Sociedad y poder

Pottermanía

Publicado en Cultura, Letras by rtrejo on Agosto 2nd, 2007

La Crónica de Hoy, jueves 2 de agosto de 2007

Déjenme confesarles, con la condición de que no se lo digan a nadie, que no resistí la tentación de asomarme al final de Harry Potter antes de leer el séptimo libro de la célebre saga. Unos días antes de la aparición de Harry Potter and the Deathly Hallows encontré en Internet varias versiones sobre el esperado desenlace. Ahora que, una vez publicado el libro, doña J.K. Rowling se ha referido en público al final y ha explicado por qué no dejó morir al joven mago que gracias a esa indulgencia crece, tiene familia y ve a sus hijos acudir al Colegio Howarts, no hago revelación ni traición alguna a los lectores si menciono ese episodio. Es precisamente el que leí en varios sitios en la Red, gracias a la indiscreción de alguno de los muchos impresores, intermediarios y libreros que manejaron centenares de miles de ejemplares antes de que pudieran salir a la venta con el primer minuto del sábado 21 de julio.

Aunque la versión que encontré parecía verosímil, nunca dejé de tener cierta suspicacia y contaba las horas que faltaban para confirmar si ese era, en verdad, el final de Harry Potter. Después de haber leído los seis volúmenes anteriores con una fidelidad alimentada por la trama perspicaz que mantuvo en vilo la curiosidad de varias generaciones de lectores, no éramos pocos los que queríamos saber si el enfrentamiento último entre los paradigmas del mal y el bien, cuya evolución conocimos libro tras libro, favorecería al abusivo Lord Voldemort o al simpático aunque cada vez más angustiado Potter.

Así que el sábado 21 por la mañana mi hijo Rafael y yo, que hemos leído juntos la serie de Potter durante varios años, fuimos a un Sanborns a comprar el nuevo libro. A ese establecimiento habían llevado 100 copias y cuando llegamos quedaban solamente 20. Aunque se trata de un libro en inglés en México vendió, en un solo día, más ejemplares que la gran mayoría de los libros editados en nuestro país.

De inmediato puede comprobar que el capítulo que había leído días antes era el que ocupaba las últimas páginas –de la 753 a la 759– del libro postrero de esa dilatada serie. Pero conocer el final no le quitó un ápice al interés por leer el séptimo volumen. Aunque ya no hay partidos de quiditch –el deporte que practican los jóvenes magos trepados en escobas para darle caza a una pelotita escurridiza– y la vida en la escuela de hechicería deja de ser importante porque todo el mundo mágico está por colapsarse ante el progresivo poder del-que-no-debe-ser-nombrado, los ingredientes más arrebatadores de la serie Potter aparecen con una intensidad que resulta de especial eficacia gracias a las numerosas referencias que toma de la vida contemporánea.

La disputa por el poder en el gobierno de los magos, que ya se había manifestado desde tres volúmenes antes y fue tomada como el eje de la película más reciente (Harry Potter y la Orden del Fénix) recuerda mucho las que presenciamos a diario en el escenario público de cualquiera de nuestros países. La tirantez entre las normas que los funcionarios más rígidos aplican con espíritu burocrático y la gana de innovación y libertad, existen lo mismo en nuestras instituciones políticas que en el venerable Colegio Hogwarts.

El allanamiento de mayorías mentecatas a versiones disparatadas pero que están de moda o son políticamente correctas, se aprecia en la historia de Rowling con tanta claridad como en circunstancias que nos resultan mucho más cercanas. A Harry Potter, en la novela, lo hacen víctima de la incredulidad indocumentada de muchos e incluso lo calumnian y difaman con tanta alevosía como les ocurre en la vida fuera de la literatura a no pocos personajes públicos. En el séptimo volumen la periodista Rita Skeeter, cuyo cinismo ya ha padecido el joven mago y que se refocila en inventar versiones sensacionalistas que son exitosas en el diario donde escribe, anuncia que ahora publicará un libro que tiene todo un capítulo, desde luego repleto de falsedades, acerca de Potter.

Si las historias de Rowling son tan entrañables se debe, en buena medida, a que están plenamente asentadas en la realidad. Los hechizos, las varitas, el sombrero seleccionador, las escaleras movedizas, el espejo de los deseos, los viajes de una chimenea a otra y tantos otros recursos, son parte del universo mágico que constituye el contexto para que la creadora de Harry Potter ofrezca, con las coartadas de esa fantasía, una intuitiva sátira de los nada mágicos defectos y problemas de esta humanidad.

Rowling erigió un mundo quimérico con tantos detalles que resulta plenamente aprehensible para sus seguidores. Pero en él, recrea críticamente compasiones, ambiciones, sevicias, incurias, apetencias –virtudes, defectos, pasiones en fin– que forman parte de la vida misma. Gracias a los pormenores que nutren la narración, los aficionados de Harry Potter cuentan con pródigos asideros para sentirse parte de una cofradía que no por multitudinaria es menos excepcional. Gran parte de éxito de la saga radica en el entusiasmo con que sus admiradores han compartido y ostentado sus símbolos (bufandas, escudos, anteojos, capas, entre la parafernalia que nutre libros y películas de Potter).

La otra parte del triunfo editorial y cultural se debe a la familiaridad que los lectores, fundamental pero no exclusivamente jóvenes, encuentran en la serie de Rowling. No se trata de una simple historia de buenos y malos (aunque, como en la vida real y en las buenas novelas, hay unos y otros). Las personalidades allí descritas suelen ser complejas. Quizá no haya un solo protagonista relevante que se ciña al estereotipo con el que aparentemente quería comprometerlo la autora. El bondadoso Dumbledore es capaz de tener arranques de rabia, la cerebral Hermione incurre en torpezas elementales, el generoso Ron tiene acometidas de envidia contra su amigo Harry, el detestable Snape se revela como uno de los personajes más complejos. El mismo Potter parece condenado, más que favorecido, a tener una heroicidad que nunca busca porque lo que él quisiera es vivir en la serenidad de los desconocidos.

Nada de eso basta para explicar la peculiaridad cultural, que descansa en méritos literarios pero también mediáticos y mercadológicos, que para asombro generalizado ha tenido la serie Potter. Se han escrito toneladas de líneas ágata acerca de los millones de ejemplares, las multitudes en las librerías y la fascinación insospechada por la letra escrita que suscitan las vicisitudes del joven mago. La elección de decenas de millones de muchachos que, más allá de sus respectivos contextos sociales y culturales le roban tiempo y entusiasmo al chat, la tele y el videojuego para zambullirse en la semblanza de Potter, ha despertado perplejidades y esperanzas muy variadas. Si el éxito de Potter y su autora pudiera explicarse con una escueta fórmula el fenómeno de lectura y consumo cultural que significan estos libros no sería tan insólito. Nada garantiza que, después de Potter, los muchachos que han dedicado centenares de horas a leer estos siete volúmenes hayan brincado a otras novelas. Pero sin duda muchos de ellos lo hicieron. Y en cualquier caso, lo leído nadie se los quita.

El de Potter es, incluso a pesar de Ms. Rowling, un fenómeno que pasa por los medios y que en Internet alcanza expresiones de afición, compromiso y enardecimiento que pocas figuras o expresiones contemporáneas despiertan. Debido a la parsimonia que suele padecer la edición de libros pero quizá también a causa de inciertos cálculos mercantiles, después de la aparición de las novelas de Potter en inglés pasan varios meses para que se publiquen traducciones en otros idiomas. La editorial encargada de las versiones en español, Salamandra, anunció poco antes de que comenzara a circular The Deathly Hallows que no tenía fecha para la publicación en nuestro idioma, con la consiguiente desilusión de muchos lectores.

A esa editorial, la semana pasada se le adelantaron varios anónimos y generosos apasionados de Potter que dos días después de la publicación en inglés ya habían traducido, y colocado en la Red, los primeros capítulos. Eso había sucedido en otras ocasiones pero los libros de la serie Potter son tan voluminosos que los desconocidos traductores suspendían esa tarea por cansancio, o presionados por los abogados que defienden los derechos de autor de la señora Rowling.

Ahora sin embargo, cuatro días después de que comenzó a circular en inglés ya había en Internet una versión completa, compaginada a la manera del libro, incluso con las ilustraciones de la edición original y grabada en formato PDF, de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Más que transgresión a los derechos de autor, en ese esfuerzo podemos encontrar una profunda admiración por el trabajo de Rowling y por los personajes y el mundo mágicos que creó en sus novelas. ¡Qué enorme esfuerzo, por añadidura solidario y desinteresado, realizaron esos propagadores de Potter al traducir en unos cuantos días las 896 páginas que alcanzó la versión en español!

Me enteré de ella la semana pasada, cuando encontré en un foro de Internet una escueta referencia que decía: “Aquí Está !!! Tengo todos los libros originales. Tengo todas las películas originales y en edición de 2 dvd’s. De modo que no creo afectar a la economía de JK Rowling si paso este link”.

Con esa convincente coartada por delante, el autor del mensaje apuntaba a uno de los rasgos más sobresalientes del fenómeno Potter: por mucho que la conozcan anticipada en Internet, la gran mayoría de los admiradores de la novela seguramente comprarán el ejemplar cuando aparezca en español. Con dicha certeza, aunque con el temor de que haya sido retirado para cuando esta nota sea publicada, les informo que la versión electrónica del nuevo libro de Potter en español fue colocada en: http://spanishhallows.blogspot.com/

No se lo digan a nadie.


