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Rajones
Varios senadores de Acción Nacional se inconformaron con el epíteto que anticipadamente les endosó Pablo Gómez Álvarez a quienes virarían en beneficio de Televisa.
Esa fue la calificación que merecieron algunos de los 66 senadores, de casi todos los partidos, que aprobaron el artículo primero transitorio de la Ley Federal de Derechos. Como se ha explicado, esa disposición exenta del pago de derechos por dos años a las empresas que resulten beneficiadas con la concesión para utilizar dos nuevas bandas para telefonía celular.
Cuantificada en 5726 millones de pesos, la exención beneficiará al consorcio Televisa cuyos directivos han reconocido estar interesados en explotar esos valiosos segmentos del espacio radioeléctrico para incursionar en el negocio de la telefonía celular. No en balde, durante los días recientes empleados de Televisa desplegaron una activa labor de presiones y cabildeo para modificar el voto de algunos de los senadores que habían rechazado tal exención.
Cualquiera que fuese el destinatario de esa dispensa fiscal, se trata de una decisión harto cuestionable y que no tiene sustento económico, ni técnico. El único o el principal motivo que llevó a la mayoría de los legisladores del PAN y a prácticamente todos los del PRI a respaldar esa exención, primero en la Cámara de Diputados y ahora en el Senado, es la gana para congraciarse con Televisa.
El Senado había manifestado una actitud distinta cinco días antes, la mañana del sábado 31 de octubre, cuando 58 de sus integrantes rechazaron la exención en ese pago de derechos, en tanto que 49 la respaldaron. En la votación de este jueves 5 de noviembre, al menos 15 senadores cambiaron de parecer y se sumaron los votos, además, de varios que no estaban presentes en la primera ocasión.
A esos legisladores que cambiaron su voto sin explicar tal mudanza el senador Pablo Gómez, con toda propiedad, les llamó “rajones”: “Como en este país los poderes oligárquicos sustituyen con una reciente rapidez a los poderes representativos del Estado, pues cualquier poder oligárquico convierte a la bancada más picuda, a la del gobierno, en un montón de rajones que no aguantan la requisitoria de un monopolio, estrictamente hablando, un duopolio. Así está todo México, ya veremos cuándo estalla”, dijo ese senador por el PRD.
Gómez se negó a retirar ese calificativo cuando el senador panista Ángel Alonso Díaz Caneja le pidió que se desdijera. Más tarde, el también panista Jorge Ocejo Moreno se inconformó explicando: “La expresión rajones en el lenguaje y en la realidad de nuestro país es una palabra que se dice en forma injuriosa al individuo que no cumple un pacto y entonces se le injuria diciéndole: ‘oye no cumpliste’, sino se le dice: ‘rajón’. Y eso es una injuria”. Tampoco así convenció al senador Gómez.
Tanto Alonso como Ocejo, votaron el sábado por cancelar la exención fiscal a Televisa. El primero de ellos modificó su voto. El otro, lo mantuvo.
Ayer jueves hubo rajones en varios partidos, incluso en el que forma filas el senador Pablo Gómez.
Doce senadores del PAN que el sábado votaron contra la exención fiscal, ayer viraron su decisión para apoyarla. Se trata de los senadores Ángel Alonso Díaz Caneja, Humberto Andrade Quezada, Javier Castelo Parada, Blanca Díaz Delgado, Fernando Elizondo Barragán, José González Morfín, Emma Lucía Larios Gaxiola, Gustavo Madero Muñoz, Ramón Muñoz Gutiérrez, Adrián Pérez Rivera, Gabriela Ruiz del Rincón y Ricardo Torres Origel.
Pero no fueron los únicos. También cambiaron su voto, de esa manera, Dante Delgado y Eugenio Govea, del Partido Convergencia. Otros cuatro senadores de ese partido, que se ausentaron de la votación del sábado, se definieron ayer a favor de la exención a Televisa. Se trata de Francisco Berganza, Gabino Cué, José Luis Lobato y Luis Maldonado Venegas.
Y en las filas del PRD, hubo una deserción. René Arce, que el sábado votó contra le exención, ayer se abstuvo. Cinco días antes, 18 senadores perredistas formaron parte del bloque contra la exención. Ayer fueron solamente 13. Hubo, de una manera u otra, quienes se abstuvieron de abstenerse.
Por otra parte dos senadores del PAN que inicialmente respaldaron la exención fiscal, ayer votaron contra ella. Se trata de Jaime Rafael Díaz Ochoa y Eduardo Nava Bolaños.
En total, 66 senadores avalaron la dispensa fiscal, 38 se opusieron a ella y 3 se abstuvieron.
Quienes respaldaron la exención, no adujeron una sola razón para ello. Sí presentaron argumentos, en cambio, el ya mencionado Gómez Álvarez y el senador panista Ricardo García Cervantes, opuestos ambos al obsequio de 5726 millones de pesos.
No hay justificación alguna para que Televisa –y/o las empresas que ganen la licitación para las nuevas bandas de radiocomunicación– dejen de pagar los derechos que establece la ley cuando, al mismo tiempo, decenas de millones de mexicanos tendremos que pagar más impuestos. Rajón, se le dice “a una persona que incumple lo prometido”, precisa el indispensable Diccionario de la RAE. Así que se puede hablar de rajones, no por haber modificado una posición lo cual es de lo más legítimo en cualquier parlamento, sino por hacerlo sin explicar sus motivos y a favor de una posición inicua, que se contradice con el interés popular que esos legisladores presumen representar.
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Impuesto del 4% a telecomunicaciones: ¿y por qué no?
Este mes, tuve que pagar 989 pesos por la cuenta del teléfono celular. Ese pago subió algo más que de costumbre debido a las llamadas de larga distancia que hice en un viaje reciente. En casa, donde suelo trabajar y por eso el teléfono y la conexión a Internet que viene contratada junto con él me resultan indispensables, pagué 1926 pesos, IVA incluido. El servicio de televisión por cable me cuesta 869 pesos al mes. Además estoy suscrito a un paquete de mediano costo de la televisión satelital, gracias al cual puedo ver los partidos de futbol de la liga española, que cuesta 437 pesos.
En total, por esos cuatro servicios de telecomunicaciones este mes pagué 4221 pesos.
Si hoy existiera el impuesto del 4% a los servicios de esa índole que ha propuesto el gobierno federal y que escandaliza a personajes de adscripciones significativamente muy variadas, mi pago mensual no variaría de manera sustancial. El 4% por el teléfono celular que utilicé el mes pasado significaría un incremento de 34.48 pesos (calculados a partir del costo del servicio, antes del IVA que ya pago hoy en día). Los servicios telefónicos y de Internet que tengo en casa habrían costado 66.99 pesos más. La renta de Cablevisión, aumentaría 30.23 pesos. La de Sky, 15.32 pesos.
