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Tapabocas
El tapabocas es nueva señal nacional de identidad. Tiene una función profiláctica pero también social y simbólica. Usarlo, desde el punto de vista que campea en las calles y los medios, es santo y seña de responsabilidad. A quienes prescinden del tapabocas se les considera negligentes o, peor aún, contaminadores potenciales. La epidemia de influenza ha mostrado algunas de las mejores virtudes de los mexicanos pero también, detonadas por el desconcierto y el miedo, propicia expresiones de intolerancia.
Traer tapabocas denota compromiso con los demás. Es una manera de asumirse parte de los amenazados pero también de los que resisten al riesgo. “Tras el tapaboca se puede leer si se asume el reto colectivo de reconstruir la salud pública o se milita en la indiferencia” escribió Rodrigo Morales. Millones de mexicanos se han aferrado al tapabocas como barrera entre el virus y la salud que todos queremos preservar. De las medidas de higiene que las autoridades sanitarias recomendaron desde el primer momento de la emergencia, el tapabocas se convirtió en recurso indispensable y, por eso, ha sido tan encarecido.
Repartir tapabocas fue tarea encomendada a miembros del Ejército Mexicano desde la semana antepasada. Podría suponerse que nuestros soldados tienen deberes más relevantes pero sobre todo más especializados. No es usual ver al Ejército en las calles de la ciudad de México pero nadie cuestionó esa labor que, al contrario, suscitaba sorprendidos agradecimientos.
La especulación con los tapabocas llegó al grado de que algunos vivales los vendían hasta en 50 pesos cada uno. Las autoridades judiciales dijeron que perseguirían la venta ilegal de ese producto pero ¿desde cuándo es legal la venta de cualquier artículo en la calle?
Los especuladores más avispados han sido los que, con propósitos políticos, se suben al tren de la angustia ciudadana poniéndose e incluso repartiendo tapabocas. El gobernador veracruzano Fidel Herrera, a pesar de las exigencias que enfrenta para que explique la contaminación en las Granjas Carroll, se dio tiempo para mostrar el “tapabocas jarocho”: un paliacate con cordones amarrados a cada lado. En varios estados, ahora que comenzaron las campañas formales rumbo a las elecciones de julio, hay quienes se han propuesto distribuir tapabocas con emblemas partidarios. Y en Ciudad Victoria, por hacer una broma insulsa al colocarse dos tapabocas simulando que eran un sostén, el diputado local Raúl Bocanegra desató la furia de los dirigentes del Partido Verde que aseguraron que lo van a expulsar por haber “faltado el respeto a la sociedad mexicana”.
Si se tratase de respetar a la sociedad, los líderes del PVEM tendrían un amplio inventario de faltas tan sólo con mirarse al espejo de sus acciones cotidianas. Pero la reacción arrebatada que tuvieron es emblemática de la mitificación que se hace del tapabocas. De instrumento para coadyuvar en la higiene contra la influenza, se ha convertido en emblema de la nueva idiosincrasia mexicana.
Afortunadamente la sociedad misma, acaso sin dejar de usarlo, hace del tapabocas motivo de ocurrencias y humor como se aprecia en chispeantes maneras para decorarlos. Los tapabocas con figuras, colores, diseños y gracejadas de lo más variadas, son muestra de la personalización que muchos, sobre todo jóvenes, hacen de ese instrumento. Y son expresión del rechazo a resignarse a la masificación que la emergencia subraya.
Los tapabocas son motivo de solidaridad, cuando se les obsequia o al menos en las comedidas recomendaciones para hacer tapabocas caseros. También han sido utilizados para engañar y robar, como ocurre con un misterioso asaltante en León al que se le imputan varios atracos.
Recurso de protección, distintivo en la contingencia, prenda de moda, el tapabocas para algunos es recurso incuestionable y casi mágico. Por eso causaron tanta desazón las declaraciones del doctor Miguel Ángel Lezana, director general del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades y que ha sido uno de los especialistas más comprometidos en el combate a esta epidemia.
