González Márquez, promotor del odio
La Crónica, 8 de mayo
Un millón de pesos diarios. Esa es la cantidad que el gobernador de Jalisco ha regalado a instituciones y empresas privadas desde que tomó posesión de ese cargo, en marzo del año pasado. Los 90 millones de pesos que decidió donar a la iglesia católica para la construcción de un santuario cerca de Tlaquepaque constituyen el obsequio más cuantioso y polémico, pero no el único, que Emilio González Márquez ha otorgado con dinero público.
Donativos a las televisoras, transferencias a firmas privadas, un regalito que mandó hacer para entregarle al Papa en El Vaticano y gratificaciones varias a fundaciones identificadas con grupos católicos, son parte del derroche del cual se ufana el gobernador de Jalisco. Se trata de 420 millones de pesos hasta fines de abril. El reportero Alejandro Almazán hizo el detallado recuento de esos gastos en la edición más reciente de la revista emeequis.
A quienes han cuestionado la discrecionalidad con que gasta dinero que no es suyo, sino de los ciudadanos, el gobernador González Márquez respondió el 23 de abril con la ordinariez que ha sido profusamente comentada en todo el país. Las mentadas de madre le han sido revertidas por muchos de sus conciudadanos en diversos actos públicos realizados para reclamarle no sólo por lenguaraz, sino por abusar de su cargo al frente del gobierno jalisciense.
También debido a la presunción de uso inadecuado de recursos públicos los donativos del gobernador, especialmente los 90 millones de pesos que prometió al llamado Santuario de los Mártires, han sido causa de una averiguación que la Cámara de Diputados solicitó, por unanimidad, la semana pasada. Esa indagación, que les fue requerida a las secretarías de Gobernación y de la Función Pública, tiene sustento en la normatividad para el ejercicio de recursos a cargo de los gobiernos estatales y, además, en la legislación para las corporaciones eclesiásticas.
Aunque dice que es para alentar al turismo, el donativo de 90 millones de pesos estará destinado a respaldar la construcción de un recinto religioso (“el más grande de América Latina”, se ufana la jerarquía de la iglesia católica en Jalisco) en el cerro del Tesoro, cerca de la capital tapatía. Quizá al gobernador González Márquez y a quienes con tanto fanatismo como el suyo defienden esa donación les resultaría útil atender al artículo 3 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público expedida en 1992:
“El Estado mexicano es laico. El mismo ejercerá su autoridad sobre toda manifestación religiosa, individual o colectiva, sólo en lo relativo a la observancia de las leyes, conservación del orden y la moral públicos y la tutela de derechos de terceros. El Estado no podrá establecer ningún tipo de preferencia o privilegio en favor de religión alguna. Tampoco a favor o en contra de ninguna iglesia ni agrupación religiosa”.
Evidentemente la entrega de una suma de dinero, del monto que fuese pero especialmente si asciende a la cantidad que González Márquez autorizó para sus amigos de la Diócesis de Guadalajara, constituye un gesto de favoritismo. Cualquier otra corporación eclesiástica podría considerarse con derecho a recibir un regalito similar para no padecer discriminación por parte del gobernador de Jalisco.
Con ese donativo, González Márquez confirma la subordinación que tiene respecto del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, el jactancioso patriarca de la iglesia católica en Jalisco. La proclividad de ese personaje para lucrar políticamente con el falseamiento de asuntos públicos se ha confirmado con las versiones distorsionadas que ha propalado acerca del asesinato de su antecesor, el arzobispo Juan Jesús Posadas Ocampo.
Así también, la construcción del llamado Santuario de los Mártires dista de ser un proyecto para favorecer al turismo en Jalisco. Se trata de una obra para respaldar a los segmentos más conservadores de la iglesia católica. Es decir, el gobernador González Márquez no solamente ha transgredido la Ley de Asociaciones Religiosas al destinar dinero público a una corporación eclesiástica. Además apoya, con recursos del Estado, a una de las facciones más retardatarias de la iglesia católica. Eso es jugar con fuego.
Los mártires a los que se pretende recordar con el presunto santuario no se distinguieron por sus obras piadosas, ni por contribución alguna a la doctrina de la iglesia católica. Se trata de fieles que se alzaron en armas contra el Estado mexicano con motivo de las restricciones al ejercicio de los ritos religiosos que impuso el gobierno de Calles a fines de los años 20 del siglo pasado.
El encono entre defensores y antagonistas de la iglesia católica constituyó una fase de auténticos desgarramientos en la sociedad mexicana hace ocho décadas. En ambas partes de ese diferendo hubo fanatismo y excesos, en ocasiones de notable violencia y arbitrariedad. Con la construcción del Santuario en Tlaquepaque el clero de Jalisco reanima esas discrepancias y lo hace de la peor manera, exaltando a personajes respecto de los cuales existen juicios históricos bastante contradictorios.
Los llamados mártires de Jalisco fueron víctimas pero, antes que nada, corresponsables de la conflagración social y política que anidó en ese y otros estados en los años de la guerra cristera. Entre la docena de militantes católicos que recientemente fueron beatificados y en cuyo honor se quiere erigir el nuevo monumento, destacan José Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza. El primero de ellos apuntaló en Jalisco uno de los bastiones más intolerantes y –literalmente– belicosos de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa. Gómez Loza lo respaldó y según diversos testimonios participó en acciones de violencia como el asalto, el 19 de abril de 1927, al ferrocarril que iba a la ciudad de México.
La historiadora Laura Campos Jiménez, en su libro Los nuevos beatos cristeros. Crónica de una guerra santa en México, relata que Gómez Loza respaldó a los sacerdotes José Reyes Vega, Jesús Angulo y Aristeo Pedroza así como al guerrillero Victoriano Ramírez, apodado “El Catorce”, que descarrilaron el tren a 7 kilómetros de La Barca, en Jalisco.
Al día siguiente, 20 de abril de 1927, El Universal Gráfico reseñó: “El criminal acto que hizo víctimas no sólo a la escolta, que se batió heroicamente, sino a una parte del pasaje, fue consumado por la gavilla capitaneada por los curas Vega, Pedroza y Angulo, el licenciado Loza y el cabecilla apodado ‘El Catorce’. La escolta sucumbió ante la superioridad numérica de los levantados y la fiereza de estos que hizo víctimas, en forma espantosa y con una crueldad subleva, a una parte del pasaje”.
Campos Jiménez explica: “La gavilla de cristeros que llevó a cabo este salvaje atraco, tuvo conocimiento de primera mano a través de Miguel Gómez Loza (ahora beato) que la sucursal Guadalajara del Banco de México, enviaría por ferrocarril una importante suma de dinero a México el citado 19 de abril, el cual habrían de asaltar y hurtar”.
Allí mismo se transcribe el testimonio del miliciano cristero Luis Rivero del Val: “Los cristeros se apostaron bien parapetados en ambos lados de la vía, dominando el convoy. El destacamento a cuyo cuidado iban los pertrechos se diseminó por todos los carros y ocupó las ventanillas, desde las cuales hicieron fuego incesantemente, sin importarles la seguridad del pasaje, el cual tirado contra el piso de los mismos carros, quedó expuesto a las balas de los atacantes. El combate duró casi tres horas, hasta que sucumbió el último hombre de la escolta, que dicho sea en su honor, se portó con fiera valentía. Una vez dominada la situación subieron los rebeldes al tren, se apoderaron de las armas, pertrechos y dinero que en él se conducían… posteriormente regaron los carros con el combustible de la máquina y les prendieron fuego”.
Lo hicieron con todo y muchos de sus ocupantes. El Universal Gráfico del 21 de abril informó: “Subieron los rebeldes sin escuchar a las mujeres que pedían piedad. Bajaron del tren los pasajeros que pudieron hacerlo, pero se quedaron los niños y heridos. Los asaltantes, sin miramiento alguno, regaron de chapopote los carros y les prendieron fuego, consumiéndose por completo y oyéndose en medio de la hoguera los gritos de quienes se quemaban vivos”.
La investigación de Campos Jiménez ofrece otros ejemplos de la saña de quienes luego serían beatificados por la iglesia católica. Seguramente de la otra parte también hubo excesos. Así fue, deplorable y absurdamente, la guerra cristera.
Esas cenizas son las que remueve el “santuario” de Sandoval Íñiguez. Esos abusos de los cristeros en Jalisco son los que respalda el gobernador Emilio González Márquez. El gobernador de Jalisco no solamente utiliza dinero público para respaldar una causa particular. Además a esa causa la singularizan la división y el odio entre los mexicanos.
Resignación en la Catedral
La Crónica de Hoy, 22 de noviembre de 2007
Humo blanco, augurios negros
La Crónica, 20 de abril de 2005
Cuando se decía que el cardenal Joseph Ratzinger era la mano derecha del papa Juan Pablo II no se expresaba solamente la cercanía personal de esos dos dirigentes de la Iglesia Católica sino, además, la ubicación política de ese teólogo de origen alemán.
