Sociedad y poder

La ministra está embarazada

Publicado en El mundo by rtrejo on Abril 17th, 2008

La Crónica, 17 de abril.

Madrid. La ministra de Defensa está embarazada. Esa frase resume el cambio político, no sin bemoles y contradicciones, que impulsa el presidente José Luis Rodríguez Zapatero al iniciar un segundo periodo de gobierno. En su gabinete, integrado por 17 ministros, hay nueve mujeres. Ese solo dato hubiera sido suficiente para enfatizar que, más allá de la equidad de género, existe una simbólica apuesta por la heterodoxia política. Pero Defensa, que es la cartera proverbialmente más identificada con la hegemonía masculina, ha sido ocupada por una mujer. Que además es joven. Que además es catalana. Y que está esperando un hijo.

Ese dato, que en cualquier otra circunstancia sería tema exclusivamente de la vida personal de doña Carme Chacón y su marido el periodista Miguel Barroso –ex vocero de Rodríguez Zapatero y ahora director de la Casa de América– se ha convertido en clave de la deliberación española en estos días. Chacón ya despertaba el interés de las publicaciones consideradas como femeninas desde que, siendo ministra de Vivienda, se casó embarazada a fines del año pasado. En la revista Elle apareció un reportaje en donde esa abogada de 37 años, que desde muy joven milita en el Partido Socialista de Cataluña, consideraba que no le resultaría imposible ejercer su nueva maternidad sin descuidar los deberes que le impone su pertenencia al gobierno de Rodríguez Zapatero. “Siempre tengo en mente que mucho más complicado es estar embarazada y tener que trabajar como, por ejemplo, cajera en un supermercado“, dijo con sensatez pero también consciente de la carga simbólica que adquiría desde entonces como figura pública.

Pero una cosa es lidiar con empresas constructoras, sociedades de crédito y acaparadores de predios y otra, encabezar a las tres fuerzas armadas (tierra, mar y aire). Y de tales dimensiones ha sido el encargo que hace unos días le asignó el Presidente de Gobierno a esa concejal del ayuntamiento de un suburbio de Barcelona que, además de todo ello, se da tiempo para dar clases de Derecho.

Diputada en dos ocasiones, Carme Chacón se instaló el lunes en sus nuevas oficinas en el Ministerio de Defensa. Su mensaje inicial a los generales con quienes trabajará cotidianamente fue claro, sencillo y firme. La condición de género de la ministra no debería dificultar el trato entre el gobierno y los militares ya que en España desde hace buen rato, y como una de las consecuencias de la institucionalización de la democracia, las fuerzas armadas tienen una presencia disciplinada y discreta. Sin embargo solamente 12% de los efectivos militares en España son mujeres.

La protesta de la nueva ministra de Defensa y el resto del gabinete de gobierno ante el Rey Juan Carlos y al día siguiente su alocución inaugural en el patio central del Ministerio que ahora encabeza fueron transmitidas en vivo por la televisión. Al encuentro con los militares Carme Chacón acudió con un atuendo que una periodista especializada en modas describiría como “discreto traje de chaqueta negro con blusón premamá blanco de rayas y unos zapatos negros con bastante tacón, que disimulaba con el largo del pantalón”.

Si el ministerio de Defensa hubiera seguido en manos de un hombre su indumentaria jamás hubiera sido motivo de comentarios. Pero así son las novedades: la primera vez suscita el interés de lo inédito y en esta ocasión se trata de una ruptura histórica. De ese calado fue hace cuatro años la decisión de Rodríguez Zapatero para designar vicepresidente de su gobierno a la abogada María Teresa Fernández de la Vega, que ahora repite en ese cargo.

No puede decirse que los españoles acepten todos, de buena gana, el nuevo cambio. Un lector sevillano le escribió esta semana a Rafael Reig, columnista del diario Público que desde hace medio año aparece (por cierto, con notable lozanía y agudeza periodísticas) en la capital española: “La guerra, que yo creía que había sido siempre un brutal juego de intereses orquestado por unos pocos hombres poderosos, una manera más de seguir haciendo negocio con la muerte de los pobres, será también cosa de mujeres, que son y han sido siempre las únicas que han mantenido la dignidad y la razón de los pueblos entre las guerras. ¿Por qué llamamos igualdad a hacerlas a ellas como a nosotros? ¿No deberíamos ser quizás nosotros como ellas?”.

Y hay reacciones en la antípoda de esa opinión, tan recargada de corrección política que contraviene la búsqueda de equidad, reconocimiento, justicia terrena o al menos retórica, según se le quiera ver. “Ahora los españolitos vamos a decir ooohhh qué bonito, está embarazada y es eco pacifista… dentro de nada en vez de fusiles llevarán florecitas” escribió un sarcástico visitante del blog en donde se hacía la descripción del vestido negro con blusón blanco a rayas. Aquí, donde el machismo es aun tan intenso como las reivindicaciones de género que se le oponen, la designación de Chacón –que en efecto es conocida defensora de causas ecológicas y de la convivencia de Cataluña con el resto de España— esa decisión del presidente Rodríguez Zapatero divide opiniones y sentimientos.

Por eso la nueva ministra sabía de qué se trataba cuando al cabo de su breve discurso se dio tiempo para tomar una nerviosa bocanada de aire y, tan ostensibles el abultado embarazo de siete meses como cierto nerviosismo, ordenó al jefe de la escolta militar: “¡Capitán: mande firmes!” para que se produjeran los honores marciales.

Además de Chacón y otras siete mujeres, forma parte del gobierno Bibiana Aído, parlamentaria andaluza que el mes pasado cumplió 31 años. Doctorada en Economía en Cádiz, de donde es originaria, Aído es ministra de Igualdad, una nueva cartera que está claramente destinada a la defensa de las mujeres. Si ese ministerio hace falta o no y sobre todo si consigue atemperar diferencias de género ya se verá. Pero por lo pronto la nueva ministra, junto con la carga de inexperiencia que implica su juventud, ocasiona inquietudes y algunos chascarrillos.

La designación de Aído y la creación del ministerio de Igualdad ha sido considerada una “medida orwelliana” por la prensa hostil al gobierno socialista. Representa “una manera de hacer política basada en la preferencia por los prejuicios ideológicos frente a los intereses generales. La igualdad, como la libertad, es un principio común a toda acción de gobierno y no sólo debe enfocarse desde la perspectiva de la situación de la mujer… Zapatero siempre se ha definido como feminista, y lo que ha hecho es satisfacer el concepto que tiene de sí mismo”, consideró en su editorial el diario ABC.

La descalificación más tajante la ofreció, en ese mismo periódico, el columnista Antonio Burgos. Rodríguez Zapatero “ha organizando su Batallón de Modistillas Ministeriales, donde las señoras superan ya a los caballeros”, escribió con descaro. A la ministra Aído, ese columnista la llama “nueva modistilla de la igualdad”. Y la juventud de esa andaluza destaca en numerosos comentarios. Al menos, dicho sea en descargo suyo, no se sabe que la joven Aído haya tramitado contratos en beneficio de negocios personales y familiares como sucedió en nuestras tierras con el secretario de Estado cuya mocedad y cercanía al presidente fueron postuladas como causas fundamentales –y a la luz del panorama mexicano desdichadamente fallidas—para colocarlo al frente de Gobernación.

Una ministra que espera a un hijo y otra que cuando nació ya había transcurrido más de un año después de la muerte de Francisco Franco: ese es el perfil de una vida pública cuyas novedades quiere reconocer Rodríguez Zapatero en la conformación de su equipo de trabajo. No se trata de cuotas de género sino de reconocer la aptitud como elemento fundamental para ocupar cargos públicos.

Así, mientras en España las mujeres que destacan en política ejercen las responsabilidades más altas, en México se les denigra o manipula. Qué emparentada con el despropósito acerca de las “modistillas de Zapatero” resulta la declaración aquella sobre las piernas de la presidenta de la Cámara de Diputados en México. Los símiles de López Obrador en otras latitudes no son precisamente personajes de izquierda populista sino voceros de las derechas más prejuiciadas y atrasadas. Y qué lejana del respeto a las mujeres que hacen política resulta su utilización al servicio no de una causa sino de un caudillo, como sigue ocurriendo con las “adelitas” del Peje que, junto con los adocenados legisladores perredistas, contribuyen a paralizar la discusión que quiere el país.

Lección francesa

Publicado en El mundo by rtrejo on Mayo 3rd, 2007

Publicado en La Crónica, jueves 3 de mayo de 2007  

 Ayer estaban por cumplirse dos horas del debate entre los candidatos a la presidencia de Francia cuando Ségolene Royal se indignó: “estamos llegando al colmo de la inmoralidad política”, le dijo a Nicolas Sarkozy que había dicho que defiende el derecho de los niños discapacitados para encontrar sitio en las escuelas públicas de Francia. La candidata socialista recordó que eso era precisamente lo que ella había exigido durante años, ante la negativa del gobierno del cual ha formado parte el hoy candidato conservador.     

   Centelleantes sus intensos ojos verdes, enrojecido el rostro y levantando la voz hasta un tono que rompía con el diálogo casi en todo momento terso que habían sostenido, Madame Royal manifestó en ese momento una capacidad de indignación que podría ser la clave del triunfo o la derrota en las elecciones del domingo próximo. Aunque en el debate que ayer miércoles por la noche difundieron todas las televisoras en Francia, se contrastaron dos visiones diferentes para el futuro de ese país. Seguramente muchos de los electores, particularmente la ancha franja que todavía al comienzo de este semana estaban indecisos, habrán tomado nota de esa diferencia entre los candidatos.     Sarkozy, que es tan brillante como perverso, entendió de inmediato la peculiaridad de aquella situación. Su rival lo había llamado mentiroso e inmoral. Y frente a la tranquilidad casi flemática –algunos querrán decir cínica– que estaba manifestando, la candidata del Partido Socialista desplegaba una emotividad que no necesariamente se contradecía con la inteligencia que hace falta para llegar al Palacio de Elíseo. Entonces reviró:    

-Señora Royal, para ser presidente hay que mantener la calma y usted no logra hacerlo.  

-No cuando se cometen injusticias.  

