Débiles partidos, riesgo autoritario (2000)

Publicado el 23 de julio de 2000 en La Crónica de Hoy

El problema de los partidos políticos, es que la gente no les cree.

   Durante mucho tiempo, los mexicanos consideraron a los partidos como un mal necesario. Ahora, es posible que comiencen a considerarlos como un mal prescindible.

   Tenemos una sociedad cansada de la política y desconfiada respecto de los asuntos públicos. Esos rasgos, que son consecuencia del abuso y el lucro que los partidos han hecho respecto de los ciudadanos, también son manifestaciones de inmadurez.

   Una sociedad políticamente inmadura, es una sociedad débil. No cuenta con la cohesión suficiente para enfrentar amenazas o desafíos relevantes y es vulnerable a influencias manipuladoras, o autoritarias.

   Esa es, hoy, la condición de la sociedad mexicana. Cuenta con más información que nunca, pero no por ello con más claridad sobre su situación actual y sus posibilidades de desarrollo. Mira con interés la competencia política e incluso la respalda al ir a las urnas, pero luego presencia como algo ajeno las secuelas de las elecciones.

 

El 36% de los ciudadanos, dejó de votar

   El 64% de los ciudadanos registrados en las listas de electores, acudió a votar el 2 de julio. El otro 36%, constituye un segmento de enorme importancia en el que nadie ha querido pensar. ¿Cuáles fueron las causas, o las dificultades, por las cuales 3.6 de cada 10 ciudadanos decidieron no ir a las urnas?

   En todos los comicios, en todas partes, siempre hay un porcentaje de abstención. En las sociedades contemporáneas, los no votantes tienden a crecer por motivos muy diversos. A veces, la excesiva confianza en los resultados o la anticipación estadística de ellos conduce a la gente a pensar que, puesto que su participación no es indispensable, pueden ahorrarse la molestia de ir a votar. En otras ocasiones, una intensa disputa entre los candidatos principales, más que movilizar aleja a de las urnas a los ciudadanos.

   No tenemos sustento estadístico suficiente para saber por qué más de la tercera parte de los mexicanos que podían votar, no ejerció ese derecho. Puede pensarse que algunos de ellos, se hastiaron del encono entre los dos partidos principales y ninguna de las otras opciones los convenció.

   Las campañas recientes, se desplegaron fundamentalmente en los medios electrónicos de comunicación. Gracias a ellos, los candidatos fueron conocidos por la gran mayoría de los mexicanos. Pero los medios masivos, al mismo tiempo que multiplican las imágenes de los personajes públicos, las alejan de la vida cotidiana de los electores. Quizá más de un ciudadano habrá mirado con extrañeza los esfuerzos de los candidatos para convencer a los mexicanos, pero sin ofrecer compromisos específicos, tangibles, en la mayor parte de los temas que estuvieron a discusión durante las campañas.

  

7 de cada 10, sin interés en la política

   La mayoría de los mexicanos considera que la política, no les interesa. Entre enero y febrero pasado, el equipo de investigación del diario Reforma levantó un sondeo que forma parte del proyecto Encuesta Mundial de Valores de la Universidad de Michigan. Allí, se encontró que el 65% de los ciudadanos, en nuestro país, declara estar “poco interesado” (35%), o “nada interesado” (30%) en la política. La encuesta, coordinada por Alejandro Moreno, consignó la cantidad de mexicanos que se consideran “muy interesados” en la política: solamente en 7%. (“El jaloneo de la democracia”, en Reforma del 13 de mayo de 2000).

   Otro sondeo levantado por ese diario, como parte de sus encuestas preelectorales, preguntó en febrero pasado “¿qué tan interesado está usted en la política?”. El 6% respondió que mucho. El 22%, dijo estar algo interesado. El 40%, manifestó que estaba “poco interesado”. El 31%, eligió “nada interesado” (“Política que no interesa”, en Reforma del 15 de marzo de 2000).

   Ese 71% de quienes admiten un nulo o escaso interés por la política, se registraba ya en plena temporada de campañas, con todos los candidatos presidenciales haciendo proselitismo.

   Desde luego, el desinterés o la apatía respecto de la política, no necesariamente conducen a los ciudadanos a no participar. Pero inevitablemente, matizan la intensidad e incluso, el tipo de participación política que puedan tener. El 2 de julio pasado, la asistencia a las urnas de 64 de cada 100 ciudadanos, constituyó un espléndido referéndum a favor de la democracia y especialmente, una señal de confianza en las elecciones y en la autoridad electoral.

