fortuna de contar con las dos primeras. La confianza de la audiencia, se debe ganar.
“Walter Cronkite pareció disfrutar de los más altos ratings. Tenía una pasión por la exploración humana del espacio, un entusiasmo que era contagioso y la confianza de su audiencia. Se le va a extrañar”.
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Disparate canadiense
La cancillería mexicana –una de cal– respondió con agudeza a la decisión del gobierno de Canadá que repentinamente comenzó a exigir visas a nuestros compatriotas que viajan a ese país. En vez de ignorar el asunto o de, en otro extremo, responder de la misma manera, nuestro gobierno anunció ayer que los diplomáticos canadienses que quieran venir a México deberán tramitar una visa.
Se trata de una medida simbólica y que tendrá efectos fundamentalmente en el litigio que ya se ha desatado sobre ese asunto en los medios de comunicación. Los turistas canadienses que vengan a México no tendrán que cumplir con ese requisito, con lo cual se evita ahuyentar al de por sí amedrentado y disminuido turismo. Lo mismo hizo el gobierno de la República Checa, a cuyos ciudadanos Canadá decidió imponer, junto a los mexicanos, el requisito de la visa.
Con esa decisión no se remedian las vicisitudes de millares de mexicanos que, fundamentalmente para hacer turismo, tenían previsto viajar en los próximos días a Canadá. Pero quizá, sumada con las protestas que ya se propagan entre los propios canadienses, esa decisión contribuirá a subrayar la enorme injusticia y la inadmisible tontería que ha cometido el gobierno de Ottawa en contra de todos esos mexicanos y sus familias.
El gobierno de Canadá explicó que, con la visa, pretende disminuir la gran cantidad de peticiones de asilo que son presentadas por mexicanos que buscan aprovechar las generosas disposiciones legales que hay en aquel país para acoger a ciudadanos que se consideran perseguidos en sus respectivas naciones.
Sin embargo no resulta claro por qué el hecho de llenar una compleja y exigente solicitud desalentará a quienes buscan acogerse a las normas canadienses en materia de asilo. No hay correspondencia alguna entre el problema que pretende atajar y la decisión del gobierno de Canadá para requerir visas a los mexicanos.
En ese país, efectivamente, desde hace tiempo hay numerosas peticiones de asilo. Se puede asegurar, incluso sin tener a la mano una relación detallada de quienes se han beneficiado del asilo canadiense, que la gran mayoría han sido personas que distan de ser perseguidas en México.
Y son muchos. Entre 2005 y 2008 la cantidad de mexicanos que pidieron asilo en Canadá aumentó de 3400 a 9400. De esta última cantidad, el 89% de las solicitudes fueron rechazadas. Eso deja más de mil solicitudes –1034– que sí fueron aceptadas.
¿A qué persecución política escapaban, de qué movimiento social formaban parte, en qué partido disidente concurrían esos mexicanos? Es posible que entre ellos haya unos cuantos ciudadanos cuya militancia política o social hubiera suscitado represalias de alguna fuerza política o algún poder fáctico en México. Pero la mayoría, son pícaros que se han valido de la manga ancha con que Canadá juzga las peticiones de asilo para encontrar una manera de vivir.
Si esas peticiones han sido aceptadas, se debe a la holgura de las disposiciones canadienses. Más aún: si la cantidad de mexicanos que busca ese cobijo legal se triplicó en los años recientes ha sido, precisamente, por el éxito que han tenido las solicitudes débilmente fundadas pero admitidas con ligereza por el gobierno de Canadá.
El asilo es una de las más nobles y fundamentales instituciones en las relaciones entre los países. No hace falta insistir en la importancia que tiene. Pero si Canadá acoge por esa vía a centenares de mexicanos cada año, no se debe a que en nuestro país haya una intensa persecución política sino a deficiencias o, para decirlo de manera menos drástica, a la flexibilidad con que se interpreta y aplica el derecho de asilo en aquella nación. Ahora, las víctimas de esa abundancia de asilados reconocidos como tales son los mexicanos que quieren viajar a Canadá.
La medida fue anunciada tan de improviso que, todavía ayer, en algunos sitios de ese país como “Canadá en español” se aseguraba que los mexicanos no necesitamos visas para viajar a ese país.
Ayer mismo el director ejecutivo de la Fundación Canadiense para las Américas, Carlo Dade, sostenía en un texto muy crítico que pedir asilo se vuelve atractivo debido a la tardanza de las autoridades de Canadá para resolver cada solicitud: “Abofetear con las restricciones de las visas a los países no sirve, y no servirá, para arreglar el asunto del sistema de refugiados. Si los requerimientos de asilo fueran procesados rápidamente, entonces los incentivos para abusar de ese sistema desaparecerían”.
Dade, también expresa preocupación por las reacciones que estas medidas puedan suscitar en países como México: “Podemos imaginar lo que está pensando América Latina. Por un lado, Canadá dice que quiere lazos más estrechos, más intercambios culturales y mejores relaciones. Por el otro, de manera unilateral y sin aviso, impone una medida precisamente para hacer lo contrario con sus aliados más cercanos y con quienes tiene relaciones más intensas en la región. Y todo por 9 mil solicitudes de asilo”.
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La ministra está embarazada
La Crónica, 17 de abril.
Madrid. La ministra de Defensa está embarazada. Esa frase resume el cambio político, no sin bemoles y contradicciones, que impulsa el presidente José Luis Rodríguez Zapatero al iniciar un segundo periodo de gobierno. En su gabinete, integrado por 17 ministros, hay nueve mujeres. Ese solo dato hubiera sido suficiente para enfatizar que, más allá de la equidad de género, existe una simbólica apuesta por la heterodoxia política. Pero Defensa, que es la cartera proverbialmente más identificada con la hegemonía masculina, ha sido ocupada por una mujer. Que además es joven. Que además es catalana. Y que está esperando un hijo.
Ese dato, que en cualquier otra circunstancia sería tema exclusivamente de la vida personal de doña Carme Chacón y su marido el periodista Miguel Barroso –ex vocero de Rodríguez Zapatero y ahora director de la Casa de América– se ha convertido en clave de la deliberación española en estos días. Chacón ya despertaba el interés de las publicaciones consideradas como femeninas desde que, siendo ministra de Vivienda, se casó embarazada a fines del año pasado. En la revista Elle apareció un reportaje en donde esa abogada de 37 años, que desde muy joven milita en el Partido Socialista de Cataluña, consideraba que no le resultaría imposible ejercer su nueva maternidad sin descuidar los deberes que le impone su pertenencia al gobierno de Rodríguez Zapatero. “Siempre tengo en mente que mucho más complicado es estar embarazada y tener que trabajar como, por ejemplo, cajera en un supermercado“, dijo con sensatez pero también consciente de la carga simbólica que adquiría desde entonces como figura pública.