En total, en vez de 4221 pesos este mes tendría que estar pagando 4368. Se trataría de un incremento de 147 pesos que desde luego preferiría gastar en otra cosa pero que no son de tales dimensiones que desmantelen mi presupuesto. Ese aumento fiscal tampoco me llevaría a prescindir de alguno de tales servicios. Además, si existiera una rendición de cuentas clara y oportuna acerca del uso que se da a nuestros impuestos, posiblemente me daría gusto saber que ese pequeño incremento fiscal es útil para respaldar la política social del Estado, en caso que ese fuera el destino que tuvieran aumentos como los que ahora se están discutiendo.
Sin embargo, el aumento de 4% a las tarifas de los servicios de telecomunicaciones ha sido presentado por muchos de sus críticos como un atentado al desarrollo de la telefonía, la televisión e incluso al derecho de información de los mexicanos. Hay quien ha anticipado que ese aumento fiscal será el camino para “Matar el Internet”.
Algunas de las coaliciones empresariales relacionadas con ese ramo, han exclamado “No al impuesto a la comunicación” en un documento que considera ese gravamen como una “medida regresiva”. Entre otros problemas, esas organizaciones sostienen que el 4% de incremento fiscal “encarece la competitividad”, “retrasa la modernización tecnológica”, “amplía la brecha digital”, “desincentiva la inversión de nuevos oferentes (sic) del servicio en el país” y “complica la capacidad para generar y conservar los empleos”. Hay, incluso, quienes consideran que el nuevo impuesto provocaría un incremento de precios de los servicios de telecomunicaciones.
Detrás de todo ese bullicio hay mucha ideología, poca reflexión y escasos números. Cualquier aumento de impuestos significa una carga para quienes lo tienen que sufragar. En este caso, se trataría de los usuarios finales de los servicios de telecomunicaciones. Las empresas de telefonía, los proveedores de Internet o las compañías que conducen señales de televisión, no tendrían que pagar ese impuesto. Así que no hay asidero a suposiciones como las que señalan que los precios se elevarían, o que aumentaría el desempleo en el sector de las telecomunicaciones.
Desde luego, si algunas de esas empresas aprovechan la ocasión para aumentar sus precios con pretexto del incremento fiscal, entonces sí estaríamos ante una escalada de costos con perjuicios quizá impredecibles.
Resulta bastante peregrino preocuparse por la competitividad o por la brecha digital, porque las limitaciones en ese campo no se deben a las cargas fiscales sino al mantenimiento de preferencias monopólicas y a la ausencia de auténticos proyectos nacionales para desarrollar la telefonía, Internet o la cobertura de la televisión de paga. En esos tres servicios, como hemos subrayado en otras ocasiones, los mexicanos padecemos cuotas extraordinariamente altas en comparación con las que hay en otros países.
Si los ciudadanos y organizaciones que hoy se alarman ante el posible impuesto del 4% estuvieran preocupados por la cobertura de las telecomunicaciones en la sociedad mexicana, podrían interesarse en exigir una estructura de precios menos onerosa para los usuarios, un servicio de mejor calidad y sobre todo una competencia auténtica. La telefonía en México y desde hace poco la posibilidad de conectarse a Internet, se encuentran fundamentalmente acaparadas por Telmex. Hay que reconocer que sin la empresa de Carlos Slim varios millones de mexicanos carecerían de acceso a la Red de redes, porque el gobierno federal desde hace al menos una década se ha rehusado a promover la diversificación de ese servicio. Pero la Internet que tenemos es de velocidades muy bajas y de precios muy altos en comparación con los que hay en otras naciones.
La televisión de paga, por otra parte, se encuentra copada por empresas propiedad de Televisa o afines a ella. En el transcurso de los meses recientes, las firmas que manejan la mayor parte de los contratos de televisión por cable han sido adquiridas por Televisa. Y, como es sabido, ese consorcio monopolizó el mercado de la televisión satelital hasta que, muy recientemente, comenzó a funcionar el sistema Dish de la empresa Multivisión.
Apoyar el mejoramiento de las telecomunicaciones, significaría respaldar una diversidad auténtica, con actores capaces de ofrecer servicios competitivos y políticas de Estado para abatir la renta de esos servicios. Si yo viviera en algún país europeo, por ejemplo, los servicios de telefonía celular, residencial, Internet y televisión por los que ahora pago más de 4200 pesos al mes, me costarían menos de la cuarta o la quinta parte.
Me gustaría escuchar a quienes ahora se inquietan por el impuesto del 4%, levantar la voz contra las altas tarifas que padecemos los usuarios de los servicios de telecomunicaciones en México. Allí, y no en la propuesta fiscal, se encuentran los problemas de ese sector.
El frente contra el impuesto a las telecomunicaciones ha sido respaldado con recursos amplios, como los que financiaron el desplegado que apareció en varios periódicos el martes 15 de septiembre. No es de extrañar que esas voces, que comparten un discurso, intereses y una perspectiva ideológica proclive al control de las corporaciones privadas sobre la economía, compartan dicha campaña. Un despacho de la agencia Bloomberg explicaba la semana pasada que el cabildeo contra el impuesto ha sido promovido por firmas como la corporación NII Holdings, operadora de Nextel en América Latina.
Pero llama o debiera llamar la atención el rechazo al 4% que proviene de sectores identificados con las izquierdas. La semana pasada, cinco senadores del Partido de la Revolución Democrática propusieron un punto de acuerdo para que la Cámara de Diputados rechace ese impuesto. Los senadores perredistas hacen suyas, una por una, las consideraciones de las empresas telefónicas, así como de los proveedores de televisión de paga.
No sé si las corporaciones telefónicas y televisivas que hoy claman contra el impuesto esperaban encontrar una adhesión tan incondicional y sorpresiva como la que les brindan esos senadores del PRD. Tampoco sé si esos legisladores entienden con qué intereses juegan cuando avalan de manera tan enfática las exigencias de tales consorcios. Lo que sí sé es que en otros sitios del mundo las izquierdas suelen favorecer los aumentos fiscales para respaldar la política social del Estado. Aquí, como en tantas otras cosas, marchamos al revés.
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Estreno en San Lázaro
Conocedores, como nadie, de que la forma es fondo –o, por lo menos, de que la forma puede contribuir a moldear la impresión que la gente tiene acerca del fondo– los priistas enviaron anoche a la discusión del Informe, para representarlos, a una mujer joven, atractiva e inteligente. Luz Carolina Gudiño Corro le permitió a ese partido recuperar, en julio pasado, uno de los distritos más difíciles de Veracruz. Ahora la recompensaron con la presencia estelar en la inauguración de la nueva Legislatura.
El contraste no podía ser más evidente. Frente al PAN que busca reafirmarse en un pasado que algunos de sus integrantes todavía consideran insigne y que envió a la tribuna a Manuel de Jesús Clouthier –hijo de aquel candidato presidencial que destacó por bravucón, quedó en tercer lugar en la elección presidencial cuando la confrontación Salinas-Cárdenas y falleció hace dos décadas en un accidente de carretera–, los priistas parecían sugerir que miran hacia adelante. El hijo de aquel Clouthier, ahora diputado, habló de diálogo y dijo que ningún tema es tabú para los panistas. Ya se verá.