   Los resultados de esos comicios, dieron como triunfador al candidato presidencial que más había cuestionado al sistema político mexicano. La paradoja es solo aparente. Los ciudadanos que apoyaron a Fox, lo hicieron en contra de los aspectos más tradicionales del régimen político que hasta ahora hemos tenido pero se apoyaron, para ello, en el sistema electoral que forma parte de ese régimen político.

 

Confianza de la sociedad en algún cambio

   El candidato ganador, recibió el 42.5% de los votos. Ese porcentaje superó, incluso, las expectativas de su equipo de campaña. Poco antes de las elecciones, un segmento significativo de los ciudadanos que no habían decidido por quién votar, o que en las encuestas no querían manifestar su preferencia de voto, resolvió hacerlo a favor de Vicente Fox.

   Aparentemente, según la lectura que ahora puede hacerse de las encuestas preelectorales, desde comienzos de este año Fox estaba a la cabeza, pero por un margen muy pequeño, por encima del candidato presidencial del PRI. Ese margen, al final creció. De cualquier manera, tomando en cuenta la abstención y los votantes por otros partidos, puede reconocerse que a Fox, apenas lo apoyó un poco más de la cuarta parte de los ciudadanos con derecho a voto.

   Hoy, sin embargo, existe una curiosa atmósfera de expectación e incluso, de confianza dentro de la sociedad mexicana. Incluso muchos de quienes no votaron por el candidato presidencial ganador, ahora consideran que el resultado de las elecciones no es tan desfavorable, después de todo. Hay que darle el beneficio de la duda, concede la mayoría, con realismo e incluso con alguna dosis de esperanza. No hay mal que por bien no venga dicen, resignados, algunos otros.

   No es exagerado considerar que la mayoría de los ciudadanos, ahora, espera cambios positivos por parte del próximo gobierno. Los votantes de Fox, desde luego, además del sentimiento de triunfo que tienen desde hace tres semanas, son los primeros en considerar que el país cambiará drásticamente en el futuro inmediato, porque entre ellos prevalecía la suposición de que los principales males de la nación mexicana se han debido al PRI y a los gobernantes que surgieron de ese partido. Muchos más, habiendo sufragado por otros partidos, quieren creer que el cambio no será tan desfavorable.

 

Comienzan a poner los pies en la tierra

   Todos, en todo caso, esperan cambios.

   El compromiso del gobierno próximo es mayúsculo, en ese sentido. La gente que votó por Fox, pero además los ciudadanos que mantienen hoy en día una actitud de optimista expectación, anhelan y aguardan transformaciones importantes.

   Y, paradójicamente, Fox y su equipo comienzan a poner los pies (o las botas) sobre la tierra y a reconocer que las promesas de campaña no podrán ser cumplidas al menos de inmediato y que el cambio, ni será tan súbito, ni tan intenso como habían asegurado.

   Al candidato presidencial electo y a sus colaboradores, se les podrían reprochar sus nuevas retractaciones. Cuando estaban en campaña prometieron un crecimiento económico del 7% anual y ahora, dicen que será mucho menor. Pero ese realismo, es preferible al sostenimiento de expectativas que no serán cumplidas, o que implicarían un enorme desgaste para la economía y la sociedad mexicanas. Más vale tener metas prudentes, y aclarar desde ahora que los objetivos de los cuales se ufanaban en la campaña no son alcanzables. Insistir en objetivos incumplibles, sería todavía más irresponsable.

 

Fox tiene un formidable capital político

   La esperanza de todos esos mexicanos, votantes o no del partido que lo llevó al triunfo, está concentrada en Vicente Fox. El presidencialismo mexicano, con toda su tradición de liderazgo desmedido, encarna hoy en el candidato de la Alianza por el Cambio.

   La imagen social de ese candidato, fortalecida por el triunfo electoral, constituye un enorme patrimonio político que no es de un grupo y ni siquiera de un partido: el único dueño de ese capital es Vicente Fox Quesada. Y las atribuciones legales que asumirá dentro de cuatro meses, junto con la fe sincera o convenenciera que su triunfo suscita en mucha gente, hacen de él un líder de enorme poder político. Quizá demasiado.

