Estampas en Bogotá

La Crónica, 3 de octubre de 1999

Desde el aire, Santa Fe de Bogotá no aparenta los 8 millones de habitantes que dicen que tiene. Una planicie acotada por cerros como los de Monserrate y Guadalupe (un kilómetro más altos que los 2600 metros a los que se encuentra esta capital respecto del nivel del mar) deja ver una ciudad mediana, rodeada de frescas parcelas, verdecidas por las lluvias recientes. Pensamiento instantáneo: una nación tan bella no merece sufrir tanto.

A la defensiva, los bogotanos responden mecánicamente a las previsibles inquietudes del forastero. No es para tanto, aseguran. No estamos inundados por el crimen como dicen. Esa muralla de recelo y orgullo se derrumba a las primeras preguntas.

Sobre los pequeños montes y atrás de ellos, crecen los villorrios más pobres. Dicen que por allá están las zonas de más riesgo. Pero los habitantes de esta ciudad no suelen admitir que se trata de una ciudad peligrosa. “Puras exageraciones” replican sonrientes e, invariablemente, refieren casos de éxito deambulatorio. “El otro día me fui caminando diez cuadras hasta mi casa y no me pasó nada”; “hace meses que transito por aquí y jamás…”; “si no te pones nervioso no te asaltan”. La ciudad no es tan peligrosa pero no pases por la calle tal, y al centro ni te acerques, previenen.

El paisaje urbano es notablemente parecido al de la ciudad de México. Camionetas atestadas de pasajeros, calles de tanto tránsito que todo el día es de horas pico y una arquitectura que entremezcla épocas y necesidades sin ton ni método. Una profesora de Comunicación viaja con frecuencia a la capital mexicana y establece contrastes: “Sí, se parecen, pero la ciudad de México es muy limpia. Y tiene mucha vigilancia. Se ve que allá sí hay seguridad. Por doquier encuentras policías. Aquí nunca los hallas, sobre todo cuando hacen falta”.

Los días de nuestra visita en la capital colombiana, el presidente Andrés Pastrana está en Washington negociando nuevas ayudas del FMI y el Banco Mundial. Acabará logrando aportaciones de entre 2 mil y 3 mil millones de dólares. A este país no le sobran los recursos. Este año, el PIB colombiano habrá caído entre 4 y 5 por ciento. Sin embargo, la reacción en la prensa y entre ciudadanos de Bogotá es de rechazo a las gestiones de su Presidente. “Nos está vendiendo”, “con Clinton se portó como un finquero que pone a remate su hacienda”, “es un paso más del gobierno neoliberal…”

La económica, es la crisis menos grave. La violencia política y social es la amenaza cotidiana con la que viven los colombianos. Refiere la dirigente de un grupo ciudadano: cada año, por motivos políticos, son asesinadas 3 mil personas, de las filiaciones y orígenes más diversos. Todos matan a todos: grupos guerrilleros, el Ejército, grupos paramilitares, lo que queda del narco. Pero más que entre sí mismos, asesinan a gente que no tiene qué ver con ellos. No son muertes selectivas, o resultado de la venganza entre unos y otros. Todos podemos ser víctimas –asegura–.

Las muertes también son colectivas. Entre 1995 y mediados de 1998, la Defensoría del Pueblo de Colombia documentó 708 masacres en 27 de los 32 departamentos, con un saldo de más de 3 mil 300 personas asesinadas.

Nadie sabe quién es quién en esta guerra, explica un profesor de periodismo de una universidad en Cali. Tenemos dos guerrillas; cerca de 10 grupos paramilitares a veces auspiciados por el Ejército y en otras ocasiones, por finqueros y gente de recursos; está el Ejército mismo y además los cárteles del narcotráfico. Todos, son fuente de violencia.

A veces las muertes son largamente –sádicamente– anunciadas. Llegan en mensajes anónimos, por teléfono, aparecen en bandos colocados en las calles y ahora, también por la Internet. Son amenazados alcaldes, maestros, médicos, empresarios, dirigentes de agrupaciones civiles. No les exigen nada a cambio de su vida, simplemente les avisan. Nunca saben si es en serio, o si seguirán viviendo con la incertidumbre de padecer un atentado en cualquier momento.