Frente a Alejandro Encinas, viejo lobo de la política de izquierdas y uno de los pocos dirigentes del actual PRD que se formó en el antiguo Partido Comunista, el contraste que hacía la joven priista era igualmente drástico. El ex jefe de Gobierno del DF y ahora líder de los diputados perredistas acuñó dos fórmulas vistosas pero a final de cuentas huecas, porque serán entendidas según las convicciones y la conveniencia de cada quien: “tanta negociación como sea posible pero también tanta firmeza como sea necesaria” y, también, “tanto parlamento como sea posible y tanta movilización como sea necesaria”. De esa manera, Encinas buscaba diferenciarse del ala troglodita pero también del segmento que en el PRD hay quienes ven como demasiado condescendiente con otras fuerzas políticas. La joven Gudiño Corro, en cambio, no tuvo que hacer alusión a ningún sambenito y a ninguna escisión en su partido.
Y desde luego el contraste era marcado si se recordaba que alrededor de una hora antes, la tribuna de San Lázaro la había ocupado Porfirio Muñoz Ledo, que a su larga cuan pragmática hoja de servicios políticos ahora añade la circunstancia de representar al Partido del Trabajo. Sea cual sea el partido con cuyas siglas logra posiciones políticas, Muñoz Ledo siempre es notable artífice de la retórica y la política. Su alocución anoche en la Cámara de Diputados fue brillante y enjundiosa. Entró con filo a la delicada y urgente cuestión fiscal y proclamó que el dinero hay que tomarlo de donde abunda, no arrebatárselo a los desposeídos.
Muñoz Ledo era dueño, como pocos, del escenario parlamentario. Exigió que el Poder Legislativo les exija más a las grandes empresas, a la banca ahora desnacionalizada y al gobierno, cuya alta burocracia hace gastos ofensivos. Abrió su intervención con una reprimenda al poder incontrolado de las televisoras. Pintó su raya, así, en uno de los temas delicados en la nueva fase del Congreso y respecto del cual la mayoría de los legisladores tiene demasiado temor a comprometerse con una agenda de reformas.
La diputada Gudiño Corro coincidiría con Muñoz Ledo y otros representantes partidarios que se apresuraron a subrayar que no admitirán incrementos de impuestos a costa de la economía de los más desamparados. Como declaración de principios, se trata de una definición que siempre concitará aplausos. Pero de allí a la indiferencia o incluso el abucheo de la sociedad más inquieta por la cuesta abajo sobre la que corre nuestra política económica, habrá poca distancia si esos legisladores no arriban a propuestas específicas para mejorar los ingresos del Estado –y, desde luego, para propiciar una auténtica redistribución de tales recursos–.
Por eso cuando la representante del PRI anunció, aludiendo al presidente Felipe Calderón como si estuviera presente en el salón de sesiones, “no permitiremos la creación de impuestos a los que menos tienen”, cosechó ovaciones incluso entre diputados de otros partidos. ¿Y luego? La diputada veracruzana enumeró algunas medidas rutinarias. Pero más de uno de quienes la escuchaban alzó la ceja cuando propuso “Menos gasto en publicidad y más inversión social”.
Ojalá y así fuera. Ojalá y los diputados del PRI legislaran para impedir el derroche de recursos fiscales en la contratación de anuncios que ponderan la imagen de los gobernantes. Ahora mismo, en ocasión de la presentación de su Tercer Informe, la oficina de comunicación del presidente Calderón nos atosiga con mensajes radiofónicos y hasta con incómodas y seguramente contraproducentes llamadas telefónicas.
Pero el abuso publicitario no lo practica únicamente el gobierno federal. De hecho, se trata de un recurso intensa cuan dispendiosamente desplegado desde que el PRI ocupaba la presidencia. Y ahora mismo, el gobernante que no solamente gasta en propaganda con notorio exceso sino que además se ha granjeado el respaldo de Televisa, es Enrique Peña Nieto, anticipado pretendiente a la candidatura presidencial en el partido donde forma filas la simpática diputada Gudiño.
Esa legisladora no tendría que mirar demasiado lejos para encontrar ejemplos de propaganda intensa y ofensiva. En su propio estado, el gobernador Fidel Herrera mantiene una constante promoción tanto de sí mismo como del color rojo con el que se ha querido identificar, uniformando personas, edificios públicos, propaganda, paisaje y medios de comunicación.
Así que la diputada Gudiño Corro tuvo que hacer gala de indiferencia política (que es una manera elegante de llamarle al descaro) cuando le reclamó al gobierno del presidente Calderón una conducta que numerosos y notorios gobernadores del PRI no han tenido empacho en practicar.
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Juanito: el descontón y el agandalle
“Juanito” transita de una estación radiofónica a otra, acepta entrevistas de medios lejanos a los que no conocía, se vuelve estrella de la veleidosa pero notoria farándula política y, en cada declaración, se recrea a sí mismo como personaje lenguaraz y picaresco.
Gracias a la curiosidad mediática y a la heterodoxia que ha significado en un escenario político tedioso y plano, el delegado electo en Iztapalapa ocupa frecuencias radiofónicas y páginas en los diarios. El desafío que mantiene hacia los dirigentes del círculo obradorista que esperaban beneficiarse con su dimisión, prorroga por varios días sus 15 minutos de fama.
Salió respondón, en contraste con la actitud sumisa que había manifestado aquella tarde de junio cuando, para enfrentar la decisión judicial que dejó a Clara Brugada sin la candidatura perredista en esa delegación, Andrés Manuel López Obrador propuso votar por “Juanito”, que ya era candidato del PT, y lo instruyó en público para que en caso de ganar renunciara a ese cargo en beneficio de la fallida candidata. Aquella demostración de autoritarismo, dibujó con toda transparencia el talante mandón y grosero de López Obrador y mostró a un “Juanito” cuya reverencial mansedumbre ha sido desplazada ahora por un personaje de intereses y voluntad propios.
Ese es el viraje que convoca la atención mediática y que ha convertido a Rafael Acosta Ángeles en creador y protagonista de un personaje inesperado. Se habla de él y se le ve y escucha más que si se tratara de un candidato en campaña. Y candidato no es, porque ya ganó, y por mucho, la elección delegacional. Pero de alguna manera se puede reconocer que se encuentra en campaña: no por una posición política sino para afianzarse a sí mismo como actor de la vida pública. Acosta se encuentra en campaña para vender lo más cara posible su renuncia a la jefatura delegacional.
En estos días se ha reinventado a sí mismo. Dejó de ser el individuo plano y resignado que se había supuesto y se mostró con ambiciones y voluntad propias. Hizo a un lado el porte contestatario que antes lo llevó a servir como reventador de reuniones políticas e incluso a ser utilizado como carne de cañón en acciones de provocación ordenadas por alguna de las tribus perredistas. Ahora es un político institucional, que de repente se convirtió en usufructuario de la alianza de varios partidos en Iztapalapa y ganó la delegación más poblada y conflictiva del DF.
