Carlos Castillo Peraza

Publicado en La Crónica en 10 de septiembre de 2000

Para Carlos Castillo López

Carlos Castillo Peraza fue un hombre de ideas y –como todos aquellos que se comprometen vehementemente con sus ideas– también un hombre de afectos, pasiones y compromisos intensos.

No era un personaje que, a la usanza de la anodina tradición política mexicana, dijera a medias sus verdades. Hablaba y escribía directa, contundentemente, lo cual le valió no pocas discordias sobre todo entre quienes no podían contender con sus argumentos drásticos y sólidos.

Pero esa manera categórica de decir y discutir, no le impedía a Castillo Peraza contemporizar, en el trato personal, con quienes discrepaba. No sólo hablaba de tolerancia: la practicó sin concesiones pero sin regateos, entendiéndola como construcción de puentes para el diálogo, en el respeto y el reconocimiento de los otros –lo cual implica, siempre, admitir que ni nosotros, ni nuestros puntos de vista, son los únicos posibles–.

Fue un hombre de ideas perentorias pero nunca dogmáticas, de las cuales se podía disentir –y mucho, a veces–; de amistades entusiastas y cálidas que sus amigos conocieron en el debate y la tertulia. De convicciones políticas sólidas pero jamás imperiosas, Carlos Castillo Peraza fue un mexicano comprometido con la verdad.

Su muerte en Bonn, Alemania, anunciada ayer al mediodía, es muy sorpresiva.

Carlos Castillo Peraza, que hacía poco cumplió 53 años, tenía proyectos, vitalidad y sueños profusos. El primero de mayo de 1998 tomó la, para todos quizá excepto él mismo, imprevista decisión de renunciar al Partido Acción Nacional en donde había vivido tres décadas y media, desde los 15 años. Desde entonces se dedicó a promover la reflexión en sus colaboraciones periodísticas y en conferencias.

Al salir del PAN Castillo Peraza instaló un despacho de asesoría frente a los Viveros de Coyoacán y nunca se desligó de los asuntos públicos relevantes. Celebró y en buena medida compartió el triunfo del partido a cuya causa dedicó sus mayores afanes y se mantuvo como interlocutor cordial de los dirigentes del PAN.

Tenía méritos suficientes para que se le considerase posible titular de Educación Pública en el próximo gobierno, aunque no sabemos si realmente aspiraba a esa responsabilidad. La política le entusiasmaba, pero a la vez le sulfuraba la manera como se suele hacer política en nuestro escenario público. Algunos confundían sus discrepancias con intransigencia. Lo que hacía era exigir a los demás de la misma manera que se exigía a sí mismo, según sus propios parámetros.

“Emprender la ruta del solitario”

Hace dos años y medio cuando renunció no solo a la dirección panista sino a las filas de ese partido, Castillo Peraza explicó en una carta abierta a Felipe Calderón, entonces presidente del PAN:

“Me enganché libremente como tripulante de este barco que es Acción Nacional. Ingresé, a la manera de tantísimos otros compañeros, como grumete y me fue dado ascender –en esto consiste la verdadera democracia—sin haber sido hijo de marineros ni heredero de armadores ni asignatario de navieros”.

“No me propongo dejar la mar –añadía– pero en los muelles del puerto en que ahora estoy he decidido emprender lo que suele llamarse la ruta del solitario”.

Esa ruta la decidió al coincidir dos acontecimientos que lo llevaron a reflexionar sobre su actividad vital: la muerte de Octavio Paz y el hecho de que un año antes había llegado al medio siglo. Castillo Peraza consideró que debía elegir entre el trabajo político y el de carácter intelectual y renunció a la política activa. En aquella renuncia citó una frase de Paz: “La única profesión de fe del intelectual debe ser la crítica, el examen y la duda”.

Quizá era tarde para abrigar una carrera fundamentalmente intelectual, porque todo su pensamiento político Castillo Peraza lo había desarrollado desde la plataforma partidaria. Jamás pudo decirse que el contexto panista se le impusiera. Más bien fue al contrario: entre los pocos miembros de ese partido que frecuentaron la cavilación puesta en tinta y papel fue quizá el que más y mejor, durante varias décadas, contribuyó a racionalizar (en todos los sentidos del término) las posiciones y perspectivas de Acción Nacional. Contribuyó como pocos –y de hecho, con pocos– a crear el contexto intelectual de su partido.

