Sociedad y poder

Le Pen: decirle fascista es describirlo

Publicado en El mundo by rtrejo en Diciembre 12th, 2005

La Crónica, 3 de mayo de 2002

Jacques Chirac ganará este domingo las elecciones presidenciales en Francia. La mayoría de sus adversarios históricos, que cuestionan la política conservadora que ha desplegado desde hace siete años, apoyará su reelección.

   La causa de ese triunfo del actual mandatario francés se llama Jean-Marie Le Pen. El 17% de votos que ese dirigente de extrema derecha recibió en la primera vuelta de los comicios, hace dos domingos, ha provocado una intensa, inusitada y aterrada respuesta de millones de franceses.

   Las calles han quedado desbordadas en manifestaciones como la del primero de mayo en París, para oponerse al avance de Le Pen y la involución al odio, la discriminación y el nacionalismo radical que propone ese líder fascista.

   El Frente Nacional que dirige Le Pen ha sido equiparado con el nacional socialismo alemán que hace seis décadas ensombreció a Europa y al mundo. Entre otras tristes perlas que definen a su discurso político (o anti político, si se quiere) ese personaje sostiene que el holocausto causado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial fue un acontecimiento menor.

 

Izquierda contrita y humilde

   Racista, violento y bravucón, Le Pen era un personaje marginal dentro del repertorio político francés y sus posiciones de drástica derecha eran consideradas poco significativas hasta que comenzó a ocupar espacios de representación y opinión cada vez mayores. La gran sorpresa la dio en los comicios recientes al desplazar, por pocos pero significativos votos, al candidato del Partido Socialista, el primer ministro Lionel Jospin.

   El 16.9% que recibió Le Pen frente al 16.2% del dirigente socialista marcaron la diferencia entre los comicios insípidos y predecibles que prácticamente todos los analistas políticos habían esperado para este domingo y la inesperada confrontación que, en lugar de aquel escenario, tendrá lugar en la segunda vuelta.

   En vez de dirimir contrastes entre republicanos y socialistas, que han compartido el gobierno durante el último lustro, los franceses irán a un referéndum acerca de la democracia.

   No es otra cosa lo que se juega en esos comicios y así lo han entendido todas las fuerzas políticas. Haciendo a un lado la dolorosa derrota de la primera vuelta, resultado fundamentalmente de su propia incapacidad para identificar coincidencias de fondo antes que las discrepancias que las mantuvieron desunidas, las izquierdas de Francia han sostenido durante estas dos semanas una intensa y encendida campaña que jamás imaginaron desplegar.

   Militantes socialistas, comunistas, trostkistas y ecologistas de izquierda han llamado a votar por Chirac, su adversario de tantas jornadas. El despliegue de realismo y humildad que han requerido para hacer proselitismo a favor del personaje que tanto han detestado y contra el que mantuvieron una oposición de largos y difíciles años ha sido, por sí sola, un aprendizaje histórico.

   En contra de aquella brutal máxima de la vida y la política que sugiere que el enemigo de nuestro adversario es nuestro amigo, en este caso las izquierdas en Francia supieron distinguir entre el contendiente que pueden enfrentar en buena lid y el antagonista común a todos, cuyo éxito significaría la devastación de los principios civilizatorios sobre los que se construye la política.

 

Racismo y ultra nacionalismo

   La preocupación por el avance de Le Pen no es gratuita. Ese personaje representa la barbarie y el fanatismo, todo lo contrario de los principios de igualdad, legalidad y fraternidad que los franceses han dicho sustentar después de haberlos exportado como patrimonio de la civilización moderna.

   Además de una trayectoria repleta de hechos personales de violencia y desprecio a quienes no comparten su talante arbitrario, a Le Pen y a su organización se les conoce por el rechazo a la presencia de inmigrantes en Francia. El Frente Nacional ha propuesto el establecimiento de campos de concentración para los ciudadanos de otras nacionalidades que se encuentren de manera irregular en ese país.

   Junto con el racismo y el anti extranjerismo la otra bandera de Le Pen es el nacionalismo a ultranza, que implica cerrar las fronteras y concentrarse en los asuntos domésticos. “Francia para los franceses” dice su discurso patriotero que desconoce la diversidad de nacionalidades y orígenes que existe en ese país.

   Le Pen se opone a los acuerdos de Maastricht que dieron origen a la Unión Europea y asegura que de ser electo presidente, Francia se retiraría de esa alianza regional. Con esas coordenadas sostiene que su política es “en asuntos sociales de izquierda y económicamente, de derecha”.

   Más que proyecto de país, Le Pen cuenta con una colección de axiomas que han tenido eficacia movilizadora en una sociedad desencantada de la política tradicional, especialmente entre los electores más jóvenes y aquellos a quienes ha disgustado la engañosa retórica de los partidos tradicionales.

   El fracaso tanto de la derecha moderada encabezada por Chirac como de las izquierdas entre las que descollaba Lionel Jospin (ahora retirado de la política después de su derrota en la primera vuelta) ha sido el contexto propicio al desarrollo de la demagogia de Le Pen.

   Los desempleados, los obreros de salarios más bajos y un significativo porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años formaron parte de los votantes de ese personaje. La abstención en aquella primera vuelta, que en parte se debió a que muchos ciudadanos tenían la certeza de que su voto no era necesario porque consideraban que los ganadores serían Chirac y Jospin, favoreció la emergencia de Le Pen como personaje competitivo dentro de la política francesa.

   El dirigente del FN ha sido considerado como “un político al cual el adjetivo fascista se le puede aplicar no tanto como un epíteto sino como una descripción”.

   Esa es la caracterización que hace de Le Pen el escritor Christopher Caldweell, editor de The Weekly Standard, una publicación estadounidense considerada como políticamente conservadora.

   Otra revista insospechable de propensiones izquierdistas tituló una semblanza de Le Pen de manera inequívoca: “superfascista”. The Economist de la semana pasada recuerda que ese personaje, cercano a cumplir 74 años, es “uno de los más experimentados políticos franceses”.

   A los 27 era miembro del parlamento, postulado por un partido de empresarios de derecha. En 1972 fundó el Frente Nacional. “Entre sus credenciales más repugnantes, alguna vez tuvo un negocio que publicaba canciones nazis y en más de una ocasión ha considerado que las cámaras de gases fueron ‘un detalle’ en la historia de la segunda guerra mundial”, recuerda el semanario británico.

 

Uno de cada 5 franceses

   El problema no es que Le Pen exista. Siempre hay desquiciados que se cuelan a la vida pública y cuya presencia incorpora a la política algo de lo peor que tiene cada sociedad.

   El problema es la adhesión que ese personaje suscita en uno de cada cinco franceses.

   El 21 de abril, 5 y medio millones de ciudadanos votaron por Le Pen. Quizá algunos estén arrepentidos. Otros habrán votado de esa manera como protesta contra la inactividad de los partidos tradicionales. Pero la gran mayoría de esos electores mantiene las convicciones que han  compartido con Le Pen.

   Las contrariedades económicas, la persistencia del desempleo, la violencia foránea y doméstica, influyeron sustancialmente para acarrear votos al molino político del Frente Nacional. Le Pen sostiene que para encarar la inseguridad en Francia es preciso instaurar una política de mano dura que entre otras medidas incluya la pena de muerte.

   El aumento de la criminalidad se ha vuelto más agobiante en el actual panorama de crispación mundial, sobre todo a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre.

   La persecución estadounidense contra los responsables de los atentados de ese día ha sacudido los resortes de xenofobia e intolerancia que abriga toda sociedad, especialmente cuando tiene un pasado repleto de convicciones conservadoras como ocurre con la sociedad francesa.

   Cuando a los obreros sin trabajo y a los jóvenes sin esperanza –que se encuentran entre los franceses más impresionables por la demagogia de derechas– se les dice que los culpables de su situación son los extranjeros que se quedan con sus empleos, el racismo encuentra ambiente propicio para crecer y convertirse en alternativa.

 

Politizada respuesta juvenil

   La respuesta al ascenso de Le Pen a la primera división de la política francesa y europea ha sido, al menos por lo pronto, de gran contundencia.

   Centenares de miles de jóvenes han despertado a la participación política gracias a la amenaza que encuentran en el avance de la derecha radical.

   Muchos de esos jóvenes, teniendo edad para votar, no quisieron hacerlo en la primera vuelta de las elecciones porque no se interesaban en ninguna de las opciones que competían.

   Ahora en cambio están motivados y movilizados. Tienen una causa.

   Esa causa es la necesidad de enfrentar al neofascismo, que hasta ahora les parecía una referencia política desconocida y distante. Ahora pegan carteles, reparten volantes, organizan concentraciones, emprenden una intensa campaña en la Internet y se disponen a mantener una vigilia ciudadana durante toda la jornada electoral.

   Esos jóvenes son la columna vertebral de una movilización en la que se han comprometido artistas y periodistas, escritores y dirigentes de posiciones que van desde la centro derecha hasta las más diversas actitudes dentro de las izquierdas.

   “La gente tiene que votar –ha dicho el extraordinario futbolista Zinedine Zidane, que nació en Marsella y cuyo padre es argelino–. Es muy importante. Y sobre todo hay que pensar –y noto el peso de mis palabras–, hay que pensar en las consecuencias que puede tener votar a un partido que no corresponde para nada con los valores de Francia”.

   Todos tienen una divisa: votar por Chirac para impedir el avance del Frente Nacional.

   Gracias a Le Pen, el presidente francés podrá reelegirse.

   La ultra derecha no pasará. Pero lo peor que podría suceder es que al día siguiente de los comicios los franceses creyeran que todo sigue como antes.

   El voto de quienes en otra circunstancia habrían estado contra él, tendrá que acotar al gobierno de Jacques Chirac a tal grado que no es impensable una reconstrucción completa de las alianzas y los compromisos en los cuales se sostiene la institucionalidad política francesa. El mes próximo son las elecciones legislativas de las cuales dependerá el margen de maniobra que tendrá el nuevo gobierno.

   Pero además, resultará imprescindible que los franceses se involucren en una intensa deliberación que incorpore, antes que nada, a la quinta parte de los ciudadanos que habrá votado por la derecha radical.

   Esa será la tarea más difícil. La única manera de conseguir que Le Pen y otros como él se erijan en caudillos, consiste en despojarlos de la base social que han conseguido. Y eso únicamente ocurrirá si los partidos presentan opciones atractivas que no dependan de la demagogia, pero tampoco de condiciones políticas que nunca se cumplen. Enfrentar a la ultra derecha requiere de una autocrítica de las fuerzas políticas tradicionales en Francia. Las izquierdas ya comenzaron, preocupadas al menos en esta ocasión por algo más que devorarse a sí mismas.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

–0–

 


 

 

CONTEXTO

Derechas a la alza

   No solamente en Francia han prosperado posiciones como las de Jean Marie Le Pen. Los partidos de derecha radical se están convirtiendo en algo más que una tendencia marginal en la política de Europa.

   En Austria el Partido Liberal de Jorg Haider encabeza una alianza que en 1999 logró el 27% de los votos. En Suiza el Partido del Pueblo recibió, también hace tres años, el 23%.

   En Holanda, el partido de Pim Fortuyn tuvo el 35% en las recientes elecciones locales en Rotterdam. El Partido de la Gran Rumania creció del 4% en 1996 al 20% en 2000.

   El fanatismo y la xenofobia, que alcanzan expresión política en partidos como esos, tienen un sustrato de intolerancia y miedo en toda Europa. Incluso en episodios aparentemente triviales se advierte el rechazo a lo no conocido como expresión de fanatismo y violencia.

   El primero de mayo el grupo terrorista ETA hizo detonar varias bombas en las inmediaciones del estadio donde se realizaría el partido de futbol entre el Barcelona y el Real Madrid, en la capital española. La postura ultranacionalista de ETA se acerca, como suele suceder con los extremos políticos, a la del Frente Nacional de Le Pen aunque una se aferra a la violencia delante del rechazo de la gran mayoría de los españoles y la otra gana, espacios en la política institucional en Francia.

