Chile. Lagos en La Moneda

Publicado el 23 de enero de 2000 en La Crónica de Hoy

Santiago de Chile. Son tres o cuatro centenares. Militantes de la Concertación que vinieron especialmente para este momento pero, sobre todo, oficinistas que salen al almuerzo, estudiantes que pasan por casualidad y algunos curiosos. Llevan cerca de una hora de pie, frente al Palacio de La Moneda. Es martes al mediodía y Ricardo Lagos, que antier fue electo Presidente de la República, ha venido a visitar al presidente Eduardo Frei. Algunos de sus correligionarios, sabiendo de ese encuentro, llegaron a La Moneda y para su sorpresa los dejaron entrar, bulliciosos y extrañados, a escuchar una breve alocución del Presidente electo. Luego salieron, ordenados, y con ese talante aunque impacientes, estuvieron más de una hora frente a la histórica (dramáticamente histórica) casa de gobierno.

Allí aguardan, lo cual no es sencillo a una temperatura que luego se asegurará, es de 35 grados. Los vendedores de paletas hacen su enero, que aquí es verano intenso. Los gritos se renuevan y prenden en la pequeña multitud. Con cierto candor pero a la vez jiribilla hace poco infrecuente en este país, cunde la cantinela: “Qué lindo, qué lindo, Pinocho en Inglaterra y Lago’ en La Moneda”.

Hace dos días esta plaza, delante de La Moneda, estuvo repleta de simpatizantes de la Concertación cuyo candidato, el socialista Ricardo Lagos Escobar, ganó la elección por un margen apretado, pero plenamente válido. Dicen que había decenas de miles y que el entusiasmo fue jarana y gusto toda la noche. Catártica, la celebración fue especialmente simbólica. Un socialista volverá a gobernar Chile. El último que lo hizo, salió asesinado de La Moneda el 11 de septiembre de 1973.

La mitad de los chilenos votó por Lavín

Por eso es significativa la visita que este martes hace Ricardo Lagos al todavía Presidente Eduardo Frei. Lagos ha entrado centenares de veces a la casa presidencial, como miembro del gabinete que fue en este y el anterior gobierno y seguramente desde mucho antes. Pero hoy llega como Presidente electo. Por eso el grito que se escuchaba la noche del domingo y que etse mediodía del martes algunos repiten: “¡Allende, presente. Lagos presidente! ¡Allende, presente. Lagos presidente!”.

Tan presente, que haciendo a un lado el prejuicio que podría moverlo a soslayar ese antecedente, el domingo cuando habló desde un balcón del Hotel Carrera, al otro lado de la plaza frente a La Moneda, Lagos comenzó mencionando a doña Hortensia Bussi, viuda del presidente Allende.

“¡Qué lindo, qué lindo. Pinocho en Inglaterra y Lago’ en La Moneda!”. No todos lo consideran así, pero indudablemente quienes fueron víctimas, perseguidos o amenazados por el senador vitalicio detenido hace más de un año en Londres, tienen derecho a ese y todos los gritos que quieran. Y no sólo por catarsis. Es pronto para llamarle justicia histórica, sobre todo si se repara en la dividida votación del domingo pasado. Un poco más de la mitad de los chilenos votó por Lagos. Y casi toda la otra mitad, lo hizo por Andrés Lavín, el joven y audaz candidato de la derecha que en unos cuantos meses se convirtió en figura nacional y en eje de una fuerza política emergente, que tiene más consenso que, juntos, todos los partidos conservadores que lo apoyaron.

Eso piensan varios de los impacientes que esperan frente a La Moneda porque saben que Lagos saldrá en cualquier momento. Algunos gritan imprecaciones al candidato perdedor. Pocos las comparten. El gusto es celebrar a Lagos, no despotricar contra el que fue su rival.

Los medios, volcados contra el socialista

Dos docenas de carabineros observan el jolgorio serios, sin muestra de emoción pero sin aprensión visible. No hay tensión. Enterados de la demostración comienzan a llegar las camionetas de los canales de televisión. A los reporteros de varias de ellas, al identificarlos con el contenido adverso a Lagos que transmitieron en las semanas recientes, los manifestantes les dedican sonoras silbatinas. Tienen algo de razón. A diferencia de lo que se piensa en el exterior, las campañas por la Presidencia de Chile estuvieron definidas por una notoria y flagrante parcialidad de los medios de comunicación en favor del candidato de la derecha, Andrés Lavín.