En busca de horizontes más amplios y todavía desde el PAN, Castillo Peraza creó la revista Palabra que estuvo abierta a opiniones, incluso muy críticas, de quienes desde fuera veían al panismo con respeto pero sin compartir sus posiciones. Durante muchos años Castillo Peraza fue la referencia más respetable y confiable en el PAN para quienes desde el campo intelectual y periodístico, o desde las izquierdas, buscaban una interlocución seria con esa fuerza política.

Contra el periodismo impune y mentiroso

La pluma de Castillo Peraza corrió para fraguar numerosos documentos partidarios pero su propia reflexión –no siempre coincidente con los postulados que mayoritariamente asumía ese partido– aparecía en textos periodísticos y conferencias a partir de los cuales articuló varios libros.

De hecho él se consideraba, antes que nada, periodista y frecuentemente recordaba sus pininos en El Diario de Yucatán. Apenas el año pasado, en una carta publicada en mayo en la Revista Peninsular, explicaba:

“Yo creo en el periodismo así entendido y he tratado de practicarlo con base en lo que intentaron enseñarme en el Diario de Yucatán. Por eso me entristecen y me indignan quienes hacen de este oficio nobilísimo un negocio miserable, un atentado constante contra la Gramática, un proceso antinacional de corrosión de la lengua, un sistema de impunidad para la mentira, la difamación y la calumnia”.

Quizá la fase de mayor exposición pública de ese dirigente y cuando padeció más incomprensiones de los medios fue como candidato al gobierno de la ciudad de México, hace tres años. Su desempeño en esa ocasión fue discutible, pero de una congruencia que pocos advirtieron en ese momento y que ahora será reconocible de manera más amplia. Jamás condescendió con ninguno de sus adversarios principales (los candidatos del PRD y del PRI) a quienes consideraba provenientes de la misma matriz ideológica y política. Fue infructuoso su esfuerzo para convencer a los ciudadanos del Distrito Federal del engaño que había en la candidatura que a la postre ganaría y cuyas inconsecuencias éticas él señaló con una perseverancia que se convertiría en obsesión. Los capitalinos, en su mayoría, no querían escuchar verdades sino ilusiones. Casi nadie reclamó cuando los otros dos candidatos principales excluyeron a Castillo Peraza del debate que tuvieron por televisión.

Parte de la prensa lo había descalificado desde que, en julio de 1995, harto de preguntas impertinentes, Castillo Peraza le respondió a una reportera de manera grosera. Más allá de aquel episodio, y junto con él, al menos en los últimos diez años Castillo mantuvo una constante exigencia a los medios de comunicación cuyos dislates, excesos y timos fueron tema frecuente en sus disertaciones periodísticas.

Medios del poder, poder de los medios

Junto al poder político, el de los medios era entendido por Castillo Peraza como oportunidad, pero también riesgo. Entrelazados a partir de intereses perversos, pueden causar los mayores daños a la vida pública. Así decía en la citada carta a la Revista Peninsular:

“El poder político ha rondado, ronda y rondará a los medios de información del modo en que san Pablo describe otros asedios: ‘como un león rugiente que busca devorar’. El poder económico suele ser cómplice del otro en el acoso. Frente a los dos, es preciso que sigamos el consejo del apóstol-reportero (¿no son reportajes sus deslumbrantes cartas?): resistir, fuertes en la fe. Una fe que no es necesariamente la que es don de Dios —aunque ésta ayuda—, sino la modestísima convicción de que no todo es válido, de que el papel y la tinta no pueden servir para todo, de que hasta la más justa de las rabias ha de correr en cauces de razón, dignidad y respeto, y de que no se debe contrapesar a aquellos poderes edificando otro poder de la misma naturaleza que el que se quiere combatir. Si así lo hiciéramos, seríamos iguales y se trata de ser distintos por mejores”.

Dirigente, legislador, militante

En dos ocasiones fue diputado federal y dirigió al PAN entre 1993 y 1996, la fase de expansión electoral de ese partido que le permitió consolidar posiciones antes de los recientes comicios presidenciales. Jamás alentó el triunfalismo, aunque tampoco la resignación de sus correligionarios. Allí pugnó, como haría después en su por desgracia muy breve tránsito en la ciudadanía sin partido, por una política con valores y en la cual la ley encuentre respaldos, no escollos ni coartadas.

Hace un año, a petición del semanario etcétera, Castillo describió de la siguiente manera al que había sido su partido de toda la vida. Era un elogio pero también, un testimonio de exigencia a Acción Nacional:

Entiendo al Partido Acción Nacional como encarnación política, y en la política, de un conjunto de ideas, de expresiones y de normas que son anteriores y superiores al partido y a la política misma, es decir, como manifestación política y en la política de una cultura. Las representaciones, las expresiones y las normas que el PAN trata de poner en práctica en su vida como institución y a través del respaldo del voto popular, tanto cuando actúa como oposición como cuando lo hace en ejercicio del poder, existían antes de que fuese fundado el PAN y, en el caso de que el PAN desapareciera, seguirían existiendo”. (“Cómo entiendo al PAN”, en etcétera número 346, 16 de septiembre 1999).