 -La señora Royal ha perdido la serenidad   

-Estoy enojada, sí. Me enojo ante las injusticias y las mentiras. La cólera a veces resulta saludable.  

-Me está usted atacando. No le permito que me hable así.  

 -Estoy diciendo que no dice la verdad. Y yo no miento.  

-Se enfada usted con mucha facilidad. Un presidente de la República tiene que guardar la serenidad porque enfrenta responsabilidades muy fuertes. 

-La diferencia entre nosotros es que tenemos distintas concepciones morales de la política. 

   Hasta entonces, en un debate que se extendió durante dos horas y 40 minutos, los dos candidatos habían enfatizado en las diferencias que representan uno respecto del otro en asuntos fundamentalmente económicos. A pesar de que bajo el mando de cualquiera de ellos el gobierno de Francia estaría ceñido por las mismas circunstancias, en el transcurso del encuentro se fueron definiendo las coordenadas de izquierda y derecha que reivindican Royal y Sarkozy.    La candidata socialista propone mayores atribuciones al Estado para respaldar especialmente a las empresas medianas y pequeñas, regulación del trabajo para distribuir entre más personas y sin detrimento en la remuneración las horas laborales actualmente disponibles, fortalecer los fondos de pensiones con los ingresos que resultarían de gravar las ganancias bursátiles, viviendas de interés social y nuevos empleos especialmente para los jóvenes que recién egresan de las universidades.     Sarkozy, que encabeza a la Unión por un Movimiento Popular, propone que el Estado tenga menos empleados, reducir los impuestos, promover la competencia económica y el ahorro, mantener la semana laboral de 35 horas, ceñirse al actual sistema de pensiones y hacer de Francia “un país de propietarios”.    En varias ocasiones el hasta hace dos meses ministro del Interior, que ha sido cuestionado por la represión policiaca contra los jóvenes que hace año y medio protagonizaron algaradas en varios barrios periféricos de París, tropezó ante precisiones de la candidata socialista. Royal le reclamó el escaso respaldo que el gobierno central otorga a las regiones de Francia, de las que se manifestó más conocedora que su rival. Cuando ella se refirió a la propuesta socialista para invertir en el desarrollo de una economía del conocimiento, Sarkozy eludió el tema diciendo “tengo libertad de palabra, no voy a seguir su método”. Al discutirse las opciones para generación de energía Royal, que propone disminuir el uso de plantas nucleares, le preguntó a su oponente qué porcentaje de la energía que se consume en Francia es de ese origen. “Más o menos la mitad” dijo el ex ministro. “Se equivoca, es apenas el 17%” replicó Royal ante un confundido Sarkozy. 

   El de la candidata socialista fue un discurso que buscaba interlocutores específicos: obreros desempleados, gente sin vivienda, padres de familia que no encuentran escuela para sus hijos, viudas que reciben pensiones exiguas, empresarios de negocios pequeños que no tienen respaldos fiscales para desarrollarse y, muy especialmente, jóvenes a quienes ofreció medio millón de nuevos puestos de trabajo y fianzas estatales para que puedan conseguir vivienda. Podría decirse que para Royal, el ejercicio de gobernar pasa por la capacidad para involucrar a la sociedad.    El de Sarkozy fue, en cambio, un discurso centrado en la autoridad del gobierno: mano fuerte contra los delincuentes, discrecionalidad en los apoyos lo mismo a empresas que a grupos sociales, rechazo a una amnistía a los migrantes ilegales. Esas diferencias fueron transparentes cuando se refirieron a la educación. Para el candidato de derecha en la escuela debe haber “respeto a la autoridad, exigencia, enseñanza de una moralidad compartida” y clases por las tardes. Para Royal, lo importante es garantizar la igualdad de los alumnos, revalorizar el trabajo de los profesores, enfrentar la violencia en los planteles y otorgar apoyo individualizado a los alumnos con problemas para estudiar: “no quiero que a algunos niños se les programe para fracasar y a otros para tener éxito”.    Fue un intenso e inteligente e, incluso, ejemplar debate de ideas. Sarkozy y Royal, que no eluden reconocerse como de derecha e izquierda en una sociedad en donde ambos flancos de la política están claramente perfilados, discutieron y rebatieron con argumentos.     La forma estaba habilitada para propiciar un fondo de esa índole. A diferencia de la mayor parte de los debates políticos que hemos tenido en México en los años recientes y que son extralógica imitación de los debates en Estados Unidos, el que se realizó ayer en Francia fue en torno a una mesa que permitía que los candidatos estuvieran, sentados, frente a frente. Dos moderadores otorgaban la palabra pero sin ceñirse a un rígido esquema previo. Un par de enormes relojes indicaban el tiempo que había ocupado cada candidato, de tal manera que los moderadores podían propiciar espacios similares para ambos.  

   Royal y Sarkozy se miraron mutuamente todo el tiempo, como en cualquier discusión seria. No hablaron para las cámaras. Debatieron uno con el otro. No iban ataviados para cumplir con algún canon mercadotécnico sino para mostrarse ellos mismos. Las mancuernillas del candidato conservador llamaban más la atención que el casi imperceptible, collarcillo que tenía Royal. Ligera de maquillaje, con el cabello suelto, la candidata enfrentaba las ventajas y los inconvenientes de ser mujer y fue capaz de hacer señalamientos durísimos sin perder la sonrisa. Solo en el momento que hemos señalado, ella reaccionó furiosa ante la mentira de su oponente que se erigía en defensor de la escuela para niños discapacitados cuando según Royal ha sido lo contrario, Sarkozy pareció controlar la situación. Pero había sido a costa de que le dijeran mentiroso e inmoral. Y eso en una cultura política tan madura que propicia un debate de ideas y no de imprecaciones como el de ayer, puede significar el éxito o el fracaso en la elección presidencial.    Antes del debate las encuestas indicaban que Sarkozy recibiría alrededor del 52% de los votos, en tanto que para Royal la expectativa era de 48%. Así de cerrada, en esa diferencia sin duda influirá el debate de anoche.    El domingo son las elecciones en Francia, después de una primera vuelta en donde participó el 85% de los ciudadanos. Junto con el resultado, habrá sido relevante la discusión sin desgarramientos pero también sin falsas cortesías, la confrontación de ideas en un contexto de civilidad, la posibilidad de debatir sin subterfugios, el cotejo de dos proyectos distintos sin que esas discrepancias propicien que uno excluya fatalmente al otro.     Fuera de artificios retóricos como los que hemos mencionado y en los que se expresaron las personalidades de ambos contendientes, en el debate de anoche no había espacio para las acusaciones ni las descalificaciones personales. Ninguno de los candidatos llevaba documentos incriminatorios ni tenía sorpresa alguna preparada para desacreditar al contrincante. Juego limpio, en el fondo y la forma. Las enseñanzas que la política francesa ofrece para nuestro desastrado escenario público son numerosas y envidiables.    

   ALACENA: El violín

    La película de Francisco Vargas Quevedo es como un mazazo en la conciencia y las emociones. Con una sencillez narrativa que solamente tienen las grandes obras, una fotografía directa y rigurosa cuyo blanco y negro acentúa las situaciones límite que allí se plantean y con actuaciones cristalinas como la que en primer lugar desempeña el músico guerrerense don Ángel Tavira, El violín es una cinta de excepción. La guerrilla que allí aparece podría haber surgido en casi cualquier país latinoamericano pero está maliciosamente emparentada con el paisaje mexicano. La violencia representada con una crudeza a ratos indignante nos resulta demasiado cercana para suponer que no pudo haber ocurrido por estos rumbos. La conmovedora historia del violinista y su familia contrastados con la ferocidad militar –con soldados verosímiles porque entre ellos hay además emoción y compasión– deja lecciones de cólera y tristeza. Demoledora e impactante, El violín es una metáfora de sí misma: así como el músico campesino contrapone sus interpretaciones a la brutalidad también la película enfrenta, retratándolos, aspectos de una realidad que quisiéramos abominar.

Humo blanco, augurios negros

Publicado en El mundo, Iglesias by rtrejo on Diciembre 15th, 2005

La Crónica, 20 de abril de 2005

Cuando se decía que el cardenal Joseph Ratzinger era la mano derecha del papa Juan Pablo II no se expresaba solamente la cercanía personal de esos dos dirigentes de la Iglesia Católica sino, además, la ubicación política de ese teólogo de origen alemán.

   La designación de Ratzinger como sucesor del Papa recién fallecido confirma decisión de la cúpula eclesiástica para darle continuidad a las posiciones ideológicas y a los equilibrios internos que procuró Juan Pablo II dentro de esa Iglesia. Y significa, también, un enfático respaldo a las tesis más conservadoras en materia de derechos individuales para los fieles católicos.

   Juan Pablo II tenía un discurso avanzado en asuntos de política social –particularmente en su insistencia para combatir la pobreza– y conservador en temas relacionados con decisiones personales como el aborto y la homosexualidad. Esa segunda vertiente es la que sale fortalecida con la elección de Ratzinger.

   El humo blanco tras la cuarta votación ayer en El Vaticano confirmó la solidez de las redes políticas que Ratzinger construyó durante casi un cuarto de siglo como prefecto de la poderosa e intransigente Congregación para la Doctrina de la Fe. Esa dependencia de la jerarquía católica representa las tendencias más atrasadas de una iglesia empeñada a ser reconocida como tradicionalista.

   La censura como costumbre, la intolerancia como método y la imposición dogmática en contra de la razón y la deliberación, han sido históricamente definiciones centrales de la Congregación que Ratzinger no tuvo interés alguno en modificar. Se trata del “Santo Oficio” que tantas persecuciones desató, en distintas épocas, con el pretexto de reivindicar la fe.

   Tales han sido la escuela política, los usos principales y las cartas que avalaron a Ratzinger ante el Colegio Cardenalicio. Si algo se puede agradecer en una trayectoria tan insistentemente comprometida con la reivindicación dogmática de los principios más atrasados de la Iglesia es su incuestionable claridad. La biografía de Ratzinger, particularmente en las últimas décadas, no deja lugar a duda alguna: se trata de un personaje convencido, promotor y militante de posiciones de derechas.

