El calvario de Terry Schiavo
La Crónica, 23 de marzo de 2005
Mientras el tinglado político y mediático dirime si ella tiene derecho a morir o a vivir, Terri Schiavo se consume –literalmente– en la cama de un hospital de Florida.
La querella en torno a la vida o la muerte de esa mujer de 41 años que desde hace 15 padece una incurable parálisis cerebral, se ha convertido en el nuevo tema que escinde –y conmueve– a los Estados Unidos. Sin embargo la intensa murmuración mediática y política no ha llegado a ocuparse de la eutanasia como asunto cardinal que deba resolver la sociedad de ese país. La discusión está ceñida al caso de Schiavo y a la disputa que han protagonizado su esposo y sus padres.
La señora Schiavo sufrió en 1990 un ataque al corazón que le dejó el cerebro sin irrigación durante bastante rato. Ahora se encuentra en una condición que los médicos describen como “persistente coma vegetativo”.
Su esposo, Michael Schiavo, afirma que ella lo instruyó hace varios años para que no la dejasen con vida artificial. Con ese argumento obtuvo una autorización judicial para suspender la alimentación que Terri Schiavo recibe a través de una sonda. Se trataría de conducirla a una muerte paulatina y, según los médicos, indolora.
Los padres de la señora Schiavo, Bob y Mary Schindler, han tenido una posición radicalmente distinta. Ellos están por principio en contra de que a su hija se le deje morir pero, además, aseguran que mantiene la conciencia y que es capaz de pensar, sentir e incluso de expresarse.
Los señores Schindler grabaron varios videos en donde se ve a la desahuciada mujer balbuceando y mirando a la cámara en lo que podría pensarse son respuestas concretas. Pero, según distintos médicos, no se trata mas que de reacciones fortuitas.
Hasta ahí, el diferendo sobre Terri Schiavo sería muy entendible. El esposo, que además tiene su representación legal, considera que la mujer ha sufrido demasiado y que no tiene caso que siga viviendo si solo podría hacerlo en esas condiciones. Los padres, por afecto y convicción, se oponen a esa medida. El único espacio en donde legítimamente puede resolverse una disputa así de escabrosa, cuando no encuentra remedio en la comprensión y la conmiseración, tiene que ser el de los tribunales.
Sin embargo el pleito por la vida o la muerte de Terri Schiavo trascendió los pasillos del hospital y las salas de juzgado. En las últimas semanas ha sido aprovechado para hacer proselitismo político y religioso.
Los grupos conservadores, que no son pocos ni carecen de poder en Estados Unidos, se han movilizado para impedir que se cumpla la que, de acuerdo con su esposo, ha sido la voluntad de Terri Schiavo. Quizá no les importa tanto la vida de esa mujer sino la bandera que significa. De la misma forma que se oponen sin matices al aborto y, contradictoriamente, abogan por el derecho a que cada estadounidense tenga las armas que le de la gana, esos grupos encontraron cómo forzar las decisiones de los jueces en el caso Schiavo.
Durante las primeras horas del lunes pasado el Congreso –de mayoría republicana– aprobó en Washington una enmienda legal específicamente destinada al caso Schiavo para detener la suspensión del alimento. El presidente George W. Bush había promovido esa ley, que firmó también de madrugada. Ayer, sin embargo, un juez federal resolvió a favor de la petición de Michael Schiavo.
Mientras se litiga la suerte de esa mujer el 63% de los estadounidenses, según una encuesta de The Washington Post, está de acuerdo con que dejen de alimentarla. El 70% ha cuestionado la intervención del Congreso en ese tema.
El padecimiento de Schiavo le sobrevino cuando estaba sometida a un severo régimen de adelgazamiento. Los médicos de la clínica a la que había acudido se equivocaron al no diagnosticar una deficiencia de potasio que acabó propiciando el ataque al corazón. Más allá del terrible drama en torno a su situación vital, se podría reflexionar sobre aquella negligencia inicial y las causas que la llevaron a someterse a ese tratamiento.
En el litigio sobre la vida o el derecho a la muerte de Terri Schiavo los linderos entre la vida privada y el escenario público han quedado completamente destrozados. En el sitio web de la “Fundación Terri Schindler-Schiavo”, encabezada por sus padres, se pueden descargar varios videos en donde ella aparece en su cama del hospital.
También es posible escuchar dos de los cinco temas del disco dedicado a ella que grabó Wayne Galley, un intérprete de origen australiano. El CD se puede comprar a través de ese sitio –cuesta 15 dólares más los gastos de envío–. Mr. Galley está pensando escribir un guión cinematográfico sobre la historia de Terri Schiavo.
Responsabilidad, valor extraviado
La Crónica, 8 y 9 de abril de 2004
Por ley y necesidad política los gobernantes son responsables ante la sociedad –es decir, tienen que responder sobre sus actos–. En esa obligación radica una de las claves de las democracias. Cuando una sociedad puede exigir a quienes la gobiernan que expliquen sus acciones y omisiones, las probabilidades de abuso del poder político son menores y los ciudadanos tienen más control sobre el régimen que los gobierna.
Responsabilizarse de sus decisiones ha sido, históricamente, no solo obligación sino además privilegio de los gobernantes. Al responder por sus actos no sólo reconocen logros y errores para el balance que hagan de inmediato sus gobernados y para la historia.
Además, al distinguir abiertamente sus méritos y fracasos los hombres –y mujeres– del poder aceptan que son tan falibles como otros seres humanos. Los informes de una administración en el gobierno cobran auténtico sentido cuando, más allá de la danza de cifras y autoelogios que suelen nutrirlos, ofrecen un diagnóstico autocrítico de haberes y deberes.
Un gobernante íntegro en ambos sentidos del término –honesto, pero además completo– se comporta de manera responsable. Mientras mayores son los contrapesos delante del poder de quienes gobiernan, mejores son las posibilidades para que el ejercicio de la responsabilidad sea uno de los principales factores de confiabilidad en la administración pública.
En algunas de las democracias más consolidadas, cuando cometen un error muy grave los gobernantes renuncian –no para evadir responsabilidades por sus faltas sino para asumir plenamente las consecuencias de ellas–.
En regímenes parlamentarios, donde la gobernabilidad es determinada por la composición de las fuerzas políticas en el Congreso es frecuente que el líder del gobierno, cuando pierde mayoría, presente su dimisión. La responsabilidad llega entonces al punto de reconocer que los electores, o las fuerzas políticas al tomar acuerdos, le han regateado el consenso necesario para seguir al frente del gobierno.
La Historia, con mayúscula, registra numerosos casos de gobernantes que han tenido que asumir su responsabilidad en momentos límite. No es este el sitio para intentar ese inventario. Lo que nos interesa subrayar es la tendencia inversa: la cada vez más frecuente reticencia de los dirigentes políticos para admitir la responsabilidad en decisiones o hechos que afectan notoriamente a sus sociedades.
Lejos de admitir sus propios yerros, los personajes políticos suelen echarse la culpa unos a otros. Esa práctica contamina aun más el entendimiento –y la solución– de los problemas.
Al estar más preocupados por desconocer errores que por asumir un comportamiento responsable, gobernantes y dirigentes envilecen la cultura cívica y entorpecen el esclarecimiento de los hechos públicos.
Veamos hacia los vecinos, para luego contemplar nuestras propias desdichas políticas. En Estados Unidos la clase política ha perdido la costumbre de asumir abiertamente sus responsabilidades. En las últimas semanas, por ejemplo, el gobierno de George W. Bush hizo casi todo lo posible para eludir la investigación que está desarrollando el Congreso acerca de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.
La Casa Blanca se negó, hasta que no pudo mantener esa posición, a que la consejera de seguridad nacional, Condolezza Rice, rindiera testimonio. Esa funcionaria, si quisiera, tendría mucho que relatar acerca de lo que sabía el gobierno sobre la posibilidad de un ataque terrorista de gran magnitud.
Hoy en día lo más frecuente es que, ante una equivocación, casi cualquier gobierno intenta tender una cortina de humo con un artificioso manejo de medios e insistiendo, a pesar de las evidencias que haya, en que no es responsable de la dificultad o el error que se le señalan. El tema amerita que regresemos a él, especialmente en estos días que resultan propicios para mirar alrededor y reconocer algunos de los grandes déficit –que a veces son auténticas tragicomedias– de nuestra vida pública.
El juego de las culpas
Ayer, cuando Condoleezza Rice rendía en Washington su larga declaración ante la comisión bipartidista que investiga los atentados del 11 de septiembre de 2001, podía recordarse la costumbre de la rendición de cuentas que en Estados Unidos, como en México, se encuentra debilitada.
La asesora nacional de seguridad no hizo revelaciones estruendosas. Como era de esperarse supo cuidarle las espaldas a su jefe, el presidente George W. Bush, y evitó ofrecer evidencias de que el gobierno estadounidense pudo haber impedido la destrucción de las Torres Gemelas y, así, la enorme cantidad de muertes que hubo en aquel atentado.
Más que sus declaraciones, quizá lo importante era ver a la arrogante y poderosa asesora presidencial sentada en el banquillo de los interrogados. Las reticencias que inicialmente presentó la Casa Blanca a esa comparecencia fueron vencidas por los cuestionamientos que surgieron en la sociedad estadounidense. Rice, aunque Bush no quería, tuvo que ofrecer su testimonio sobre el conocimiento que el gobierno tenía acerca de posibles atentados como el que finalmente ocurrió al sur de Manhattan.
Ese rechazo de la administración Bush a facilitar las investigaciones del comité bipartidista ha sido presentado como ejemplo de las crecientes resistencias de los políticos estadounidenses a admitir responsabilidades.
En un comentario el 28 de marzo en The New York Times, el analista Michael Orkenses comparó esa actitud con el comportamiento del presidente John F. Kennedy cuando, en abril de 1961, el descubrimiento de misiles soviéticos en Cuba desató una de las peores crisis en la política exterior de Estados Unidos. En aquella ocasión Kennedy se enfrentó a sus compatriotas y reconoció, en estos términos, que había tomado decisiones equivocadas: “Hay un viejo dicho que dice que la victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana… Soy el funcionario responsable del gobierno”.
Los ciudadanos agradecieron la franqueza de su presidente. Por lo general, apunta el analista, la gente reconoce cuando los gobernantes admiten que se han equivocado. David Gergen, un antiguo asistente del también ex presidente Ronald Reagan, comenta en la misma nota que un gobernante que se comporta de manera responsable (es decir, cuando responde por sus actos) suele encontrar resultados favorables.
Ahora, sin embargo, muchos políticos se resisten a reconocer que se equivocan porque consideran que les darían armas a sus contrincantes. Además la puntillosa atención de los medios, que de acuerdo con su naturaleza escandalosa le confieren mayor atención a los deslices que a los éxitos, puede multiplicar las consecuencias de un reconocimiento honesto.
“La razón por la que ese comportamiento se ha vuelto tan poco frecuente –añade Gergen– se debe a la manera en que se desarrolla el juego de las culpas. Puede ser tan terrible que cuando se admite que se ha cometido un error, en cualquier momento puede ser explotado por el bando contrario”.
De la misma manera que la administración Bush se esfuerza para cubrir cualquier flanco débil y se niega a admitir que pudo haber evitado la tragedia del 11-S, en muchas otras circunstancias políticas y nacionales asistimos a una progresiva pérdida del sentido de la responsabilidad.
En México se ha vuelto habitual que, en vez de reconocer errores, numerosos personajes públicos ocultan evidencias, falsean declaraciones o de plano mienten con abierta desvergüenza. Las respuestas de varios de los funcionarios sobornados por el negociante Ahumada son tan ingeniosas como impúdicas. El país entero los ha visto llenar sus portafolios o las bolsas del supermercado con dólares mal habidos pero insisten en que se les tendió una trampa.
El gobierno federal no se salva de la triste cultura de la irresponsabilidad. Aquel “¿Yo? ¿Por qué?” con que el presidente Fox quiso desentenderse del atraco que habían cometido sus amigos de TV Azteca contra el Canal 40 quedará como una de las frases emblemáticas del sexenio.
