Corte de caja
La Crónica, mayo 29 de 2005
¿Cual es el meollo del conflicto entre López Obrador y el presidente Fox?
La disputa por el poder en México. Andrés Manuel López Obrador, jefe de gobierno de la capital del país, es el político con más posibilidades de ganar las elecciones presidenciales de julio de 2006. Ese es el origen del diferendo. Para sus partidarios, la probabilidad de ese triunfo se ha convertido en motivo adicional de anticipadas ilusiones y, desde luego, en factor que solidifica esa de por sí puntera candidatura. Para sus adversarios López Obrador es un auténtico riesgo no tanto por sus definiciones políticas –que son tan pragmáticas que resulta imposible encuadrarlas en una línea ideológica consistente— sino por la veleidad, el caudillismo y la inestabilidad de su conducta política. Desde luego, para los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional las posibilidades electorales de ese personaje les impedirían conservar o recuperar el poder en este país.
El presidente Vicente Fox aprovechó omisiones y transgresiones legales de López Obrador para impulsar una demanda judicial que, de haber prosperado, podría haber impedido que el alcalde de la ciudad de México fuera candidato presidencial. La demanda, en sentido estricto, era legítima pero los simpatizantes de López Obrador consideraban que el gobierno podría haber dejado de cumplir con la ley y hacerse de la vista gorda como ocurre en numerosos casos de menor importancia.
Esa fue una cara de la moneda. Junto con ella hay que recordar que en numerosas ocasiones López Obrador ha violado leyes, cuando le parecen que no son adecuadas o no se ajustan a sus intereses. Esa actitud forma parte de un talante autoritario y caudillista.
Si López Obrador no hubiera desatendido una orden judicial (para suspender unas obras en un terreno privado) el presidente Fox no habría podido echar adelante el proceso judicial. El alcalde del Distrito Federal, por omisión pero también por acción, ofreció motivos suficientes para que sus adversarios impulsaran el proceso al cabo del cual la Cámara de Diputados le retiró la inmunidad constitucional para que pudiera ser juzgado en un tribunal ordinario. Ahora, como es sabido, ese proceso quedó cancelado.
Las transgresiones de López Obrador en contra de la ley quedarán sin ser castigadas. Y en el terreno político, la sumisión del presidente Fox a las exigencias de ese rival suyo ha conformado un panorama sustancialmente distinto. Hoy en día el alcalde de la ciudad de México no solo encabeza las preferencias electorales y se encuentra a un paso de obtener la Presidencia de la República. Además ha demostrado que puede engañar, contravenir leyes e intimidar a las instituciones del Estado con una hasta ahora completa impunidad.
¿Como definiría políticamente a López Obrador? A su juicio, ¿se acerca a un Lula o a un Kirchner?
Los presidentes brasileño y argentino Luis Inacio da Silva “Lula” y Néstor Carlos Kirchner, tienen sendos programas políticos que, si bien con diferencias entre ellos, reivindican posiciones de izquierda. Aunque desde la izquierda misma se les discute postulan la solidificación del Estado, el respeto a los derechos humanos y sobre todo propuestas de justicia social.
En cambio López Obrador no tiene un proyecto de esa índole. Su única propuesta para reactivar la economía mexicana radica en aumentar el aprovechamiento del petróleo, lo cual nos acercaría más a una venezolanización que a un modelo de izquierdas. Los pocos planteamientos de ese personaje para el gobierno que eventualmente encabezaría son de un atraso político muy notable. No tiene idea –o no la manifiesta en sus documentos— de las condiciones y opciones en la globalización contemporánea, mucho menos de las posibilidades de conducción de la economía que tendrá cualquier gobierno, independientemente de quién lo encabece, para los próximos años en México. López Obrador ha ofrecido ampliar el gasto social aunque sin precisar en qué rubros lo haría. Lo más preocupante es que jamás ha dicho cómo obtendría, realistamente, los recursos para ese gasto adicional.
En el campo de los derechos humanos su actitud ha sido de desatención a esas reivindicaciones como gobernador de la capital del país. No creo que López Obrador sea de izquierda pero hay quienes lo consideran así por la tradición del partido que lo apoya. En ese partido, el de la Revolución Democrática, López Obrador ha impuesto medidas del todo contrarias a las prácticas habitualmente reivindicadas por las izquierdas.
La democracia quedó borrada, si es que la había, dentro del PRD. El actual dirigente de ese partido es un ex gobernador sin militancia de izquierdas e impuesto por López Obrador como presidente nacional perredista. El partido ha quedado sometido al talante y las necesidades de López. Y en su administración al frente del gobierno de la capital del país ha sido sistemáticamente reacio a rendir cuentas como hacen los gobernantes de otras entidades del país y el gobierno federal mismo. Los ciudadanos del Distrito Federal no sabemos, bien a bien, cómo se gastan los impuestos que pagamos a la autoridad local.
Se podrían mencionar muchos otros rasgos del autoritario comportamiento político y el obtuso horizonte ideológico de López Obrador. Si hemos de ser rigurosos, no es posible afirmar que tenga un proyecto de izquierdas. Creo que es injusto con Lula y Kirchner que se le compare con ellos.
¿A que obedecen los cuestionamientos o resquemores frente a López Obrador?
En parte a circunstancias y conductas como las que he mencionado. Pero sobre todo a la actitud, fuera de cualquier parámetro democrático, que suele asumir López Obrador. La política se ha convertido para él en instrumento para cumplir ambiciones personales.
La reivindicación del interés popular la utiliza como pretexto para alcanzar tales fines. La política social que impulsa para la ciudad de México ha quedado limitada, en lo fundamental, a la entrega de remuneraciones mensuales a los ancianos, con lo cual ha convertido a muchos de ellos en clientela política forzada a respaldarlo. En lugar de ofrecerles tareas que les permitieran ser útiles a la sociedad, López Obrador ha tratado a los ancianos como menesterosos.
Cuando hay expresiones de desacuerdo con sus acciones y omisiones López Obrador suele descalificarlas (como ocurrió, hace once meses, con la marcha contra la inseguridad en la ciudad de México que ha sido la movilización social más concurrida en la historia del país).
López Obrador cumple las leyes cuando le viene en gana y ahora ha confirmado que para desatenderlas tiene el recurso de llamar a manifestaciones y otras formas de presión política. El resquemor, como usted le llama, que ya existía respecto de López Obrador, se ha
reforzado en los días recientes ante la capitulación del presidente Fox que admitió todas las exigencias de ese personaje, dispensó las comprobadas faltas que había cometido López Obrador y que comprometió, en esa rendición política, a los poderes Legislativo y Judicial.
¿Está en crisis la democracia mexicana?
Más bien se encuentra en una situación de estancamiento. Nuestra democracia, como todas, ha evolucionado dentro de un proceso al cual a veces hemos considerado transición. Ese tránsito nunca es lineal pero ahora parece entrampado tanto por el desgaste que recientemente han experimentado algunas de nuestras instituciones políticas básicas como por el incumplimiento de la legalidad por parte de algunos de los principales actores políticos. Además padecemos una mezcla de cansancio, aturdimiento y hastío ante los asuntos públicos.
Una de las claves de la transición mexicana había sido el desarrollo de una cultura de la legalidad. Primero entre los actores políticos y muy paulatinamente y con insuficiencias graves en la sociedad, la promoción de compromisos y convicciones respecto del marco jurídico permitió que, por ejemplo, llegásemos a tener una normatividad para la competencia electoral con la que todos estaban de acuerdo.
Es posible que esa coincidencia básica haya quedado gravemente erosionada a partir de los acontecimientos recientes. Cuando hay un personaje político como López Obrador que se ufana de cumplir las leyes nadamás cuando le conviene y cuando el resto del sistema político –encabezado por el Presidente de la República– se le rinde debido a la capacidad de presión que ha ejercido, el pronóstico que se puede hacer sobre la democracia mexicana no puede ser, me temo, sino pesimista.
Habría otros factores que incluir en este panorama: la frivolidad de la mayoría de los medios de comunicación que además se han convertido en poderes sin contrapesos delante suyo, el allanamiento de intelectuales y pensadores antaño críticos que se han sometido a la moda de posiciones comodinamente consideradas políticamente correctas, la confusión que prevalece en la mayor parte de la sociedad… pero esta respuesta ya ha sido demasiado extensa.
EEUU no se quedará de brazos cruzados ante la emergencia de gobiernos de izquierdista en América Latina. ¿Se sospecha de la “mano oscura” estadounidense en las acusaciones de juego sucio contra López Obrador?
Como he apuntado, no encuentro motivos para considerar “izquierdista” a López Obrador. Incluso en su trato con algunos de los empresarios más prominentes (comenzando por el más poderoso en México y América Latina que es Carlos Slim, el dueño de Telmex y muchos otros negocios) López Obrador no se ha comportado precisamente como promotor de políticas distributivas ni de reivindicación del papel del Estado sino como aquiescente colaborador para la expansión de intereses y negocios de esos personajes.
A López Obrador le resultó cómodo hablar de una conspiración en contra suya para atribuir a una maniobra política las acusaciones que, de haber prosperado, hubieran afectado su candidatura presidencial. Les echó la culpa, todos juntos, a dirigentes actuales y del pasado reciente, a partidos de discrepantes posiciones, a algunos empresarios que han tomado distancia respecto de sus propuestas, a los escasos medios de comunicación y analistas que han mantenido una posición crítica ante sus excesos… Culpó sin evidencias a diestra y siniestra pero en todo momento se cuidó mucho de no inmiscuir, en esa pretendida conjura, al gobierno de Estados Unidos. López Obrador no quiere problemas con Washington. Sabe que una posición contestataria respecto de nuestro poderoso vecino del Norte podría suscitar incomodidades respecto de su candidatura. Pero, sobre todo, las posiciones anti estadounidenses no forman parte de su escaso bagaje ideológico.
