11-S: Enfrentar a los bárbaros o ser como ellos

La Crónica, 16 de septiembre de 2001

El doctor Orlando Rodríguez es jefe del departamento de Sociología en la Universidad de Fordham en Nueva York. El martes cuando supo que un avión se había estrellado en una de las Torres Gemelas él y su esposa Phyllis pensaron lo peor porque sabían que su hijo Greg estaba en ese lugar.

   Minutos después el muchacho les llamó de su teléfono celular y les dijo que estaba saliendo de la torre. Sin embargo el segundo ataque lo sorprendió cerca de allí y ya no supieron de él. Después de varios días, no creen que se pudo haber salvado.

   Antier el doctor Rodríguez y su esposa escribieron una breve carta. Un amigo de esta columna nos la reenvió ayer.

 

No en nombre de nuestro hijo

  “Nuestro hijo Greg se encuentra entre los muchos desaparecidos en el ataque al World Trade Center.

   “Desde que comenzamos a escuchar las noticias hemos compartido momentos de pena, consuelo, esperanza, desesperación, recuerdos cariñosos con su esposa, las dos familias, nuestros amigos y vecinos, sus adorables colegas en Cantor Fitzgerald /Espeed y todas las atribuladas familias que encontramos a diario en el Hotel Pier.

   “Vemos nuestro dolor y nuestra ira reflejados en toda la gente que encontramos. No podemos poner atención al diario flujo de noticias acerca de este desastre. Pero hemos leído lo suficiente para percibir que nuestro gobierno se está orientando en la dirección de la venganza violenta, con la perspectiva de hijos, hijas, padres, amigos, muriendo y sufriendo en tierras distantes y alimentando nuevos agravios en contra nuestra.

   “Ese no es el camino a seguir. Eso no vengará la muerte de nuestro hijo. No en nombre de nuestro hijo.

   “Nuestro hijo fue víctima de una ideología inhumana. Nuestras acciones no deben servir al mismo propósito. Déjennos sufrir. Déjennos reflexionar y rezar. Déjennos pensar en una respuesta racional que traiga auténtica paz y justicia a nuestro mundo.

   “Pero no nos dejen como una nación que se suma a la inhumanidad de nuestros tiempos”

   Phyllis and Orlando Rodríguez”.

 

   (El doctor Rodríguez, de origen cubano, es sociólogo graduado en la Universidad de Columbia. Se ha dedicado a investigar asuntos relacionados con política social y criminología. Cantor Fitzgerald/ Espeed es la empresa de servicios financieros relacionados con la informática en donde trabajaba su hijo Greg Rodríguez. Las oficinas centrales de esa firma se encontraban entre los pisos 101 y 105 de la Torre Uno del World Trade Center).

 

Venganza o justicia

   El viernes en una velada luctuosa en Union Square destacaba una gran manta que decía:

   No queremos venganza. Queremos justicia  

   Esa es la opinión de muchos neoyorquinos, entre los cuales hay familiares de los millares de víctimas de la tragedia del martes 11 de septiembre.

   Sin embargo no hay acuerdo sobre qué debe entenderse por justicia.

   Justicia, sin duda, sería aprehender a quienes organizaron y fueron cómplices de los atentados y llevarlos a cortes nacionales o internacionales para castigarlos de la manera más severa posible.

   Pero quizá nunca como ahora el terrorismo está aprovechando no solo su capacidad de sorpresa sino otro de sus atributos, que es el secreto en el que prepara sus acometidas.

   Aunque cada vez se acumulan más indicios de que los atentados fueron planeados o patrocinados por Osama Bin Laden el gobierno estadounidense no parecía absolutamente convencido, al menos hasta ayer sábado por la tarde. Había otras pistas que los servicios de inteligencia (cuyo negligente desempeño ha sido tan vergonzoso) aun tomaban en cuenta.

   Y aunque se comprobarse que ese líder religioso y terrorista es el principal responsable del crimen de varios miles de personas, las dificultades para encontrarlo y someterlo a la acción de la justicia son mayúsculas.

   Hay un gran riesgo de que en busca de ese personaje y sus secuaces las Fuerzas Armadas de Estados Unidos arrasen pueblos, viviendas e incluso vidas de centenares o millares de personas inocentes en Afganistán o en otros sitios del Oriente Medio.

   Entraríamos entonces en un círculo vicioso de resultados impensables. No es descabellado suponer que a más violencia en busca de justicia, se desatarían nuevos ataques terroristas.

 

Aunque mueran inocentes

   La situación mundial es atrozmente delicada. Una encuesta de la CBS y The New York Times cuyos resultados completos son publicados hoy domingo encontró que el 68% de los estadounidenses considera que su país debe ir a la guerra.