El hecho de que entre nuestros vecinos cunda la cultura de la irresponsabilidad no debiera conducirnos a restarle importancia a la desenfadada manera como se practica también en México. Los estadounidenses están retrocediendo respecto de la práctica, afianzada en instituciones sólidas, que durante mucho tiempo ha obligado a sus gobernantes a responder por sus decisiones. Nosotros apenas estamos construyendo esa costumbre de la rendición de cuentas pero, frente a ella, se levanta una cada vez más extendida incultura del cinismo.
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El país que apoyó a Bush
La Crónica, 7 de noviembre de 2004
Ahora no fue la economía –como en aquella famosa y maltratada frase, “it’s the economy, stupid!”, explicaba un asesor de Bill Clinton el éxito de su primera campaña presidencial–. Tampoco fue la guerra, aunque el miedo tuvo algo que ver. La decisión de la mayoría de los votantes del martes 2 de noviembre en Estados Unidos estuvo definida por una compleja colección de creencias y circunstancias. Mayor seguridad interna, rechazo al terrorismo, estabilidad a pesar de las vicisitudes económicas y sobre todo la búsqueda de certidumbres, fueron algunos de los motivos de quienes reeligieron a George W. Bush.
El alma conservadora que anima a la mitad de los estadounidenses tuvo un papel muy importante en esa decisión. Pero los valores tradicionales que imperan en la sociedad de ese país no parecen haber sido la causa principal de la derrota del senador John Kerry y el Partido Demócrata.
Conforme los números de las estadísticas se decantan y el pasmo después del martes abre espacio al análisis, cada vez parece más claro que entre los motivos centrales del triunfo de Mr. Bush estuvieron las adhesiones que ganó en dos segmentos fundamentales de la población en ese país: los hispanos y las madres que trabajan.
Religión y votación
Ayer sábado en The Washington Post el especialista en encuestas Mark J. Penn, que hace varios años trabajó para la campaña de Clinton, se negaba a considerar a la religión como uno de los elementos principales en el resultado de la votación presidencial. Y explicaba: “Así que si la elección no puede ser explicada por un incremento masivo de los votantes evangélicos, ¿qué sucedió realmente? En esta elección, Bush recibió 3.5 por ciento más de los votos que tuvo en 2000. Las encuestas de salida muestran que ese desplazamiento se debió casi por completo al resultado de los cambios en dos distintos grupos: los hispanos (que fueron del 35 por ciento para Bush en 2000 al 44 por ciento este año –suficiente para mover el voto popular entero en un punto porcentual–) y las mujeres blancas (que fueron del 49 por ciento para Bush en 2000 al 55 por ciento este año –suficiente para mover todo el voto popular en 2.5 puntos porcentuales–). Parece que el grueso del desplazamiento en el voto de las mujeres blancas estuvo entre mujeres casadas, particularmente las que tienen niños, que pudieron haber llegado a estar 2 a 1 a favor de Bush”.
El factor religioso le permitió a Bush mantener una clientela sólida en la que, incluso, ganó pequeños márgenes de popularidad. Pero cuando se les considera de acuerdo con sus costumbres religiosas resulta que el voto pro Bush creció más entre los estadounidenses menos comprometidos con prácticas de esa índole.
La encuesta de salida de casilla de la CNN muestra que entre los estadounidenses que van a la iglesia más de una vez a la semana o cada semana, Bush tuvo el 64% y el 58% de preferencias. Esos porcentajes solo aumentaron un punto en comparación con la votación de hace cuatro años. Pero entre los ciudadanos que solo van a la iglesia unas cuantas veces al año o que nunca acuden a servicios religiosos el voto para Bush fue del 45% y el 36%, cuando en las elecciones de 2000 en esos segmentos del electorado había tenido el 42% y el 32% respectivamente.
Armas y terrorismo
La posesión de armas ha sido motivo de intensa polarización en ese país. El voto a favor de Bush aumentó 2% entre la gente que tiene armas de fuego en su casa –pasó, en comparación con la elección de 2000, del 61 al 63%–. Pero ese crecimiento fue mayor en un 4% entre los estadounidenses que no tienen armas de fuego (aumentó del 39, al 43%).
La polarización de la sociedad en torno a varios temas clave afianzó los bloques de ciudadanos que ya se consideraban partidarios de uno u otro candidatos. El tema del matrimonio entre homosexuales le restó más votos de los que le dio a Kerry. Del 37% de los estadounidenses que está en contra de cualquier tipo de reconocimiento legal a las parejas del mismo sexo, el 70% votó por Bush y el 29% por el demócrata. Y entre el 25% de los ciudadanos en ese país que están a favor de la legalización del matrimonio para homosexuales y lesbianas, el 77% votó por Kerry y el 22% por Bush.
La inquietud por el terrorismo desde luego estuvo presente pero no parece haber influido demasiado en la definición del voto. 22% de los estadounidenses dicen estar “muy preocupados” por el terrorismo. Sin embargo la mayoría de ellos no votó por Bush sino, en un 56%, por Kerry.
La difusión pocos días antes de las elecciones del video en donde Osama Bin Laden amenaza a los Estados Unidos no parece haber tenido una influencia definitoria. Para el 56% de los estadounidenses esa grabación era “importante”, en tanto el 44% consideró que no tenía importancia. Entre los primeros, el voto se dividió mitad y mitad para cada uno de los principales candidatos. Y entre aquellos que le restaban importancia el 56% votó por Bush. Es decir, el hecho de que el líder de Al Qaeda los amenazara no incrementó el voto a favor del candidato republicano.
Aborto y dólares
En cambio el aborto sí fue un tema con fuerte influencia en la elección presidencial. En casi todos los estados en donde estaba a votación el derecho de las mujeres a abortar, los sufragios para Kerry fueron considerablemente menores.
Entre el 21% de los estadounidenses que considera que el aborto debería ser legal en todas las circunstancias el 73% votó por Kerry. Entre el 34% que considera que podría ser legal en algunos casos el 61% respaldó al senador demócrata. Pero del 44% de los ciudadanos que consideran que ese recurso debe ser ilegal alrededor del 75% apoyaron a Bush.
Ese fue uno de los asuntos que movilizó, en contra, a más grupos ciudadanos que aportaron tiempo y sobre todo recursos financieros para influir en las campañas. El Centro para una Política Responsable estimaba el miércoles pasado, apenas transcurridas las votaciones, que el auténtico gran ganador de los comicios había sido el dinero.
De acuerdo con esa institución, el 96% de las competencias para llegar a la Cámara de Representantes y el 91% de las elecciones para el Senado fueron ganados por los candidatos que gastaron más dinero.
Lo mismo sucedió en la carrera por la Casa Blanca. Bush gastó 306.3 millones de dólares, según datos todavía provisionales que no incluyen las cantidades que gastaron directamente los partidos políticos y los grupos de respaldo a campañas y candidatos. En contraste, el costo directo de la campaña de Kerry fue de 241.7 millones de dólares.
No se puede asegurar que el dinero haya sido el factor determinante de las elecciones del martes pasado en la Unión Americana. Pero algo tuvo que ver en los resultados.
Con ese dinero y especialmente gracias a la intervención de organizaciones interesadas en atribuir o subrayar defectos de los candidatos, a los estadounidenses se les sometió a una contienda de estridencias y vituperios. La construcción de un estado de estremecimiento fue, por parte de ambos bandos, la constante de las recientes campañas.
Con razón, el analista E.J. Dionne –autor del libro Por qué los americanos odian la política– escribía el viernes pasado en The Washington Post:
“Seamos honestos. Estamos pasmados por el éxito de una campaña basada en crueles ataques personales, la explotación de fuertes sentimientos religiosos y un esfuerzo para crear la apariencia de liderazgo exitoso que habría enorgullecido a Hollywood. Estamos alarmados de que muchos de nuestros conciudadanos pudieran ver la otra vía y no encontraran a Bush responsable de suma incompetencia en Irak y por decir falsedades en defensa de la guerra. Estamos sorprendidos de que una mayoría no se haya preocupado por el crecimiento de una enorme deuda que pesará sobre nuestros niños solo para darles grandes reducciones de impuestos a los ricos”.
Las soccer moms
En ese panorama, los medios de comunicación propagaron, reprodujeron y magnificaron las posiciones de la coalición que respaldaba a Bush. Los principales diarios de la Unión Americana habían expresado su simpatía por Kerry. La CBS llegó a difundir reportajes que develaban inconsecuencias del presidente como aquella fallida pieza sobre la manera como hace tres décadas consiguió que no lo enviaran a Vietnam. Pero quizá por esa polarización, en el trecho final de las campañas algunos de los medios más importantes dejaron de difundir material periodístico que comprometiera al presidente.
Unos días antes de las elecciones –de acuerdo con el grupo de escrutinio mediático fair.org– The New York Times decidió no publicar las evidencias que tenía sobre el aparato que Bush llevaba oculto en la espalda en uno de sus debates con Kerry y que la oficina de prensa del candidato republicano insistió en que era simplemente una arruga en el traje.
El candidato republicano se apoyó, fundamentalmente, en una combinación de intereses corporativos con el conservadurismo que se mantiene en amplios segmentos de la sociedad estadounidense. Pero el empujón final, que acabaría por darle el triunfo debido a la marcada polarización de los votos, se los debe a las mujeres de clase media que trabajan y atienden a su familia, así como a los hispanos.
Las soccer moms, como desde hace algunos años se le denomina a esa porción del electorado integrado por mujeres que además de ir a una oficina recogen a los niños en la escuela y los llevan a los partidos de futbol, habían sido identificadas como un grupo influyente y definitorio. A convencerlas, se dirigieron algunos de los esfuerzos más insistentes tanto de Kerry como de Bush. Todo parece indicar que finalmente, entre esas ciudadanas prevalecieron los valores que representa el presidente republicano por encima de la aventura que para muchos significaba un nuevo liderazgo en ese país.
Aparentemente, entre esas votantes fue significativo el hecho de que el candidato demócrata apoyase el matrimonio entre personas del mismo sexo. Muchas de ellas están de acuerdo en que los homosexuales tengan relaciones de pareja reconocidas por la ley. Pero no quieren tener que explicarle a sus hijos el significado de ese derecho.
Otras, aunque no estaban primordialmente inquietas por el terrorismo, consideran que con Bush el país en el que viven y vivirán sus hijos está más seguro que con otro dirigente. El ex presidente Bill Clinton lo explicó gráficamente hace un par de días: la mayoría de los estadounidenses consideró que no era necesario cambiar de jinete a estas alturas del combate al terrorismo.
“Culpa de los mexicanos”
Un importante grupo de electores de origen hispano –la mayoría de ascendencia mexicana– compartió algunas de esas convicciones. Con ironía y haciendo una comparación entre el retroceso que para muchos ha experimentado la vida pública en Estados Unidos con la situación política mexicana, el comentarista Jorge Mújica Murias dijo hace un par de días en el acreditado semanario La Raza –que tiene gran influencia entre los mexicanos que radican en Chicago– que el resultado electoral no se debía esencialmente al conservadurismo en ese país:
“a la mejor la culpa no es de ninguno de todos los anteriores, sino del que sigue: de los latinos que forman el famoso gigante dormido, y que no le negaron su voto al priísta George W. Bush. En Florida, donde uno de cada seis habitantes son latinos, Bush se llevó el 52 por ciento de los votos. En Texas, donde uno de cada tres son latinos, Bush arrasó con el 61 por ciento del voto. En Nuevo México, con su 42.1 por ciento de latinos y pese a tener un gobernador mexicoamericano que hasta fue rumoreado como posible candidato a la vicepresidencia, Bill Richardson, el 50 por ciento del voto se fue para Bush. Y Nevada, sede de Las Vegas y su creciente población latina, que hoy llega casi al 20 por ciento, le dio también uno de cada dos votos a Bush. Claro que quedan las dignas excepciones de Illinois, Nueva York, California, con sus respectivos 12, 15 y 30 por ciento de latinos, que se fueron mayoritariamente con Kerry. Cabe aquí recordar que casi el 70 por ciento de todos los latinos en Estados Unidos son mexicanos o de origen mexicano, así que la conclusión lógica es una y única: ¡la culpa es de los mexicanos!”.