López Obrador no cuestiona las políticas de la Casa Blanca y cuando ha descalificado a alguna empresa extranjera ha sido para favorecer intereses de sus simpatizantes mexicanos (por ejemplo, de cuando en cuando se refiere con desdén a las empresas telefónicas que operan en México con capital extranjero porque afectan los negocios de su antiguo aliado Carlos Slim). Por esa, entre otras razones, es exagerado considerar que López Obrador tendría posiciones similares a las de Hugo Chávez en Venezuela o Fidel Castro en Cuba. Para ser como Castro tendría que haber pasado por una intensa lucha de resistencia antiimperialista. Para ser como Chávez debería haber encabezado un movimiento de reivindicaciones nacionales en una sociedad profundamente polarizada. Pero a López Obrador el gobierno estadounidense no lo acosa –lo cual, desde luego, sería absolutamente inaceptable–. Y la derecha mexicana no lo ve con la aprensión que ha tenido la derecha en Venezuela –al contrario, como señalé antes hay importantes empresarios que están calculando qué tan ventajoso sería para sus negocios un gobierno con ese presidente–. Si queremos encontrar similitudes entre López Obrador y otros gobernantes latinoamericanos quizá sea preciso voltear al pasado reciente. Quizá, toda proporción guardada, está llamado a ser la versión mexicana del infausto peruano Alberto Fujimori.
Hace algunas semanas el periodista chileno Andrés Pérez G., que colabora con la revista Ercilla, me envió un cuestionario sobre el jefe de Gobierno de la ciudad de México y su presencia en la vida pública mexicana. Esta es una versión ligeramente ampliada de mis respuestas.
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Insuficiente búsqueda
La Crónica, 17 de agosto de 2003
En una extensa respuesta al historiador Enrique Semo, Cuauhtémoc Cárdenas rechaza que le digan caudillo, niega que su presencia haya forzado las decisiones de otros dirigentes del PRD, objeta cuestionamientos a la personalidad de su padre el general y, aunque sin precisar qué entiende por ello, se declara “en la izquierda del espectro político”.
Esas son algunas de las contribuciones de Cárdenas Solórzano a la discusión suscitada por la publicación del libro de Enrique Semo, La Búsqueda. La izquierda mexicana en los albores del siglo XXI, publicado hace algunas semanas por editorial Océano. En coincidencia con la reproducción periodística de algunos de los segmentos más polémicos y enjundiosos de esa obra, se ha conocido la carta que Cárdenas le escribió a Semo para responder a algunos de esos juicios. Aparentemente redactado inicialmente como documento personal, el propio Cárdenas resolvió dar a conocer ese texto de 18 cuartillas. La Crónica lo publicó íntegro en su edición del jueves pasado.
El solo hecho de responder meticulosamente y por escrito a las formulaciones aparecidas en un libro da cuenta del respeto que Cárdenas tiene por la palabra impresa y por el efecto que pudieran alcanzar las opiniones de Semo. En esa actitud podría encontrarse una de las mejores virtudes que, al lado de numerosos defectos, aun se pueden hallar dentro del Partido de la Revolución Democrática del que ambos son miembros. A diferencia de las murmuraciones con las que se suele sustituir a la política, Semo y Cárdenas apuestan a un intercambio de ideas –si bien profundamente permeado por imputaciones y hasta descalificaciones personales–. Ese mérito no resulta menor, aunque no sea suficiente, en el enrarecido panorama político de nuestro país.
“Neopopulismo de izquierda”
El libro de Semo ha sido un éxito de ventas. Esta semana era imposible hallarlo en las principales librerías de la ciudad de México, en donde se agotó. Organizado en cuatro capítulos el más notorio de ellos es el último, dedicado a la figura de Cuauhtémoc Cárdenas a quien culpa de muchos de los errores del PRD.
Semo considera que la formación de Cárdenas, influida por la élite política gobernante junto a la que creció como hijo que era de un ex presidente mexicano, fue definitoria en la conformación de un estilo personalista e incluso caudillista. “El neocardenismo –escribe– no se parece en nada a los viejos partidos de la izquierda mexicana, unidos por la ideología y una fuerte organización… Es, para ser más precisos, un neopopulismo de izquierda”.
Para Semo, el neocardenismo “no es un organizador de partido. Prefiere la relación directa y fluida entre el dirigente, los simpatizantes y los electores. Ve con gran recelo la organización estable y la dirección despersonalizada”. Añade: “El papel de caudillo ejercido por Cuauhtémoc Cárdenas es fundamental tanto en la ideología como en el estilo de hacer política”.
Nada nuevo descubre Semo en esas afirmaciones. Es muy conocida –y hace una semana se ratificó en la designación del nuevo dirigente del PRD– la enorme influencia del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, más allá de la posición formal que tenga en ese partido. Numerosos militantes, de distintas corrientes perredistas, se han inconformado ante la hegemonía del ex candidato presidencial que, pese a tales rechazos, sigue predominando.
La novedad, si acaso, radica en que esas observaciones sean formuladas por un intelectual destacado y que, además, actualmente es funcionario del gobierno de la Ciudad de México.
Enrique Semo es director del Instituto de Cultura del DF y antes fue asesor de Andrés Manuel López Obrador. Es imposible soslayar esa ubicación laboral y los compromisos políticos que implica, cuando se lee el más reciente libro de Semo. Pero adjudicar punto por punto las afirmaciones contenidas en La Búsqueda a un intento para deslegitimar a Cárdenas en beneficio de las posiciones de López Obrador, resulta vulgar e insuficiente. Cárdenas, en su respuesta, alude a la relación de Semo con el actual jefe de Gobierno del DF pero no sugiere que el autor del libro sea un pelele de López Obrador.
Otros miembros del PRD han considerado que sí hay una relación directa entre el trabajo como funcionario y el pensamiento político de Semo. En todo caso, no será identificando conspiraciones como se resuelva la discusión sugerida por el libro. Cárdenas mismo así lo entendió y por eso escribió las 18 cuartillas con las que ofrece su versión de algunos de los temas que menciona La Búsqueda.
Ilusión revolucionaria
Se trata de un libro de polémica política. No es un estudio académico, ni tiene el rigor de otras obras en las que Semo, como historiador, respaldaba sus afirmaciones en documentos y evidencias. Tampoco es una obra uniforme. Los cuatro ensayos que la integran parecen haber sido escritos en circunstancias y con propósitos diferentes. El primero de ellos propone la vigencia de la esperanza como articuladora en la reconstrucción de la izquierda mexicana. Para Semo, a diferencia de otras posiciones dentro y fuera del PRD, lo que hace falta es un “reformismo consecuente y visionario” que reconozca que no estamos en la hora de una revolución sino ante la necesidad de cambios paulatinos y específicos.
Durante ocho décadas la izquierda, dice Semo, “pensó y habló de la revolución mientras en la práctica luchaba por reformas”. Es cierto. Sin embargo él mismo entiende a las reformas como instrumentos de un cambio de mayores dimensiones: “No nos hacemos ilusiones de que esas reformas acabarán en forma acumulativa con el sistema capitalista, pero sin duda crearán mejores condiciones objetivas y subjetivas para las grandes transformaciones del futuro”.
En afirmaciones como ésa, pareciera que Semo es rehén de su propia trayectoria y experiencia políticas, formadas en el viejo Partido Comunista Mexicano. Así como en esa meritoria pero también a menudo dogmática organización de la izquierda mexicana la discusión doméstica se anteponía a la práctica política, hoy en día Semo sigue pensando en un gran cambio, para el cual sin embargo no encuentra horizontes precisos.
De esa confusión forma parte, también, la idea que Semo tiene de la organización política y las tareas de la izquierda. Tal y como explica, en la izquierda han prevalecido dos grandes concepciones estratégicas: “la que considera que el poder del pueblo se construye desde abajo, en la acción popular, y la que sostiene que es necesario luchar por el poder político en las urnas, el parlamento y el gobierno”. Ese autor reconoce que ambas posiciones “pueden ser complementarias” pero no resuelve los dilemas prácticos que surgen de ellas.
El más importante de tales dilemas es el carácter del partido político que pueda representar a la izquierda. En el tercer capítulo, que reseña el desarrollo del PRD, Semo hace un detallado elogio de las posiciones que, desde su creación en 1989, ese partido ha llevado a la Cámara de Diputados. De esa manera reivindica la idea de un partido para la competencia electoral y la lucha política en los espacios institucionales.
Sin embargo en otros momentos de su libro Semo se inclina por una izquierda fundamentalmente interesada en movimientos sociales extrapartidarios. “La izquierda –dice al cabo del primer capítulo– sólo puede consolidarse defendiendo y promoviendo la organización independiente de la sociedad civil”. Semo quiere un partido de izquierda que lleve posiciones al parlamento pero no abandona la idea de privilegiar otros frentes. Y cuando admite que no hay una revolución en puerta lo hace con resignación, más que convicción. Él mismo no es consecuente con el reformismo que plantea.
Mirada victimista
Esa contradicción la advierte Cuauhtémoc Cárdenas, que se declara partidario de promover cambios desde el poder político y no al margen de él. En uno de los segmentos más incisivos de su respuesta le dice al historiador: “Te pediría que con objetividad pensaras en lo que hace el grupo político con el que colaboras en el Distrito Federal. ¿Crees, de veras, que lo que está haciendo sería más fácil o preferible hacerlo desde la acción popular autónoma, la empresa privada o el pensamiento, que desde el gobierno?”
Semo no resuelve esa disyuntiva. Tampoco lo ha hecho el PRD, en cuyo interior se ha mantenido una feroz lucha por las posiciones electorales pero sin que muchos de sus miembros abandonen el discurso que idealiza a los movimientos sociales como si la participación política institucional les creara mala conciencia.