Pero una cosa es lidiar con empresas constructoras, sociedades de crédito y acaparadores de predios y otra, encabezar a las tres fuerzas armadas (tierra, mar y aire). Y de tales dimensiones ha sido el encargo que hace unos días le asignó el Presidente de Gobierno a esa concejal del ayuntamiento de un suburbio de Barcelona que, además de todo ello, se da tiempo para dar clases de Derecho.
Diputada en dos ocasiones, Carme Chacón se instaló el lunes en sus nuevas oficinas en el Ministerio de Defensa. Su mensaje inicial a los generales con quienes trabajará cotidianamente fue claro, sencillo y firme. La condición de género de la ministra no debería dificultar el trato entre el gobierno y los militares ya que en España desde hace buen rato, y como una de las consecuencias de la institucionalización de la democracia, las fuerzas armadas tienen una presencia disciplinada y discreta. Sin embargo solamente 12% de los efectivos militares en España son mujeres.
La protesta de la nueva ministra de Defensa y el resto del gabinete de gobierno ante el Rey Juan Carlos y al día siguiente su alocución inaugural en el patio central del Ministerio que ahora encabeza fueron transmitidas en vivo por la televisión. Al encuentro con los militares Carme Chacón acudió con un atuendo que una periodista especializada en modas describiría como “discreto traje de chaqueta negro con blusón premamá blanco de rayas y unos zapatos negros con bastante tacón, que disimulaba con el largo del pantalón”.
Si el ministerio de Defensa hubiera seguido en manos de un hombre su indumentaria jamás hubiera sido motivo de comentarios. Pero así son las novedades: la primera vez suscita el interés de lo inédito y en esta ocasión se trata de una ruptura histórica. De ese calado fue hace cuatro años la decisión de Rodríguez Zapatero para designar vicepresidente de su gobierno a la abogada María Teresa Fernández de la Vega, que ahora repite en ese cargo.
No puede decirse que los españoles acepten todos, de buena gana, el nuevo cambio. Un lector sevillano le escribió esta semana a Rafael Reig, columnista del diario Público que desde hace medio año aparece (por cierto, con notable lozanía y agudeza periodísticas) en la capital española: “La guerra, que yo creía que había sido siempre un brutal juego de intereses orquestado por unos pocos hombres poderosos, una manera más de seguir haciendo negocio con la muerte de los pobres, será también cosa de mujeres, que son y han sido siempre las únicas que han mantenido la dignidad y la razón de los pueblos entre las guerras. ¿Por qué llamamos igualdad a hacerlas a ellas como a nosotros? ¿No deberíamos ser quizás nosotros como ellas?”.
Y hay reacciones en la antípoda de esa opinión, tan recargada de corrección política que contraviene la búsqueda de equidad, reconocimiento, justicia terrena o al menos retórica, según se le quiera ver. “Ahora los españolitos vamos a decir ooohhh qué bonito, está embarazada y es eco pacifista… dentro de nada en vez de fusiles llevarán florecitas” escribió un sarcástico visitante del blog en donde se hacía la descripción del vestido negro con blusón blanco a rayas. Aquí, donde el machismo es aun tan intenso como las reivindicaciones de género que se le oponen, la designación de Chacón –que en efecto es conocida defensora de causas ecológicas y de la convivencia de Cataluña con el resto de España— esa decisión del presidente Rodríguez Zapatero divide opiniones y sentimientos.
Por eso la nueva ministra sabía de qué se trataba cuando al cabo de su breve discurso se dio tiempo para tomar una nerviosa bocanada de aire y, tan ostensibles el abultado embarazo de siete meses como cierto nerviosismo, ordenó al jefe de la escolta militar: “¡Capitán: mande firmes!” para que se produjeran los honores marciales.
Además de Chacón y otras siete mujeres, forma parte del gobierno Bibiana Aído, parlamentaria andaluza que el mes pasado cumplió 31 años. Doctorada en Economía en Cádiz, de donde es originaria, Aído es ministra de Igualdad, una nueva cartera que está claramente destinada a la defensa de las mujeres. Si ese ministerio hace falta o no y sobre todo si consigue atemperar diferencias de género ya se verá. Pero por lo pronto la nueva ministra, junto con la carga de inexperiencia que implica su juventud, ocasiona inquietudes y algunos chascarrillos.
La designación de Aído y la creación del ministerio de Igualdad ha sido considerada una “medida orwelliana” por la prensa hostil al gobierno socialista. Representa “una manera de hacer política basada en la preferencia por los prejuicios ideológicos frente a los intereses generales. La igualdad, como la libertad, es un principio común a toda acción de gobierno y no sólo debe enfocarse desde la perspectiva de la situación de la mujer… Zapatero siempre se ha definido como feminista, y lo que ha hecho es satisfacer el concepto que tiene de sí mismo”, consideró en su editorial el diario ABC.
La descalificación más tajante la ofreció, en ese mismo periódico, el columnista Antonio Burgos. Rodríguez Zapatero “ha organizando su Batallón de Modistillas Ministeriales, donde las señoras superan ya a los caballeros”, escribió con descaro. A la ministra Aído, ese columnista la llama “nueva modistilla de la igualdad”. Y la juventud de esa andaluza destaca en numerosos comentarios. Al menos, dicho sea en descargo suyo, no se sabe que la joven Aído haya tramitado contratos en beneficio de negocios personales y familiares como sucedió en nuestras tierras con el secretario de Estado cuya mocedad y cercanía al presidente fueron postuladas como causas fundamentales –y a la luz del panorama mexicano desdichadamente fallidas—para colocarlo al frente de Gobernación.
Una ministra que espera a un hijo y otra que cuando nació ya había transcurrido más de un año después de la muerte de Francisco Franco: ese es el perfil de una vida pública cuyas novedades quiere reconocer Rodríguez Zapatero en la conformación de su equipo de trabajo. No se trata de cuotas de género sino de reconocer la aptitud como elemento fundamental para ocupar cargos públicos.
Así, mientras en España las mujeres que destacan en política ejercen las responsabilidades más altas, en México se les denigra o manipula. Qué emparentada con el despropósito acerca de las “modistillas de Zapatero” resulta la declaración aquella sobre las piernas de la presidenta de la Cámara de Diputados en México. Los símiles de López Obrador en otras latitudes no son precisamente personajes de izquierda populista sino voceros de las derechas más prejuiciadas y atrasadas. Y qué lejana del respeto a las mujeres que hacen política resulta su utilización al servicio no de una causa sino de un caudillo, como sigue ocurriendo con las “adelitas” del Peje que, junto con los adocenados legisladores perredistas, contribuyen a paralizar la discusión que quiere el país.