El Código Da Vinci

Publicado en Letras by rtrejo on Diciembre 15th, 2005

La Crónica, 24 de marzo de 2005

Gracias al Vaticano, El Código Da Vinci seguirá siendo uno de los libros más vendidos en todo el mundo. De esa novela del estadounidense Dan Brown se han impreso 25 millones de ejemplares –2 millones de ellos en español– desde que apareció en marzo de 2003. Ha sido traducida a 44 idiomas. En México se han vendido entre 300 mil y 500 mil ejemplares.

Con ese éxito, al ex profesor de literatura que ha escrito otras tres novelas no le hacía falta publicidad. Pero hace unos días el cardenal Tarcisio Bertone, arzobispo de Génova, les advirtió imperiosamente a sus fieles: “No compren ni lean El Código Da Vinci

El cardenal, que tiene 70 años, podría ser él mismo personaje de alguna novela de Brown. Aficionado a las armas, es cronista de futbol en la televisión local. Pero en materia religiosa es célebre por su ortodoxia. Forma parte de la extremadamente conservadora Congregación para la Doctrina de la Fe. Y sus advertencias las hizo en los micrófonos de Radio Vaticano.

El cardenal encontró que el best seller de Brown está plagado de incorrecciones históricas y teológicas. Por eso proclama que el libro “es comida podrida, hace daño… es un costal repleto de mentiras contra la Iglesia, contra la auténtica historia del Cristianismo y contra Cristo”, según le dijo a la agencia Reuters.

Si El Código no tuviera el éxito editorial que ha alcanzado, al cardenal Bertone y al Vaticano les tendría sin cuidado. Pero no solo ha sido leído con interés por millones de personas. Además a partir de ese libro se han desempolvado añejas y por lo general desacreditadas especulaciones acerca de la historia de Jesucristo y de la iglesia católica.

Allí se encuentra la singularidad de la muy publicitada y mejor vendida novela de Brown. La enorme circulación que ha alcanzado no tiene relación alguna con su calidad. El escritor argentino Rodrigo Fresán ha dicho contundentemente: “El Código Da Vinci está tan pero tan mal escrita que produce escalofríos. Sus personajes tienen el espesor de la madera balsa, sus diálogos son de una artificiosidad pocas veces leída y oída… y su sentido del vértigo (la trama de estos libros siempre está saltando de un país a otro y ese jet-lag no es fácil de contar) por momentos recuerda a esas cámaras rápidas de El Show de Benny Hill. Y lo más importante, lo más imperdonable en estas lides: su argumento no tiene sentido alguno”.

El Código mezcla algunas referencias históricas con abundantes especulaciones. Comienza con el asesinato en el Museo del Louvre de un miembro de la secta secreta de los Templarios. Su sobrina y un detective tratarán de descifrar las claves que ese personaje dejó sembradas en los sitios más incómodos, incluyendo algunos cuadros de Leonardo Da Vinci que, por supuesto, había sido Templario. De una huella a otra, encuentran que Jesucristo tuvo por mujer a María Magdalena y que el hijo de ambos inició una dinastía que la Iglesia Católica ha tratado de ocultar. La leyenda del Santo Grial –personificada por la mismísima María Magdalena a quien Brown identifica como uno de los personajes en la célebre representación de La Última Cena– y el hermetismo del Opus Dei, congregación a la cual en el libro de atribuye la maquinación para ocultar la vida secreta de Cristo, forman parte de ese relato.

Debo aclarar que no he leído el libro de Brown pero no es difícil conocer su argumento. Como novela quizá resulte entretenida. Lo sorprendente es la gran cantidad de lectores que la han tomado como si presentase hechos verdaderos. Tantos, que El Vaticano le respondió con las torpes declaraciones del cardenal Bertone que no harán mas que aumentar las regalías de Mr. Brown.

¿Por qué tanta gente se entusiasma con ese libro y lo toma en serio olvidando que se trata, ni más ni menos, de una novela? Quizá El código ofrece un acercamiento nuevo que no pocos fieles quieren encontrar en una iglesia envejecida. Posiblemente aporta las dosis de misterio que la fe institucionalizada por esa iglesia ha dejado de tener para muchos de sus creyentes. Acaso, la obra sea tan envolvente que entre sus lectores hay quienes no advierten las fronteras entre ficción y realidad.

El Código Da Vinci ha sido tomado con tanta credulidad que ya han aparecido docenas de libros que lo refutan como si fuera un tratado de historia o que respaldan sus presunciones. En París, hay recorridos turísticos por los sitios que se mencionan en la novela como si los episodios allí relatados hubieran sido verdaderos. Los seguidores de El Código están constituyendo, así sea temporalmente, una nueva cofradía que se conmueve, fundamentalmente, debido a sus ganas de creer.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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La propuesta de Letras Libres

Publicado en Democracia, Letras, Transición mexicana by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, 10 al 13 de mayo de 2004

A partir de un escrupuloso diagnóstico del estancamiento político que padece el país, la revista Letras Libres y su director, Enrique Krauze, han convocado a crear un comité que estaría encargado de organizar debates sobre los grandes problemas nacionales.

   Esa iniciativa parte de una convicción documentada en el estruendo y los escándalos que nos han entretenido tan superfluamente durante los meses recientes: si lo que falta en la democracia mexicana es elevar la calidad del debate, un grupo plural y con autoridad intelectual podría promover discusiones, para las cuales se buscaría amplia difusión en televisión y radio, acerca de los asuntos sustantivos que el país debería tener entre sus prioridades.

   La iniciativa de Letras Libres resulta sugerente. La posibilidad de llevar a los medios un auténtico debate de ideas, capaz de contrastar los contenidos habitualmente vanos o demasiado coyunturales que suelen difundirse en radio y televisión, contrasta con la ausencia de propuestas que angustia hoy al espacio público mexicano.

   Ese ánimo propositivo es, antes que nada, saludable. A diferencia de la mayoría de las revistas y diarios que habitualmente se pertrechan en temas y autores cercanos a sus intereses y simpatías y que no suelen reconocerse como interlocutores mutuos, la iniciativa de Krauze y su publicación no tendría sentido si no interesa en otros circuitos editoriales, sociales y políticos. Entenderse como parte de una sociedad en la que hay distintos puntos de vista sobre cualquier asunto de importancia, es un primer paso hacia la tolerancia y el ánimo deliberativo que Letras Libres se propone reivindicar en su edición de este mes.

   Krauze considera, con razón, que “nos urge salir de la Babel de confusión en la que vivimos”. El examen que hace del guirigay político mexicano es impecable. La conclusión en cambio, resulta un tanto discutible. Suponer que los antagonismos y la frivolidad en el discurso político serán remontados por el contraste que significarían varios debates de gran calidad y densidad, propalados ampliamente, puede implicar cierto desconocimiento del atraso que prevalece en nuestra cultura política y, al mismo tiempo, una sobrestimación de la capacidad de los intelectuales para solucionar ese rezago.

   Sobre todo confiar en la capacidad de los medios electrónicos, especialmente la televisión, para ser escenarios de una discusión racional, puede ser altamente riesgoso. Ningún asunto respecto del cual haya posiciones antagónicas, en ningún país, se ha resuelto a partir de su exhibición televisiva. Los medios electrónicos son espacios propicios para mostrar los grandes trazos de una discusión. Pero la deliberación capaz de propiciar acuerdos requiere de la holgura para expresar argumentos que puede permitir la prensa, o de la confianza para externar pros y contras que solo ofrece la reunión privada.

   Krauze reconoce a la política mexicana de nuestros días como un teatro (“mitad farándula, mitad reality show”) en donde intereses y desatinos de cada actor desplazan al guión común que debería prevalecer. El presidente Vicente Fox no ha tenido ideas capaces de dar cuerpo a su propuesta de cambios. Congreso y partidos han sido irresponsables. El Poder Judicial comienza a ganar legitimidad pero no cuenta con recursos para ser eficiente. La prensa está repleta de declaraciones y casi no tenemos periodismo de investigación. La televisión sigue “atada a su costumbre de ofrecer violencia y, ahora, vistazos a la intimidad de personajes ‘famosos’ que sólo lo son porque consienten en exhibirse”. Los empresarios, en su mayoría, no muestran compromiso alguno y transitan “por las páginas de sociales como una nueva y patética aristocracia, indiferente al país dramático en el que vive”. La Iglesia permanece anclada en la defensa de sus privilegios. Las universidades suelen enclaustrarse “en una endogamia cómoda pero estéril” (Krauze no lo dice, pero ese comportamiento resulta especialmente gravoso cuando se trata de universidades públicas, como la UNAM, en donde la autocomplacencia y la inercia mantienen un estancamiento inexcusable). Los intelectuales, suelen aferrarse a dogmas que no les permiten entender y menos aún hacer propuestas acerca de los asuntos nacionales.

   A partir de ese diagnóstico, Krauze intenta una salida racional a la confusión que domina al escenario público mexicano. Su propuesta es discutible. De eso se trata. A ella dedicaremos las próximas entregas de esta columna.

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Lo que falla es la política 

 

El Comité de Opinión Pública que propone la revista Letras Libres para organizar los debates que sus editores consideran necesarios a fin de airear la vida política mexicana, es discutible desde el nombre. Esa denominación se parece demasiado al Comité de Salud Pública que Robespierre creó a fines del siglo XVIII para perseguir a los enemigos de la revolución francesa o a otros que, con el mismo nombre, fueron creados en distintos momentos de la historia mexicana.