   No hay estereotipos gratuitos en ese diagnóstico. Ratzinger ha mantenido una trayectoria comprometida con las vertientes fundamentalistas –con frecuencia sectarias– de la Iglesia Católica. Su combate al reconocimiento de las parejas de homosexuales, la negativa recalcitrante a reconocer el derecho al aborto cuando así lo consideran necesario las mujeres y sus compañeros, el rechazo a discutir siquiera la posibilidad de resolver las simulaciones que con frecuencia acarrea el celibato de los sacerdotes o a tomar en cuenta las propuestas para abrir el ministerio sacerdotal a las mujeres, han formado parte de las cruzadas de Ratzinger contra la actualización de la Iglesia Católica.

   A él le correspondió enfrentar, en décadas recientes, la heterodoxia de sacerdotes que buscaban una teología o una práctica pastoral comprometidas con los requerimientos sociales de nuestro tiempo. Amenazas y censuras, así como excomuniones, expulsiones y persecuciones, han sido recursos empleados por ese personaje –adverso, además, al diálogo con otras iglesias cristianas–.

   Reacio a distinguir entre religión y asuntos terrenales, Ratzinger es partidario de que la Iglesia presione a los dirigentes políticos para que se comporten de acuerdo con los dogmas de esa corporación. El año pasado el cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de la Arquidiócesis de Washington, le preguntó qué debía hacer ante posiciones como la del senador John F. Kerry, candidato presidencial del Partido Demócrata, que respetaba el derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto.

   Ratzinger aclaró esas dudas en una carta privada dirigida a McCarrick y al presidente de la Conferencia de Obispos estadounidenses, Wilton Gregory. A los políticos que respaldaran acciones como el aborto y la eutanasia, indicó, la Iglesia debía negarles la comunión.

   “No todos los asuntos morales –aclaró Ratzinger– tienen el mismo peso que el aborto y la eutanasia”. La Iglesia Católica está por la paz pero si un gobernante declara una guerra o decide la ejecución de un prisionero, esos no son motivos para que se le regatee la eucaristía. “Entre los católicos puede haber una legítima diversidad de opinión acerca de emprender una guerra o aplicar la pena de muerte, pero de ninguna manera en relación con el aborto y la eutanasia”, dijo en aquella carta.

   Esas son algunas de las posiciones que Joseph Ratzinger ha impulsado en y a nombre de la Iglesia Católica. Con esas coordenadas se inicia el pontificado de Benedicto XVI.

 

ALACENA: Ratzinger Fan Club

Ayer el sitio web de The Cardinal Ratzinger Fan Club quedó saturado. Se trata de un espacio no oficial que, además de remitir a discursos y textos de ese personaje, ofrece cachuchas con el nombre de Ratzinger (11.99 dólares ) y camisetas o tarros de cerveza (14.99 dólares) con la efigie del hasta ayer cardenal nacido en Bavaria.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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El tropiezo de Europa

Publicado en El mundo by rtrejo on Diciembre 15th, 2005

La Crónica, 5 de junio de 2005

La gente con frecuencia se equivoca. La historia está repleta de episodios en los cuales las mayorías han tomado decisiones a la postre reconocidas como erróneas. Hace una semana Francia –y tres días más tarde Holanda– rechazaron la Constitución que establece reglas, instituciones, obligaciones y derechos en la Unión Europea.

Las consecuencias de esas decisiones están siendo mayúsculas. El proceso de integración de los europeos ha sufrido un tropiezo de varios años. Las decisiones ya en marcha para intensificar la unificación económica y social tendrán que asumir ritmos más lentos. La solidez que Europa había alcanzado en el panorama internacional se debilita en beneficio de otras fuentes de influencia y hegemonía.

A pesar de las discrepancias que tuvieron acerca de la guerra contra Irak los países europeos han significado un contrapeso insuficiente, pero eficaz, ante la agresividad estadounidense. Y en el plano comercial el frente europeo ha constituido una fuente de temperancia delante de la liberalización cada vez con menos reglas que proponen las grandes corporaciones o los nuevos actores mercantiles. En Washington y Pekín, por motivos distintos, hay quienes se frotan las manos ante el tropiezo de Europa.

Sociedad contrariada

El domingo pasado, 29 de mayo, el 54.68% de los franceses dijo No a la Constitución Europea. Se trata, en números redondos, de 16 millones que decidieron seguir el llamado de la heterodoxa alianza de las derechas y las izquierdas más beligerantes para rechazar ese paso en la unificación del Continente.

El 45.32% que estuvo por la Constitución equivale a unos 13.2 millones de franceses. Dividido, el voto contra ese documento fue mayor de lo que se esperaba. También la participación. En el referéndum votó casi el 70% de los algo menos de 42 millones de franceses inscritos en el padrón electoral.

Las semanas anteriores a esa votación toda Francia se volcó en la discusión acerca del referéndum. Nadie podrá decir que no hubo, con intensidad notoria, un debate tan encendido que dividió familias, regiones y a los partidos políticos más grandes.

Pero es difícil reconocer, en ese intercambio, una auténtica discusión acerca del contenido de la Constitución que sus dirigentes políticos han propuesto para Europa.

No hubo medio de comunicación que no acogiera el debate de los franceses. No hubo plaza pública en donde ese tema no se expresara. Pero entre lo mucho que los franceses escucharon y dijeron en el transcurso de mayo y un poco antes menudearon los reproches a la ineficacia de los gobernantes actuales, las muestras de insatisfacción respecto de la política, las quejas debido al estancamiento económico y muy especialmente al desempleo.

Amas de casa, obreros y sobre todo jóvenes, encontraron en esa deliberación el espacio propicio para ventilar la contrariedad que experimentan en sus vidas diarias y respecto de los asuntos públicos. Entre quienes votaron por el “no”, el 40% lo hizo “para expresar cansancio por la situación actual” según la encuesta de Le Monde.

Habiendo sido impulsada por la clase política de Francia –igual que en el resto de los países europeos– la nueva Constitución fue identificada con los intereses de los actuales gobernantes. A no pocos ciudadanos les pareció que respaldar ese documento sería una manera de hacerlo también con quienes se encuentran en el poder pero, también, con aquellos que están en mejores condiciones de disputarlo.

 

El voto del miedo

El rechazo en Francia a la Constitución Europea lo fue al gobierno de centro derecha del presidente Jacques Chirac pero, junto con él, al Partido Socialista que también respalda esos principios para la unificación.

Los opositores de esas dos grandes formaciones políticas aprovecharon la confusión que había sobre el contenido real de la Constitución y desataron en Francia un clima de miedo y desconcierto. Sin apoyarse en el texto de la Constitución y en ocasiones propalando mentiras, la ultra derecha y las izquierdas al margen del Partido Socialista les dijeron a los franceses que aprobar ese documento conduciría a un mayor desempleo, abriría el mercado laboral a la llegada de extranjeros y que conduciría a una “liberalización” de la economía.

Muy pocos franceses se tomaron la molestia de leer el texto de la Constitución. La discusión al respecto ocurrió de oídas, a partir de suposiciones y especulaciones de uno y otro bando. Los adversarios de la Constitución la presentaron como una ruta a la deformación de la sociedad, la economía e incluso la cultura francesas. No fue poca la xenofobia que se extendió en ese debate. Los defensores de la Constitución apelaban, fundamentalmente, a los sentimientos de solidaridad que en tantas ocasiones Francia ha mostrado respecto de Europa y el resto del mundo.

Vulgarizada y polarizada, la deliberación acerca de los principios que se proponen para Europa dejó a un lado, salvo excepciones, las consideraciones racionales. Pocos días antes del referéndum el analista británico Timothy Garton Ash describía así el panorama que vio en Francia:

“Me encontré con una nación atenazada por el miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo a los extranjeros. Miedo al cambio. Miedo a que el ya tópico ‘fontanero polaco’ les quite sus puestos de trabajo, a una UE ampliada en la que París ya no lleve las riendas, a un mundo cada vez más dominado por el ‘liberalismo anglosajón’ ”.

El miedo, recordaba ese estudioso, siempre es mal consejero. Es sorprendente cómo una sociedad tan proverbialmente abierta a la discusión política pero antes que nada a la ilustración y las razones se haya dejado llevar por los recelos y las apariencias. Muchos franceses simplemente escucharon y creyeron lo que quisieron y cerraron oídos y reflexión a otras consideraciones.

 

Derechas e izquierdas

La Constitución no modifica sustancialmente las reglas de intercambio comercial ni las pautas para la migración de trabajadores que ahora existen entre los países europeos. Sin embargo el 46% de los franceses que votaron por el “No” lo hicieron, entre otros motivos, porque creyeron que el Tratado empeoraría el desempleo en su país.

No se trata, es cierto, de un documento fácil. En su versión en español la Constitución Europea, sin anexos, tiene 349 páginas. Sus defensores fallaron al no saber divulgar, ni explicar, los alcances que ese texto significa para la unificación europea. El capítulo de derechos sociales, por ejemplo, resulta especialmente plausible. Lo mismo las disposiciones sobre el carácter laico de los asuntos públicos, entre otros.

Nada o muy poco de eso influyó en la discusión francesa. Por la Constitución estuvieron la Unión por un Movimiento Popular que es la coalición que respalda al gobierno de Chirac y la dirección del Partido Socialista Francés. El disgusto y el escaso convencimiento entre los simpatizantes del PS acerca de la Constitución fue quizá el principal factor de derrota para quienes respaldaban el Tratado.

Entre los adherentes de la UMP, el 80% votó por la Constitución. En cambio entre los simpatizantes del Partido Socialista el 56% votó por el No.

El rechazo a la Constitución estuvo encabezado por miembros del Partido Socialista como Laurent Fabius –que debido a esa actitud ayer fue removido de la dirección nacional– y especialmente por la derecha más estridente encabezada por el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen.

No dejó de ser paradójica la decisión de muchos militantes y simpatizantes socialistas para marchar en la misma causa junto a Le Pen, el bárbaro de derechas que en las elecciones de hace dos años dejó al PS en tercer lugar propinándole una de las derrotas más dolorosas de su historia.

Le Pen, entre otras perlas, ha sostenido que para remediar el desempleo en Francia simplemente hace falta expulsar a todos los extranjeros y considera que el holocausto que hace seis décadas padecieron los judíos bajo la brutalidad nazi es un asunto menor en la historia de Europa.