¿Quiénes son los amenazados, con qué criterios los seleccionan, por qué y para qué? Nuestras preguntas parecen ingenuas delante de una extendida sinrazón que no admite interpretaciones lógicas. Paciente y generosa, una periodista de Medellín nos explica: todos pueden aparecer en las listas, toda persona que medio sobresalga del montón, por interesarse en asuntos de interés colectivo.

“Apenas alguien asoma la cabeza, se la cortan”. La frase, es lugar común en las explicaciones que encontramos sobre la muerte rampante y extendida.

En los últimos años han sido asesinados 125 periodistas. Recientemente causó singular dolor el crimen de Jaime Garzón, cuyas sátiras no dejaban a salvo a nadie y que era uno de los personajes más conocidos en la radio y la televisión colombianas. Garzón no tenía simpatías políticas especialmente definidas, pero solía ayudar a las víctimas de los frecuentes secuestros que perpetran fuerzas de todos los colores y tendencias. Auxiliaba en las gestiones para liberarlos y confortaba a los familiares de los secuestrados. Poco antes de ser asesinado, a mediados de agosto, Garzón se había preocupado por el secuestro de tres policías. Aparentemente, esa inquietud detonó la decisión para matarlo.

Los noticiarios en televisión tienen una sección de crímenes políticos, de los cuales dan cuenta de manera rutinaria. Pocos se asombran ante el rosario de nombres, rostros y hechos alrededor de los muertos del día. Campesinos en una comunidad del interior, funcionarios de un ayuntamiento, presuntos o auténticos guerrilleros… parece que la capacidad de asombro se perdiera ante escenas que se repiten una vez y otra y uno se pregunta cuántos de esos crímenes, junto con los propósitos vindicativos que pueden tener, buscan el diario espacio mediático que los proclama como eslabones de una violencia interminable.

Hace algunas semanas varios canales de televisión, preocupados por la propagación de la violencia, resolvieron que las escenas de crímenes, especialmente de carácter político, las presentarían únicamente en blanco y negro. Las pantallas se llenaron de imágenes macilentas, cuyo dramatismo no era menor a las que antes aparecían en todas sus tonalidades. El experimento duró poco tiempo. Los crímenes recuperaron el color en la televisión colombiana.

Relatos de sobremesa. Hace poco, un escritor de Bogotá se dio cuenta de que un libro suyo había sido publicado en una ciudad del interior… pero con otro nombre. Decidió ir a reclamarle personalmente al suplantador y a enderezar una denuncia judicial. Cuando lo encontró, llamó a un par de policías para remitirlo a una delegación. Allí comenzó el viacrucis de ambos. “¿Qué hacemos señor, lo liquidamos de una vez?”, ofrecieron los agentes. Para sorpresa del escritor, le estaban proponiendo matar por una modesta cuota a quien se había apropiado de su libro. No es para tanto, pensó y en vez de denunciante, se convirtió en defensor del plagiario literario que a su vez, ahora era rehén de los policías. La negociación duró varios días. El escritor gestionó el pago de un rescate y así logró la liberación de quien le había robado el libro. Ahora son amigos.

Otro, es el drama de los desplazados. Los grupos guerrilleros que consolidan zonas libres de la supervisión del Ejército, las gavillas de “autodefensas” que asumen el control en otros sitios, las fuerzas armadas y el miedo a caer en manos de unos u otras, llevan a millares de colombianos a migrar a veces sin destino claro, pero con tal de salvar la vida. Se estima que hay un millón 300 mil desplazados, cantidad por sí sola enorme pero que se magnifica si se considera que en Colombia hay unos 42 millones de habitantes. Cada día, en promedio, 500 colombianos abandonan tierra, vivienda y pertenencias, llevados por el miedo. Muchos de ellos, se van a vivir a los suburbios de Bogotá, ciudad en donde la violencia es notablemente menor que en el resto del país.

También aumentan los exiliados. Profesionistas, funcionarios, escritores, artistas, apenas tienen oportunidad se van al extranjero, sobre todo cuando han sido amenazados. Presenciamos una conversación entre profesores que se reencuentran después de algún tiempo sin verse. “¿Fulano? Ahora vive en París, consiguió una beca”. “¿Mengano, aquel tan simpático? Estaba en las listas. Se fue a Caracas”. “Zutano, siempre tan agudo? Lo mataron el mes pasado”.