   Ese no es mas que un detalle pero resulta útil para enfatizar una de las debilidades en la propuesta de Letras Libres. La sola idea de constituir un comité de notables que se consideren fiduciarios de la verdad, resulta un tanto antipática.

   Desde luego el problema que señala esa revista es muy vigente. El nivel de nuestra discusión pública es ínfimo. A México le urge transitar del pantano de los chismorreos a la deliberación constructiva. “La democracia es palabra hueca si no se sustancia” dice, en su edición de mayo, la publicación que dirige Enrique Krauze.

   Pero aunque el retrato que hace de la confusión mexicana resulta escrupuloso, la conclusión que ofrecen ese escritor y su revista puede estar equivocada. El problema político central en México no es la falta de discusión, sino la ausencia de acuerdos. Lo que más necesitamos no son ideas, sino capacidad para convertirlas en decisiones.

   En otras palabras, la carencia nacional no es de carácter intelectual sino político.

   Ideas para emprender cambios, las hay prácticamente para cualquier aspecto de la vida nacional. Los mexicanos –al menos quienes tenemos la angustiosa costumbre de atender a lo que dicen gobernantes, legisladores y dirigentes en los medios de comunicación– ya sabemos cuáles son las opciones para impulsar la industria eléctrica, emprender la reforma fiscal, admitir o no el voto en el extranjero o actualizar las leyes laborales, entre muchos otros temas.

   En cada uno de esos rubros, llevamos años conociendo y considerando propuestas. En todos ellos, igual que en otros temas de igual o similar importancia, los interesados han ofrecido sus puntos de vista, quienes discrepan con ellos los han rebatido y la sociedad –o al menos los ciudadanos interesados– se han formado, cuando han querido, una opinión.

   Aunque no siempre ha sido ordenada, ni los argumentos y la información pertinentes se han expresado con claridad, en todos esos temas se han registrado extensas discusiones. Los foros y plazos para ellas no siempre han sido los que habrían resultado deseables. A veces las propuestas han estado matizadas por el estruendo que desatan esos y otros asuntos. Pero presentación de iniciativas e intercambio en torno a ellas, hemos tenido en todos los casos.

   Lo que no ha existido es capacidad para dialogar y, gracias a ello, alcanzar acuerdos. El mismo Krauze, con razón, apunta: “no tenemos siquiera un acuerdo de cómo resolver nuestros desacuerdos”. Allí, Cantinflas dixit, está el detalle.

   La ausencia de ese acuerdo no se origina en la pobreza o la inexistencia de discusión. Cada una de las fuerzas políticas del país sabe lo que quiere y lo que otros partidos o grupos buscan en cada uno de los temas cardinales. Si no alcanzan decisiones conjuntas es porque no quieren.

   Ese problema es, quizá, más grave que el que ha diagnosticado Letras Libres. El atasco mexicano no se debe a la pobreza deliberativa, sino a la ineficacia de la política tal y como la practican nuestras elites.

   Desde luego un debate ordenado, despejado y respetuoso, no nos vendría mal. Sería un auténtico lujo tener en los medios de comunicación –aunque había limitaciones como las que comentaremos mañana– a los mejores especialistas en cada uno de los temas nacionales que durante años hemos dejado sin resolver.

   Pero más allá de la oportunidad que significaría presenciar exposiciones razonadas y rigurosas sobre lo que tenemos que hacer con los energéticos, el campo, la legislación electoral o la política exterior, tales exhibiciones no conducirían a ningún lado si no estuvieran acompañadas de la voluntad política que tanto se ha echado de menos respecto de esos mismos y otros temas.

Subrayar los detalles 

 

En búsqueda de notoriedad, los debates cuya organización ha sido propuesta por Letras Libres podrían convertirse en un espectáculo mediático más que en el ejercicio inteligente y creativo que pretenden los editores de esa revista.

   El “Comité de Opinión Pública” sugerido por el escritor Enrique Krauze y que estaría integrado por “reconocidos intelectuales, académicos y periodistas” organizaría cada mes un debate al que invitaría a “dos o más participantes, actores centrales del tema por debatir”. A esas sesiones se les daría amplia difusión en los medios electrónicos.

   Ayer comentábamos uno de los reparos más notorios que encontramos en esa propuesta: lo que México necesita no es más discusión (aunque el debate inteligente siempre es bienvenido) sino aptitud y voluntad de las fuerzas políticas para entablar acuerdos.

   El tipo de discusión que plantean Krauze y su revista también es problemático porque, al hipotecar su eficacia a la capacidad de propagación de los medios, subordina el fondo a la forma que impondría la televisión.

   Las reglas sugeridas para esos debates podrían empobrecer las ideas en juego, en lugar de darles contexto y aliento. Se trata de encuentros concebidos como confrontaciones finales de propuestas acabadas y no como etapas de un proceso deliberativo.

   Más que de una discusión en donde pueda desarrollarse el intercambio que resulta necesario para lograr acuerdos se propone, como indica ese procedimiento, una “puesta en escena”. Cada debatiente contaría con 10 minutos iniciales, otros tres para criticar a los demás y tres minutos adicionales para responder. Se prevé un intercambio de preguntas con respuestas de dos minutos.

   Ese esquema resulta más propio de un debate de campaña política –en donde más que las ideas importan los slogans– que de una discusión que aspire a constituir “un aprendizaje práctico de la democracia” como propone Krauze. En 10 minutos (es decir, en unas cuatro cuartillas si la intervención estuviera escrita) es imposible compendiar ni siquiera los trazos más amplios de la iniciativa para resolver un problema complejo. Mucho menos se pueden aclarar dudas acerca de ella en los tiempos sugeridos para respuestas en esos debates.

   Pensemos en cualquiera de los temas posibles en la agenda que diseñaría el Comité que plantea Letras Libres. ¿Qué reforma fiscal, cuál esbozo de industria petrolera, qué concepción de política cultural o de política social podrían compendiarse en 10 minutos? Con ese corsé los expositores tendrían que eludir los pormenores de cada iniciativa y, de esa manera, prescindir de la riqueza de enfoques, las medidas específicas o las consecuencias puntuales que podría tener.

   Hoy en día las diferencias sobre los asuntos más importantes no tienden a ser tanto de fondo, como en sus particularidades. En nuestro país por ejemplo, todo el mundo dice que está de acuerdo en que haya reforma fiscal; las discrepancias surgen acerca de los impuestos y montos que cada quien propone incrementar.

   Las fuerzas políticas, en México igual que en casi todo el mundo, tienden a ubicarse en el centro del espectro ideológico y no en sus márgenes como sucedía en épocas anteriores. Las diferencias en ocasiones son de matiz y no debido a la adscripción de partidos y grupos en las derechas o las izquierdas. En los detalles no solamente está el diablo sino las distinciones entre políticas específicas. Una discusión en los términos que proyecta Letras Libres dejaría a un lado los matices que hoy en día constituyen la distinción entre las visiones de país que tienen no solo las fuerzas políticas sino, también, los ciudadanos interesados en los asuntos públicos.

   Más que propiciar acuerdos, un debate en televisión tiende a polarizar las posiciones en conflicto. Además parece inevitable que el estilo de ese medio se sobreponga a la discusión de ideas. En la misma edición de Letras Libres en donde aparece la propuesta que comentamos se publica un artículo de Sergio Sarmiento, cuya experiencia en TV Azteca le permite asegurar: “la televisión es un pésimo vehículo para la discusión de los temas importantes de la sociedad”. Más adelante abunda: “en un medio visual y emocional como la televisión, la imagen vale mucho más que los argumentos racionales”. Eso no implica que “el ejercicio de la razón pública”, como lo llama el pensador hindú Amartya Sen en un espléndido ensayo que también aparece en Letras Libres, tenga que ser imposible.  

Babel política y mediática

    Si lo que queremos es salir de Babel, como apunta Enrique Krauze en Letras Libres, lo que hace falta antes que nada es preguntarnos por qué nuestra vida pública ha llegado a este desbarajuste. Cada uno de los principales actores políticos pareciera tener códigos, proyectos y hasta normas diferentes para el intercambio de puntos de vista. Lo que necesitamos son reglas y principios comunes, no para debatir sino para tomar acuerdos que le urgen al país.

   Debatir más no empobrecerá nuestro escenario político, pero no necesariamente remediará los antagonismos que lo mantienen estancado. Para salir de Babel es preciso construir –o recuperar– una lengua y una colección de entendimientos comunes, capaces de ser compartidos por las principales fuerzas políticas y la sociedad.

   El espacio idóneo para procesar cualquier acuerdo es el de las instituciones políticas. Por muy aborrecible que nos resulte su desempeño, el Congreso es el crisol indispensable para hacer política y construir consensos. Y los partidos, con todo y su desesperante inoperancia, son los protagonistas ineludibles de esos acuerdos.

   El problema central radica, entonces, en cómo logramos que esa institucionalidad y sus organismos funcionen plenamente. Hay quienes por eso, entre otras motivaciones, hacen política y se incorporan a los partidos existentes o construyen otros. Para los intelectuales y, de manera más amplia, para los ciudadanos que no quieren hacer política activa, se presenta el eterno dilema entre presenciar los acontecimientos o hacer lo posible por intervenir en ellos.