Hasta ahora Juanito era personaje de reparto, tanto en los mitines y zipizapes callejeros, como en la película de ficheras en donde apareció bailando con Lyn May. De pronto, dejó de ser instrumento de otros para trocarse en intérprete de un guión que él y sus amigos más cercanos están imponiéndole a la coalición obradorista.
En realidad no hay transformación, sino transfiguración. Se modifica la apariencia, más no el fondo en el comportamiento de Acosta Ángeles. Juanito se ha forjado en el convenencierismo y el pragmatismo. Como seguidor de causas políticas, ha sido saboteador pero nunca constructor de opciones. Como beneficiario de la economía informal, ha sido tianguista y vendedor ambulante. Lo que hace ahora es cacarear sus posibilidades políticas con la misma locuacidad con que vendía sus productos en las calles.
A cambio de renunciar para que se inicie el proceso que podría desembocar en la designación de Brugada, Juanito quiere disponer de la mitad de las plazas de confianza de la Delegación Iztapalapa. Primero dijo que esas chambas serían para sus cuates. Ahora sostiene que las distribuiría entre militantes del PT, aunque ese partido asegura que no le interesan tales plazas sino la renuncia de su renegado candidato.
En ese afán, es el mismo de siempre: simulador, exagerado, hecho a la argucia y al embuste. Nada de eso le daría notoriedad, de no ser porque además exhibe el atractivo que siempre tienen los personajes repentinamente vencedores.
Juanito parece, como ha escrito José de la Colina, surgido de “uno de los más sarcásticos cuentos de Mark Twain o de Ambrose Bierce o de Jorge Ibargüengoitia”. De pordiosero a millonario. De tianguista a delegado. No es un personaje de ideas, ni de principios, sino de actitudes y poses. Cuando estaba en campaña respondía a las preguntas de los reporteros después de consultar unas tarjetas de las que no se apartaba y que le habían escrito sus amigos que lo asesoran. Ahora no requiere de tales respaldos y deja fluir una elocuencia demagógica y tintanesca pero profundamente atractiva en la planicie mediática.
Constructor de su propio personaje, Acosta Ángeles habla de Juanito en tercera persona, como de alguien que no le es ajeno pero que tampoco es él mismo.
Otrora provocador y tianguista, la cultura política de Juanito es la del descontón y el agandalle. Por eso no le ha importado insistir en que podría dejar de cumplir el compromiso que tiene con los partidos que lo respaldaron. En tal actitud, ha tenido que pensar en las chambas, el sueldo, los cuates y la fama antes que en cualquier obligación política. En ese terreno, mantiene dos posibilidades: el regreso del Juanito disciplinado que honrará su compromiso con el Peje renunciando a la delegación, o la consolidación del Juanito que considera suyos los 180 mil votos que recibió el 5 de julio.
La primera opción, propiciaría el desplazamiento de Juanito para que Rafael Acosta Ángeles vuelva a ser actor de reparto, quizá merced a un atractivo arreglo financiero. La otra, rompería los acuerdos obradoristas para Iztapalapa, podría propiciar el retorno a esa delegación del grupo del PRD desplazado por Brugada y aliados pero además sería un desastre político y administrativo. Juanito puede ser simpático para algunos, pero da miedo imaginarlo a cargo de la delegación más pobre, peligrosa y peliaguda de la ciudad de México. (El gobierno de Brugada no sería necesariamente mejor y confirmaría el enquistamiento delegacional de una camarilla resentida y embaucadora).
La aparente traición de Juanito, si se consolidara, ha sido entendida en diversos medios como una derrota para López Obrador. Pero hay otras interpretaciones. Francisco Báez Rodríguez sugiere que, de ser delegada, Clara Brugada no sería incondicional de López Obrador e incluso podría estar más dispuesta a alinearse con el jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard. Juanito como delegado por otra parte, dice ese comentarista, constituiría un problema constante para la gobernabilidad de la ciudad de México y dificultaría las posibilidades de Ebrard para alcanzar la candidatura perredista dentro de algo más de dos años.
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PRD, la hora de las venganzas
Hará falta mucho más que declaraciones conciliatorias para solucionar la crisis que día tras día subraya la fractura en el PRD. Aunque durante el fin de semana los gobernadores que son además miembros de ese partido parecieron cerrar filas en torno a Jesús Ortega, el litigio persistirá.
Lo que padece el PRD no es un desajuste momentáneo, ni únicamente el traumático resultado de las elecciones del 5 de julio. Allí hay, descritas de manera esquemática, dos líneas políticas en colisión. La manera más sencilla de apreciarlas suele conducir al reconocimiento de que en ese partido se enfrentan defensores e impugnadores de Andrés Manuel López Obrador. Pero detrás de tales definiciones se encuentran discrepancias fundamentales acerca de la política que podría y/o debería hacer el PRD. Conciliadores unos, rupturistas otros; constructores de acuerdos los dirigentes agrupados en torno a Jesús Ortega, impugnadores de las instituciones y quienes las ocupan puede considerarse a los partidarios de López Obrador.
Esas son las grandes líneas de una práctica política que los escinde cada vez más. Sin embargo, más allá de las formas y la táctica no resultan del todo claras las diferencias programáticas de uno y otro grupos. La disputa por las posiciones, el énfasis en la politiquería más que la práctica de la política y la emergencia que suscita el deterioro constante de un partido en crisis, han llevado al PRD a estar repleto de símbolos pero hueco de sustancia. Las iniciativas concretas no son el fuerte de ese partido, a diferencia del talante propositivo que antaño definía a las izquierdas en este país.
El pleito, antes que nada, es de personas. Así lo indica, a diferencia del acuerdo manifestado por los gobernadores, un documento de varios conocidos militantes de la izquierda socialista y comunista que exige la destitución de Jesús Ortega.
Integrantes de la “Plataforma Constitucional de los Candidatos de Izquierda” que en los meses anteriores elaboró un documento que fue presentado a candidatos del PRD lo mismo que del PT y Convergencia ahora consideran que, ante el resultado electoral, Jesús Ortega debe renunciar a la presidencia perredista. Identificados la mayoría de ellos con López Obrador, no resulta exagerado considerar que esa postura de tales dirigentes y militantes es un intento para culpar del reciente fracaso a la actual dirección del PRD.
El periodista y ex senador Carlos Payán Velver, fundador de La Jornada; el politólogo e investigador universitario Arnaldo Córdova, que fue diputado por el PSUM hace un cuarto de siglo y el ex dirigente y ex diputado comunista Gerardo Unzueta, suscriben ese documento. El texto lo recibimos gracias a Eduardo Ibarra, director de la Revista Forum.
Los promotores de una plataforma común no lograron involucrar con sus propuestas a muchos candidatos de los partidos reputados como de izquierda. Sin embargo ahora consideran que la culpa de la debacle electoral del PRD es de la dirección de ese partido que no ha enfrentado “la ofensiva de la derecha”.