La designación de Ratzinger como sucesor del Papa recién fallecido confirma decisión de la cúpula eclesiástica para darle continuidad a las posiciones ideológicas y a los equilibrios internos que procuró Juan Pablo II dentro de esa Iglesia. Y significa, también, un enfático respaldo a las tesis más conservadoras en materia de derechos individuales para los fieles católicos.
Juan Pablo II tenía un discurso avanzado en asuntos de política social –particularmente en su insistencia para combatir la pobreza– y conservador en temas relacionados con decisiones personales como el aborto y la homosexualidad. Esa segunda vertiente es la que sale fortalecida con la elección de Ratzinger.
El humo blanco tras la cuarta votación ayer en El Vaticano confirmó la solidez de las redes políticas que Ratzinger construyó durante casi un cuarto de siglo como prefecto de la poderosa e intransigente Congregación para la Doctrina de la Fe. Esa dependencia de la jerarquía católica representa las tendencias más atrasadas de una iglesia empeñada a ser reconocida como tradicionalista.
La censura como costumbre, la intolerancia como método y la imposición dogmática en contra de la razón y la deliberación, han sido históricamente definiciones centrales de la Congregación que Ratzinger no tuvo interés alguno en modificar. Se trata del “Santo Oficio” que tantas persecuciones desató, en distintas épocas, con el pretexto de reivindicar la fe.
Tales han sido la escuela política, los usos principales y las cartas que avalaron a Ratzinger ante el Colegio Cardenalicio. Si algo se puede agradecer en una trayectoria tan insistentemente comprometida con la reivindicación dogmática de los principios más atrasados de la Iglesia es su incuestionable claridad. La biografía de Ratzinger, particularmente en las últimas décadas, no deja lugar a duda alguna: se trata de un personaje convencido, promotor y militante de posiciones de derechas.
No hay estereotipos gratuitos en ese diagnóstico. Ratzinger ha mantenido una trayectoria comprometida con las vertientes fundamentalistas –con frecuencia sectarias– de la Iglesia Católica. Su combate al reconocimiento de las parejas de homosexuales, la negativa recalcitrante a reconocer el derecho al aborto cuando así lo consideran necesario las mujeres y sus compañeros, el rechazo a discutir siquiera la posibilidad de resolver las simulaciones que con frecuencia acarrea el celibato de los sacerdotes o a tomar en cuenta las propuestas para abrir el ministerio sacerdotal a las mujeres, han formado parte de las cruzadas de Ratzinger contra la actualización de la Iglesia Católica.
A él le correspondió enfrentar, en décadas recientes, la heterodoxia de sacerdotes que buscaban una teología o una práctica pastoral comprometidas con los requerimientos sociales de nuestro tiempo. Amenazas y censuras, así como excomuniones, expulsiones y persecuciones, han sido recursos empleados por ese personaje –adverso, además, al diálogo con otras iglesias cristianas–.
Reacio a distinguir entre religión y asuntos terrenales, Ratzinger es partidario de que la Iglesia presione a los dirigentes políticos para que se comporten de acuerdo con los dogmas de esa corporación. El año pasado el cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de la Arquidiócesis de Washington, le preguntó qué debía hacer ante posiciones como la del senador John F. Kerry, candidato presidencial del Partido Demócrata, que respetaba el derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto.
Ratzinger aclaró esas dudas en una carta privada dirigida a McCarrick y al presidente de la Conferencia de Obispos estadounidenses, Wilton Gregory. A los políticos que respaldaran acciones como el aborto y la eutanasia, indicó, la Iglesia debía negarles la comunión.
“No todos los asuntos morales –aclaró Ratzinger– tienen el mismo peso que el aborto y la eutanasia”. La Iglesia Católica está por la paz pero si un gobernante declara una guerra o decide la ejecución de un prisionero, esos no son motivos para que se le regatee la eucaristía. “Entre los católicos puede haber una legítima diversidad de opinión acerca de emprender una guerra o aplicar la pena de muerte, pero de ninguna manera en relación con el aborto y la eutanasia”, dijo en aquella carta.
Esas son algunas de las posiciones que Joseph Ratzinger ha impulsado en y a nombre de la Iglesia Católica. Con esas coordenadas se inicia el pontificado de Benedicto XVI.
ALACENA: Ratzinger Fan Club
Ayer el sitio web de The Cardinal Ratzinger Fan Club quedó saturado. Se trata de un espacio no oficial que, además de remitir a discursos y textos de ese personaje, ofrece cachuchas con el nombre de Ratzinger (11.99 dólares ) y camisetas o tarros de cerveza (14.99 dólares) con la efigie del hasta ayer cardenal nacido en Bavaria.
Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx
Página web: http://raultrejo.tripod.com/
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Humo blanco, augurios negros
La Crónica, 20 de abril de 2005
Cuando se decía que el cardenal Joseph Ratzinger era la mano derecha del papa Juan Pablo II no se expresaba solamente la cercanía personal de esos dos dirigentes de la Iglesia Católica sino, además, la ubicación política de ese teólogo de origen alemán.
La designación de Ratzinger como sucesor del Papa recién fallecido confirma decisión de la cúpula eclesiástica para darle continuidad a las posiciones ideológicas y a los equilibrios internos que procuró Juan Pablo II dentro de esa Iglesia. Y significa, también, un enfático respaldo a las tesis más conservadoras en materia de derechos individuales para los fieles católicos.
Juan Pablo II tenía un discurso avanzado en asuntos de política social –particularmente en su insistencia para combatir la pobreza– y conservador en temas relacionados con decisiones personales como el aborto y la homosexualidad. Esa segunda vertiente es la que sale fortalecida con la elección de Ratzinger.
El humo blanco tras la cuarta votación ayer en El Vaticano confirmó la solidez de las redes políticas que Ratzinger construyó durante casi un cuarto de siglo como prefecto de la poderosa e intransigente Congregación para la Doctrina de la Fe. Esa dependencia de la jerarquía católica representa las tendencias más atrasadas de una iglesia empeñada a ser reconocida como tradicionalista.
La censura como costumbre, la intolerancia como método y la imposición dogmática en contra de la razón y la deliberación, han sido históricamente definiciones centrales de la Congregación que Ratzinger no tuvo interés alguno en modificar. Se trata del “Santo Oficio” que tantas persecuciones desató, en distintas épocas, con el pretexto de reivindicar la fe.
Tales han sido la escuela política, los usos principales y las cartas que avalaron a Ratzinger ante el Colegio Cardenalicio. Si algo se puede agradecer en una trayectoria tan insistentemente comprometida con la reivindicación dogmática de los principios más atrasados de la Iglesia es su incuestionable claridad. La biografía de Ratzinger, particularmente en las últimas décadas, no deja lugar a duda alguna: se trata de un personaje convencido, promotor y militante de posiciones de derechas.
No hay estereotipos gratuitos en ese diagnóstico. Ratzinger ha mantenido una trayectoria comprometida con las vertientes fundamentalistas –con frecuencia sectarias– de la Iglesia Católica. Su combate al reconocimiento de las parejas de homosexuales, la negativa recalcitrante a reconocer el derecho al aborto cuando así lo consideran necesario las mujeres y sus compañeros, el rechazo a discutir siquiera la posibilidad de resolver las simulaciones que con frecuencia acarrea el celibato de los sacerdotes o a tomar en cuenta las propuestas para abrir el ministerio sacerdotal a las mujeres, han formado parte de las cruzadas de Ratzinger contra la actualización de la Iglesia Católica.
A él le correspondió enfrentar, en décadas recientes, la heterodoxia de sacerdotes que buscaban una teología o una práctica pastoral comprometidas con los requerimientos sociales de nuestro tiempo. Amenazas y censuras, así como excomuniones, expulsiones y persecuciones, han sido recursos empleados por ese personaje –adverso, además, al diálogo con otras iglesias cristianas–.
Reacio a distinguir entre religión y asuntos terrenales, Ratzinger es partidario de que la Iglesia presione a los dirigentes políticos para que se comporten de acuerdo con los dogmas de esa corporación. El año pasado el cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de la Arquidiócesis de Washington, le preguntó qué debía hacer ante posiciones como la del senador John F. Kerry, candidato presidencial del Partido Demócrata, que respetaba el derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto.
Ratzinger aclaró esas dudas en una carta privada dirigida a McCarrick y al presidente de la Conferencia de Obispos estadounidenses, Wilton Gregory. A los políticos que respaldaran acciones como el aborto y la eutanasia, indicó, la Iglesia debía negarles la comunión.
“No todos los asuntos morales –aclaró Ratzinger– tienen el mismo peso que el aborto y la eutanasia”. La Iglesia Católica está por la paz pero si un gobernante declara una guerra o decide la ejecución de un prisionero, esos no son motivos para que se le regatee la eucaristía. “Entre los católicos puede haber una legítima diversidad de opinión acerca de emprender una guerra o aplicar la pena de muerte, pero de ninguna manera en relación con el aborto y la eutanasia”, dijo en aquella carta.