Cuando el reportero Pablo Ordaz, de El País, fue a entrevistarlo a su oficina, encontró que nadie en esa área de la Secretaría de Salud usaba tapabocas. Es que son demasiado porosos para impedir el paso de las partículas pero, además, “es muy poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con ninguna superficie”, explicó el epidemiólogo. ¿Por qué entonces el gobierno ha repartido millones de ellos?, replicó el periodista. “Bueno, es más una demanda de la población. La gente se siente más segura llevándolas, más tranquila, y no les hace ningún daño” respondió el doctor Lezana.
No lo hubiera hecho. La reacción mediática brincó pronto del asombro al disgusto. ¿Cómo que los tapabocas no sirven? Lezana dijo simplemente que no bastan para contener al virus y reiteró las recomendaciones fundamentales: lavarse las manos, no tocarse el rostro, etcétera. La declaración del doctor Lezana era científicamente adecuada pero, en el clima de sobresalto y confusión que seguimos viviendo, resultó políticamente incorrecta. El tiempo le dará la razón aunque por lo pronto haya sido considerado, casi, como apóstata de esa nueva devoción nacional al tapabocas.
Por lo pronto la discusión ha llegado a espacios de seriedad incuestionable como el servicio en español de la BBC de Londres que se pregunta “¿Sirven para algo las mascarillas?” (y en donde las respuestas de varios científicos coinciden con la apreciación del doctor Lezana). El tapabocas es útil, pero no basta.
Más allá de tales aprensiones, o como expresión retozona de ellas, ya se conoce la Cumbia del tapabocas que hizo un grupo musical de San Luis Potosí. Y también, en ritmo de rap, mejor producido y más politizado, el video Ponte tapabocas. Están en YouTube y se pueden mirar… sin tapabocas
Asombros en la emergencia
Texto publicado en emeequis
A lo que nadie ha sido inmune es a la avalancha de datos, avisos, alarmas. Días enteros delante del televisor, al lado de la radio, enganchados a la computadora –a veces todo al mismo tiempo– y somos improvisados pero constantemente actualizados expertos en asuntos epidemiológicos.
A los auténticos especialistas, que transitan con estoicismo de un programa televisivo a otro, los hemos visto más que a cualquier estrella de telenovela. Armados de paciencia indestructible, responden una vez y otra también a las mismas, machaconas dudas. Lavarse las manos, prohibirnos los besos, evitar aglomeraciones… Si las llamadas a radiodifusoras y televisoras proclaman las mismas incertidumbres, es porque no toda la gente está adosada a los medios o, acaso, porque escuchar reiteradamente la cantinela preventiva es una manera de admitir una realidad que abruma y trastorna. Es un recurso para sabernos parte de una pesadilla real y no de un mal sueño del que quisiéramos despertar en cualquier momento.
Nos intoxicamos de información porque el estupor no lo aliviamos con las certezas que da la ciencia. Enorme la sorpresa de sabernos población en riesgo de esta epidemia, tratamos de encontrar explicaciones que no surgen con la sencillez y rapidez que necesitamos. Y no aparecen esas explicaciones porque no las hay del todo, ni siempre a tiempo. Se sabe de qué virus se trata, a dónde viaja, de qué manera se propaga. Conocemos las normas básicas para evitarlo. Pero una semana después de que se desató la alerta seguíamos ignorando si estábamos en la cresta o el ocaso de la infección. Había versiones contradictorias sobre los plazos de la incubación. Persistían las dudas iniciales sobre la eficacia de la vacuna del año pasado –no se puede afirmar que ayuda pero tampoco que no lo hace, dictaminaron salomónicos y sin duda justos los epidemiólogos–.
Y recorría tertulias de Internet así como los asombrados medios internacionales una pregunta incómoda: ¿por qué todas las víctimas iniciales –las únicas hasta varios días después de que se declaró la emergencia– son mexicanos? Es la pobreza, fue el diagnóstico meridiano. Si esa es la respuesta, ofrece márgenes no solamente para lamentarnos por nuestros muchos atrasos sino además para la discusión y la impugnación política. Después de todo, y eso no lo difumina ni siquiera la emergencia sanitaria, estamos cerca de las elecciones federales.
La conmoción trastoca inercias también en el mundo político. El partido que más podría aprovechar la inminencia de los comicios para cobrarle en ellos al gobierno una presunta ineficacia en la atención a la epidemia, sugirió que las elecciones de julio fueran aplazadas. El PRD se comporta con responsabilidad, aunque no faltará quienes supongan que con el aplazamiento trataría de colocarse en medio del PAN acosado por la emergencia y el PRI que reivindica tiempos pasados como si allí estuviera la mejor solución a esta contingencia.