Mújica remata sus consideraciones con cierta esperanza: “Claro que no faltará el ultraoptimista que diga que el gigante despertó y efectivamente eligió al presidente de Estados Unidos. Sin los latinos, Bush nunca hubiera sido presidente”. Ese articulista no lo dice, pero en otras publicaciones hechas por y para hispanos en Estados Unidos están apareciendo comentarios que sugieren que ahora Bush podría corresponder a ese voto designado en su gabinete a varios ciudadanos de origen latino.
Malo por conocido
Aun así, no queda del todo claro por qué los hispanos, y especialmente un numeroso grupo de ciudadanos de origen mexicano, habrían votado por Bush. Parte de ese sufragio se explica en la histórica cercanía que tienen el Partido Demócrata y los grupos sindicales que rechazan la contratación de trabajadores extranjeros. Pero sobre todo, parecen haber influido el atemorizamiento inducido por la propaganda estridente y el deseo de estabilidad de esos ciudadanos.
Varios elementos para esa explicación los ofreció el comentarista Jaime Olivares en La Opinión de Los Ángeles, el diario más importante en la prensa hispana en Estados Unidos: “la gran mayoría de los latinos se opone a la guerra, apoya la legalización de los indocumentados y anhela tener cobertura de salud para ellos y sus familias, así como más oportunidades de educación y acceso a vivienda propia. Lamentablemente, todas estas aspiraciones se han visto frustradas en los primeros cuatro años de Bush”.
Añade Olivares: “Pero una gran cantidad de votantes latinos parecieron no prestar mucha atención a lo que Bush hizo o dejó de hacer durante su desempeño en la Casa Blanca. Cayeron en la trampa de la campaña del miedo. Terminaron creyendo que Bush era el único capaz de ganar la guerra contra el terrorismo y evitar que este país fuera atacado otra vez por las huestes de Al Qaeda. Como dice el proverbio español, prefirieron ‘al diablo conocido, que al santo por conocer’. Kerry no logró convencerlos de que era suficientemente fuerte como para enfrentar al terrorismo y tampoco de que tenía una agenda mejor para los hispanos”.
Nuevas restricciones
El pronóstico, en todo caso, no encuentra asideros significativos para ser halagüeño. Si Bush, sabiendo que había sido electo sin la mayoría de los votos en 2000, sostuvo durante tres años una política de prepotencia y amedrentamiento dentro y fuera de su país, no hay que tener mucha imaginación ni ser catastrofista para prever un endurecimiento de esas actitudes.
No solo en el terreno militar, sino en campos como la política económica, la salud pública, los derechos humanos y desde luego los asuntos migratorios, el reelecto presidente tiene hoy la posibilidad de un manejo más discrecional –y posiblemente abusivo– que antes.
James Ridgeway, conocido comentarista político de The Village Voice, se ocupaba ayer de una sola de esas consecuencias. “Cuando Bush dice ‘he ganado capital en esta elección y estoy listo para gastarlo para lo que la gente dice que tengo que gastarlo’, no se está refiriendo a modernizar los impuestos y la seguridad social. Es hora de retribuirles a los conservadores que le dieron votos vitales para ganar la elección y entonces ir a proclamar el éxito de su gestión. Ellos quieren cambios culturales –que el mismo Bush llama ‘cultura de vida’– y que comienzan con el papel de las mujeres en la sociedad. La administración ya ha pretendido limitar el acceso de las mujeres al aborto y la anticoncepción alrededor del mundo y cortar fondos para los servicios de salud reproductiva destinados a las mujeres”.
“Ahora –considera Ridgeway– es tiempo para más”. Y entre las medidas que le parece que serán impulsadas ahora están “promover leyes y regulaciones federales que usen el término ‘niños no nacidos’ para referirse al feto, abriendo la posibilidad de cargos por asesinato contra los médicos y sus ayudantes involucrados en abortos, así como a las mujeres que los tengan”; prohibir que las adolescentes que quieren abortar viajen de un estado a otro en busca de condiciones legales propicias, “establecer nuevas restricciones para financiar abortos en casos de incesto, violación y cuando la vida de la mujer está en riesgo”.
Emigrar a Canadá
Cierto o no, el empeoramiento de la situación en ese país respecto de los derechos humanos y el autoritarismo que se podría exacerbar en el ejercicio del gobierno está preocupando tanto a algunos estadounidenses que hay quienes consideran la posibilidad de cambiar de país.
Al día siguiente de las elecciones, el sitio en Internet de los servicios de inmigración de Canadá –que ofrece detalladas indicaciones para la gente que quiere radicar en esa nación– tuvo 179 mil visitantes, seis veces más la cantidad habitual de accesos, casi todos originados en Estados Unidos.
Quizá no sea mas que una reacción emocional y momentánea, pero entre los grupos de oposición a Bush hay preocupación por los simpatizantes que podrían perder en caso de una emigración masiva. Sarah Anderson, miembro del Institute for Police Studies en Washington acaba de escribir, para el sitio CommonDreams.Org, “10 razones para no irse a Canadá”. Entre ellas se encuentra la necesidad de que las protestas que se han producido en todo el mundo contra la guerra y las políticas de Bush tengan un asidero sólido en Estados Unidos. “La fortaleza de los movimientos sociales puede ser más importante que quienquiera que esté en la Casa Blanca” dice, con apasionante voluntarismo, la señorita Anderson. Y además, recuerda, ahora con buen humor, sus compatriotas que quieren emigrar deben tomar en cuenta que en enero la temperatura promedio en Ottawa es de menos 12 grados centígrados.
Prudencia o disparates
La otra posibilidad es que Bush, respaldado en el voto del martes, sin necesidad de recabar adhesiones para una reelección que ya no puede buscar y pensando más en el sitio que alcanzará en la historia que en las presiones de los grupos de interés, entendiera el papel que puede tener en la reunificación de la sociedad estadounidense y en la construcción de un futuro con menos incertidumbres para su país y el mundo entero.
Esa es la perspectiva que, con forzado optimismo, sostiene el cineasta Michael Moore, uno de los más notorios y empecinados adversarios de la reelección de Bush, en un texto que colocó el viernes en su sitio en Internet:
“Si Bush decide presentarse a trabajar y llevar a este país cuesta abajo por un camino muy oscuro, ocurriría cualquiera de estos dos escenarios: a) ahora que ya no tiene necesidad de alcahuetear otra vez a los cristianos conservadores para ser electo, alguien podría susurrarle que debería gastar estos últimos cuatro años construyendo un ‘legado’ para que la historia tenga un veredicto amable acerca de él y entonces no impulsará una agenda de derecha demasiado agresiva; o b) se volverá tan engreído y altanero –y, entonces, imprudente– que cometerá un disparate de proporciones tan grandes que hasta su propio partido tendrá que removerlo del cargo”.
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Tan cerca, tan lejos - Migración
La Crónica, febrero 23 de 2003
Fatalidad geográfica e histórica, nuestra vecindad con Estados Unidos es constante motivo de oportunidades y desencuentros. Así ha sido durante más de siglo y medio. Así ocurrirá siempre. Estamos cerca y lejos, no como en la película de Win Wenders acerca de la presencia de los ángeles entre los humanos sino en una nada celestial proximidad que lo mismo fortalece, que amenaza. Esa relación pocas veces ha sido descrita con tanta puntualidad como en la frase frecuentemente atribuida a Porfirio Díaz: “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.
La seducción estadounidense atrae cada año a casi un millón de mexicanos que se van a buscar trabajo, temporal o fijo, ante la escasez que viven en nuestro país. Nuestras carencias, exacerbadas por una disímil distribución del ingreso y los recursos, en ocasiones llevan a cruzar la frontera a mexicanos que pretenden algo más que empleo. Ese fue el dramático e indignante caso de doña Magdalena Santillán, la madre de la joven Jesica, cuyo vía crucis ha sido conocido en estos días.
Jesica Santillán
Desesperada porque a su hija, lesionada del corazón desde pequeña, no la atendían los servicios de salud en su natal Jalisco, a comienzos de 1999 la señora Santillán resolvió buscar ayuda médica en Estados Unidos. Allá, en Carolina del Norte, vive una hermana suya a cuyo amparo quiso acogerse para encontrar la solución al padecimiento de su niña, que tenía 13 años.
La señora Santillán vendió muebles y casa, llevó consigo a su marido, a sus otros dos hijos y desde luego a Jesica. Viajaron hasta Sonora y allí quisieron cruzar la frontera. En tres ocasiones la Patrulla Fronteriza los deportó. En una de ellas, un grupo de “cholos” les robó los ahorros que llevaban para pagar la hospitalización de la muchacha.
Una vez que lograron internarse, como ilegales, los Santillán tuvieron la fortuna de encontrar a Mack Mahoney, un estadounidense que se interesó en la muchacha al parecer porque un hijo suyo había muerto de una cardiomiopatía restrictiva, el padecimiento que tenía Jesica y que solo podía resolverse con un trasplante de corazón.
Mahoney, constructor de casas, creó una fundación para la cual consiguió el apoyo de colegas suyos, de organismos no gubernamentales y de importantes personajes de la política estadounidense. La extradición a la que tendrían que haber sido sometidos Jesica y su familia quedó suspendida para que la joven pudiera recibir atención médica.
Parecía que la historia tendría final feliz cuando, el 7 de febrero pasado la joven, ya de 17 años, recibió un trasplante de corazón y pulmones en el Hospital de la Universidad de Duke. Sin embargo, como ha sido ampliamente difundido, aquellos órganos eran de un donante con un tipo de sangre distinto al de Jesica.
Inexcusable error
Ese error no tenía por qué haber ocurrido. Se trata de una negligencia administrativa que pudo haber sido evitada con una atención mínima y que los controles hospitalarios hacen obligatoria.
Quizá esa equivocación habría afectado a cualquier paciente en tales condiciones. Pero a quien perjudicó fue a la muchacha de origen mexicano, cuya hospitalización había sido resultado de una intensa campaña en Carolina del Norte, cuya permanencia en Estados Unidos era consecuencia de un largo esfuerzo de sus familiares y de ella misma y a la cual la equivocación del hospital, en vez de salvarle la vida, comenzó a quitársela más rápido que la enfermedad que ya la consumía.
Un nuevo trasplante para sustituir los órganos inadecuados, realizado la madrugada del jueves 20, animó las esperanzas sobre la suerte de Jesica. Pero al parecer el daño cerebral que sufrió durante las dos semanas que tuvo los órganos con un tipo de sangre distinto al suyo, es irreversible.
Ayer sábado la madre de Jesica buscaba una opinión médica adicional a la de los especialistas del Hospital de Duke antes de decidir si autorizaba la desconexión del equipo que la mantenía con vida.
Desidia del IMSS
Injustificable la negligencia en el hospital estadounidense en donde fue atendida, también lo han sido los motivos por los cuales doña Magdalena Santillán tuvo que llevarse del país a su hijita. Después de meses o años de insistencia, en la clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social en Tamazula, Jalisco, le dijeron que ya no podían atender a Jesica.
Seguramente los recursos hospitalarios en una clínica local no permiten el tratamiento de padecimientos sofisticados como el que aquejaba a la muchacha. Pero en vez de procurarle atención en otras instalaciones entre las muchas y según se asegura muy bien equipadas que tiene el IMSS, en aquella clínica condenaron a Jesica y su familia a la desesperanza.
Con explicable reproche, doña Magdalena declaró hacia la mitad de esta semana: “En este momento estamos más agradecidos con las autoridades de Estados Unidos que con las de México porque allá, en Tamazula, en la clínica 15 del IMSS se negaron a atender a nuestra hija”. (Crónica, nota de Alejandro Sánchez, Carlos Jiménez y Darío Dávila, el jueves 20 de febrero).
Esa tenaz y adolorida madre tiene toda la razón. El sufrimiento de Jesica Santillán y su familia ha sido conmovedor. El error que llevó a la joven de la ilusión en la vida a la agonía, es inexcusable. Pero también lo es la incompetencia de los servicios médicos mexicanos, en este caso del Seguro Social, cuya desidia condujo a doña Magdalena a cruzar tres veces, de manera ilegal, la frontera hacia Estados Unidos.
Amigos e intereses
Nuestra vecindad inevitable y contradictoria con ese país ha sido parte, en estos días, de la presión del gobierno de Washington para que México apoye la guerra contra Irak.