 

Unidad golpeada

No era sorprendente que un personaje como ese rechazara la Constitución Europea. Pero que con él coincidieran mujeres y hombres de convicciones democráticas da cuenta de una profunda confusión, así como del deterioro que padecen, igual que en tantos otros sitios, las instituciones políticas de Francia.

La decisión de los ciudadanos para expresar en las urnas europeas el disgusto que tienen ante la política y los asuntos públicos en su país fue expresión de la mezcolanza de temas, explicaciones y prioridades de la que, por lo visto, no se salva ni siquiera la emblemática Francia. Al llevar sus diferendos internos al plano europeo los franceses que votaron por el No se confundieron de escenario. Por pegarle a Chirac y a los dirigentes del PS golpearon al proyecto de integración comunitario. Pocas veces ha sido tan pertinente la manida metáfora del agua, la bañera y el niño.

Los franceses que definieron el resultado contra la Constitución Europea tiraron por la ventana un esfuerzo de acercamientos que había demorado varios años. Por miedo a la incertidumbre que siempre suscitan los cambios, esos ciudadanos abandonaron el papel precursor que Francia ha tenido en la consolidación de Europa igual que en la civilidad para el resto del planeta.

Siempre, desde luego, los europeos podrán volver a plantearse una Constitución distinta. Pero cada viraje en esa nada sencilla ruta exige de tiempo y condiciones que no será sencillo moldear para que la unidad europea no naufrague en decisiones como esta.

El que expresaron los franceses no es cualquier rechazo. El peso específico pero además simbólico que Francia tiene en Europa está influyendo para que en otros países se mire con mayor recelo al proceso de unidad. Apenas el miércoles, 1 de junio, el referéndum en Holanda desembocó en un 61.6% de votos contra la Constitución Europea con una participación del 63% de los 12 millones de ciudadanos registrados para esa elección. Los resultados ya se habían previsto desfavorables a la Constitución pero el voto por el No aumentó debido al ejemplo francés.

 

Un “no” sin opciones

Esta lección reitera el riesgo que siempre implican las consultas abiertas en donde los ciudadanos solamente se pueden manifestar por opciones polares. Decir “sí” o “no” a cualquier iniciativa, impide expresar los muchos matices y posiciones intermedias que se pueden y suelen tener ante cualquier propuesta. No eran pocos los franceses que con motivo de la Constitución hubieran querido decir “sí, pero…” o “no, aunque…” Esas posturas tuvieron que allanarse a la aceptación completa o el rechazo total a la Constitución.

Quienes estaban por el Sí, respaldaban todo un proceso de discusión que ha llevado varios años y que desembocó en el complejo “Tratado por el que se establece una Constitución para Europa”. Puede ser y sin duda es discutible, pero allí está una amplia, documentada y expresa colección de ideas, reglas, plazos y compromisos para la integración europea.

En cambio –y eso es lo peor en este resultado– los adversarios de la Constitución no tienen una propuesta alternativa. Votar por el No en Europa es hacerlo por el estancamiento. El rechazo a la Constitución no se traduce en nada mas que eso. Y es que hubiera sido imposible, más allá de la impugnación a lo que ya existe y lo que se proponía, que fuerzas tan variadas como el Partido Comunista, los grupos Verdes y la disidencia del PS coincidieran en un proyecto común con el Frente Nacional de Le Pen.

Con razón, el politólogo Josep Ramoneda escribía el martes 31 en El País, en un espléndido análisis, que “el referéndum francés tiene algo de salto en el vacío”. Y añadía: “El voto del no es una sacudida, pero no contiene una propuesta. Y la prueba de ello es que el denominador común de todas estas facciones era un eslogan que parece venido de fuera de la realidad: contra la Europa liberal”.

 

Triste ejemplo

Los franceses que votaron el No y muchos de quienes los emulen en el resto de Europa expresan una desazón que no ha tenido desembocaduras institucionales. Sus partidos les resultan inhabitables, sus gobiernos ineficientes, los políticos les parecen aborrecibles. Pero más allá del No, carecen de alternativa.

Los políticos que encabezaron el rechazo a la Constitución, por cierto, no son más modernos ni más representativos que aquellos contra quienes se produjo ese resultado. Simplemente se trata de dirigentes que supieron aprovechar el disgusto de los ciudadanos y que carecieron de escrúpulos para dirigirlo contra una causa que solía ser de todos como era la unidad europea.

Los franceses arreglarán sus asuntos internos –el presidente Chirac reemplazó al primer ministro Jean Pierre Raffarin como parte de una serie de enroques que reconocen el peso político de sus opositores dentro de la alianza gobernante– y discutirán por largo tiempo las consecuencias del rechazo a Europa tal y como les había sido planteado.

Europa, toda ella, mantendrá formas de cohesión y cooperación y sus acuerdos finales dependerán tanto de la imaginación que desplieguen sus gobernantes como de la reflexión que los ciudadanos emprendan acerca de actitudes como la francesa. Por lo pronto tendrán que proseguir las consultas en los países que aun no toman una postura sobre la Constitución. Ese documento ha sido ratificado, por referéndum o en los respectivos parlamentos por 9 naciones, rechazado en 2 y están pendientes las decisiones en otras 14.

Para países como México, el tropiezo en el proceso de unificación europea significa no solamente más dificultades para acceder a un mercado siempre difícil sino, esencialmente, el mantenimiento de un mundo sometido a la hegemonía de una sola región. También, como con espíritu estrecho señaló el canciller Luis Ernesto Derbez, el No francés implicará más dificultades en las relaciones mexicanas con aquella región porque los europeos van a estar muy ocupados atendiendo sus propios desacuerdos.

La lección francesa tendría que suscitar mayor atención en el contrahecho escenario público mexicano. Si en Francia, en donde a la razón y la reflexión se le tiene en tanta estima que los intelectuales son auténticos personajes públicos y hasta hace poco el programa de mayor audiencia en la televisión era una serie de crítica de libros, los ciudadanos son capaces de tomar una decisión tan irreflexiva y costosa, ¿qué nos queda esperar en México, en donde padecemos no solo una casi absoluta falta de tradiciones intelectuales extendidas en la sociedad sino, ahora, una discusión pública corta, escabrosa y rústica? Ah, pero el presidente Vicente Fox equipara al avance democrático con las faldas de la señora y ahora convoca a una marcha para celebrar los cinco años de su triunfo electoral. A ver quiénes lo acompañan.

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Una sociedad cohesionada

Publicado en El mundo by rtrejo on Diciembre 15th, 2005

La Crónica, 13 de marzo de 2005

Toda España, al mediodía del viernes, guardó cinco minutos de silencio para recordar a las víctimas de los atentados del 11 de marzo del año pasado. Es difícil imaginar abrumada en el mutismo a la bulliciosa Madrid, que hace un año fue golpeada por el terrorismo de Al Qaeda. Pero en esta conmemoración, de la misma manera que hace un año ante el desafío de la violencia, los españoles respondieron con una cohesión y una madurez admirables.

   Lejos de cerrarse ante el resto del mundo como les ocurrió a los Estados Unidos después del 11 de septiembre, los españoles supieron dar una respuesta política y moralmente digna, además de policialmente eficaz, a los atentados de marzo pasado. Los madrileños se supieron abrazados por la solidaridad internacional, en la que encontraron reflejos de la adhesión que ellos mismos lograron mantener por encima de cualquier discrepancia doméstica.

   A diferencia del guerrerismo envalentonado en el dolor que definió en 2001 y después la actitud preponderante entre los estadounidenses, en España se optó por la comprensión inteligente del terrorismo y sus causas. Ello no impidió la respuesta policial, que identificó a los culpables materiales así como a los autores intelectuales de los crímenes del 11 de marzo de 2004. Con prudencia y sin excesos, pero sin descuidar sus obligaciones, las corporaciones policiacas españolas entendieron pronto los primeros indicios y un año más tarde han presentado a varios detenidos ante la justicia. El proceso legal tendrá lugar en los próximos meses.

 

Arrebato estadounidense

   Los españoles, después de aquel 11 de marzo supieron eludir los riesgos de la intolerancia y el autoritarismo. El ejemplo estadounidense había resultado demasiado atrabiliario e ineficaz. Desde luego las dimensiones del atentado de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono fueron mucho mayores que los crímenes, dos años y medio después, en las estaciones ferroviarias de España. Pero la magnitud de aquellos crímenes no justificó la reacción estadounidense que fue de gigante herido –especialmente dolido porque se consideraba invulnerable o casi– y no de una nación que, como otras, comparte los riesgos y desafíos del terrorismo internacional.

   En contra del modelo que impusieron George W. Bush y el Pentágono, España reaccionó ante el terrorismo promoviendo la cohesión social a partir del rechazo racional a la violencia. Mientras en Estados Unidos el gobierno impulsó una respuesta de fuerza que comenzó por establecer restricciones dentro de sus propias fronteras, la sociedad española no se dejó avasallar por la tragedia ni dejó de ser ella misma.

   La Casa Blanca quiso enfrentar al terrorismo restringiendo las libertades en Estados Unidos. Han sido mal e insuficientemente conocidos pero suman docenas, o quizá centenares, los casos de ciudadanos perseguidos o detenidos porque alguien creyó, erróneamente, que formaban parte de una conspiración contra la seguridad nacional.

   Allanamientos, intromisión en la privacía de las personas y sobre todo la difusión de un clima de sospechas que ha trastornado a la sociedad estadounidense como no sucedía desde el macartismo de hace medio siglo, fue la reacción que imperó en ese país. La asechanza contra quienes ponían en cuestión esas medidas de emergencia afectó a numerosos periodistas y medios de comunicación, aunque fueron pocos los que denunciaron la cacería de brujas que repentinamente demostró la fragilidad de las libertades de las que tanto –y en muchas ocasiones con tanta razón– se ufanan los estadounidenses.

 

Sensatez de los españoles

   En España nadie pensó en restringir libertades. Al contrario, muchos se volcaron a ejercerlas. Unas horas después de los atentados del 11 de marzo ya se preparaban manifestaciones que serían multitudinarias. Y el ocultamiento de información que el gobierno quiso mantener para lucrar políticamente con la tragedia fue rápidamente desmontado por los segmentos más activos de la sociedad.