Lección francesa
Publicado en La Crónica, jueves 3 de mayo de 2007
Ayer estaban por cumplirse dos horas del debate entre los candidatos a la presidencia de Francia cuando Ségolene Royal se indignó: “estamos llegando al colmo de la inmoralidad política”, le dijo a Nicolas Sarkozy que había dicho que defiende el derecho de los niños discapacitados para encontrar sitio en las escuelas públicas de Francia. La candidata socialista recordó que eso era precisamente lo que ella había exigido durante años, ante la negativa del gobierno del cual ha formado parte el hoy candidato conservador.
Centelleantes sus intensos ojos verdes, enrojecido el rostro y levantando la voz hasta un tono que rompía con el diálogo casi en todo momento terso que habían sostenido, Madame Royal manifestó en ese momento una capacidad de indignación que podría ser la clave del triunfo o la derrota en las elecciones del domingo próximo. Aunque en el debate que ayer miércoles por la noche difundieron todas las televisoras en Francia, se contrastaron dos visiones diferentes para el futuro de ese país. Seguramente muchos de los electores, particularmente la ancha franja que todavía al comienzo de este semana estaban indecisos, habrán tomado nota de esa diferencia entre los candidatos. Sarkozy, que es tan brillante como perverso, entendió de inmediato la peculiaridad de aquella situación. Su rival lo había llamado mentiroso e inmoral. Y frente a la tranquilidad casi flemática –algunos querrán decir cínica– que estaba manifestando, la candidata del Partido Socialista desplegaba una emotividad que no necesariamente se contradecía con la inteligencia que hace falta para llegar al Palacio de Elíseo. Entonces reviró:
-Señora Royal, para ser presidente hay que mantener la calma y usted no logra hacerlo.
-No cuando se cometen injusticias.
-La señora Royal ha perdido la serenidad
-Estoy enojada, sí. Me enojo ante las injusticias y las mentiras. La cólera a veces resulta saludable.
-Me está usted atacando. No le permito que me hable así.
-Estoy diciendo que no dice la verdad. Y yo no miento.
-Se enfada usted con mucha facilidad. Un presidente de la República tiene que guardar la serenidad porque enfrenta responsabilidades muy fuertes.
-La diferencia entre nosotros es que tenemos distintas concepciones morales de la política.
Hasta entonces, en un debate que se extendió durante dos horas y 40 minutos, los dos candidatos habían enfatizado en las diferencias que representan uno respecto del otro en asuntos fundamentalmente económicos. A pesar de que bajo el mando de cualquiera de ellos el gobierno de Francia estaría ceñido por las mismas circunstancias, en el transcurso del encuentro se fueron definiendo las coordenadas de izquierda y derecha que reivindican Royal y Sarkozy. La candidata socialista propone mayores atribuciones al Estado para respaldar especialmente a las empresas medianas y pequeñas, regulación del trabajo para distribuir entre más personas y sin detrimento en la remuneración las horas laborales actualmente disponibles, fortalecer los fondos de pensiones con los ingresos que resultarían de gravar las ganancias bursátiles, viviendas de interés social y nuevos empleos especialmente para los jóvenes que recién egresan de las universidades. Sarkozy, que encabeza a la Unión por un Movimiento Popular, propone que el Estado tenga menos empleados, reducir los impuestos, promover la competencia económica y el ahorro, mantener la semana laboral de 35 horas, ceñirse al actual sistema de pensiones y hacer de Francia “un país de propietarios”. En varias ocasiones el hasta hace dos meses ministro del Interior, que ha sido cuestionado por la represión policiaca contra los jóvenes que hace año y medio protagonizaron algaradas en varios barrios periféricos de París, tropezó ante precisiones de la candidata socialista. Royal le reclamó el escaso respaldo que el gobierno central otorga a las regiones de Francia, de las que se manifestó más conocedora que su rival. Cuando ella se refirió a la propuesta socialista para invertir en el desarrollo de una economía del conocimiento, Sarkozy eludió el tema diciendo “tengo libertad de palabra, no voy a seguir su método”. Al discutirse las opciones para generación de energía Royal, que propone disminuir el uso de plantas nucleares, le preguntó a su oponente qué porcentaje de la energía que se consume en Francia es de ese origen. “Más o menos la mitad” dijo el ex ministro. “Se equivoca, es apenas el 17%” replicó Royal ante un confundido Sarkozy.
El de la candidata socialista fue un discurso que buscaba interlocutores específicos: obreros desempleados, gente sin vivienda, padres de familia que no encuentran escuela para sus hijos, viudas que reciben pensiones exiguas, empresarios de negocios pequeños que no tienen respaldos fiscales para desarrollarse y, muy especialmente, jóvenes a quienes ofreció medio millón de nuevos puestos de trabajo y fianzas estatales para que puedan conseguir vivienda. Podría decirse que para Royal, el ejercicio de gobernar pasa por la capacidad para involucrar a la sociedad. El de Sarkozy fue, en cambio, un discurso centrado en la autoridad del gobierno: mano fuerte contra los delincuentes, discrecionalidad en los apoyos lo mismo a empresas que a grupos sociales, rechazo a una amnistía a los migrantes ilegales. Esas diferencias fueron transparentes cuando se refirieron a la educación. Para el candidato de derecha en la escuela debe haber “respeto a la autoridad, exigencia, enseñanza de una moralidad compartida” y clases por las tardes. Para Royal, lo importante es garantizar la igualdad de los alumnos, revalorizar el trabajo de los profesores, enfrentar la violencia en los planteles y otorgar apoyo individualizado a los alumnos con problemas para estudiar: “no quiero que a algunos niños se les programe para fracasar y a otros para tener éxito”. Fue un intenso e inteligente e, incluso, ejemplar debate de ideas. Sarkozy y Royal, que no eluden reconocerse como de derecha e izquierda en una sociedad en donde ambos flancos de la política están claramente perfilados, discutieron y rebatieron con argumentos. La forma estaba habilitada para propiciar un fondo de esa índole. A diferencia de la mayor parte de los debates políticos que hemos tenido en México en los años recientes y que son extralógica imitación de los debates en Estados Unidos, el que se realizó ayer en Francia fue en torno a una mesa que permitía que los candidatos estuvieran, sentados, frente a frente. Dos moderadores otorgaban la palabra pero sin ceñirse a un rígido esquema previo. Un par de enormes relojes indicaban el tiempo que había ocupado cada candidato, de tal manera que los moderadores podían propiciar espacios similares para ambos.