   Unas cuantas fallas o inconsecuencias en los primeros meses del gobierno, podrían restarle a Fox buena parte de esa adhesión social que ahora le beneficia. La simpatía de los ciudadanos es tan veleidosa que lo mismo premia con facilidad, que sanciona con severidad. De la misma manera unos cuantos aciertos iniciales, incluso medidas que significasen pocos cambios en la estructura económica o la del poder político, pero que fuesen espectaculares, podrían mantener esa adhesión.

   Allí encontrará Fox una de sus primeras dificultades. Tendrá que decidir si va a gobernar para propiciar cambios en serio, o solamente cambios cosméticos. Los primeros no siempre son populares e incluso, cuando los afectan aunque sea temporalmente, se traducen en incomodidad de los ciudadanos. Los cambios más aplaudidos son aquellos que aparentemente resuelven algunos problemas, aunque no los ataquen desde su raíz.

 

Cambios o populismo, con o sin Congreso

   Gobernar para el aplauso fácil, sería una política populista, cercana a la demagogia… y al caudillismo. En numerosas ocasiones, esos son rasgos que han podido identificarse en la personalidad del ahora candidato presidencial electo.

   No sabemos si Vicente Fox, como Presidente de la República, ejercerá un gobierno populista que acentúe los rasgos autoritarios que, de por sí, esa investidura tiene en el presidencialista sistema político mexicano. Es posible que decida desplegar una política responsable, que no busque logros de relumbrón sino reformas de fondo, que siempre son menos llamativas aunque a mediano plazo de mayor relevancia. Es posible. Sin embargo la debilidad de los contrapesos institucionales y la nueva hegemonía que le confiere el resultado electoral al próximo Presidente, podrían acentuar el caudillismo, en demérito de la democracia mexicana.

   La composición del Congreso, en donde ningún partido tiene mayoría absoluta, aparentemente constituye un dique a cualquier pretensión autoritaria. El Presidente no podrá cambiar la Constitución, si no consigue la anuencia del PRI. Ni siquiera aliándose con el PRD y los pequeños partidos que lo han acompañado, el bloque PAN-PVEM reuniría la mayoría del 66% necesaria para las reformas constitucionales. Si quiere modificar la Carta Magna, el próximo Presidente tendrá que pactar con el PRI –o con lo que quede de ese partido, después de un postergado acto de contrición que los priistas están queriendo sustituir por un inmolatorio destazamiento interno–.

   Sin embargo el próximo Presidente, ante esas dificultades formales –que son, desde luego, políticas– podría pretender transformaciones que no impliquen reformas a la Constitución pero que fuesen consolidando un mayor poder para el Ejecutivo, en detrimento del Legislativo. Leyes y reglamentos, o decisiones discrecionales aprovechando las muchas posibilidades que para ello ofrece el presidencialismo mexicano, podrían ser impulsadas desde Los Pinos sin tener que pasar por San Lázaro, o por el Senado.

 

Partidos, confianza del 24%; policía, 29%

   El autoritarismo presidencial, podría desarrollarse incluso sin que esa fuese una apuesta deliberada de Vicente Fox.

   Más que el Congreso, o junto con él, los partidos políticos tendrían que constituir los contrapesos naturales a los excesos presidenciales. Cuando una sociedad cuenta con partidos sólidos, auténticamente afianzados en ella, con capacidad de expresión y movilización y con propuestas propias ubicadas en proyectos de país, está mejor representada delante del poder político. Incluso, en la medida en que los partidos son fuertes, sus legisladores también lo son.

    Lamentablemente, la debilidad y la mala imagen social que tienen los partidos parece constituir una tendencia internacional que, en el caso de México, se acentúa debido al abuso que muchas organizaciones políticas han acostumbrado ejercer sobre los ciudadanos.

   El antes citado sondeo de Reforma que es parte de la Encuesta Mundial de Valores de este año, preguntó el grado de confianza que los ciudadanos tienen en diversas instituciones. En las iglesias, que ocupan el primer lugar, el 80% de los entrevistados declaró tener “mucha” o “algo” de confianza. En el Ejército, el 51%.

   La confianza en el gobierno fue de 36% y en la policía, del 29%. La confianza en los partidos políticos fue del 24% y en la Cámara de Diputados, del 20%.