   Minutos después de las explosiones y en medio del barullo, cerca de 100 simpatizantes del Real Madrid reaccionaron agresiva y estrepitosamente. Ese grupo, de acuerdo con la reseña que apareció en la sección deportiva de El País, recorrió parte del Paseo de la Castellana y “envuelto en parafernalia militar, banderas de guerra y camisetas de los skin heads. Protestaron contra ETA, cantaron el Cara al Sol [el himno de la Falange española], golpearon a un joven negro al grito de ‘¡Ku Klux Klan!´ y mandaron al hospital a un fotógrafo de prensa”.


 

Efectos

Freno a la unión europea

   En un panorama de auge de las fuerzas de derechas el 17% de Le Pen en la primera vuelta de hace dos domingos adquiere mayor dimensión. Ese candidato muy posiblemente superará el 20% gracias a la votación de los simpatizantes de otros candidatos de ese signo que se le han sumado.

   Más allá del desenlace de esta elección en Francia, el auge de la nueva derecha europea ya tiene consecuencias indeseables. El hecho de que la quinta parte de los electores en ese país y porcentajes similares en otros más compartan posiciones ultranacionalistas y en contra de la integración de Europa es insoslayable para cualquier fuerza o dirigentes políticos.

   Pase lo que pase en estas elecciones, la presencia que Le Pen ha alcanzado influye en el destino inmediato de aquella región del mundo. El canciller alemán Gerhardt Schröeder ha aconsejado desacelerar la ruta de la unificación europea: “El ritmo de cambios es tan rápido que, a veces, no va acompañado de la capacidad de la gente para absorberlo”. Por lo pronto el resultado francés de hace dos semanas fortalece las reticencias de Gran Bretaña para adoptar el euro, la nueva moneda regional que hace un par de meses se convirtió en divisa única de una docena de países.

   Ahora los partidos de ultra derecha se enfrentarán a las limitaciones que les impone su discurso hiper nacionalista.

   Algunos de sus dirigentes con más visión política han sugerido que, entre todos, conformen una lista común para postular candidatos a las elecciones europeas. Pero esa sería una herejía para líderes y partidos que rechazan, precisamente, el proyecto de cohesión representado en la Unión Europea.

   Si buscan llegar al parlamento regional y especialmente si tratan de hacerlo conjuntamente los partidos de ultra derecha estarán legitimando (así sea para luego cuestionarlo) el proyecto de asociación europea. Si se mantienen al margen de ese proceso estarán segregados de la política regional, en cuyos espacios e instituciones se toman cada vez más acuerdos que determinan el futuro de Europa y las naciones que la integran.

–0–

Pobreza, el desafío mayor

Publicado en América Latina, El mundo, Política económica by rtrejo en Diciembre 12th, 2005

La Crónica, 15 de marzo de 2002

La pobreza en el mundo es responsabilidad de todos, pero los que tienen más cuentan con mayores posibilidades de contribuir a resolverla. Por sí solos, los países pobres nunca saldrán de esa condición de la misma manera que la ayuda externa tampoco es suficiente para reivindicarlos.

   El reconocimiento de que la pobreza en el mundo es asunto de todos pareciera evidente pero arribar a él ha costado largos años de regateos e insistencias. La semana próxima en Monterrey tendrá lugar uno de los acontecimientos más importantes en ese proceso. La Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo examinará numerosos ángulos de la pobreza en el mundo y reconocerá el compromiso de todas las naciones para combatir los rezagos en ese terreno.

   Más allá de la deliberación se ratificarán un compromiso y un monto: que los países desarrollados destinen por lo menos el 0.7% de su producto interno bruto a la ayuda oficial para el desarrollo del resto de las naciones.

 

Grupo de Alto Nivel

   La radiografía de la miseria en el mundo que ha precedido al encuentro en Monterrey consigna datos estremecedores. Casi la mitad de los seres humanos viven en situación de indigencia. Uno de cada cinco habitantes de este planeta (aproximadamente mil 200 millones de personas) vive con menos de un dólar cada día.

   “En los países de bajos ingresos, habitados por 2 mil 500 millones de personas, mueren más de cien de cada mil niños que nacen, frente a apenas 6 de cada mil en los países de altos ingresos. Y en los países de bajos ingresos, cuatro de cada diez personas aún no saben leer y escribir. La distribución de los ingresos en el mundo es cada vez más desigual. Hoy en día el 80% de la población mundial vive con menos del 20% de los ingresos mundiales. La más dolorosa realidad internacional de los tres últimos decenios es el empobrecimiento de países habitados por 500 millones de personas, la mayoría de ellos en el África al sur del Sáhara. Ninguna parte del mundo necesita más que esa región de un compromiso mundial de reducir la pobreza. El África al sur del Sáhara tiene la mayor proporción de personas que viven con menos de 1 dólar diario, y, realmente, sus habitantes son casi tan pobres como 20 años atrás”.

   Esos datos forman parte del documento que a solicitud del secretario general de la ONU, Kofi Annan, elaboró el Grupo de Alto Nivel sobre Financiación para el Desarrollo encabezado por el ex presidente Ernesto Zedillo.

   Además del ex presidente mexicano en ese grupo participaron, entre otros personajes, el presidente del Fondo Árabe para el Desarrollo de Kuwait, Abdulatif Al-Hammad; el director de Oxfam del Reino Unido, David Bryer; la ex directora de la Organización Mundial del Trabajo Mary Chinery-Hess; el ex presidente de la Comisión Europea Jacques Delors; el ex Secretario del Tesoro estadounidense Robert Rubin y el ex ministro de Finanzas indio Manmohan Singh.

   A partir de diciembre de 2000 el grupo encabezado por Zedillo trabajó durante medio año en un amplio documento que el secretario general de la ONU dio a conocer en junio pasado. Ese estudio de la pobreza mundial y de las opciones que los estados tienen para cumplir la obligación de combatirla manifiesta un enfoque realista y sin tremendismos: no se asombra ante la globalización, a la que reconoce como contexto inevitable de la situación de nuestros días, pero tampoco la propone como la solución a los rezagos del mundo.

   El documento de ese grupo explica:

   “Los éxitos logrados en nuestra era en materia de desarrollo se han debido esencialmente a la mundialización, con el doble impulso de las decisiones políticas explícitas de los Estados nacionales y de un progreso tecnológico sin precedentes. La economía de mercado y la mundialización en general brindan tremendas oportunidades. Pero demasiadas personas, en demasiados países, carecen de la libertad necesaria para aprovechar esas oportunidades, y en consecuencia quedan al margen del proceso de mundialización. Las personas carecen de libertad cuando carecen de alimentos, de educación, de capacitación, de salud, de los derechos humanos y políticos fundamentales, de seguridad, de la infraestructura elemental y de oportunidades de empleo. Si a las personas se les brindan esos elementos —mediante el crecimiento económico y mediante políticas sociales que igualen las oportunidades de los distintos individuos, comunidades y naciones— se verá que quedan en posibilidad de aprovechar nuevas oportunidades y mejorar sus vidas”.

   La economía de mercado no basta para resarcir a la gente de esa desigualdad. Si así fuera, resultaría suficiente con auspiciarla para que el desarrollo floreciera.

   “Desdichadamente –añade ese informe– la polarización cada vez mayor entre los privilegiados y los desposeídos ha pasado a ser una característica del mundo en que vivimos. Revertir esa vergonzosa tendencia es el desafío moral y humanitario fundamental de nuestra era. Para los habitantes del mundo rico, también se trata de una cuestión de interés propio bien entendido. En la aldea planetaria, la pobreza de los demás se convierte rápidamente en nuestro propio problema: falta de mercados para nuestros productos, inmigración ilegal, contaminación, enfermedades contagiosas, inseguridad, fanatismo, terrorismo”.

   El informe fue presentado dos meses y medio antes de los acontecimientos del 11 de septiembre.

 

Consenso de Monterrey

   A partir de ese documento la secretaría general de la ONU promovió un extenso proceso de consultas para encontrar acuerdos en torno al diagnóstico y sobre todo, las medidas que propuso el grupo encabezado por Zedillo. El documento final de ese recorrido fue aprobado en enero de 2002 y ha sido denominado “Consenso de Monterrey”. Los países participantes en la Cumbre que habrá en la capital de Nuevo León ya respaldaron dicho documento y su importancia es clara. Allí se propone una nueva alianza entre los países desarrollados y los que se encuentran en vías de desarrollo.  No sería un pacto a partir de declaraciones sino apoyado en medidas para atenuar la pobreza.

   “Nos comprometemos a adoptar políticas racionales, promover una buena gestión pública en todos los niveles y respetar el estado de derecho. También nos comprometemos a movilizar nuestros recursos internos, atraer corrientes financieras internacionales, fomentar el comercio internacional como motor del desarrollo, incrementar la cooperación financiera y técnica internacional en pro del desarrollo, promover una financiación sostenible de la deuda, adoptar medidas para el alivio de la deuda externa y aumentar la coherencia y cohesión de los sistemas monetarios, financieros y comerciales internacionales”.

   El Consenso de Monterrey es un cuidadoso documento pensado para ser aprobado por gobernantes que tienen perspectivas muy variadas pero que no se queda en los formulismos retóricos que con frecuencia tienen las declaraciones internacionales.

   Allí se precisa, por ejemplo, que la ayuda externa no es el único recurso para que las naciones logren redimirse de su pobreza: “Cada país es el principal responsable de su propio desarrollo económico y social, y nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de las políticas y estrategias nacionales de desarrollo. No obstante, las economías nacionales están ahora interrelacionadas con el sistema económico mundial; entre otras cosas, las oportunidades de comercio e inversión pueden ser una ayuda para los países en su lucha contra la pobreza. La labor de desarrollo nacional debe apoyarse en un entorno económico internacional favorable. Alentamos y apoyamos los programas de desarrollo emprendidos a nivel regional, tales como la Nueva Alianza para el Desarrollo de África y las actividades análogas emprendidas en otras regiones”.

   Los estados tienen que garantizar un funcionamiento adecuado de sus economías, pero tampoco eso será suficiente: “Reconocemos la necesidad de aplicar políticas macroeconómicas racionales encaminadas a mantener índices altos de crecimiento económico, el pleno empleo, la erradicación de la pobreza, la estabilidad de los precios y saldos fiscales y externos sostenibles a fin de que el crecimiento beneficie a todos, en particular los pobres. Los gobiernos deben asignar prioridad a la prevención de distorsiones inflacionarias y fluctuaciones económicas bruscas que repercuten negativamente en la distribución del ingreso y la asignación de recursos. Es necesario contar con un sistema cambiario apropiado y aplicar políticas fiscales y monetarias prudentes”.

   Pero también se requieren políticas laborales que impulsen la capacitación y, entre otras medidas, “ampliar la cobertura y el alcance de los programas de protección social”. El Consenso de Monterrey sostiene que es indispensable la existencia de crédito a las empresas pequeñas y medianas.

   Solo con un marco analítico muy dogmático se podrá pensar (como sin embargo harán quienes de antemano busquen ver con desconfianza a la reunión en Monterrey) que esa declaración es de corte neoliberal. El reconocimiento de la globalización y de realidades como la interdependencia comercial de casi todas las naciones no implica la legitimación de ese estado de cosas. El Consenso de Monterrey tiene un enfoque social que va más allá del neoliberalismo ramplón y también, de la globalifobia catártica.

   A la inversión extranjera directa se la entiende, allí, como un factor que puede impulsar el desarrollo aunque no sea el principal en esa tarea. “Un gran desafío es crear las condiciones internas e internacionales necesarias para facilitar las corrientes de inversiones  directas —que contribuyan al logro de los objetivos prioritarios de desarrollo de los países— hacia los países en desarrollo, en particular de África, así como a los países menos adelantados, los pequeños Estados insulares en desarrollo, los países en desarrollo sin litoral y los países con economías en transición”.

   El Consenso de Monterrey insta a las empresas para que tomen en cuenta las implicaciones sociales de sus inversiones. Pero su atención fundamental se encuentra en los estados, capaces de sustentar la que allí se denomina “asistencia oficial para el desarrollo” (AOD).

   Tal asistencia “puede ayudar a los países a movilizar un volumen adecuado de recursos internos en un plazo apropiado, y a la vez a mejorar su capital humano y aumentar su capacidad productiva y de exportación”.

