AMLO y “la banda de Los Pinos”

La Crónica, 27 de mayo de 2001

Andrés Manuel López Obrador ha querido construirse una imagen de frugalidad y severidad. Comienza a despachar de madrugada, se redujo el salario, anda en automóvil de modelo atrasado y pareciera querer convertirse en conciencia nacional que fustiga las inconsecuencias del gobierno federal.

   Como ciudadano tiene todo el derecho del mundo a comportarse de esa manera. El problema es que detenta un cargo público. Los habitantes de la ciudad de México tenemos derecho, por nuestra parte, a preguntarnos si esas extravagantes conductas del jefe de Gobierno le permiten desempeñar de mejor manera el encargo para el cual fue electo o si, por el contrario, tantos desplantes personalistas le restan eficacia a una gestión que, a punto de cumplir medio año, no ha ofrecido los mejores resultados.

 

Ligereza y consultas

   El jefe de Gobierno ha querido contrastar, con su propia actitud, la irresponsabilidad de los gobiernos del PRI y la frivolidad del actual gobierno panista.

   Frente al dispendio y la casi absoluta falta de respeto a la sociedad de algunas de las administraciones priistas López Obrador hace todo lo posible por demostrar que él está para servir y no para servirse del erario público.

   Delante de la ligereza del actual gobierno federal el político tabasqueño quiere ofrecer un comportamiento distinto, anclado en posiciones contrapuestas a las del presidente Fox. Si el titular del Ejecutivo aplaude la compra de Banamex, López Obrador la descalifica por el negociazo que hizo el vendedor de esa institución. Si el gobierno federal defiende aunque sea parcialmente al horario de verano, López Obrador anuncia que lo vetará –aunque luego tenga que rendirse a la evidencia de que no cuenta con facultades legales para semejante desplante–. Ante la propuesta de reforma fiscal del gobierno, el alcalde de la ciudad de México se convierte en promotor de una fórmula distinta.

   En ocasiones no le faltan razones. Pero opina sobre tantas cosas que a menudo lo trivial y artificial se confunde con lo relevante y urgente. No es un gobernante capaz de ceñirse a un programa de trabajo porque su agenda, por muy de madrugada que comience, depende de la coyuntura.

   Sus frecuentes llamados para poner a consulta cada una de las decisiones importantes de su gobierno podrían interpretarse como reconocimiento a la diversidad de la población capitalina en donde en julio pasado, si bien obtuvo más sufragios que cualquier otro candidato, únicamente el 39% de los ciudadanos votó por él.

   Pero ese afán en la consulta constante también puede ser entendido como simple populismo: en primer lugar porque las consultas que el gobierno del DF ha organizado han sido extremadamente limitadas y no tienen representatividad alguna entre la población de la ciudad de México. Además porque han sido presentadas de manera maniquea (la gente solo puede opinar sí, o no, delante de opciones cerradas). Y finalmente son consultas sospechosas porque con ellas el jefe de Gobierno no busca orientar sus decisiones sino legitimar determinaciones que ya había tomado.

 

Infructuosa valentía

   Si en su relación con la sociedad emplea procedimientos equívocos, que no eliminan el viejo clientelismo sino que apenas –quizá– lo modernizan, en su interlocución con ella López Obrador no se distingue del afán de otros políticos para persuadir con imágenes, más que con argumentos. De allí resulta el perfil de templanza y rigor que se ha querido forjar.

   No deja de ser curioso que quien durante años fue político del PRI, sin distinguirse en esa militancia de las prácticas que suelen definir a la cultura política priista, ahora haga todo lo posible por mostrar que él es distinto. Acaso allí hay cierta necesidad de expiación respecto de su propia trayectoria política. Desde luego es importante que se conduzca con honestidad y ninguna dosis de moderación financiera sale sobrando. Pero a menudo todo parece indicar que a López Obrador, más que los asuntos de la ciudad de México, le interesa su propia agenda personal.

   Honestidad, valiente” rezaba el lema de su campaña. De acuerdo con esa consigna, apenas fue electo anunció un plan de austeridad que los habitantes del DF sin duda agradecerán pero siempre y cuando sirva para que el gobierno logre mejores y más confiables resultados.