La sensatez resplandeció por varios días en el escenario político. Dirigentes y legisladores se abstuvieron de la cháchara aturdidora y las insidias mutuas que suelen propalar. Es un tanto ingenuo esperar que estas enseñanzas de la epidemia fuesen aprovechadas por nuestra llamada clase política pero la esperanza nunca se esfuma del todo. En estos días difíciles, al menos en la primera fase de ellos, la prudencia de los partidos, la respuesta del gobierno –que puede haber tenido insuficiencias pero que ha sido esforzada y persistente– y la disciplina temerosa pero consciente de la sociedad, articularon una cohesión pocas veces vista en nuestra historia reciente.
No sólo hemos sabido privilegiar un asunto fundamental por encima de numerosas diferencias. Antes que nada, hay una respuesta ordenada y amplia. Quizá el tapabocas no es del todo indispensable, como supimos más tarde. Pero la enorme cantidad de gente que se lo impuso, sin duda movida por el miedo pero también como señal de identidad común en la emergencia, confirma esa capacidad para la cohesión. Y los tapabocas decorados, coloridos y juguetones que hemos visto por las calles, son carcajada optimista que también forma parte de las defensas necesarias ante la influenza.
Para compromiso el que han mostrado médicos, enfermeras y el personal de servicios de salud. Hay excepciones lamentables, sí. Por encima de ellas y a pesar de carencias ingentes y del omnipresente miedo, están haciendo su trabajo. De eso se trata: que cada quien haga lo suyo y que haga lo posible por hacerlo bien.
Eficacia mediática
¿Qué debieron haber hecho los medios de comunicación ante la emergencia sanitaria? Para responder a esta pregunta sin voluntariosas ideologizaciones es preciso recordar que los medios, antes que nada, tendrían que ser instrumentos de servicio público. Son canales de mediación entre el Estado y la sociedad y, desde luego, entre los variados segmentos que conforman a esa sociedad. Son además espacios de información, entretenimiento, a veces de educación, etcétera. Pero todo ello se supedita a esa función primordial de servicio público.
Así que, en aras de tal servicio, ¿qué deberían haber pretendido los medios de comunicación? La respuesta no es difícil. Si nos encontrábamos ante una epidemia de alcances desconocidos e inicialmente delante de un virus que era –y en alguna manera sigue siendo– también impredecible, la prioridad de los medios era comunicar a la población las dimensiones mayúsculas del problema. De la misma manera, tenían que informar –e instruir– acerca de las medidas que la gente debe tomar para prevenir el contagio.
Esos deberes, los medios los han cumplido de manera notablemente organizada. A una semana de que comenzó la emergencia se puede asegurar que los mexicanos nos enteramos con rapidez de la epidemia. En pocos días la cultura de la protección sanitaria, desde luego acicateada por el miedo, ha permitido que nos resguardemos y ya todos conocemos los síntomas que hacen necesario acudir de inmediato a los servicios de salud.
La manera como distintos medios han presentado las informaciones acerca de la epidemia indican estilos, sesgos y enfoques varios. Pero en términos generales, sería mezquino regatearles a la televisión, a la radio y a la prensa, el papel de comunicación que han cumplido con eficacia. Algunos han exagerado más que otros pero, en ese panorama general, las descripciones altisonantes, la tentación del estruendo y las imágenes lastimeras quedaron en segundo plano. Las explicaciones a cargo de médicos especializados en epidemias han acaparado los segmentos dedicados a ese tema. Tanto en noticieros como en espacios habilitados de manera extraordinaria, las televisoras y radiodifusoras han sido puentes entre los expertos y el resto de la sociedad.
La información acerca del desarrollo de la epidemia ha resultado, esa sí, errática y confusa. Las contradicciones en los datos que comenzó a ofrecer hace varios días el secretario de Salud, así como los vacíos que se mantienen en algunos temas relacionados con los efectos del virus porcino, han desconcertado a no pocos ciudadanos. Los medios, al repetir esa información y sobre todo al prescindir del escaso contexto que le daban las autoridades, contribuyeron a esa confusión.