Y eso que Lagos era el candidato del gobierno. Fue postulado por la misma coalición que, antes, llevó al poder a Patricio Aylwin y a Eduardo Frei. Aquellos, son democristianos y Lagos es socialista. Y aunque se trataba del candidato de la alianza gobernante, fue relegado en los medios y padeció una notable limitación de recursos propagandísticos. Los empresarios más poderosos, convencidos de que ya era hora de tener un gobierno identificado con ellos, apoyaron a Lavín con un despliegue de propaganda cuyas huellas habrán de apreciarse durante mucho tiempo en Chile.

La televisión privada, fue abiertamente partidaria de Lavín. La de carácter público, hizo tantos equilibrios que incluso hay simpatizantes del candidato de la derecha extrañados por el poco afecto que había en esa estación hacia el ex ministro Lagos.

En el campo de la prensa escrita, junto a una sorprendente pobreza de opciones se pudo advertir el respaldo casi unánime a Lavín. Hoy, los diarios que enfrentaron a Lagos hacen esfuerzos para no parecer demasiado oposicionistas pero sus lectores recuerdan la reciente campaña contra el candidato socialista.

La propaganda en las calles es más patente y patética. Por todo Santiago e incluso en los suburbios, bardas, postes y mamparas muestran la imagen sonriente del ahora derrotado Andrés Lavín. A veces con su joven esposa, otras de cuerpo entero, en casi todas el rostro en primer plano, la imagen de ese ex alcalde se repite por avenidas, caminos y comarcas. ¿Y la propaganda de Lagos? Casi no se ve, porque casi no la había. Modestos carteles y pintas extraviadas en un paisaje urbano dominado por el otro candidato, indican la enorme disparidad que precedió a las elecciones del domingo pasado. En Chile no hay legislación electoral que prohiba que un candidato tenga una cantidad mucho mayor de recursos y propaganda. No hay límite a los gastos de campaña. Hoy en día, no existe una estimación clara de cuánto gastaron los partidarios de Lavín pero hay quienes aseguran que fue una inversión diez veces mayor al gasto de la campaña de Lagos.

Izquierdas, el reto de ser y parecer nuevas

Aún así, aunque no sin dificultades, Lagos ganó. Llega a La Moneda después de haber transcurrido por tres elecciones: la primaria dentro de la Concertación para ser postulado, la primera vuelta del 12 de diciembre pasado y la segunda el 16 de enero. Por eso lo esperan ahora que ha entrado por primera vez después de las elecciones.

De cuando en cuando, hay intentos de convocatoria no siempre exitosos. Una mujer madura, sesentona quizá, arenga: “El pueblo, unido, jamás será vencido”. Unos cuantos la imitan. Alentado por esa pequeña respuesta, un hombre que también debe haber sido treintón cuando el gobierno de la Unidad Popular gobernó a comienzos de los setenta, se entusiasma: “¡La izquierda, unida, jamás será vencida. La izquierda, unida, jamás será vencida!”. Es en vano. Nadie lo sigue. Pareciera que aquella proclama que tantas convicciones y cohesiones acompañó y no sólo en Chile, estuviera sepultada junto con la modernización de la política y, quizá también, el reajuste de las izquierdas.

Ahora, los partidos herederos de aquellas izquierdas perseguidas y sacrificadas hace tres décadas, tienen el reto de asimilar esta victoria como resultado de nuevos tiempos y consensos y no como el retorno de un pasado glorioso y malogrado. Todo indica que lo están logrando. Entre los dirigentes socialistas no se habla del retorno de la Unidad Popular allendista, aunque se reconoce con respeto o afecto, según la edad de cada quien, el antecedente de aquel gobierno.

El otro reto que tienen las izquierdas y, de manera más amplia la coalición que seguirá gobernando Chile, está en la distribución de posiciones que ahora Lagos deberá emprender. Los cargos en el gabinete presidencial, son tan cotizados y disputados como escasos, especialmente después de que en su campaña, Lagos prometió reducir el número de ministerios. Ahora les ha pedido a los dirigentes de la Concertación que no piensen solo en ministerios y subsecretarías, sino también en cargos de responsabilidad local que el Presidente puede designar. Ahora que vencieron a la derecha, las izquierdas y el centro reunidos en la Concertación tienen que evitar que el triunfo sea deslucido por la rebatiña en torno a los cargos más importantes.

Cambio, bandera natural ante el desempleo

No es ese el principal problema de Lagos. Después de todo, él y sus partidarios ganaron y no debiera ser tan difícil ponerse de acuerdo para ejercer el poder. Tienen el apoyo de un poco más de la mitad de los chilenos, que votaron por la Concertación.