   La gran iniciativa que se anunciará en Monterrey aunque ha sido anticipada desde el documento del grupo encabezado por Zedillo es la exhortación “a los países desarrollados que aún no lo hayan hecho a que adopten medidas concretas para dedicar el 0.7% de su producto interno bruto como AOD para los países en desarrollo y destinar entre el 0.15% y el 0.20% de su PIB a los países menos adelantados”.

   Un documento de trabajo previo a la reunión de la próxima semana estima que si todas las naciones del Grupo de Asistencia al Desarrollo de la OECD (Organización para la Economía, la Cooperación y el Desarrollo) cumplieran el propósito de destinar ese 0.7%, la ayuda internacional crecería en casi cien mil millones de dólares al año.

   ¿Eso para cuánto alcanza? Para muchísimo. El grupo de Alto Nivel que designó el secretario Kofi Annan calculó el costo de las metas en materia de política social que en septiembre de 2000 estableció la Cumbre del Milenio con la que concluyó una asamblea general de Naciones Unidas. Allí se establecieron objetivos a alcanzar en 2015.

   Reducir a la mitad la pobreza y el hambre en el mundo requeriría de un gasto de 20 mil millones de dólares cada año, de aquí a 2015.

   Para lograr que la enseñanza primaria sea universal se necesitarían 9 mil millones de dólares.

   Conseguir la igualdad de sexos en la escuela primaria implicaría una inversión de 3 mil m.d.

   Detener y reducir la infección de VIH-SIDA costaría entre 7 y 10 mil millones de dólares.

   Para mejorar la vida de 100 millones de habitantes de tugurios harían falta 4 mil millones de dólares.

   Todo eso se podría lograr con menos de la mitad del dinero que se reuniría si 22 de los miembros de la OCDE cumplieran la recomendación de aportar el 0.7% de su producto interno para el desarrollo internacional.

 

El capitalismo contra sí mismo

Publicado en El mundo, Estados Unidos, Política económica by rtrejo en Diciembre 12th, 2005

La Crónica, julio 12 de 2002

Desde que cayeron los muros de Europa del Este hace más de doce años y las apresuradas predicciones sobre el fin de la historia en beneficio de la perennidad capitalista cobraron auge y arrogancia, la economía de mercado había transcurrido sin cuestionamientos significativos. Pero en la semanas recientes ha recibido más críticas que en más de una década.

   A diferencia de las disputas de intensa pasión e interés ideológico que se conocieron en otras épocas, ahora los reproches contra el capitalismo provienen de su interior mismo. Las dudas sobre la eficacia de ese sistema para organizar las economías se han extendido a causa de abusos perpetrados por algunos de sus más notables beneficiarios: grandes corporaciones y directivos empresariales.

   El derrumbe de Enron a comienzos de este año inauguró una cadena de escándalos acerca de manejos tramposos en la contabilidad de varias firmas. Los directivos, o sus contadores, ocultaron pérdidas, pretendieron que los pasivos fueran ganancias, especularon en su beneficio personal y engañaron a clientes y accionistas.

   Todos esos comportamientos se han registrado, de una u otra manera, en los episodios de fraude y prácticas ilícitas conocidos en los meses recientes. Así ocurrió con la empresa Global Crossing y luego con la compañía de comunicaciones World Com. La Xerox e incluso el corporativo Disney y más recientemente la farmacéutica Merck también han reconocido distorsiones en sus cuentas. Esos son algunos de los casos recientes, aunque hay más.

 

Contabilidades falseadas

   La falta de los directivos de WorldCom fue tan sencilla como grave. En vez de incluirlas como pérdidas, registraron como ganancias los gastos por 3 mil 900 millones de dólares que tuvieron al emprender proyectos de comunicación para Internet y telefonía de larga distancia. Entre esos gastos se encontraban los viajes internacionales de sus ejecutivos.

   En la hasta hace poco poderosísima corporación energética Enron, los ejecutivos abultaban las ganancias para que los informes públicos resultasen más atractivos y el precio de las acciones (de cuya propiedad algunos de ellos participaban) fuese más elevado. Se ha estimado que entre 2000 y 2001 los rendimientos de esa corporación fueron inflados en más de mil millones de dólares.

   Esta semana se supo que la empresa Merck, de productos farmacéuticos, registró como ingresos 12 mil 400 millones de dólares que nunca recibió.

   No solo las corporaciones han estado en falta. Junto con ellas contadores y funcionarios compartieron culpas y responsabilidades. Arthur Andersen, quizá el despacho contable más importante del mundo, quedó entrampado en el escándalo Enron cuando se supo que sus especialistas habían admitido la alteración de los registros financieros de esa corporación. Más tarde, funcionarios de Andersen destruyeron documentos probatorios de esas operaciones ilícitas y de testigos cómplices, pasaron a ser encubridores y transgresores de la ley ellos mismos. Andersen también auditaba los balances de WorldCom.

 

Negligencia gubernamental

   Tantos y tan sonoros escándalos han comenzado a develar una compleja y, hasta hace pocos meses, redituable cadena de complacencias y beneficios. Enron contribuyó para las campañas de casi la mitad de los miembros del Congreso de Estados Unidos. Numerosos operadores financieros en Wall Street recibieron comisiones cuantiosas de esa corporación petrolera.

   Ahora parece sospechosa, o al menos errónea, la decisión del Mercado de Valores estadounidense que en 1997 eximió a Enron de cumplir la Ley de Compañías de Inversión creada en 1940 para evitar excesos como los que condujeron a la histórica crisis de fines de los años veinte.

   Enron y WorldCom no eran compañías ordinarias. Han estado entre las diez corporaciones más grandes de Estados Unidos y los efectos de sus caídas se han multiplicado en las bolsas de valores y las economías de numerosos países. Para evitar un efecto en cascada y sobre todo para que no caiga en manos de empresarios de otras naciones, WorldCom ha sido respaldada por el gobierno de George Bush. Salvar a esa empresa, se afirma en Washington, es asunto de seguridad nacional.

   Sin embargo evitar situaciones como las que han llevado a tales corporaciones a la debacle financiera y pública, no interesó tanto, hasta ahora, a las autoridades estadounidenses. Tampoco ha sido prioridad en los sistemas financieros de otros países.

   Los abusos contables, el abultamiento de ganancias y el empleo de recursos e información financiera en beneficio de los directivos no ocurren solamente en corporaciones de aquella nación. En Japón, varios bancos exageraron sus activos hasta que esa falsedad los llevó a una seria crisis financiera. En España hace varios años estuvo en problemas la Telefónica y más recientemente se conoció el empleo inescrupuloso de fondos de pensión en el Banco Bilbao Vizcaya. En México todavía no se aclaran suficientemente los fraudes en bancos cuyos propietarios huyeron del país para no enfrentar cargos judiciales.

 

“Traiciones” al mercado

   Los escándalos Enron y WorldCom han alertado a observadores insospechables de padecer fobias ideológicas contra la economía de mercado. Por ejemplo Kurt Eichenwald, escritor de asuntos económicos en The New York Times, expresaba esta sorpresa el 30 de junio:

   “A través de los últimos siglos el capitalismo ha sido el más saludable contendiente en la arena global para la supremacía económica. Ha emergido como incuestionado vencedor de sus largas décadas de lucha a muerte con el comunismo. Su pelea con el socialismo apenas duró unos cuantos rounds. Floreció en épocas de guerra y sobrevivió obstinadamente a los asaltos de los embargos y las tarifas. Incluso el terrorismo que apuntó al corazón del capitalismo falló al asestar un puñetazo de nocaut.

   “Pero ahora, una sorprendente ráfaga de catástrofes corporativas está realzando una inquietante pregunta: ¿puede el capitalismo sobrevivir a los capitalistas?

   “Los escándalos que han brotado de la América corporativa con alarmante regularidad en los meses recientes han presentado repetidamente a los ejecutivos traicionando al mercado en aras de sus intereses personales de corto plazo. De Enron a Global Crossing, Adelphia o WorldCom, los detalles difieren pero las historias destilan el mismo asunto: las compañías mintieron acerca de su desempeño y los inversionistas pagaron el precio por ello”.

   La imagen pública de los ejecutivos de las grandes corporaciones, que llegó a ser engrandecida y mitificada, ha caído bruscamente. Ya no son prototipos de sofisticación y éxito y si se filman películas acerca de ellos será para retratarlos como villanos. Lo mismo sucede con algunos de los grandes despachos de auditores y contadores. El patrimonio básico de esas firmas, que es la confianza de sus clientes, se ha deteriorado a partir de los manejos fraudulentos en compañías otrora, para muchos, distantes de las estafas.

   Además de funcionarios y auditores, los consejos de administración de las grandes corporaciones han quedado en entredicho. La participación en tales cuerpos de deliberación y decisión se volvió tan rutinaria y en muchos casos simbólica que, en vez de revisar a conciencia los estados financieros y los proyectos de tales empresas, muchos consejeros estaban fundamentalmente preocupados por sus propias inversiones. Los accionistas a quienes representaban quedaron defraudados.

   La confianza, que es piedra angular en el trato entre inversionistas y fondos financieros, se ha resentido de manera notable. Joaquín Estefanía, especialista en asuntos internacionales y económicos del diario español El País, consideraba en mayo:

   “Lo peor del escándalo de Enron en Estados Unidos o del BBVA en España no es, con ser lamentable, haber sacado del balance –es decir, del control de sus dueños– una parte de sus cuentas; o los fondos de pensiones de que se dotaron en el primer caso algunos ejecutivos, y en el segundo determinados miembros del consejo de administración. Lo estrepitoso es la comparación: en Enron, los ejecutivos utilizaron la información confidencial para enriquecerse o protegerse de los malos tiempos mientras el resto de los empleados veían tambalearse sus pensiones y su futuro. En España los consejeros se abastecieron de un fondo de pensiones para corregir una bajada en su remuneración mientras que decenas de miles de empleados tenían que soportar la tensión de una fusión empresarial (despidos, traslados, cierre de sucursales, jubilaciones anticipadas, etcétera)”.

 

Cadena de connivencias

   Hay que evitar la tentación de generalizar. No todas las corporaciones funcionan igual, ni todos los gerentes y administradores tienen el mismo comportamiento. Si escándalos como los antes mencionados han resultado notables es por sus enormes dimensiones.

   Pero la develación, una tras otra, de estafas e irregularidades, indica que no se trata de casos aislados. Tales episodios de abuso no hubieran ocurrido de no ser por el relajamiento, o el franco incumplimiento, en las tareas estatales de regulación de los mercados. El economista Paul Krugman escribió el 28 de junio en The New York Times:

   “No estoy diciendo que todas las corporaciones estadounidenses sean corruptas. Pero es claro que los ejecutivos que quieren ser corruptos han encontrado pocos obstáculos. Los auditores no estuvieron interesados en ponerles dificultades a las compañías que les daban enormes ingresos por su consultoría; los ejecutivos de los bancos no estuvieron interesados en ponerles dificultades a las compañías que, como hemos aprendido en el caso Enron, los dejaron en algunas de esas posiciones lucrativas. Y los gobernantes, que se quedaron conformes con las contribuciones a sus campañas y otros incentivos, limitaron el trabajo de los reguladores escatimando recursos para esas agencias, creando ‘hoyos negros’ regulatorios en los cuales podían florecer las prácticas sospechosas”.

 

Herramienta o explotación

   El solo hecho de que tales fraudes hayan sido posibles sin objeción de las autoridades, indica que la fiscalización sobre las operaciones financieras tiene enormes deficiencias. El conocimiento de cada vez más casos de corporaciones con números alterados indica que, lejos de ser excepcional, el manejo fraudulento de sus estados contables ha sido costumbre al menos en un segmento significativo de las grandes empresas internacionales.

   Sería precipitado considerar que tales abusos manifiestan una incapacidad estructural del capitalismo para funcionar según sus propias reglas. Pero evidentemente, tal y como se ha desarrollado en los años y décadas recientes la economía de mercado no se basta a sí misma para responder a las expectativas de inversionistas y de los ciudadanos en general.

   Como dice el historiador canadiense John Ralston Saul en una definición a la vez puntual y ambiciosa: “El capitalismo puede ser una herramienta social o un arma de descarada explotación humana. Todo depende del modo en que se regule. El capitalismo en sí no tiene valores éticos. Quienes lo usan deciden con sus actos si es una fuerza buena o mala”. (Diccionario del que duda. Granica, 2000).