La administración de Mr. George W. Bush lo ha dicho de distintas maneras. Sus recursos para persuadir al gobierno del presidente Vicente Fox han variado desde el recuerdo de la vieja amistad y los propósitos comunes, hasta el infructuoso envío del presidente español José María Aznar y advertencias como la que antier hizo el Cholula el embajador Anthony Garza.
“En los tiempos de bonanza todos tus amigos saben quién eres, en los de adversidad tú sabes quiénes son tus amigos”, subrayó el embajador. Se le podría replicar que en los tiempos difíciles, tanto como en los de bonanza, Estados Unidos no siempre se ha comportado como amigo de México. Se le podría recordar que independientemente del voto de nuestro país en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tendremos que seguir siendo vecinos, con una frontera enorme, un comercio inevitable y con el mayor flujo migratorio que hay en todo el mundo.
Garza y su gobierno lo saben. Quizá por ello el embajador dice que a México no le piden favores sino que “actúe sobre la base de sus propios intereses y responsabilidades”.
Eso es precisamente lo que nuestro gobierno tiene que hacer. Eso es lo que la sociedad espera que haga el presidente Fox.
Para ello, será preciso distinguir entre las tentaciones del interés coyuntural y la necesidad que impone el interés histórico, nacional y político de nuestro país.
La opinión prevaleciente entre los mexicanos sugiere que por muy intensa que sea la presión estadounidense para hacernos cómplices de la guerra, nuestro gobierno sepa resistir a ella. Sin embargo hay voces que sugieren que, en aras del realismo, apoyemos el interés de los Estados Unidos en este conflicto.
Inevitable intercambio
Se dice que las consecuencias que puede tener cualquier otra actitud serían enormemente costosas para México. Se acude, para ello, a las cifras enormes del comercio entre ambos países, a la situación de nuestros compatriotas en aquella nación o a la posibilidad de que en todos los flancos Estados Unidos vuelva más rígida su actitud hacia México si el gobierno del presidente Fox no le otorga el voto en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Indudablemente la capacidad de amago y coerción del gobierno estadounidense sobre nuestro país, puede ser considerable. Pero por muy enconadas que lleguen a ser las relaciones entre ambos gobiernos, en la mayor parte de los campos en los que tenemos intereses comunes existen procesos tan naturales e inevitables que sería prácticamente imposible cancelarlos o suspenderlos.
Por mucho que sea el disgusto estadounidense, el comercio entre ambos países tendría que continuar. Gracias a la existencia del Tratado de Libre Comercio hay flujos, reglas, condiciones e incluso sanciones previstas y que tienen que cumplirse con o sin la benevolencia de cualquiera de los dos gobiernos.
Por muy severa que quiera ser la reacción de Washington ante una actitud mexicana que no se allane a sus intereses belicistas, en aquel país seguirán requiriendo la mano de obra que aportan millones de compatriotas nuestros.
Vecinos y responsabilidades
Y en el plano de las responsabilidades que también menciona Mr. Garza, nuestro gobierno y la sociedad mexicana habrán de mantener mucha claridad sobre sus obligaciones con nuestro país y con el mundo. Sujetarse a las decisiones estadounidenses para provocar la guerra no sería congruente con tales intereses. Allí es en donde se encuentra el asunto de fondo que tendría que seguir animando a la posición mexicana en este conflicto.
México no quiere la guerra. Pero además a nuestro país no le conviene una guerra. Las consecuencias que un conflicto como el que la Casa Blanca está planteando terminarían por ser perjudiciales para nuestra economía y, desde luego, lo serían de inmediato para la vida de miles de personas en la zona en donde se pretende detonar la escalada belicista.
Ceder al capricho guerrista de Mr. Bush implicaría darle carta blanca no solo para agredir a Irak con el pretexto de derrocar a Sadam Husein sino para, en cualquier otro momento, emprender acciones similares en cualquier sitio del mundo.
Eso no significa que México respalde al terrorismo. A los autores de barbaries como la del 11 de septiembre de 2001 es preciso perseguirlos y desmantelar las redes que puedan tener. Pero el gobierno de Estados Unidos no ha probado que los responsables de aquellos atentados estén escondiéndose tras la protección de Husein.
Abogar por la paz tampoco implica que se defienda al dictador que gobierna en Irak. Pero a la sociedad que ha vivido bajo ese despotismo difícilmente se la reivindicará si, para derrocar al autoritario Husein, les envían varias docenas de misiles a destruir Bagdad.
Impúdico pragmatismo
Hay quienes recomiendan, con aparente pragmatismo, que nuestro gobierno tenga una posición flexible y que, de ser posible, busque sacar ventaja de este conflicto.
¿Qué tal, sugieren, si a cambio del voto mexicano en la ONU comprometemos a Estados Unidos a establecer el acuerdo migratorio que con tanto interés ha buscado nuestro país?
¿Qué es, insisten, un voto a cambio de facilidades para tantos compatriotas nuestros?
Se trataría, en otros términos, de apoyar el asesinato de miles a cambio de condiciones favorables para los mexicanos.
Ceder a tentaciones como esa implicaría una indignidad de la que estaríamos avergonzados durante generaciones enteras. El presidente Fox sería recordado como una suerte de Santa Anna del siglo 21. Si aquel personaje vendió la mitad del país, ahora se habría puesto en subasta el respeto en nosotros mismos.
Habría que mirar al ejemplo turco. Sabido el interés del Pentágono para que las aeronaves miliares estadounidenses puedan hacer escala en Turquía en su ruta guerrera hacia Irak, el gobierno de ese país dijo que autorizaría esos aterrizajes a cambio de dinero. Entonces comenzó un obsceno y nada discreto regateo.
Los turcos querían 30 mil millones de dólares por permitir que los aviones militares estadounidenses aterricen en su territorio. Washington ofreció la décima parte de esa cantidad. Finalmente, según decían ayer algunas fuentes en Ankara, se acordó un pago por 5 mil millones de dólares y préstamos por otros 10 mil millones. Todos contentos. Turquía tendrá más dólares, las tropas estadounidenses dispondrán a su antojo de la geografía de ese país y el mundo contempla ese desfachatado mercadeo de las definiciones geopolíticas.
El pueblo estadounidense
En esa situación quedaría México si vendiera su voto en la ONU. Pero más allá de los principios, que ya sabemos cuán distantes llegan a estar del eje de la vida pública, habría que considerar si el gobierno de Estados Unidos es digno de confianza para un trato de esa índole.
El gobierno de Mr. Bush se está proponiendo quebrantar la legalidad internacional con la que su país se ha comprometido (y que, antes, varios de sus predecesores ya han incumplido). Ahora insiste en recabar la aquiescencia del Consejo de Seguridad de la ONU para desatar hostilidades militares contra Irak pero también ha dejado saber que si esa votación no le resulta propicia, de todos modos emprenderá la invasión. ¿Qué confianza se puede tener en un gobierno que toma tan atrabiliarias decisiones?
Al contrario, si México ratifica su posición en contra de la guerra se mantendrá al lado del flanco racional y comprometido con la legalidad que aun hay el escenario internacional. Quizá, de momento, una posición de esa naturaleza no nos traiga muchos dólares, pero es discutible que nos haga perder demasiados. A cambio de ella, conservaremos una postura sensata y respetable como las que, históricamente, nos han permitido exigir el cumplimiento de esa legalidad internacional en nuestras relaciones con Estados Unidos y el resto del mundo.
Votar contra los designios de Mr. Bush no sería votar contra el interés de Estados Unidos. A pesar de la subordinación de los grandes medios y de la histeria que el gobierno estadounidense ha querido mantener para que sus proyectos bélicos mantengan consenso en esa sociedad se advierten, cada vez más, razonados rechazos a la guerra contra Irak.
Con una posición como la que hasta ahora ha definido el gobierno del presidente Fox, nuestro país quizá no gane el aplauso de la Casa Blanca. Pero México se mantendrá al lado de los mejores hombres y mujeres de los Estados Unidos que, hoy por hoy, rechazan la guerra con tanto énfasis como muchísimos otros ciudadanos en otras naciones.
Cerca en el intercambio que enriquece social y culturalmente, lejos de las ambiciones de dominación que manifiesta su actual gobierno, México no se apartará de Estados Unidos por el hecho de votar contra la guerra. Millares de mexicanos seguirán buscando acomodo en el mercado laboral de aquel país e incluso algunos de ellos padecerán vicisitudes como las que primero dieron esperanza y después se la quitaron a la batalladora joven mexicana Jesica Santillán.
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Manifiesto desde América Latina
La Crónica, mayo 9 de 2003
Preocupados por el clima de persecución que se ha desatado en Estados Unidos contra las opiniones críticas a la reciente guerra, tres docenas de investigadores y escritores latinoamericanos mantuvieron durante las semanas recientes un intercambio de opiniones del cual ha sido resultado el documento que reproducimos a continuación.
Promovido por la profesora Rossana Reguillo del ITESO, de Guadalajara, el manifiesto fue enriquecido con propuestas de muchos de los firmantes. El día de hoy se da a conocer en cada uno de los países en donde radican quienes lo suscriben.
Este es el texto:
“Diversos acontecimientos posteriores a las atroces acciones terroristas del 11 de septiembre y, de manera especial, el clima mundial que se vive a raíz de la guerra intervencionista en Irak, han puesto en evidencia procesos estructurales amenazantes. Vemos con preocupación que avanza en el mundo una política autoritaria que no acepta la crítica ni la disidencia y que se abroga el derecho de construir y decretar la inviabilidad de naciones y grupos de personas apelando a la seguridad y haciendo caso omiso de las instancias supranacionales y multilaterales.
“A su vez, profesores, periodistas, y defensores de los derechos humanos en los Estados Unidos de América han visto amenazado su derecho a la disidencia en un clima persecutorio contra todas aquellas expresiones consideradas ‘antiamericanas’. En América Latina, se acrecienta la persecución contra los movimientos sociales y se constata el desmantelamiento de las instituciones y espacios para el ejercicio del pensamiento crítico.
“Dejar pasar la intolerancia, admitir que aun en ámbitos supuestamente democráticos más y más personas sean molestadas por sus opiniones y permanecer silenciosos frente al crecimiento de un ‘pensamiento único’ que no admite crítica ni contestación aumenta el riesgo de un retroceso histórico que vuelva a esclavizar al pensamiento y ate a los intelectuales al poder. En América Latina hemos experimentado en carne propia las consecuencias de poderes dictatoriales y soberbios, cuya consigna ha sido desmantelar cualquier vestigio de crítica interna y la fabricación de enemigos ‘domésticos’ para justificar sus excesos y su carencia de legitimidad, y no queremos que se repitan.
“Frente a esta realidad, juntos, mujeres y hombres, intelectuales, periodistas y trabajadores de la cultura de América Latina condenamos un avance militar que no ha respetado ni vidas ni patrimonios culturales, y conformamos hoy un colectivo que manifiesta:
“a) Nuestro compromiso con la sociedad para permanecer atentos y hacer visibles los actos represivos contra aquellos que en el ejercicio de su derecho al pensamiento libre, sean amenazados y perseguidos. En particular, unir esfuerzos para que nadie sea perseguido por haberse opuesto o haber denunciado esta guerra escandalosa.
“b) Nuestra decisión de continuar con el ejercicio cotidiano del pensamiento crítico en las aulas, en las publicaciones, en los foros en que participamos y en los medios electrónicos, proveyendo insumos reflexivos para el ejercicio de una ciudadanía comprometida.
“c) Nuestra iniciativa de convocar a las instituciones académicas del continente para revisar y replantear las agendas de investigación en vistas de las nuevas urgencias. Convocar también a la comunidad académica para que asumamos decididamente la tarea de promoción y defensa del pensamiento libre y responsable y del patrimonio tangible e intangible de nuestras sociedades y del mundo”.
Los firmantes de este “Manifiesto desde América Latina” son Hugo Achugar (Uruguay), Rosa María Alfaro (Perú), Jorge Alonso (México), Silvia Alvarez Curbelo (Puerto Rico), Mirta Antonelli (Argentina), Benjamín Arditi (Paraguay), Claudia Briones (Argentina), Nicolás Casullo (Argentina), Eliseo Colón Zayas (Puerto Rico), Evelina Dagnino (Brasil), Silvia Delfino (Argentina), Ticio Escobar (Paraguay), Anibal Ford (Argentina), Néstor García Canclini (México), Marcial Godoy Anativia (Chile), Mercedes González de la Rocha (México), Alejandro Grimson (Argentina) y Martín Hopenhayn (Chile).