   El 85% manifestó que Estados Unidos debería emprender una acción militar contra quien haya sido culpable de los atentados del martes.

   El 68% de los estadounidenses, de acuerdo con esa encuesta, consideró que la acción militar debería emprenderse aunque como resultado de ella muriera gente inocente.

   Cuando les preguntaron “¿aunque muchos miles de inocentes mueran…?” el 60% ratificó que está de acuerdo en la acción militar de los Estados Unidos.

   (El viernes por la noche Joaquín López Dóriga preguntó a sus televidentes si la respuesta de Estados Unidos debe ser militar, diplomática o de ambos tipos. El 13% de los telefonemas apostaron por una combinación de los dos recursos, el 29% abogó por la vía diplomática. El 58% se inclinó por la respuesta militar).

 

Carta blanca a Bush

   El Congreso de Estados Unidos le dio el viernes al presidente carta blanca para entrar en guerra con quien sea y en donde sea (personas, organizaciones, naciones) si se sospecha que son causantes o encubridores de los asesinatos del día 11.

   La responsabilidad de George W. Bush es enorme. Tiene que dar una respuesta capaz de satisfacer la exigencia de represalias que hay en la sociedad estadounidense y en amplios sectores de la población en otros países.  

   Pero Bush también tiene que encontrar una vía capaz de mantener la alianza hasta ahora fundamentalmente declarativa con la que se han comprometido los países de la OTAN y muchos más, entre ellos el nuestro. No es lo mismo decir que se está en contra del terrorismo a respaldar incursiones armadas contra poblaciones enteras de gente inerme.

   Cada día que pasa, al mismo tiempo que se refrenda el horror suscitado el martes, en todo el mundo se extiende la preocupación ante una escalada que no solo hiciera justicia (independientemente del alcance y las formalidades que se le adjudiquen a ese término) sino que causara nuevas y perversas infamias.

   Estados Unidos le ha declarado la guerra al enemigo que lo agredió el martes 11. Pero ese adversario ha permanecido oculto y muy posiblemente no está cruzado de brazos.

   Los plazos de Bush se agotan rápido. Los tiempos de los criminales que destrozaron las Torres Gemelas y parte del Pentágono son de enorme amplitud –si es que se trata de fundamentalistas musulmanes, sus tiempos son tan extensos como la historia–.

 

Actualidad de Huntington

   No estamos ante una guerra como las que el mundo ha conocido hasta ahora, con antagonistas que se miran cara a cara y que atacan a sus respectivos ejércitos. En su capacidad para permanecer ocultos los terroristas fincan parte de su estrategia y consideran, en su delirio, que sus adversarios son militares y civiles, eso no les importa.

   Pero ¿de quiénes y contra quiénes es este desafío? ¿Se trata, como han dicho numerosos analistas en estos días de un choque de civilizaciones?

   La tragedia del martes ha llevado a recordar la provocadora tesis de Samuel P. Huntington, el profesor de Ciencias Políticas Harvard que en el verano de 1993 publicó un ensayo titulado “El choque de las civilizaciones”. Luego de una esquemática clasificación de las civilizaciones contemporáneas Huntington aseguraba que la occidental y la musulmana se dirigían a una colisión que podría convertirse en conflagración mundial si alguna de las potencias anti estadounidenses, como Rusia o especialmente China, se aliaban con el Islam.

   Las calificaciones drásticas y la tajante conclusión de ese politólogo desataron numerosas críticas que aparecieron, en primer lugar, en la revista Foreign Affairs en donde se había publicado el ensayo de Huntington. Docenas de especialistas señalaron que si bien existen matrices culturales muy distintas unas de otras, hoy en día tenemos tal intercambio entre unas y otras que todas se interrelacionan, enriquecen e influyen mutuamente. También se dijo que el mundo islámico no está cohesionado en torno a los mismos principios ni afinidades políticas.

 

Grandes explicaciones

   Aquel ensayo de Huntington tuvo el mérito de hacer notar que el mundo es diverso y determinado por contradicciones. Esa insistencia, que ahora puede parecer demasiado obvia, resultaba oportuna frente a la idea de que después de la caída del Muro de Berlín las ideologías ya se habían agotado y solo quedaba el paradigma de la economía de mercado. El corolario de ese texto, sin embargo, era y sigue siendo demasiado simplificador para ser tomado como anticipación de un futuro que para algunos ya comenzó. Pero es natural que haya sido recordado después de la hecatombe del martes.

   Las grandes tragedias siempre requieren de grandes explicaciones. Mientras mayor es la magnitud de una catástrofe, cuando ha sido provocada por seres humanos, más descomunal es el origen que se le quiere adjudicar.