Esas son algunas de las posiciones que Joseph Ratzinger ha impulsado en y a nombre de la Iglesia Católica. Con esas coordenadas se inicia el pontificado de Benedicto XVI.
ALACENA: Ratzinger Fan Club
Ayer el sitio web de The Cardinal Ratzinger Fan Club quedó saturado. Se trata de un espacio no oficial que, además de remitir a discursos y textos de ese personaje, ofrece cachuchas con el nombre de Ratzinger (11.99 dólares ) y camisetas o tarros de cerveza (14.99 dólares) con la efigie del hasta ayer cardenal nacido en Bavaria.
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Del Papa, al aeropuerto
La Crónica, 3 de agosto de 2002
La cancelación del aeropuerto en Texcoco no desplazará de la atención pública la desazón por el sometimiento del presidente Fox ante Juan Pablo II. Las reacciones adversas al gesto del titular del Ejecutivo ante el jefe del Estado Vaticano han sido tan numerosas como significativas.
Una extensa franja de mexicanos, particularmente en los medios de difusión, ha considerado impropio el comportamiento presidencial. Ante esa opinión razonada y anclada en argumentos históricos, políticos y jurídicos se ha levantado una extendida oleada de condescendencias con el licenciado Fox, especialmente en las cadenas de televisión y algunas radiodifusoras.
A la renuncia al razonamiento y al periodismo que pudo verse y escucharse en la mayoría de las televisoras y radiodifusoras, que en vez de informar sobre la visita del Papa se convirtieron en impulsoras del fanatismo religioso, se añadió luego la defensa del desplante presidencial a la llegada de Juan Pablo II.
Inconsecuencia televisiva
Encabezadas por Televisa y Azteca las empresas radiodifusoras, con pocas excepciones, entendieron a la visita papal como un doble negocio. Por una parte ampliarían sus audiencias y credibilidad al difundir en extenso, como si la televisión y la radio fueran parte de la estructura eclesiástica, cada uno de los pasos de ese personaje. Pero además de legitimarse al cobijo del Papa, los medios electrónicos hicieron dinero con la venta de espacios publicitarios durante las transmisiones.
Ese doble negocio estaba en riesgo cada vez que cualquier acontecimiento parecía nublar la visita papal. Por eso los personeros de la radiodifusión reaccionaban con tanta ira ante las versiones acerca de incidentes en el trayecto de Juan Pablo II por las calles de la ciudad de México.
Cuando se supo que un muchacho había sido detenido porque aparentemente disparó en un sitio cercano al recorrido de ese personaje, los medios electrónicos se apresuraron a minimizar el hecho. Luego se sabría que en efecto, había sido un asunto trivial que sin embargo la prensa de Italia distorsionó hasta hacer creer que el Papa había sido víctima de un atentado.
El profesionalismo de varios diarios italianos ha quedado por los suelos. Sin embargo sería deseable que la enjundia con que esos periódicos han sido descalificados en la televisión y la radio mexicanas se pusiera en práctica a propósito de los dislates que suelen transmitirse en esos medios.
En buena hora se subrayan los errores de diarios como Il Messaggero, que son sintomáticos del sensacionalismo y la ausencia de controles profesionales que tienden a dominar en la prensa europea. Junto con esa repentina escrupulosidad sería de esperarse que, ahora sí, la televisión y la radio mexicanas se comprometieran con los derechos de réplica y rectificación que durante décadas se han negado a reconocer como parte de la legislación para los medios electrónicos de nuestro país.
El anillo y la tormenta
Radios y televisoras estuvieron seriamente preocupadas cada vez que el menor incidente de tránsito, o cualquier percance en las vallas o las concentraciones para ver a Juan Pablo II, parecían alterar la disciplina de acontecimientos de los cuales no se asumían como testigos sino como corresponsables.
Por eso cuando, el martes, el presidente de la República se inclinó delante del Papa y besó el famoso anillo los medios electrónicos y el gobierno supieron que se avecinaba una tormenta que empañaría la visita del jefe de la iglesia católica.
La reacción de la prensa escrita, al día siguiente, fue casi unánime al subrayar el carácter inusitado, y para muchos cuestionable, de la actitud presidencial. Comentaristas, columnistas y posiciones editoriales deploraron la actitud de sometimiento que el presidente mexicano había manifestado respecto del jefe de un Estado extranjero. El llamado “círculo rojo”, que Vicente Fox identifica con la opinión reflexiva y por eso crítica se expresó como pocas veces, de manera casi generalizada, contra una actitud suya.
No se ha cuestionado el derecho del presidente a profesar la fe que le venga en gana sino la manera como ha usufructuado su investidura política y legal para subordinarla a esas convicciones personales.
La coincidencia de numerosas voces que con distintos matices discreparon de la actitud del presidente, ha sido expresión de un talante liberal que se mantiene en la sociedad mexicana o al menos en sus sectores más interesados en los asuntos públicos.
Justifican al presidente
Esas convicciones liberales trascienden a los partidos, determinan la opinión de buena parte de la sociedad, se expresan con fuerza en los medios abiertos a la discusión e influyen en el poder aunque dentro de él no tengan tanta presencia como antes.
Tales convicciones movilizaron al día siguiente la respuesta de los partidos de oposición, varios de cuyos líderes habían mantenido una actitud complaciente ante las consecuencias políticas de la visita del Papa, de la que algunos esperaban también beneficiarse.
Ante esos cuestionamientos, algunos funcionarios intentaron defender al presidente pero con notoria pobreza de argumentos.
El subsecretario de Gobernación, Javier Moctezuma, desechó la vigencia de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público al sostener que por encima de ella está la Constitución que garantiza la libertad de creencias a todos los ciudadanos.
Sin embargo el ejercicio de sus derechos ciudadanos no exime al presidente Fox de cumplir disposiciones como el artículo 15 de esa Ley según la cual las autoridades federales, estatales y municipales, “no podrán asistir con carácter oficial a ningún acto religioso de culto público ni a actividad que tenga motivos o propósitos similares”.
Inclinarse delante del Papa y besarle el anillo no fue acto protocolario ni cortesía diplomática. Se trató de una expresión de subordinación a un credo específico que el licenciado Fox consumó no como individuo sin investidura, sino como presidente de México.
Comunicación adocenada
En casi todos los sitios del dial radiofónico y en cada canal de televisión se han escuchado voces empeñadas en la imposible defensa del licenciado Fox. Con pocas excepciones (una de ellas Jacobo Zabludovsky, que en su noticiero radiofónico mencionó voces de la prensa escrita discrepantes con el gesto presidencial) esa avalancha electrónica recordó los peores tiempos de la comunicación adocenada. Como entonces, los empresarios mediáticos sabrán cobrarle el favorcito al Señor Presidente cuya defensa nunca hacen de manera desinteresada.
Como nunca, los medios electrónicos propalaron el fanatismo, la superstición y las simplezas al reseñar la visita del Papa. No había descripción sino apoteosis o, mejor dicho, deslices cursis de la mayor parte de los cronistas, sobre todo en la televisión.
En Azteca y Televisa la narración fue desplazada por la exaltación. Con el pretexto de que se trataba de convicciones compartidas por la mayoría de los mexicanos y antes que nada por locutores y comentaristas, las televisoras se redujeron a una cobertura emocional hasta el delirio sin explicar, contrastar ni contextualizar la visita del Papa.
En ese panorama que tiende a imponer en la vida pública mexicana una sola visión del mundo en la que coinciden el presidente y los medios, a la sombra del poder eclesiástico, fue significativa la discrepancia manifestada especialmente en la prensa escrita. El espíritu liberal, que postula al laicismo como elemento de indispensable respeto y tolerancia –y así, de convivencia entre los mexicanos– ha podido subsistir a pesar de la cargada gubernamental y comunicacional de estos días.
Fracaso en Texcoco
Pero no habrá propaganda mediática que libre al gobierno del fracaso que ha tenido en Texcoco. La capitulación ante los machetes puede ser considerada expresión de sensibilidad o decisión oportuna y habrá quien diga que así se respeta la voluntad del pueblo. Pero será difícil negar que al ceder ante la obcecación de los vecinos de San Salvador Atenco, el presidente Fox reconoce el quebranto del proyecto de obra pública más importante de su gobierno.
La decisión era inevitable. Pudo ser anticipada por La Crónica de Hoy el domingo pasado. “No habrá aeropuerto en Texcoco”, decía la información de Renato Consuegra.
El proyecto, como se recordaba en esa información, nació torcido. El gobierno se decidió por Texcoco para construir el aeropuerto después de tomar en cuenta distancia hacia el Distrito Federal, condiciones ambientales, esquemas de inversión y sobre todo las presiones políticas de poderosos grupos mexiquenses de los cuales se hizo vocero el secretario de Comunicaciones y Transportes.