A esa idealización se añade la que Semo hace, con pocas precisiones, de la izquierda misma. El segundo capítulo de su libro presenta un recuento del desarrollo de la izquierda mexicana pero tomando como eje fundamental, y a menudo exclusivo, a la historia del Partido Comunista. No deja de ser contradictorio que unas cuantas páginas después de manifestar su simpatía por los movimientos sociales, ese autor excluya a muchos de ellos en la enumeración de momentos destacados de la izquierda mexicana, particularmente en la segunda mitad del siglo XX.
La mirada que Semo aporta es, fundamentalmente, la de una izquierda agobiada por la represión y confinada a espacios marginales de la política mexicana. La persecución que contra ella mantuvo el gobierno fue, en efecto, atroz y abusiva. Pero a pesar de ello la izquierda ganó influencia en la sociedad, tuvo expresiones políticas de distintos signos, articuló sindicatos, organizó frentes populares, fue un referente constante e influyó en la conformación de una cultura política crítica del sistema predominante.
Muy poco de todo ello aparece en la reseña de Semo, empeñada en mostrar a una izquierda victimista y sin la capacidad de resistencia, propuesta y respuesta que pudo tener durante varias décadas. La dificultad para reconocer algunos de tales logros conduce a ese autor a decir, por ejemplo, que a fines de los años 70 el PCM fue “el primero en acogerse” a la reforma política que establecía el gobierno de José López Portillo, olvidando que ese partido fue insistente promotor (y en algún sentido participante, en los encuentros que sus dirigentes tenían con don Jesús Reyes Heroles) de aquellas modificaciones a la legislación electoral y al sistema de partidos.
Errores, deslices, prejuicios
Definiciones categóricas pero discutibles, referencias inciertas o erróneas y una perspectiva sesgada por prejuicios políticos, son algunos de los puntos débiles de La búsqueda. Por ejemplo, cuando asegura que los gobiernos mexicanos más recientes han sido de orientación neoliberal, Semo soslaya por qué, a pesar de esa presunta incondicionalidad con el individualismo y el mercado, se han mantenido acciones de política social. Su descalificación de la “tercera vía” que han postulado algunos partidos socialdemócratas en Europa es más visceral que documentada. Habla de la creación en 1977 una “Ley Federal de Reforma Política” que nunca existió con ese nombre. Al grupo que en 1987 se escindió del PRI a menudo lo llama “Tendencia Democrática” y no “Corriente Democrática” como sus miembros le decían. Cuando enumera y describe a los grupos que convergieron en 1981 en la creación del Partido Socialista Unificado de México, confunde las trayectorias y denominaciones de unos y otros. Al referirse a la campaña de ese partido para las elecciones de 1982 elude mencionar que el candidato presidencial era Arnoldo Martínez Verdugo. Luego, al mencionar el secuestro de ese personaje en 1985 por parte de un grupo de seudoizquierda omite cualquier explicación política. Cuando se ocupa de la disolución en 1989 del Partido Mexicano Socialista para crear el PRD, considera que “desde entonces no ha existido una opción socialista en el sistema mexicano de partidos” desdeñando la presencia de partidos como Democracia Social, entre otros. Cuando alude a los movimientos sindicales independientes en los años 70 dice que los electricistas democráticos se enfrentaban a la burocracia cupular de la CTM y la CROM olvidando que, para entonces, la segunda de esas centrales no tenía significación sindical ni política alguna. Sobre ese tema, inserta una cita de un libro del investigador Jorge Basurto en el que no se dice una sola palabra acerca de la época de la cual se ocupa Semo.
Esas son unas cuantas de las abundantes contradicciones, equivocaciones y subjetividades que abundan en La Búsqueda. El rigor que como historiador pudo tener en obras memorables como su fundamental (aunque discutible) Historia del capitalismo en México, Semo no lo manifiesta en su nuevo libro.
Partido de caudillos
Todo ello ha sido soslayado por la relevancia política que alcanza la crítica de Semo al PRD. Esencialmente, a ese partido lo caracteriza por sus matrices políticas, el carácter de su membresía, las afinidades con grupos de interés y la estructura de índole caudillista.
Allí, dice, “conviven los impulsos de una izquierda moderna con las lacras del viejo Partido Revolucionario Institucional y de la vieja izquierda”.
Aunque había sido pensado como un partido de ciudadanos, en el PRD dominan los “políticos profesionales o aspirantes a serlo” y en él no hay lugar para sindicalistas, ecologistas, feministas o intelectuales.
Más que la membresía o la ideología, allí pesan las adhesiones corporativas: “la lealtad del afiliado, más que con el partido y sus órganos de dirección electos, se identifica con el grupo que lo cobija y su caudillo”.
Y a la cabeza de esa estructura articulada por caudillismos sectoriales y locales se encuentra el “caudillo principal, Cuauhtémoc Cárdenas”.
La apreciación de Semo sobre ese personaje es un tanto ambigua. Reconoce que en las elecciones de 1988 fue “un candidato ideal”, con “estilo firme y sobrio”, “capacidad de escuchar” y capacidad unificadora, entre otros méritos. Lo que no dice con todas sus letras es que, después de aquel momento, la insistencia de Cárdenas para mantener un papel político protagónico se sobrepuso a las condiciones o necesidades del PRD.
Semo distingue entre el cardenismo de los años 30 y la actitud política que el general Lázaro Cárdenas mantuvo después, cuestionando a los gobiernos que le sucedieron pero sin dejar de colaborar con algunos de ellos. Luego establece diferencias entre ese cardenismo y las posiciones políticas de Cuauhtémoc Cárdenas. Sin embargo para explicar algunas de esas posturas acude a interpretaciones acerca de la relación personal entre los dos Cárdenas y allí el análisis político se embrolla con la acotación subjetiva.
Cuauhtémoc Cárdenas, según Semo, “bajo la tutela de su padre participó personalmente en dos momentos importantes del desarrollo de la oposición de izquierda”, el henriquismo a comienzos de los años 50 y el Movimiento de Liberación Nacional una década después. Sin embargo dos páginas más adelante Semo asegura que Lázaro Cárdenas “hizo todo lo que estaba en su poder para desalentar la participación de su hijo en la vida política”.
¿En qué quedamos? ¿Cárdenas, el general, impulsó a su hijo Cuauhtémoc para hacer política como se dice en la página 154, o se esforzó para impedírselo como se apunta en la 156?
Cárdenas, el ingeniero, aprovecha esas debilidades de La búsqueda para cuestionarle a Semo su proclividad a sugerir que las actitudes políticas de personas y grupos son propiciadas por caudillismos e incondicionalidades y no por decisiones propias. Al explicar su propia biografía y decir que su trayectoria política la ha decidido él mismo, Cuauhtémoc Cárdenas sugiere que, de la misma manera, los grupos y militantes del PRD cuya conducción se le atribuye no han sido manejados por él. “Me das la impresión –le replica a Semo– que eres de las personas, quizá por tu formación política y la militancia que has practicado, que no conciben que pueda haber gente que tome decisiones y asuma responsabilidades sin pedir permiso, sin necesidad de pedir o recibir instrucciones”.
En otro momento de su texto Cárdenas ofrece este desafío al oficio de historiador de Semo: “¿Quiénes de los políticos del PRD han tenido oportunidades de hacer carrera dentro del partido por su cercanía a mí o por pertenecer a las camarillas? Nombres y apellidos es lo menos que puedes dar para la historia”.
Política y reproches
A bandazos entre el análisis político y las consideraciones personales, la discusión entre Cárdenas y Semo extravía sus coordenadas fundamentales.
El ingeniero dedica un largo párrafo a responder, ante la inquietud de Semo por el hecho de que Cárdenas no tiene estudios en ciencias sociales o humanidades, que sí entiende de esas cosas (“no tienes la menor idea de lo que he leído”).
Pero el cuestionamiento central La búsqueda a su influencia en el PRD, que es la preponderancia de un estilo autoritario y discrecional, Cárdenas lo despacha en una frase: “no creo que me caiga el calificativo de caudillo”.
Al contestar a la afirmación de Semo acerca de la influencia de Cárdenas en la ideología y la política del PRD, el ingeniero se limita a preguntar en qué documentos de esa organización se ha reflejado tal hegemonía. Soslaya que cualquier partido, pero especialmente un partido tan sometido a vaivenes y tensiones internas como ha sido el de la Revolución Democrática, es mucho más de lo que dicen sus documentos. En su respuesta, excesivamente formalista, Cárdenas eludió la crítica principal de Semo.
La mayor indefinición, tanto en el libro como en la carta que suscitó, es en torno a la izquierda. A veces para Semo la izquierda es una actitud moral, en otras aparece como una postura política. Cárdenas alude al final de su documento a “quienes nos ubicamos en la izquierda del espectro político, sea en el mundo, sea en nuestro país”, lo cual es una novedad porque en otras ocasiones ha negado adscribirse a esa corriente. Semo se da el lujo de considerar que puede haber un “neopopulismo de izquierda” sin reparar en que una definición estricta de izquierda, como una postura identificada con la democracia, el bienestar social y los derechos humanos, sería contradictoria con la manipulación populista.
No es el destino o la situación de la izquierda –las izquierdas habría que decir con mayor propiedad– lo que a Semo y Cárdenas les preocupa más, sino la polémica en torno a la crisis del PRD. El libro del historiador y la respuesta del ingeniero tienen numerosos flancos débiles. Pero son saludables porque, no obstante los sesgos personales que la desfiguran, allí hay una discusión de ideas y concepciones que por desdicha no es frecuente en la vida pública mexicana.
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AMLO y “la banda de Los Pinos”
La Crónica, 27 de mayo de 2001
Andrés Manuel López Obrador ha querido construirse una imagen de frugalidad y severidad. Comienza a despachar de madrugada, se redujo el salario, anda en automóvil de modelo atrasado y pareciera querer convertirse en conciencia nacional que fustiga las inconsecuencias del gobierno federal.