   Recordemos, toda proporción guardada, los crímenes de personajes políticos relevantes. En México aun son pocos quienes se conforman con creer que a Luis Donaldo Colosio lo mató un infeliz asesino solitario aunque no hay evidencias de que Mario Aburto haya tenido cómplices. Esa tragedia fue tan dolorosa y tuvo consecuencias tan vastas que es difícil resignarnos a suponer que fue causada por una sola persona.

   Así, ahora prevalece la tendencia a considerar que los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono forman parte de una colisión entre civilizaciones enfrentadas y no, simplemente, que se trata de la acción de un grupo de desquiciados orientados por una enfermiza mezcla de creencias religiosas y políticas.

   Desde luego se trata de un grupo con alguna complejidad, que pudo preparar el golpe durante varios meses o quizá años. Es posible incluso que haya tenido alguna cobertura por parte de algún gobierno o de grupos no directamente involucrados en el terrorismo –eso es lo que tendrán que determinar las investigaciones que ahora competen a varios países–.

   Pero parece apresurado sostener que estamos ante la expresión, contundente y asesina, de un choque de culturas.

 

Acción / reacción

   El mismo Huntington, después de aquel ensayo que apareció hace ocho años, matizó y amplió algunos de sus argumentos. De ese trabajo surgió el libro El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial que fue menos leído y comentado que su texto inicial. (Publicado en 1996, la traducción al español apareció al año siguiente en editorial Paidós). Allí los escenarios son menos fatales y el autor advierte contra un enfrentamiento bélico y frontal entre occidente y otras culturas.

   “Una vez iniciadas –insiste Huntington– las guerras de línea de fractura, como otros conflictos colectivos, tienden a cobrar vida propia y a seguir un modelo de acción-reacción. Las identidades que anteriormente habían sido múltiples y someras pasan a ser concentradas y reforzadas: los conflictos colectivos de denominan acertadamente ‘guerras identitarias’”.

   En otras palabras se trata de guerras en las cuales, al buscar el exterminio del contrario, se desatan procesos de imposible pronóstico. “A medida que la violencia aumenta –sigue ese autor–, las cuestiones iniciales en juego tienden a ser redefinidas más exclusivamente como ‘nosotros’ contra ‘ellos’, y la cohesión y el comportamiento de grupo aumentan. Los líderes políticos extienden y profundizan sus llamamientos a las lealtades étnicas y religiosas, y la conciencia de civilización se fortalece en relación con otras identidades. Surge una ‘dinámica de odio’ comparable al ‘dilema de la seguridad’ en las relaciones internacionales, en el que los temores, desconfianza y odio mutuos se enfrentan entre sí. Cada bando exagera y magnifica la distinción entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, y al final intenta transformarla en la distinción última entre los vivos y los muertos”.

   La situación mundial desatada el martes 11 se está pareciendo peligrosamente a ese escenario que describe Huntington.

   Hasta ahora no existe un choque de civilizaciones. Gran parte del mundo árabe se ha deslindado de los terroristas. Los estadounidenses, aunque entre ellos prevalece el ánimo guerrista, quieren que su país ataque a los que causaron el terror, no a una nación o región enteras.

   Pero si Estados Unidos se lanza a un combate sin distinciones ni adversarios claros, se puede desatar esa serie de acciones y reacciones que dice el autor antes citado.

   No estamos ante un choque de civilizaciones. Pero si no se cuidan los pasos siguientes podemos llegar a encontrarnos en un panorama de confrontación, entonces sí, inflexible y sin retorno.

 

Miedo de los musulmanes

   Vehemente y dolida, la respuesta que de la sociedad estadounidense ante la tragedia ha sido, en términos generales, de cautela ante el adversario invisible. Sin embargo en algunos segmentos se ha desatado un síndrome de violencia y hostilidad que puede desembocar en nuevos focos de terror.

   Desde el martes se ha multiplicado la venta de armas y municiones. Lo mismo en grandes ciudades que en los pueblos más pequeños los rumores de bombas y atentados mantienen inquieta a la gente. En distintos sitios se han conocido actos de hostilidad contra estadounidenses de origen árabe, o que tienen apariencia de serlo.

   En un suburbio de Chicago una multitud que marchaba con banderas americanas y gritando las siglas “¡USA!” intentó precipitarse contra una mezquita. En las afueras de la ciudad de Washington otra mezquita fue pintarrajeada con insultos. En un poblado de Nueva York un hombre, con varios tragos de más, persiguió por varias calles a una mujer de origen paquistaní mientras le gritaba injurias y luego trató de arrollarla con su camioneta. En Gari, Indiana, otro hombre con el rostro cubierto se lanzó disparando contra una gasolinera en donde trabaja un estadounidense nacido en Yemen.