También lo suscriben Elizabeth Jelin (Argentina), Norbert Lechner (Chile), Jesús Martín Barbero (Colombia), Marita Mata (Argentina),
Daniel Mato (Venezuela), Nora Mazzioti (Argentina), Carlos Monsiváis (México), Guillermo Orozco Gómez (México), Renato Ortiz (Brasil), Carlos Ossa (Chile), Antonio Pasquali (Venezuela), Rossana Reguillo (México), Germán Rey (Colombia), Nelly Richard (Chile), Muniz Sodré (Brasil), Raúl Trejo Delarbre (México), José Manuel Valenzuela (México) y George Yudice (Estados Unidos).
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Ludlow, 1914
La Crónica de Hoy, 29 de junio de 2003
Esta mañana, igual que cada último domingo de junio –e igual que cada año desde hace 89– habrá una ceremonia en Ludlow, Colorado. Allí se recordará la masacre ocurrida en abril de 1914 cuando varios mineros y sus familias, entre ellos algunos mexicanos, fueron asesinados en el campamento en donde mantenían una huelga por mejores condiciones de trabajo.
Esta vez la ceremonia en Ludlow será distinta. Además del recuerdo de aquella huelga que se encuentra entre las más importantes en la historia del sindicalismo en Estados Unidos, ahora el homenaje a los mártires de 1914 estará teñido por una dosis adicional de irritación y molestia. Hace varias semanas el monumento construido en Ludlow para honrar a aquellas víctimas fue atacado por vándalos que decapitaron a sus dos figuras principales –un minero y una mujer que carga a su hijo–.
La destrucción de esas efigies puede ser entendida como parte del clima de intolerancia y xenofobia que se ha extendido en significativos sectores de la sociedad estadounidense. A la matanza que acabó con la huelga en Ludlow siempre se la ha reconocido no solo como un episodio de agresión contra los derechos sindicales sino, además, como ejemplo de la concurrencia de trabajadores de distintos orígenes nacionales que luchan juntos por las mismas reivindicaciones.
Rockefeller y Cananea
Ludlow se encuentra a 3 horas al sur de Denver y a unos 20 kilómetros al norte de Trinidad, en el estado de Colorado. La huelga de mineros del carbón que tuvo lugar allí hace nueve décadas contra la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado sigue siendo recordada por la valentía de aquellos trabajadores y la crueldad de quienes los reprimieron.
Aquella empresa, propiedad de John D. Rockefeller, les pagaba a los mineros menos de 1.70 dólares al día. Ese salario lo tenían que gastar en las tiendas de la Compañía que además controlaba la vida social y política en la región. Escuelas, bibliotecas, servicios religiosos y fuerzas de seguridad, eran manejados por empleados de aquel magnate neoyorquino que hizo su principal fortuna con la explotación del petróleo.
Tales condiciones decidieron a los casi 10 mil trabajadores mineros del sur de Colorado a adherirse al sindicato Mineros Unidos de America (United Mine Workers of America) y luego, en septiembre de 1913, a iniciar la huelga. Muchos de ellos eran trabajadores griegos, italianos, eslavos y mexicanos.
En contraste con la forzosa hegemonía que ejercían los intereses y las instituciones de Rockefeller, la huelga proponía una vida diferente en esa región de Colorado. Los mineros demandaban reconocimiento a su sindicato y derecho a designar a sus representantes sin interferencia de la Compañía, aumento salarial del 10%, jornada laboral de 8 horas, derecho a comprar en las tiendas de su preferencia así como a rentar viviendas y hacerse atender por los médicos de su elección. También exigían la desaparición del sistema de guardias privados que tenía a su cargo la vigilancia en las minas.
Aquellas demandas no eran distintas a las que, por esas mismas fechas, levantaban diversos grupos de trabajadores mineros en México. Apenas unos cuantos años antes, en 1906, condiciones muy similares llevaron a la huelga a los mineros de Cananea, en Sonora.
En la represión a esa huelga en Cananea participaron dos centenares de rangers estadounidenses. Esa fue una de muchas circunstancias que identificaban a las luchas sindicales en México y Estados Unidos en aquella época.
Refugios subterráneos
La movilización de los mineros de Ludlow causó la ira de Rockefeller que no estaba dispuesto a que ese ejemplo se extendiera a otras de sus empresas. A instancias de la poderosa Compañía de Combustible y Hierro el gobernador de Colorado, Elias Ammons, envió a la Guardia Nacional para asegurar que las minas siguieran funcionando. Desalojados de las minas, los huelguistas y sus familias instalaron un campamento en las colinas cercanas y allí mantuvieron su protesta.
La milicia, apoyada por golpeadores y rompe huelgas de una compañía de detectives de Virginia, se esforzaba a diario para provocar a los mineros. No solo molestaban a sus familias. Con frecuencia hacían disparos contra sus tiendas de campaña y por la noche les arrojaban luces de bengala. Los mineros, rodeados por sus agresores, resistieron esas condiciones durante siete meses. Para protegerse de los frecuentes disparos cavaron refugios debajo de varias de las tiendas. Así se aseguraban de que sus esposas e hijos no fueran a ser alcanzados por alguna de aquellas balas.
La mañana del 20 de abril de 1914 los balazos dejaron de ser esporádicos. Miembros de la milicia de Colorado, guardias de la Compañía y golpeadores de la agencia de detectives dispararon con ametralladoras y rifles contra el campamento. Las tiendas de los mineros quedaron en llamas. Los rompe huelgas habían arrojado keroseno encima de ellas para que el incendio se propagase con más facilidad.
Las balas alcanzaron a tres huelguistas. Pero no fueron los disparos sino al miedo ante ellos lo que ocasionó la mayor cantidad de víctimas. Una docena de mujeres y niños –hay varias versiones acerca del número exacto– murieron asfixiados y quemados en uno de los escondites subterráneos. Se ha dicho que más tarde tres huelguistas, entre ellos Louis Tikas, uno de los dirigentes de la huelga, fueron aprehendidos y más tarde asesinados por miembros de la Guardia. Otra versión, que mencionamos más adelante, indicó que Tikas cayó muerto cuando intentaba ayudar a varias familias a escapar de las tiendas en llamas.
Relato de Mama Jones
La crueldad de aquel episodio y el sufrimiento de los mineros fueron relatados más tarde por Mary Harris, conocida como Mama Jones, uno de los personajes emblemáticos de los movimientos sociales estadounidenses en aquella época. En 1914 Jones, que se había dedicado a promover la organización sindical entre los trabajadores mineros, tenía 77 años y visitó Ludlow después de la matanza. En su autobiografía, publicada en 1925, escribe acerca de aquel 20 de abril:
“Temprano por la mañana varios soldados se aproximaron a la colonia con la exigencia para que Louis Tikas, el dirigente del campamento, les entregase a dos italianos. Tikas les requirió una orden judicial para ese arresto. No la había. Así que Tikas se negó a entregarlos. Los soldaron regresaron a su cuartel. Entonces dispararon una bomba como señal. Luego otra. Inmediatamente las ametralladoras comenzaron a rociar el frágil campamento, el único hogar que tenían las desventuradas familias de los mineros, acribillándola de balas. Como lluvia de hierro, las balas caían sobre hombres, mujeres y niños.
“Las mujeres y niños escaparon hacia las colinas. Otras, esperaron. Los hombres defendían sus viviendas con sus pistolas. El fuego continuó durante todo el día. Varios cayeron muertos. Las mujeres desfallecían. El pequeño niño Synder recibió un disparo en la cabeza cuando trataba de salvar a su gatito. Un niño que le llevaba agua a su madre moribunda fue asesinado.
“Para las cinco de la tarde los mineros no tenían comida, ni agua, ni municiones. Tenían que replegarse hacia las colinas con sus esposas y pequeños. Louis Tikas fue acribillado cuando trataba de poner a salvo a varias mujeres y niños. Perecieron junto con él.
“Llegó la noche. Un crudo viento bajaba de los cañones en donde hombres, mujeres y niños tiritaban y lloraban. Entonces un resplandor iluminó el cielo. Los soldados, ebrios de sangre y licor que habían hurtado de la cantina, prendieron fuego a las tiendas de Ludlow con antorchas mojadas en petróleo. Las tiendas, que eran el único mobiliario de aquellos pobres, las ropas y camastros de las familias de los mineros, fueron incendiadas. Alrededor del pozo, que era la única fuente de agua de los mineros, pusieron alambre de púas.
“Cuando todo había terminado, aquella miserable gente se arrastró para sepultar a sus muertos. En un refugio, bajo una de las tiendas quemadas fueron encontrados, irreconocibles, los cuerpos carbonizados de once pequeños niños y dos mujeres. Todo estaba en ruinas. Los resortes de los camastros se retorcían en el suelo como si ellos también quisieran escapar de aquel horror. El petróleo, el fuego y los rifles habían despojado de sus viviendas a hombres, mujeres y niños y habían masacrado a pequeños bebés y mujeres indefensas. Todo bajo las órdenes del teniente Linderfelt, un brutal y salvaje ejecutor de la voluntad de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado”.
Varios mexicanos muertos
Quizá más conmovedor que la intensa prosa de Mama Jones era la puntual descripción que ofrecía The Rocky Mountain News, un diario de aquella región el 23 de abril de 1914 en un reportaje en donde se leía:
“Entre los muertos estaba la familia de Charles Costa, organizador del sindicato en Aguilar, y estaba la familia de la señora Chávez, una mujer mexicana, incluyéndola a ella, dos niñas de 4 y 6 años, un bebé de 6 meses y un sobrino de 9.
“La familia de Costa lo incluía a él, a sus esposa y a dos niños, Lucy de 4 y Orafrio de 6.
“Bajo el montón de chatarra, al fondo del refugio de donde fueron recuperados esos cuerpos, también estaban los de los niños de la señora de Marcelino Perdrigon –Clardillo de 4 y Rogerio de 6– y los tres niños Petrucci, Lucy de 3 años, Joe de 4 y Frank de 6 meses.
“Los niños estaban tomados unos en brazos de otros y sobre ellos yacían los cuerpos de dos mujeres, ambos severamente quemados. Las dos mujeres iban a ser madres pronto”.
Sangrienta confrontación
Los mineros que desde lo lejos presenciaron el asesinato de sus familiares y compañeros trataron de tomar venganza. Durante alrededor de 10 días grupos de trabajadores armados incendiaron varias minas y atacaron campamentos de los rompe huelgas. Algunos autores indican que en el vecino estado de Wyoming, 5 mil mineros armados se preparaban para ir a Colorado a exigir reparación por el asesinato de las mujeres y los niños de Ludlow.
La intervención del Ejército, ordenada directamente por el presidente Woodrow Wilson, detuvo esa escalada de violencia. Décadas más tarde el ahora ex senador George McGovern, que en 1972 escribió un libro acerca de la masacre en Ludlow, diría que aquel episodio fue “la confrontación más sangrienta en la historia del sindicalismo estadounidense”.
“Peor que Huerta y Villa”
El asombro ante la crueldad de los acontecimientos en Ludlow fue patente desde aquellas fechas. El ya citado Rocky Mountain News, en un editorial titulado “La matanza de los inocentes” publicado el 22 de abril de 1914, comparaba la agresión contra los mineros con la brutalidad que ya en esos años distinguía a la guerra de revolución mexicana:
“Los detalles de la masacre son horribles. México no ofrece tal barbaridad ni comparación como el asesinato de mujeres y niños indefensos por parte de los guardias de las minas amparados por soldados. Como los blanqueados sepulcros con que alardeamos de la civilización americana con este infame hecho en nuestras propias puertas. Huerta asesinó a Madero, pero incluso Huerta jamás asesinó a un niño inocente que buscaba agua para su madre herida. Villa es un bárbaro, pero en su enloquecido exceso no ha disparado ametralladoras contra mujeres y niños prisioneros. ¿Qué criminales son capaces de tanta inhumanidad para quemar la tienda que cubre madres y pequeños bebés desamparados?