Como ciudadano tiene todo el derecho del mundo a comportarse de esa manera. El problema es que detenta un cargo público. Los habitantes de la ciudad de México tenemos derecho, por nuestra parte, a preguntarnos si esas extravagantes conductas del jefe de Gobierno le permiten desempeñar de mejor manera el encargo para el cual fue electo o si, por el contrario, tantos desplantes personalistas le restan eficacia a una gestión que, a punto de cumplir medio año, no ha ofrecido los mejores resultados.
Ligereza y consultas
El jefe de Gobierno ha querido contrastar, con su propia actitud, la irresponsabilidad de los gobiernos del PRI y la frivolidad del actual gobierno panista.
Frente al dispendio y la casi absoluta falta de respeto a la sociedad de algunas de las administraciones priistas López Obrador hace todo lo posible por demostrar que él está para servir y no para servirse del erario público.
Delante de la ligereza del actual gobierno federal el político tabasqueño quiere ofrecer un comportamiento distinto, anclado en posiciones contrapuestas a las del presidente Fox. Si el titular del Ejecutivo aplaude la compra de Banamex, López Obrador la descalifica por el negociazo que hizo el vendedor de esa institución. Si el gobierno federal defiende aunque sea parcialmente al horario de verano, López Obrador anuncia que lo vetará –aunque luego tenga que rendirse a la evidencia de que no cuenta con facultades legales para semejante desplante–. Ante la propuesta de reforma fiscal del gobierno, el alcalde de la ciudad de México se convierte en promotor de una fórmula distinta.
En ocasiones no le faltan razones. Pero opina sobre tantas cosas que a menudo lo trivial y artificial se confunde con lo relevante y urgente. No es un gobernante capaz de ceñirse a un programa de trabajo porque su agenda, por muy de madrugada que comience, depende de la coyuntura.
Sus frecuentes llamados para poner a consulta cada una de las decisiones importantes de su gobierno podrían interpretarse como reconocimiento a la diversidad de la población capitalina en donde en julio pasado, si bien obtuvo más sufragios que cualquier otro candidato, únicamente el 39% de los ciudadanos votó por él.
Pero ese afán en la consulta constante también puede ser entendido como simple populismo: en primer lugar porque las consultas que el gobierno del DF ha organizado han sido extremadamente limitadas y no tienen representatividad alguna entre la población de la ciudad de México. Además porque han sido presentadas de manera maniquea (la gente solo puede opinar sí, o no, delante de opciones cerradas). Y finalmente son consultas sospechosas porque con ellas el jefe de Gobierno no busca orientar sus decisiones sino legitimar determinaciones que ya había tomado.
Si en su relación con la sociedad emplea procedimientos equívocos, que no eliminan el viejo clientelismo sino que apenas –quizá– lo modernizan, en su interlocución con ella López Obrador no se distingue del afán de otros políticos para persuadir con imágenes, más que con argumentos. De allí resulta el perfil de templanza y rigor que se ha querido forjar.
No deja de ser curioso que quien durante años fue político del PRI, sin distinguirse en esa militancia de las prácticas que suelen definir a la cultura política priista, ahora haga todo lo posible por mostrar que él es distinto. Acaso allí hay cierta necesidad de expiación respecto de su propia trayectoria política. Desde luego es importante que se conduzca con honestidad y ninguna dosis de moderación financiera sale sobrando. Pero a menudo todo parece indicar que a López Obrador, más que los asuntos de la ciudad de México, le interesa su propia agenda personal.
“Honestidad, valiente” rezaba el lema de su campaña. De acuerdo con esa consigna, apenas fue electo anunció un plan de austeridad que los habitantes del DF sin duda agradecerán pero siempre y cuando sirva para que el gobierno logre mejores y más confiables resultados.
Cualquier sociedad quiere tener gobernantes honestos. Pero también quiere que sean capaces y dedicados a las tareas para las que fueron electos. La valentía que postuló como atributo suyo el ahora jefe de Gobierno hasta ahora únicamente ha significado desplantes retóricos y publicitarios.
Qué bueno que López Obrador sea valiente, aunque el elogio en boca propia –o de los publicistas al servicio del así autoelogiado– siempre resulta algo sospechoso. La valentía de ese funcionario hasta ahora no se ha traducido en un extenso combate a las muchas mafias que controlan espacios, servicios y negocios en la ciudad de México: microbuses, taxis, vendedores ambulantes, comercios clandestinos y de venta de artículos robados, zonas inaccesibles a los ciudadanos y a la policía misma, para no hablar de las pandillas de asesinos y secuestradores, han permanecido en lo fundamental intocados sin que el gobierno local haya emprendido medidas drásticas contra esos grupos. Peor todavía, parte de la base social que le permitió ganar las elecciones y que conserva, se sustenta en algunos de esos grupos con los cuales López Obrador, o dirigentes locales del PRD, mantienen relaciones clientelares y de beneficio mutuo.
Austeridad riesgosa
Si la valentía no ha servido al menos hasta ahora para desterrar a esas mafias, la honestidad también ha experimentado contratiempos y pudiera convertirse en fuente de traspiés y no de logros para el gobierno capitalino.
Al reducir su sueldo y las remuneraciones de su equipo López Obrador confunde el tema principal en el manejo de recursos públicos. A los ciudadanos no suele inquietarles cuánto gastan sus gobernantes, sino que gasten con buen juicio y desde luego, ceñidos a las pautas legales. Más que el monto de los ingresos de un funcionario, dentro de parámetros razonables, lo importantes es que resulten suficientes para que él y su familia tengan una vida decorosa, de tal manera que pueda dedicarse sin carencias económicas a las tareas que la sociedad le encargó.
Según la información más reciente el jefe de Gobierno gana 63 mil 300 pesos mensuales, que después de impuestos deben significar algo menos de 40 mil pesos. Ese salario puede alcanzar para pagar una renta mediana y sostener a una familia pequeña pero no necesariamente para las exigencias que suele tener quien desempeña un cargo de la jerarquía del que tiene López Obrador.
No dudamos que el jefe de Gobierno sea, personalmente, de una honestidad a toda prueba. Pero con salarios de ese nivel (los del resto de su administración son menores) más que ofrecer ejemplos de austeridad los funcionarios del gobierno de la ciudad de México se convierten en presa fácil de los intentos de cohecho, que seguramente no escasean en una ciudad tan habituada al tráfico de influencias y a la infracción de las leyes. O, en el menos peor de los casos, después de algún tiempo querrán cambiar de empleo cuando otras áreas de la administración pública o de la empresa privada (si es que realmente son capaces) les ofrezcan mejores remuneraciones.
Inconsistencia
El reciente episodio que protagonizó su hijo cuando chocó un automóvil propiedad del gobierno del DF, mostró las inconsecuencias de los desplantes de austeridad del jefe de Gobierno.
Sobre ese incidente se han dicho muchas cosas, muy a pesar de López Obrador y algunos de sus colaboradores más serviciales que han considerado que no era un tema relevante. ¿Cómo no iba a serlo si, en ese incidente, se manifestó la incongruencia entre lo que López Obrador dice y pretende mostrar todos los días con un perfil de ascetismo y el comportamiento de su familia?
Cualquiera puede tener un incidente de tránsito como el que padeció (o mejor dicho, provocó) el hijo de López Obrador. Pero no cualquiera choca manejando, sin autorización para ello, un vehículo propiedad del gobierno del DF. Ni a cualquiera la policía después de haberlo detenido (ya que la colisión fue nada menos que contra una patrulla de la policía bancaria) lo deja ir tranquilamente. Se dijo que incluso, lo escoltaron hasta su casa después de que el jefe de Seguridad Pública de la ciudad de México llegó hasta el sitio del accidente para ofrecer sus buenos oficios a favor del hijo de su patrón.
López Obrador y su administración trataron de desviar la atención respecto del joven que cometió una infracción de tránsito, para echarle la culpa al responsable del vehículo que se lo prestó al muchacho. El asunto ha sido olvidado y se convertirá en anécdota menor en la biografía política del jefe de Gobierno. Quizá no sea para tanto por su importancia intrínseca. Pero ha sido revelador de la inconsecuencia del discurso austero de López Obrador.
Incidente público
El jefe de Gobierno capitalino no fue capaz de hacer cumplir, dentro de su propia familia, la austeridad que él predica todos los días. No al menos en el caso que comentamos y que se debió al deseo, muy explicable, de un muchacho que quería un vehículo para salir a pasear.
Quizá por estar tan entregado a las tareas del gobierno del DF, con las que cumple desde antes de que salga el sol, López Obrador no tiene tiempo para conversar con su familia. Ese, queremos enfatizarlo, es un asunto que solo concierne a su vida privada y que comentamos por las implicaciones públicas que tiene. Si el jefe de Gobierno dispusiera de un salario menos limitado, de acuerdo con el importante rango de las tareas que desempeña, quizá su familia contaría con un automóvil adicional y no tendría que pedir prestado un vehículo oficial.
El incidente de tránsito, que por fortuna para todos se limitó a un choque sin consecuencias personales, lo comentamos porque, en alguna medida, está relacionado con la ineficacia de las medidas de austeridad del jefe de Gobierno. Adjudicarse un salario muy por debajo de las expectativas y necesidades de un funcionario de primer nivel acaba por ser una actitud demagógica e infructuosa, aunque ese no sea el propósito que haya tenido López Obrador.
Almas paralelas
Él mismo no practica con esmero una conducta austera. No nos referimos en absoluto a los manejos financieros o de recursos materiales, sino a otro tipo de frugalidad.
Si en algo no es austero Andrés Manuel López Obrador es en su exuberante y prolífico discurso político que vivifica todos los días, casi a todas horas. Basta que le pongan enfrente un micrófono, o que un reportero libreta o grabadora en mano le haga la pregunta que sea para que el jefe de Gobierno ceda a la tentación de declarar y, entonces, sentenciar, profetizar y pontificar sobre cualquier asunto público o que, sin serlo, en ese mismo momento se vuelve tema propalado por los medios de comunicación.
Habla tanto y de tantas cosas el jefe de Gobierno que, como hemos anotado antes, sus mensajes llegan a carecer de prioridades.
