El disciplinado periodismo de Carlos Pereyra

Participación en el homenaje a Carlos Pereyra en el décimo aniversario de su muerte, realizado en junio de 1998 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Escrupulosidad, agudeza y responsabilidad: esas eran tres claves que podían apreciarse en la mirada de Carlos Pereyra sobre la actualidad política de nuestro país. Lo mismo en el ensayo de alcances académicos pero de intención polémica que en el texto periodístico de vigencia efímera aunque de contundencia coyuntural, Pereyra se distinguía y mantenía lectores gracias a un estilo cuidadoso. Las afirmaciones drásticas son escasas en su obra, aunque no por ello sus diagnósticos, ni sus juicios, carecían de energía. En vez del golpe retórico a partir de una adjetivación perentoria, Pereyra prefería la construcción meticulosa de argumentos afianzados en hechos, datos, declaraciones, estadísticas: el estudio concreto de la realidad concreta, como dirían los clásicos de antes, pero con un marco conceptual ajeno a dogmatismos y a rigideces metodológicas.

   Ese estilo contrastaba con la grandilocuencia y la pobreza analítica de la pretendida crítica política que estuvo de moda durante varias décadas en la prensa mexicana, confundida entre palabrería rimbombante y el chismerío y la sentencia sumaria para eludir el camino más difícil, aunque más creativo, de la reflexión.

   Abundantes en la prensa, tampoco la academia ha escapado a esas simplificaciones en el análisis de las circunstancias políticas, lo mismo en el examen histórico que en el estudio de la actualidad. Con frecuencia, el análisis político desde los recintos universitarios se ha quedado en las nubes de especulaciones tan distantes de la realidad que sólo describen grandes e inasibles trazos o, peor aún, tendencias que no son necesariamente documentables con hechos y con datos. En el extremo contrario, a veces pasan por académicos ciertos intentos de revisión que no son mas que amontonamiento de frases y citas acerca de procesos sociales cuyas inflexiones y complejidades, no se reconocen en tales estudios.

   En el terreno del análisis político, en obras colectivas de coyuntura y en sesiones auspiciadas por instituciones como esta misma Universidad Nacional, el denuedo crítico a la vez que circunspecto de Pereyra, llegaba a ser anticlimático frente a quienes a veces querían resolver desde el cubículo o el seminario dilemas que eran más bien del terreno de la acción política. Pero no estaba exento de entusiasmo crítico, simiente siempre de la reflexión creativa, ese afán suyo para para examinar, verificar y volver a someter a contrastes las afirmaciones más terminantes, a la usanza de tantos veredictos instantáneos con los cuales, con tanta frecuencia, desde la academia se pretende reprender y así rectificar a la realidad.

 

Prensa comodina y previsible

Por muchos años y todavía cuando a comienzos de la década de los setenta Pereyra incursionaba como articulista en la prensa de la ciudad de México, el comentario político todavía era considerado como aderezo prescindible y, en el menos peor de los casos, material de consulta ajeno a la dinámica y los intereses de la mayor parte de los diarios. Era costumbre precautoria y comodina, que los artículos políticos se redujeran a la opinión personal, repleta de dictámenes subjetivos, de quienes entendían el oficio de comentarista como el de etiquetador de absoluciones y condenas. Las más de las veces, desde luego, las primeras se referían al partido en el gobierno y las otras, a personajes secundarios de la política oficialista o, mejor, a personajes de las débiles oposiciones que había entonces. La figura presidencial no era, como con tanta inercia se dice, intocable: al titular del Ejecutivo se le podía mencionar, adjetivar y discutir pero para ensalsarlo como personaje y como institución. Pocos autores y poquísimas publicaciones de aquellos años, escapan a tan reverenciales costumbres.

   El comentario político en ese tiempo era entendido como espacio de ratificaciones. El poder era bienhechor, las instituciones inquebrantables, el pueblo sencillo y esforzado, la prensa emancipada y comprometida. Incluso los articulistas más alejados de esa tradición lisonjera, tenían que hacer esfuerzos de imaginación y picardía para manifestar una aunque fuese tenue distancia respecto de aquellos hábitos en el supuesto análisis político.

   Esa era la tradición periodística delante de la cual Pereyra y varios autores más de su generación, participaron en diarios y revistas no sólo para dar sus versiones del país, sino también para iniciar la construcción de un tono diferente en el comentario político. No queremos decir que en la prensa de los años sesenta y en los inicios mismos de los setenta no existieran plumas críticas, pero eran realmente pocas y a menudo, esporádicas y/o aisladas.

 

 

 

Prédicas y aplausos

en vez de análisis

Ya hacia fines de los setenta y en el decenio siguiente, se va afianzando un periodismo en donde el talante crítico no es excepción sino característica integral en nuevas y renovadas publicaciones. En varias de ellas, la participación de Pereyra despunta porque, cada vez con mayor intencionalidad, ubica su examen político dentro de una concepción del país que describe y del que quiere contribuir a levantar. La prédica o la admonición están fuera del periodismo que practica, a diferencia incluso del tono que van asumiendo otros articulistas en varias de las publicaciones en las que Pereyra participa.