Royal y Sarkozy se miraron mutuamente todo el tiempo, como en cualquier discusión seria. No hablaron para las cámaras. Debatieron uno con el otro. No iban ataviados para cumplir con algún canon mercadotécnico sino para mostrarse ellos mismos. Las mancuernillas del candidato conservador llamaban más la atención que el casi imperceptible, collarcillo que tenía Royal. Ligera de maquillaje, con el cabello suelto, la candidata enfrentaba las ventajas y los inconvenientes de ser mujer y fue capaz de hacer señalamientos durísimos sin perder la sonrisa. Solo en el momento que hemos señalado, ella reaccionó furiosa ante la mentira de su oponente que se erigía en defensor de la escuela para niños discapacitados cuando según Royal ha sido lo contrario, Sarkozy pareció controlar la situación. Pero había sido a costa de que le dijeran mentiroso e inmoral. Y eso en una cultura política tan madura que propicia un debate de ideas y no de imprecaciones como el de ayer, puede significar el éxito o el fracaso en la elección presidencial. Antes del debate las encuestas indicaban que Sarkozy recibiría alrededor del 52% de los votos, en tanto que para Royal la expectativa era de 48%. Así de cerrada, en esa diferencia sin duda influirá el debate de anoche. El domingo son las elecciones en Francia, después de una primera vuelta en donde participó el 85% de los ciudadanos. Junto con el resultado, habrá sido relevante la discusión sin desgarramientos pero también sin falsas cortesías, la confrontación de ideas en un contexto de civilidad, la posibilidad de debatir sin subterfugios, el cotejo de dos proyectos distintos sin que esas discrepancias propicien que uno excluya fatalmente al otro. Fuera de artificios retóricos como los que hemos mencionado y en los que se expresaron las personalidades de ambos contendientes, en el debate de anoche no había espacio para las acusaciones ni las descalificaciones personales. Ninguno de los candidatos llevaba documentos incriminatorios ni tenía sorpresa alguna preparada para desacreditar al contrincante. Juego limpio, en el fondo y la forma. Las enseñanzas que la política francesa ofrece para nuestro desastrado escenario público son numerosas y envidiables.
ALACENA: El violín
La película de Francisco Vargas Quevedo es como un mazazo en la conciencia y las emociones. Con una sencillez narrativa que solamente tienen las grandes obras, una fotografía directa y rigurosa cuyo blanco y negro acentúa las situaciones límite que allí se plantean y con actuaciones cristalinas como la que en primer lugar desempeña el músico guerrerense don Ángel Tavira, El violín es una cinta de excepción. La guerrilla que allí aparece podría haber surgido en casi cualquier país latinoamericano pero está maliciosamente emparentada con el paisaje mexicano. La violencia representada con una crudeza a ratos indignante nos resulta demasiado cercana para suponer que no pudo haber ocurrido por estos rumbos. La conmovedora historia del violinista y su familia contrastados con la ferocidad militar –con soldados verosímiles porque entre ellos hay además emoción y compasión– deja lecciones de cólera y tristeza. Demoledora e impactante, El violín es una metáfora de sí misma: así como el músico campesino contrapone sus interpretaciones a la brutalidad también la película enfrenta, retratándolos, aspectos de una realidad que quisiéramos abominar.
Humo blanco, augurios negros
La Crónica, 20 de abril de 2005
Cuando se decía que el cardenal Joseph Ratzinger era la mano derecha del papa Juan Pablo II no se expresaba solamente la cercanía personal de esos dos dirigentes de la Iglesia Católica sino, además, la ubicación política de ese teólogo de origen alemán.
La designación de Ratzinger como sucesor del Papa recién fallecido confirma decisión de la cúpula eclesiástica para darle continuidad a las posiciones ideológicas y a los equilibrios internos que procuró Juan Pablo II dentro de esa Iglesia. Y significa, también, un enfático respaldo a las tesis más conservadoras en materia de derechos individuales para los fieles católicos.
Juan Pablo II tenía un discurso avanzado en asuntos de política social –particularmente en su insistencia para combatir la pobreza– y conservador en temas relacionados con decisiones personales como el aborto y la homosexualidad. Esa segunda vertiente es la que sale fortalecida con la elección de Ratzinger.
El humo blanco tras la cuarta votación ayer en El Vaticano confirmó la solidez de las redes políticas que Ratzinger construyó durante casi un cuarto de siglo como prefecto de la poderosa e intransigente Congregación para la Doctrina de la Fe. Esa dependencia de la jerarquía católica representa las tendencias más atrasadas de una iglesia empeñada a ser reconocida como tradicionalista.
La censura como costumbre, la intolerancia como método y la imposición dogmática en contra de la razón y la deliberación, han sido históricamente definiciones centrales de la Congregación que Ratzinger no tuvo interés alguno en modificar. Se trata del “Santo Oficio” que tantas persecuciones desató, en distintas épocas, con el pretexto de reivindicar la fe.
Tales han sido la escuela política, los usos principales y las cartas que avalaron a Ratzinger ante el Colegio Cardenalicio. Si algo se puede agradecer en una trayectoria tan insistentemente comprometida con la reivindicación dogmática de los principios más atrasados de la Iglesia es su incuestionable claridad. La biografía de Ratzinger, particularmente en las últimas décadas, no deja lugar a duda alguna: se trata de un personaje convencido, promotor y militante de posiciones de derechas.
No hay estereotipos gratuitos en ese diagnóstico. Ratzinger ha mantenido una trayectoria comprometida con las vertientes fundamentalistas –con frecuencia sectarias– de la Iglesia Católica. Su combate al reconocimiento de las parejas de homosexuales, la negativa recalcitrante a reconocer el derecho al aborto cuando así lo consideran necesario las mujeres y sus compañeros, el rechazo a discutir siquiera la posibilidad de resolver las simulaciones que con frecuencia acarrea el celibato de los sacerdotes o a tomar en cuenta las propuestas para abrir el ministerio sacerdotal a las mujeres, han formado parte de las cruzadas de Ratzinger contra la actualización de la Iglesia Católica.
A él le correspondió enfrentar, en décadas recientes, la heterodoxia de sacerdotes que buscaban una teología o una práctica pastoral comprometidas con los requerimientos sociales de nuestro tiempo. Amenazas y censuras, así como excomuniones, expulsiones y persecuciones, han sido recursos empleados por ese personaje –adverso, además, al diálogo con otras iglesias cristianas–.
Reacio a distinguir entre religión y asuntos terrenales, Ratzinger es partidario de que la Iglesia presione a los dirigentes políticos para que se comporten de acuerdo con los dogmas de esa corporación. El año pasado el cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de la Arquidiócesis de Washington, le preguntó qué debía hacer ante posiciones como la del senador John F. Kerry, candidato presidencial del Partido Demócrata, que respetaba el derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto.
Ratzinger aclaró esas dudas en una carta privada dirigida a McCarrick y al presidente de la Conferencia de Obispos estadounidenses, Wilton Gregory. A los políticos que respaldaran acciones como el aborto y la eutanasia, indicó, la Iglesia debía negarles la comunión.
“No todos los asuntos morales –aclaró Ratzinger– tienen el mismo peso que el aborto y la eutanasia”. La Iglesia Católica está por la paz pero si un gobernante declara una guerra o decide la ejecución de un prisionero, esos no son motivos para que se le regatee la eucaristía. “Entre los católicos puede haber una legítima diversidad de opinión acerca de emprender una guerra o aplicar la pena de muerte, pero de ninguna manera en relación con el aborto y la eutanasia”, dijo en aquella carta.