A partir de esa convicción, exigen la “deposición de Jesús Ortega, cuya labor de dirección como presidente del Partido de la Revolución Democrática ha conducido a una grave derrota de la izquierda como tendencia democrática nacional y ha llevado a ésta a una situación de absoluta minoría frente a los grupos representativos de la derecha, poniendo en grave peligro las instituciones forjadas en luchas históricas del pueblo mexicano”.
Los autores de esa exhortación proponen que haya un “Congreso de Refundación del PRD” en donde serían reformulados la Declaración de Principios y el Programa de ese partido con postulados como la reforma democrática del Estado, la ciudadanía para los jóvenes a partir de los 15 años y la creación de normas que garanticen la equidad de género.
A excepción de la ciudadanía a los 15 años que tiene aristas francamente discutibles, el resto de las propuestas de ese grupo se encuentra ya en los programas del PRD y otros partidos. El problema que enfrentan esas agrupaciones no es de ideas, sino del escaso o nulo contexto para que dentro de ellos prospere una auténtica discusión de propuestas y diagnósticos sobre la situación del país.
A diferencia del PAN, en donde hubo una táctica de confrontación con otros partidos claramente diseñada e impulsada por el presidente nacional, los problemas del PRD se deben fundamentalmente a la coexistencia forzada de dos tendencias que solamente tienen en común la ambición por conquistar posiciones políticas. Quitar y reemplazar dirigentes podría satisfacer las ganas de revancha pero no la ingente crisis de ese partido.
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Qué debería cambiar
Quieran o no, instituciones y gobernantes tendrán que responder a los resultados electorales del 5 de julio. Algunos lo hacen ya magnificando o menospreciando, según les haya ido, las consecuencias de esa votación. Otros, prefieren aparentar que están más allá de las coyunturales decisiones en las urnas.
1. Calderón. El semblante hosco, el discurso severo, hacían evidente la desazón que experimentaba el presidente de la República la noche del domingo electoral cuando ofreció un mensaje por televisión. El saldo de la votación fue, para el gobierno, peor de lo que se había esperado. El presidente Felipe Calderón tendrá que restablecer puentes y hacer política fina, algo que en otros tiempos se le daba bien pero a lo que pareció renunciar hace uno o dos años cuando se dejó aislar para encerrarse en una apreciación complaciente de sus propias acciones y en un discurso monotemático.
El combate a la inseguridad es indispensable, pero evidentemente no bastó para suscitar la confianza de los ciudadanos. El viraje en el discurso tendría que ir acompañado por una reestructuración en el equipo de gobierno, una vez que se ha confirmado que los más amigos no son necesariamente los más eficientes.
El dilema es si Calderón tendrá la agudeza política que hace falta para entender las señales del 5-J, si sabrá renunciar al ensimismamiento en el que se ha sumergido en los años recientes, si será capaz de rescatar los resortes democráticos que a pesar de sus resabios conservadores ha tenido el PAN y si, en consecuencia, querrá y podrá sacudirse la costosa tutela de poderes fácticos en los que ha querido cobijarse (la maestra, las televisoras, el sindicalismo descompuesto) y con resultados tan contraproducentes.
2. El PAN. El talante bravucón terminó por envolver y hacer políticamente ineficaz a Germán Martínez, pero su principal yerro fue aislarse del PAN realmente existente. En vez de convocarlos, el inminente ex presidente panista combatió (incluso utilizando trampas y engaños) a dirigentes, corrientes y grupos que no se le subordinaban dentro de ese partido.
Inhábil para ser partido en el gobierno, el PAN tendría que recuperar la vitalidad que antes supo desplegar en la oposición. No le resultará extraño, puesto que lo fue largo tiempo, actuar como minoría en la Cámara de Diputados. Para ello tendría que sacudirse los intereses que se han enquistado en las cúpulas blanquiazules. Es difícil que lo consiga.
3. El PRI. Sus líderes y adláteres se equivocarían si creen que al PRI no le hacen falta ajustes después del éxito en las urnas. El partido supo funcionar como maquinaria electoral y capitalizó el descontento ante errores e insuficiencias del gobierno. Pero eso no le bastará para mantenerse cohesionado en la designación de su candidato presidencial.
Los priistas aprenderían de sus propios tropiezos si recuerdan los costos que les significó la división de hace cuatro años, cuando sus principales grupos entraron en colisión por esa candidatura. Las ambiciones suelen arrasar con los compromisos. Y a un partido sin principios, si algo lo mueve es la codicia.
La otra dificultad que enfrenta el PRI radica en convencer a los ciudadanos de que es un partido suficientemente renovado para evitar los abusos y autoritarismos que le conocimos durante largas décadas. Por mucho maquillaje que utilicen, será inevitable advertir que se trata de los mismos dirigentes, que proponen el mismo discurso y que practican la misma política del mismo PRI de siempre.
4. El PRD. Algunos de sus líderes más perspicaces han sugerido que, de plano, de los escombros que les dejó el 5-J lo mejor será que surjan dos partidos. Uno, comprometido con el discurso de reformas sin confrontación y con tantos compromisos políticos (con caciques regionales, con las televisoras, con otros partidos, etcétera) que casi se ha vuelto políticamente inocuo y que despliega el grupo de Jesús Ortega. Otro, el de la agresiva pedacería anti institucional de la que forman parte el viejo priismo y el nuevo clientelismo a los que cohesiona López Obrador y con el que coinciden personajes como René Bejarano y Juanito el de Iztapalapa. Sea cual sea su respuesta al resultado que redujo a la mitad sus votos en comparación con la elección de hace tres años, el PRD y sus aliados de antes y ahora tendrían que emprender una reconstrucción mayor si quieren ser competitivos en 2012.
Texto publicado en emeequis
El mérito de “Juanito”
Humillado en público por el dirigente por quien se ha batido incluso a golpes, servil hasta negarse a sí mismo, Rafael Acosta Ángeles, “Juanito”, es paradigma de las huestes que todavía siguen a López Obrador.
Carente de principios porque las convicciones que lo sostienen varían según el antojo del líder al que sigue, obedece y por quien se sacrifica, el candidato del PT a la delegación Iztapalapa está hoy en el centro de una disputa política que podría depender de su disciplina a los caprichos de su dirigente. Cuando López Obrador le dijo que renunciará apenas gane la Delegación, Acosta asintió sumiso, para que su lugar quede Clara Brugada, cuya candidatura fue cancelada por el Tribunal Federal Electoral.
Antes de que ese momento llegue falta que “Juanito” gane la elección; que Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del DF, esté dispuesto a proponer a Brugada para reemplazarlo; que el Asamblea Legislativa del propio DF –que estará dividida entre partidarios de la dirección del PRD y lopezobradoristas– quiera aprobar esa sustitución. Y hará falta que Acosta Ángeles mantenga hasta ese momento la subordinación que ha manifestado. Ya en el cargo si es que llegase a ganar –lo cual no será sencillo, en vista de la fuerza que tienen en esa demarcación los grupos que apoyan a Silvia Oliva, la candidata del PRD– “Juanito” podría decidir que prefiere gobernar durante tres años la delegación más nutrida y con mayor presupuesto de la Ciudad de México antes que merecer el beneplácito de López Obrador, quien lo avergonzó delante de millares de personas al tratarlo como simple polichinela suya.