   En los años recientes la sociedad mexicana, a pesar de las muchas limitaciones de nuestra cultura ciudadana, ha logrado influir exitosamente para ampliar condiciones y opciones de la competencia política. Los cambios que conseguimos –especialmente en la normatividad electoral– se debieron a la exigencia, tácita o explícita, que la sociedad le planteó al sistema político.

   Hoy sin embargo, por fatiga, desilusión, hartazgo o descuido, la sociedad se ha retraído de la mayoría de los asuntos públicos. El video panorama de corrupción, rencillas y cinismo que se ha conocido desde hace varias semanas, en el menos peor de los escenarios aleja aun más a los ciudadanos de esos asuntos públicos. También puede ocurrir que, tales sucesos, entretengan y confundan tanto que la sociedad deje de distinguir entre la escoria y los comportamientos reivindicables en el quehacer político.

   Una tarea cardinal para los intelectuales, en ese panorama, es contribuir a esclarecer los acontecimientos. Ofrecer elementos de juicio que permitan distinguir entre lo trivial y lo esencial, entre las codicias y los proyectos, entre la cháchara y las ideas, sería quizá la aportación más valiosa de quienes, desde el campo de la reflexión, quieren contribuir a superar este empantanamiento.   

   Krauze, en el artículo que hemos comentado en el transcurso de la semana, apunta con claridad acerca del papel de los intelectuales: “Necesitamos mucho más: solidez crítica, datos duros, imaginación editorial, incisiones limitadas pero profundas en la realidad”.

   Hoy en día el ejercicio de la crítica política es sumamente limitado. Numerosas inconsecuencias y contradicciones de los actores políticos pasan desapercibidas o, cuando mucho, alcanzamos a hacer la crítica de sus dichos. Pocas veces contamos con elementos para analizar los hechos verdaderamente relevantes. Esa es una tarea en la cual sería conveniente el ojo analítico de escritores y pensadores que reservan sus esfuerzos para temas menos coyunturales.

   La crítica del poder es escasa y habitualmente débil. Pocas veces llega al fondo de los acontecimientos. Suele cuestionar a los emblemas y responsables del poder, pero no a los poderes reales que han crecido y ganan enorme impunidad.

   Los medios de comunicación, especialmente la televisión, han ofrecido un gran servicio a la sociedad al dar a conocer excesos y barbaridades de algunos personajes públicos. Pero al mismo tiempo los medios más influyentes, al mostrar esos hechos sin contexto y preocupándose más por el escándalo que por las explicaciones, han sido corresponsables del deterioro cívico y político que padecemos.

   Una hora de debate al mes sería preferible a “La jaula” o “La hora pico” pero es altamente probable que se confundiera con los contenidos que los televidentes suelen presenciar, todos los días, en la televisión nacional. Peor todavía, un espacio así les serviría a las televisoras para legitimarse y aliviar la mala conciencia que pese a todos sus operadores siempre tienen. Luego seguirían transmitiendo la programación habitual.

   El solo hecho de que Letras Libres presente su iniciativa, junto con el eco que ha tenido en pocos días, es indicativo de la preocupación que existe ante el deterioro de la vida pública mexicana. Es inexcusable, como apunta Krauze, que nuestra política se haya teatralizado de esa manera. Más que construir un nuevo escenario como el que sugiere esa revista, sería preciso exigir que la vida pública y sus protagonistas superen el juego de apariencias y palabrería que nos ha traído a esta Babel política –y mediática–.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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Henrique González Casanova

Publicado en Cultura, Democracia, Letras, Universidad by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, 28 de diciembre de 2004

Desde su fallecimiento, el viernes 17 de diciembre, se han publicado docenas de agradecidos testimonios acerca de la bonhomía y la generosidad del maestro Henrique González Casanova. Este es uno más de esos reconocimientos ante el deceso de uno de los profesores más queridos y respetados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La de don Henrique, que hace poco cumplió 80 años, fue una vida consagrada a la Universidad Nacional pero de ninguna manera encerrada dentro de ella. Entendió que el aislamiento de esa institución y sus integrantes era uno de sus riesgos más grandes. Profesor siempre, se dio tiempo para cumplir con responsabilidades en el servicio público y opinar en la prensa.

Fue embajador en Yugoslavia y Portugal y colaborador, desde fines de los años 30, en diarios y suplementos culturales. Fundó hace medio siglo la Gaceta de la UNAM y en esa institución fue director de Información y de Publicaciones, entre otras tareas.

No son pocos los periodistas y escritores que deben a la insistencia de don Henrique la publicación de sus primeros textos. Además contribuyó a la formación de docenas de generaciones de periodistas. A comienzos de los años setenta estuvo a cargo de la carrera de Periodismo y Comunicación.

El magisterio de González Casanova (“Enrique con hache” le decían en alguna época para subrayar la singularidad de su nombre propio) fue notable en las aulas y constante fuera de ellas. Quienes lo tuvieron como profesor en alguna asignatura recuerdan la explicación, siempre antecedida de ejemplos históricos, que solía dedicar a sus estudiantes. Nunca llevé clase con él pero puedo decir que en varios sentidos fue uno de mis maestros más apreciados.

A don Henrique le debo la oportunidad de trabajar como profesor de carrera en la Universidad Nacional. Ya era ayudante de investigación pero con una situación laboral precaria cuando en 1975, poco después de que presenté mi tesis de licenciatura, el maestro González Casanova se interesó en ella y gestionó la apertura de un concurso de oposición con ese tema. Gracias a ello gané mi primera plaza de tiempo completo.

En numerosos momentos de la vida de la Universidad coincidí –muy ocasionalmente para intercambiar discrepancias– con el maestro González Casanova. Lector atento pero además amable, de cuando en cuando tenía la generosidad de comentarme alguno de mis textos. Hace como tres años tuve el privilegio de coincidir con él en una mesa redonda. Repleto el auditorio principal de Ciencias Políticas, para referirse a la influencia de las nuevas tecnologías y la enseñanza de la comunicación don Henrique dio un enorme e intensamente pedagógico rodeo que lo llevó hasta las épocas de Sierra, Vasconcelos y otros momentos sobresalientes en la historia de la Universidad.

A don Henrique los méritos de la Universidad le enorgullecían y sus pesadumbres lo afligían profundamente. Entendió a tiempo los apuros que implicaba la prolongada huelga que un grupo impuso en 1999 y participó de los esfuerzos para resolverla.

Un año después del término de aquel conflicto, en febrero de 2001, varios profesores de la Facultad fueron vejados por algunos de los antiguos huelguistas. En solidaridad con esos académicos y para demostrar que la comunidad de Ciencias Políticas repudiaba el atentado se organizó un mitin al que cada asistente debía acudir con un libro en la mano. Aquella concentración estuvo encabezada por don Henrique. La transcripción de su discurso en esa ocasión comienza:

“¡Universitarias y universitarios! Quiero votar por la palabra como fundamento de la democracia. Quiero afirmar que la mayoría de los votos decide dentro de la ley la designación de representantes públicos, pero no resuelve los problemas que competen al conocimiento y a la razón. Por mayoría de votos se llevó a cabo la condenación de Galileo (permítanme recordar su nombre); por mayoría de votos llegó Mussolini y el fascismo a Italia; por mayoría de votos llegó Hitler y el nazismo a Alemania; por mayoría de votos, armados, llegó Francisco Franco con la Falange a España”.

Interrumpido por gritos de miembros del CGH y aplausos de alumnos y profesores el discurso continuaba: “Voto por la comunicación como medio indispensable para el aprendizaje como adquisición del saber, como aplicación y extensión del saber… Voto por el diálogo y la conversación; voto por la concordia entre los universitarios y el respeto mutuo. Estoy con Justo Sierra cuando afirma: ‘la palabra es el fundamento de la democracia’… Admito el derecho a equivocarse de todos los aquí presentes, incluyéndome a mí mismo. Pero no admito que se use la libertad de la Universidad para violarla en su derecho social, en su derecho individual y como institución nacional, a ser una institución pública a la que tenga acceso todo el que quiera ejercer la libertad dentro de las libertades universitarias”.

A esa concentración don Henrique no llevó uno sino tres libros que mostraba con orgullo: los Escritos sobre educación de José Martí, el México social y político de Justo Sierra y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

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Harry Potter, éxito y provecho

Publicado en Cultura, Letras by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, febrero 23 de 2004

Los 11 mil ejemplares de Harry Potter y la Orden del Fénix que llegaron a Montevideo se agotaron en unas cuantas horas. En Buenos Aires había filas desde la noche anterior para adquirir una de las 60 mil copias que los argentinos recibieron de esa obra. En Madrid las librerías organizaron festivales para coincidir con la aparición del quinto volumen de la saga escrita por J.K. Rowling. A México llegaron 198 mil ejemplares que el sábado ya se exhibían por todas partes.

   Lejos de cesar después de cuatro tomos –cada uno más abultado que el anterior– la fiebre global por las aventuras del mago matriculado en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería parece crecer con cada libro.

   La pottermanía, naturalmente, ha sido espoleada por la propaganda. Sus lectores han podido enterarse de la aparición del nuevo título gracias a la publicidad, respaldada por una poderosa estructura editorial. Los libros son una mercancía. Pero casi nunca estamos ante libros que se vendan de esta manera.