   Sin reglas eficaces el capitalismo tiende a desbordarse y a que prevalezca el imperio de los más fuertes, los más astutos o los más deshonestos. O de todos ellos juntos. Para evitarlo hace falta un Estado capaz de reglamentar, evitar excesos, sancionarlos cuando se produzcan y de esa manera, ofrecer certezas a la sociedad.

   El dilema entre el capitalismo salvaje y la pertinencia del Estado seguirá siendo uno de los grandes temas de la sociedad y la política. Desconocer la necesidad de la regulación estatal implica dejar la economía en manos de intereses privados –por definición ajenos al interés público–.

   Las atribuciones estatales, más que el tamaño de la influencia directa del Estado sobre la economía, constituyen uno de los asuntos respecto de los cuales se definen las fuerzas políticas en todo el mundo. La existencia de regulaciones no basta para evitar los abusos, ni significa maquinalmente que habrá más equidad y felicidad entre los ciudadanos. Pero la carencia de ellas favorece la discrecionalidad, la impunidad y la desigualdad.

 

¿Quién regula al Citibank?

   Tampoco es suficiente con que el Estado regule asuntos como las transacciones financieras, si su ámbito se reduce a una sola nación. La supervisión de los negocios tiene que asumir una perspectiva global porque de esas dimensiones es ahora el espacio en donde circulan mercancías, capitales y trabajadores, todos ellos elementos constitutivos de las economías.

   El riesgo de que las grandes corporaciones internacionales permanezcan al margen de fiscalizaciones, no es señal de libertad sino de privilegios que suelen conducir a excesos. La autonomía de esas firmas respecto de la potestad de los estados nacionales no preocupa únicamente a estudiosos comprometidos con metodologías materialistas o estatistas. Hace dos meses, el 18 de mayo, el semanario británico The Economist prevenía:

   “¿Quién regula a Citigroup, la institución financiera más grande y más diversificada del mundo? Con operaciones en más de cien países, vendiendo casi cualquier producto financiero que jamás haya sido inventado, probablemente todo regulador financiero en el mundo considere que Citi es, de alguna manera, su problema. Tan solo Estados Unidos cuenta con la Reserva Federal, la Comisión de Seguridades y Cambio, la Comisión para el Comercio de Activos y Futuros, la Bolsa de Valores de Nueva York, 50 comisionados estatales de seguros y muchos otros. Pero en un sentido nadie regula verdaderamente a Citi: es una firma global en un mundo de perros guardianes nacionales y a veces sectoriales. Lo mismo puede decirse de AIG, General Electric Capital, UBS, Deutsche Bank y muchas más”.

   Ese reconocimiento del poderío de las corporaciones está emparentado con preocupaciones como las que, acerca de la misma institución financiera, expresa en un ensayo reciente Francisco Suárez Dávila, subsecretario de Hacienda en el gobierno de Miguel de la Madrid y luego funcionario en la OCDE:

   “El director del Citibank en Nueva York o en Bilbao, le tomará las llamadas a los funcionarios nacionales? ¿Considerará la conveniencia del país en el largo plazo o sólo su rentabilidad de corto plazo? Los nuevos gerentes bancarios (que no son dueños) obedecen a las autoridades y directivos del país de sus matrices. Consideraciones por entero ajenas a lo que ocurre en México (por ejemplo, un serio quebranto en otro país emergente) pueden incidir adversamente sobre las políticas de ese banco en México. Citibank ya ha dado algunas señales de oposición a las políticas de la autoridad” (“El Estado y el sistema financiero mexicano, 1930-2002”, en Este País, mayo de 2002).

 

Proteger mercado y sociedad

   No existen soluciones prácticas para la creciente influencia de las corporaciones. Instituciones de regulación internacional, fiscalizaciones transfronterizas, observatorios de las transacciones financieras, son todas propuestas parciales.

   La mejor opción tendría que incluir una reconstrucción del sistema financiero mundial, todavía fincado en los acuerdos que se tomaron hace casi seis décadas cuando fueron creados el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Además tendrían que existir mecanismos de regulación de las operaciones corporativas capaces de escudriñar más allá de las fronteras nacionales.

   Mientras eso ocurre, no hay motivos para que las autoridades locales relajen sus funciones de verificación y control de los negocios en cada país. Seguramente no estamos ante el fin del capitalismo. Pero habría que hacer todo lo posible para que episodios de avidez y estafa como los que se han conocido recientemente, sirvieran para tomar decisiones capaces de evitar que se desaten los rasgos más depredadores del capitalismo desbocado.

   No se trata de impedir el desarrollo del mercado sino, al contrario, de hacerlo posible. Como explica el ya citado John R. Saul: “La regulación económica protege al mercado de sí mismo al introducir el sentido común. De paso, protege a la sociedad”.

 

Septiembre once

Publicado en El mundo, Estados Unidos by rtrejo en Diciembre 12th, 2005

La Crónica, septiembre 8 de 2002

A las 2 de la tarde de este sábado la ground zero, la zona del desastre al sur de Manhattan, muestra una apariencia menos calamitosa pero no por ello menos dolida que desde hace casi un año. Hay un frenético tránsito de maquinaria pesada y los obreros de casco amarillo andan de un lado a otro en la que hace tiempo dejó de ser la tarea de rescate más intensa en la historia del mundo para convertirse en resignada pero expedita operación de limpieza. Las escobas están sustituyendo a las palas y los camiones de volteo no dejan de salir del sector acordonado con grandes citas amarillas.

   Todo el día, todos los días, un par de cámaras conectadas a la Internet registran los movimientos en el territorio de catástrofe que, con oportuno sentido de la tragedia, los neoyorquinos llamaron ground zero –un término hasta entonces reservado al sitio donde se produce un ataque nuclear–. Las escenas que miramos este sábado en la computadora donde se escribe esta columna comienzan a ser rutinarias después de pocos minutos. Una de las cámaras muestra la procesión de camiones junto al sitio donde hace un año todavía estaban las Torres Gemelas. La otra registra el área desde donde los visitantes pueden contemplar los trabajos. La gente que llega en busca de reconocerse delante de una tragedia que todos recordaremos para siempre, se para junto a un muro en donde se han colocado fotografías y testimonios acerca de algunas de las muchas víctimas del 11 de septiembre.

   Algunos permanecen varios minutos, otros se dan la vuelta rechazando el recuerdo. Todos, ellos en el mirador frente a lo que fue el WTC y nosotros en este sitio de la Red, no vemos tanto la cosecha de escombros sino lo que ya no está allí. Todos acuden a buscar el enorme vacío que dejaron las orgullosas Torres. Se trata de una peregrinación, presencial o electrónica, en pos de una ausencia ya sabida. El monumental claro donde ya no está el WTC es contemplado con la ansiedad y la curiosidad que suscitan las grandes tragedias. Cada quien recuerda su experiencia de aquel día. Cada uno de nosotros habrá de rememorar siempre las circunstancias en las que nos enteramos de la noticia y la estupefacción con que vivimos ese 11 de septiembre. Todos miramos, sin entenderlo del todo aún, hacia el espacio que ya no ocupan las Torres Gemelas.

 

Rostros, nombres e historias

   La memoria permite mitigar la estupefacción para que entonces transitemos de las reacciones iniciales, al entendimiento racional. Pero hay acontecimientos tan traumáticos que su efecto devastador tarda años, o generaciones, para ser asimilado. La tragedia del 11 de septiembre pasado ha sido el acontecimiento histórico registrado con más rapidez y profusión. Los medios de comunicación que en todo el mundo propalaron y atestiguaron los ataques de ese día ofrecieron prácticamente todos los ángulos del desastre y los reiteran ahora que estamos por alcanzar un año de aquella fecha. Las experiencias de millares de neoyorquinos que miraron las colisiones de aquel martes y las biografías de muchos más que fallecieron allí forman parte de un extenso e intenso relato colectivo cuyo sentido, sin embargo, para muchos sigue siendo contradictorio.

   Cada domingo el New York Times publica una docena de semblanzas de algunas de las víctimas en el desmoronamiento de las Torres. En las semanas posteriores al 11-S lo hizo todos los días y con los primeros centenares de relatos hace medio año apareció un libro  cuya venta rinde ganancias al fondo de ayuda para los familiares de quienes murieron en aquel desastre. Los bosquejos biográficos siguen apareciendo y todos son, a su manera, invariablemente conmovedores. Los reporteros del NYT han sabido encontrar en ángulo piadoso, simpático o sensible de aquellas mujeres y aquellos hombres.

   Gracias a esas semblanzas la tragedia tiene víctimas con rostros y nombres. Sus familiares y amigos pueden dejar algún comentario en la página web que se abrió en homenaje a cada una de esas víctimas.  Se trata de gente real, cuyo recuerdo además permite ubicar al 11 de septiembre en sus dimensiones precisas: se trató de un crimen con todas las agravantes, en contra de personas inocentes (muchos de ellos, por cierto, de origen o nacionalidad no estadounidenses) que fueron asesinadas como resultado de una acción que no amerita justificación alguna.

  

Cinismo y conspiraciones

   Hay quienes apuntan que también las víctimas de la soberbia y los abusos perpetrados por la avidez imperial de los Estados Unidos han sido inermes e inocentes. Sin embargo una injusticia jamás disculpa que se cometa otra y menos aún en contra de personas indefensas. Durante este año las reacciones al homicidio del 11 de septiembre han puesto a prueba no solo al débil sistema internacional sino, junto con ello, las convicciones democráticas de gobiernos y personas en todo el mundo.

   Todavía, aunque con menos frecuencia que el año pasado, se pueden escuchar y leer opiniones que tienden a disculpar los ataques del 11-S. De manera más o menos franca hay quienes sugieren que los estadounidenses se lo buscaron e incluso se han conocido expresiones de regodeo, como si con los asesinatos en Manhattan y otros sitios quedasen castigadas las tropelías que la Unión Americana ha perpetrado tantas veces y en tantos sitios.

   También siguen conociéndose, aunque con menor frecuencia, las versiones que sugieren que el ataque a las Torres Gemelas no fue cometido por un grupo terrorista sino a instancias del gobierno estadounidense. El golpe al orgullo, la prepotencia y sobre todo a la seguridad del gobierno de ese país fue tan contundente que hay quienes suponen que no pudo haber ocurrido sin la complacencia de Washington. Esa manera de adjudicarle a la Casa Blanca una omnipotencia sólo equiparable a la perversidad que también se le confiere, impide reconocer la complejidad del escenario global en el cual ocurrió la tragedia del 11 de septiembre. Sobre todo, ese rechazo a admitir que el imperio puede ser tan vulnerable como cualquier otra nación ante la amenaza del terrorismo, encierra a los acontecimientos en un círculo vicioso. Las teorías de la conspiración acaban por no tener explicación racional ni asidero en la realidad porque su principal fuente de certezas es la viciada lógica del complot.

 

Abusos, intolerancia, miedo

   Haber sido víctima y no promotor de la agresión del 11-S no disculpa uno solo de los abusos que, con ese pretexto, ha cometido el gobierno estadounidense.    

   La respuesta militar que Washington emprendió pocas semanas después, al margen de la legalidad internacional y en medio de un creciente rechazo mundial tuvo como consecuencia el asesinato de centenares y quizá millares de personas inocentes, especialmente en Afganistán. En busca de miembros y cómplices de Al Quaeda e incluso para hacerlos pasar como tales, se emprendió una devastación de la cual aun no contamos con noticias ni datos suficientes.

   Así como la del 11-S ha sido la tragedia mejor documentada en la historia, de la incursión estadounidense en Afganistán solo se han conocido retazos casi siempre tamizados por la censura, o sesgados por las dificultades de los reporteros para llegar a los sitios de mayor quebranto.

   Es un despropósito considerar que George W. Bush tuvo alguna culpa en la tragedia del 11 de septiembre pero evidentemente la aprovechó para consolidar uno de los regímenes más autoritarios, atrabiliarios e impunes que hayan tenido los Estados Unidos.