Esas son algunas de las posiciones que Joseph Ratzinger ha impulsado en y a nombre de la Iglesia Católica. Con esas coordenadas se inicia el pontificado de Benedicto XVI.
ALACENA: Ratzinger Fan Club
Ayer el sitio web de The Cardinal Ratzinger Fan Club quedó saturado. Se trata de un espacio no oficial que, además de remitir a discursos y textos de ese personaje, ofrece cachuchas con el nombre de Ratzinger (11.99 dólares ) y camisetas o tarros de cerveza (14.99 dólares) con la efigie del hasta ayer cardenal nacido en Bavaria.
Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx
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El tropiezo de Europa
La Crónica, 5 de junio de 2005
La gente con frecuencia se equivoca. La historia está repleta de episodios en los cuales las mayorías han tomado decisiones a la postre reconocidas como erróneas. Hace una semana Francia –y tres días más tarde Holanda– rechazaron la Constitución que establece reglas, instituciones, obligaciones y derechos en la Unión Europea.
Las consecuencias de esas decisiones están siendo mayúsculas. El proceso de integración de los europeos ha sufrido un tropiezo de varios años. Las decisiones ya en marcha para intensificar la unificación económica y social tendrán que asumir ritmos más lentos. La solidez que Europa había alcanzado en el panorama internacional se debilita en beneficio de otras fuentes de influencia y hegemonía.
A pesar de las discrepancias que tuvieron acerca de la guerra contra Irak los países europeos han significado un contrapeso insuficiente, pero eficaz, ante la agresividad estadounidense. Y en el plano comercial el frente europeo ha constituido una fuente de temperancia delante de la liberalización cada vez con menos reglas que proponen las grandes corporaciones o los nuevos actores mercantiles. En Washington y Pekín, por motivos distintos, hay quienes se frotan las manos ante el tropiezo de Europa.
Sociedad contrariada
El domingo pasado, 29 de mayo, el 54.68% de los franceses dijo No a la Constitución Europea. Se trata, en números redondos, de 16 millones que decidieron seguir el llamado de la heterodoxa alianza de las derechas y las izquierdas más beligerantes para rechazar ese paso en la unificación del Continente.
El 45.32% que estuvo por la Constitución equivale a unos 13.2 millones de franceses. Dividido, el voto contra ese documento fue mayor de lo que se esperaba. También la participación. En el referéndum votó casi el 70% de los algo menos de 42 millones de franceses inscritos en el padrón electoral.
Las semanas anteriores a esa votación toda Francia se volcó en la discusión acerca del referéndum. Nadie podrá decir que no hubo, con intensidad notoria, un debate tan encendido que dividió familias, regiones y a los partidos políticos más grandes.
Pero es difícil reconocer, en ese intercambio, una auténtica discusión acerca del contenido de la Constitución que sus dirigentes políticos han propuesto para Europa.
No hubo medio de comunicación que no acogiera el debate de los franceses. No hubo plaza pública en donde ese tema no se expresara. Pero entre lo mucho que los franceses escucharon y dijeron en el transcurso de mayo y un poco antes menudearon los reproches a la ineficacia de los gobernantes actuales, las muestras de insatisfacción respecto de la política, las quejas debido al estancamiento económico y muy especialmente al desempleo.
Amas de casa, obreros y sobre todo jóvenes, encontraron en esa deliberación el espacio propicio para ventilar la contrariedad que experimentan en sus vidas diarias y respecto de los asuntos públicos. Entre quienes votaron por el “no”, el 40% lo hizo “para expresar cansancio por la situación actual” según la encuesta de Le Monde.
Habiendo sido impulsada por la clase política de Francia –igual que en el resto de los países europeos– la nueva Constitución fue identificada con los intereses de los actuales gobernantes. A no pocos ciudadanos les pareció que respaldar ese documento sería una manera de hacerlo también con quienes se encuentran en el poder pero, también, con aquellos que están en mejores condiciones de disputarlo.
El voto del miedo
El rechazo en Francia a la Constitución Europea lo fue al gobierno de centro derecha del presidente Jacques Chirac pero, junto con él, al Partido Socialista que también respalda esos principios para la unificación.
Los opositores de esas dos grandes formaciones políticas aprovecharon la confusión que había sobre el contenido real de la Constitución y desataron en Francia un clima de miedo y desconcierto. Sin apoyarse en el texto de la Constitución y en ocasiones propalando mentiras, la ultra derecha y las izquierdas al margen del Partido Socialista les dijeron a los franceses que aprobar ese documento conduciría a un mayor desempleo, abriría el mercado laboral a la llegada de extranjeros y que conduciría a una “liberalización” de la economía.
Muy pocos franceses se tomaron la molestia de leer el texto de la Constitución. La discusión al respecto ocurrió de oídas, a partir de suposiciones y especulaciones de uno y otro bando. Los adversarios de la Constitución la presentaron como una ruta a la deformación de la sociedad, la economía e incluso la cultura francesas. No fue poca la xenofobia que se extendió en ese debate. Los defensores de la Constitución apelaban, fundamentalmente, a los sentimientos de solidaridad que en tantas ocasiones Francia ha mostrado respecto de Europa y el resto del mundo.
Vulgarizada y polarizada, la deliberación acerca de los principios que se proponen para Europa dejó a un lado, salvo excepciones, las consideraciones racionales. Pocos días antes del referéndum el analista británico Timothy Garton Ash describía así el panorama que vio en Francia:
“Me encontré con una nación atenazada por el miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo a los extranjeros. Miedo al cambio. Miedo a que el ya tópico ‘fontanero polaco’ les quite sus puestos de trabajo, a una UE ampliada en la que París ya no lleve las riendas, a un mundo cada vez más dominado por el ‘liberalismo anglosajón’ ”.
El miedo, recordaba ese estudioso, siempre es mal consejero. Es sorprendente cómo una sociedad tan proverbialmente abierta a la discusión política pero antes que nada a la ilustración y las razones se haya dejado llevar por los recelos y las apariencias. Muchos franceses simplemente escucharon y creyeron lo que quisieron y cerraron oídos y reflexión a otras consideraciones.
Derechas e izquierdas
La Constitución no modifica sustancialmente las reglas de intercambio comercial ni las pautas para la migración de trabajadores que ahora existen entre los países europeos. Sin embargo el 46% de los franceses que votaron por el “No” lo hicieron, entre otros motivos, porque creyeron que el Tratado empeoraría el desempleo en su país.
No se trata, es cierto, de un documento fácil. En su versión en español la Constitución Europea, sin anexos, tiene 349 páginas. Sus defensores fallaron al no saber divulgar, ni explicar, los alcances que ese texto significa para la unificación europea. El capítulo de derechos sociales, por ejemplo, resulta especialmente plausible. Lo mismo las disposiciones sobre el carácter laico de los asuntos públicos, entre otros.