Pero esos tropiezos han sido parte de un aprendizaje colectivo. El secretario José Ángel Córdova ofrecía algunos días datos de enfermos y defunciones fehacientemente causados por el virus y, en otras ocasiones, se refería a casos aún no comprobados. Por lo demás, ese funcionario ha exhibido una paciencia extraordinaria, requerido día y noche no sólo por los medios sino por otras obligaciones.
El gobierno ha difundido la información a su alcance, desde que la tarde del jueves 23 entendió la gravedad de la epidemia. Puede discutirse si ese reconocimiento lo hizo a tiempo, o no. Pero en cuanto así fue, aunque tuviera que suceder casi a media noche, se anunció la suspensión de clases en la ciudad de México.
Los medios han permitido entender –hasta donde es científicamente posible– la situación de la epidemia y en ellos los ciudadanos han aprendido cómo cuidarse. Ese diagnóstico no les gustará a quienes consideran que el análisis crítico de los medios debe estancarse en la denostación permanente. Tampoco les agradará a quienes creen por principio que este gobierno es incapaz de cumplir con sus obligaciones.
Los medios de comunicación, siempre en una apreciación general, han eludido también la seducción del rumor y la especulación. En los días recientes han circulado por Internet versiones disparatadas, que nunca faltan pero que ante la emergencia epidemiológica resultan más irresponsables que de costumbre. Si alguien quiere creer que el virus H1N1 fue propagado intencionalmente para que dejáramos de prestar atención a la aprobación de algunas leyes en el Congreso (¡como si a la sociedad le interesara tanto lo que hacen los legisladores!), o para que hagan negocio las empresas farmacéuticas, o como resultado de una aviesa conspiración de Obama, Sarkozy y Calderón para atajar la crisis de la economía mundial (¡como si a Wall Street le sirviera de algo el cierre de restaurantes, el quebranto del turismo y el miedo en la ciudad de México!) ese es asunto de cada quien. Pero si a causa de esas versiones inverosímiles hay quienes consideran que las medidas de prevención son innecesarias, entonces los rumores habrían tenido un efecto potencialmente criminal. Los medios de comunicación no han contemporizado con esa desinformación.
Eso no significa que todo lo hayan hecho bien. Les ha faltado iniciativa, sobre todo para hacer periodismo de investigación aunque ese es un problema permanente de los medios en México. Los conductores han tenido que improvisarse, no siempre exitosamente, como conocedores aunque sea superficiales de epidemias y providencias sanitarias.
La interlocución que entablan con sus audiencias es solamente excepcional y transcurrida la emergencia, la mayor parte de los medios volverá a la unilateralidad de siempre. En esta experiencia todos los medios, pero especialmente los de índole no comercial, podrían encontrar un rumbo que hasta ahora ha sido infrecuente. Los espacios radiofónicos del IMER, los programas especiales de Canal 11, las mesas redondas de TV y Radio UNAM, han sido oportunidades para hacer una comunicación de servicio público.
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Medios ante la influenza / Blog de la AMEDI
La Asociación Mexicana de Derecho a la Información, AMEDI, ha abierto un blog para discutir, intercambiar experiencias y expresar inquietudes y hallazgos acerca del desempeño de los medios de comunicación ante la epidemia de influenza. Se encuentra en este domicilio:
http://mediosantelainfluenza.wordpress.com/
Se puede participar de dos maneras. La primera, es colocando comentarios a las entradas que ya existen y las que iremos agregando. La otra, consiste en enviar un texto al correo blogamedi@gmail.com para que lo insertemos como nueva entrada en el blog.
Ojalá nos ayuden a dar a conocer la existencia de este espacio reenviando este mensaje a sus contactos de correo electrónico.
Primeras lecciones
El miedo, en sociedad, se nutre de la ignorancia, de lo incontrolable y de lo imprevisible. Por eso ha resultado fundamental que ante la epidemia de influenza se reiteren una vez y muchas más las explicaciones necesarias: cómo actúa el virus, qué síntomas lo evidencian, cuándo hay que ir al médico, qué capacidad curativa tienen los fármacos sugeridos.