   En junio pasado, cuando apareció la edición en inglés de La Orden del Fénix, en un solo día se vendieron 14 (sí, catorce) millones de ejemplares. Un millón de ellos estaba comprometido antes de que el libro comenzara a circular. Hasta ahora, en diversos idiomas, se han vendido más de 250 millones de copias de ese título.

   De la edición en español, que circula desde antier, se imprimieron 950 mil ejemplares. 500 mil de ellos se quedaron en España y el resto llegó por barco a diversos puertos en América Latina. La operación para ponerlos a disposición de los lectores el mismo día no debe haber sido sencilla. Las ventas están compensando tal esfuerzo.

   Hay tres películas sobre las andanzas de Potter. La más reciente, dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, se estrenará el verano próximo. La cuarta comenzará a rodarse en breve. Alrededor de ellas y del personaje de las gafas redondas y la bufanda amarillo y magenta se ha desarrollado una versátil industria que va desde utensilios escolares hasta juegos electrónicos, todos con la imagen de Potter y comercializados por la Warner Bros.

   Pero la mercadotecnia intensiva y expectación de los medios no bastan para explicar el interés, que cruza fronteras y rebasa idiomas, por esos libros. Centenares de millones de lectores, muchos de ellos menores de 15 años, buscan los textos de Ms. Rowling con un ahínco que constituye, por sí solo, uno de los grandes acontecimientos culturales y sociales de nuestros días.

   Las frecuentes descalificaciones a esos libros no llegan a explicar el arrebato que provocan en niños y adolescentes –y en no pocos adultos– de todo el mundo. No son literatura barata, si de esa manera se define a la que explota la sensiblería con recursos dramáticos y retóricos muy elementales.

   Tampoco son de lectura rápida. La versión en español de La Orden del Fénix tiene 893 páginas (casi tantas como la primera edición en inglés que, en otro formato, alcanzó 877 páginas). El título anterior, El cáliz de fuego, tenía 635 páginas. Su éxito no se debe a una simple moda. Ya han pasado casi 7 años desde que apareció La piedra filosofal, el primer libro de la serie, y sus aficionados no se cansan.

   Parte de la magia de Potter se encuentra, precisamente, en la fantasía que desbordan esos relatos. Los hechiceros con los que aprende y de los cuales desciende Harry Potter viven en el mismo mundo que el resto de las personas pero tienen escuelas, formas de transporte, tiendas, torneos deportivos, periódicos e incluso gobiernos propios. En cada uno de esos espacios hay personajes y comportamientos –afectos, envidias, traiciones, afinidades– similares a los que todos conocemos y experimentamos.

   El de los magos, en tales relatos, no constituye un universo distinto al nuestro. Esa imbricación con su realidad es uno de los atractivos que cada lector identifica en tales novelas. Los niños, además, encuentran asideros de complicidad al ver que alguien de su edad, mago por añadidura, es regañado, se entristece, juega, se regocija e incluso quiere y desea.

   Gracias a Potter y su creadora, millones de niños y muchachos han dejado de considerar a la lectura como un ejercicio ajeno y pesado. Los gobiernos y organismos internacionales tendrían que estar diseñando programas para profundizar esa afición a la letra impresa en vez de presenciar, con incómoda estupefacción, el éxito global del joven Potter.  

 

ALACENA: También música

   En diciembre pasado un concierto de la Filarmónica de la Ciudad de México estuvo atestado de jovencitos, muchos de ellos vestidos como Harry Potter, porque entre las interpretaciones anunciadas estaban los temas de las películas de ese personaje. La fama del mago de la cicatriz en la frente también sirve para promover la música de calidad.

He tenido que cerrar los comentarios a este texto porque la gran mayoría de las entradas que colocaban eran de publicidad y/o spam. Lo siento.

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La memoria de Gilberto Guevara

Publicado en Derechos humanos, Letras, Universidad by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, 23 de noviembre 2004

Cinco años después de haber salido de la cárcel –fue preso político entre el 2 de octubre de 1968 y el 5 de mayo de 1971– Gilberto Guevara Niebla se marchó a estudiar a París. El visitante que acudía a verlo al pequeñísimo departamento que ocupaba cerca del Boulevard Montparnasse se encontraba con una decoración inesperada. Las paredes estaban repletas con centenares, quizá millares, de pequeñas tarjetas que consignaban hechos, nombres, fechas: allí se hallaba, cambiante según la reconstrucción que Guevara iba haciendo, la ruta política del movimiento estudiantil de 1968.

El ex representante de los estudiantes de la Facultad de Ciencias vivía obsesionado con la historia de aquella lucha de la que fue uno de los dirigentes más lúcidos e importantes. Quería recordarlo todo, día tras día, para entender la dinámica que hizo de esas jornadas el movimiento social más vigoroso por lo menos en la segunda mitad del siglo XX mexicano y que, también, lo condujo a la colisión con el gobierno que lo reprimió y desarticuló.

Guevara quería registrar en un libro los momentos climáticos, así como las contradicciones del movimiento del 68. Buscaba, más allá de la mitología que construyeron tanto fallidos detractores como frecuentes apologistas de aquella lucha social, el rastro de tendencias, líneas políticas, comportamientos personales y circunstancias que definieron el rumbo del movimiento.

Contaba con toda la información posible. No solo había participado en las decisiones más importantes del movimiento. Además, Guevara siempre ha sido un observador cuidadoso de las condiciones que lo rodean. Pero escribir aquel recuento analítico no era solo cuestión de fuentes documentales.

Al para entonces profesor de la UAM, le faltaba tomar distancia respecto de aquella gesta social de la que fue protagonista muy destacado. Los borradores de su historia política del 68 variaron del recuento autobiográfico a la descripción en tercera persona pero ninguno de esos enfoques le resultaba satisfactorio.

Solo con los años Guevara lograría la perspectiva necesaria para referirse, de manera crítica, al movimiento en cuya dirección participó. En el transcurso de ese tiempo Gilberto Guevara publicó otros libros, que forman parte de la bibliografía indispensable para entender los asuntos educativos en este país. Su interés en la formación ciudadana y magisterial lo ha llevado a emprender esfuerzos académicos y editoriales, entre ellos la revista Educación 2001 de la que es director.

Pero Guevara se debía a sí mismo su libro sobre el 68 y hoy cumple con ese compromiso. La libertad nunca se olvida. Memoria del 68 (Cal y Arena, 336 páginas) es una historia a la vez política y personal. Apuntalado en fuentes documentales, el libro ofrece además el testimonio de quien condujo asambleas, encabezó manifestaciones, atendió negociaciones e insistió en imprimirle una dirección juiciosa a aquel movimiento de los estudiantes del 68.

Las tensiones entre la inexperiencia, el aventurerismo y los afanes para encauzar políticamente al movimiento, la presencia de provocadores tanto en el núcleo directivo como en las movilizaciones, la fuerza política de la autonomía y de la Universidad, la dignidad del rector José Barros Sierra y la paranoia autoritaria del presidente Gustavo Díaz Ordaz son algunos de los rasgos que Guevara describe en ese recorrido cuyos problemas, día tras día, va identificando.

La decisión del gobierno para enfrentar y a la postre reprimir a los estudiantes en vez de simplemente atender algunas de sus sencillas demandas (todas ellas en reivindicación de la legalidad) se explica como resultado de “la falta de democracia y la incapacidad del gobierno presidencialista para entablar un diálogo, negociar y acordar con una fuerza que no hubiera sido previamente ‘domesticada’ por el PRI”.

El otro polo de reflexión se encuentra en la heterogénea y composición de la dirección estudiantil. Al Consejo Nacional de Huelga

le costaba enorme trabajo tomar decisiones. “Con los años –explica Guevara– se haría un mito del CNH, pero en sentido estricto se trataba de una asamblea elemental, con enormes dificultades para desarrollar una discusión ordenada, susceptible a los recursos oratorios y cuya voluntad se movía de un lado a otro dependiendo de la influencia personal de tal o cual líder, o de los acuerdos de cúpula que adoptaban los grupos y organizaciones”.

Con La libertad nunca se olvida –frase tomada de un discurso de Miguel Eduardo Valle al cabo de la enorme manifestación silenciosa del 10 de septiembre– Gilberto Guevara Niebla cumple con una asignatura personal pero también intelectual y política. Se trata de un libro honesto, extraordinariamente meticuloso y serio, que no busca glorificaciones sino respuestas. Guevara ya puede archivar, con satisfacción, aquellas tarjetas que colmaban su departamento en París. La libertad nunca se olvida es, quizá, el libro más importante que se ha escrito sobre el movimiento de 1968.

(El libro de Gilberto Guevara será presentado hoy a las 19 horas en la Casa Lamm por su autor junto con Raúl Álvarez Garín, Rolando Cordera y Carlos Monsiváis).

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García Márquez y la bella durmiente

Publicado en Letras by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, 21 de octubre 2004

Pues sí, también hay buenas noticias. El hecho de que la aparición de una novela sea acontecimiento público, acapare titulares en los diarios y entusiasme las conversaciones radiofónicas es noticia relevante.    La publicación del nuevo libro de Gabriel García Márquez es suceso social, cultural y mediático. El tiraje munificente que fue cuidadosamente distribuido para el debut del libro el día de ayer –una primera edición de un millón y medio de ejemplares de los cuales cien mil están destinados a México– es correlativo a la importancia de esa obra y viceversa.