   El intento de manipular las primeras versiones sobre los atentados le costó la reelección al gobierno del Partido Popular. Tres días después de los ataques terroristas tendría lugar la elección para renovar al Congreso y, así, ratificar o relevar a José María Aznar. El gobierno propaló, con intencionalidad política, la versión de que aquellas agresiones habían sido obra de ETA, el grupo terrorista vasco con el cual acusaban de tener simpatías a algunos aliados del PSOE, el partido que se encontraba a la cabeza de la oposición.

   Si se hubiera comprobado la participación del terrorismo vasco, posiblemente la votación habría favorecido al PP y a Aznar como sugerían las tendencias registradas hasta poco antes de los atentados. Pero la distorsión informativa fue develada y el hallazgo de evidencias que sugerían la culpabilidad de un grupo fundamentalista islámico, cambió el resultado de esos comicios.

   Los españoles supieron estar juntos al momento de rechazar la violencia e, inmediatamente después, dirimir sus diferencias políticas en las urnas. La intimidación terrorista no los escindió, ni abolió las preferencias que la mayoría de ellos tenía por distintos partidos.

   La sociedad española tuvo la madurez suficiente para, al día siguiente de los atentados, el viernes 12 de marzo, volcarse a las calles en rechazo democrático y cívico a la violencia terrorista. Y la tuvo para unas horas más tarde, el domingo 14, acudir a las casillas de votación para darle sentido político a esa democracia.

 

Terrorismo y democracia

   Mientras en Estados Unidos después de la oleada terrorista predominaron la irritación, la desconfianza y el miedo, en España campeó la solidaridad como fuente de rechazo a los violentos y, también, de certeza en las capacidades de ciudadanos y Estado para enfrentar aquel embate. No todo ha sido fraternidad. La intolerancia con los migrantes que existía desde tiempo atrás, se ha recrudecido en algunas zonas de España. Pero el gobierno actual, de manera deliberada, ha promovido el acercamiento con grupos étnicos y culturas minoritarias en ese país, especialmente con los residentes de tradición islámica.

   En los meses posteriores a septiembre de 2001, la Casa Blanca despreció al sistema internacional sustentado en la ONU y trató de sustituirlo resolviendo unilateralmente –con el concurso de los gobiernos que se le adhirieron– la incursión militar contra Irak.

   Después del 11 de marzo de 2004, en cambio, sociedad y gobierno españoles supieron encontrar cobijo en la oleada de calidez internacional que hizo de Madrid el eje de adhesiones y preocupaciones globales.

   No ha sido casual, sino resultado de esa cohesión en la solidaridad, el hecho de que el aniversario de los atentados en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo, haya convocado a docenas de ex gobernantes y especialistas de todo el mundo en una Cumbre sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad.

   Durante varios días los miembros del Grupo de Madrid discutieron los entrecruces que hay entre esas denominaciones. Antes que cerrarse a explicaciones dogmáticas o preconcebidas, los españoles y su actual gobierno han preferido arriesgarse –y enriquecerse– en la deliberación y la búsqueda de soluciones creativas a la amenaza del terrorismo. Antes que aislarse en su dolor, se han reconocido como parte de un mundo desafiante y repleto de nuevos riesgos. La Cumbre madrileña, para que no hubiera dudas sobre ese enfoque antagónico al estadounidense fue clausurada por Kofi Annan, el empeñoso secretario general de Naciones Unidas.

 

Discutir en Madrid

   Fue en Madrid, en esas condiciones, donde Annan urgió para que el combate al terrorismo no implique transgresiones a los derechos humanos. Las resoluciones de la Cumbre recogen gran parte de las preocupaciones del secretario general de la ONU.

   “El terrorismo –se dice en ese documento– constituye un ataque a la democracia y a los derechos humanos. No existe justificación alguna para atacar a civiles y no combatientes por medio de la intimidación y de atentados mortales”.

   El contraste con los abusos que ha implicado la respuesta militar estadounidense es muy claro. Los participantes en la Cumbre de Madrid añadieron: “Frente a las víctimas, tenemos el deber de hacer que recaiga sobre los terroristas la acción de la Justicia. Es necesario dotar a las fuerzas policiales de todos los poderes que precisen, respetando siempre los principios cuya defensa les ha sido encomendad. Las medidas de lucha contra el terrorismo deberán respetar plenamente los principios internacionales sobre los derechos humanos y el Estado de Derecho”.

   Para combatir a los terroristas no es inaceptable mimetizarse con ellos. Solidificar instituciones y no desmantelarlas como supone la estrategia del terror, es la respuesta pertinente. Por eso, lejos de saltar por encima de la autoridad del sistema internacional, las decisiones capaces de atajar al terrorismo son aquellas que robustecen a los organismos multilaterales.

   El documento madrileño apunta: “La legitimidad internacional es un imperativo moral y práctico. Resulta esencial un enfoque multilateral. Deben fortalecerse las instituciones internacionales, especialmente las Naciones Unidas. Debemos renovar nuestros esfuerzos para hacerlas más transparentes, democráticas y eficientes”. El texto completo se encuentra en: http://safe-democracy.org/

   El Club de Madrid fue integrado en octubre de 2001 por 44 ex jefes de Estado y Gobierno –entre ellos el ex presidente mexicano Ernesto Zedillo que a juzgar por la información disponible no acudió a la reunión de esta semana–. Esta ha sido quizá la contribución más relevante de ese grupo. La Cumbre Internacional sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad fue auspiciada por el Rey de España.

 

Bosque de los ausentes

   Medidas concertadas pero urgentes, en vez de limitarse al a la postre ineficaz apremio de las armas, podrían conformar una nueva perspectiva para enfrentar al terrorismo. De eso los españoles saben algo ya que, además del desafío de Al Qaeda hace un año, llevan décadas padeciendo las intimidaciones de la banda terrorista ETA.

   En los meses recientes la vida política española ha estado conmocionada con desavenencias políticas que se expresan de  mala manera. Revanchas de quienes han perdido parte del poder que detentaban frente a la ambición de quienes no tienen todo el poder que ambicionan, han conformado un ambiente de enfrentamiento y descomposición.

   Sin embargo antier, en las demostraciones de luto por la conmemoración del 11 de marzo, los españoles volvieron a manifestar la unidad cívica que hace un año los hizo tan fuertes.

   Por la mañana, centenares de iglesias hicieron repicar sus campanas a la hora en la que, aquel día fatídico, comenzaron a estallar las bombas en cuatro trenes. Y al medio día centenares de familiares de las víctimas, jefes de Estado de varios países y dirigentes políticos, atestiguaron la apertura de un área en el Parque del Retiro destinada a recordar a las víctimas del 11 de marzo.

   Bosque de los Ausentes, se llama esa sección del popular parque madrileño en donde hay 192 árboles –cipreses y olivos–, uno por cada uno de los muertos de hace un año. Sin discursos ni formalidades, los reyes Juan Carlos y doña Sofía y el presidente de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, recorrieron el jardín y compartieron los cinco minutos de silencio que a esa hora paralizaban a toda España.

 

En México, inmadurez

   Ni la congoja ante el atentado de hace un año, ni las diferencias políticas que siguen a flor de piel, les han impedido a los españoles responder unidos ante el terrorismo. Solo una sociedad que confía en sus instituciones –aunque constantemente se proponga mejorarlas– y que tiene puntos de acuerdo básicos es capaz de expresar esa madurez.

   El ejemplo español contrasta, inevitablemente, con la circunstancia mexicana de nuestros días. No hay diálogo político porque la desconfianza se ha adueñado de todos los protagonistas y todos los espacios del escenario público. No hay metas ampliamente compartidas porque las codicias circunstanciales han nublado cualquier horizonte de mediano plazo. El único futuro en el que piensa la gran mayoría de los actores políticos es el que pasa por las elecciones presidenciales del año próximo. Tampoco tenemos liderazgos capaces de ampliar las miras del mundo político y la sociedad. Entre los dirigentes y gobernantes no se advierte uno solo en quien se pueda reconocer capacidad o al menos pretensiones de hombre de Estado. La sociedad contempla, fastidiada o entretenida, el desgaste de su clase política. Los medios premian los comportamientos estridentes. La polarización envuelve a todos, incluyendo a muchos de quienes habrían podido aportar sensatez e inteligencia en este panorama de descomposición. Los enconos se vuelven marasmo y la política se agota frente a los micrófonos o en las barandillas.

   Resulta pavoroso imaginar qué ocurriría si México padeciera una tragedia como la de hace un año en Madrid. No hay una sola formación política mexicana en la que podamos apreciar los resortes de prudencia y tolerancia que les permitieron a los españoles enfrentar aquel desafío sin incurrir en persecuciones ni autoritarismos. No hay un solo líder político de quien, a juzgar por sus comportamientos recientes, pudiéramos esperar la circunspección que se requiere en momentos de apremio. Descompuesta la clase política, en la sociedad tampoco se advierte madurez para enfrentar una situación de emergencia. Después de todo esa sociedad es la que encumbra, tolera, avala y deja de sancionar a los dirigentes y gobernantes que tenemos.

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Humo blanco, augurios negros

Publicado en El mundo, Iglesias by rtrejo on Diciembre 15th, 2005

La Crónica, 20 de abril de 2005

Cuando se decía que el cardenal Joseph Ratzinger era la mano derecha del papa Juan Pablo II no se expresaba solamente la cercanía personal de esos dos dirigentes de la Iglesia Católica sino, además, la ubicación política de ese teólogo de origen alemán.

La designación de Ratzinger como sucesor del Papa recién fallecido confirma decisión de la cúpula eclesiástica para darle continuidad a las posiciones ideológicas y a los equilibrios internos que procuró Juan Pablo II dentro de esa Iglesia. Y significa, también, un enfático respaldo a las tesis más conservadoras en materia de derechos individuales para los fieles católicos.

Juan Pablo II tenía un discurso avanzado en asuntos de política social –particularmente en su insistencia para combatir la pobreza– y conservador en temas relacionados con decisiones personales como el aborto y la homosexualidad. Esa segunda vertiente es la que sale fortalecida con la elección de Ratzinger.