En esa compulsión declarativa se parece mucho a Vicente Fox. De hecho el perfil bragado y respondón que López Obrador ha querido forjarse tiene notables coincidencias, aunque aparentemente responda a otra matriz ideológica, con el perfil del ranchero de botas que se arremanga la camisa para atender los asuntos públicos que sus propagandistas le fabricaron al ahora presidente Fox.
Personajes paralelos, buscan estar equidistantes porque obedecen a formaciones e intereses políticos diferentes. De hecho, si alguna constante articula el discurso diario de López Obrador es su manía por distinguirse de Fox. Más que por los asuntos de la ciudad, el jefe de Gobierno se muestra vivamente interesado en los temas nacionales y cada vez que puede discrepa del presidente.
Acusación
La obsesión antifoxista de López Obrador es tal que lo lleva a formular declaraciones irreflexivas o que, en su precipitada espontaneidad, revelan la opinión que le merecen el actual presidente y su equipo de gobierno.
López Obrador ha criticado a Fox de muchas maneras. Sin embargo el miércoles pasado lo hizo de manera tan grosera e inopinada que no ha dejado de llamar la atención no por el contenido de lo que dijo, sino por la ligereza manifestada en una frase.
Ese día, al cabo de una ceremonia sobre Coordinación Territorial de Seguridad Pública y Procuración de Justicia en la delegación Magdalena Contreras, varios reporteros le preguntaron a López Obrador qué opinaba acerca de una declaración del presidente Fox sobre la inseguridad en la ciudad de México.
Ese día aun estaba fresca la consternación por el choque de dos unidades del tren ligero la noche del lunes 21 de mayo. Luego del balance de heridos y un muerto, comenzaba a extenderse la versión de que el accidente no se debió, o no solamente, a impericia de los conductores sino al insuficiente mantenimiento que el gobierno capitalino ha proporcionado a las vías del tren ligero.
Ese mismo miércoles varios hechos de sangre consternaron a la ciudad de México, entre ellos el asesinato de una empleada dentro de las instalaciones del Tribunal Federal Electoral, según parece por motivos pasionales, y el atentado contra su propia vida de un jovencito de secundaria que se dio un balazo en la cabeza delante de varias de sus compañeras en una escuela en Iztapalapa.
Quizá circunstancias como esas, entre otras, tenían exasperado a López Obrador. Tal vez no lo pensó mucho, aunque dijo con énfasis:
“El desorden que sufre la capital del país es a causa de la banda de Los Pinos encabezada por el presidente Vicente Fox Quesada”.
Abundó: “Si tenemos problemas de delincuencia, de cuello blanco fundamentalmente, es la que nos tiene hasta la coronilla, de la gente que se dedica al saqueo del erario y opera en la ciudad de México y que naturalmente, este es el centro político del país”.
¿Distracción?
De esa manera (¡pero de qué manera!) López Obrador quiso desviar la atención de la afirmación del presidente Fox, quien no hizo sino repetir lo que todos sabemos: que el DF es una ciudad con enormes índices de delincuencia.
El jefe de Gobierno pretendió revertir la que entendió como una acusación contra él y en vez de admitir que, en efecto, hay delincuencia, sugirió que los delitos más graves no se comenten en las calles o en la violencia física contra los ciudadanos, sino en oficinas de gobierno y consisten en hurtos al patrimonio público.
No dijo nada más. No aportó una sola evidencia de tan grave acusación. De manera muy directa, el jefe de Gobierno del DF sugirió que el actual equipo en el gobierno federal está robándose recursos públicos.
Tal afirmación, a la ligera y sin prueba alguna, indica el superficial nivel al que ha llegado la discusión pública y en este caso, la animosidad de López Obrador contra el presidente.
Ocultamiento
El jefe de Gobierno no apuntaló ni detalló esa acusación. Tampoco se ha retractado de ella.
Sorprendentemente, a pesar de que se trata de una imputación gravísima de uno de los principales personajes públicos en contra del equipo en el gobierno federal y del mismísimo presidente de la República, esa declaración de López Obrador casi no apareció en los medios.
Se le escuchó en algunas estaciones de radio y desconocemos si pasó por televisión, pero al día siguiente era casi imposible encontrarla en la prensa de la ciudad de México. Este columnista solamente la halló en pequeñas notas en unomásuno y Milenio Diario. Sin embargo la noticia de esa afirmación fue distribuida por la agencia Notimex, así que no puede considerarse que no la conocían las redacciones de los periódicos que decidieron no publicarla.
Tampoco se le puede encontrar en las transcripciones de las declaraciones de López Obrador que aparecen en la página electrónica del gobierno de la ciudad de México.
Ignoramos si se trata de un intento por minimizar, ocultándolas, esas declaraciones del jefe de Gobierno. Pero tal ausencia en la prensa y en la información de la administración capitalina no deja de ser inquietante.
¿Retractación?
No hay duda de que López Obrador acusó a la que él mismo calificó como “la banda de Los Pinos”. No hay duda, también, se que se trata de una imputación sin fundamentos.
Si eso dijo y no tiene pruebas de lo que dijo, y si quiere ser congruente con el comportamiento que él mismo ha postulado, Andrés Manuel López Obrador estaría obligado a desdecirse. En coherencia con la línea de conducta de la que tanto se ha ufanado tendría que reconocer que se equivocó y que difamó, sin pensarlo, al presidente Vicente Fox y a su equipo de trabajo.
Sería saludable que López Obrador se retractara. Para hacer algo así se necesita ser honesto. Y valiente.
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Instituciones debilitadas
La Crónica de Hoy, 14 de enero de2001
No hay democracia, ni convivencia social, sin instituciones. Tampoco hay Estado, ni gobierno, ni representación, ni solución de conflictos, sin el entramado institucional que les ofrezca cauces, procedimientos e incluso respetabilidad pública. Las instituciones canalizan las voluntades particulares, articulan las decisiones colectivas y ofrecen garantías de que los asuntos públicos funcionarán. Son algo así, dice Cerroni citando a Emerson, como “las sombras alargadas de los hombres”. Una democracia es sólida en la medida en que sus instituciones funcionen y sean respetadas. De la misma manera, el debilitamiento de un régimen político lo es inevitablemente de sus instituciones.
México, como mucho nos dijeron gobernantes, estudiosos y próceres de nuestro sistema político, es un país de instituciones. Los poderes federales, las fuerzas armadas, los principales organismos de salud y educación y el andamiaje legal en el cual se sustentan, suelen funcionar incluso a pesar de crisis económicas, incertidumbres sociales o transformaciones políticas. La solidez de las instituciones ha sido uno de los apoyos principales, quizá el que más, para que México haya podido sortear dificultades que en otras naciones hubieran sido devastadoras.
Pero ese reconocimiento de las instituciones que tenemos y que funcionan, no debiera llevar a suponer que su desempeño se mantiene en las mejores condiciones. Hoy en día nos encontramos ante un panorama contradictorio. Por una parte los diagnósticos voluntaristas u optimistas consideran que con el cambio de gobierno se abren expectativas de mayor democracia y equidad. Pero más allá de la generosidad incluso acrítica con que en distintos espacios de la sociedad se evalúa hoy a la administración del presidente Vicente Fox, lo que puede apreciarse es cierto descaecimiento en la capacidad de maniobra e incluso en el prestigio social de algunas de las instituciones básicas del sistema político mexicano. Esa debilidad institucional puede convertirse en un gran riesgo de involución para la democracia que hemos venido construyendo.
Partidos políticos sin proyecto de país
Supeditados a conflictos coyunturales en los cuales se desgastan, los partidos suelen extraviar el rumbo, se comportan solamente a partir de consideraciones pragmáticas y han dejado de lado el programa político. Esa es la triste realidad de todos ellos o, al menos, de los tres partidos nacionales que cuentan en el juego político.
Atribulado por una orfandad que no hace lo posible por superar, el PRI se rehúsa a convertirse en el partido de oposición responsable que, pese a muchas de sus costumbres, podría ser en el panorama actual. Los impulsos dinosáuricos siguen teniendo más fuerza que las tendencias a la modernización. Estancado en una situación de la que solo podría salir reagrupándose e incluso apostando a una refundación (para lo cual requeriría de un liderazgo que ahora no tiene) el Revolucionario Institucional parece apostar solamente a desempeñarse como grupo en contra de la política del nuevo gobierno pero sin una alternativa propia. Los gobernadores priistas parecieran ser el núcleo más sólido de ese partido gracias al poder real que están en capacidad de ejercer, pero sin proyecto político no pueden constituir mas que un núcleo de presión.
No es muy diferente la crisis en el PRD. Si alguna vez lo tuvo, se ha quedado sin derrotero y se ha convertido en un partido atrapa-todo. Basta con ser tránsfuga de otro partido, especialmente del PRI para que cualquier personaje, independientemente de su trayectoria política, sea erigido estrella del firmamento perredista. De izquierda, al PRD no le queda mas que una incumplida definición en sus estatutos. Mucho menos conserva la congruencia ética que, junto con el compromiso con la democracia y la justicia social, constituye el rasgo definitorio de las izquierdas en la historia y en el mundo.
Acción Nacional es, desde luego, beneficiario de los cambios recientes pero más en apariencia que en términos de conquistas políticas. Enemigo del clientelismo, ahora el PAN corre el riesgo de no ser mas que comparsa de un gobierno tan o más populista que los regímenes priistas a los que tanto combatió. El bagaje ideológico, que había constituido el patrimonio principal de los panistas, se encuentra difuminado entre la transacción coyuntural y la deificación de la calidad total propuesta en la visión empresarial que orienta, al menos supuestamente, al actual gobierno. El PAN no ha podido definir un perfil propio, distinto aunque no sea distante de la administración del licenciado Fox.