Sin embargo a todos se les olvidó afianzar un acuerdo realista con los ejidatarios dueños de buena parte de los terrenos en donde se pensaba edificar el aeropuerto.
El regateo iniciado en octubre, cuando se hizo pública la decisión por Texcoco, careció de coordenadas y sobre todo de operadores políticos. Desestimando su capacidad de exigencia y antes que nada sus derechos patrimoniales, a los comuneros de esa zona se les ofrecieron entre 60 y 70 pesos por hectárea. Esa cantidad era tan poco justa que, pronto, el gobierno comenzó a incrementarla en una puja de cifras y exigencias que crecía junto con la beligerancia de los campesinos.
Mientras más amenazadores aparecían los machetes, mayor era la oferta gubernamental. Temeroso en una situación que no sabía como enfrentar, el gobierno federal estuvo varios meses al garete de las exigencias de los ejidatarios, especialmente del grupo más radical que controló a los campesinos de Atenco.
La oferta llegó a 500 mil pesos, en promedio, por hectárea. No había límites a las pretensiones de los ejidatarios que habían aprendido que mientras más insolentes eran sus presiones mayor era la debilidad gubernamental.
Los pobres y los demagogos
No hubo auténtica negociación porque ni los interlocutores se reconocían a sí mismos como tales (el soez desprecio de los líderes de Atenco hacia los funcionarios del gobierno hacía imposible cualquier trato serio) ni se habían establecido parámetros capaces de conducir a un acuerdo.
Enardecidos en las actitudes de perdonavidas que tanto les celebraron distintos medios de comunicación, los dirigentes de Atenco no supieron cuándo pactar. Creyeron que tenían al gobierno contra la pared, hasta que su adversario decidió esfumarse. Entonces fueron ellos quienes se estrellaron contra esa pared.
Solo con enorme voluntarismo y cargando a cuestas las anteojeras ideológicas que los partidarios de la rebelión en Atenco han querido imponerle a la sociedad se podría pensar que los ejidatarios ganaron. Seguir cultivando una tierra empobrecida y haber perdido la oportunidad extraordinaria que significaba vender sus propiedades a un precio que jamás soñaron no es triunfo sino una derrota estrepitosa y dolorosa.
A pesar de ese resultado lamentable para centenares de familias que seguirán siendo pobres –porque la demagogia y el aventurerismo dilapidados en el movimiento de Atenco no enriquecen a nadie– sería deseable que el desenlace resulte, además, ejemplar.
Si algún provecho pudiera obtenerse de este desdichado conflicto, tendría que ser su capacidad didáctica.
Es pertinente que la sociedad reconozca que los machetes, por mucha que sea su carga simbólica y de intimidación, no sirven para resolver sus exigencias.
Será saludable que se admita que a pesar de las costosas reticencias para reconocerla y hacerla respetar, la vía de la legalidad es la única que puede conducir a arreglos civilizados.
Nadie ganó en San Salvador Atenco. Perdió el gobierno federal que había invertido en Texcoco buena parte de sus expectativas en materia de infraestructura para este sexenio. Perdió el Estado de México que confiaba en la magna inversión que llevaría el aeropuerto. Perdió la ciudad de México cuya terminal aérea es cada vez más atestada e insegura. Perdieron los ejidatarios no tanto por ambiciosos, sino por el aventurerismo de sus dirigentes que los llevaron al despeñadero político.
Solo embaucadores como el abogado Burgoa pueden decir que en Atenco triunfó la Constitución y “se hizo justicia a los pueblos débiles”. No hay justicia alguna cuando la miseria, que es causa principal de su debilidad, se perpetúa en pueblos como Atenco. Allí perdieron los pobres que para desdicha suya y vergüenza del país seguirán siéndolo, por mucho que haya tantos demagogos que hayan querido escudarse en ellos.
Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx
Página web: http://raultrejo.tripod.com/
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Papolatría
La Crónica, 1 de agosto de 2002
Inclinado ante el jefe de un Estado extranjero, el presidente Vicente Fox no solo incumplió la obligación constitucional que tiene para defender el carácter laico del Estado mexicano. Además, al agacharse para besar el anillo papal el titular de nuestro poder ejecutivo manifestó, en favor de un credo particular, un culto que raya con el fanatismo. Se trata de un comportamiento muy distinto de la moderación y el pluralismo que son deseables y exigibles al presidente de nuestro país.
Ese gesto de sumisión ilustra la actitud de la clase política en el poder con motivo de la visita del Papa. Por convicción o conveniencia, el presidente y muchos otros funcionarios y personajes políticos supeditaron sus investiduras y responsabilidades ante el jefe de la iglesia católica.
En televisión y radio se insiste en que tales actitudes marcan el fin de la simulación que antaño practicaban los gobernantes del PRI. Pero está por verse cuál disimulo es mayor, si el de aquellos priistas que ejercían en privado sus prácticas religiosas para no confundirlas con sus obligaciones públicas, o el de quienes demuestran en público esas convicciones sin reparar en la representatividad política que tienen.
En el gobierno federal se había entendido la pertinencia de no confundir la investidura presidencial con el derecho individual del licenciado Fox a expresar su fe religiosa. Tanto así que, desde la semana anterior, el propio titular del Ejecutivo explicó que a la misa en la Basílica no asistiría como presidente sino como Vicente Fox.
Quedaba claro, de esa manera, que si bien sería como ciudadano que ayer miércoles acudiría a la misa de proclamación de Juan Diego, el martes Fox le daría la bienvenida al Papa en su calidad de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.
A Juan Pablo II se le recibió como jefe de Estado. Las banderas del Vaticano y México presidieron la ceremonia y se escucharon los himnos de ambos países. Así que fue en su condición de Presidente de la República y no como el ciudadano Fox, que nuestro mandatario se inclinó para besar el anillo del Pescador, precisamente la insignia que representa el poder terrenal y espiritual del Papa.
Esa es la divisa de la jerarquía papal, que tiene una connotación tan relevante que cuando el jefe de la iglesia católica muere, la tradición y el rito señalan que el anillo ha de ser destruido. Ese es el emblema que el presidente de México se inclinó para reverenciar.
La vida pública y la política están repletas de símbolos y la decisión del presidente Fox para allanarse al emblema del poder papal no puede considerarse como una actitud simplemente anecdótica. Si con ese gesto quiso hacer evidente que su gobierno tiene con la iglesia un comportamiento drásticamente distinto al que en su momento expresaron los presidentes priistas, al licenciado Fox le faltó contexto y discurso que respaldaran esa actitud.
La conducta de los presidentes anteriores respecto de la religión, ha sido cuestionada con alguna frecuencia. Pero no puede negarse que aquellos mandatarios obedecían a una tradición histórica que se expresa (todavía) en nuestra Constitución Política.
El presidente Fox, en cambio, no ha tenido mas que un gesto y no para reivindicar legalidad, historia ni proyecto definido alguno, sino solo para dejar claro que él no encuentra impedimentos para expresar de manera abierta su devoción ante el jefe de la iglesia católica.
El beso del hangar presidencial forma parte de los muchos desplantes personales que se le han conocido al licenciado Fox en los veinte meses que hoy cumple su gobierno. Quizá de la misma forma en que menudo se suelta de la lengua para después arrepentirse por exabruptos que no debió haber dicho, antier al presidente le ganaron las ganas, o la emoción, para postrarse delante del Papa.
Pero a un personaje público que tiene responsabilidades institucionales como las que buscó, logró y se comprometió a cumplir el presidente de la República, es preciso evaluarlo no por sus intenciones sino por el resultado de sus acciones. El beso del hangar dice poco acerca del proyecto y el compromiso políticos de Fox, pero mucho respecto de la improvisación, o la búsqueda de imágenes efectistas, con que ha gobernado.
Esa veneración a Juan Pablo II puede resultar excesiva incluso para los intereses de la iglesia católica. En esferas cercanas al Vaticano ha crecido la preocupación ante el culto desmedido que algunos han denominado “papolatría” (el término, que aparece en distintas publicaciones de discusión eclesiástica, lo recordaba ayer el especialista Roberto Blancarte en el noticiero de José Cárdenas). Sin querer, el presidente mexicano se suma a esa veneración tan exagerada que preocupa dentro de la misma iglesia católica.
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Dos discursos del Papa
La Crónica, 30 de julio de 2002
Juan Pablo II es el último gran personaje del siglo XX. El tenaz y planetario activismo que ha desarrollado durante casi un cuarto de siglo, le ha permitido influir de manera decisiva en el diseño del mundo que tenemos hoy en día.
Algunos de los grandes cambios en el mapa geopolítico de las décadas recientes, entre ellos la caída del muro ideológico y político que dividía a los europeos, se deben a la interesada diligencia del papa polaco.
De la misma manera hay inercias y carencias que se padecen en los terreno social, ético y moral, en cuya persistencia ha sido muy relevante el personaje que llega hoy a nuestro país.