   Con el subterfugio de perseguir al terrorismo además de matar y devastar en el otro lado del mundo, el gobierno estadounidense impuso un régimen de persecución y terror entre sus propios ciudadanos. El acoso a decenas de millares de estadounidenses de origen árabe (e incluso de otras procedencias, entre ellos latinos y mexicanos) se desarrolló, y en algunos casos se mantiene, junto con la promoción de un nacionalismo belicoso y discriminatorio.

   A partir del 11-S Estados Unidos, muy a diferencia de la defensa de las libertades y la tierra de oportunidades que postulaba el discurso imperante en ese país, volvió a ser una nación impregnada de intolerancia y desconfianza. El trauma que los estadounidenses sufrieron hace un año explica en parte esa reacción pero el gobierno se ha encargado de intensificarla. Abundan los casos de ciudadanos que han sido golpeados o cuyas propiedades han sido atacadas simplemente porque tienen apellidos o apariencia distintos a los que son mayoritarios en ese país.

   Las versiones de nuevos ataques han mantenido a los estadounidenses en una situación de histeria. Con ellas el gobierno de Mr. Bush refuerza la crispación de su sociedad y se adelanta a posibles acusaciones de negligencia para cuando el fanatismo terrorista quiera golpear de nuevo.

 

Desinformación y confusión

   En Estados Unidos, en menos de un año más de mil 200 extranjeros han sido detenidos de manera ilegal con el pretexto de que pueden estar relacionados con terroristas. Se sabe de personas que han permanecido encarceladas durante varios meses, sin derecho a una defensa regular y sin que se les hayan fincado cargos claros.

   Las libertades más elementales fueron degradadas en ese clima de miedo y furia. A partir del 11-S en casi todos los medios de comunicación se extendió el sentimiento de que toda la información e incluso la opinión tenían que supeditarse a la causa del antiterrorismo. Como nunca al menos desde el macartismo de hace medio siglo los medios estadounidenses, con escasas excepciones, se supeditaron a una autocensura que ya comienza a suscitar reconsideraciones y sobre todo una profunda vergüenza entre los periodistas más responsables.

   Desinformación, represión y confusión se asociaron para que la sociedad estadounidense quedase aislada de la realidad posterior al 11 de septiembre. De lo que ha sucedido en ese país y de sus acciones militares en el resto del mundo es más frecuente encontrar registro en la prensa europea o latinoamericana que en las televisoras y los diarios de Nueva York, Los Angeles o Washington.

   El golpe fue demasiado duro, pero la decisión del gobierno de Mr. Bush para capitalizar la reacción de temor y rabia de sus ciudadanos también contribuyó a ese clima de intolerancia.

 

Venganza y terrorismo

   Washington quiere extender a Irak la guerra que ya despliega en el mundo árabe. A diferencia de la forzada o improvisada complacencia que encontró hace un año en la reacción contra Afganistán, ahora la Casa Blanca parece estar casi sola en esa embestida. Casi toda la Unión Europea (con la comedida excepción de Mr. Blair)  se niega a respaldar la nueva aventura bélica. Incluso aliados de ocasión como Rusia y China se resisten a que se abra un nuevo frente, de consecuencias impredecibles, tan solo para castigar el antiamericanismo rampante de Saddam Hussein.

   Hace menos de un año pudo haberse pensado que el 11 de septiembre había fortalecido la hegemonía estadounidense en el resto del mundo. La venganza después del crimen en Manhattan y Washington y especialmente el combate al terrorismo le permitían a Bush exigir alineación o confrontación absolutas.

   Menos de 12 meses más tarde lo que ha ocurrido es, ciertamente, un feroz despliegue de la enorme capacidad militar y de vigilancia de los Estados Unidos. Pero el gobierno de ese país está lejos de contar con el apoyo o la resignación de la comunidad internacional. Hemos tenido un unipolarismo de hecho pero está en marcha la consolidación de otros bloques en el mundo, algunos con reglas claras aunque no sin disputas como ocurre en la Unión Europea y otros de evolución incierta como en el mundo árabe y algunos países asiáticos.

 

Fuera del obsoleto TIAR

   La onda expansiva del cataclismo del 11 de septiembre dañó también al sistema internacional articulado alrededor de organismos como las Naciones Unidas que no supieron, quisieron ni pudieron reaccionar con la solidez que aquel acontecimiento exigía. En su explicable pero desbordada irritación, el gobierno de Estados Unidos desplazó, debilitó y quiso suplantar a ese sistema internacional. En marzo pasado, en Monterrey, se negó a comprometer los recursos que hacen falta para la lucha contra la pobreza. Hace pocos días reiteró en Johannesburgo su resistencia a la acción concertada contra los problemas de la humanidad. En estos meses ese gobierno ha rechazado a la Corte Penal Internacional.

   Sin embargo un año después las instituciones básicas del sistema internacional siguen constituyendo la opción para que los países que les dan sentido y fuerza, dejen de ser simples comparsas ente el desbordamiento de la guerra que Mr. Bush se empeña en intensificar.

   En ese panorama, la decisión del gobierno mexicano para dejar de pertenecer al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca es una medida plausible. El TIAR siempre ha sido un instrumento militar para afianzar la presencia de Washington en América Latina. Si estamos en una etapa de recomposición de los equilibrios internacionales resulta preciso buscar nuevas formas de equidad y no preservar instrumentos de una hegemonía en muchos sentidos inaceptable. En los espacios e instituciones que resulten de esta fase de reestructuración mundial el gobierno de Estados Unidos se verá precisado a reconocer que puede tener socios, pero no subordinados. Esa es, al menos, la única posición que México puede sostener en una perspectiva en donde se articulen la defensa de la soberanía con el reconocimiento de las nuevas realidades de este mundo.

 

WTC, memoria y presencia

   Toda nuestra vida recordaremos el 11 de septiembre. Quizá alguna vez, además del horror y la tristeza que hoy suscita, ese día podrá significar un momento clave en la reordenación racional del mundo. Por lo pronto es una fecha que salvaguarda la memoria –y eso no es poco–. En la medida en que recuerde el horror y condene los asesinatos del 11 de septiembre, la humanidad tendrá conciencia de su ilimitada capacidad de autodestrucción y podrá condenar con firmeza los crímenes del terrorismo –igual que los abusos que se cometen al perseguirlo–.

***

   No falta mucho para que caiga el crepúsculo en Manhattan, esta tarde de sábado cuando llegamos a las líneas finales de esta columna. La actividad registrada por las web cams parece menos intensa. Una enorme grúa coloca una estructura metálica junto al dilatado vacío que alguna vez llenaron las paradigmáticas Torres. Algunas luces comienzan a encenderse. Dentro de cuatro días se cumplirá un año. Allí murieron cerca de 4 mil personas y hoy podemos mirar a distancia la remoción de escombros con una estupefacción interminable. En la calle Fulton, desde donde pueden ver las obras, los visitantes disminuyen. Unos niños parecen voltear a la cámara. Sonríen.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

–0–

Se construye el nuevo mapamundi

Publicado en El mundo by rtrejo en Diciembre 11th, 2005

La Crónica, 21 de octubre de 2001

Madrid. Decir que todo cambió a partir del 11 de septiembre fue un recurso útil para compensar con alguna certeza el enorme vacío que se creó después de aquel día terrible y que jamás terminaremos de lamentar.

Luego esa suposición se volvió lugar común y se ha asentado con rapidez y contundencia.

Habrá que dejarla que pase por la prueba del tiempo, que es la única que puede determinar si había razón o no en ella, pero para entonces eso será solamente historia y lo que nos hacen falta hoy son claridad sobre lo que está ocurriendo y una prospectiva razonable del rumbo que toma el panorama internacional –y por lo tanto del contexto en el que vivimos y se desempeña nuestro país–.

Hasta ahora lo que parece claro es que muchas cosas han comenzando a cambiar aunque nadie puede precisar con qué rapidez y contundencia.

Se está creando un nuevo acomodo de las fidelidades y las prioridades de los más poderosos, con tanta intensidad que los bloques que han sido considerados como constitutivos del mundo del futuro parecieran estar en riesgo o al menos, su consolidación se ve hoy más lejana que hace mes y medio.

En el plano de la política la amenaza del terrorismo tendría que imponer el reconocimiento de que solamente la acción institucional, en la construcción de regímenes representativos, es el camino para que se manifiesten todos los desacuerdos y tensiones en las sociedades y las regiones.

Y más allá del ánimo social, hoy soliviantado por el terrorismo bacteriológico, el campo de auténtica gravedad vuelve a ser el de la economía.

 

Economías estancadas

Hoy en el mundo desarrollado la pobreza de las naciones más desamparadas y la negligencia que ha existido respecto de esa realidad a la que se ha acostumbrado mirar nada más de soslayo, son reconocidas de manera más abierta. Ese es, de inicio, uno de los cambios que, al menos en la deliberación pública y las actitudes de las fuerzas políticas en ese segmento del mundo, se registra después de la tragedia de septiembre.

Paradójicamente, a la pobreza como parte del contexto en el que han surgido fanatismos y fundamentalismos como los que llevaron a los asesinatos en Nueva York y Washington y que hoy siembran ántrax epistolar por todas partes, se le reconoce cuando estamos entrando, dicen los expertos, a una de las fases más difíciles que haya vivido la economía internacional en casi un siglo.

La trabazón financiera y productiva no se manifiesta únicamente en países como el nuestro, atados a las economías dominantes y a cuyas vicisitudes se añade el estancamiento en la economía de Estados Unidos, deteriorada por la caída del consumo después del 11 de septiembre.

Las complicaciones se advierten incluso en economías tan sólidas como las de los países europeos más desarrollados. El viernes pasado todas las bolsas importantes en Europa cayeron después de que se conoció la evaluación desfavorable que el índice de confianza empresarial hizo acerca de la situación en Alemania.

En el mes reciente ese indicador retrocedió como nunca lo había hecho desde 1973. La confiabilidad de los empresarios germanos puede no ser precisamente respetable. Basta recordar el comportamiento que tuvo la firma Volkswagen después de la huelga en Puebla hace unas cuantas semanas, cuando amenazó llevarse sus negocios a otro país si México no le daba garantías contra las aspiraciones de sus trabajadores. Pero la confianza que los dueños y administradores de empresas tienen en la economía de Alemania parece significativa del pesimismo con que desde numerosas ubicaciones se ve al futuro próximo de la producción así como del intercambio financiero y comercial.

 

La pobreza preocupa

Este año la economía de Alemania crecerá menos del 1% (las previsiones más mencionadas hablan del 0.75%). A comienzos de 2001 la expectativa era del 3%.

Grandes empresas manufactureras y de servicios en ese país han anunciado el despido de miles de trabajadores en la que parece será no una medida de ajuste temporal, sino una política de vigencia indefinida.

La situación no es mejor en otras naciones europeas. La recesión está alcanzando dimensiones mundiales y por ahora sus expresiones más vistosas son las dificultades en ramas directamente afectadas por las secuelas del 11 de septiembre como la aviación y el turismo. Pero en términos generales, la caída en el consumo parece generalizada y ya se sabe que quien no vende deja de producir y de pagar salarios e impuestos y comienza a cargarle sus dificultades al resto de la sociedad.

En este panorama, ahora los países ricos se vuelven más sensibles a la existencia y los problemas de los pobres.

En busca de respuestas para entender cómo llegamos a este enfrentamiento no solo de la civilización y el terrorismo sino, según postulan algunos autores, entre distintas concepciones del mundo, en las naciones más desarrolladas hay un nuevo interés por la cuestión social en las zonas más pobres de la humanidad.

Tanto como las complejidades del universo musulmán, en las librerías y los diarios así como en los debates en los medios de los países europeos el tema de la pobreza se ha puesto de moda.

 

Miseria y fundamentalismos

Resultaría simplificador, pero sobre todo profundamente equivocado, suponer que los terroristas que comenten atentados como los que destruyeron las Torres Gemelas o que envían cartas contaminadas, actúan así movidos por la pobreza que han sufrido o presenciado. De ser así hace tiempo que se hubieran incendiado políticamente varias de las zonas de mayor atraso social en el mundo.

Bin Laden no ha sido, precisamente, un personaje de escasos recursos económicos. Al contrario, solo contando con la fortuna familiar que le permitió impulsar sus propios negocios y apoyándose en una estructura de expoliación y abuso profundamente autoritaria, ese personaje ha tenido dólares para pagar mercenarios, comprar armamento e instalar laboratorios y campos de entrenamiento.