El desconocimiento inicial del virus que se estaba enfrentando redobló los temores porque sin haber identificado la cepa era imposible combatirla. Entre el anuncio del gobierno federal para suspender actividades escolares la noche del jueves y la noticia de que se trata de un virus de origen porcino transcurrió casi todo un largo, desconcertante día.
En los días siguientes no han faltado sobresaltos pero a pesar de precauciones inéditas, de la cancelación de buena parte de la vida social y la abolición de formas de afecto que son parte de la idiosincrasia nacional, no hemos tenido más que esperar la evolución de la epidemia. Nuestra ignorancia ha estado acotada por explicaciones reiteradas. La decisión para suspender actividades y poner en práctica medidas de emergencia sanitaria no debe haber resultado sencilla y allí se puede identificar un acierto del gobierno federal. Lo contrario, podría haber resultado catastrófico. A la administración del presidente Calderón se le pueden formular numerosos reproches. Pero en este caso, hasta donde puede apreciarse, ha tenido decisiones a tiempo y ha informado con claridad.
Las instituciones de salud, aunque limitadas por viejas carencias presupuestales, están actuando de manera organizada. Los médicos en todas ellas actúan con responsabilidad. Los avisos de la autoridad federal llegan a tiempo a los ciudadanos. Indispensables o no, la gran mayoría se incorporó a la cultura de los tapabocas que al menos dan testimonio insoslayable de la emergencia y su respuesta generalizada. Las decisiones de la autoridad local quizá arrancaron con lentitud pero son evidentes y se cumplen a pesar de los costos que impliquen como ayer cuando el gobierno del DF dispuso la suspensión del servicio en los restaurantes.
Nada de eso debiera sorprendernos, pero en un contexto de frecuente ineficacia de las instituciones públicas, de distanciamiento entre el poder político y la sociedad, de insuficiente coordinación entre gobiernos federal y locales y sobre todo de inagotable politización de cualquier asunto, la respuesta ante la epidemia ha resultado meritoria.
El gobierno federal informa y la sociedad, en términos generales, atiende y entiende. Los dirigentes políticos –ni modo, con excepciones– evitan la ideologización vulgar y se cuidan de achacar culpas o reprochar deslices en el comportamiento de las autoridades. Ayer los senadores, muchos de ellos con cubrebocas, desahogaron parte de sus muchos asuntos pendientes –entre ellos la ley de salarios máximos para los funcionarios– sin caer en la tentación de reprochar a sus adversarios políticos la propagación de la influenza. Los medios de comunicación, salvo unos cuantos, han eludido el tremendismo y ofrecen información a pasto, modifican sus formatos para atender dudas de la gente, cumplen con sus obligaciones de servicio público.
Con todo y el miedo que carga a cuestas y sin librarse de él, las instituciones políticas y la sociedad encontraron una causa común y actúan, cada cual en sus respectivos ámbitos, para alcanzarla. Detener la epidemia, salvarnos de la enfermedad, atender los casos ya declarados y evitar el contagio, se convirtieron en prioridades cohesionadoras de un empeño pocas veces visto. En el transcurso de estos días extraños la demagogia y el convenencierismo de los políticos, las animadversiones que suelen encrespar el espacio público y el desprecio de los medios por sus públicos quedaron desplazados por esa causa común que es la atención a la emergencia.
El Estado funciona, a pesar de los precipitados agoreros que diagnosticaron su agonía. Más aún, los ciudadanos queremos un Estado que funcione. Y nadie, o casi nadie, se inconforma con ello. Y es que aun cuando tengamos información capaz de atajar nuestra ignorancia ante la epidemia, necesitamos instituciones para dominar lo que de otra forma sería incontrolable. Esos, información y gestión gubernamentales, han sido recursos para circunscribir al miedo. Aún hay factores que hoy sabemos imprevisibles. El temor no desaparece. Pero estamos logrando entenderlo.
ALACENA: Besos, ni siquiera en tele
La emergencia sanitaria llegó a las telenovelas. Los productores de Mañana es para siempre, que se transmite en Televisa, anunciaron que restringirán las escenas en donde haya contacto físico entre los protagonistas y evitarán las escenas con besos. Pero no es para evitar que, ante los arrumacos que se prodigan los personajes de esa serie, los televidentes quieran imitarlos. El propósito es proteger a los actores de posibles contagios entre ellos mismos.
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