“De esta infamia hay algo que queda claro. Las ametralladoras causaron la masacre. Las ametralladoras estaban en las manos de los guardias de las minas, muchos de los cuales también eran miembros de la milicia del estado. Fue una guerra privada, con la fortuna de uno de los hombres más ricos del mundo respaldando a los guardias de las minas”.
Intolerancia ayer y hoy
En 1917 Mineros Unidos de América compró un terreno de 16 hectáreas en donde había estado el campamento de Ludlow. Allí fue construido el monumento que recuerda la huelga y la matanza de 1914. Se trata de una estela en donde se lee “En memoria de los hombres, mujeres y niños que perdieron la vida en favor de la libertad en Ludlow, Colorado, el 20 de abril de 1914. Erigido por la United Mine Workers of America”.
Al pie del monumento se encuentran las efigies de un minero y de una madre con su hijo y, a la vuelta, una placa con los nombres de 18 víctimas:
“Louis Tikas, 30 años; James Fyler, 43; John Bartolotti, 45; Charlie Costa, 31; Fedelina Costas, 27; Onafrio Costa, 6; Lucy Costa, 4; Frank Rubino, 23; Patria Valdez, 37; Eulalia Valdez, 8; Mary Valdez, 7; Elvira Valdez, 3 months; Joe Petrucci, 4 1/2; Lucy Petrucci, 2 1/2; Frank Petrucci, 6 months; William Snyder Jr., 11; Rodgerlo Pedregone, 6 y Cloriva Pedregone, 4”.
(Los nombres no siempre coinciden con los que ofrecían las fuentes hemerográficas de la época, quizá porque en algunos casos se mencionaban el apellido paterno o materno de las víctimas).
Ese es el monumento cuya parcial destrucción, el 7 de mayo pasado, ha ocasionado inquietud e indignación. Así como la masacre de hace 89 años implicó la muerte de varios mexicanos, el vandalismo contra el sitio que recuerda aquella inmolación tendría que causar preocupación también en México.
Estos no son tiempos sencillos para el ejercicio de las libertades en Estados Unidos. La agresión al monumento que inmortaliza los nombres de trabajadores de varios países y sus familiares que fueron asesinados cuando peleaban por sus derechos gremiales, forma parte de la intolerancia que afecta hoy a muchos migrantes ese país. Contra ella, y en reivindicación de tales derechos, sería saludable que a los trabajadores de Ludlow se les recordase también en los sindicatos mexicanos. Dentro de un año, cuando se cumplan 90 de aquella masacre, habrá una ocasión propicia para ello.
(Agradezco las sugerencias del doctor John Womack para la elaboración de este texto. Casi todas la información que aquí aparece fue obtenida en diversos sitios en Internet, entre muchos otros “Rebel Graphics” de Richard Myers: http://web.webaccess.net/~rtmyers/rg/ ; la autobiografía de Mother Jones en http://womenshistory.about.com y la colección de fotografías “Colorado Coal Field War Proyect”: http://www.cdpheritage.org/heritage/ludlow/cfphoto.html).
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Howard Fast
La Crónica, 16 de marzo de 2003
Repleta de tensiones la agenda nacional incluye la histórica decisión de la autoridad electoral para, no obstante amenazas y presiones del PRI, castigar la enorme falta de ese partido al hacerse de 500 millones de pesos de cuyo ingreso no informó al IFE. En un terreno completamente distinto, pero también relacionado con la justicia reconocible y plausible, el gobierno mexicano capturó al que quizá era el narcotraficante más buscado; se trata de un éxito de inteligencia militar y policiaca que no debería ser soslayado aunque no deje de llamar la atención el papel protagónico del Ejército Mexicano, incluso por encima de la potestad de la PGR en esos asuntos. En el campo de la competencia política, la renuncia de Francisco Barrio Terrazas a la Secretaría de la Contraloría le ofrece al PAN una gran oportunidad para llevar a la Cámara de Diputados a un político de honestidad y acuciosidad probadas. Y en todo el mundo se mantiene el clamor contra una guerra inminente y respecto de la cual el gobierno mexicano a ratos pareciera seguir teniendo dudas a pesar de la generalizada exigencia social y política para que rechace el belicismo de Washington.
Todo eso sucede y amerita ser incluido en la balanza de la crispada actividad pública de estos días. Pero esta semana murió uno de los escritores más importantes del siglo XX. Nunca ganó reconocimientos literarios especialmente simbólicos pero de sus libros se han vendido decenas de millones de ejemplares. Nunca buscó la complacencia política ni de sus colegas pero la energía de su extraordinariamente extensa obra ha deslumbrado a sus lectores durante más de medio siglo.
Howard Fast fue testigo, protagonista y en algún momento víctima de la intolerancia del poder. Pero esa experiencia no fue coartada para hacer más atractivas sus novelas. Fue parte del contexto, y de la figura, hace tiempo casi legendaria, de un autor admirado tanto para su capacidad para desmenuzar la condición humana como para buscar en la historia las vidas personales que siempre dan sustento a los grandes sucesos.
Bibliotecario y comunista
Hijo de un obrero siderúrgico Howard Melvin Fast, nació en Nueva York en 1914. Su madre murió antes de que él cumpliera diez años. Desde muy pequeño tuvo que trabajar e incluso, según se ha dicho, robar comida. Cuando encontró empleo en la Biblioteca Pública de Nueva York entró en contacto con el universo de los libros, que él mismo contribuyó a enriquecer con docenas de obras. A los 18 años escribió su primer volumen, Dos valles, acerca de un triángulo amoroso en Virginia a fines del siglo 18.
Durante la Segunda Guerra Mundial Fast trabajó en la Oficina de Información de Guerra en donde hacía guiones de radio. En esos años también escribió despachos sobre asuntos bélicos para revistas como Esquire. Poco después adhirió a movimientos antifascistas y en 1943 fue admitido en el Partido Comunista estadounidense. Mucho tiempo después explicaría que decidió participar en esa organización debido “a los deprimentes y mal pagados trabajos que tenía desde que a los 11 años, presionado por la necesidad de nuestra absoluta pobreza, tuve que trabajar como repartidor de periódicos”.
En el Partido Comunista Fast encontraría la manera de comprometerse de acuerdo con su sentido de la justicia y lo mismo que actitudes de abnegación hallaría inconsecuencias. Décadas más tarde recordó que, simplemente, “cuando me encontré al Partido Comunista me uní en compañía de los buenos”.
Durante más de doce años Fast escribe regularmente para The Daily Worker, el periódico de esa agrupación. A la par con su militancia comunista, se convertía en novelista conocido por su facilidad para narrar de manera directa, y habitualmente contundente, dilemas morales en los que se encontraban lo mismo la gente común personajes célebres de la historia estadounidense y mundial. En 1939 había aparecido su novela Concebidos en libertad, acerca de un grupo de soldados que enfrenta la hambruna durante la guerra de Independencia estadounidense. En los años cuarenta publicó una decena de obras, entre ellas El ciudadano Tom Paine (1943) acerca del luchador inglés que se volvió editor al lado de Benjamin Franklin y al año siguiente Caminos de libertad. En 1946 aparece Mis gloriosos hermanos, un hermoso relato de inspiración bíblica y actualidad perenne.
Retórica de los perseguidos
Cuando la persecución política contra los comunistas (o con pretexto de ellos, porque alcanzaba a muchos ciudadanos que nunca tuvieron esa militancia) se exacerbó en Estados Unidos, Fast radicalizó e hizo más actuales los temas de sus obras literarias. En 1947 había aparecido Clarckton acerca de una huelga en Massachussets. En 1951 se publica Peekskill, USA: una experiencia personal, que relata el acoso de golpeadores anticomunistas en un concierto de Paul Robeson, el cantante negro y de izquierda, en cuya organización Fast había participado dos años antes.
En 1953 aparece La pasión de Sacco y Vanzetti, una entrañable e intensa novela acerca de esos anarquistas italianos que fueron ejecutados en Massachussets en 1927 después de un juicio repleto de irregularidades. En 1954 publicaría Silas Timberman sobre un profesor acosado por el macartismo; dos años más tarde circula La historia de Lola Gregg, sobre de la persecución contra los activistas sindicales acusados de comunistas y en 1958 Moisés, príncipe de Egipto.
Para entonces la narrativa de Fast tenía a los perseguidos como tema central pero no desde un punto de vista consternado sino para entenderlos como víctimas de los abusos de un sistema político entrampado en sus más obtusos fundamentalismos. Él mismo era víctima de la intolerancia. Su militancia y la notoriedad que estaba alcanzando gracias a su trabajo literario lo colocaron en la mira del macartismo.
Víctima y relator de la inquisición
En 1950 Fast es convocado por el Comité sobre Actividades Antiamericanas del Congreso estadounidense. Él había sido miembro del Comité para los Refugiados Antifascistas y la campaña inquisitorial encabezada por el senador Joseph McCarthy lo identificó como una de sus primeras víctimas. En la década anterior el escritor había reunido donativos para un hospital destinado a los refugiados españoles en Toulousse, Francia. Los legisladores que buscaban rastros de simpatías por el comunismo querían que Fast les dijera quiénes habían cooperado para esa causa.
El 4 de abril de 1946 Howard Fast comparece en una audiencia en la Cámara de Representantes, en Washington. El presidente del Comité, John S. Wood, representante por Georgia, lo había requerido para que llevase toda la documentación que tuviera del Comité para los Refugiados Antifascistas. El diálogo, si es que se le puede llamar así, que sostuvo con ese congresista, resultó emblemático del absurdo acoso que la clase política estadounidense estaba desatando contra los ciudadanos de cuyas convicciones desconfiaba. Fast tomó de los registros de aquella comparecencia este fragmento y lo incluyó en su libro de memorias Being red (Houghton Mifflin, Boston, 1990)
“Presidente: Ahora, usted sabe qué ha traído con usted hasta aquí, ¿no es así? ¿Puede decirle a este Comité qué es lo que trae en sus bolsillos?
“Fast: Sí, si puedo.
“Presidente: ¿Ha traído los documentos que se le pidieron en el citatorio? ¿Están en sus bolsillos, o con usted aquí?
“Fast: Responderé a esa pregunta por…
“Presidente: No. No estoy interesado en que lea su declaración. Usted sabe si los ha traído o no los ha traído.
“Fast (leyendo): Señor Presidente, he recibido…
“Presidente (interrumpiendo): No. Ya le dije que no queremos escuchar una declaración por escrito. Ya tenemos la declaración aquí en la mesa, las copias que usted trajo para leer.
“Fast: Usted me hace una pregunta. Quiero responder a esa pregunta de esta manera.
“Presidente: Lo que queremos es que conteste sí o no. Esa es la manera sencilla de responder. ¿Los trajo con usted?
“Fast (leyendo): He recibido un citatorio requiriéndome para comparecer…
“Presidente (interrumpiendo): No le pregunté eso. Ya nos dijo que fue requerido con un citatorio.
“Fast: Tengo que responder la pregunta de esta manera.
“Mundt [Larl E. Mundt, congresista por Dakota del Sur]: Tiene que responder sí o no a la pregunta.
“Fast: Me están haciendo una pregunta y tengo el derecho de responderla como considere apropiado.
“Presidente: Puede responder a la pregunta y entonces hacer cualquier explicación que quiera. ¿Ha traído hasta aquí los libros y documentos?
“Fast; ¿Me van a permitir responder a la pregunta?
“Presidente: Sí. Conteste sí o no.
“Fast: Voy a responder a la pregunta…
“Presidente (interrumpiendo): No. No queremos que lea esa declaración. Queremos que responda a la pregunta. Usted es un hombre de por lo menos una inteligencia promedio. No se quiera andar con rodeos…”
Su negativa a proporcionar los registros de donativos para aquel hospital en Francia lleva a Fast a un largo proceso judicial. En los siguientes años pierde varias apelaciones hasta que, en 1950, el Comité acerca de las Actividades Antiamericanas lo condena a una prisión de tres meses. En la cárcel madura la idea de Espartaco, que sería la más célebre de sus obras en ese periodo, acerca de la rebelión de esclavos en la decadencia del Imperio Romano.