No es la pobreza lo que mueve a ese personaje y a quienes lo siguen sino la adhesión fanática a un cuerpo de convicciones en donde se mezclan el rencor irracional, la revancha ante agravios reales y la intolerancia con coartada religiosa. A esas condiciones, o al menos a que exista un sustrato social en el cual se propagan y encuentras justificaciones, la pobreza contribuye de manera relevante.

Por eso no es casual que en los países desarrollados esté creciendo la preocupación por los pobres. A partir de esa inquietud las fuerzas políticas establecidas buscan mejorar los programas de subsidios a países en situaciones de miseria y el tema de los desheredados de la tierra es analizado con intensidad y vehemencia que no se veían desde hace varios años en la discusión sobre la pobreza.

Si no desemboca en políticas específicas, con recursos mayores a los que ha tenido hasta ahora, la discusión sobre los pobres puede convertirse en simple desahogo de las sociedades más acomodadas. Cuando desaparezcan el agobio y el miedo que ahora causan el terrorismo y la respuesta militar de los países aliados, la inquietud ante la pobreza podría ser desplazada por nuevas modas en los circuitos del espacio público en esos países.

Se exploran opciones

Por eso decimos que es paradójico que esa preocupación se despliegue precisamente cuando el mundo es más frágil en el terreno económico. Lejos de aumentar los recursos de ayuda para las naciones más necesitadas, la crisis de las economías puede trasladar la recesión a los gastos para ayuda social.

Pero el tema allí está y no parece que su exposición vaya a menguar.

También hay cambios en las medidas y los paradigmas que se proponen para las economías actuales.

Algunas de las soluciones para paliar los desequilibrios internacionales, que hace no mucho se discutían solamente en foros considerados como marginales y que en los circuitos del poder económico y político global se tomaban como inaceptablemente drásticas, comienzan a ser consideradas con seriedad.

Hace 2 o 3 meses la “Tasa Tobin”, que es el impuesto que un economista estadounidense propuso para gravar las ganancias resultado de las transacciones financieras de un país a otro, era una de las banderas de los grupos menos vocingleros (que también los hay) en las reuniones de “globalifóbicos”.

Ahora a esa propuesta se le considera con atención en los más quisquillosos y conservadores circuitos financieros del mundo.

Organismos paralizados

La tesis que se encuentra detrás de medidas como esa es tan vieja como la pobreza misma. Para resolverla, o al menos para menguar sus efectos, es preciso que quienes tienen más contribuyan a favor de los que menos tienen. Las vías para ello pueden ser tan diversas como la imaginación y la voluntad. Pero si la economía global está en una mala situación, los recursos de los que tienen más para aliviar carencias de los que menos tienen serán especialmente insuficientes.

Lo importante hasta ahora es esa ampliación, rumbo a una agenda más realista y menos autorreferencial, de los temas de interés público al menos en Europa. Aparentemente en Estados Unidos no sucede lo mismo pues allí la atención –y la tensión– de la sociedad se mantienen acaparadas por el miedo y el desconcierto ante el terrorismo.

Lo más pertinente, debido a los alcances globales de ese tema y a la necesidad de una coordinación de un rango distinto a los gobiernos locales, sería que el debate y la eventual distribución de nuevos recursos estuvieran encabezados por las instituciones internacionales que existen para propósitos como esos.

Sin embargo la ONU y otros mecanismos de concertación y cooperación se encuentran paralizados ante la nueva crisis. La estrategia estadounidense que ha buscado concentrar la ofensiva militar ha desplazado del mapa político –al menos las ha sacado del debate real– a las organizaciones del sistema de Naciones Unidas.

En ese flanco de la crisis actual que se trasmina de la economía, a la política y a la seguridad nacional, regional y mundial entre otros planos, se intensifica la desarticulación de los viejos y nuevos espacios que han creado los países para ponerse de acuerdo o, al menos, precisar sus desacuerdos.

 

Compromisos paralelos

El reordenamiento mundial cuyo perfil al cabo de esta etapa es incierto pero que ya comenzó está dejando atrás fidelidades, compromisos y desavenencias que se creían inmutables al menos en el corto plazo.

La rivalidad entre Estados Unidos y China, exacerbada la primavera pasada durante el incidente entre sendas aeronaves de esos países, ha entrado al menos a una fase de suspenso indefinido. El presidente George W. Bush encontró en Shangai, al asistir a la sesión de los países de la alianza en la zona del Pacífico, una notable interlocución con Jiang Zemin, el presidente chino.

Seguramente ese acercamiento no es bien visto por rivales económicos y políticos de China, como Japón o la India pero, en su cruzada contra el terrorismo, Bush parece dispuesto a propiciar una gran coalición de gobiernos de toda índole más allá de los intereses o desacuerdos que pueda haber entre ellos.

También en los días pasados la Unión Europea se cimbró como pocas veces cuando los gobernantes de Gran Bretaña, Alemania y Francia aprovecharon la sesión del Consejo de Europa, en Gante, para reunirse al margen del resto de los representantes de los 15 países que integran esa coalición.

Tony Blair, Gerhardt Schroeder y Jacques Chirac sostuvieron conversaciones acerca de dos temas urgentes: la crisis económica y la crisis desatada por el terrorismo. Nada tendría de extraordinario que los gobernantes de tres países vecinos se reúnan, sobre todo si el panorama del mundo es tan delicado como a todos nos consta después del 11 de septiembre. Pero ocurre que esos tres personajes forman parte del compromiso para hacer de Europa una zona unificada y coherente.

Otros gobernantes europeos, como el italiano Silvio Berlusconi, han expresado gran inconformidad por ese encuentro al margen de la UE.

México, sin estrategia

Más que el disgusto temporal de personajes tan discutibles o el deseo del británico, el alemán y el francés para singularizarse en un cónclave fuera del marco de compromisos que ya tienen, la señal de cambio que ese episodio manifiesta es la insuficiencia de la Unión Europea para actuar cohesionadamente, o al menos para actuar ante el terrorismo con los mismos ritmos y decisiones.

Antes, el ministro Blair decidió adherirse a la postura de George Bush con tanta enjundia que a momentos ha parecido más radical que el presidente estadounidense. Esa conducta no suscitó muchos aplausos y sí, en cambio, incomodidad y desaprobaciones en el resto del Continente.

Quizá los acontecimientos del 11 de septiembre no lleguen a propiciar un nuevo mapa de la política mundial. Pero por lo pronto se está manifestando el desplazamiento o la posposición de antagonismos y alianzas que hasta hace seis semanas formaban parte de las certezas del escenario internacional.

Las cosas han cambiado muy rápido y es difícil que alguien tenga perspicacia y reflejos suficientes para reaccionar de manera creativa y suficientemente inteligente ante este nuevo panorama. Pero hasta ahora no parece que el gobierno de México esté tomando en cuenta, con la intensidad y las decisiones que serían necesarias, la necesidad de comportarse de manera distinta en un contexto que está evolucionando de forma tan intensa.

Ese ha sido uno de los bemoles que se le pueden señalar al viaje del presidente Vicente Fox por Europa y Asia. Concertada desde mucho antes de los acontecimientos de septiembre, la gira se mantuvo fundamentalmente con el mismo recorrido, los mismos temas y el mismo discurso. El esfuerzo que en muchos sentidos ha significado la ausencia del presidente durante todos estos días –durante los cuales han quedado sin resolverse importantes asuntos nacionales– puede haber sido infructuoso por esa obsesión en mirar a las nuevas realidades con parámetros que –si lo fueron– están dejando de ser eficaces.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

–0-

Días de aprensión y furia

Publicado en El mundo, Estados Unidos by rtrejo en Diciembre 11th, 2005

La Crónica, 14 de octubre de 2001

El mapa del mundo tardará en reajustarse. La crisis actual es de largo aliento y en ella se dirimen las hegemonías para un buen trecho de este comienzo –rudo y vertiginoso– de un siglo cuyas coordenadas hoy se antojan ominosas y peliagudas.

La guerra en Asia Central apenas comienza. Con su desparpajo proverbial pero ahora erigido de un poder inédito en la historia de la humanidad, George W. Bush advierte que la acción militar podrá extenderse a otras naciones y no quedarse solamente en el martirio que hoy se les inflige a los afganos.

Muchos piensan que no había de otra; la acción estadounidense era, se dice, inevitable. El desafío del terrorismo ha sido de dimensiones tan agraviantes no solo para Estados Unidos sino para la humanidad entera que la respuesta no podía ser de menores dimensiones.

Es cierto. Los terroristas transgredieron toda frontera, si es que la había, con el asesinato de millares de civiles el 11 de septiembre. No puede haber consideraciones en la batalla contra ellos.

Pero la gran duda que hoy se abre paso en el mundo, cada vez apuntalada por más datos, es si los bombardeos y la previsible acción de tropas de tierra contra varias poblaciones en Afganistán era la mejor ofensiva posible contra quienes han agraviado al mundo entero.

Junto con bases de entrenamiento y militares del Talibán, los bombardeos estadounidenses han arrasado viviendas y no sabemos si poblaciones enteras de quienes no son cómplices, sino víctimas del actual gobierno en Afganistán. Ayer el Pentágono admitió que una bomba que pretendía lanzar contra el aeropuerto de Kabul, cayó sobre una zona habitada por civiles.

No solo está en cuestión la validez ética sino incluso la pertinencia táctica, en el terreno militar, de esa acometida.

 

Hegemonía fortalecida

Consideraciones como esas son apabulladas, hoy, por la fuerza política, militar y propagandística de la Gran Alianza que se ha articulado alrededor del gobierno de Estados Unidos.

El combate al terrorismo, que sin duda constituye hoy la mayor prioridad para las naciones y los ciudadanos de todo el mundo, se está confundiendo con la solidificación de la hegemonía de la Casa Blanca.

La batalla contra los desdichados que aterrorizan al mundo está implicando la expansión militar y política –también publicitaria– del gobierno estadounidense.

Esa es, hasta el día de hoy, la consecuencia principal de la ofensiva contra Osama Bin Laden y sus secuaces.

Más allá de las aun no comprobadas bajas en los activos de ese personaje y su red terrorista (bajas que ojalá sean significativas pero que por sí solas no detendrán el atemorizamiento que hoy domina al mundo) el saldo de estos días de aprensión y furia ha sido el fortalecimiento estadounidense pero no a expensas de los malvados sino de la soberanía, los intereses e incluso algunos de los principios de muchas otras naciones.

 

De Afganistán a Hollywood

Conmigo o contra mí, dijo el presidente Bush y el mundo se apresuró a adherirse a la campaña que él encabeza.

La situación no es para menos, podría pensarse. Indudablemente estamos ante una emergencia histórica que amenaza a todas las naciones.

Pero esta situación plantea dos grandes preguntas. Una, si la ofensiva militar abierta y prácticamente indiscriminada que se ha desatado contra Afganistán es la mejor solución para devastar a Bin Laden y los suyos. La otra cuestión es si el acatamiento a las posiciones de Estados Unidos constituye la mejor opción para que el mundo combata al terrorismo.

Quizá estamos demasiado habituados a las maquinaciones cinematográficas, pero estos días han parecido reproducir de manera tan tétrica las peores conjuras que vimos en películas, que no es extravagante referirnos a ellas como posibles escenarios en el actual y desdichadamente real conflicto que se vive ahora. A partir de esas referencias no era descabellado pensar en la acción de comandos furtivos o soluciones de índole similar para encontrar a Bin Laden.

La vía del bombardeo ha causado víctimas inocentes y eso es algo que no se puede soslayar en la evaluación de la escalada militar.

Una incursión de personal militar especializado quizá hubiese sido más eficaz y rápida. Y con menos costos. Se puede decir que los estrategas militares saben su trabajo pero ya en otros conflictos se ha conocido la tendencia de los generales a sobredimensionar el uso de la fuerza bélica por encima de otros recursos.

Voltear hacia el cine no es insensato, o al menos no es un ejercicio que propongamos solamente nosotros. Esta semana un grupo de expertos del Pentágono se reunió con guionistas y directores de algunas de las películas sobre atentados espectaculares que Hollywood ha producido en los años recientes para escuchar qué sugieren hacer ante la guerra en la que Estados Unidos y el mundo se han involucrado.