Nada o muy poco de eso influyó en la discusión francesa. Por la Constitución estuvieron la Unión por un Movimiento Popular que es la coalición que respalda al gobierno de Chirac y la dirección del Partido Socialista Francés. El disgusto y el escaso convencimiento entre los simpatizantes del PS acerca de la Constitución fue quizá el principal factor de derrota para quienes respaldaban el Tratado.
Entre los adherentes de la UMP, el 80% votó por la Constitución. En cambio entre los simpatizantes del Partido Socialista el 56% votó por el No.
El rechazo a la Constitución estuvo encabezado por miembros del Partido Socialista como Laurent Fabius –que debido a esa actitud ayer fue removido de la dirección nacional– y especialmente por la derecha más estridente encabezada por el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen.
No dejó de ser paradójica la decisión de muchos militantes y simpatizantes socialistas para marchar en la misma causa junto a Le Pen, el bárbaro de derechas que en las elecciones de hace dos años dejó al PS en tercer lugar propinándole una de las derrotas más dolorosas de su historia.
Le Pen, entre otras perlas, ha sostenido que para remediar el desempleo en Francia simplemente hace falta expulsar a todos los extranjeros y considera que el holocausto que hace seis décadas padecieron los judíos bajo la brutalidad nazi es un asunto menor en la historia de Europa.
Unidad golpeada
No era sorprendente que un personaje como ese rechazara la Constitución Europea. Pero que con él coincidieran mujeres y hombres de convicciones democráticas da cuenta de una profunda confusión, así como del deterioro que padecen, igual que en tantos otros sitios, las instituciones políticas de Francia.
La decisión de los ciudadanos para expresar en las urnas europeas el disgusto que tienen ante la política y los asuntos públicos en su país fue expresión de la mezcolanza de temas, explicaciones y prioridades de la que, por lo visto, no se salva ni siquiera la emblemática Francia. Al llevar sus diferendos internos al plano europeo los franceses que votaron por el No se confundieron de escenario. Por pegarle a Chirac y a los dirigentes del PS golpearon al proyecto de integración comunitario. Pocas veces ha sido tan pertinente la manida metáfora del agua, la bañera y el niño.
Los franceses que definieron el resultado contra la Constitución Europea tiraron por la ventana un esfuerzo de acercamientos que había demorado varios años. Por miedo a la incertidumbre que siempre suscitan los cambios, esos ciudadanos abandonaron el papel precursor que Francia ha tenido en la consolidación de Europa igual que en la civilidad para el resto del planeta.
Siempre, desde luego, los europeos podrán volver a plantearse una Constitución distinta. Pero cada viraje en esa nada sencilla ruta exige de tiempo y condiciones que no será sencillo moldear para que la unidad europea no naufrague en decisiones como esta.
El que expresaron los franceses no es cualquier rechazo. El peso específico pero además simbólico que Francia tiene en Europa está influyendo para que en otros países se mire con mayor recelo al proceso de unidad. Apenas el miércoles, 1 de junio, el referéndum en Holanda desembocó en un 61.6% de votos contra la Constitución Europea con una participación del 63% de los 12 millones de ciudadanos registrados para esa elección. Los resultados ya se habían previsto desfavorables a la Constitución pero el voto por el No aumentó debido al ejemplo francés.
Un “no” sin opciones
Esta lección reitera el riesgo que siempre implican las consultas abiertas en donde los ciudadanos solamente se pueden manifestar por opciones polares. Decir “sí” o “no” a cualquier iniciativa, impide expresar los muchos matices y posiciones intermedias que se pueden y suelen tener ante cualquier propuesta. No eran pocos los franceses que con motivo de la Constitución hubieran querido decir “sí, pero…” o “no, aunque…” Esas posturas tuvieron que allanarse a la aceptación completa o el rechazo total a la Constitución.
Quienes estaban por el Sí, respaldaban todo un proceso de discusión que ha llevado varios años y que desembocó en el complejo “Tratado por el que se establece una Constitución para Europa”. Puede ser y sin duda es discutible, pero allí está una amplia, documentada y expresa colección de ideas, reglas, plazos y compromisos para la integración europea.
En cambio –y eso es lo peor en este resultado– los adversarios de la Constitución no tienen una propuesta alternativa. Votar por el No en Europa es hacerlo por el estancamiento. El rechazo a la Constitución no se traduce en nada mas que eso. Y es que hubiera sido imposible, más allá de la impugnación a lo que ya existe y lo que se proponía, que fuerzas tan variadas como el Partido Comunista, los grupos Verdes y la disidencia del PS coincidieran en un proyecto común con el Frente Nacional de Le Pen.
Con razón, el politólogo Josep Ramoneda escribía el martes 31 en El País, en un espléndido análisis, que “el referéndum francés tiene algo de salto en el vacío”. Y añadía: “El voto del no es una sacudida, pero no contiene una propuesta. Y la prueba de ello es que el denominador común de todas estas facciones era un eslogan que parece venido de fuera de la realidad: contra la Europa liberal”.
Triste ejemplo
Los franceses que votaron el No y muchos de quienes los emulen en el resto de Europa expresan una desazón que no ha tenido desembocaduras institucionales. Sus partidos les resultan inhabitables, sus gobiernos ineficientes, los políticos les parecen aborrecibles. Pero más allá del No, carecen de alternativa.
Los políticos que encabezaron el rechazo a la Constitución, por cierto, no son más modernos ni más representativos que aquellos contra quienes se produjo ese resultado. Simplemente se trata de dirigentes que supieron aprovechar el disgusto de los ciudadanos y que carecieron de escrúpulos para dirigirlo contra una causa que solía ser de todos como era la unidad europea.
Los franceses arreglarán sus asuntos internos –el presidente Chirac reemplazó al primer ministro Jean Pierre Raffarin como parte de una serie de enroques que reconocen el peso político de sus opositores dentro de la alianza gobernante– y discutirán por largo tiempo las consecuencias del rechazo a Europa tal y como les había sido planteado.
Europa, toda ella, mantendrá formas de cohesión y cooperación y sus acuerdos finales dependerán tanto de la imaginación que desplieguen sus gobernantes como de la reflexión que los ciudadanos emprendan acerca de actitudes como la francesa. Por lo pronto tendrán que proseguir las consultas en los países que aun no toman una postura sobre la Constitución. Ese documento ha sido ratificado, por referéndum o en los respectivos parlamentos por 9 naciones, rechazado en 2 y están pendientes las decisiones en otras 14.
Para países como México, el tropiezo en el proceso de unificación europea significa no solamente más dificultades para acceder a un mercado siempre difícil sino, esencialmente, el mantenimiento de un mundo sometido a la hegemonía de una sola región. También, como con espíritu estrecho señaló el canciller Luis Ernesto Derbez, el No francés implicará más dificultades en las relaciones mexicanas con aquella región porque los europeos van a estar muy ocupados atendiendo sus propios desacuerdos.