De Espartaco a Hollywood
Publicarlo, fue más difícil que escribir el libro. Fast se encontraba en la lista negra de autores a quienes estaba prohibido darles empleo. Varias editoriales, aunque reconocen su calidad, se niegan a conservar el manuscrito. Una de ellas le sugiere a Fast que lo publique él mismo y funda su propia editorial, Blue Heron Press.
La primera edición de Espartaco, aparecida en 1951 vende 48 mil ejemplares tan solo en tres meses. Años más tarde, en 1960, esa obra sería el punto de partida para la película que dirigió Stanley Kubrick, con Kirk Douglas en el papel central y un guión –en cuya elaboración Fast colaboró intensamente– de Dalton Trumbo.
Respaldado por ese éxito Fast intensifica su participación política y en 1952 compite para un sitio en el Congreso como candidato del Partido del Trabajo. Dos años más tarde recibe el Premio Lenin de la Paz por su obra literaria de indudables implicaciones políticas.
Sin embargo Fast no veía con optimismo a los gobiernos autoritarios y al sometimiento de la gente, en aras del destino revolucionario, que se experimentaba en la Unión Soviética. En 1957 renuncia al Partido Comunista estadounidense del cual hace un público deslinde en El dios desnudo. El escritor y el Partido Comunista. Se trata de una novela acerca de la ilusión de un joven que se adhiere al Partido y en vez de un espacio de lucha contra las injusticias encuentra en los dirigentes una dudosa calidad moral y política.
La relación de Fast con la industria del cine, que se afianzaría con la filmación de Espartaco, incluyó guiones como los que hizo para El hombre de en medio dirigida en 1964 por Guy Hamilton y estelarizada por Robert Mitchum y, en 1965, Mirage con Gregory Peck y dirigida por Edward Dmytryk. En 1979 Muhammed Ali protagonizó una película para televisión basada en Caminos de libertad, una célebre novela de Fast (aparecida en 1944) acerca de los abusos del Ku Klux Klan y la respuesta de los negros en Estados Unidos.
Los emigrantes y docenas más
Hacia los años setenta la temática de sus obras se había ampliado. Fast ya no solo retrataba el arrojo de los luchadores sino, también, las disyuntivas de quienes habiendo construido a la nación estadounidense llegaban a posiciones de significativa influencia económica y política. En 1977 aparece Los emigrantes, la primera de una saga de seis obras que constituye uno de los retratos más vigorosos que se han realizado de la historia de ese país. La historia de la familia Lavette que se asienta en el norte de California, prospera alrededor del cultivo de la vid y tiene ramificaciones que llegan a las cúpulas de la clase política, se desarrolla en Segunda generación, El establishment, El Legado y La hija del emigrante aparecidas entre 1978 y 1985. En 1997 se publicó Una mujer independiente, secuela de esa serie.
Otros temas de actualidad política llevaron a este extraordinario autor, siempre interesado en la denuncia de los abusos del poder pero sin caer en simplificaciones maniqueas, a ocuparse de los abusos estadounidenses en América Central (en La confesión de Joe Cullen, de 1989).
Las novelas de Fast suman docenas. Un recuento de ellas, junto con numerosos textos alusivos a la desbordada obra de ese autor, se encuentra en el sitio “Howard Fast” creado por Steve Trussel (http://www.trussel.com/f_how.htm) un homenaje en línea en donde se enumeran 46 novelas además de las de género policiaco.
Fast también incursionó, exitosamente, en la novela policiaca y, con relatos cortos, en la ciencia ficción. Con el seudónimo E.V. Cunningham que comenzó a utilizar para evadir las prohibiciones del macartismo y que mantuvo por varias décadas, publicó obras como las que integran la serie “Los asesinatos de Hollywood” en donde un detective de origen japonés investiga casos policiacos en la zona de Beverly Hills con un estilo que recuerda a Raymond Chandler. Fast escribió al menos 24 novelas policiacas y de misterio.
Para recordar a Fast
Nunca dejó de escribir. Entre novelas de distintos géneros, libros de ensayos y teatro, tal parece que sus libros suman 82.
En 1999 apareció Redención, una novela acerca de la relación entre un profesor de la Universidad de Columbia y la joven a la que encuentra a punto de suicidarse. Al siguiente año fue publicada Greenwich, sobre un funcionario del gobierno estadounidense que estuvo relacionado con el asesinato de tres monjas católicas en El Salvador.,
En 2001 apareció Bunker Hill, acerca de la sangrienta batalla que en 1775 libraron en Boston ingleses y americanos. Quizá esa haya sido su última novela, salvo que Fast tuviera alguna sorpresa reservada a sus lectores.
Hace cinco años en una entrevista para la radiodifusora Pacífica, le preguntaron como querría ser recordado por las generaciones siguientes.
“Recordarme –contestó Fast– no será gran cosa pero creo que leer los libros que he escrito… Esos libros tienen su propio poder, una existencia propia, tanto así que la lista negra desaparece. Sé que algunos colegas han comenzado a dar cursos sobre mi obra. Eso es algo nuevo. Cuando muera y si los libros andan por ahí, será más de lo que yo pude haber soñado”.
Fast murió el miércoles pasado, 12 de marzo, en su casa de Connecticut en donde vivió varias décadas. A su manera, y de muchas maneras, fue relator entusiasta de la inagotable capacidad del hombre para crear utopías –y vivir por ellas–.
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El capitalismo contra sí mismo
La Crónica, julio 12 de 2002
Desde que cayeron los muros de Europa del Este hace más de doce años y las apresuradas predicciones sobre el fin de la historia en beneficio de la perennidad capitalista cobraron auge y arrogancia, la economía de mercado había transcurrido sin cuestionamientos significativos. Pero en la semanas recientes ha recibido más críticas que en más de una década.
A diferencia de las disputas de intensa pasión e interés ideológico que se conocieron en otras épocas, ahora los reproches contra el capitalismo provienen de su interior mismo. Las dudas sobre la eficacia de ese sistema para organizar las economías se han extendido a causa de abusos perpetrados por algunos de sus más notables beneficiarios: grandes corporaciones y directivos empresariales.
El derrumbe de Enron a comienzos de este año inauguró una cadena de escándalos acerca de manejos tramposos en la contabilidad de varias firmas. Los directivos, o sus contadores, ocultaron pérdidas, pretendieron que los pasivos fueran ganancias, especularon en su beneficio personal y engañaron a clientes y accionistas.
Todos esos comportamientos se han registrado, de una u otra manera, en los episodios de fraude y prácticas ilícitas conocidos en los meses recientes. Así ocurrió con la empresa Global Crossing y luego con la compañía de comunicaciones World Com. La Xerox e incluso el corporativo Disney y más recientemente la farmacéutica Merck también han reconocido distorsiones en sus cuentas. Esos son algunos de los casos recientes, aunque hay más.
Contabilidades falseadas
La falta de los directivos de WorldCom fue tan sencilla como grave. En vez de incluirlas como pérdidas, registraron como ganancias los gastos por 3 mil 900 millones de dólares que tuvieron al emprender proyectos de comunicación para Internet y telefonía de larga distancia. Entre esos gastos se encontraban los viajes internacionales de sus ejecutivos.
En la hasta hace poco poderosísima corporación energética Enron, los ejecutivos abultaban las ganancias para que los informes públicos resultasen más atractivos y el precio de las acciones (de cuya propiedad algunos de ellos participaban) fuese más elevado. Se ha estimado que entre 2000 y 2001 los rendimientos de esa corporación fueron inflados en más de mil millones de dólares.
Esta semana se supo que la empresa Merck, de productos farmacéuticos, registró como ingresos 12 mil 400 millones de dólares que nunca recibió.
No solo las corporaciones han estado en falta. Junto con ellas contadores y funcionarios compartieron culpas y responsabilidades. Arthur Andersen, quizá el despacho contable más importante del mundo, quedó entrampado en el escándalo Enron cuando se supo que sus especialistas habían admitido la alteración de los registros financieros de esa corporación. Más tarde, funcionarios de Andersen destruyeron documentos probatorios de esas operaciones ilícitas y de testigos cómplices, pasaron a ser encubridores y transgresores de la ley ellos mismos. Andersen también auditaba los balances de WorldCom.
Negligencia gubernamental
Tantos y tan sonoros escándalos han comenzado a develar una compleja y, hasta hace pocos meses, redituable cadena de complacencias y beneficios. Enron contribuyó para las campañas de casi la mitad de los miembros del Congreso de Estados Unidos. Numerosos operadores financieros en Wall Street recibieron comisiones cuantiosas de esa corporación petrolera.
Ahora parece sospechosa, o al menos errónea, la decisión del Mercado de Valores estadounidense que en 1997 eximió a Enron de cumplir la Ley de Compañías de Inversión creada en 1940 para evitar excesos como los que condujeron a la histórica crisis de fines de los años veinte.
Enron y WorldCom no eran compañías ordinarias. Han estado entre las diez corporaciones más grandes de Estados Unidos y los efectos de sus caídas se han multiplicado en las bolsas de valores y las economías de numerosos países. Para evitar un efecto en cascada y sobre todo para que no caiga en manos de empresarios de otras naciones, WorldCom ha sido respaldada por el gobierno de George Bush. Salvar a esa empresa, se afirma en Washington, es asunto de seguridad nacional.
Sin embargo evitar situaciones como las que han llevado a tales corporaciones a la debacle financiera y pública, no interesó tanto, hasta ahora, a las autoridades estadounidenses. Tampoco ha sido prioridad en los sistemas financieros de otros países.
Los abusos contables, el abultamiento de ganancias y el empleo de recursos e información financiera en beneficio de los directivos no ocurren solamente en corporaciones de aquella nación. En Japón, varios bancos exageraron sus activos hasta que esa falsedad los llevó a una seria crisis financiera. En España hace varios años estuvo en problemas la Telefónica y más recientemente se conoció el empleo inescrupuloso de fondos de pensión en el Banco Bilbao Vizcaya. En México todavía no se aclaran suficientemente los fraudes en bancos cuyos propietarios huyeron del país para no enfrentar cargos judiciales.
“Traiciones” al mercado
Los escándalos Enron y WorldCom han alertado a observadores insospechables de padecer fobias ideológicas contra la economía de mercado. Por ejemplo Kurt Eichenwald, escritor de asuntos económicos en The New York Times, expresaba esta sorpresa el 30 de junio:
“A través de los últimos siglos el capitalismo ha sido el más saludable contendiente en la arena global para la supremacía económica. Ha emergido como incuestionado vencedor de sus largas décadas de lucha a muerte con el comunismo. Su pelea con el socialismo apenas duró unos cuantos rounds. Floreció en épocas de guerra y sobrevivió obstinadamente a los asaltos de los embargos y las tarifas. Incluso el terrorismo que apuntó al corazón del capitalismo falló al asestar un puñetazo de nocaut.
“Pero ahora, una sorprendente ráfaga de catástrofes corporativas está realzando una inquietante pregunta: ¿puede el capitalismo sobrevivir a los capitalistas?
“Los escándalos que han brotado de la América corporativa con alarmante regularidad en los meses recientes han presentado repetidamente a los ejecutivos traicionando al mercado en aras de sus intereses personales de corto plazo. De Enron a Global Crossing, Adelphia o WorldCom, los detalles difieren pero las historias destilan el mismo asunto: las compañías mintieron acerca de su desempeño y los inversionistas pagaron el precio por ello”.
La imagen pública de los ejecutivos de las grandes corporaciones, que llegó a ser engrandecida y mitificada, ha caído bruscamente. Ya no son prototipos de sofisticación y éxito y si se filman películas acerca de ellos será para retratarlos como villanos. Lo mismo sucede con algunos de los grandes despachos de auditores y contadores. El patrimonio básico de esas firmas, que es la confianza de sus clientes, se ha deteriorado a partir de los manejos fraudulentos en compañías otrora, para muchos, distantes de las estafas.
Además de funcionarios y auditores, los consejos de administración de las grandes corporaciones han quedado en entredicho. La participación en tales cuerpos de deliberación y decisión se volvió tan rutinaria y en muchos casos simbólica que, en vez de revisar a conciencia los estados financieros y los proyectos de tales empresas, muchos consejeros estaban fundamentalmente preocupados por sus propias inversiones. Los accionistas a quienes representaban quedaron defraudados.