Ese desplante de soberbia y prepotencia ha llevado a muchos ciudadanos, entre ellos algunos comentaristas, a considerar que, ahora sí, ha resultado evidente el talante autoritario de Andrés Manuel López Obrador. Esta vez se excedió, dicen algunos. Mostró su verdadero rostro, se preocupan otros.
Pero no hay un solo rasgo nuevo en el López Obrador del mitin en donde puso en evidencia la subordinación de “Juanito” y el dirigente mandón, berrinchudo y fundamentalista que hemos conocido desde hace años. La misma ofuscación que lo invade cuando las circunstancias no se amoldan a sus preferencias, el mismo fanatismo con el que se considera depositario y beneficiario de la verdad y los designios históricos en tanto que quienes no comparten sus ensimismadas paranoias son todos miembros o títeres de la mafia como ha dado en llamar a la conspiración de todos los demás contra él, ya eran notorias cuando fue jefe de Gobierno del DF y aún antes.
Hace 5 años, el 6 de junio de 2004, esta columna se publicaba en La Crónica y allí me referí a los rasgos que me parece definen puntualmente el comportamiento, de raíces sicológicas pero de implicaciones políticas, que afecta a López Obrador. Aquel texto comenzaba de la siguiente manera:
“La personalidad autoritaria ha sido tema de atención tanto para el pensamiento político como desde los estudios de psicología social. El comportamiento de aquellos que se comportan de manera intolerante ante situaciones que no controlan puede exacerbarse –y constituir un riesgo para las sociedades– cuando quienes lo padecen se encuentran en posiciones de poder.
“Hace algo más de medio siglo el pensador alemán Theodor W. Adorno encabezó en la Universidad de Berkeley una indagación acerca de ese síndrome (T. W. Adorno, Else Frenkel-Brunswik, Daniel J. Levinson y Nevitt R. Sanford, The authoritarian personality. Harper, Nueva York, 1950).
“Se trata de un comportamiento paradójico: una formación conformista, sometida a presiones autoritarias, tiende a suscitar conductas proclives a la sumisión. Pero cuando los individuos que han estado sujetos a esa enseñanza alcanzan posiciones de mando, entonces pueden manifestar una intolerancia excesiva. En otras palabras: ‘Cuando hablamos de personalidad autoritaria debemos saber que esta se caracteriza por unos rasgos tales como: disposición a la obediencia esmerada a los superiores, respeto y adulación de todos los que detentan fuerza y poder, disposición a la arrogancia y al desprecio de los inferiores jerárquicos y, en general, de todos los que están privados de fuerza o de poder. También aparecen rasgos como la aguda sensibilidad por el poder, la rigidez y el conformismo. La personalidad autoritaria tiende a pensar en términos de poder, a reaccionar con gran intensidad ante todos los aspectos de la realidad que afectan las relaciones de dominio: es intolerante frente a la ambigüedad, se refugia en un orden estructurado de manera elemental e inflexible, hace uso marcado de estereotipos en su forma de pensar y de comportarse; es particularmente sensible al influjo de fuerzas externas y tiende a aceptar todos los valores convencionales del grupo social al que pertenece’.
“La definición de Adorno y sus colaboradores ha sido muy discutida, especialmente por la equiparación casi mecánica que hace entre autoritarismo y conservadurismo. Sin embargo resulta útil para entender las conductas de algunos personajes históricos. Hay quienes la han aprovechado para describir al fascismo y a los populismos de distintos momentos en la historia del siglo pasado. También puede ser sugerente para interpretar el comportamiento de dirigentes políticos singularizados por la exaltación de sí mismos, la descalificación a priori de quienes sostienen puntos de vista distintos a los suyos, el desprecio por la legalidad cuando no se ajusta a sus proyectos y la convocatoria a las movilizaciones como coartada para desatender el cumplimiento del orden jurídico.
“En América Latina, hoy en día, el venezolano Hugo Chávez puede ser considerado arquetipo de personalidad autoritaria. Su discurso maximalista no reivindica, en el fondo, más proyecto que el acaparamiento del poder por encima de marcos legales, contrapesos políticos o reclamos sociales.
“En México, Andrés Manuel López Obrador pareciera esmerarse cotidianamente para que su comportamiento encaje en la descripción clásica de personalidad autoritaria”.
Así que no debiera haber sorpresa: López Obrador ha sido así, y sus rasgos autoritarios y antidemocráticos han sido evidentes al menos desde que ejerce el poder de manera relevante. Otra cosa es que muchos de sus simpatizantes de entonces no hayan querido advertir esa patología política. Al menos ahora, gracias a Rafael Acosta la personalidad autoritaria de López Obrador ha resultado mucho más patente –y patética–.
Así es López Obrador. Ese es el dirigente al que algunos mexicanos, cada vez menos pero todavía muchos, le siguen dispensando apego y en ocasiones incluso una obnubilada devoción. Ese es el líder que maneja, sojuzga y encandila a personajes como “Juanito”, un golpeador contagiado de la intolerancia que propala López Obrador y que ahora podría ganar las elecciones en Iztapalapa, la demarcación más poblada del país.
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PRD, atrapado en Iztapalapa
En Iztapalapa se condensaban las ventajas y los éxitos del PRD. Quizá en ningún otro municipio o delegación del país ese partido ha tenido una clientela tan sólida, con una fidelidad acerada en las penurias y aderezada en la esperanza. En la elección delegacional de 2003 ese partido alcanzó el 55.8% de los votos. En 2006, el 60.54%. El PRD gana prácticamente en todas las secciones de Iztapalapa.
Pero en esa delegación se concentran, al mismo tiempo, las limitaciones y las miserias políticas del PRD. El clientelismo y la demagogia, la utilización de recursos públicos a favor de intereses privados, el acarreo y los amagos, se han convertido en situaciones cotidianas. Lo peor, para los vecinos de esa delegación, es el deterioro de su entorno urbano. Allí se padecen las peores escaseces de agua en una ciudad de por sí agobiada por la sed. Allí delinquen, pero además se refugian incluso en zonas que llegan a ser territorios inaccesibles para las fuerzas de seguridad pública, algunas de las pandillas delincuenciales con mayor impunidad.
Iztapalapa, ahora, sin chistar siquiera, es motivo del enfrentamiento dentro del Partido de la Revolución Democrática.
El diferendo por la candidatura delegacional que ha propiciado una drástica resolución del Tribunal Federal Electoral y una nueva exhibición de ese partido, es resultado de la incapacidad del PRD para resolver sus conflictos internos.
La disputa dentro de ese partido se tradujo en dos candidaturas antagónicas para la nominación delegacional. Clara Marina Brugada Molina, identificada con Andrés Manuel López Obrador y René Bejarano, obtuvo 99 890 de los 205 153 votos en la elección interna del 15 de marzo. Silvia Oliva Fragoso, de la corriente de la que forman parte los actuales dirigentes nacionales perredistas, recibió 94 560 votos.