   Prodigio de la mercadotecnia el éxito anticipado del libro es, antes que nada, consecuencia de la fama pública, que va de la mano con su maciza reputación literaria, de ese entrañable Nóbel latinoamericano. Todo nuevo libro de García Márquez vende cualquier cantidad de ejemplares. Pero en este caso el anuncio de que se trata de la primera novela que publica en 10 años y la eficaz estridencia del título contribuyen a la notoriedad del libro.

   Memoria de mis putas tristes es un homenaje a Yasunari Kawabata, el novelista japonés que también fue Premio Nóbel pero en 1968 (catorce años antes que García Márquez) y que escribió La casa de las bellas durmientes y otras historias (1961). La historia que le da título a ese volumen es tan sencilla como sobrecogedora: cerca de Tokio se ha instalado un serrallo a donde acuden ancianos de clase acomodada para observar, mientras duermen, a hermosas muchachas vírgenes. No las pueden tocar, el único cauce para el deseo es la mirada –ansiosa, triste, melancólica, según la biografía de cada uno– mientras ellas permanecen aletargadas por algún somnífero.

   La novela de García Márquez comienza con una cita de aquella obra de Kawabata. Antes, en uno de los relatos de Doce cuentos peregrinos publicado en 1992, el escritor colombiano había anticipado esa admiración. En “El avión de la bella durmiente”, el narrador tiene la fortuna de volar al lado de una joven muy hermosa en un recorrido de París a Nueva York. Ella duerme durante todo el viaje: “la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua”.

   La misma enternecida contemplación desvela las noches del protagonista de Memoria de mis putas tristes, un viejo periodista que el día que cumple 90 años decide celebrarlo en una casa de citas y con una muchacha virgen. “Entré en el cuarto con el corazón desquiciado, y vi a la niña dormida, desnuda y desamparada en la enorme cama de alquiler, como la parió su madre. Yacía de medio lado, de cara a la puerta, alumbrada desde el plafondo por una luz intensa que no perdonaba detalle”, narra el viejo.

   Solterón y aburrido, el anciano encuentra en la devoción por la muchacha la vitalidad que no le dan su trabajo periodístico ni los pequeños gustos musicales de los que se rodea. “Los adolescentes de mi generación –explica– avorazados por la vida olvidaron en cuerpo y alma las ilusiones del porvenir, hasta que la realidad les enseñó que el futuro no era como lo soñaban, y descubrieron la nostalgia”. Así le sucede a él con la muchacha, que lo provee del anhelo necesario para sentirse entusiasmado.

   Memoria de mis putas tristes es una historia de amor aunque desde la perspectiva de un afecto que no se realiza a plenitud. Es un relato sobre la vejez pero acerca de un viejo con aliento suficiente para construirse una ilusión y denodarse en ella. Se trata de una narración que va de la soledad, a la sorpresa y la esperanza.

   No es, en cambio, una historia de putas, ni de burdeles ni, después de todo, una novela triste. Unas y otros son parte de la tramoya con la que García Márquez construye una historia íntima e intimista con el sosiego de quien narra sin prisa, pero sin exceso alguno, un relato en el que se encierra el sentido de una, de muchas vidas.

   Otras obras de García Márquez acerca del amor en la vejez son harto conocidas. Esta, aunque se trata de un libro de pocas páginas, no solo se ocupa de las maneras que asume la pasión madura sino, junto con ello, de las formas de ser viejo. El periodista relata como se acostumbró a medir las edades por décadas: “La de los cincuenta había sido decisiva porque tomé conciencia de que casi todo el mundo era menor que yo. La de los sesenta fue la más intensa por la sospecha de que ya no me quedaba tiempo para equivocarme. La de los setenta fue temible por una cierta posibilidad de que fuera la última”. Pero llegó a la década previa al centenario y desde allí narra su reencuentro con la vida.

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“Sin pan y sin palabras” en Cuba

Publicado en América Latina, Letras by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, 18 de abril de 2004

El acoso que padecen en Cuba los periodistas independientes podía ejemplificarse, hasta hace poco, en el caso de Jesús Labrador Arias. Corresponsal de un servicio de noticias autónomo, una mañana ese cubano que vive en Manzanillo, al sureste de la isla, recibió una información que lo hizo pedalear seis kilómetros en su bicicleta. Así llegó a una finca rural en donde la noche anterior alguien se había robado tres vacas. Allí mismo las sacrificaron y las destazaron. Episodios como ese aparentemente son frecuentes en Cuba y Labrador quería documentar, con él, la pobreza que consume a su país. Pero no pudo cumplir con esa tarea informativa. Cuando llegó estaban esperándolo varios policías que lo apresaron.

“Yo sólo vine a verificar la información. ¿Por qué no están buscando a los ladrones?”, reclamó el periodista. Y preso quedó.

Al narrar ese episodio el también periodista Raúl Rivero, que es además uno de los poetas cubanos más prestigiados en la actualidad, explicaba: “Es sólo una anécdota pero puede ilustrar a los lectores desprevenidos acerca del entorno en que realiza su trabajo la prensa cubana que se desempeña fuera de los medios oficiales”.

Labrador no estuvo preso mucho tiempo. En otra ocasión su casa fue apedreada por vecinos que lo consideran “antisocial”, que es el término que el gobierno de Fidel Castro utiliza para calificar a sus opositores. Luego, fue acusado por el padre de una muchacha de 16 años a la cual, según se aseguró, el periodista le aconsejó que rompiera la propaganda que había en los tableros murales de su escuela. Por ese delito Labrador estuvo a punto de ser condenado a un año de cárcel.

 

Fox y Bush al teléfono

Mucho peor que a ese periodista en Manzanillo, les ha ido a 75 informadores, escritores y dirigentes sociales que fueron encarcelados hace un año, en la oleada represiva más importante que se ha desatado en Cuba durante los tiempos recientes.

Las condenas de entre 12 y 27 años para esos opositores y periodistas independientes fueron cuestionadas en la resolución que esta semana tomó en Ginebra la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

El voto mexicano para respaldar esa propuesta ha sido muy discutido. Hay quienes consideran que, con esa definición, nuestro gobierno se subordina a las exigencias de la Casa Blanca cuya animosidad contra el régimen de Fidel Castro es obsesiva. La versión del vocero del presidente George W. Bush acerca de la conversación telefónica que habían sostenido los presidentes de México y Estados Unidos espoleó la desconfianza y puso en aprietos al gobierno de nuestro país.

Sobre esa charla telefónica hay dos versiones. Washington dice que el presidente mexicano se comprometió a votar como finalmente lo hizo en la Comisión de Derechos Humanos. El gobierno de México sostiene que no hubo tal acuerdo.

En realidad el presidente Vicente Fox no tenía por qué modificar la posición mexicana que ya se había manifestado hace un año, cuando la misma Comisión aprobó una resolución muy similar a la que se votó el jueves pasado. Aquella vez, y ahora nuevamente, la Comisión le pide al gobierno de Cuba que permita que un representante suyo visite la isla y examine las condiciones de los derechos humanos en ese país.

 

Resolución en Ginebra

La resolución que México respaldó “lamenta los hechos ocurridos el año pasado en Cuba en relación con algunas condenas a disidentes políticos y periodistas”. También “expresa su esperanza de que el gobierno de Cuba continuará esforzándose por robustecer la libertad religiosa y de que pondrá en marcha medidas con el fin de facilitar la transición hacia el establecimiento de un diálogo fructífero con todas las corrientes de pensamiento y grupos políticos organizados de su sociedad, a pesar del precario ambiente internacional, con el propósito de promover el desarrollo pleno de las instituciones democráticas y de las libertades públicas”.

Ese párrafo ha sido cuestionado por el gobierno cubano, que lo considera expresión de injerencia en los asuntos internos de ese país. Sin embargo el solo hecho de que una formulación tan cuidadosa –que no hace mas que proponer que el gobierno y la sociedad de un país tengan interlocución permanente y formal– le pueda preocupar, indica el grado de autoritarismo al que ha llegado, muy lamentablemente, el régimen de Castro.

En el punto central de la resolución, la Comisión: “Insta al gobierno de Cuba a que coopere, dentro del pleno ejercicio de su soberanía, con la Representante Personal del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, facilitándole el cumplimiento de su mandato, como otros Estados soberanos deben hacerlo en cumplimiento de los Propósitos y Principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas”.

 

Represión y privaciones

Ese es el documento que México avaló esta semana en Ginebra y que ha merecido la condena tanto del régimen de Castro como de quienes, en nuestro país, quieren cerrar los ojos a la cotidiana transgresión que se comete contra las libertades individuales y sociales en Cuba.

Esa situación ha sido documentada, a pesar de que no ha podido visitar la isla, por la Alta Comisionada para los derechos humanos en Cuba, Christine Chanet. Hace tres semanas esa funcionaria internacional presentó el informe sobre su primer año en tal responsabilidad y subrayó la preocupación por las detenciones que hubo en Cuba entre marzo y abril de 2003.

La mayor parte de las acusaciones contra los 75 periodistas y opositores detenidos en ese lapso se referían a su trabajo profesional y a las relaciones que algunos de ellos tienen con organismos internacionales de defensa de derechos humanos. En juicios sumarios y sin posibilidad de elegir a sus abogados, esos ciudadanos recibieron condenas que están cumpliendo en cárceles lejanas e insalubres.