Congreso estancado, Ejército maltratado
Los partidos disminuyen su presencia social y también su eficacia política. Ese estrechamiento se advierte en el Congreso, a pesar de los empeños de los legisladores más lúcidos en ambas cámaras. Mientras el Poder Legislativo no ha podido construir una agenda propia, el presidente de la República le exige que tome decisiones al vapor como en el caso de la ley sobre indígenas. Aunque en San Lázaro y Xicoténcatl hay un trabajo sostenido, varios de los legisladores más conspicuos se han encargado de propiciar una imagen de indolencia política, e incluso de pataletas frívolas, en sus comparecencias en los medios de comunicación.
Otra institución fundamental, el Ejército Mexicano, ha sido maltratada por decisiones poco y mal explicadas (además de profundamente discutibles) como la que llevó al presidente Fox a ordenar el repliegue militar en Chiapas. Es claro que el titular del Ejecutivo quiere propiciar una negociación pronta y eficaz con el EZLN. Pero en ese propósito, ha soslayado el esfuerzo que durante siete años mantuvo el Ejército Mexicano al resguardar la paz chiapaneca, a pesar de numerosos obstáculos. El respeto que proverbialmente se le tiene en toda la sociedad a esa institución, queda mermado cuando el Presidente de la República se refiere al Ejército en términos no solo coloquiales sino, al menos políticamente, ofensivos. Un comentarista habitualmente enterado de la circunstancia militar, Javier Ibarrola, escribió que en efecto el Ejército Mexicano está “de pelos”, pero de “pelos de punta ante las disposiciones del comandante supremo”.
Estilo presidencial que enoja y confunde
El estilo personal del Presidente de la República se está convirtiendo en uno de los principales factores de debilitamiento institucional, en primer lugar de la misma institución presidencial. El talante dicharachero y despreocupado del licenciado Fox no tendría mayor relevancia si no fuese porque causa confusiones y desatinos innecesarios. Su trato con los partidos y el Congreso sería menos ríspido si prescindiera de expresiones frívolas. Su relación con el Ejército no se habría deteriorado si no hubiera empleado términos tan ordinarios para referirse a los militares. Su comunicación con la sociedad, que al Presidente le importa tanto, sería más eficaz si no buscase la omnipresencia que parece pretender en la radio y la televisión; más apariciones mediáticas no están significando mejor capacidad de comunicación sino más oportunidades para equivocarse.
De hecho no existe un estilo personal de gobernar como quería don Daniel Cosío Villegas sino el despliegue de un comportamiento personal que no es, propiamente, el de un gobernante.
El titular del Ejecutivo está debilitando a la institución presidencial aunque, en ese proceso y paradójicamente, él mismo fortalezca su imagen delante de la sociedad.
Al menos, se debilita el presidencialismo acotado y respetado (respetado, por acotado) que se había venido construyendo en los últimos años. En su lugar Fox está propiciando un presidencialismo tan dependiente de su imagen personal que la institución, entonces, tiende a quedar opacada por quien la encabeza.
El Trife deteriora la confianza electoral
El más grave y evidente caso de debilitamiento institucional es el que padece, como resultado de sus propios excesos, el Tribunal Federal Electoral.
La imagen de organismo politizado y al servicio de intereses políticos facciosos que esa institución se ha creado debido al desempeño de la mayoría de sus magistrados, no solamente desacredita el Tribunal mismo. Además perjudica al conjunto del sistema electoral que con tanto esfuerzo y recursos hemos llegado a consolidar.
Los excesos del Trife en el caso Tabasco, en donde los magistrados tomaron decisiones por encima de sus facultades legales, son aprovechados para invalidar sus acuerdos en el caso Yucatán.
En Yucatán, a diferencia de Tabasco, el Tribunal Federal Electoral actuó de acuerdo con la ley que lo faculta para intervenir en procesos locales cuando las normas jurídicas no han sido cumplidas. Es evidente que la mayoría priista en el Congreso yucateco transgredió en varias ocasiones la Constitución y el Código Electoral del estado (sobre ese asunto nos ocupamos en la columna del domingo 17 de diciembre).
En cambio en Tabasco, aunque puedan ser impopulares ante numerosos sectores, las decisiones del Congreso local estuvieron ceñidas a la ley. No puede decirse lo mismo del comportamiento del Trife que, sorprendentemente, anuló una elección legal a partir de consideraciones subjetivas (como se relató detalladamente el 31 de diciembre en esta columna).
El comportamiento del Trife respecto de las elecciones en Tabasco erosiona la confianza que se puede tener en los procesos electorales en todo el país. Los magistrados que votaron por el desconocimiento de la elección legal no tenían derecho a deteriorar de esa manera el prestigio que se han ganado las instituciones electorales en México.
Un desgaste que nadie está evitando
El litigio en Chiapas quizá algún día se resuelva. La crisis política en Yucatán posiblemente encuentre pronto cauces como los que ya existen para el desarreglo tabasqueño. Los partidos seguirán en lo suyo y los legisladores legislarán, de una u otra manera. El gobierno, casi a pesar de sí mismo, funcionará y tendrá réditos políticos para los que son necesarios los de carácter social.
Lo que quizá no se restaure, si no hay una clara intención de hacerlo, es el deterioro que experimentan algunas de nuestras instituciones básicas. Ese desgaste no es atribuible solamente al gobierno actual, desde luego. Pero no parece existir el propósito de la nueva administración para evitar tal desgaste. A ratos pareciera que en vez de servir a las instituciones, el nuevo gobierno simplemente quisiera servirse, instrumentalmente, de ellas.
Arreglos, antecedentes de instituciones
La capacidad para que haya acuerdos políticos entre las distintas fuerzas que lo conforman es uno de los rasgos de un sistema democrático. Pero ningún régimen es estable si se sustenta solamente en pactos coyunturales; entonces el gobierno no sirve para encauzar al país sino simplemente para tratar de apagar incendios políticos.
De todos modos, la aptitud para los acuerdos puede llevar a tener instituciones sólidas. Así lo considera el profesor Robert Dahl, que es quizá el principal estudioso de los regímenes políticos contemporáneos y que distingue los arreglos, de las instituciones:
” ‘Arreglos’ políticos suena a algo más bien provisional, que bien podrían darse en un país que acaba de abandonar el gobierno no democrático. Tendemos a pensar en las ‘prácticas’ como algo más habitual y, por tanto, más duradero. Generalmente pensamos en las ‘instituciones’ como algo que se ha asentado después de un largo itinerario, que pasan de una generación a otra. Cuando un país avanza desde un gobierno no democrático a otro democrático, los tempranos ‘arreglos’ democráticos se convierten gradualmente en ‘prácticas’, que a su debido tiempo desembocan en ‘instituciones’ asentadas”.
Sin embargo en México no partimos de cero. A menos que haya quien piense que es preciso sustituir del todo a la institucionalidad política que ya teníamos, podrá aceptarse que lo más conveniente para afianzar el tránsito a la democracia es fortalecer las instituciones que ya tenemos. Y lo que está ocurriendo es precisamente lo contrario.
De esta situación, como sugiere Dahl, quizá podremos salir con instituciones consolidadas y más confiables. Hacia esa meta sería pertinente que apostaran todos.
Pero el desarreglo actual no solo puede tener como desenlace nueva solidez institucional. También podríamos padecer un desgaste mayor. El caudillismo y el ensalzamiento de figuras pretendidamente providenciales llega a ser una de los principales causas para el deterioro de las instituciones y así, de la democracia. Y hoy, en México, más que las instituciones políticas parece fortalecerse el presidencialismo personalista. Cuidado.
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Un zapatero para el PRD (2000)
Publicado el 24 de julio de 2000 en La Crónica de Hoy
Enfrascados en la disputa por el poder interno, los dirigentes del PRD no aciertan a formularse las preguntas cruciales para ese partido. El dilema de los perredistas, hoy, no es a cuál líder le tocará administrar la siguiente fase de su crisis, sino ponerse de acuerdo en torno a las causas del fracaso que tuvieron en las elecciones de hace 22 días.
El PRD ha sido incapaz para crecer en la sociedad mexicana. Sus votantes el 2 de julio, fueron esencialmente los mismos de hace tres y seis años. Un partido que no aumenta y, sobre todo, que no diversifica su presencia, es un partido que se estanca. Y eso es lo que ha ocurrido con el Partido de la Revolución Democrática.
El PRD no ha renovado su propuesta política que, esencialmente, es la misma del movimiento neocardenista de hace doce años. Anclado en difusas tesis de un nacionalismo que no resulta reivindicador de la soberanía sino fuente de dogmatismos, ese partido no cuenta con referencias ideológicas que le permitan ofrecer respuestas a los desafíos de cada momento.
Varios de sus creadores, entre ellos Cuauhtémoc Cárdenas, han asegurado que el PRD no es de izquierda aunque así lo indica la declaración de principios de ese partido. La disputa por la ideología, no es menor en un partido que sigue arrastrando su contradicción fundacional, desde que resultó de la alianza de grupos de la vieja izquierda encabezada por ex militantes comunistas, con ex priistas identificados con el cuauhtemismo.
Como resultado de esa mezcolanza que nunca se resolvió en una auténtica cohesión, el PRD a veces se considera de izquierda y a veces, no. Esa no es pericia, sino esquizofrenia política.
La debilidad principal de ese partido no radica en la indefinición ideológica, sino en el grosero pragmatismo político que se deriva de esa confusión en el terreno programático. Ante casi cualquier asunto, el PRD suele esgrimir una agresiva actitud contestataria que lo hace aparecer como un partido intransigente y duro. Esa postura puede ser útil en momentos de enfrentamiento delante del poder político, pero acaba por desgastar a quien la practica. Y cuando al mismo tiempo se ejercen posiciones de gobierno (como las que el PRD ocupa al frente de varias entidades del país) la oposición a ultranza también se convierte en expresión de una suerte de doble personalidad.