El humo blanco tras la cuarta votación ayer en El Vaticano confirmó la solidez de las redes políticas que Ratzinger construyó durante casi un cuarto de siglo como prefecto de la poderosa e intransigente Congregación para la Doctrina de la Fe. Esa dependencia de la jerarquía católica representa las tendencias más atrasadas de una iglesia empeñada a ser reconocida como tradicionalista.

La censura como costumbre, la intolerancia como método y la imposición dogmática en contra de la razón y la deliberación, han sido históricamente definiciones centrales de la Congregación que Ratzinger no tuvo interés alguno en modificar. Se trata del “Santo Oficio” que tantas persecuciones desató, en distintas épocas, con el pretexto de reivindicar la fe.

Tales han sido la escuela política, los usos principales y las cartas que avalaron a Ratzinger ante el Colegio Cardenalicio. Si algo se puede agradecer en una trayectoria tan insistentemente comprometida con la reivindicación dogmática de los principios más atrasados de la Iglesia es su incuestionable claridad. La biografía de Ratzinger, particularmente en las últimas décadas, no deja lugar a duda alguna: se trata de un personaje convencido, promotor y militante de posiciones de derechas.

No hay estereotipos gratuitos en ese diagnóstico. Ratzinger ha mantenido una trayectoria comprometida con las vertientes fundamentalistas –con frecuencia sectarias– de la Iglesia Católica. Su combate al reconocimiento de las parejas de homosexuales, la negativa recalcitrante a reconocer el derecho al aborto cuando así lo consideran necesario las mujeres y sus compañeros, el rechazo a discutir siquiera la posibilidad de resolver las simulaciones que con frecuencia acarrea el celibato de los sacerdotes o a tomar en cuenta las propuestas para abrir el ministerio sacerdotal a las mujeres, han formado parte de las cruzadas de Ratzinger contra la actualización de la Iglesia Católica.

A él le correspondió enfrentar, en décadas recientes, la heterodoxia de sacerdotes que buscaban una teología o una práctica pastoral comprometidas con los requerimientos sociales de nuestro tiempo. Amenazas y censuras, así como excomuniones, expulsiones y persecuciones, han sido recursos empleados por ese personaje –adverso, además, al diálogo con otras iglesias cristianas–.

Reacio a distinguir entre religión y asuntos terrenales, Ratzinger es partidario de que la Iglesia presione a los dirigentes políticos para que se comporten de acuerdo con los dogmas de esa corporación. El año pasado el cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de la Arquidiócesis de Washington, le preguntó qué debía hacer ante posiciones como la del senador John F. Kerry, candidato presidencial del Partido Demócrata, que respetaba el derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto.

Ratzinger aclaró esas dudas en una carta privada dirigida a McCarrick y al presidente de la Conferencia de Obispos estadounidenses, Wilton Gregory. A los políticos que respaldaran acciones como el aborto y la eutanasia, indicó, la Iglesia debía negarles la comunión.

“No todos los asuntos morales –aclaró Ratzinger– tienen el mismo peso que el aborto y la eutanasia”. La Iglesia Católica está por la paz pero si un gobernante declara una guerra o decide la ejecución de un prisionero, esos no son motivos para que se le regatee la eucaristía. “Entre los católicos puede haber una legítima diversidad de opinión acerca de emprender una guerra o aplicar la pena de muerte, pero de ninguna manera en relación con el aborto y la eutanasia”, dijo en aquella carta.

Esas son algunas de las posiciones que Joseph Ratzinger ha impulsado en y a nombre de la Iglesia Católica. Con esas coordenadas se inicia el pontificado de Benedicto XVI.

 

ALACENA: Ratzinger Fan Club

Ayer el sitio web de The Cardinal Ratzinger Fan Club quedó saturado. Se trata de un espacio no oficial que, además de remitir a discursos y textos de ese personaje, ofrece cachuchas con el nombre de Ratzinger (11.99 dólares ) y camisetas o tarros de cerveza (14.99 dólares) con la efigie del hasta ayer cardenal nacido en Bavaria.

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La princesa y la democracia

Publicado en Democracia, El mundo by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, mayo 26 de 2004

El rumboso encanto de la monarquía fue propalado, el fin de semana pasado, por los medios en español de todo el mundo. La boda del príncipe de Asturias con la ex reportera a la que quiso conocer cuando la vio en televisión parecía especialmente diseñada para las que, con bondadoso sentido descriptivo, en España denominan “revistas del corazón”.

   A esas publicaciones hubiera quedado confinada la ceremonia del sábado en la catedral de La Almudena si no fuera por la intensa necesidad de emociones y espectacularidad que tienen nuestras sociedades y por el sitio aun relevante que España le asigna –¡a estas alturas de su desarrollo político!– a la monarquía.

   Exigencias del protocolo, minucias del banquete, artificios de los modistos, las temidas previsiones meteorológicas y las finalmente descuidadas medidas de seguridad, formaron parte del cúmulo de información prescindible que recibimos, en diarios y televisoras, entre sábado y domingo.

   El País madrileño dedicó a La Boda un suplemento de 24 páginas en una edición que tituló en primera plana, como si se tratase de un voluntarioso pronóstico,  “Los reyes del siglo XXI”. Para The New York Times del domingo, editado en otro contexto y con otra idea del periodismo, el evento mereció una pequeña fotografía en primera plana y nada más.

   Mención aparte requeriría el derroche de simplezas y lugares comunes que desparramaron las televisoras mexicanas.

   Pero lo más inquietante en esta historia es la presencia que la monarquía sigue teniendo en países como España.

   A algunos de quienes sin compartir todas sus tradiciones hemos admirado la solidez y los frutos de la transición política española nos resulta chocante la admiración que ese pueblo, más allá de filiaciones partidarias, mantiene alrededor de la monarquía. Conservar a la familia real como uno de los ejes de su vida pública, más allá del costo que puedan tener sus travesías y ceremonias parece una extravagancia e, incluso, una forma de atraso cívico.

   Suponer que los miembros de la familia real, por ser descendientes de quienes alguna vez acapararon (o esperaron detentar) poder y privilegios ahora merecen tratamiento especial, no deja de resultar un comportamiento retrógrado –y no deja de ser curioso que podamos emplear este adjetivo, que hoy en día se le puede aplicar a muy pocas conductas–. Reconocer en los reyes actuales y futuros no solo una potestad que no ganaron sino que simplemente heredaron y legarán a sus hijos y nietos es una actitud inequitativa.

   Nada hay tan antidemocrático como la monarquía. Pero cuando se les señala esa situación que resulta contradictoria con el espíritu democrático que anima a sus instituciones y –casi siempre– a la sociedad, los españoles recuerdan todo lo que su transición le debe al Rey. La vocación de apertura, la mirada de estadista y quizá también el realismo político que supo tener a la muerte de Francisco Franco, le permitieron a Juan Carlos de Borbón auspiciar y en alguna medida garantizar la solidificación de instituciones y reglas de la democracia española.

   Es natural que los españoles le estén reconocidos. Pero no por eso tendrían que perpetuar la monarquía. Quizá no le hace daño a nadie (aunque hace tiempo no se apreciaba un el derroche de cursilería como el que propició la boda) pero aun así se trata de una entidad que, por definición, resulta contrapuesta con la democracia. O, tal vez, la democracia española no sea tan sólida si necesita de un eje articulador tan antidemocrático como el que constituye la monarquía.

   Tal es la sensación que dejan algunos españoles cuando soslayan o prefieren que no se discuta ese tema. Manuel Vázquez Montalbán, en un farragoso pero ilustrativo libro acerca de la clase política española, advertía con una divertida metáfora: “Tocar al Rey es como tocar una lata de conservas fundamental para que se aguante la pirámide de latas en un supermercado, porque columnistas y tertulianos, viudas y militares, ciegos y videntes se ponen en marcha para demostrar en los más elevados tonos su total confianza en el Rey” (Un polaco en la corte del Rey Juan Carlos. Alfaguara, 1996).

   Desde luego Letizia es encantadora, antes de ser princesa  demostró que era una mujer dueña de sus decisiones y con una carrera profesional de méritos propios. Pero el hecho mismo de que ahora se enaltezca su ascenso de la plebeya conducción televisiva al corazón del príncipe Felipe, tiene un dejo de cuento de hadas que sin duda se lleva bien con el espectáculo pero que no termina de cuadrar con la idea que quisiéramos tener de la democracia.

   En todo caso y como escribía ayer Rosa Montero en El País, Lo mejor de esta historia es que al fin ha terminado (¡hurra!) y que ya no tendremos que casar a ningún heredero en muchísimo tiempo”. Quién sabe si eso habrá pensado José Luis Rodríguez Zapatero, el jefe de Gobierno español que hoy está en México.

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Lecciones de Orwell

Publicado en Cultura, El mundo by rtrejo on Diciembre 13th, 2005

La Crónica, junio 25 de 2003

Puede entenderse como parodia cruel, o como homenaje involuntario, pero el hecho de que el programa de televisión más famoso del mundo lleve el nombre de uno de sus personajes constituye una de las muchas expresiones de la vigencia de George Orwell.

   Nacido en Motihari, India, hoy hace exactamente cien años, Eric Arthur Blair, a quien todos conocemos como George Orwell, escribió dos de los libros paradigmáticos de un siglo repleto de atrocidades. La sátira del autoritarismo que muestra La granja de animales y la antiutopía descrita en 1984 cuestionan abusos burocráticos de todos los tiempos pero que, medio siglo después, parecen haberse fortalecido gracias a la concentración del poder, el dinero y la tecnología.

   Participante en la Guerra Civil Española en donde conoció la fraternidad pero también el canibalismo de las izquierdas, Orwell fue testigo y profeta de su tiempo. Al soñar en un mundo distinto encontró defectos de la naturaleza humana, pero sobre todo de los sistemas políticos que combatió con ironía literaria y con una afilada crítica.