   Reshma Memou Yaqub, periodista estadounidense, ha escrito la reacción de ella y de muchos como ella: “Cada vez que oigo hablar de un acto terrorista, rezo dos oraciones. La primera por las víctimas y su familia. La segunda es, por favor, que no sea musulmán” (El País, 15 de septiembre).

   El director del Consejo de Relaciones Islámicas en Estados Unidos, Riad Z. Abdelkarim, se esfuerza en explicar: “Si –Dios no lo quiera– se demuestra finalmente que los criminales que llevaron a cabo este cobarde atentado son musulmanes, instamos a nuestros conciudadanos a abstenerse de condenar a toda una fe que profesan mil millones de personas, siete millones de los cuales también son estadounidenses. Señalar como culpables a los musulmanes o a la religión del Islam sería tan ridículo como condenar a la cristiandad por vilipendiar a las colegialas irlandesas en Belfast, o condenar al judaísmo por las transgresiones israelíes contra los palestinos” (The Washington Times, 13 de septiembre).

 

Presión y diplomacia

   Si el mundo y especialmente los estadounidenses escuchan esas advertencias y reconocen que no se trata del desafío de otra civilización contra la suya sino de la provocación de un puñado de maniáticos que toman como pretexto a la cultura islámica, podremos evitar una confrontación irreversible y muy costosa para todos.

   El primer paso lo dará el presidente Bush. Las amplias facultades que le confirió el Congreso de Estados Unidos le permite hacer casi lo que quiera. Quizá ningún ser humano en los últimos años (o quizá, en ese sentido, en la historia del mundo) haya tenido tanto poder como el que hoy concentra el presidente de esa nación.

   Bush ha dicho que su país está en guerra.

   Ahora veremos en qué tipo de guerra quiere comprometerse o considera que ha sido involucrado.

   Con toda puntualidad y sin demérito de la tristeza y la rabia por el asesinato masivo del martes, ayer el editorial de The New York Times señala:

   “Para ser realistas –y exitosos en el combate al terrorismo, Estados Unidos tiene que apoyarse en una intensa presión diplomática, severas sanciones económicas y en un cohesionado apoyo internacional para tratar con algunas de las naciones que respaldan actividades terroristas. Forzar a un cambio de los gobiernos en sitios como Irak o Siria requeriría un cada caso la aplicación del poder militar en la misma escala que fue empleado en la guerra del Golfo Pérsico o incluso más. Modificar el comportamiento de los actuales gobiernos, sin embargo, puede ser factible a través de una presión concertada y sostenida de la coalición de naciones que Mr. Bush está tratando de configurar”.

 

Piedad y solidaridad

   Enfrentar a los bárbaros o ser como ellos: ese es el dilema de los estadounidenses y, con ellos, de todos nosotros.

   El terrorismo se ha mostrado como un desafío sin reparos morales y que trasciende fronteras e ideologías. Enfrentarlo es tarea de la comunidad internacional aunque la provocación haya estado dirigida contra un solo país.

   Estados Unidos contribuyó a propiciar las condiciones de exasperación y rencor en las cuales se han desarrollado grupos como los que ahora le han infligido el golpe más doloroso de su historia. Pero ninguno de los abusos que ese país ha cometido en el resto del mundo justifica el asesinato de miles de personas como sucedió esta semana en Nueva York y Washington.

   En estos días, en contraste con esa historia de la que no son culpables ellos sino sus sucesivos gobiernos, los estadounidenses han mostrado su rostro más humano. A diferencia de intolerantes como los que atacan a todo aquel que les parece extraño o adversario –en este caso todo aquel que parece árabe– la gran mayoría de los estadounidenses, forzados por la tragedia, se han manifestado tristes, compasivos y solidarios.

   Los actos de heroísmo en el desalojo de las torres antes de que se derrumbaran y luego en el rescate de víctimas, la piedad con la que se confortan muchas familias y la solidaridad que entre otras expresiones se traduce en donaciones masivas de sangre, forman parte del espíritu noble que también existe en ese país.

   La carta que publicamos al comienzo de esta columna es expresión de ese espíritu y de una lucidez que no se deja avasallar por el dolor.

   Hoy en Estados Unidos, permeadas por el sufrimiento y la indignación, se confrontan la acción racional y la respuesta bestial, la justicia y la venganza, la búsqueda de los culpables y la represalia que puede sacrificar a millares de inocentes, el combate a las pandillas de terroristas y la transformación de este desafío en un choque de civilizaciones. El rumbo que allí se defina nos va a afectar a todos.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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