Juan Pablo II tiene un doble discurso. No se trata de un comportamiento esquizofrénico sino de actitudes complementarias que forman parte de las articulaciones internas y las búsquedas de esa corporación inmensa, extremadamente poderosa y sometida a múltiples exigencias que es la iglesia católica.
En asuntos sociales el papa tiene un discurso avanzado. Su reivindicación de los pobres la ha acompañado, sobre todo en años recientes, de una fuerte crítica a la ausencia de regulaciones que suele tener la economía de mercado. Sus requerimientos a quienes tienen poder y recursos para que actúen con responsabilidad y generosidad, los ha acompañado de demandas específicas para mejorar la situación de los más desamparados.
Contradictoriamente, en temas relacionados con la moral de los individuos y respecto de la situación interna de la iglesia católica Juan Pablo II mantiene posiciones conservadoras. Su rechazo a examinar de manera abierta asuntos como el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad, el derecho de las parejas a regular el tamaño de su familia y más recientemente los abusos de sacerdotes contra menores de edad, manifiestan la otra faz en el comportamiento del papa.
Una y otra son caras de una iglesia que trata de rescatar inquietudes de reforma social ampliamente extendidas entre sus feligreses, pero sin deshacerse del tradicionalismo en el que históricamente se ha sustentado.
El alma conservadora no ensombrece el alma progresista de Juan Pablo II. Pero su compromiso con los derechos sociales de las personas no es tan amplio que lo lleve a reconocer los derechos individuales que también tienen.
De esa manera, el Papa y la jerarquía católica pueden contar con un discurso demandante frente a inequidades del poder económico y abusos del poder político, a la vez que soslayan el creciente interés de los integrantes de la sociedad a ser reconocidos como adultos capaces de decidir asuntos que les conciernen fundamentalmente a ellos.
De ambos discursos, en sus recorridos por el mundo Juan Pablo II suele destacar el que reivindica el interés de los desheredados. Esa actitud contribuye a mantener el consenso de la iglesia católica en los países donde se encuentra más extendida y a vigorizar la influencia del Vaticano en los circuitos internacionales. Las gestiones del Papa a favor de la paz en numerosos lugares suelen tener una importancia nada desdeñable.
El conservadurismo en asuntos morales y eclesiásticos, Juan Pablo II lo suele reservar para audiencias o documentos más específicos. De esa manera uno y otro discursos no entran en contradicción.
La predilección que tiene por nuestro país, reconocible en esta quinta visita, confirma que el Papa está empeñado en defender la presencia pública de la iglesia católica con todo el ahínco del que sea capaz. Su esfuerzo personal, trayendo a cuestas dolencias ahora inocultables, suscita la admiración de cuantos observan sus presentaciones públicas.
Esa presencia se impone al discurso –a los discursos– de Juan Pablo II. Al mismo tiempo que es uno de los grandes protagonistas del siglo que ya terminó, el Papa constituye una de las más intensas figuras mediáticas en esta era de las imágenes universalmente propaladas.
Es él, y no Juan Diego, el protagonista de la visita que comienza hoy. La canonización del indio del Tepeyac, resuelta a pesar de abundantes evidencias sobre la adulteración de hechos históricos en beneficio de la leyenda y la alegoría religiosas, es causa de un repunte social –pero también político– que ha construido la jerarquía eclesiástica. Más que a canonizar a Juan Diego, el Papa viene a consagrar esa mayor y más decisiva influencia que buscan los dirigentes de la iglesia católica en México.
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El verdadero pecado del Padre Amaro
La Crónica, 18 de agosto de 2002
El crimen del Padre Amaro muestra a un clero amoral, coludido con intereses turbios como los del narcotráfico y fundamentalmente interesado en defender su fortuna y privilegios.
Esa película exhibe a una jerarquía eclesiástica descompuesta y corrupta. La disciplina que es elemento cohesionador de cualquier corporación, aparece diluida entre el tráfico de conveniencias y las ambiciones personales.
En ese retrato de la iglesia, la obediencia de los sacerdotes a sus propias reglas queda supeditada al imperio del dinero. Cuando les hace falta el obispo, o el titular de la parroquia en donde se desarrolla la película, buscan imponer sus voluntades merced a la coerción espiritual o al chantaje político.
Esa es la iglesia que se muestra en El crimen del Padre Amaro. No es una descripción lejana a la imagen de la jerarquía eclesiástica que tienen muchos mexicanos.
Pero no es esa descripción, terrible y devastadora, la que preocupó al Episcopado Mexicano y a la corte de fanáticos que respaldaron sus quejas contra la película.
A los obispos y dirigentes de organizaciones conservadoras que han cuestionado la película les inquietaron dos escenas que, vistas en su contexto, resultan menores.
En una de ellas una beata desquiciada (aunque a la postre con perspicacia suficiente para aprovecharse de las debilidades de sus párrocos) le da a uno de sus gatos la hostia que ha extraído subrepticiamente del templo.
En la otra, el joven cura que había llegado a un pueblecito para descubrir que el mundo y la vida están repletos de pasiones le pone a su enamorada el manto que le habían regalado para adornar la efigie de la Virgen que tenía en la iglesia.
No son esas las escenas más intensas de la película dirigida por Carlos Carrera.
Tampoco son segmentos destinados a injuriar la fe de nadie. Se trata de escenas que ayudan a ilustrar el delirio de personajes que, con su extravagancia a cuestas, resultan absolutamente verosímiles.
Dos escenas polémicas
Sin embargo los impugnadores de la película orientaron sus descalificaciones anticipadas contra esos dos pequeños fragmentos.
No se han quejado de la descripción que en esa cinta se hace del deterioro ético de los sacerdotes allí retratados.
No se han incomodado porque a la jerarquía de la iglesia católica se la muestre convenenciera, aprovechadiza, corrupta.
Y no deja de llamar la atención el sesgo que impusieron para enderezar la persecución contra ese filme. A los prelados, a sus voceros y prosélitos, no les incomodó la historia del párroco que con tal de construir un hospital acepta recursos del narcotráfico a sabiendas de la naturaleza inmunda de ese dinero. El obispo de la película jamás ignora ese origen ilegal e insiste en que las donaciones se mantengan.
Igual que con las finanzas de la diócesis, la discutida película muestra la ancha manga de los dirigentes de la iglesia con el comportamiento personal de sus sacerdotes. “Hasta los santos cometen errores, lo importante es reconocerlos” dice el prelado al que interpreta Ernesto Gómez Cruz. Pero en la película, como en la vida real, la iglesia no castiga los errores de sus ministros.
Ese pragmatismo del clero, que pronto deviene en cinismo, es descrito de una manera tan congruente y clara que resulta fácilmente identificable con realidades que todos conocemos.
Ese es el auténtico pecado del Padre Amaro. La película enseña la faz descompuesta de una iglesia sustentada, al menos en alguna medida, en la presión espiritual sobre los que no tienen mas que su fe y que termina asociada con los poderosos.
Personajes arquetípicos
La verdadera falta de la cinta radica en su demoledora verosimilitud.
Una dirección impecable, obra de un cineasta maduro, que sabe su oficio y goza con él, logra hacer del espléndido guión de Vicente Leñero, a partir de la novela de Eca de Queiroz, una película cinematográficamente sólida. Gracias a los destemplados enconos que ha suscitado, ahora es además una película política y moralmente acreditada.
El reparto es excelente. El padre Benito, protagonizado por Sancho Gracia, es el cura mandón y acomodaticio que puede encontrarse en centenares de pueblos y en no pocas parroquias urbanas. Rígido en asuntos veniales y complaciente ante grandes pero redituables pecados sabe encontrar, para aprovecharla, la viga en el ojo ajeno. Su amistad con la mujer que satisface sus apetitos gastronómicos y carnales, actuada por la experimentada Angélica Aragón, forma parte de la red de complicidades que sostienen el trato entre la parroquia y sus feligreses.
Y qué decir de Dionisia, la loca del templo, protagonizada por Luisa Huertas en un papel que merece un aplauso especial.
O del presidente municipal, un muy creíble Pedro Armendáriz que despotrica contra la influencia poder de las sotanas pero que cuando considera que hace falta se allana convenientemente a ella –aunque tenga que tomar como coartada a Benito Juárez–.
La caracterización de personajes arquetípicos siempre es riesgosa. Cuando se hace sin cuidado, puede ser un ejercicio al borde de la petrificación o de la caricatura. Carrera y Leñero eluden airosamente esos riesgos gracias a los matices que incorporan a sus personajes.
Esos personajes son estereotipos de muchos otros que todo ciudadano (y ciudadana, claro) han conocido o de los que han tenido noticia. Sacerdotes que tienen amantes, devotas perturbadas entre el incienso, la soledad y el fanatismo, jerarcas eclesiásticos capaces de tasar los pecados en pesos o dólares, gente del pueblo soliviantada por la iglesia en contra de quienes la desatienden o cuestionan.