Chanet, que hace siete años fue la primera mujer en presidir la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, recordó también en su Informe los fusilamientos del 11 de abril de 2003 contra tres cubanos que, para salir de la isla, habían secuestrado a una embarcación con turistas: “El secuestro no había causado ningún derramamiento de sangre. No obstante, los tres acusados fueron enjuiciados con un procedimiento sumarísimo…. En el plazo de una semana se agotaron todas las vías de recurso y las tres personas fueron ejecutadas, pese a que en Cuba regía una moratoria de la pena de muerte desde abril de 2000. Ante esta situación, la Representante Personal del Alto Comisionado insta a las autoridades de Cuba a que no sometan a su pueblo al sufrimiento que supone la privación de los derechos humanos y las libertades fundamentales y que se suma a los sufrimientos económicos y sociales que vienen padeciendo desde hace tanto tiempo”.

La magistrada Chanet no ha ignorado las condiciones políticas y económicas que afectan a los cubanos. En su Informe también dice: “No se pueden pasar por alto los desastrosos y persistentes efectos en las esferas económica y social, así como en lo relativo a los derechos civiles y políticos, del embargo del que es víctima el pueblo cubano desde hace más de 40 años. En efecto, la tensión extrema entre Cuba y los Estados Unidos de América crea un clima poco propicio para el desarrollo de las libertades de expresión y de reunión. Las leyes estadounidenses y los fondos destinados a la ‘edificación’ de la democracia en Cuba hacen que se considere a los opositores políticos de la isla simpatizantes del extranjero y brindan a las autoridades cubanas la oportunidad de intensificar la represión contra ellos”.

 

Artefactos subversivos

Quizá el más emblemático de los 75 periodistas y disidentes cubanos que han cumplido un año en la cárcel es el ya mencionado Raúl Rivero, fundador de la agencia CubaPress y promotor de la prensa independiente en ese país. Nacido en Morón el 23 de noviembre de 1945, Rivero es autor de nueve libros de poesía y cuatro de crónicas. Estudió periodismo en la Universidad de La Habana y durante años escribió en prácticamente todos los medios importantes en su país, entre ellos la agencia Prensa Latina. Fue asesor de Nicolás Guillén en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

En 1991 Rivero suscribió el documento conocido como Carta de los Diez en donde se le pedía al gobierno cubano que ampliara los espacios para las libertades democráticas. El régimen comenzó a perseguirlo. Debido a esa defensa del derecho a la expresión, en 2000 el Instituto Internacional de Prensa incluyó a Rivero entre los 50 Héroes de la Libertad de Información en la segunda mitad del Siglo XX.

El escritor fue detenido el 20 de marzo de 2003. Dos semanas más tarde estaba condenado a 20 años de cárcel. La fiscalía lo acusó, entre otras cosas, de haber fundado una agencia de noticias, enviar al extranjero informaciones que aparecían en páginas web y participar en “el ilegal lanzamiento en La Habana de un libro con ideas y estrategias desestabilizadoras y subversivas”.

El acta del encausamiento contra Rivero señala que en su domicilio fueron decomisados un radio y una grabadora, una máquina de escribir, una computadora portátil, varios casetes y algunos libros de los que es autor. Un video presentado en la sala del tribunal mostraba esos artículos, considerados sediciosos por los acusadores del escritor. Allí se podían apreciar los casetes, que contenían música de Joan Manuel Serrat, José Luis Rodríguez El Puma y algunos cantantes cubanos.

Rivero cumple su sentencia en la prisión de Canaleta en Ciego de Ávila, a más de 400 kilómetros de La Habana. Allí, ocasionalmente, puede escribir algunos poemas. Varios de ellos han aparecido en publicaciones como El País de Madrid y en la revista mexicana Letras Libres.

 

Liberado por cuenta propia

El acta de la acusación contra Raúl Rivero aparece como apéndice a su libro Sin pan y sin palabras. A favor de la libertad en Cuba, que se publicó hace algunos meses en España. Allí se reúne una veintena de artículos que Rivero publicó en los años recientes acerca de la vida cotidiana y el ejercicio de la prensa independiente en su país.

Prologado por el escritor Eliseo Alberto, que radica en la ciudad de México y es distinguido colaborador de La Crónica, el libro muestra que la única subversión de la que Rivero ha sido capaz es la de pelear por la libertad de las palabras.

En uno de esos textos admirables y contundentes, titulado “Monólogo del culpable”, Rivero cuestiona las disposiciones legales que prohíben la publicación, en Cuba, de impresos que no hayan pasado por la anuencia del gobierno:

“La letra de la ley sobre la protección de la independencia nacional y la economía de Cuba les permite a las autoridades de mi país condenarme por el único acto soberano que he realizado desde que tengo uso de razón: escribir sin mandato. El camino que inicié hace unos pocos años con la ruptura total con los medios de prensa y cultura del gobierno me ha ido convirtiendo en un ser humano distinto, alguien que se ha liberado por cuenta propia, alguien que en un entorno amenazado y hostil pudo empezar el viaje hacia la libertad individual”.

El escritor relata, más adelante: “Para el brazo en alto de esta nueva ley, así como para los insultos de los oscuros funcionarios del periodismo oficial, las llamadas amenazadoras a mi casa, para el sobresalto de cada día yo tengo –me doy cuenta cuando me quedo solo con mi máquina– el regocijo de saberme libre. La certeza de que informar con objetividad y profesionalismo y escribir mi opinión sobre la sociedad en que vivo no puede ser un delito muy grave”.

Sin embargo lo fue, según la estrecha y medrosa perspectiva de las autoridades cubanas. Por escribir textos como ése, Rivero está condenado a dos décadas de prisión.

 

Exangües y extenuadas

En otro texto, titulado “Matar la palabra”, Rivero hace un inventario de los vocablos que en Cuba “perdieron la vida, los contenidos, el vigor en los últimos 40 años”.

“Los esplendorosos y mágicos fonemas que forman el vocablo libertad encabezan el cortejo. Allá va, vacía, hueca y estrujada, la palabra que los grupos de poder han exprimido aquí hasta convertirla en su antónimo”, manifiesta ese texto inicialmente aparecido en diciembre de 2000 en El Nuevo Herald. Continúa:

“Allí está descendiendo en el alfiler de la corbata del milenio el vocablo democracia, con todos sus ecos griegos, sucio y gastado, hacia el fondo de la sepultura.

“Dígale alguien a un jubilado de Alacranes o a un joven desempleado de Centro Habana la noción exacta de dignidad.

“Que se le explique el poderío de resistencia a un ama de casa, madre de tres hijos, sin familia en el extranjero y sin contactos con una empresa mixta.

“Los ampulosos profesores de español que dediquen un turno de clase a la palabra cultura, a ver cómo apagan los fantasmas de los artistas censurados, los rehenes, los marginados, los excluidos y los expulsados”.

De esa amargura y realismo es la prosa de Rivero, que muy posiblemente no ha tenido en su manos el libro, publicado por Península de Barcelona, en donde aparecen estos textos. “Se marcha la palabra prensa en su única y aseada acepción, porque en Cuba lo que se publica es propaganda latosa y desconcertante”, dice. “En el cortejo van palabras que, para quedarse, necesitan adjetivos, prótesis y andadores. Allá van, exangües y extenuadas, fraternidad, familia, derechos, apertura, evolución, justicia, patriotismo, verdad, fervor, elecciones, parlamento y sociedad”, deplora el ahora encarcelado poeta.

 

Prisioneros y símbolos

Aún en prisión y sin escribir, Rivero lucha contra el autoritarismo en su país. Al recluirlo, el gobierno de Cuba lo hizo más célebre que nunca. Cada día que Rivero y los otros 74 periodistas, escritores y dirigentes sociales encarcelados hace un año pasan en prisión, es motivo para que aumente y se extienda la protesta internacional contra los excesos del gobierno de Fidel Castro. Gracias a tales reclamos uno de esos prisioneros, Julio Antonio Valdés, fue llevado el jueves pasado a un hospital para ser tratado de la enfermedad renal que padece hace tiempo y que se agravó con el encarcelamiento.

Con el voto en Ginebra, el gobierno de México apoyó causas democráticas como las que han defendido Raúl Rivero y muchos de quienes, como él, llevan un año encarcelados. Suponer que ese voto fue de adhesión al gobierno estadounidense implica apreciarlo con una mirada muy estrecha.

Ningún argumento respetable justifica el encarcelamiento de quienes, como Rivero, no han hecho mas que ejercer y defender sus derechos de pensamiento y expresión. Oponerse a la resolución de la Comisión de Derechos Humanos implica convalidar la persecución a esas libertades. Callar ante esa situación porque se trata de Cuba, un país cuya resistencia y entereza ha sido tan entrañable para muchos de nosotros, nos haría cómplices de tales abusos.

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Susan Sontag

Publicado en Letras by rtrejo on Diciembre 14th, 2005

La Crónica, 29 de diciembre de 2004

Si no hubiera muerto ayer –de cáncer, a los 71 años, en un hospital de Nueva York– Susan Sontag habría deplorado explícitamente la tragedia que hoy padece el sudeste de Asia en donde se calcula que las víctimas del terremoto pueden ser más de 50 mil. Pocos pensadores en las décadas recientes han tenido tanta sensibilidad, perseverancia e interés para ocuparse del dolor humano como la autora de Estilos radicales (1969) y El sida y sus metáforas (1987).

   En abril pasado, al recibir el premio literario de la Biblioteca Pública de Los Angeles, Sontag recordaba la expresión de Voltaire cuando, a fines de 1755, un severo terremoto había devastado la capital de Portugal: “Lisboa yace en ruinas y aquí en París bailamos”.