Eso dijo la comisión electoral del PRD. Sin embargo ambas candidatas presentaron impugnaciones. Las de Oliva Fragoso fueron mejor documentadas y a la postre más eficaces. El Tribunal Electoral del DF convalidó el triunfo de Brugada, pero en el Tribunal Federal campeó una posición distinta. Los ministros del TRIFE encontraron elementos suficientes para disponer la anulación de los votos emitidos en 34 casillas y la anulación de otras 47 casillas.
Los motivos del TRIFE para anular esos votos y casillas fueron sobre todo de forma. Los votos emitidos en la elección interna eran válidos, pero algunos aspectos de la organización de tales comicios no se ajustaron a los Estatutos del PRD. Una de las causas principales para la anulación parcial de la votación fue que algunos funcionarios de casilla no radican en la sección electoral en donde estuvieron presentes, o no son miembros de ese partido como requieren los estatutos.
El TRIFE fue en exceso formalista en esa revisión de la elección de Iztapalapa. Pero no podía dejar de serlo porque actuaba a exigencia de Oliva Fragoso –y en menor medida de Brugada– que impugnó esas irregularidades.
Ese Tribunal atendió seis reclamaciones, que se tradujeron en otras tantas sentencias acordadas el viernes 12 de junio por la madrugada. La más importante de ellas ocupa 196 páginas. Entre todas, las seis sentencias tienen 453 páginas.
Como resultado de esa revisión, en donde incluso corrigió errores aritméticos del Tribunal del DF, el TRIFE estableció un nuevo resultado. El 48.7% de Brugada y el 46.09% que tenía Oliva, cambiaron a 38.8% y 39.16%, respectivamente.
A las dos les anularon votos, pero más a Brugada que, al final, quedó con 79 582 votos. Oliva, tuvo 80 353 votos de acuerdo con la decisión del Trife.
El problema del PRD, ahora expresado en Iztapalapa, no es únicamente de pandillas políticas, ni porque sea incapaz de organizar una elección interna que resulte confiable. El problema es de índole más general y se deriva de la ausencia de acuerdos fundamentales en ese partido. Los mecanismos de conciliación y fiscalización interna no funcionan. Los liderazgos, lejos de cohesionar, escinden al PRD.
Iztapalapa es la nueva piedra de toque en el pleito que López Obrador tiene contra la dirección de ese partido.
La dirección nacional del PRD ha buscado una nueva candidatura, aunque ello lesionara los derechos de Brugada y eludiera la decisión del Tribunal.
Todo ello de nada, absolutamente nada, le sirve a la gente de Iztapalapa. Las rencillas políticas y las sentencias de la justicia electoral no influirán un ápice en la escasez de agua, en la precaria infraestructura urbana o en la irremediable inseguridad que padece esa delegación.
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Tres obviedades cortesía de Ahumada
Ansiosos de escándalo, a los medios les urgía un tema escabroso para reemplazar a la epidemia cuyo rating noticioso había comenzado a menguar. Dos semanas hubieran sido demasiadas para mantener una tensión que era agobiante y se estaba volviendo aburrida tanto para los comunicadores como para el resto de los ciudadanos. Por eso tantos medios, impresos y electrónicos, se han aferrado a las revelaciones que, según dicen, ofrece el libro del empresario Carlos Ahumada. Y allí lo tienen, acaparando aunque sea por un par de días el centro de la agenda pública. ¿Es para tanto? ¿Qué revela esa obra acerca de los manejos del poder? ¿Qué, de la naturaleza de notorios personajes públicos?
Me atengo a las numerosas informaciones en la prensa porque me he resistido a buscar el libro de Ahumada y a gastar algunos pesos y un par de horas en él. Pero a partir de la tarde del miércoles se ha dicho y escrito tanto acerca de lo mismo que tenemos reseñas suficientes para considerar que entre otras cosas, ese trabajo del señor Ahumada confirma tres grandes realidades de la política mexicana reciente.
1. La fragilidad del Partido de la Revolución Democrática ha sido tanta que sus dirigentes resolvieron apoyarse en un empresario de dudosa confiabilidad a cambio del dinero contante, sonante y atrayente que les dispensó de manera tan pródiga. O, para decirlo de otra manera, los perredistas que aceptaron los préstamos o donaciones de Ahumada a sabiendas de que con esas ayudas él buscaba apoyo para sus negocios con el gobierno de la ciudad de México son tan convenencieros y políticamente amorales como los priistas a los que tanto han cuestionado.
Habrá quien diga que eso sucedió hace más de un sexenio, cuando el PRD tenía otros dirigentes. Pero ¿en dónde estaban los actuales líderes de ese partido cuando el respaldo financiero de Ahumada era conocido por numerosos miembros de la nomenklatura perredista? Y ¿qué explicación fehaciente ha ofrecido Rosario Robles para que hoy en día haya quienes la consideren comentarista autorizada acerca de los más variados asuntos públicos? La señora Robles no ha sido una mujer ofuscada por el amor y engañada por un vivales como han querido mostrarla algunos de sus defensores. Ha sido y es una mujer que hace política y que siempre conoció –aceptándolas a pesar de ello– las consecuencias de admitir privilegios y dinero, para su partido y para ella, provenientes de un personaje de reputación que ahora se confirma lesionada por negocios tramposos. Si sus negocios hubieran sido limpios Ahumada nunca habría necesitado del respaldo que esperaba encontrar en la nueva clase política perredista.
2. Ahumada era, y no hay evidencias para considerar que haya dejado de ser, un personaje indefendible. Fue preso político por venganza del gobierno de la ciudad de México después de que se conocieron los videos que grabó y filtró. Al parecer no le encontraron delitos suficientes para mantenerlo en prisión. Y es que sabía documentar las fallas de otros pero tuvo el cuidado suficiente para que no hubiera registro de las suyas. Más que por sus negocios, se le puede entender a partir del trato que tenía con sus más cercanos. Un señor que graba en video a todos los que van a su oficina, incluso a su novia, es un paranoico o un chantajista. Y en cualquiera de esas posibilidades, se trata de un personaje tan perverso, o tan desesperado, que está dispuesto a traficar exhibiendo las debilidades de los demás sin importarle que con ellas se exhibe a sí mismo.
3. A Carlos Salinas de Gortari le han adjudicado tantos complots que alguna vez tenía que aparecer uno con visos de credibilidad. No es nueva la versión de que él envió a Televisa los videos que mostraban a Ponce y Bejarano jugando en Las Vegas o embolsándose los dólares con todo y ligas. El único ingrediente adicional que ofrece Ahumada es la versión de que el ex presidente le pagó por esos videos. Quizá Carlos Salinas haya buscado con esos videos la aquiescencia presidencial para sacar de la cárcel a su hermano Raúl, aunque el asunto estaba en manos del Poder Judicial y no del Ejecutivo. En todo caso no hay que olvidar que Raúl Salinas fue encarcelado sin pruebas sólidas, con testimonios hechizos y que fue sometido a un vergonzoso cuan frágil proceso judicial.