Pero además, y de allí el neurálgico realismo que muestran, se trata de personajes de carne y hueso. Los curas de la película son individuos con pasiones e intereses. Se entusiasman con el futbol, beben y bromean, sufren y fornican.
Alguno de ellos se duele de la obligatoriedad del voto de castidad. “Ay, hijo, es más fácil que haya un Papa mexicano a que la iglesia suprima el celibato”, dice uno de los más curtidos. La cinta de Carrera cala en uno de los asuntos más delicados que no ha podido resolver la iglesia católica, entrampada entre la autoritaria ortodoxia de sus dirigentes y las exigencias de sus ministros y feligreses que desearían una iglesia capaz de reconocer las realidades de la sociedad y la gente.
La integridad de Natalio
Justamente, los dos protagonistas éticamente más auténticos de la película son aquellos que no se avergüenzan de sus pasiones –y no nos referimos a las de índole sensual–.
Uno de ellos es el joven periodista (cabalmente protagonizado por Andrés Montiel) sobre quien se alza la cólera de una jerarquía eclesiástica herida cuando son develados algunos de sus negocios. Ese reportero va del ímpetu al compromiso no como resultado de una vocación épica sino porque las circunstancias lo colocan en posición de publicar una noticia incómoda. Todo lo contrario es el editor del periódico que asegura que su interés único es publicar siempre la verdad, pero que admite que las informaciones escandalosas le sirven porque así vende más ejemplares.
El otro personaje es el cura comprometido con los campesinos con los cuales ha sido enviado a vivir en una aldea lejana. El padre Natalio había elegido su vocación antes de que fuera puesta a prueba. Su adhesión a la teología de la liberación permite ubicarlo dentro de las tensiones reales que trastornan a la iglesia, pero en su actitud no hay falso voluntarismo.
Ubicado en una zona donde el narcotráfico se extiende con todas sus consecuencias corruptoras y criminales, Natalio muestra una fría serenidad ante vicisitudes que no le toman por sorpresa. Estupendamente protagonizado por Damián Alcázar, ese personaje está con los pobres más allá de la oración y se niega a predicar una falsa resignación ante la violencia. Natalio tiene una integridad de la que carecen casi todos los demás que se muestran en la cinta: es el único consecuente con su vocación y sus principios. La admiración que le confiesa el padre Amaro confirma las simpatías que le tienen los creadores de la película.
Ni héroe, ni víctima
Multientrevistado con motivo del escándalo reciente y encumbrado gracias a otras cintas que ha estelarizado, Gael García Bernal representa a un Padre Amaro que se deja llevar por acontecimientos que nunca alcanza a controlar. No es un héroe, ni tampoco víctima. Se trata, como todos los demás, de un personaje que encuentra la oportunidad de hacer elecciones vitales que le acarrearán sorpresas, consecuencias y costos.
El cura recién ordenado que llega con los ojos muy abiertos y el futuro despejado al pequeño pueblo de Los Reyes, exhibe la frescura y el candor de sus 24 años. Todo le resulta fácil, incluso a la hora en que está en riesgo su carrera sacerdotal. El encuentro con la joven Amelia tendrá las consecuencias que ya conocen incluso quienes no han visto la película, pero la trama no se limita a ese pecado. Antes de ello el relato cinematográfico se beneficia de la lozana coquetería y el también bisoño fanatismo de la muchacha, pulcramente interpretada por Ana Claudia Talancón.
No hay burla religiosa
A diferencia de las descalificaciones que ha recibido, El crimen del Padre Amaro no se burla de las imágenes ni de los símbolos religiosos. Las que a sus cuestionadores les han parecido transgresiones o faltas de respeto, son situaciones inherentes al mundo colmado de insensateces que llega a existir en el ámbito ominoso de una pequeña parroquia.
Sin que sean su propósito principal, esas escenas cumplen el papel desacralizador que tienen muchos segmentos similares en películas de Luis Buñuel o de otros cineastas que se han ocupado de temas religiosos con una mirada no complaciente.
Allí también se retrata la manipulación de la fe, con algún sesgo que recuerda a Canoa de Felipe Cazals. No es casual que el productor de El Padre Amaro sea Arturo Ripstein, autor de cintas desacralizadoras del falso moralismo religioso como El Evangelio de las Maravillas y La viuda negra.
Pero a diferencia de algunas de esas cintas el meollo de El Padre Amaro no es la sátira o la crítica del fanatismo sino de las muy terrenales prácticas de algunos sacerdotes.
El crimen del Padre Amaro no se burla de imágenes, ni de símbolos religiosos, sino de los curas tramposos.
Iglesia que promueve el odio
La exhibición de la película fue retrasada varias semanas para que no coincidiera con la visita del Papa. La jerarquía de la iglesia católica consideró que hubiera sido impropio que El padre Amaro estuviese en cartelera mientras el jefe del Estado Vaticano se encontraba en México.
Su exhibición ahora, después de los arrebatos de sincera o supuesta religiosidad del actual gobierno mexicano ha permitido, en contra de los deseos del clero, q ue la película tenga un efecto más significativo.
Si en las semanas anteriores fuimos testigos de la transgresión a disposiciones constitucionales y tradiciones históricas por parte del gobierno, la exhibición de esta cinta permite constatar que, a pesar de todo, nuestras leyes en materia de libertad de expresión sí cumplen en casos polémicos como este.
El clero y sus socios han buscado provocar la animadversión de la sociedad en contra de esa cinta pero no han podido impedir que sea vista por quienes quieren hacerlo.
Gracias a su exhibición, aquí y ahora, El crimen del Padre Amaro permite que los mexicanos reconozcan la vertiente aciaga, contraria a las actitudes piadosas, que existe en la iglesia.
En vez de reconocerla como un retrato de comportamientos que la misma iglesia ha tenido que admitir en distintos sitios del mundo, el clero mexicano quiso entender a esta película como un desafío y ha querido enfrentarla con sus peores recursos: promoviendo la descalificación infundada y el odio, movilizando a partir de la exaltación delirante de valores religiosos cuya fuerza real se encuentra en las convicciones íntimas de cada creyente y no en el tratamiento que reciban en una película.
La exhibición de la cinta, aquí y ahora, permite comprobar que si bien la iglesia católica tiene gran presencia en la fe religiosa, no necesariamente define las decisiones de los mexicanos en otros aspectos de su vida cotidiana. Además de creyentes, son adultos que ejercen su capacidad para elegir, discernir, contrastar y entretenerse como cada uno de ellos decida.
La concurrida asistencia a las salas en donde se exhibe esa película comprueba que los mexicanos, en esos terrenos, quieren y saben comportarse como ciudadanos. A pesar de las intimidaciones propagadas para que la gente no la viera, el extendido interés por esa cinta es un llamado de atención para que el clero entienda que los mexicanos no le permiten sustituir su capacidad de elección y discernimiento.
La asistencia de decenas de miles que este fin de semana están acudiendo a ver la cinta de Carrera constituye una plausible derrota del conservadurismo mexicano. Además los espectadores se encuentran con una película de notable calidad, que devela un retrato descarnado de vicios y lacras de la iglesia católica. Mostrar esos defectos –y no el atentado a símbolos o convicciones religiosas– es el verdadero pecado del Padre Amaro.
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Ni angélicos, ni impunes. Marcial Maciel y Los Legionarios de Cristo
La Crónica, 19 de abril de 2002
Los testimonios son conmovedores a la vez que indignantes.
Un ex sacerdote, ahora profesional de la sicología, recuerda que hace medio siglo él y otros seminaristas padecían abusos sexuales.
Un ministro de la iglesia católica, hoy radicado en Chicago, explica que después de muchos años se animó a presentar una denuncia similar.
Otro ex seminarista, abogado ahora, también manifiesta haber sido víctima de abusos sexuales.
El responsable de esos delitos según tales denuncias es el fundador y dirigente de los Legionarios de Cristo, una de las órdenes más influyentes de la iglesia católica. El sacerdote mexicano Marcial Maciel Degollado ha sido señalado como culpable de abuso sexual por esos y otros ex miembros de la congregación de los Legionarios de Cristo.
“Desde los años 50 abusó de mí sexualmente”, dice Juan José Vaca Rodríguez quien llegó a ser presidente de los Legionarios en Estados Unidos.
Recordar esos hechos “me despertó una gravísima preocupación en mi conciencia. Busqué que se abriera el caso pero no hubo respuesta” del Vaticano, asegura el sacerdote Alberto Athié Gallo que fue secretario ejecutivo de la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Ya en Chicago buscó al poderoso Joseph Ratzinger, presidente de la Pontificia Congregación de la Fe, para que se iniciara una investigación acerca del comportamiento de Maciel. Le respondieron que “no era prudente” porque el fundador de los Legionarios es “una persona muy querida del santo padre”.