   Cualquier sociedad quiere tener gobernantes honestos. Pero también quiere que sean capaces y dedicados a las tareas para las que fueron electos. La valentía que postuló como atributo suyo el ahora jefe de Gobierno hasta ahora únicamente ha significado desplantes retóricos y publicitarios.

   Qué bueno que López Obrador sea valiente, aunque el elogio en boca propia –o de los publicistas al servicio del así autoelogiado– siempre resulta algo sospechoso. La valentía de ese funcionario hasta ahora no se ha traducido en un extenso combate a las muchas mafias que controlan espacios, servicios y negocios en la ciudad de México: microbuses, taxis, vendedores ambulantes, comercios clandestinos y de venta de artículos robados, zonas inaccesibles a los ciudadanos y a la policía misma, para no hablar de las pandillas de asesinos y secuestradores, han permanecido en lo fundamental intocados sin que el gobierno local haya emprendido medidas drásticas contra esos grupos. Peor todavía, parte de la base social que le permitió ganar las elecciones y que conserva, se sustenta en algunos de esos grupos con los cuales López Obrador, o dirigentes locales del PRD, mantienen relaciones clientelares y de beneficio mutuo.

 

Austeridad riesgosa

   Si la valentía no ha servido al menos hasta ahora para desterrar a esas mafias, la honestidad también ha experimentado contratiempos y pudiera convertirse en fuente de traspiés y no de logros para el gobierno capitalino.

   Al reducir su sueldo y las remuneraciones de su equipo López Obrador confunde el tema principal en el manejo de recursos públicos. A los ciudadanos no suele inquietarles cuánto gastan sus gobernantes, sino que gasten con buen juicio y desde luego, ceñidos a las pautas legales. Más que el monto de los ingresos de un funcionario, dentro de parámetros razonables, lo importantes es que resulten suficientes para que él y su familia tengan una vida decorosa, de tal manera que pueda dedicarse sin carencias económicas a las tareas que la sociedad le encargó.

   Según la información más reciente el jefe de Gobierno gana 63 mil 300 pesos mensuales, que después de impuestos deben significar algo menos de 40 mil pesos. Ese salario puede alcanzar para pagar una renta mediana y sostener a una familia pequeña pero no necesariamente para las exigencias que suele tener quien desempeña un cargo de la jerarquía del que tiene López Obrador.

   No dudamos que el jefe de Gobierno sea, personalmente, de una honestidad a toda prueba. Pero con salarios de ese nivel (los del resto de su administración son menores) más que ofrecer ejemplos de austeridad los funcionarios del gobierno de la ciudad de México se convierten en presa fácil de los intentos de cohecho, que seguramente no escasean en una ciudad tan habituada al tráfico de influencias y a la infracción de las leyes. O, en el menos peor de los casos, después de algún tiempo querrán cambiar de empleo cuando otras áreas de la administración pública o de la empresa privada (si es que realmente son capaces) les ofrezcan mejores remuneraciones.

 

Inconsistencia

   El reciente episodio que protagonizó su hijo cuando chocó un automóvil propiedad del gobierno del DF, mostró las inconsecuencias de los desplantes de austeridad del jefe de Gobierno.

   Sobre ese incidente se han dicho muchas cosas, muy a pesar de López Obrador y algunos de sus colaboradores más serviciales que han considerado que no era un tema relevante. ¿Cómo no iba a serlo si, en ese incidente, se manifestó la incongruencia entre lo que López Obrador dice y pretende mostrar todos los días con un perfil de ascetismo y el comportamiento de su familia?

   Cualquiera puede tener un incidente de tránsito como el que padeció (o mejor dicho, provocó) el hijo de López Obrador. Pero no cualquiera choca manejando, sin autorización para ello, un vehículo propiedad del gobierno del DF. Ni a cualquiera la policía después de haberlo detenido (ya que la colisión fue nada menos que contra una patrulla de la policía bancaria) lo deja ir tranquilamente. Se dijo que incluso, lo escoltaron hasta su casa después de que el jefe de Seguridad Pública de la ciudad de México llegó hasta el sitio del accidente para ofrecer sus buenos oficios a favor del hijo de su patrón.