La lección francesa tendría que suscitar mayor atención en el contrahecho escenario público mexicano. Si en Francia, en donde a la razón y la reflexión se le tiene en tanta estima que los intelectuales son auténticos personajes públicos y hasta hace poco el programa de mayor audiencia en la televisión era una serie de crítica de libros, los ciudadanos son capaces de tomar una decisión tan irreflexiva y costosa, ¿qué nos queda esperar en México, en donde padecemos no solo una casi absoluta falta de tradiciones intelectuales extendidas en la sociedad sino, ahora, una discusión pública corta, escabrosa y rústica? Ah, pero el presidente Vicente Fox equipara al avance democrático con las faldas de la señora y ahora convoca a una marcha para celebrar los cinco años de su triunfo electoral. A ver quiénes lo acompañan.
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Una sociedad cohesionada
La Crónica, 13 de marzo de 2005
Toda España, al mediodía del viernes, guardó cinco minutos de silencio para recordar a las víctimas de los atentados del 11 de marzo del año pasado. Es difícil imaginar abrumada en el mutismo a la bulliciosa Madrid, que hace un año fue golpeada por el terrorismo de Al Qaeda. Pero en esta conmemoración, de la misma manera que hace un año ante el desafío de la violencia, los españoles respondieron con una cohesión y una madurez admirables.
Lejos de cerrarse ante el resto del mundo como les ocurrió a los Estados Unidos después del 11 de septiembre, los españoles supieron dar una respuesta política y moralmente digna, además de policialmente eficaz, a los atentados de marzo pasado. Los madrileños se supieron abrazados por la solidaridad internacional, en la que encontraron reflejos de la adhesión que ellos mismos lograron mantener por encima de cualquier discrepancia doméstica.
A diferencia del guerrerismo envalentonado en el dolor que definió en 2001 y después la actitud preponderante entre los estadounidenses, en España se optó por la comprensión inteligente del terrorismo y sus causas. Ello no impidió la respuesta policial, que identificó a los culpables materiales así como a los autores intelectuales de los crímenes del 11 de marzo de 2004. Con prudencia y sin excesos, pero sin descuidar sus obligaciones, las corporaciones policiacas españolas entendieron pronto los primeros indicios y un año más tarde han presentado a varios detenidos ante la justicia. El proceso legal tendrá lugar en los próximos meses.
Arrebato estadounidense
Los españoles, después de aquel 11 de marzo supieron eludir los riesgos de la intolerancia y el autoritarismo. El ejemplo estadounidense había resultado demasiado atrabiliario e ineficaz. Desde luego las dimensiones del atentado de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono fueron mucho mayores que los crímenes, dos años y medio después, en las estaciones ferroviarias de España. Pero la magnitud de aquellos crímenes no justificó la reacción estadounidense que fue de gigante herido –especialmente dolido porque se consideraba invulnerable o casi– y no de una nación que, como otras, comparte los riesgos y desafíos del terrorismo internacional.
En contra del modelo que impusieron George W. Bush y el Pentágono, España reaccionó ante el terrorismo promoviendo la cohesión social a partir del rechazo racional a la violencia. Mientras en Estados Unidos el gobierno impulsó una respuesta de fuerza que comenzó por establecer restricciones dentro de sus propias fronteras, la sociedad española no se dejó avasallar por la tragedia ni dejó de ser ella misma.
La Casa Blanca quiso enfrentar al terrorismo restringiendo las libertades en Estados Unidos. Han sido mal e insuficientemente conocidos pero suman docenas, o quizá centenares, los casos de ciudadanos perseguidos o detenidos porque alguien creyó, erróneamente, que formaban parte de una conspiración contra la seguridad nacional.
Allanamientos, intromisión en la privacía de las personas y sobre todo la difusión de un clima de sospechas que ha trastornado a la sociedad estadounidense como no sucedía desde el macartismo de hace medio siglo, fue la reacción que imperó en ese país. La asechanza contra quienes ponían en cuestión esas medidas de emergencia afectó a numerosos periodistas y medios de comunicación, aunque fueron pocos los que denunciaron la cacería de brujas que repentinamente demostró la fragilidad de las libertades de las que tanto –y en muchas ocasiones con tanta razón– se ufanan los estadounidenses.
Sensatez de los españoles
En España nadie pensó en restringir libertades. Al contrario, muchos se volcaron a ejercerlas. Unas horas después de los atentados del 11 de marzo ya se preparaban manifestaciones que serían multitudinarias. Y el ocultamiento de información que el gobierno quiso mantener para lucrar políticamente con la tragedia fue rápidamente desmontado por los segmentos más activos de la sociedad.
El intento de manipular las primeras versiones sobre los atentados le costó la reelección al gobierno del Partido Popular. Tres días después de los ataques terroristas tendría lugar la elección para renovar al Congreso y, así, ratificar o relevar a José María Aznar. El gobierno propaló, con intencionalidad política, la versión de que aquellas agresiones habían sido obra de ETA, el grupo terrorista vasco con el cual acusaban de tener simpatías a algunos aliados del PSOE, el partido que se encontraba a la cabeza de la oposición.
Si se hubiera comprobado la participación del terrorismo vasco, posiblemente la votación habría favorecido al PP y a Aznar como sugerían las tendencias registradas hasta poco antes de los atentados. Pero la distorsión informativa fue develada y el hallazgo de evidencias que sugerían la culpabilidad de un grupo fundamentalista islámico, cambió el resultado de esos comicios.
Los españoles supieron estar juntos al momento de rechazar la violencia e, inmediatamente después, dirimir sus diferencias políticas en las urnas. La intimidación terrorista no los escindió, ni abolió las preferencias que la mayoría de ellos tenía por distintos partidos.
La sociedad española tuvo la madurez suficiente para, al día siguiente de los atentados, el viernes 12 de marzo, volcarse a las calles en rechazo democrático y cívico a la violencia terrorista. Y la tuvo para unas horas más tarde, el domingo 14, acudir a las casillas de votación para darle sentido político a esa democracia.
Terrorismo y democracia
Mientras en Estados Unidos después de la oleada terrorista predominaron la irritación, la desconfianza y el miedo, en España campeó la solidaridad como fuente de rechazo a los violentos y, también, de certeza en las capacidades de ciudadanos y Estado para enfrentar aquel embate. No todo ha sido fraternidad. La intolerancia con los migrantes que existía desde tiempo atrás, se ha recrudecido en algunas zonas de España. Pero el gobierno actual, de manera deliberada, ha promovido el acercamiento con grupos étnicos y culturas minoritarias en ese país, especialmente con los residentes de tradición islámica.
En los meses posteriores a septiembre de 2001, la Casa Blanca despreció al sistema internacional sustentado en la ONU y trató de sustituirlo resolviendo unilateralmente –con el concurso de los gobiernos que se le adhirieron– la incursión militar contra Irak.