Aquel apotegma sobre la tragedia y la comedia se repite con tanta frecuencia que suena manido traerlo a colación pero el comportamiento circular de Ahumada hace irresistible esa metáfora. Primero decidió acercarse a López Obrador para, apoyándolo, beneficiarse de los negocios que haría con su administración. Luego, acosado por los perredistas que no eran amigos suyos pero tampoco socios confiables, Ahumada golpea a todos juntos suministrando los escandalosos videos. Ahora, termina haciéndole a López Obrador el servicio de confirmar sus denuncias más estentóreas.
Habilitado como indeseado pero útil aval de López Obrador, Carlos Ahumada se encuentra al final del círculo o ha iniciado ya, luego de la tragedia, un vistoso acto de comedia. Durará tanto como tarde en aparecer una nueva carnada capaz de inquietar a los medios.
ALACENA: Mensaje de Jesús Silva-Herzog Márquez
En un amable recado que dejó al calce de esta columna en eje central, Jesús Silva Herzog Márquez –o, bueno, alguien que firma con sus iniciales– considera: “Enlazar mi texto con la sugerencia de que sostengo que el gobierno ‘exageró’ es impreciso”.
Aquí se escribió, a propósito de la suspicacia que se ha desarrollado acerca de las acciones gubernamentales para enfrentar la epidemia, que hay quienes consideran que el gobierno exageró. Para ejemplificar tales opiniones coloqué en esa frase un enlace al artículo de Jesús publicado el lunes anterior en Reforma y compendiado en su blog. En su breve mensaje él precisa: “Mi artículo cuestiona la argumentación del gobierno, no su acción”.
Vamos a ver. En ese texto, Silva-Herzog Márquez escribe: “percibo un abismo entre el daño, la advertencia del riesgo y la reacción de los gobiernos” refiriéndose a los gobiernos federal y de la ciudad de México.
Y luego: “Coincido con las autoridades de que, frente a la duda hay que extremar las precauciones. Si poco sabemos de la capacidad mortífera del bicho, mejor excederse en la precaución y no en la indolencia”.
Después de releer esas y otras frases, me convenzo de que no distorsioné las apreciaciones de Jesús al considerar que el gobierno exageró en su respuesta a la epidemia.
Después de considerar “La conglomeración humana más grande del planeta apenas ha registrado un manojo de muertes. En el país, apenas unos cuantos decesos más”, subraya: “Desde el mismo mirador de mi ignorancia me atrevo a decir que la desproporción de la reacción oficial ha sido inmensa”.
Como quiera que sea, agradezco la lectura y el cordial comentario de Silva-Herzog Márquez con cuyo artículo del lunes no estoy de acuerdo pero que es una de las voces más inteligentes en la prensa que tenemos.
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Con estos partidos…
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La sorpresa hubiera sido que ofrecieran sorpresas. Los candidatos de los partidos a las diputaciones que estarán en juego en las elecciones del 5 de julio son prácticamente los mismos que se pudieron prever desde meses antes.
Viejos y conocidos dirigentes encabezan las listas plurinominales, en donde cada partido tiene asegurados varios candidatos por circunscripción. Sólo unos cuantos, entre los más curtidos en la supervivencia dentro de cada partido, enfrentarán la prueba de los votos en algunos distritos.
Líderes sindicales insospechables de cualquier proclividad democrática, así como ex legisladores, ex gobernadores, ex funcionarios, nutren las listas del PRI, un partido que no deja de mirar al pasado en buena medida porque eso es lo único cierto con lo que cuenta. La abundancia de ex personajes podría ser tomada como señal de experiencia, pero también manifiesta la incapacidad genética del PRI para renovarse.
Cuadros recientemente confrontados al ejercicio de la administración pública local y federal, unos cuantos de ellos con pericia legislativa, los más surgidos de los arreglos entre los grupos que dominan en ese partido y unos cuantos personajes de la farándula, concurren en las listas de candidatos del PAN. Al concentrar la mayoría de las designaciones distritales y plurinominales, los líderes nacionales panistas ejercieron un poder infrecuente en ese partido pero al mismo tiempo abrieron numerosos flancos de inconformidad interna.
El PRD tampoco se lució por sus novedades. Hubo espacio para todas las corrientes pero ninguna de ellas encontró todas las posiciones que pretendía. Incluso López Obrador, que respalda públicamente a otros partidos y no al suyo, designó a un paquete importante de aspirantes a llegar a San Lázaro. La renovación perredista se ha limitado a los spots en donde Jesús Ortega es amonestado por una niña enfadosa.
Ninguno de los partidos nacionales quiso aprovechar las precampañas que sus propios legisladores establecieron en el actual Código Electoral. Solamente la tercera parte de los 300 candidatos a diputados uninominales por el PAN y la cuarta parte de los candidatos del PRD fueron designados en procesos abiertos a sus militantes. El PRI ni siquiera ese esfuerzo hizo para simular participación interna.
La concentración de tales decisiones en las cúpulas partidarias no es privativa de nuestro país ni resulta, por sí sola, expresión de antidemocracia. Las elecciones primarias, junto con las precampañas que las anteceden, son recursos que tienen los partidos para resolver disputas domésticas y en ocasiones también para llamar la atención de la sociedad.
Pero en situaciones de conflicto y/o estancamiento interno como las que, cada cual con sus matices, sobrellevan los tres partidos nacionales, la apertura de sus procesos internos a la participación de los afiliados implicaba riesgos que ninguna de esas dirigencias quiso correr.
Lo que tampoco hicieron las direcciones nacionales de los partidos fue aprovechar la designación de candidatos para materializar la renovación que, cada cual con sus lemas y prioridades, están empeñados en aparentar. La imagen de Beatriz Paredes rodeada de personajes como el líder sindical de los ferrocarrileros, algún pretérito gobernador mexiquense y varios ínclitos miembros de la clase política que han sido legisladores cuatro o cinco veces, es harto descriptiva de la imposibilidad priista para ser algo más que más de lo mismo que ha sido durante décadas.
Las videodiatribas de Germán Martínez, cuyo principal empeño parece estar concentrado en acentuar la crispación del escenario público mexicano con puyas y pleitos de mozalbete –como si el dirigente de un partido con las responsabilidades que tiene el suyo no encontrase nada mejor que hacer– resultan sintomáticas de la desorientación política que padecen el PAN y el gobierno.
Y el PRD, autorretratado en sus spots, en el menos peor de los casos resulta ser el partido de unos veteranos ciudadanos que se visten de negro para sentarse en torno a una mesa de oficina, hacer aspavientos y luego asentir, al unísono, frente a la cámara que registra sus autocomplacientes cavilaciones.
Esos son nuestros partidos realmente existentes. Ninguno de ellos suscita ganas de votar. Y de los partidos pequeños, todos y cada uno a la caza de canonjías, mejor hablamos en otra ocasión. Más vale evitar la maledicencia, aunque sólo sea por la semana santa.