   La prensa mexicana comenzó a cambiar y junto con ella, el análisis de la realidad política. Pero no puede decirse que hayan sido en todos los casos, quizá ni siquiera en su mayoría, cambios en beneficio de la racionalidad analítica y de la madurez ciudadanas, Comenzó a ocurrir un desplazamiento relativamente rápido y desde luego contrastante respecto de la situación anterior, entre un periodismo de opinión que estaba o se desvivía por estar mimetizado con las inclinaciones del poder político y un periodismo que encuentra mucho más lucrativo distinguirse del poder gracias a una crítica elemental y catártica. A Pereyra, en sus últimos años, le tocó presenciar y en alguna medida padecer las pobrezas de ese nuevo giro que se fue abriendo paso especialmente en las páginas de la prensa más crítica respecto de las tradiciones políticas en México.

   Las simplificaciones nunca han sido útiles para describir y menos aún explicar al poder y a sus relaciones con la sociedad en México. Luego, conforme el sistema político y también la sociedad mexicana se han vuelto más complejos, el análisis de lo que hacen y se proponen hacer tendría que haberse vuelto, también, más complejo. Sin embargo, los analistas no siempre han querido o han podido hacerse cargo de esa densidad del entramado político ni de la diversidad de condiciones, circunstancias, expectativas y aspiraciones que hay en la sociedad mexicana.

   Lo más sencillo, pero a veces también lo más taquillero, ha sido resolver cada asunto con una retahíla de lugares comunes capaces de responder a las veleidades de la llamada opinión pública o incluso, de contribuir a moldearla. Cuando el escritor político abdica de la reflexión con tal de congraciarse con los lectores, entonces en vez de análisis ofrece ocurrencias, aplausos o reconvenciones. El analista político, o el autor que se ampara tras ese título, se convierte en una suerte de meteorólogo al revés: en lugar de predecir el estado del tiempo, califica o desautoriza según el estado de ánimo que identifica en sus públicos. Hay poca diferencia, a final de cuentas, entre ese servilismo a las opiniones de moda con tal de mantener bonos altos entre los lectores y el antiguo servilismo que sólo se preocupaba de granjearse la aquiescencia del casi único lector –y patrocinador–  que entonces tenía la prensa mexicana, que era el gobierno.

 

Más allá del alineamiento

maniqueo. En busca del matiz

La manera más fácil de allanarse a la opinión o a alguna de las opiniones de moda, consiste en reducir el análisis a consideraciones maniqueas. Un partido político puede ser noble y tenaz para algunos y arribista y provocador para otros, pero pocos se preocupan por entrar al examen de su conducta en cada caso para hallar los contraluces que auténticamente lo definen. Un movimiento contestatario, será considerado encomiable y bueno por los nuevos guardianes de la llamada sociedad civil (aquí empleamos el término en el sentido peyorativo que le han conferido quienes se erigieron en sus protagonistas y beneficiarios, no en la acepción a la vez rigurosa y amplia de sociedad civil que propagó Pereyra). Ese mismo movimiento, será amenazador y malo para quienes se mimeticen con la óptica gobiernista, a veces tan intemperantemente que resultan más oficialistas que La Hora Nacional en sus peores épocas.

   Frente a ese alineamiento maniqueo, tan frecuente a partir de los años ochenta, Pereyra se empeñó por mantener una posición crítica tanto de la mitificación societal-civilista, como del ensalsamiento autoritario. No buscaba aplausos, sino contribuir a establecer explicaciones. Si en sus artículos se ocupaba de una lucha sindical, no se quedaba en el predecible vituperio al charrrismo atávico, pero tampoco en el panegírico de los sindicatos que rompían con los viejos esquemas. Si escribía del PRI, iba más allá de la manida caracterización del partido de Estado y llegaba a reconocer afluentes populares en el sostenimiento de esa agrupación. Si de las izquierdas, reconocía su tenacidad pero discutía inconsecuencias.

   Evidentemente, no era un estilo analítico que le valiera aclamaciones numerosas y menos aún unanimidades. Pero en el trabajo de Pereyra y a diferencia de tantos otros escritores políticos en el último cuarto de este siglo, es posible advertir una consistente, obsesiva incluso, búsqueda de la complejidad propia de cada acontecimiento, por local, momentáneo o nimio que pareciera ser.

   Identificar los grises que abundan en la realidad, era el camino para no quedarse en el facilón aunque analíticamente pobre allanamiento al blanco o al negro. Presentar los matices de los hechos sociales, era finalmente más útil que el comentario espectacular. No había en ese método falta de pasión, ni de convicciones sino al contrario: junto con la toma de posición que implicaban su perspectiva y su juicio sobre los acontecimientos, Pereyra persistía en su convicción por la claridad.

   Hace diez años, poco después de su muerte, escribí que: “Pereyra no buscaba la a veces fácil simpatía del lector, sino compartir sus reflexiones. Era incapaz de ofrecer solidaridades incondicionales (que hubieran implicado una abstinencia crítica) pero su contribución a la democracia mexicana y a luchas sociales muy específicas llegó a resultar más útil que los acríticos y pasajeros aplausos con que muchos comentaristas o dirigentes políticos suelen resolver sus adhesiones públicas. Los artículos periodísticos de Carlos, más que sus ensayos, llegaban a estar matizados por un estilo peleonero, pero es imposible encontrar en ellos arengas facilonas o consejos paternalistas”.

  Tengo la seguridad de que si escuchara estos comentarios, El Tuti daría una honda bocanada al cigarrillo, miraría con punzante profundidad y por unos segundos al autor de estas opiniones y diría, con incuestionable certeza, igual que todo el mundo el día de hoy, que mejor sería hablar de futbol.

Raúl Trejo Delarbre  

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