La confianza, que es piedra angular en el trato entre inversionistas y fondos financieros, se ha resentido de manera notable. Joaquín Estefanía, especialista en asuntos internacionales y económicos del diario español El País, consideraba en mayo:
“Lo peor del escándalo de Enron en Estados Unidos o del BBVA en España no es, con ser lamentable, haber sacado del balance –es decir, del control de sus dueños– una parte de sus cuentas; o los fondos de pensiones de que se dotaron en el primer caso algunos ejecutivos, y en el segundo determinados miembros del consejo de administración. Lo estrepitoso es la comparación: en Enron, los ejecutivos utilizaron la información confidencial para enriquecerse o protegerse de los malos tiempos mientras el resto de los empleados veían tambalearse sus pensiones y su futuro. En España los consejeros se abastecieron de un fondo de pensiones para corregir una bajada en su remuneración mientras que decenas de miles de empleados tenían que soportar la tensión de una fusión empresarial (despidos, traslados, cierre de sucursales, jubilaciones anticipadas, etcétera)”.
Cadena de connivencias
Hay que evitar la tentación de generalizar. No todas las corporaciones funcionan igual, ni todos los gerentes y administradores tienen el mismo comportamiento. Si escándalos como los antes mencionados han resultado notables es por sus enormes dimensiones.
Pero la develación, una tras otra, de estafas e irregularidades, indica que no se trata de casos aislados. Tales episodios de abuso no hubieran ocurrido de no ser por el relajamiento, o el franco incumplimiento, en las tareas estatales de regulación de los mercados. El economista Paul Krugman escribió el 28 de junio en The New York Times:
“No estoy diciendo que todas las corporaciones estadounidenses sean corruptas. Pero es claro que los ejecutivos que quieren ser corruptos han encontrado pocos obstáculos. Los auditores no estuvieron interesados en ponerles dificultades a las compañías que les daban enormes ingresos por su consultoría; los ejecutivos de los bancos no estuvieron interesados en ponerles dificultades a las compañías que, como hemos aprendido en el caso Enron, los dejaron en algunas de esas posiciones lucrativas. Y los gobernantes, que se quedaron conformes con las contribuciones a sus campañas y otros incentivos, limitaron el trabajo de los reguladores escatimando recursos para esas agencias, creando ‘hoyos negros’ regulatorios en los cuales podían florecer las prácticas sospechosas”.
Herramienta o explotación
El solo hecho de que tales fraudes hayan sido posibles sin objeción de las autoridades, indica que la fiscalización sobre las operaciones financieras tiene enormes deficiencias. El conocimiento de cada vez más casos de corporaciones con números alterados indica que, lejos de ser excepcional, el manejo fraudulento de sus estados contables ha sido costumbre al menos en un segmento significativo de las grandes empresas internacionales.
Sería precipitado considerar que tales abusos manifiestan una incapacidad estructural del capitalismo para funcionar según sus propias reglas. Pero evidentemente, tal y como se ha desarrollado en los años y décadas recientes la economía de mercado no se basta a sí misma para responder a las expectativas de inversionistas y de los ciudadanos en general.
Como dice el historiador canadiense John Ralston Saul en una definición a la vez puntual y ambiciosa: “El capitalismo puede ser una herramienta social o un arma de descarada explotación humana. Todo depende del modo en que se regule. El capitalismo en sí no tiene valores éticos. Quienes lo usan deciden con sus actos si es una fuerza buena o mala”. (Diccionario del que duda. Granica, 2000).
Sin reglas eficaces el capitalismo tiende a desbordarse y a que prevalezca el imperio de los más fuertes, los más astutos o los más deshonestos. O de todos ellos juntos. Para evitarlo hace falta un Estado capaz de reglamentar, evitar excesos, sancionarlos cuando se produzcan y de esa manera, ofrecer certezas a la sociedad.
El dilema entre el capitalismo salvaje y la pertinencia del Estado seguirá siendo uno de los grandes temas de la sociedad y la política. Desconocer la necesidad de la regulación estatal implica dejar la economía en manos de intereses privados –por definición ajenos al interés público–.
Las atribuciones estatales, más que el tamaño de la influencia directa del Estado sobre la economía, constituyen uno de los asuntos respecto de los cuales se definen las fuerzas políticas en todo el mundo. La existencia de regulaciones no basta para evitar los abusos, ni significa maquinalmente que habrá más equidad y felicidad entre los ciudadanos. Pero la carencia de ellas favorece la discrecionalidad, la impunidad y la desigualdad.
¿Quién regula al Citibank?
Tampoco es suficiente con que el Estado regule asuntos como las transacciones financieras, si su ámbito se reduce a una sola nación. La supervisión de los negocios tiene que asumir una perspectiva global porque de esas dimensiones es ahora el espacio en donde circulan mercancías, capitales y trabajadores, todos ellos elementos constitutivos de las economías.
El riesgo de que las grandes corporaciones internacionales permanezcan al margen de fiscalizaciones, no es señal de libertad sino de privilegios que suelen conducir a excesos. La autonomía de esas firmas respecto de la potestad de los estados nacionales no preocupa únicamente a estudiosos comprometidos con metodologías materialistas o estatistas. Hace dos meses, el 18 de mayo, el semanario británico The Economist prevenía:
“¿Quién regula a Citigroup, la institución financiera más grande y más diversificada del mundo? Con operaciones en más de cien países, vendiendo casi cualquier producto financiero que jamás haya sido inventado, probablemente todo regulador financiero en el mundo considere que Citi es, de alguna manera, su problema. Tan solo Estados Unidos cuenta con la Reserva Federal, la Comisión de Seguridades y Cambio, la Comisión para el Comercio de Activos y Futuros, la Bolsa de Valores de Nueva York, 50 comisionados estatales de seguros y muchos otros. Pero en un sentido nadie regula verdaderamente a Citi: es una firma global en un mundo de perros guardianes nacionales y a veces sectoriales. Lo mismo puede decirse de AIG, General Electric Capital, UBS, Deutsche Bank y muchas más”.
Ese reconocimiento del poderío de las corporaciones está emparentado con preocupaciones como las que, acerca de la misma institución financiera, expresa en un ensayo reciente Francisco Suárez Dávila, subsecretario de Hacienda en el gobierno de Miguel de la Madrid y luego funcionario en la OCDE:
“El director del Citibank en Nueva York o en Bilbao, le tomará las llamadas a los funcionarios nacionales? ¿Considerará la conveniencia del país en el largo plazo o sólo su rentabilidad de corto plazo? Los nuevos gerentes bancarios (que no son dueños) obedecen a las autoridades y directivos del país de sus matrices. Consideraciones por entero ajenas a lo que ocurre en México (por ejemplo, un serio quebranto en otro país emergente) pueden incidir adversamente sobre las políticas de ese banco en México. Citibank ya ha dado algunas señales de oposición a las políticas de la autoridad” (“El Estado y el sistema financiero mexicano, 1930-2002”, en Este País, mayo de 2002).
Proteger mercado y sociedad
No existen soluciones prácticas para la creciente influencia de las corporaciones. Instituciones de regulación internacional, fiscalizaciones transfronterizas, observatorios de las transacciones financieras, son todas propuestas parciales.
La mejor opción tendría que incluir una reconstrucción del sistema financiero mundial, todavía fincado en los acuerdos que se tomaron hace casi seis décadas cuando fueron creados el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Además tendrían que existir mecanismos de regulación de las operaciones corporativas capaces de escudriñar más allá de las fronteras nacionales.
Mientras eso ocurre, no hay motivos para que las autoridades locales relajen sus funciones de verificación y control de los negocios en cada país. Seguramente no estamos ante el fin del capitalismo. Pero habría que hacer todo lo posible para que episodios de avidez y estafa como los que se han conocido recientemente, sirvieran para tomar decisiones capaces de evitar que se desaten los rasgos más depredadores del capitalismo desbocado.
No se trata de impedir el desarrollo del mercado sino, al contrario, de hacerlo posible. Como explica el ya citado John R. Saul: “La regulación económica protege al mercado de sí mismo al introducir el sentido común. De paso, protege a la sociedad”.
Septiembre once
La Crónica, septiembre 8 de 2002
A las 2 de la tarde de este sábado la ground zero, la zona del desastre al sur de Manhattan, muestra una apariencia menos calamitosa pero no por ello menos dolida que desde hace casi un año. Hay un frenético tránsito de maquinaria pesada y los obreros de casco amarillo andan de un lado a otro en la que hace tiempo dejó de ser la tarea de rescate más intensa en la historia del mundo para convertirse en resignada pero expedita operación de limpieza. Las escobas están sustituyendo a las palas y los camiones de volteo no dejan de salir del sector acordonado con grandes citas amarillas.
Todo el día, todos los días, un par de cámaras conectadas a la Internet registran los movimientos en el territorio de catástrofe que, con oportuno sentido de la tragedia, los neoyorquinos llamaron ground zero –un término hasta entonces reservado al sitio donde se produce un ataque nuclear–. Las escenas que miramos este sábado en la computadora donde se escribe esta columna comienzan a ser rutinarias después de pocos minutos. Una de las cámaras muestra la procesión de camiones junto al sitio donde hace un año todavía estaban las Torres Gemelas. La otra registra el área desde donde los visitantes pueden contemplar los trabajos. La gente que llega en busca de reconocerse delante de una tragedia que todos recordaremos para siempre, se para junto a un muro en donde se han colocado fotografías y testimonios acerca de algunas de las muchas víctimas del 11 de septiembre.
Algunos permanecen varios minutos, otros se dan la vuelta rechazando el recuerdo. Todos, ellos en el mirador frente a lo que fue el WTC y nosotros en este sitio de la Red, no vemos tanto la cosecha de escombros sino lo que ya no está allí. Todos acuden a buscar el enorme vacío que dejaron las orgullosas Torres. Se trata de una peregrinación, presencial o electrónica, en pos de una ausencia ya sabida. El monumental claro donde ya no está el WTC es contemplado con la ansiedad y la curiosidad que suscitan las grandes tragedias. Cada quien recuerda su experiencia de aquel día. Cada uno de nosotros habrá de rememorar siempre las circunstancias en las que nos enteramos de la noticia y la estupefacción con que vivimos ese 11 de septiembre. Todos miramos, sin entenderlo del todo aún, hacia el espacio que ya no ocupan las Torres Gemelas.
Rostros, nombres e historias
La memoria permite mitigar la estupefacción para que entonces transitemos de las reacciones iniciales, al entendimiento racional. Pero hay acontecimientos tan traumáticos que su efecto devastador tarda años, o generaciones, para ser asimilado. La tragedia del 11 de septiembre pasado ha sido el acontecimiento histórico registrado con más rapidez y profusión. Los medios de comunicación que en todo el mundo propalaron y atestiguaron los ataques de ese día ofrecieron prácticamente todos los ángulos del desastre y los reiteran ahora que estamos por alcanzar un año de aquella fecha. Las experiencias de millares de neoyorquinos que miraron las colisiones de aquel martes y las biografías de muchos más que fallecieron allí forman parte de un extenso e intenso relato colectivo cuyo sentido, sin embargo, para muchos sigue siendo contradictorio.
Cada domingo el New York Times publica una docena de semblanzas de algunas de las víctimas en el desmoronamiento de las Torres. En las semanas posteriores al 11-S lo hizo todos los días y con los primeros centenares de relatos hace medio año apareció un libro cuya venta rinde ganancias al fondo de ayuda para los familiares de quienes murieron en aquel desastre. Los bosquejos biográficos siguen apareciendo y todos son, a su manera, invariablemente conmovedores. Los reporteros del NYT han sabido encontrar en ángulo piadoso, simpático o sensible de aquellas mujeres y aquellos hombres.
Gracias a esas semblanzas la tragedia tiene víctimas con rostros y nombres. Sus familiares y amigos pueden dejar algún comentario en la página web que se abrió en homenaje a cada una de esas víctimas. Se trata de gente real, cuyo recuerdo además permite ubicar al 11 de septiembre en sus dimensiones precisas: se trató de un crimen con todas las agravantes, en contra de personas inocentes (muchos de ellos, por cierto, de origen o nacionalidad no estadounidenses) que fueron asesinadas como resultado de una acción que no amerita justificación alguna.
Cinismo y conspiraciones
Hay