   En una encuesta similar, pero realizada entre 1996 y 1997, los entrevistados que manifestaban mucha o alguna confianza en los partidos, fueron el 33%. Y la confianza en la Cámara de Diputados, fue del 41%.

   Es decir, no sólo es notablemente baja, sino que la confianza de los ciudadanos en los partidos y en los legisladores, disminuyó hasta en un 50% en tan solo tres años.

   Los ciudadanos tienen más confianza en la desprestigiada policía, que en los partidos o en los diputados.

 

La política socava su propia credibilidad

   La Encuesta Nacional de Valores que el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM levantó en 1994, encontró tendencias similares. En ese estudio, la credibilidad de los ciudadanos en los partidos, calificada de 0 a 10, era de 5.3. En comparación, la escuela y los maestros tenían una credibilidad de 7.8; la Iglesia, de 7.3; la televisión y el presidente, de 6.3; los periódicos, de 6.0 y el gobierno, de 5.8.

   La confianza en los partidos, ha disminuido. No es aventurado decir que, en las elecciones, los ciudadanos se inclinan a votar por individuos, más que por organizaciones políticas.

   Allí se encuentra el costo principal de la personalización de la lucha política que los partidos mismos, antes que nadie más, han definido al supeditarse a los formatos y las exigencias de la televisión.

   Pero además las rencillas mutuas, las descalificaciones que han sustituido a la confrontación de ideologías y sus propias trifulcas internas, han afianzado la imagen de espacios de devastación y no de construcción y defensa de opciones, que lamentablemente tienen los partidos políticos en México.

 

Vicisitudes de los tres partidos nacionales

   La circunstancia actual de nuestros partidos, tiende a reforzar esa imagen.

   Al demorar el momento de su análisis interno, el Revolucionario Institucional manifiesta una patética ausencia de línea y, todavía, una atávica supeditación al poder presidencial. Los altercados recientes en el edificio priista –resabios de un clientelismo que el mismo PRI alentó y que ahora no sabe cómo satisfacer– parecen premonitorios del hundimiento de ese partido, al menos tal y como fue hasta ahora.

   El Partido de la Revolución Democrática, al menos tiene la virtud de ventilar abiertamente sus diferencias. La reunión del Consejo Nacional del PRD este fin de semana, ha expuesto con toda crudeza la desbandada que amenaza a ese partido y la enorme dificultad de sus dirigentes para diseñar opciones más allá de los ejercicios sacrificales. El vocero del ex candidato Cárdenas, exigió la renuncia de la dirección nacional perredista, a la que considera culpable de la derrota del 2 de julio. En cualquier sistema político respetable los dirigentes dimiten dijo, con razón, Imanol Ordorika. Pero se le olvidó que antes que los dirigentes políticos, quienes renuncian después de una derrota son los candidatos. De acuerdo con esa respetable lógica el primer dimitente a cualquier posición directiva en el PRD, después del fracaso de hace tres semanas, tendría que ser Cuauhtémoc Cárdenas.

   En Acción Nacional, parece que no pasara nada. Pero está a punto de ocurrir todo. Tras las elecciones, los dirigentes de ese partido aseguraron que no andarían a la zaga del presidente electo. Hasta ahora, al parecer no hacen nada para ratificar esa conducta. Cada vez está más claro que Vicente Fox gobernará con su equipo, que no es necesariamente panista y Acción Nacional no ha definido un perfil propio delante del nuevo gobierno. Incluso el cicatero Partido Verde, propiedad de un vividor de la política, manifiesta mayor habilidad que el PAN para diseñar una relación (en ese caso de lucro y amago) con el próximo Presidente de la República.

   Ninguno de los partidos mayores –de los otros, embelesados con inicuos triunfos o apabullados en una derrota que no han explicado, no aparece luz alguna– toma en cuenta a la sociedad en el diseño de sus políticas para la siguiente fase de la vida mexicana. Cada uno de esos tres grandes partidos, a su manera, se encuentra entrampado en las vicisitudes internas.

   Debilitados los partidos, con una imagen pública desfavorable y con legisladores que muy probablemente reproducirán esas rencillas y limitaciones domésticas, los contrapesos del próximo gobierno serán precarios. El principal dique al posible autoritarismo del próximo Presidente se encuentra, por ahora, en la sensatez que el mismo Vicente Fox sea capaz de ejercer.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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