“Disiento de quienes se erigen en jueces”

En 1996, una vez que dejó la presidencia del PAN, Castillo Peraza publicó Disiento (editorial Plaza y Janés), una colección de ensayos perspicaces y bien escritos. Allí se lanza contra muchos de los prejuicios políticos de moda: la supuesta pulcritud de quienes habiendo sido priistas de toda la vida de repente se presentan como bienhechores de la democracia, la especie de que la llamada sociedad civil es intachable y siempre noble, la fe alucinada en fundamentalismos enmascarados en pasamontañas o en apellidos políticamente ilustres, la creencia impúdica de que puede haber auténtica política sin coordenadas morales.

Todas esas consignas tan en boga en el mundo político mexicano, Castillo Peraza las refutó con pulcritud analítica y estilística. En las últimas páginas explicaba así el título de ese libro:

“Yo disiento de quienes claman justicia sin parar mientes en el Estado de derecho, porque creo que si lo puramente legal no basta, sí es el justo medio posible entre lo justo y lo bueno. Disiento de quienes piensan que el país sólo puede rehacerse después de una especie de juicio de Nuremberg, porque es fácil nombrar a los acusados de la primera fila mirando al pasado inmediato, pero no a los de la segunda si se ve un poco más atrás, ni a los jueces si se revisan todos nuestros calendarios. Disiento de quienes prefieren no hacer nada y mantener a los mexicanos en estado de sobrevivientes. Disiento de quienes se erigen en jueces porque sé y reconozco que no soy inocente. Disiento de quienes no se permiten perdonar porque soy consciente de que yo también necesito ser perdonado”.

Llama la atención que Castillo Peraza expresara su credo político en términos negativos, destacando aquello de lo que disentía. No era solamente un recurso retórico. Se trataba de una posición que lo distinguía desde luego de la política tradicional repleta de priismos de diversos matices, pero también del partido en el que todavía militaba.

Aquella fe discrepante de Castillo Peraza desembocaba en las siguientes explicaciones:

“He escrito todo esto, en primer lugar, porque así lo pienso después de treinta años de militar en política y de ver a mi país convertido sexenalmente en un desierto histórico, al que llegan en actitud de señores paletadas de pretendidos nuevos Adanes. Lo he hecho cuando ya mis ideas y mis expresiones no me comprometen mas que a mí, y no al partido que he encabezado durante tres años”.

Moralidad, moralismo y civilidad

La página electrónica de ese pensador que falleció anteanoche en Bonn (www.castilloperaza.com.mx) está rubricada por la siguiente frase:

Un hombre es moral cuando está atento a lo que debe hacer, y es moralista cuando, en el mal sentido de la palabra, está más preocupado por lo que hacen los otros.

Hombre moral, Castillo Peraza rechazaba el moralismo incluso cuando era empleado para defender posiciones que él compartía. Su artículo del domingo pasado en Proceso (“No me defiendas, obispo”) combatía el torpe fundamentalismo de los prelados de la iglesia católica que, con el pretexto de oponerse al aborto, descalifican a las mujeres que habiendo sido violadas toman la decisión de abortar. Castillo no estaba de acuerdo con el aborto, pero no por ello compartía la “barbaridad” expresada en recientes declaraciones de algunos funcionarios de la iglesia.

Hombre de creencias religiosas, no buscaba imponerlas ni se asombraba de que otros no las compartieran. Tampoco se apoyaba en la fe como recurso argumental. En su extenso prólogo a Manuel Gómez Morín, constructor de instituciones (FCE, 1994), antología que él seleccionó y presentó, Castillo Peraza dice del fundador del PAN:

“Gómez Morín se manifiesta constantemente como un hombre de fe, aunque nunca con mojigaterías. Su fe se traduce en actos de racionalidad, y afirma: ‘tenemos fe en la racionalidad política’. Un hombre de fe, que se inspira en ella para impulsar y promover entre los suyos la acción paciente, ordenada, sistemática, que va dando ejemplo y que va sembrando la civilidad y la ciudadanía. No un maximalista que increpa a otros con sus dogmas”.

Eso escribió Carlos Castillo Peraza de Manuel Gómez Morín. Eso también puede decirse de él mismo, ahora que ha muerto.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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