Uno no se acostumbra a estas cosas, dice una atribulada profesora de sociología de negrísimos y desesperanzados ojos: “Nunca. Lo peor son los sepelios. Cuando te dicen que alguien murió, lo primero que piensas es en el velorio. Otra vez. Tantas veces”.

En enero pasado, se iniciaron pláticas de paz entre el gobierno de Pastrana y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, uno de los dos grupos que se mantienen en la guerrilla y que se levantaron en armas hace 35 años. Los encuentros han sido desiguales e interrumpidos en varias ocasiones (es posible que este domingo, 3 de octubre, se reanuden nuevamente). Las FARC sin embargo, mantienen las hostilidades y contribuyen a la cuota diaria de víctimas de esta guerra de frentes múltiples y coordenadas extraviadas.

Otro grupo guerrillero, el Ejército de Liberación Nacional, exige participar en las conversaciones de paz. Para presionar, practica frecuentes secuestros. El 30 de mayo más de 140 personas fueron plagiadas en una iglesia en Cali. La mayor parte han sido liberadas a cuentagotas y como resultado de negociaciones caso por caso. Hasta la fecha, hay todavía 31 rehenes. El 12 de abril el ELN secuestró a 41 pasajeros de un avión de Avianca, de los cuales 16 siguen en su poder. También conserva a nueve socios de un club de pesca de Barranquilla, plagiados en julio.

“La pesca milagrosa”, le dicen los colombianos a la cosecha de rehenes a cargo de la guerrilla. Con frecuencia, afuera de las ciudades importantes, esos grupos colocan retenes. A veces piden peaje. En otras ocasiones, seleccionan allí a sus próximos capturados. En algunos casos buscan canjearlos por prisioneros en poder del gobierno. La mayor parte de las veces, piden dinero a cambio de liberarlos. “Dicen que hacen eso por las pláticas (de paz)”, ironiza un periodista. “En realidad es por la platica” (es decir, sin acento, por la plata) añade, sarcástico.

Un estudiante de 18 años, comparte reflexiones familiares: “Mi padre me cuenta que hace tres décadas, la guerrilla sí tenía demandas. Peleaban por la gente, a favor de los pobres. Ahora parece que sólo se dedican a hacer negocio. Secuestran aparentemente por motivos políticos, pero todo lo resuelven a cambio de dinero”.

Lo leí en una reciente crónica de Juan Cruz en El País, pero ahora constato la costumbre de los colombianos para entonar su himno nacional a cada momento. Aún en la inauguración de un evento académico, se escuchan las estrofas escritas en 1887 por Rafael Núñez: “¡Oh gloria inmarcesible!/ ¡Oh júbilo inmortal!/ En surcos de dolores/ El bien germina ya. / Cesó la horrible noche/ la libertad sublima/ derrama las auroras/ de su invencible luz/ la humanidad entera/ que entre cadenas gime/ comprende las palabras/ del que murió en la cruz”.

La noche, sin embargo, no ha sido exorcisada ni siquiera a fuerza de cánticos patrióticos. No todo es violencia en Colombia. Bogotá es una ciudad intensa en el fárrago urbano, en el empeño de la gente que trabaja, vive, se apasiona y ríe. Los centros comerciales están atestados y algunos son de un lujo californiano. Las jóvenes bogotanas, de una hermosura delicada y perentoria, se pasean alevosas y con prisa. La cantante Shakira, una fresca muchacha de 22 años, es casi heroína nacional ahora que sus interpretaciones se escuchan en todo el Continente y nadie le reprocha que resida en Miami. En los días de nuestra visita, uno de los temas de mayor preocupación y polémica era la posibilidad de que Bogotá no fuera sede de la selección nacional de futbol (lo cual no ocurrió). No todo es violencia, pero el miedo tiende una cortina que ensombrece la vida de todos y aparece en cualquier conversación.

Un profesor de la Universidad Autónoma de Colombia, sintetiza con amargura la desolación nacional: “Antes, los hijos enterraban a sus padres. Ahora, los padres entierran a sus hijos”.

Cuando los mexicanos decimos que nuestro país se está “colombianizando”, no sabemos de lo que hablamos.

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