   En un reciente libro repleto de admiración pero también de contexto analítico el escritor Christopher Hitchens recuerda, a propósito de Orwell y su época: “Los tres grandes temas del siglo veinte fueron el imperialismo, el fascismo y el estalinismo. Sería trillado decir que esos ‘asuntos’ tienen para nosotros interés solamente histórico; nos han heredado toda la forma y el tono de nuestra era. Gran parte de la clase intelectual estuvo fatalmente comprometida por conveniencia con una u otra de esas estructuras de inhumanidad creadas por el hombre y algunos con más de una” (Why Orwell matters, Basic Books, 2002).

   Orwell se enfrentó a esos tres despotismos y además, a las reconvenciones que le valdría esa actitud. Hitchens menciona la “hipocresía intelectual” que quiso desconocer su obra.

   Conocido por sus dos novelas más famosas, Orwell (que murió en 1950) es autor de numerosos ensayos y artículos. En uno de ellos, “Por qué escribo”, dejó testimonio de su práctica y propósitos.

   Hay quienes escriben, dice allí, por intenso egoísmo: con el propósito de parecer listo, para que hablen de uno, para que nos recuerden, para desquitarnos.

   Otros escriben por entusiasmo estético. Eso vale para toda clase de textos, “el motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias”.

   Un tercer motivo es el impulso histórico, el “deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad”.

   Está, finalmente, el propósito político. Es el “deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir… ningún libro está libre de tendencia política”.

   “Soy –dice más adelante– una persona en la que los tres primeros motivos pesan más que el cuarto. En una época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o simplemente descriptivos y casi no habría tenido en cuenta mis lealtades políticas. Pero me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista”.

      Orwell padeció privaciones económicas, presenció el ascenso de los peores autoritarismos, fue herido en la guerra. Así que cada una de sus líneas desde 1936, decía, la escribió “contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una tontería, en un periodo como el nuestro, creer que puede uno evitar escribir sobre esos temas. Todos escriben sobre ellos de un modo u otro. Es sencillamente cuestión del bando que uno toma y de cómo se entra en él. Y cuanto más consciente es uno de su propia tendencia política, más probabilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar la propia integridad estética e intelectual”.

   Escritor ante todo, fue hombre de ideas y convicciones. Al cabo de su examen de la obra y la vida de Orwell, Hitchens adapta las palabras del poeta inglés W.H. Auden a la muerte, en 1939, del  escritor irlandés W.B. Yeats, para decir que el tiempo se porta amablemente con quienes han vivido por y para el lenguaje.

   Añade Hitchens: “la perspectiva de Orwell ha sido largamente reivindicada por el tiempo así que no necesita ninguna disculpa en ese terreno. Pero lo que él demuestra, por su compromiso con el lenguaje como aliado de la verdad, es que esa ‘perspectiva’ realmente no importa; lo que importa no es lo que piensas sino cómo piensas; y la política es relativamente irrelevante mientras los principios tengan una manera de resistir, como hacen los pocos individuos irreductibles que mantienen fidelidad con ellos”. Por eso, a un siglo de su nacimiento, Orwell importa.

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Reformar a la ONU. La propuesta mexicana

Publicado en El mundo, Vicente Fox by rtrejo on Diciembre 13th, 2005

La Crónica, septiembre 28 de 2006

La ausencia de una actitud coherente y clara por parte del gobierno federal impide que haya una discusión racional y enterada acerca del proyecto económico para el país. El día que presentó el programa económico para el siguiente año el secretario de Hacienda no sabía a cuánto ascendía el Presupuesto de Egresos. El secretario de Gobernación acudió para darle confiabilidad a ese anuncio. Más tarde supo que entre las empresas que la administración federal propone cerrar o vender se encuentra la agencia de noticias de cuyo  funcionamiento es responsable.

   Una y otra vez, en los años recientes, el gobierno dijo que le interesaba tener una agencia de noticias capaz de apuntalar la presencia doméstica y foránea del Estado mexicano. Con todo y sus tropiezos Notimex ha sido un instrumento de información útil a la sociedad y especialmente  a los periódicos y empresas radiodifusoras que sin ese servicio dependerían de agencias de otros países para reunir su material noticioso. La existencia de agencias de prensa nacionales ha sido considerada necesidad estratégica por los estados en numerosas latitudes del mundo.

   El gobierno no se tomó en serio tal decisión. Hace un par de años destituyó al periodista que había designado para dirigir a esa agencia y que resultó perjudicado en una vendetta de la revista Proceso, de la cual había formado parte. En su lugar fue colocado un ingeniero químico, aparentemente de muy nobles intenciones y de ejemplar entusiasmo pero sin experiencia periodística alguna.

   La gestión de José Antonio Díaz pareció condenada por sus propios patrocinadores. Fue designado porque era secretario particular del subsecretario de Gobernación, José Luis Durán Reveles. Más que expresión de nepotismo de oficina, esa decisión obedeció al descuido y la ignorancia que la secretaría de Gobernación ha tenido respecto de los medios de comunicación del Estado mexicano.

   Ayer en su noticiero radiofónico el periodista Marco Levario Turcott comentó que José Antonio Díaz nunca se enteró de la propuesta para cerrar la agencia y que como reacción a ella estaba por presentar su renuncia. Ello confirmaría que no ha sido de Gobernación la iniciativa para que Notimex desaparezca. Todo parece indicar que se trata de una zancadilla que Hacienda le pone al secretario que despacha en Bucareli. En ese desbarajuste podría terciar la oficina de Comunicación de la Presidencia de la República, interesada en controlar los medios de comunicación del gobierno.

   La inclusión de la agencia de noticias en el primer lugar de la lista de 16 entidades cuya “disolución, liquidación, extinción, fusión o enajenación” se propone en el proyecto de Decreto de Presupuesto Federal ha sido notoriamente inopinada. No hay argumentación ni explicación que respalden esa relación de empresas amenazadas con desaparecer. No se presenta ninguna evaluación de su desempeño, ni se ofrece justificación para cerrarlas.

   No se dice si a Notimex la quieren clausurar o vender porque sus números rojos deslumbran a los auditores de Hacienda, o porque su desaparición sería bienvenida por diarios de grandes recursos empresariales como Reforma que la ha tomado contra esa agencia, o si los textos que distribuye con afán plural y profesional le incomodan tanto al secretario Francisco Gil que ahora busca la desaparición de esa sociedad anónima.

   Si la venden, Notimex no será gran negocio para el gobierno porque el precio de sus activos fijos debe ser muy pequeño en comparación con la presencia pública –su auténtico patrimonio– que ha forjado desde su creación en 1968. Lo que se ahorrará el gobierno es el subsidio que entrega para el gasto operativo de la agencia el cual, de acuerdo con el presupuesto para este año, debe ser de algo menos de 115 millones de pesos.

   Definir si ese gasto se justifica, depende de lo que el gobierno y el resto de las instituciones del Estado mexicano quieran en materia de comunicación social. Si se pretende que haya instrumentos capaces de informar a los ciudadanos sin sujetarse a la benevolencia o el interés de las empresas de comunicación privada, medios como Notimex son indispensables. Si, en cambio, el gobierno y el Congreso se han resignado a quedar irremediablemente subordinados a las grandes y habitualmente alevosas empresas de comunicación privadas, la suerte de Notimex y a la postre de otros medios estatales se encuentra definida –al menos durante la actual administración–.

   Quizá más que ante una definición tajante nos encontramos con una muestra patética de improvisación hacendaria y política. Aunque en el proyecto de Decreto presentado a los diputados el gobierno propone la desaparición de Notimex, el presupuesto para 2004 prevé un financiamiento de 99 millones de pesos para esa agencia. Es posible que la propuesta para prescindir de Notimex haya surgido después de la elaboración del proyecto de presupuesto.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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El presidente enfadado (Fox y Havel)

Publicado en El mundo, Vicente Fox by rtrejo on Diciembre 12th, 2005

La Crónica, noviembre 3 de 2002

Todavía no cumple la tercera parte de su gestión sexenal y al presidente Vicente Fox se le ve disgustado. Pareciera que el ejercicio del gobierno le hastiara y que no hubiese encontrado en él las gratificaciones personales y políticas que pudo haber esperado.

   Esa desazón del presidente Fox puede ser expresión de realismo, al haberse percatado de las complejidades y dificultades que hay en una administración pública y en un país cuyos defectos no eran culpa solamente del partido y los mandatarios que ocuparon antes de él la conducción del gobierno. Quizá el malestar presidencial es preferible al forzado triunfalismo, o al enmascaramiento de los problemas que a menudo hicieron los predecesores del licenciado Fox.

   Pero los disgustos del actual presidente se están convirtiendo en una nueva manera de encubrir, o eludir, las dificultades. En vez de analizar los problemas se descalifica o esquiva a quienes los plantean. En lugar del debate amplio y público con el que el gobierno dice estar comprometido, cada vez son más las áreas y episodios en los cuales se toman decisiones discrecionales a veces incluso sin tomar en cuenta los cauces institucionales.

 

Frecuentes reprimendas

   El presidente Fox no ha resuelto su diferendo con los medios de comunicación. Cada vez que se acuerda, lo cual ocurre con frecuencia, culpa a la prensa por no compartir sus apreciaciones sobre la realidad del país.

   El lunes pasado el presidente recorrió la zona de Jalisco devastada por el huracán Kenna. En una pequeña población tuvo este diálogo con un damnificado.

   “Ciudadano: …el gran gobierno me dio un apoyo en el sentido de quitar todo el escombro, están trabajando mucho, está ayudando mucho el gobierno. Y muchísimas gracias, tanto al gobernador y a usted, señor presidente, que el cambio es un cambio bueno, para todos los mexicanos.

   “Presidente Fox: Qué bueno que la prensa no ande aquí ahorita. De todos modos aunque se los digas no lo ponen, no importa”.

   Ahora la incomodidad presidencial no se limita a los medios de comunicación. Cada vez son más frecuentes los desencuentros del licenciado Fox con ciudadanos a quienes les reprocha que no se  ayuden ellos mismos cuando le piden que el gobierno los auxilie.

   El mismo lunes 28 tuvo esta conversación con otro grupo de víctimas del huracán:

   “Presidente Fox: ¡Hola, amiga! ¿Cómo están?

   Mujer: ¡Nadie me avisó, nadie!