   “Uno debería suponer –dijo Sontag– que hoy en día, en la era del genocidio, la gente no encontraría ni paradójico ni sorpresivo que uno pueda ser tan indiferente a lo que está ocurriendo simultáneamente por todas partes. ¿No es parte de la estructura fundamental de la experiencia que ‘ahora’ se refiere tanto a ‘aquí’ como ‘allá’? Más aun, me aventuro a sostener, somos tan capaces de estar sorprendidos y frustrados por la inconveniencia de nuestra respuesta a la simultaneidad de destinos humanos tan salvajemente contrastantes como era Voltaire hace dos siglos y medio. Quizá nuestro destino perpetuo es sorprendernos por la simultaneidad de acontecimientos, por su acentuada extensión del mundo en tiempo y espacio. De que aquí estamos, prósperos, seguros, sabiendo que es improbable que nos vayamos a la cama con hambre o que estallaremos en pedazos esta noche mientras que en el mundo, ahora mismo en Grozny, en Najaf, en el Sudán, en  el Congo, el Gaza, en las favelas de Río…”

   Lucido siempre, provocador a menudo, desafiante de los valores establecidos y con una heterodoxamente vasta concepción de la cultura, el de Susan Sontag ha sido uno de los pensamientos más notables en el mundo contemporáneo.

   Afectada por el cáncer desde hace treinta años, dejó constancia de su lucha contra ese padecimiento en La enfermedad como metáfora. Su inquietud ante el dolor fue paralela a la exasperación que manifestaba contra abusos de todos los signos. Cuestionó lo mismo despotismos de los antiguos regímenes pretendidamente socialistas que, con razón y pasión notables, las arbitrariedades del gobierno de Estados Unidos desde la intervención en Vietnam hasta la guerra contra Irak.

   Uno de sus ensayos más recientes, aparecido inicialmente en mayo pasado el suplemento dominical de The New York Times, comentó las imágenes de los prisioneros torturados y vejados en Abu Ghraib. La corresponsabilidad que tenían el gobierno y la sociedad estadounidenses en esos abusos perpetrados por algunos de sus soldados era enfatizada desde el contundente título de aquel texto: “Los fotógrafos somos nosotros”.

   Los temas de interés de Susan Sontag fueron tan amplios como la extensa visión del mundo que cultivó. Autora de novelas como El benefactor (1963) El amante del volcán (1992) y En América (2000)  destacó fundamentalmente en el ensayo con obras como Sobre la fotografía (1977) y Bajo el signo de Saturno (1980). El año pasado apareció Acerca del dolor de otros, una reflexión sobre las imágenes de la violencia desde el arte pictórico hasta los conflictos bélicos más recientes.

   Ayer en el Times neoyorquino la periodista Margalit Fox sintetizaba así esa versatilidad: “A diferencia de los más serios intelectuales, Sontag era además una celebridad popular, en parte debido a su apariencia estremecedora, telegénica, en parte debido a la locuacidad, a veces inflamatoria, de sus declaraciones públicas. Fue sin duda el único escritor de su generación que recibió grandes premios literarios… y que apareció en películas de Woody Allen y Andy Warhol; fue el sujeto de extasiados perfiles en las revistas Rolling Stone y People y posó para un anuncio de Vodka Absolut. Durante décadas su imagen –facciones fuertes, boca amplia, mirada intensa y cabellera negra coronada en los últimos años por una arrolladora ráfaga blanca– se convirtió en un artefacto instantáneamente reconocible de la cultura popular del siglo 20”.

   Contra la interpretación, el canónico libro que Sontag publicó en 1966, ofreció algunas de las claves insustituibles para entender a esa cultura. No hay que estancarse en la interpretación de la obra de arte sino entenderla en forma y fondo, exigía. Las reflexiones sobre la cultura “camp” que incluía ese volumen siguen siendo fundamentales.

   Exigente en todos los planos, Sontag no disculpaba a la literatura por las coartadas ideológicas que pudiera tener. “Por supuesto –decía hace ocho meses en la conferencia antes mencionada– la tarea fundamental de un escritor es escribir bien”. Pero encontraba en la literatura “una forma de responsabilidad –hacia la literatura misma y hacia la sociedad”.

   “Un gran escritor de ficción –explicaba– escribiendo sinceramente acerca de la sociedad en donde vive, no puede sino evocar (aunque sea por su ausencia) los mejores estándares de justicia y veracidad por los que tenemos el derecho (algunos dirán que la obligación) de actuar en las necesariamente imperfectas sociedades en las que vivimos”.

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Vázquez Montalbán

Publicado en Letras by rtrejo on Diciembre 13th, 2005

La Crónica, 20 de octubre de 2003

“Quisiera llegar a un lugar del que no quisiera regresar. Ese lugar lo busca todo el mundo. Yo también. Hay quien tiene léxico para expresar esa necesidad y hay quien tiene dinero para satisfacerla”. Así termina Los mares del sur (1979) el primer éxito literario protagonizado por Pepe Carvalho, el detective más conocido de la narrativa en lengua española.

Ex agente de la CIA (aparece en 1972 en la delirante Yo maté a Kennedy) Carvalho se instala en Barcelona como investigador privado. A su afectado cinismo, pues se pretende más allá de las ideologías aunque nunca pierde la añoranza justiciera de cuando fue comunista, añade una exuberante pasión gastronómica. Sus recetas de cocina serán tan famosas como las andanzas detectivescas. Esa búsqueda la prosigue en Tatuaje (1974) y más tarde en Asesinato en el Comité Central (1981).

Durante tres décadas, con lapsos en los que sus lectores se preguntaban cuándo aparecería el siguiente relato, Carvalho ha sido un revelador y cáustico indicador de la transición y la consolidación políticas en España. Indagó hechos de corrupción en el gobierno y en empresas, se enfrentó a complots literarios y sabotajes deportivos, se introdujo en los submundos de la droga y las sectas, viajó a Buenos Aires en busca del pasado familiar, deambuló a regañadientes por Madrid y sólo se hallaba en Barcelona, cuya modernización deploraba porque estaba dejando de ser la ciudad en la que tanto quería, tropezaba, sazonaba y entristecía.

Ahora los aficionados a las novelas de Carvalho saben que las últimas páginas de ese inolvidable detective ya han sido escritas porque su creador, Manuel Vázquez Montalbán, murió la madrugada del sábado cuando hacía una escala aérea en Bangkok.

Hasta en su muerte el escritor pareció fundirse con el alter ego que era el personaje de sus novelas. En esa ciudad ubicó, hace 20 años, una de las más abatidas andanzas de Pepe Carvalho (Los pájaros de Bangkok, 1983) que había viajado a Tailandia en busca de una amiga que, como otros de sus personajes, quería perderse en el sur para hallarse a sí misma. El recuerdo y la herencia de aquella mujer aparecen en El hombre de mi vida (2000) la última novela de Carvalho que se ha publicado y en donde, a punto de terminar el siglo, el detective se reconoce agobiado por una decepción irremediable.

Siempre el fallecimiento de un escritor a quien sus seguidores consideran que conocen gracias a las muchas páginas que le han leído, resulta sorpresivo. Con Vázquez Montalbán el azoro es mayor porque su vitalidad parecía inagotable.

Polígrafo, incursionó con éxito lo mismo en la narrativa que en la poesía y el ensayo. Su Informe sobre la información (1963) fue durante largo tiempo uno de los escasos textos críticos acerca de la presencia social de los medios. Mis almuerzos con gente inquietante (1984) amalgama su veta sarcástica con la perspicacia política. En Crónica sentimental de la transición (1985) describe las contradicciones de un país que despertaba al cambio sin resolver deudas con su propia historia. Algunas de esas explicaciones las explora en Los demonios familiares de Franco (1987).

Militante comunista, preso durante el franquismo, periodista siempre, la integridad intelectual de Vázquez Montalbán lo hizo referencia indispensable, respetado incluso por muchos de aquellos a quienes desaprobaba. Esa presencia pública no lo eximió de resbalones notables. En México algunos de sus lectores deploramos la falta de rigor con que se dejó entusiasmar por el zapatismo, apareciendo como exégeta del subcomandante. Hay que reconocer que esa condescendencia estuvo muy extendida en el ambiente cultural español.

Los temas que recorre en sus más de 80 libros van de la política al futbol, de la televisión a la música, de la historia a, por supuesto, la gastronomía. Ese espíritu omniabarcante se resume en el título de una semblanza que publicaba ayer El Periódico de Catalunya: “Muchos hombres en uno”.

De esos muchos perfiles se le conoce más por su obra literaria. Además de la saga Carvalho, que según nuestras cuentas llegó a 23 libros (cuando murió Vázquez Montalbán traía en el portafolios las pruebas del último de ellos, Milenio, que aparecerá dentro de algunos meses) escribió novelas como El Pianista (1985) que compara a los intelectuales durante el franquismo con los “progres” de medio siglo más tarde y Galíndez (1990), sobre el político vasco secuestrado en Nueva York en 1956 y luego asesinado en República Dominicana.

A diferencia de Carvalho, que entre otras manías era conocido porque alimentaba el fuego de su chimenea con libros que había decidido no leer nunca más, en homenaje a Vázquez Montalbán habrá que releer sus obras y andar, en busca de ambos, los senderos de su indispensable Barcelona.

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