 

Ántrax, amenaza invisible

Las situaciones que estamos conociendo, hace unas cuantas semanas hubieran parecido ficciones peliculescas. Hoy el mundo y especialmente Estados Unidos se encuentran aterrados no solo por el recuerdo del 11 de septiembre sino, además, por la amenaza de un ataque bacteriológico.

El hallazgo de ántrax en las instalaciones de varios medios de comunicación en ese país ha desatado, ahora sí, una sicosis que combina la sensación de inermidad con el carácter imprevisible que tienen esas agresiones.

El terrorismo actúa con sigilo y se aprovecha de los mecanismos más rutinarios para atacar a la gente. Primero fueron aviones, empleados para causar una tragedia de dimensiones históricas. Ahora es el envío por correo, según parece, de esporas tratadas químicamente para aumentar la posibilidad de que sean aspiradas por las personas que reciben esas misivas dañinas.

Las principales empresas de medios en Estados Unidos han cerrado sus departamentos de correo mientras se decide cómo combatir esa nueva amenaza. Pero no se prescindirá del intercambio postal, de la misma manera que la gente sigue viajando en aviones a pesar del riesgo, o el miedo, que eso pueda implicar.

El terrorismo pretende cambiar por el temor las rutinas de las sociedades. No lo conseguirá, aunque muchas actividades antes inocuas ahora tengan que realizarse con precauciones que no existían.

Tanto como daño físico, el terrorismo bacteriológico suscita desasosiego porque es propiciado desde las tinieblas. Nadie sabe cuándo ocurrirá. Peor aún, no se sabe de dónde viene. Hasta ayer el gobierno estadounidense, más allá de las sospechas, no tenía indicios específicos sobre la culpabilidad de Bin Laden o secuaces suyos en el envío de cartas con esporas de ántrax.

 

Respuesta bélica y única

La incertidumbre auspicia los temores más irracionales. Después de ellos el paso siguiente suele ser la búsqueda de soluciones drásticas, sin importar las consecuencias que tengan.

En la medida en que están siendo más atemorizadas las sociedades de países como Estados Unidos –o el nuestro, en donde la inmediatez geográfica y la propagación a través de los medios de las vicisitudes de nuestros vecinos nos hacen partícipes de tales problemas– tienden a ser más conservadoras y a subordinarse a las soluciones contra el terrorismo que tengan más a la mano.

La respuesta inmediata es la que ofrece el gobierno de Estados Unidos. No solo se trata del país que ha sido directamente agredido. También el que tiene mayor capacidad militar.

Pero esas circunstancias no hacían inevitable que la respuesta fuese fundamentalmente bélica ni era forzoso que fuese conducida, como está ocurriendo, por Estados Unidos.

Además o en lugar de los misiles, podían haberse empleado acciones de inteligencia policiaca y militar. En todo caso, esos ataques podrían haber sido conducidos por una coalición internacional.

Pero el gobierno estadounidense no consideró la posibilidad de acudir a los organismos internacionales. Tampoco ellos, ni los países cuya solidaridad reclamó la Casa Blanca, propusieron medidas distintas a las que ha dispuesto el presidente Bush.

 

Incondicionalidades

Quizá la ecuación podría ser al revés pero, por ahora, dejémosla así: por combatir un mal mayor –el terrorismo fundamentalista al que no hay mas remedio que exterminar en una guerra de largo plazo– el mundo está allanándose a un mal “menor”: la supremacía militar y política del gobierno de Estados Unidos.

Aun si países como el nuestro no hubiesen tenido más opción que avalar las acciones antiterroristas, habrían tenido la posibilidad de buscar nuevos equilibrios reforzando a los contrapesos que ahora existen delante de la hegemonía estadounidense.

Eso no está ocurriendo. La voz cantante –con todo el peso moral que le da su carácter de nación agredida pero fundamentalmente con el respaldo militar que encuentra en sus misiles y portaviones– la tiene el gobierno de Mr. Bush. Si en la comunidad internacional se escuchan otras expresiones es solamente, con pocas excepciones, para respaldar sin condiciones las medidas que toma la Casa Blanca.

Los organismos internacionales han quedado abandonados. Se podrá decir que tienen tan escasa capacidad coercitiva y se encuentran tan dominados por estructuras burocráticas y sin respaldo suficiente de las naciones, que era poco o nada lo que habrían podido hacer para enfrentar al terrorismo.

Ahora la situación es peor. En la medida en que prescinde de ellos, el mundo coloca en peores circunstancias a esos organismos: les pierde el respeto y tiende a sustituirlos por nuevas formas de acuerdo, casi siempre subordinadas a las consideraciones militares.

 

ONU, justo reconocimiento

Por eso es tan relevante el premio Nobel de la Paz otorgado a la Organización de las Naciones Unidas y a su secretario general.

El comité de ese galardón sueco actuó con notable sensibilidad política y además de reconocer un trabajo meritorio y una trayectoria noble, ha enviado un mensaje urgente a la humanidad. Es hora de reivindicar la legalidad y la institucionalidad internacionales. La ONU y otros organismos pueden tener muchos defectos. Pero no hay que olvidar que su existencia se debe a la necesidad de atemperar el dominio de las naciones más poderosas y de establecer cauces para que ellas mismas y el resto de la comunidad internacional tomen acuerdos sobre los asuntos más importantes que afectan al mundo.

Precisamente ahora se cumplen cien años de la entrega de los premios Nobel. Ese aniversario y la situación que hoy agobia al mundo hacen especialmente significativa la decisión de reconocer a la ONU y a Kofi Annan.

Premio y aplausos, son símbolos en deferencia a una institución y un funcionario dedicados a cumplir con su cometido en medio de enormes limitaciones.

Para que el reconocimiento que hoy les hacen numerosos gobiernos y naciones tuviera sentido, sería preciso reivindicar la capacidad arbitral y decisoria, así como la autoridad y la respetabilidad de las Naciones Unidas –y de todo su sistema internacional– que hoy son especialmente necesarios.

 

Rigoberta Menchú, sensatez

Tanto así que la voz enterada y acreditada de Rigoberta Menchú, destinataria ella misma del Premio Nobel de la Paz, saludó de inmediato el reconocimiento a Kofi Annan y a la ONU.

Esa luchadora social le comunicó al diplomático nacido en Ghana: “He sido testigo de su compromiso con la búsqueda de soluciones pacíficas a los complejos conflictos que ha enfrentado el mundo en diversas regiones, así como de sus esfuerzos personales por darle a la Organización de las Naciones Unidas un papel protagónico. Sus esfuerzos han sido incansables por que el respeto y la cooperación constituyan el ámbito y el espíritu en que los Estados asuman sus responsabilidades y garanticen la convivencia y el respeto a las diferencias”.

Luego de la congratulación, Menchú apremió en una carta abierta:

“El Premio Nobel llega oportunamente cuando la paz y la seguridad mundial se ven amenazadas por la sinrazón del terrorismo y la insensata reacción de quienes pretenden combatirlo a través de la guerra, imponiendo la unilateralidad de un orden hegemónico que somete al hambre, al despojo y a la discriminación a las tres cuartas partes de la población mundial. Hago votos porque esta acertada decisión del Comité Nobel constituya un poderoso aliciente para continuar extremando sus esfuerzos y los de la ONU a favor de la paz; y sea un inequívoco mensaje de cordura a la comunidad internacional, que evite mayores sufrimientos a la humanidad en el derrotero, tan ilegal como incierto, de una acción bélica que pretende sustituir la justicia por la venganza”.

Posiciones como la de Rigoberta Menchú forman parte de una actitud que, al mismo tiempo que descalifica al terrorismo, considera que también es cuestionable la respuesta sustentada solamente en la guerra.

Estar contra los terroristas no implica, fatalmente, estar con Mr. Bush. Rehuir a esa polarización a la que hoy se quiere llevar al mundo y a nuestras sociedades no solo es posible, sino que constituye un acto de salud pública.

En el Consejo de Seguridad

Quizá nunca, en sus 56 años de existencia, la ONU ha sido tan indispensable para el mundo. Desdichadamente pocas veces en ese trayecto se ha encontrado tan debilitada y ahora, relegada por decisiones al margen de su autoridad.

Reivindicar a las Naciones Unidas implica, ahora más que nunca, emprender la reestructuración que necesita para afianzar su representatividad y por lo pronto, redimir su autoridad en el actual conflicto internacional.

México, en medio de penosos regateos, fue admitido en el Consejo de Seguridad. Durante figurará como miembro no permanente en ese organismo que orienta las acciones de la ONU y que ha sido frecuentemente cuestionado porque está sujeto a las decisiones de los países más poderosos.

Fue discutible que el gobierno mexicano invirtiera los recursos diplomáticos y políticos que se pusieron en juego para propiciar la votación a favor de su candidatura. La pertenencia al Consejo de Seguridad ha sido presentada por el gobierno como reconocimiento a la actual presencia mundial de nuestro país cuando, en realidad, los votos se debieron a compromisos coyunturales, alianzas convenencieras y presiones varias que pudo articular la Cancillería mexicana.

Los inconvenientes de formar parte del Consejo pueden ser mayores que las ventajas, como han señalado autorizadas voces de la diplomacia de nuestro país. Pero esa es una discusión ya trascendida por la realidad. Desde enero de 2002 México participará en el Consejo de Seguridad aunque hoy en día no se sabe con qué posiciones, orientadas por cuáles principios y en beneficio de qué causas.

 

La venganza no es justicia

Oscilando entre la indecisión y el pragmatismo, la política exterior mexicana se encuentra en un momento de definiciones y ajustes. La participación en el máximo organismo de las Naciones Unidas tendría que expresar las coordenadas de esa estrategia.

Las críticas más sólidas al desempeño reciente de la ONU señalan el carácter obsoleto del Consejo de Seguridad. El mundo y sus principales agrupamientos ya no se encuentran representados en ese organismo, además de las numerosas limitaciones organizativas, financieras y políticas, entre otras, que padece para funcionar con eficacia.

Más que figurar en él, México tendría que haber propuesto la sustitución del Consejo de Seguridad por un mecanismo de decisiones más congruente con la composición del mundo de nuestros días y el futuro que los países quieren construir.

Ahora, como parte de él, será difícil que la posición mexicana sea congruente con la tradición de respeto y crítica que nuestra diplomacia ha tenido en los foros internacionales.

Allí se apreciará, entre otros espacios, en qué medida el gobierno de México se encuentra subordinado, debido a la actual emergencia, a las disposiciones de Washington.

También podrían expresarse posiciones de inteligente mesura y calidad propositiva.

Para ello no es necesario esperar a que, en enero, se instale el nuevo Consejo de Seguridad. Desde ahora sería precisa la articulación de una postura propia de nuestro país que, sin conceder un milímetro al terrorismo, tampoco se supedite a las decisiones hegemónicas. Estar por la paz, como dice hoy la señora Menchú, implica estar por la cordura, reivindicar la legalidad internacional y evitar que la justicia se confunda con la venganza.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

–0–

Días de aprensión y furia

Publicado en El mundo, Estados Unidos by rtrejo en Diciembre 11th, 2005

La Crónica, 14 de octubre de 2001

El mapa del mundo tardará en reajustarse. La crisis actual es de largo aliento y en ella se dirimen las hegemonías para un buen trecho de este comienzo –rudo y vertiginoso– de un siglo cuyas coordenadas hoy se antojan ominosas y peliagudas.

   La guerra en Asia Central apenas comienza. Con su desparpajo proverbial pero ahora erigido de un poder inédito en la historia de la humanidad, George W. Bush advierte que la acción militar podrá extenderse a otras naciones y no quedarse solamente en el martirio que hoy se les inflige a los afganos.

   Muchos piensan que no había de otra; la acción estadounidense era, se dice, inevitable. El desafío del terrorismo ha sido de dimensiones tan agraviantes no solo para Estados Unidos sino para la humanidad entera que la respuesta no podía ser de menores dimensiones.

   Es cierto. Los terroristas transgredieron toda frontera, si es que la había, con el asesinato de millares de civiles el 11 de septiembre. No puede haber consideraciones en la batalla contra ellos.