   López Obrador y su administración trataron de desviar la atención respecto del joven que cometió una infracción de tránsito, para echarle la culpa al responsable del vehículo que se lo prestó al muchacho. El asunto ha sido olvidado y se convertirá en anécdota menor en la biografía política del jefe de Gobierno. Quizá no sea para tanto por su importancia intrínseca. Pero ha sido revelador de la inconsecuencia del discurso austero de López Obrador.

 

Incidente público

   El jefe de Gobierno capitalino no fue capaz de hacer cumplir, dentro de su propia familia, la austeridad que él predica todos los días. No al menos en el caso que comentamos y que se debió al deseo, muy explicable, de un muchacho que quería un vehículo para salir a pasear.

   Quizá por estar tan entregado a las tareas del gobierno del DF, con las que cumple desde antes de que salga el sol, López Obrador no tiene tiempo para conversar con su familia. Ese, queremos enfatizarlo, es un asunto que solo concierne a su vida privada y que comentamos por las implicaciones públicas que tiene. Si el jefe de Gobierno dispusiera de un salario menos limitado, de acuerdo con el importante rango de las tareas que desempeña, quizá su familia contaría con un automóvil adicional y no tendría que pedir prestado un vehículo oficial.

   El incidente de tránsito, que por fortuna para todos se limitó a un choque sin consecuencias personales, lo comentamos porque, en alguna medida, está relacionado con la ineficacia de las medidas de austeridad del jefe de Gobierno. Adjudicarse un salario muy por debajo de las expectativas y necesidades de un funcionario de primer nivel acaba por ser una actitud demagógica e infructuosa, aunque ese no sea el propósito que haya tenido López Obrador.

  

Almas paralelas

   Él mismo no practica con esmero una conducta austera. No nos referimos en absoluto a los manejos financieros o de recursos materiales, sino a otro tipo de frugalidad.

   Si en algo no es austero Andrés Manuel López Obrador es en su exuberante y prolífico discurso político que vivifica todos los días, casi a todas horas. Basta que le pongan enfrente un micrófono, o que un reportero libreta o grabadora en mano le haga la pregunta que sea para que el jefe de Gobierno ceda a la tentación de declarar y, entonces, sentenciar, profetizar y pontificar sobre cualquier asunto público o que, sin serlo, en ese mismo momento se vuelve tema propalado por los medios de comunicación.

   Habla tanto y de tantas cosas el jefe de Gobierno que, como hemos anotado antes, sus mensajes llegan a carecer de prioridades.

   En esa compulsión declarativa se parece mucho a Vicente Fox. De hecho el perfil bragado y respondón que López Obrador ha querido forjarse tiene notables coincidencias, aunque aparentemente responda a otra matriz ideológica, con el  perfil del ranchero de botas que se arremanga la camisa para atender los asuntos públicos que sus propagandistas le fabricaron al ahora presidente Fox.

   Personajes paralelos, buscan estar equidistantes porque obedecen a formaciones e intereses políticos diferentes. De hecho, si alguna constante articula el discurso diario de López Obrador es su manía por distinguirse de Fox. Más que por los asuntos de la ciudad, el jefe de Gobierno se muestra vivamente interesado en los temas nacionales y cada vez que puede discrepa del presidente.

 

Acusación

   La obsesión antifoxista de López Obrador es tal que lo lleva a formular declaraciones irreflexivas o que, en su precipitada espontaneidad, revelan la opinión que le merecen el actual presidente y su equipo de gobierno.

   López Obrador ha criticado a Fox de muchas maneras. Sin embargo el miércoles pasado lo hizo de manera tan grosera e inopinada que no ha dejado de llamar la atención no por el contenido de lo que dijo, sino por la ligereza manifestada en una frase.

   Ese día, al cabo de una ceremonia sobre Coordinación Territorial de Seguridad Pública y Procuración de Justicia en la delegación Magdalena Contreras, varios reporteros le preguntaron a López Obrador qué opinaba acerca de una declaración del presidente Fox sobre la inseguridad en la ciudad de México.