El problema principal, es la otra mitad, o un poquito menos, cuyo sufragio por Lavín fue un voto no sólo para que Lagos no llegara a La Moneda sino junto con ello en contra de la alianza que ha estado a cargo del gobierno. Esa otra mitad de los chilenos está compuesta por adherentes tradicionales de la derecha pero también, por segmentos de las clases medias decepcionadas con una política económica cuyos resultados no les han favorecido, o al menos no tanto como quisieran.

La reforma de la economía chilena, con una amplia aunque no indiscriminada apertura, ha permitido un desarrollo sostenido, o casi. Durante el gobierno de Frei, se ha registrado un crecimiento promedio del 5.5% pero el año más reciente hubo un retroceso de algo más del 1% respecto de aquella tasa. Lo más grave es el desempleo, que se asegura llega al 10%. La gente sin trabajo, o aquellos que tienen que mantener dos o más empleos para alcanzar un ingreso medianamente decoroso, habría tenido que ser de una conciencia política extraordinaria para votar por la Concertación. Eso, como pocos, lo sabe Lagos, cuya campaña política tuvo como eje la reivindicación de los más pobres en la sociedad chilena. Ese centro temático tuvo que ser cambiado en la segunta vuelta por un tono más moderado, en busca del voto de los indecisos que le podía ganar a Lavín.

El candidato de la derecha, no dejó de insistir en su bandera principal: el cambio. Cada quien lo entendió como pudo, porque la campaña de Lavín no se distinguió por sus altos vuelos conceptuales. Lo que le interesaba, era movilizar el disgusto o la decepción de quienes no estaban satisfechos con el gobierno de Frei o, más aún, de aquellos que termían el retorno del socialismo. El cambio, fue una divisa hueca pero eficaz. Aún se le ve hoy en calles y bardas por todas partes. Esas voces de una campaña ya finalizada, serán recordatorio constante para el nuevo gobierno acerca de las exigencias de esa mitad de los chilenos que votaron por otra opción.

Pinochet, presencia inevitable e incómoda

Quizá de ese gran problema están conversando el presidente en funciones y el presidente electo durante la reunión de este martes en La Moneda, mientras crece la multitud que espera la salida de Ricardo Lagos. Sin duda han intercambiado opiniones acerca del anunciado retorno de Augusto Pinochet que, si las autoridades británicas así lo deciden, dentro de pocos días estará en Chile, luego de su encarcelamiento londinense. Pinochet dejó de ser factor de perturbación en la política chilena, pero nada garantiza que no vuelva a serlo. A su regreso, se verá si tiene la salud tan deteriorada como dicen los médicos cuyo dictamen fue decisivo para que los jueces lo dejen marchar a su casa a pesar de las demandas y la sentencia española en su contra. Ese es, en todo caso, un tema incómodo que muchos chilenos eluden con ocurrencias o frases hechas. Por eso es catártico para unos e irritante para otros, el grito jocoso que sigue escuchándose afuera del edificio del gobierno: “Qué lindo, qué lindo, Pinocho en Inglaterra y Lago’ en La Moneda”.

Varias falsas alarmas mantienen el ánimo que de cuando en cuando parece derretirse bajo el sol inclemente que, dicen, aquí pega más porque está más cerca del agujero del ozono. Quién sabe, pero esas y otras especulaciones son posibles debido, precisamente, a la temperatura que la aglomeración no hace sino empeorar.

El movimiento de los policías y el bullicio de los periodistas anuncia que, ahora sí, el presidente electo sale por la puerta central de La Moneda. Con una escolta sorprendentemente precaria, Lagos se deja llamar por la pequeña multitud. Por muchos esfuerzos de sus guardianes, acaba por ser rodeado de simpatizantes que lo abrazan, le estrechan la mano, se felicitan con él. No dice mucho: sólo agradece y sonríe un poco. El de Lagos, no es el rostro de un hombre contento sino preocupado y cansado. No es para menos. Pero quien sabe si sea voluntarismo del cronista, pero pareciera que el presidente electo se vivifica en el contacto con la gente. Cuando salió de La Moneda iba un tanto taciturno, encorvado casi. Después de corresponder a centenares de saludos pareciera reconfortado, como si le hubieran recargado las pilas. Allí está parte de la fortaleza de Lagos y el gobierno de la Concertación que encabezará dentro de pocas semanas. Tiene que nutrirse del apoyo de quienes votaron por él y corresponderles con una gestión que cumpla banderas de campaña como el compromiso igualitario. Pero al resto de los chilenos, a esa otra mitad que no quiso votar por él, no la puede olvidar.

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