Después del 11 de marzo de 2004, en cambio, sociedad y gobierno españoles supieron encontrar cobijo en la oleada de calidez internacional que hizo de Madrid el eje de adhesiones y preocupaciones globales.
No ha sido casual, sino resultado de esa cohesión en la solidaridad, el hecho de que el aniversario de los atentados en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo, haya convocado a docenas de ex gobernantes y especialistas de todo el mundo en una Cumbre sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad.
Durante varios días los miembros del Grupo de Madrid discutieron los entrecruces que hay entre esas denominaciones. Antes que cerrarse a explicaciones dogmáticas o preconcebidas, los españoles y su actual gobierno han preferido arriesgarse –y enriquecerse– en la deliberación y la búsqueda de soluciones creativas a la amenaza del terrorismo. Antes que aislarse en su dolor, se han reconocido como parte de un mundo desafiante y repleto de nuevos riesgos. La Cumbre madrileña, para que no hubiera dudas sobre ese enfoque antagónico al estadounidense fue clausurada por Kofi Annan, el empeñoso secretario general de Naciones Unidas.
Discutir en Madrid
Fue en Madrid, en esas condiciones, donde Annan urgió para que el combate al terrorismo no implique transgresiones a los derechos humanos. Las resoluciones de la Cumbre recogen gran parte de las preocupaciones del secretario general de la ONU.
“El terrorismo –se dice en ese documento– constituye un ataque a la democracia y a los derechos humanos. No existe justificación alguna para atacar a civiles y no combatientes por medio de la intimidación y de atentados mortales”.
El contraste con los abusos que ha implicado la respuesta militar estadounidense es muy claro. Los participantes en la Cumbre de Madrid añadieron: “Frente a las víctimas, tenemos el deber de hacer que recaiga sobre los terroristas la acción de la Justicia. Es necesario dotar a las fuerzas policiales de todos los poderes que precisen, respetando siempre los principios cuya defensa les ha sido encomendad. Las medidas de lucha contra el terrorismo deberán respetar plenamente los principios internacionales sobre los derechos humanos y el Estado de Derecho”.
Para combatir a los terroristas no es inaceptable mimetizarse con ellos. Solidificar instituciones y no desmantelarlas como supone la estrategia del terror, es la respuesta pertinente. Por eso, lejos de saltar por encima de la autoridad del sistema internacional, las decisiones capaces de atajar al terrorismo son aquellas que robustecen a los organismos multilaterales.
El documento madrileño apunta: “La legitimidad internacional es un imperativo moral y práctico. Resulta esencial un enfoque multilateral. Deben fortalecerse las instituciones internacionales, especialmente las Naciones Unidas. Debemos renovar nuestros esfuerzos para hacerlas más transparentes, democráticas y eficientes”. El texto completo se encuentra en: http://safe-democracy.org/
El Club de Madrid fue integrado en octubre de 2001 por 44 ex jefes de Estado y Gobierno –entre ellos el ex presidente mexicano Ernesto Zedillo que a juzgar por la información disponible no acudió a la reunión de esta semana–. Esta ha sido quizá la contribución más relevante de ese grupo. La Cumbre Internacional sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad fue auspiciada por el Rey de España.
Bosque de los ausentes
Medidas concertadas pero urgentes, en vez de limitarse al a la postre ineficaz apremio de las armas, podrían conformar una nueva perspectiva para enfrentar al terrorismo. De eso los españoles saben algo ya que, además del desafío de Al Qaeda hace un año, llevan décadas padeciendo las intimidaciones de la banda terrorista ETA.
En los meses recientes la vida política española ha estado conmocionada con desavenencias políticas que se expresan de mala manera. Revanchas de quienes han perdido parte del poder que detentaban frente a la ambición de quienes no tienen todo el poder que ambicionan, han conformado un ambiente de enfrentamiento y descomposición.
Sin embargo antier, en las demostraciones de luto por la conmemoración del 11 de marzo, los españoles volvieron a manifestar la unidad cívica que hace un año los hizo tan fuertes.
Por la mañana, centenares de iglesias hicieron repicar sus campanas a la hora en la que, aquel día fatídico, comenzaron a estallar las bombas en cuatro trenes. Y al medio día centenares de familiares de las víctimas, jefes de Estado de varios países y dirigentes políticos, atestiguaron la apertura de un área en el Parque del Retiro destinada a recordar a las víctimas del 11 de marzo.
Bosque de los Ausentes, se llama esa sección del popular parque madrileño en donde hay 192 árboles –cipreses y olivos–, uno por cada uno de los muertos de hace un año. Sin discursos ni formalidades, los reyes Juan Carlos y doña Sofía y el presidente de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, recorrieron el jardín y compartieron los cinco minutos de silencio que a esa hora paralizaban a toda España.
En México, inmadurez
Ni la congoja ante el atentado de hace un año, ni las diferencias políticas que siguen a flor de piel, les han impedido a los españoles responder unidos ante el terrorismo. Solo una sociedad que confía en sus instituciones –aunque constantemente se proponga mejorarlas– y que tiene puntos de acuerdo básicos es capaz de expresar esa madurez.
El ejemplo español contrasta, inevitablemente, con la circunstancia mexicana de nuestros días. No hay diálogo político porque la desconfianza se ha adueñado de todos los protagonistas y todos los espacios del escenario público. No hay metas ampliamente compartidas porque las codicias circunstanciales han nublado cualquier horizonte de mediano plazo. El único futuro en el que piensa la gran mayoría de los actores políticos es el que pasa por las elecciones presidenciales del año próximo. Tampoco tenemos liderazgos capaces de ampliar las miras del mundo político y la sociedad. Entre los dirigentes y gobernantes no se advierte uno solo en quien se pueda reconocer capacidad o al menos pretensiones de hombre de Estado. La sociedad contempla, fastidiada o entretenida, el desgaste de su clase política. Los medios premian los comportamientos estridentes. La polarización envuelve a todos, incluyendo a muchos de quienes habrían podido aportar sensatez e inteligencia en este panorama de descomposición. Los enconos se vuelven marasmo y la política se agota frente a los micrófonos o en las barandillas.
Resulta pavoroso imaginar qué ocurriría si México padeciera una tragedia como la de hace un año en Madrid. No hay una sola formación política mexicana en la que podamos apreciar los resortes de prudencia y tolerancia que les permitieron a los españoles enfrentar aquel desafío sin incurrir en persecuciones ni autoritarismos. No hay un solo líder político de quien, a juzgar por sus comportamientos recientes, pudiéramos esperar la circunspección que se requiere en momentos de apremio. Descompuesta la clase política, en la sociedad tampoco se advierte madurez para enfrentar una situación de emergencia. Después de todo esa sociedad es la que encumbra, tolera, avala y deja de sancionar a los dirigentes y gobernantes que tenemos.
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