   Pero la gran duda que hoy se abre paso en el mundo, cada vez apuntalada por más datos, es si los bombardeos y la previsible acción de tropas de tierra contra varias poblaciones en Afganistán era la mejor ofensiva posible contra quienes han agraviado al mundo entero.

   Junto con bases de entrenamiento y militares del Talibán, los bombardeos estadounidenses han arrasado viviendas y no sabemos si poblaciones enteras de quienes no son cómplices, sino víctimas del actual gobierno en Afganistán. Ayer el Pentágono admitió que una bomba que pretendía lanzar contra el aeropuerto de Kabul, cayó sobre una zona habitada por civiles.

   No solo está en cuestión la validez ética sino incluso la pertinencia táctica, en el terreno militar, de esa acometida.

 

Hegemonía fortalecida

   Consideraciones como esas son apabulladas, hoy, por la fuerza política, militar y propagandística de la Gran Alianza que se ha articulado alrededor del gobierno de Estados Unidos.

   El combate al terrorismo, que sin duda constituye hoy la mayor prioridad para las naciones y los ciudadanos de todo el mundo, se está confundiendo con la solidificación de la hegemonía de la Casa Blanca.

   La batalla contra los desdichados que aterrorizan al mundo está implicando la expansión militar y política –también publicitaria– del gobierno estadounidense.

   Esa es, hasta el día de hoy, la consecuencia principal de la ofensiva contra Osama Bin Laden y sus secuaces.

   Más allá de las aun no comprobadas bajas en los activos de ese personaje y su red terrorista (bajas que ojalá sean significativas pero que por sí solas no detendrán el atemorizamiento que hoy domina al mundo) el saldo de estos días de aprensión y furia ha sido el fortalecimiento estadounidense pero no a expensas de los malvados sino de la soberanía, los intereses e incluso algunos de los principios de muchas otras naciones.

 

De Afganistán a Hollywood

   Conmigo o contra mí, dijo el presidente Bush y el mundo se apresuró a adherirse a la campaña que él encabeza.

   La situación no es para menos, podría pensarse. Indudablemente estamos ante una emergencia histórica que amenaza a todas las naciones.

   Pero esta situación plantea dos grandes preguntas. Una, si la ofensiva militar abierta y prácticamente indiscriminada que se ha desatado contra Afganistán es la mejor solución para devastar a Bin Laden y los suyos. La otra cuestión es si el acatamiento a las posiciones de Estados Unidos constituye la mejor opción para que el mundo combata al terrorismo.

   Quizá estamos demasiado habituados a las maquinaciones cinematográficas, pero estos días han parecido reproducir de manera tan tétrica las peores conjuras que vimos en películas, que no es extravagante referirnos a ellas como posibles escenarios en el actual y desdichadamente real conflicto que se vive ahora. A partir de esas referencias no era descabellado pensar en la acción de comandos furtivos o soluciones de índole similar para encontrar a Bin Laden.

   La vía del bombardeo ha causado víctimas inocentes y eso es algo que no se puede soslayar en la evaluación de la escalada militar.

   Una incursión de personal militar especializado quizá hubiese sido más eficaz y rápida. Y con menos costos. Se puede decir que los estrategas militares saben su trabajo pero ya en otros conflictos se ha conocido la tendencia de los generales a sobredimensionar el uso de la fuerza bélica por encima de otros recursos.

   Voltear hacia el cine no es insensato, o al menos no es un ejercicio que propongamos solamente nosotros. Esta semana un grupo de expertos del Pentágono se reunió con guionistas y directores de algunas de las películas sobre atentados espectaculares que Hollywood ha producido en los años recientes para escuchar qué sugieren hacer ante la guerra en la que Estados Unidos y el mundo se han  involucrado.

 

Ántrax, amenaza invisible

   Las situaciones que estamos conociendo, hace unas cuantas semanas hubieran parecido ficciones peliculescas. Hoy el mundo y especialmente Estados Unidos se encuentran aterrados no solo por el recuerdo del 11 de septiembre sino, además, por la amenaza de un ataque bacteriológico.

   El hallazgo de ántrax en las instalaciones de varios medios de comunicación en ese país ha desatado, ahora sí, una sicosis que combina la sensación de inermidad con el carácter imprevisible que tienen esas agresiones.

   El terrorismo actúa con sigilo y se aprovecha de los mecanismos más rutinarios para atacar a la gente. Primero fueron aviones, empleados para causar una tragedia de dimensiones históricas. Ahora es el envío por correo, según parece, de esporas tratadas químicamente para aumentar la posibilidad de que sean aspiradas por las personas que reciben esas misivas dañinas.

   Las principales empresas de medios en Estados Unidos han cerrado sus departamentos de correo mientras se decide cómo combatir esa nueva amenaza. Pero no se prescindirá del intercambio postal, de la misma manera que la gente sigue viajando en aviones a pesar del riesgo, o el miedo, que eso pueda implicar.

   El terrorismo pretende cambiar por el temor las rutinas de las sociedades. No lo conseguirá, aunque muchas actividades antes inocuas ahora tengan que realizarse con precauciones que no existían.

   Tanto como daño físico, el terrorismo bacteriológico suscita desasosiego porque es propiciado desde las tinieblas. Nadie sabe cuándo ocurrirá. Peor aún, no se sabe de dónde viene. Hasta ayer el gobierno estadounidense, más allá de las sospechas, no tenía indicios específicos sobre la culpabilidad de Bin Laden o secuaces suyos en el envío de cartas con esporas de ántrax.

 

Respuesta bélica y única

   La incertidumbre auspicia los temores más irracionales. Después de ellos el paso siguiente suele ser la búsqueda de soluciones drásticas, sin importar las consecuencias que tengan.

   En la medida en que están siendo más atemorizadas las sociedades de países como Estados Unidos –o el nuestro, en donde la inmediatez geográfica y la propagación a través de los medios de las vicisitudes de nuestros vecinos nos hacen partícipes de tales problemas– tienden a ser más conservadoras y a subordinarse a las soluciones contra el terrorismo que tengan más a la mano.

   La respuesta inmediata es la que ofrece el gobierno de Estados Unidos. No solo se trata del país que ha sido directamente agredido. También el que tiene mayor capacidad militar.

   Pero esas circunstancias no hacían inevitable que la respuesta fuese fundamentalmente bélica ni era forzoso que fuese conducida, como está ocurriendo, por Estados Unidos.

   Además o en lugar de los misiles, podían haberse empleado acciones de inteligencia policiaca y militar. En todo caso, esos ataques podrían haber sido conducidos por una coalición internacional.

   Pero el gobierno estadounidense no consideró la posibilidad de acudir a los organismos internacionales. Tampoco ellos, ni los países cuya solidaridad reclamó la Casa Blanca, propusieron medidas distintas a las que ha dispuesto el presidente Bush.

 

Incondicionalidades

   Quizá la ecuación podría ser al revés pero, por ahora, dejémosla así: por combatir un mal mayor –el terrorismo fundamentalista al que no hay mas remedio que exterminar en una guerra de largo plazo– el mundo está allanándose a un mal “menor”: la supremacía militar y política del gobierno de Estados Unidos.

   Aun si países como el nuestro no hubiesen tenido más opción que avalar las acciones antiterroristas, habrían tenido la posibilidad de buscar nuevos equilibrios reforzando a los contrapesos que ahora existen delante de la hegemonía estadounidense.

   Eso no está ocurriendo. La voz cantante –con todo el peso moral que le da su carácter de nación agredida pero fundamentalmente con el respaldo militar que encuentra en sus misiles y portaviones– la tiene el gobierno de Mr. Bush. Si en la comunidad internacional se escuchan otras expresiones es solamente, con pocas excepciones, para respaldar sin condiciones las medidas que toma la Casa Blanca.

   Los organismos internacionales han quedado abandonados. Se podrá decir que tienen tan escasa capacidad coercitiva y se encuentran tan dominados por estructuras burocráticas y sin respaldo suficiente de las naciones, que era poco o nada lo que habrían podido hacer para enfrentar al terrorismo.

   Ahora la situación es peor. En la medida en que prescinde de ellos, el mundo coloca en peores circunstancias a esos organismos: les pierde el respeto y tiende a sustituirlos por nuevas formas de acuerdo, casi siempre subordinadas a las consideraciones militares.

 

ONU, justo reconocimiento

   Por eso es tan relevante el premio Nobel de la Paz otorgado a la Organización de las Naciones Unidas y a su secretario general.

   El comité de ese galardón sueco actuó con notable sensibilidad política y además de reconocer un trabajo meritorio y una trayectoria noble, ha enviado un mensaje urgente a la humanidad. Es hora de reivindicar la legalidad y la institucionalidad internacionales. La ONU y otros organismos pueden tener muchos defectos. Pero no hay que olvidar que su existencia se debe a la necesidad de atemperar el dominio de las naciones más poderosas y de establecer cauces para que ellas mismas y el resto de la comunidad internacional tomen acuerdos sobre los asuntos más importantes que afectan al mundo.

   Precisamente ahora se cumplen cien años de la entrega de los premios Nobel. Ese aniversario y la situación que hoy agobia al mundo hacen especialmente significativa la decisión de reconocer a la ONU y a Kofi Annan.

   Premio y aplausos, son símbolos en deferencia a una institución y un funcionario dedicados a cumplir con su cometido en medio de enormes limitaciones.

   Para que el reconocimiento que hoy les hacen numerosos gobiernos y naciones tuviera sentido, sería preciso reivindicar la capacidad arbitral y decisoria, así como la autoridad y la respetabilidad de las Naciones Unidas –y de todo su sistema internacional– que hoy son especialmente necesarios.

 

Rigoberta Menchú, sensatez

   Tanto así que la voz enterada y acreditada de Rigoberta Menchú, destinataria ella misma del Premio Nobel de la Paz, saludó de inmediato el reconocimiento a Kofi Annan y a la ONU.

   Esa luchadora social le comunicó al diplomático nacido en Ghana: “He sido testigo de su compromiso con la búsqueda de soluciones pacíficas a los complejos conflictos que ha enfrentado el mundo en diversas regiones, así como de sus esfuerzos personales por darle a la Organización de las Naciones Unidas un papel protagónico.  Sus esfuerzos han sido incansables por que el respeto y la cooperación constituyan el ámbito y el espíritu en que los Estados asuman sus responsabilidades y garanticen la convivencia y el respeto a las diferencias”.

   Luego de la congratulación, Menchú apremió en una carta abierta: 

   “El Premio Nobel llega oportunamente cuando la paz y la seguridad mundial se ven amenazadas por la sinrazón del terrorismo y la insensata reacción de quienes pretenden combatirlo a través de la guerra, imponiendo la unilateralidad de un orden hegemónico que somete al hambre, al despojo y a la discriminación a las tres cuartas partes de la población mundial.  Hago votos porque esta acertada decisión del Comité Nobel constituya un poderoso aliciente para continuar extremando sus esfuerzos y los de la ONU a favor de la paz; y sea un inequívoco mensaje de cordura a la comunidad internacional, que evite mayores sufrimientos a la humanidad en el derrotero, tan ilegal como incierto, de una acción bélica que pretende sustituir la justicia por la venganza”.

   Posiciones como la de Rigoberta Menchú forman parte de una actitud que, al mismo tiempo que descalifica al terrorismo, considera que también es cuestionable la respuesta sustentada solamente en la guerra.

   Estar contra los terroristas no implica, fatalmente, estar con Mr. Bush. Rehuir a esa polarización a la que hoy se quiere llevar al mundo y a nuestras sociedades no solo es posible, sino que constituye un acto de salud pública.

 

En el Consejo de Seguridad

   Quizá nunca, en sus 56 años de existencia, la ONU ha sido tan indispensable para el mundo. Desdichadamente pocas veces en ese trayecto se ha encontrado tan debilitada y ahora, relegada por decisiones al margen de su autoridad.

   Reivindicar a las Naciones Unidas implica, ahora más que nunca, emprender la reestructuración que necesita para afianzar su representatividad y por lo pronto, redimir su autoridad en el actual conflicto internacional.

   México, en medio de penosos regateos, fue admitido en el Consejo de Seguridad. Durante figurará como miembro no permanente en ese organismo que orienta las acciones de la ONU y que ha sido frecuentemente cuestionado porque está sujeto a las decisiones de los países más poderosos.</