   Ese día aun estaba fresca la consternación por el choque de dos unidades del tren ligero la noche del lunes 21 de mayo. Luego del balance de heridos y un muerto, comenzaba a extenderse la versión de que el accidente no se debió, o no solamente, a impericia de los conductores sino al insuficiente mantenimiento que el gobierno capitalino ha proporcionado a las vías del tren ligero.

   Ese mismo miércoles varios hechos de sangre consternaron a la ciudad de México, entre ellos el asesinato de una empleada dentro de las instalaciones del Tribunal Federal Electoral, según parece por motivos pasionales, y el atentado contra su propia vida de un jovencito de secundaria que se dio un balazo en la cabeza delante de varias de sus compañeras en una escuela en Iztapalapa.

   Quizá circunstancias como esas, entre otras, tenían exasperado a López Obrador. Tal vez no lo pensó mucho, aunque dijo con énfasis:

   “El desorden que sufre la capital del país es a causa de la banda de Los Pinos encabezada por el presidente Vicente Fox Quesada”.

   Abundó: “Si tenemos problemas de delincuencia, de cuello blanco fundamentalmente, es la que nos tiene hasta la coronilla, de la gente que se dedica al saqueo del erario y opera en la ciudad de México y que naturalmente, este es el centro político del país”.

 

¿Distracción?

   De esa manera (¡pero de qué manera!) López Obrador quiso desviar la atención de la afirmación del presidente Fox, quien no hizo sino repetir lo que todos sabemos: que el DF es una ciudad con enormes índices de delincuencia.

   El jefe de Gobierno pretendió revertir la que entendió como una acusación contra él y en vez de admitir que, en efecto, hay delincuencia, sugirió que los delitos más graves no se comenten en las calles o en la violencia física contra los ciudadanos, sino en oficinas de gobierno y consisten en hurtos al patrimonio público.

   No dijo nada más. No aportó una sola evidencia de tan grave acusación. De manera muy directa, el jefe de Gobierno del DF sugirió que el actual equipo en el gobierno federal está robándose recursos públicos.

   Tal afirmación, a la ligera y sin prueba alguna, indica el superficial nivel al que ha llegado la discusión pública y en este caso, la animosidad de López Obrador contra el presidente.

 

Ocultamiento

   El jefe de Gobierno no apuntaló ni detalló esa acusación. Tampoco se ha retractado de ella.

   Sorprendentemente, a pesar de que se trata de una imputación gravísima de uno de los principales personajes públicos en contra del equipo en el gobierno federal y del mismísimo presidente de la República, esa declaración de López Obrador casi no apareció en los medios.

   Se le escuchó en algunas estaciones de radio y desconocemos si pasó por televisión, pero al día siguiente era casi imposible encontrarla en la prensa de la ciudad de México. Este columnista solamente la halló en pequeñas notas en unomásuno y Milenio Diario. Sin embargo la noticia de esa afirmación fue distribuida por la agencia Notimex, así que no puede considerarse que no la conocían las redacciones de los periódicos que decidieron no publicarla.

   Tampoco se le puede encontrar en las transcripciones de las declaraciones de López Obrador que aparecen en la página electrónica del gobierno de la ciudad de México.

   Ignoramos si se trata de un intento por minimizar, ocultándolas, esas declaraciones del jefe de Gobierno. Pero tal ausencia en la prensa y en la información de la administración capitalina no deja de ser inquietante.

 

¿Retractación?

   No hay duda de que López Obrador acusó a la que él mismo calificó como “la banda de Los Pinos”. No hay duda, también, se que se trata de una imputación sin fundamentos.

   Si eso dijo y no tiene pruebas de lo que dijo, y si quiere ser congruente con el comportamiento que él mismo ha postulado, Andrés Manuel López Obrador estaría obligado a desdecirse. En coherencia con la línea de conducta de la que tanto se ha ufanado tendría que reconocer que se equivocó y que difamó, sin pensarlo, al presidente Vicente Fox y a su equipo de trabajo.

   Sería saludable que López Obrador se retractara. Para hacer algo así se necesita ser honesto. Y valiente.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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