El ex tesorero de esa congregación, Óscar Sánchez Rosete, recordó: “La regla en la Legión es ‘no sé nada’. Pero se dan casos en donde estás conviviendo con puros hombres y de vez en cuando se te va ir una cana al aire, pero de que existe, existe. Yo lo sufrí”.
Esos y otros testimonios fueron presentados el lunes por la noche en el programa Círculo Rojo que conducen Carmen Aristegui y Javier Solórzano para Televisa.
La crudeza de las confidencias de esos ex seminaristas y su difusión en un canal televisivo de presencia nacional han detonado viejas suspicacias y nuevos desconciertos delante de la iglesia católica en México. Desde luego el hecho de que alguno o algunos de sus integrantes sean acusados de abuso sexual no significa que toda la iglesia o toda la corporación aludida se encuentren sometidos a examen.
De la misma, no bastan los dichos de algunos presuntos afectados para condenar al dirigente de los Legionarios de Cristo.
Dilucidar si las acusaciones son ciertas, o no, tendría que haber sido tarea de la justicia. Sin embargo algunos sectores de la jerarquía eclesiástica, tanto en México como en El Vaticano, se opusieron a que las denuncias contra Maciel fuesen ventiladas por los tribunales civiles. Incluso se rehusaron a que la iglesia indagara tales acusaciones.
Presiones empresariales
Más que lavarla en casa, el clero ha preferido esconder la ropa sucia. La negativa a ventilar asuntos de esa índole en los tribunales y de acuerdo con las leyes de cada país, ha constituido una ilegal pero sintomática reivindicación de fueros por parte de la iglesia católica.
Las denuncias contra el comportamiento del sacerdote Marcial Maciel eran conocidas desde hace tiempo.
En mayo de 1997 el Canal 40 dio a conocer testimonios de algunos sacerdotes retirados o en activo que aseguraron haber sido agredidos por el fundador de los Legionarios.
A consecuencia de esas denuncias el 40 padeció un boicot publicitario organizado por el propietario de la corporación industrial Bimbo, el señor Lorenzo Servitje.
Ese empresario aseguró que por haber transmitido el reportaje sobre las denuncias contra Maciel, el canal 40 perdería medio millón de dólares en anuncios que ya no recibiría.
Ahora, al parecer, el boicot publicitario no se ha repetido. Son otros tiempos. Además una cosa es el Canal 40 y otra, Televisa.
De cualquier manera la empresa de Emilio Azcárraga Jean se está acostumbrando a enfrentarse con Servitje, uno de los empresarios más conocidos por sus exigentes y con frecuencia muy conservadoras opiniones.
Servitje es creador y animador del grupo “A favor de lo mejor” que hace unas cuantas semanas quiso que Televisa censurase la serie “Big Brother”.
Ahora un programa informativo transmitido por la misma empresa, rescata un viejo asunto que no se ha esclarecido y que le resulta especialmente molesto a empresarios como el patriarca de la Bimbo.
El mérito de Círculo Rojo, de los periodistas que hacen ese programa y de la empresa que lo transmite ha sido llevar a la televisión, de manera cuidadosa y profesional, un tema controvertido. Las denuncias contra Maciel ya eran conocidas pero adquieren nueva actualidad ahora que se han conocido casos de pederastia en la iglesia católica de Estados Unidos.
Las acusaciones de varios ex miembros de los Legionarios de Cristo contra el fundador de esa orden fueron publicadas en febrero de 1997 por el periódico estadounidense Hartford Courant en un amplio y documentado reportaje de los periodistas Gerald Renner y Jason Berry. Esa información fue recuperada dos meses más tarde por el diario La Jornada y luego en el Canal 40.
Al margen de las leyes
A raíz de las denuncias contra sacerdotes estadounidenses, particularmente en la diócesis de Boston, que habrían abusado sexualmente de una gran cantidad de niños inscritos en escuelas católicas, varios dirigentes de esa iglesia en México opinaron sobre la pederastia en el clero de nuestro país.
El martes 9 de abril el vicepresidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, José Guadalupe Martín Rábago, dijo que no se sabe cuántos sacerdotes cometen delitos sexuales en México pero que un indicador es la situación de Estados Unidos en donde se estima que el 3 por ciento de los sacerdotes muestra “tendencias” al abuso de menores y el 0.3 por ciento son pederastas. Los sacerdotes mexicanos “no son ángeles”, dijo ese obispo.
El domingo siguiente el cardenal Norberto Rivera asumió una posición menos cínica y, también hay que reconocerlo, comprometida con las leyes. Quien comete abusos sexuales contra menores de edad debe ser denunciado a las autoridades independientemente de que sea o no sacerdote, dijo el arzobispo. “Nadie debe tener fueros o privilegios”.
Sin embargo Sandoval asumió una discutible defensa corporativa: “La iglesia católica en México y sus sacerdotes han sido colocados en el banquillo de los acusados y condenados. Esta semana le tocó a la iglesia católica como en otras ocasiones veremos que les tocará a maestros, jueces, periodistas, políticos, militares, judíos y médicos”.
Esa tendencia a desdeñar la gravedad de los abusos cometidos por sacerdotes por el solo hecho de que tales delitos también se pueden perpetrar en otras actividades, ha sido reiterada por distintos ministros católicos. Rivera además, en un curioso o deplorable lapsus, ubicó al judaísmo como una profesión.
Más condescendiente con los abusos de sacerdotes el cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, declaró a El Universal que además de reprobarlos hay que entenderlos. Es preciso “tratar de comprender y perdonar, puesto que el hombre es débil y está expuesto a fallar”.
Con el mismo argumento se podría dispensar a quienes perpetran cualquier delito. Plagiarios, mutiladores, asesinos, ladrones y abusadores de toda laya encontrarían en el cardenal Sandoval una magnánima indulgencia. Pobrecitos, es que son tan humanos.
La debilidad humana como descargo de acciones criminales es la antítesis del Estado de Derecho. Con ese argumento el obispo de Guadalajara tendría que considerar que no hay nada que perseguir en el crimen de su antecesor, el cardenal Juan Jesús Posadas porque, independientemente de quienes hayan sido los asesinos, su acción quedaría disculpada por tratarse de falibles seres humanos.
Quizá el cardenal Sandoval considera que su tesis de la exculpación a causa de la condición humana ha de emplearse solamente con los sacerdotes. En ese caso estaría defendiendo una situación de privilegio para los ministros de la iglesia, pretendiendo que estén al margen de la ley.
Sandoval recomienda que a los sacerdotes “que fallen” hay que ofrecerles ayuda sicológica y espiritual, se les “debe asignar campos de acción pastoral especiales, en los que no estén tan expuestos a la tentación y después de reconvenidos, a los que no se enmienden se les debe separar del ministerio”.
¡Qué generosa es la iglesia católica con sus integrantes! Lejos de reconocer la comisión de delitos que las leyes ordenan perseguir independientemente de la actividad de quien los perpetra, Sandoval y otros de sus colegas recomiendan que a los abusadores se les aparte de la tentación.
Esta semana el obispo de Aguascalientes, Ramón Godínez Flores, dio a conocer su fórmula para sancionar a los sacerdotes que cometen abuso sexual contra menores de edad: “deberán hacer una semana de ejercicios espirituales, donde se incluya una terapia sicológica, sin dejar de considerar aplicar una fuerte sanción que puede llegar al mismo retiro del ministerio”.
La práctica de apartar de las tentaciones a quienes cometen abusos en vez de turnar esos casos a las autoridades judiciales parece ser frecuente en la iglesia católica de nuestro país.
El Universal del 15 de abril dice que el clero católico “cuenta con dos centros de rehabilitación para sacerdotes que han cometido abuso sexual, padecen adicciones o presentan conductas ‘inapropiadas’. Uno de esos centros es la Casa Alberione, que se encuentra en Tlaquepaque, Jalisco. Allí han sido atendidos más de 550 sacerdotes nacionales y extranjeros. Ricardo Roqueñí, director del centro, informa que en el estado de México existe una casa de rehabilitación más y otra se construye en el Distrito Federal”.
Ese mismo diario publicó el 18 de abril que al menos en cuatro o cinco ocasiones durante los años recientes, la iglesia católica silenció con dinero las quejas de personas que habían sido víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes. Se trató de “cantidades razonables” en opinión de Antonio Roqueñí, quien fue miembro del Tribunal Eclesial de la Arquidiócesis de México.
Denuncias y audiencias
Los Legionarios de Cristo han rechazado las acusaciones contra el sacerdote Marcial Maciel. Sin embargo las declaraciones de varios ex miembros de esa orden que ahora son profesionistas, adultos y que viven en varios países siguen coincidiendo de manera inquietante. Tan grave como esas acusaciones ha sido el rechazo de los Legionarios y de la cúpula de la iglesia católica a abrir una investigación seria acerca de ellas.