En el PRD, se han repetido algunas de las peores prácticas del priismo tradicional. Y, en cambio, han sido desplazadas varias de las mejores costumbres de la izquierda democrática. Entre las primeras, se encuentran el clientelismo, el desplazamiento de los principios y el acuerdo con personajes y grupos de toda laya, sin importar su dudosa calidad moral y política. El tráfico con la leche Bety y el fraude en sus elecciones internas, han sido prácticas del PRD tan indecorosas como las de la política mexicana más conservadora. La honestidad y el compromiso con la justicia, que son valores entrañables de las izquierdas, han sido reiteradamente pisoteados por dirigentes perredistas como los que están a cargo de la impartición de justicia en la ciudad de México.
En las alianzas de ese partido no han contado los principios, sino la suma de tristes y a veces ponzoñosos personajes a los cuales ese partido apoya simplemente porque, igual que él, se dicen antagonistas del gobierno. Gracias al PRD, la señora Irma Serrano ha sido Senadora de la República. Gracias a esa política de alianzas, el llamado Partido Sociedad Nacionalista –que se declara de derecha– tendrá tres diputados federales y casi cien millones de pesos.
En la elección presidencial de 1994, el PRD obtuvo casi 5 millones 900 mil votos. En las elecciones intermedias de hace tres años, alcanzó 7 millones y medio de votos. El 2 de julio pasado, su candidato presidencial recibió 6 millones 259 mil votos y sus candidatos a diputados federales, 6 millones 954 mil. Los votos perredistas de hace seis años significaron el 17% de la elección. Los de hace tres, el 25.7%. Los de esta ocasión, apenas el 16.6%.
Entre las dos elecciones más recientes, el PRD perdió un millón y cuarto de votos y nueve puntos porcentuales. Es claro que la dirección de ese partido entrega cuentas absolutamente insatisfactorias. Pero el problema del PRD no se encuentra únicamente en los líderes, sino en la política que han desplegado y que ha sido compartida, con poquísimos cuestionamientos, prácticamente por todos sus militantes.
Esa política del enfrentamiento a ultranza, de alianzas sin principios y de la mezcolanza ideológica, ha sido un fracaso. Ha ahuyentado a muchos ciudadanos y, a los jóvenes, simplemente no les ha interesado. Sin relevo generacional significativo, el PRD se ha convertido en un partido de viejos, aislado de la sociedad real y fastidioso para muchos ciudadanos.
Antier, en Madrid, el Partido Socialista Obrero Español eligió a su nuevo secretario general por una apretadísima diferencia de 414 a 405 votos. José Luis Rodríguez Zapatero, un abogado de 39 años, escasamente conocido en el plano nacional, convenció a la mayoría de los delegados del PSOE al proponer un “cambio tranquilo” y “una oposición útil socialmente, renovar profundamente las estructuras internas del partido y hacer un proyecto de una nueva izquierda y de modernidad”.
Eso fue en España. Aquí en México, toda proporción guardada, lamentablemente parece difícil que el PRD encuentre un zapatero con la frescura política suficiente para renovar sus muy gastadas suelas. El PRD, y no precisamente por ser un partido de pobres, sigue andando en huaraches mientras que otros, lucen botas nuevas.
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Débiles partidos, riesgo autoritario (2000)
Publicado el 23 de julio de 2000 en La Crónica de Hoy
El problema de los partidos políticos, es que la gente no les cree.
Durante mucho tiempo, los mexicanos consideraron a los partidos como un mal necesario. Ahora, es posible que comiencen a considerarlos como un mal prescindible.
Tenemos una sociedad cansada de la política y desconfiada respecto de los asuntos públicos. Esos rasgos, que son consecuencia del abuso y el lucro que los partidos han hecho respecto de los ciudadanos, también son manifestaciones de inmadurez.
Una sociedad políticamente inmadura, es una sociedad débil. No cuenta con la cohesión suficiente para enfrentar amenazas o desafíos relevantes y es vulnerable a influencias manipuladoras, o autoritarias.
Esa es, hoy, la condición de la sociedad mexicana. Cuenta con más información que nunca, pero no por ello con más claridad sobre su situación actual y sus posibilidades de desarrollo. Mira con interés la competencia política e incluso la respalda al ir a las urnas, pero luego presencia como algo ajeno las secuelas de las elecciones.
El 36% de los ciudadanos, dejó de votar
El 64% de los ciudadanos registrados en las listas de electores, acudió a votar el 2 de julio. El otro 36%, constituye un segmento de enorme importancia en el que nadie ha querido pensar. ¿Cuáles fueron las causas, o las dificultades, por las cuales 3.6 de cada 10 ciudadanos decidieron no ir a las urnas?
En todos los comicios, en todas partes, siempre hay un porcentaje de abstención. En las sociedades contemporáneas, los no votantes tienden a crecer por motivos muy diversos. A veces, la excesiva confianza en los resultados o la anticipación estadística de ellos conduce a la gente a pensar que, puesto que su participación no es indispensable, pueden ahorrarse la molestia de ir a votar. En otras ocasiones, una intensa disputa entre los candidatos principales, más que movilizar aleja a de las urnas a los ciudadanos.
No tenemos sustento estadístico suficiente para saber por qué más de la tercera parte de los mexicanos que podían votar, no ejerció ese derecho. Puede pensarse que algunos de ellos, se hastiaron del encono entre los dos partidos principales y ninguna de las otras opciones los convenció.
Las campañas recientes, se desplegaron fundamentalmente en los medios electrónicos de comunicación. Gracias a ellos, los candidatos fueron conocidos por la gran mayoría de los mexicanos. Pero los medios masivos, al mismo tiempo que multiplican las imágenes de los personajes públicos, las alejan de la vida cotidiana de los electores. Quizá más de un ciudadano habrá mirado con extrañeza los esfuerzos de los candidatos para convencer a los mexicanos, pero sin ofrecer compromisos específicos, tangibles, en la mayor parte de los temas que estuvieron a discusión durante las campañas.
7 de cada 10, sin interés en la política
La mayoría de los mexicanos considera que la política, no les interesa. Entre enero y febrero pasado, el equipo de investigación del diario Reforma levantó un sondeo que forma parte del proyecto Encuesta Mundial de Valores de la Universidad de Michigan. Allí, se encontró que el 65% de los ciudadanos, en nuestro país, declara estar “poco interesado” (35%), o “nada interesado” (30%) en la política. La encuesta, coordinada por Alejandro Moreno, consignó la cantidad de mexicanos que se consideran “muy interesados” en la política: solamente en 7%. (”El jaloneo de la democracia”, en Reforma del 13 de mayo de 2000).
Otro sondeo levantado por ese diario, como parte de sus encuestas preelectorales, preguntó en febrero pasado “¿qué tan interesado está usted en la política?”. El 6% respondió que mucho. El 22%, dijo estar algo interesado. El 40%, manifestó que estaba “poco interesado”. El 31%, eligió “nada interesado” (”Política que no interesa”, en Reforma del 15 de marzo de 2000).
Ese 71% de quienes admiten un nulo o escaso interés por la política, se registraba ya en plena temporada de campañas, con todos los candidatos presidenciales haciendo proselitismo.
Desde luego, el desinterés o la apatía respecto de la política, no necesariamente conducen a los ciudadanos a no participar. Pero inevitablemente, matizan la intensidad e incluso, el tipo de participación política que puedan tener. El 2 de julio pasado, la asistencia a las urnas de 64 de cada 100 ciudadanos, constituyó un espléndido referéndum a favor de la democracia y especialmente, una señal de confianza en las elecciones y en la autoridad electoral.
Los resultados de esos comicios, dieron como triunfador al candidato presidencial que más había cuestionado al sistema político mexicano. La paradoja es solo aparente. Los ciudadanos que apoyaron a Fox, lo hicieron en contra de los aspectos más tradicionales del régimen político que hasta ahora hemos tenido pero se apoyaron, para ello, en el sistema electoral que forma parte de ese régimen político.
Confianza de la sociedad en algún cambio
El candidato ganador, recibió el 42.5% de los votos. Ese porcentaje superó, incluso, las expectativas de su equipo de campaña. Poco antes de las elecciones, un segmento significativo de los ciudadanos que no habían decidido por quién votar, o que en las encuestas no querían manifestar su preferencia de voto, resolvió hacerlo a favor de Vicente Fox.
Aparentemente, según la lectura que ahora puede hacerse de las encuestas preelectorales, desde comienzos de este año Fox estaba a la cabeza, pero por un margen muy pequeño, por encima del candidato presidencial del PRI. Ese margen, al final creció. De cualquier manera, tomando en cuenta la abstención y los votantes por otros partidos, puede reconocerse que a Fox, apenas lo apoyó un poco más de la cuarta parte de los ciudadanos con derecho a voto.
Hoy, sin embargo, existe una curiosa atmósfera de expectación e incluso, de confianza dentro de la sociedad mexicana. Incluso muchos de quienes no votaron por el candidato presidencial ganador, ahora consideran que el resultado de las elecciones no es tan desfavorable, después de todo. Hay que darle el beneficio de la duda, concede la mayoría, con realismo e incluso con alguna dosis de esperanza. No hay mal que por bien no venga dicen, resignados, algunos otros.
No es exagerado considerar que la mayoría de los ciudadanos, ahora, espera cambios positivos por parte del próximo gobierno. Los votantes de Fox, desde luego, además del sentimiento de triunfo que tienen desde hace tres semanas, son los primeros en considerar que el país cambiará drásticamente en el futuro inmediato, porque entre ellos prevalecía la suposición de que los principales males de la nación mexicana se han debido al PRI y a los gobernantes que surgieron de ese partido. Muchos más, habiendo sufragado por otros partidos, quieren creer que el cambio no será tan desfavorable.
Comienzan a poner los pies en la tierra
Todos, en todo caso, esperan cambios.
El compromiso del gobierno próximo es mayúsculo, en ese sentido. La gente que votó por Fox, pero además los ciudadanos que mantienen hoy en día una actitud de optimista expectación, anhelan y aguardan transformaciones importantes.