   “Presidente Fox: ¿No te avisaron? ¿Te la pasaste aquí sentada o dónde?

   “Mujer: En mi casa, mirando cómo cambiaba el paisaje de un momento a otro, en menos de cinco minutos. ¡Todavía estoy temblando, señor!

   “Presidente Fox: ¿Pero cómo no te avisaron, si todos los medios –el radio, la televisión, los periódicos– avisaron?

   “Mujer: Nadie me avisó, tenemos tres días sin ningún…

   “Presidente Fox: ¿Qué vives solita, encerrada ahí o qué?

   “Mujer: Con mi hijito.

   (El Presidente se dirige a otro grupo de mujeres).

   “Presidente Fox: ¿Y ustedes tampoco se enteraron?

   “Mujer: No nos evacuaron, señor Presidente.

   “Mujer: No nos evacuaron, evacuaron los…

   “Presidente Fox: ¿Pero y ustedes qué? ¿Pues no se dieron cuenta que venía?

   “Mujer: Pero no nos evacuaron, señor.

   “Presidente Fox: ¡Pues hagan un esfuercito! ¡Pues cómo que no las evacuan si evacuaron a 60 mil gentes!

   “Mujer: A nosotros no nos dijeron nada. Somos dos personas que estamos olvidadas toda la vida.

   “Presidente Fox: Ya con eso, saldrá en los medios que no se evacuó a nadie. Se evacuó a todo mundo. Afortunadamente no se perdió la vida de nadie y de las casas, y de las rancherías, y de las comunidades y de todos lados se evacuaron más de 90 mil gentes”.

   Malhumorado porque la realidad no se ajusta a la visión que se ha formado de ella, el presidente suele reconvenir a las personas que le expresan peticiones o reclamos. Su reacción ante aquellas mujeres en Jalisco que solamente le estaban informando que no fueron desalojadas, fue inopinadamente agresiva. Primero quiso confrontar sus versiones, luego su única preocupación fue el efecto que esas quejas pudieran alcanzar en los medios de comunicación. En la explicación del presidente, además, en pocos segundos el número de desalojados aumentó un 50 por ciento.

 

La incomodidad de Havel

   A todos los gobernantes el poder político, además de numerosas y contradictorias gratificaciones, les llega a incomodar. A veces las limitaciones que impone sobre la vida personal, en otros casos la constatación del vasallaje y la deslealtad de muchos de quienes los rodean y en otras ocasiones una honesta autocrítica, suscitan expresiones de desaliento e incomodidad en los gobernantes.

   Hace pocas semanas el presidente Vaclav Havel, en un discurso en el Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York explicó el malestar que, además de numerosas satisfacciones, le ha causado la responsabilidad que ha tenido durante casi 13 años y de la cual se librará dentro de unos cuantos meses. El escritor cuyas obras de teatro llegaron a estar prohibidas durante la dictadura en su país y que pasó cerca de cinco años en prisión debido a sus opiniones políticas, se pregunta cómo ha cambiado él en los últimos 13 años, desde que fue electo por primera vez como presidente de la entonces Checoslovaquia.

   “He descubierto algo sorprendente: aunque era de esperarse que esta riqueza de experiencia me hubiera dado más y más aplomo, confianza y brillo, la verdad es exactamente lo contrario. En ese tiempo, me he vuelto de alguna manera menos seguro de mí mismo, de alguna manera más humilde.

   “Puede ser que no lo crean, pero cada día me da más pánico escénico; cada día tengo más miedo de no estar capacitado para el trabajo, o creo que lo voy a estropear todo. Me resulta muy difícil escribir mis discursos y cuando lo hago, tengo más miedo que nunca de repetirme, sin esperanza, una y otra vez. Más y más a menudo, tengo miedo de quedar tristemente por debajo de las expectativas, de estar mostrando de alguna manera mi falta de aptitudes para el trabajo, de que a pesar de mi buena fe voy a cometer errores cada vez más grandes, de que voy a dejar de ser confiable y entonces perder el derecho a hacer lo que hago”.

   Havel compara esa apreciación sobre su propio trabajo con la soberbia y el gusto por la exhibición pública que suelen tener sus colegas:

   “Y mientras otros presidentes más jóvenes que yo, en términos del tiempo que llevan en el cargo, disfrutan cada oportunidad de encontrarse unos con otros o con personas importantes, de aparecer en televisión o pronunciar un discurso, todo eso simplemente me vuelve más temeroso. A veces intencionalmente trato de evitar la misma cosa que debería recibir como una gran oportunidad por el miedo casi irracional de que, de una u otra manera, voy a malgastar la oportunidad y quizás incluso perjudicar una buena causa. En pocas palabras, tengo más y más dudas incluso sobre mí mismo. Y mientras más enemigos tengo, más me coloco al lado de ellos en mi propia mente y entonces me convierto en mi peor enemigo”.

 

Complacencia y cuentos de hadas

   Ese discurso que Havel leyó el 19 de septiembre pasado, aparece en su página electrónica con el título “El dramaturgo como presidente”. Luego de las confesiones antes transcritas el mandatario checo reflexiona sobre el proceso que lo condujo a ese estado de duda. Supone que a partir de febrero próximo, cuando ya no sea presidente, podrá tener otras explicaciones y ganar distancia respecto de la política.

   “Por ahora, sin embargo –prosigue su discurso– déjenme sugerir una de muchas explicaciones posibles para esta situación. Conforme he envejecido, conforme he madurado y ganado en experiencia y raciocinio, paulatinamente he llegado a entender completamente el tamaño de mi responsabilidad y de las extrañamente variadas obligaciones que se derivan del trabajo que acepté. Más aun, se está aproximando inexorablemente el momento cuando aquellos alrededor mío, el mundo y –lo que es peor– mi propia conciencia ya no me van a preguntar cuales son mis ideales y metas, qué es lo que quiero conseguir y cómo quiero cambiar al mundo, sino que me comenzarán a preguntar qué es lo que realmente he conseguido, cuáles de mis intenciones he podido cumplir y con cuales resultados, cuál quisiera que fuese mi legado y qué clase de mundo quisiera dejar tras de mí. Y repentinamente siento que la misma incomodidad espiritual e intelectual que una vez me empujó a levantarme contra el régimen totalitario y a ir a la cárcel por ello, ahora me está ocasionando serias dudas acerca de la importancia de mi propio trabajo, del trabajo de aquellos a quienes he respaldado, o de aquellos cuya influencia he hecho posible”.

   “En el pasado, cuando debía recibir títulos honoríficos y escuchar los laudatorios discursos que se hacen en esas ocasiones, a menudo tenía que sonreírme a mí mismo y ahora, en muchos de estos homenajes, me encuentro como si fuera el héroe de un cuento de hadas, un muchacho que, en nombre del bien, golpeó la cabeza contra la pared de un castillo habitado por reyes malignos, hasta que la pared cayó y él mismo se convirtió en rey y entonces vino a gobernar sabiamente durante muchos largos años. No tengo ganas de aclarar las cosas en esas ocasiones, aprecio profundamente todos mis doctorados y siempre me conmuevo cuando los recibo.

   “Sin embargo menciono este otro lado de las cosas, que es un tanto divertido, porque precisamente estoy comenzando a entender cómo es que todo ha sido, en realidad, una diabólica trampa que el destino me ha colocado. Porque verdaderamente fui lanzado, de la noche a la mañana, en un mundo de cuentos de hadas y entonces, en los años que siguieron, tenía que regresar a la tierra, preferentemente para reconocer que los cuentos de hadas son simplemente una proyección de los arquetipos humanos y que el mundo no está del todo estructurado como un cuento de hadas. Y así –sin jamás haber intentado convertirme en rey de cuento de hadas y a pesar de encontrarme a mí mismo prácticamente obligado a esta posición, aunque fuese como un accidente de la historia– no he tenido inmunidad diplomática para esa dura caída hacia la tierra desde el irrisorio mundo de la efervescencia revolucionaria al terrenal mundo de la rutina burocrática”.

 

Poetas, consejos y políticos

   El escritor de 66 años explica en esa alocución que ha sido entendida como parte de su despedida de la política activa:

   “Por favor entiéndanme. No estoy diciendo que he perdido mi lucha, o que todo ha sido en vano. Al contrario, nuestro mundo, la humanidad y nuestra civilización se encuentran ahora en la que quizá es la más importante encrucijada de su historia. Tenemos más oportunidad que nunca antes en los últimos tiempos para entender nuestra situación y la ambivalencia del rumbo que estamos encabezando y para decidir a favor del camino de la razón, la paz y la justicia y no el camino que conduce a nuestra propia destrucción.

   “Solamente digo esto: colocarnos en el camino de la razón, la paz y la justicia significa una gran cantidad de trabajo duro, abnegación, paciencia, conocimiento, una perspectiva sosegada, la voluntad para arriesgarse a los malentendidos. Al mismo tiempo, significa que todos sean capaces de juzgar sus propias capacidades y actuar de acuerdo a ellas, esperando que la fuerza de cada uno crezca con las nuevas tareas que uno se dé a sí mismo, o eso será insuficiente. En otras palabras, no hay más confianza en cuentos de hadas ni en héroes de cuentos de hadas. No hay más confianza en los accidentes de la historia que colocan a poetas en sitios de donde han descendido imperios y alianzas militares. Las voces de advertencia de los poetas deben ser cuidadosamente escuchadas y tomadas muy en serio, quizá incluso más seriamente que las voces de los banqueros y los corredores de bolsa. Pero al mismo tiempo, no podemos esperar que el mundo –en las manos de los poetas– se vaya a transformar repentinamente en un poema.

   “Sea como sea, hay una cosa de lo que estoy seguro: que a pesar de cómo desempeñé el papel que me adjudicaron y a pesar de cuánto lo quise antes que nada o lo merecí, y a pesar de lo mucho o poco que estoy satisfecho con mis esfuerzos, entiendo que mi presidencia ha sido un magnífico obsequio del destino. Después de todo he tenido la oportunidad de participar en acontecimientos realmente históricos en la transformación del mundo. Y esa –como una experiencia de vida y una oportunidad creativa– ha hecho que valgan la pena todas las trampas que había escondidas junto con ella”.

 

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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