Algunos de los denunciantes dicen que hace cinco años tenían la esperanza de que el Vaticano se interesara en sus quejas. Sin embargo poco después el papa Juan Pablo II designó a Maciel representante suyo para una conferencia en América Latina.
La verosimilitud –o no– de las acusaciones contra el fundador de los Legionarios de Cristo es un asunto que tendría que haberse dirimido en el marco de las leyes. Como no sucedió así, a estas alturas solo queda en la conciencia de los protagonistas de esos supuestos incidentes.
Lo que hoy resulta significativo es el rechazo de la iglesia católica a reconocer que cuando dentro de su ámbito se cometen delitos tienen que ser sancionados por los jueces y las leyes que rigen para toda la sociedad.
Junto con esa pretensión de extraterritorialidad y alegalidad que mantienen algunos dirigentes de la iglesia católica, se puede apreciar el hondo conservadurismo de muchos de ellos.
El Vaticano y el papa Juan Pablo II, a pesar de la perspicacia con que han entendido muchos de los cambios recientes en el mundo, en el terreno de las convicciones y las actitudes morales siguen esgrimiendo una intolerancia autoritaria y obtusa. Lo mismo sucede con algunos de los principales funcionarios de la iglesia católica en México.
Esas actitudes, graves cuando entre la iglesia y el poder político existía un distanciamiento al menos formal, pueden implicar nuevos riesgos en las condiciones actuales del país.
Los gobernantes, como cualquier ciudadano, tienen absoluto derecho a profesar las creencias religiosas que quieran. Pero cuando esas preferencias implican relaciones determinadas por intereses, favores y beneficios, puede estar en riesgo la necesaria laicidad con que tienen que ser conducidos los asuntos públicos.
No ha sido un secreto la relación cercana del dirigente de los Legionarios de Cristo con la familia del presidente Vicente Fox.
Es sabido que cuando el presidente Fox y su ahora esposa buscaban la anulación de sus respectivos matrimonios religiosos para poder casarse por la iglesia su ex esposa, la señora Lilian de la Concha, fue a ver al papa Juan Pablo II.
La entrevista fue gestionada por el sacerdote Marcial Maciel, quien presentó a la señora De la Concha como “la esposa del presidente Fox” cuando era conocido que estaban separados desde varios años antes.
Meses más tarde, en octubre de 2001 la señora Martha Sahagún –que para entonces ya era esposa del presidente– también consiguió una audiencia privada con el papa. Las gestiones para esa entrevista fueron realizadas, otra vez, por el influyente sacerdote Marcial Maciel.
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PERFIL
Marcial Maciel Degollado
El fundador de los Legionarios de Cristo nació en marzo de 1920 en Cotija, Michoacán. Desde que tenía 16 años, en pleno cardenismo y cuando ya era seminarista, concibió la idea de crear una orden religiosa distinta a las que ya existían.
Una de sus biografías oficiales asegura que, en esa época, el joven Maciel “percibió con una claridad extraordinaria la llamada de Dios a formar una agrupación de sacerdotes que se entregaran con entusiasmo y con generosidad a la difusión del reino de Cristo entre los hombres”. El proyecto cristaliza el 3 de enero de 1941 cuando, en el sótano de una casa en la ciudad de México, Maciel y otros 13 jóvenes fundan la congregación de los Legionarios de Cristo.
Cinco años más tarde Maciel y varios de sus socios viajan a Santander, España, a completar su formación sacerdotal. Allí logra acercarse a las autoridades de la iglesia católica, gracias a lo cual en mayo de 1948 el Vaticano reconoce a los Legionarios.
Maciel participa en 1950 en la formación de un Centro de Estudios Superiores en Roma. Una semblanza de Maciel que circula en páginas de los Legionarios en Internet sostiene, sin ofrecer más datos, que “en la segunda mitad de la década de 1950 pasa por un período de dura prueba moral que la purifica y robustece espiritualmente. Superada esta, reemprende su ritmo de crecimiento vocacional y de expansión apostólica”.
En los años 60 la Legión crece asociada con grupos empresariales que financian centros educativos. El primero había sido el Instituto Cumbres fundado en 1954, a partir del cual 10 años después nace la Universidad Anáhuac. Se asegura que actualmente los Legionarios dirigen 145 centros educativos, 21 institutos superiores y 9 universidades en México, Venezuela, Chile, Brasil, España, Irlanda, Italia y Estados Unidos.
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Religión y superstición
La Crónica, abril 13, 2001
Hoy en día menos del 90% de los mexicanos (quizá apenas el 80%) se consideran católicos. Incluso hay entidades del país en donde cerca de la cuarta parte de los habitantes declara tener una religión distinta a la mayoritaria, o no tener ninguna.
En 1997, según datos del Inegi, frente al 89% de la población que se declaró católica había un 7% de protestantes o evangélicos, el 0.69% de judíos y de otras religiones y casi el 3% de mexicanos que dijeron no profesar religión alguna.
Los estados más católicos son Zacatecas (97.4%), Querétaro (96.7%), Guanajuato (96.5%) y Jalisco (95.9%). En el sureste hay una clara expansión de otras religiones. En Chiapas solamente el 66% se declaran católicos y el 21% dicen profesar otros credos. En Campeche y Tabasco son católicos el 73.7 y el 74.6% respectivamente y tiene otras religiones el 17.8% en cada entidad. En Quintana Roo el 75% son católicos y el 16.7% de otros credos.
La iglesia católica ha advertido la pérdida de fieles debido a la expansión de las “sectas” como con cierto desprecio las denomina la jerarquía eclesiástica. Esos procesos de realineamiento de los ciudadanos respecto de distintas opciones para ejercer su fe tienen causas y consecuencias muy variadas. El conflicto armado en Chiapas por ejemplo, no se explicaría sin la rivalidad entre católicos y protestantes que ha llegado a involucrar, y enemistar, a comunidades enteras.
La religiosidad o el misticismo de los mexicanos tiende a diversificarse e incluso, a asumir opciones distantes de la racionalidad. Ayer mostramos, apoyados en la encuesta nacional de valores que realizó el IISUNAM en 1994, cómo la práctica religiosa, especialmente de la religión católica, ha sido más extendida entre los mexicanos pobres, de escolaridad limitada, que viven en poblaciones pequeñas y que tienen mayor edad.
En los años más recientes pareciera que la creencia en el pensamiento mágico, incluso más allá de los parámetros de las religiones establecidas, han venido ganando peso en nuestro país.
La citada encuesta de la UNAM encontró, hace siete años, que solamente el 38% de los mexicanos creía en el infierno y el 26% creía en “limpias”. Al mismo tiempo, el 87% se manifestó dispuesto a pedirle un milagro a la Virgen de Guadalupe o a algún santo.
El año pasado, el estudio mexicano de la Encuesta Mundial de Valores 2000 realizado por el diario Reforma encontró que el 70% de los mexicanos cree en el infierno. En 1990 esa creencia la había manifestado solamente el 44% de nuestros compatriotas y en 1996-1997 el 53%.
Una encuesta más reciente, levantada en marzo de 2001 por la especialista María de las Heras para el diario Milenio, encontró que el 77% de los mexicanos cree en los milagros, el 74% cree en los ángeles y el 54% cree en el diablo.
Más allá de dogmas y costumbres del ritual católico la mayoría de los mexicanos –el 51%– cree en los espíritus y la cuarta parte (exactamente el 25%) manifiesta que al menos alguna vez en su vida ha tenido una experiencia paranormal.
El 47% de nuestros compatriotas cree en las premoniciones y el 46%, en la telepatía. El 42% dice que lee su horóscopo. El 35% cree en las maldiciones.
El estudio de hace siete años y los de ahora no son comparables en todos sus aspectos. Pero llama la atención que en 1994 apenas algo más de la cuarta parte de los mexicanos creía en las limpias y ahora más de la tercera parte considera que las maldiciones pueden existir y afectarlos a ellos o a otras personas.
Muchos mexicanos integran las creencias católicas con el espiritualismo autóctono. Son capaces de ir a misa y también a un santero. El sincretismo mexicano es proverbial, pero quizá asume nuevas vertientes en el nuevo siglo.
En contradicción con los datos que hace pocos años indicaban que el apego a la religión era inversamente proporcional a la escolaridad y el nivel de ingreso, hoy en día quizá hay algunos cambios. Aunque no disponemos de encuestas que documenten estadísticamente esas tendencias, hay profesionistas de la más alta calificación, dirigentes políticos y líderes sociales y hasta académicos muy connotados que hipotecan sus decisiones al capricho de sus cartas astrales, los designios del tarot, las veleidades del I Ching o los pronósticos de la quiromántica de moda.
Ese nuevo ocultismo permea todas las capas de la sociedad mexicana, requiere de nuevos estudios, forma parte de una realidad más allá de las razones y es parte del enorme peso que la emotividad y la subjetividad adquieren ya no sólo en las vidas personales sino, a veces, en el escenario público de nuestros días.
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