Y, paradójicamente, Fox y su equipo comienzan a poner los pies (o las botas) sobre la tierra y a reconocer que las promesas de campaña no podrán ser cumplidas al menos de inmediato y que el cambio, ni será tan súbito, ni tan intenso como habían asegurado.
Al candidato presidencial electo y a sus colaboradores, se les podrían reprochar sus nuevas retractaciones. Cuando estaban en campaña prometieron un crecimiento económico del 7% anual y ahora, dicen que será mucho menor. Pero ese realismo, es preferible al sostenimiento de expectativas que no serán cumplidas, o que implicarían un enorme desgaste para la economía y la sociedad mexicanas. Más vale tener metas prudentes, y aclarar desde ahora que los objetivos de los cuales se ufanaban en la campaña no son alcanzables. Insistir en objetivos incumplibles, sería todavía más irresponsable.
Fox tiene un formidable capital político
La esperanza de todos esos mexicanos, votantes o no del partido que lo llevó al triunfo, está concentrada en Vicente Fox. El presidencialismo mexicano, con toda su tradición de liderazgo desmedido, encarna hoy en el candidato de la Alianza por el Cambio.
La imagen social de ese candidato, fortalecida por el triunfo electoral, constituye un enorme patrimonio político que no es de un grupo y ni siquiera de un partido: el único dueño de ese capital es Vicente Fox Quesada. Y las atribuciones legales que asumirá dentro de cuatro meses, junto con la fe sincera o convenenciera que su triunfo suscita en mucha gente, hacen de él un líder de enorme poder político. Quizá demasiado.
Unas cuantas fallas o inconsecuencias en los primeros meses del gobierno, podrían restarle a Fox buena parte de esa adhesión social que ahora le beneficia. La simpatía de los ciudadanos es tan veleidosa que lo mismo premia con facilidad, que sanciona con severidad. De la misma manera unos cuantos aciertos iniciales, incluso medidas que significasen pocos cambios en la estructura económica o la del poder político, pero que fuesen espectaculares, podrían mantener esa adhesión.
Allí encontrará Fox una de sus primeras dificultades. Tendrá que decidir si va a gobernar para propiciar cambios en serio, o solamente cambios cosméticos. Los primeros no siempre son populares e incluso, cuando los afectan aunque sea temporalmente, se traducen en incomodidad de los ciudadanos. Los cambios más aplaudidos son aquellos que aparentemente resuelven algunos problemas, aunque no los ataquen desde su raíz.
Cambios o populismo, con o sin Congreso
Gobernar para el aplauso fácil, sería una política populista, cercana a la demagogia… y al caudillismo. En numerosas ocasiones, esos son rasgos que han podido identificarse en la personalidad del ahora candidato presidencial electo.
No sabemos si Vicente Fox, como Presidente de la República, ejercerá un gobierno populista que acentúe los rasgos autoritarios que, de por sí, esa investidura tiene en el presidencialista sistema político mexicano. Es posible que decida desplegar una política responsable, que no busque logros de relumbrón sino reformas de fondo, que siempre son menos llamativas aunque a mediano plazo de mayor relevancia. Es posible. Sin embargo la debilidad de los contrapesos institucionales y la nueva hegemonía que le confiere el resultado electoral al próximo Presidente, podrían acentuar el caudillismo, en demérito de la democracia mexicana.
La composición del Congreso, en donde ningún partido tiene mayoría absoluta, aparentemente constituye un dique a cualquier pretensión autoritaria. El Presidente no podrá cambiar la Constitución, si no consigue la anuencia del PRI. Ni siquiera aliándose con el PRD y los pequeños partidos que lo han acompañado, el bloque PAN-PVEM reuniría la mayoría del 66% necesaria para las reformas constitucionales. Si quiere modificar la Carta Magna, el próximo Presidente tendrá que pactar con el PRI –o con lo que quede de ese partido, después de un postergado acto de contrición que los priistas están queriendo sustituir por un inmolatorio destazamiento interno–.
Sin embargo el próximo Presidente, ante esas dificultades formales –que son, desde luego, políticas– podría pretender transformaciones que no impliquen reformas a la Constitución pero que fuesen consolidando un mayor poder para el Ejecutivo, en detrimento del Legislativo. Leyes y reglamentos, o decisiones discrecionales aprovechando las muchas posibilidades que para ello ofrece el presidencialismo mexicano, podrían ser impulsadas desde Los Pinos sin tener que pasar por San Lázaro, o por el Senado.
Partidos, confianza del 24%; policía, 29%
El autoritarismo presidencial, podría desarrollarse incluso sin que esa fuese una apuesta deliberada de Vicente Fox.
Más que el Congreso, o junto con él, los partidos políticos tendrían que constituir los contrapesos naturales a los excesos presidenciales. Cuando una sociedad cuenta con partidos sólidos, auténticamente afianzados en ella, con capacidad de expresión y movilización y con propuestas propias ubicadas en proyectos de país, está mejor representada delante del poder político. Incluso, en la medida en que los partidos son fuertes, sus legisladores también lo son.
Lamentablemente, la debilidad y la mala imagen social que tienen los partidos parece constituir una tendencia internacional que, en el caso de México, se acentúa debido al abuso que muchas organizaciones políticas han acostumbrado ejercer sobre los ciudadanos.
El antes citado sondeo de Reforma que es parte de la Encuesta Mundial de Valores de este año, preguntó el grado de confianza que los ciudadanos tienen en diversas instituciones. En las iglesias, que ocupan el primer lugar, el 80% de los entrevistados declaró tener “mucha” o “algo” de confianza. En el Ejército, el 51%.
La confianza en el gobierno fue de 36% y en la policía, del 29%. La confianza en los partidos políticos fue del 24% y en la Cámara de Diputados, del 20%.
En una encuesta similar, pero realizada entre 1996 y 1997, los entrevistados que manifestaban mucha o alguna confianza en los partidos, fueron el 33%. Y la confianza en la Cámara de Diputados, fue del 41%.
Es decir, no sólo es notablemente baja, sino que la confianza de los ciudadanos en los partidos y en los legisladores, disminuyó hasta en un 50% en tan solo tres años.
Los ciudadanos tienen más confianza en la desprestigiada policía, que en los partidos o en los diputados.
La política socava su propia credibilidad
La Encuesta Nacional de Valores que el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM levantó en 1994, encontró tendencias similares. En ese estudio, la credibilidad de los ciudadanos en los partidos, calificada de 0 a 10, era de 5.3. En comparación, la escuela y los maestros tenían una credibilidad de 7.8; la Iglesia, de 7.3; la televisión y el presidente, de 6.3; los periódicos, de 6.0 y el gobierno, de 5.8.
La confianza en los partidos, ha disminuido. No es aventurado decir que, en las elecciones, los ciudadanos se inclinan a votar por individuos, más que por organizaciones políticas.
Allí se encuentra el costo principal de la personalización de la lucha política que los partidos mismos, antes que nadie más, han definido al supeditarse a los formatos y las exigencias de la televisión.
Pero además las rencillas mutuas, las descalificaciones que han sustituido a la confrontación de ideologías y sus propias trifulcas internas, han afianzado la imagen de espacios de devastación y no de construcción y defensa de opciones, que lamentablemente tienen los partidos políticos en México.
Vicisitudes de los tres partidos nacionales
La circunstancia actual de nuestros partidos, tiende a reforzar esa imagen.
Al demorar el momento de su análisis interno, el Revolucionario Institucional manifiesta una patética ausencia de línea y, todavía, una atávica supeditación al poder presidencial. Los altercados recientes en el edificio priista –resabios de un clientelismo que el mismo PRI alentó y que ahora no sabe cómo satisfacer– parecen premonitorios del hundimiento de ese partido, al menos tal y como fue hasta ahora.
El Partido de la Revolución Democrática, al menos tiene la virtud de ventilar abiertamente sus diferencias. La reunión del Consejo Nacional del PRD este fin de semana, ha expuesto con toda crudeza la desbandada que amenaza a ese partido y la enorme dificultad de sus dirigentes para diseñar opciones más allá de los ejercicios sacrificales. El vocero del ex candidato Cárdenas, exigió la renuncia de la dirección nacional perredista, a la que considera culpable de la derrota del 2 de julio. En cualquier sistema político respetable los dirigentes dimiten dijo, con razón, Imanol Ordorika. Pero se le olvidó que antes que los dirigentes políticos, quienes renuncian después de una derrota son los candidatos. De acuerdo con esa respetable lógica el primer dimitente a cualquier posición directiva en el PRD, después del fracaso de hace tres semanas, tendría que ser Cuauhtémoc Cárdenas.
En Acción Nacional, parece que no pasara nada. Pero está a punto de ocurrir todo. Tras las elecciones, los dirigentes de ese partido aseguraron que no andarían a la zaga del presidente electo. Hasta ahora, al parecer no hacen nada para ratificar esa conducta. Cada vez está más claro que Vicente Fox gobernará con su equipo, que no es necesariamente panista y Acción Nacional no ha definido un perfil propio delante del nuevo gobierno. Incluso el cicatero Partido Verde, propiedad de un vividor de la política, manifiesta mayor habilidad que el PAN para diseñar una relación (en ese caso de lucro y amago) con el próximo Presidente de la República.
Ninguno de los partidos mayores –de los otros, embelesados con inicuos triunfos o apabullados en una derrota que no han explicado, no aparece luz alguna– toma en cuenta a la sociedad en el diseño de sus políticas para la siguiente fase de la vida mexicana. Cada uno de esos tres grandes partidos, a su manera, se encuentra entrampado en las vicisitudes internas.
Debilitados los partidos, con una imagen pública desfavorable y con legisladores que muy probablemente reproducirán esas rencillas y limitaciones domésticas, los contrapesos del próximo gobierno serán precarios. El principal dique al posible autoritarismo del próximo Presidente se encuentra, por ahora, en la sensatez que el mismo Vicente Fox sea capaz de ejercer.
Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx
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