Días de aprensión y furia

La Crónica, 14 de octubre de 2001

El mapa del mundo tardará en reajustarse. La crisis actual es de largo aliento y en ella se dirimen las hegemonías para un buen trecho de este comienzo –rudo y vertiginoso– de un siglo cuyas coordenadas hoy se antojan ominosas y peliagudas.

La guerra en Asia Central apenas comienza. Con su desparpajo proverbial pero ahora erigido de un poder inédito en la historia de la humanidad, George W. Bush advierte que la acción militar podrá extenderse a otras naciones y no quedarse solamente en el martirio que hoy se les inflige a los afganos.

Muchos piensan que no había de otra; la acción estadounidense era, se dice, inevitable. El desafío del terrorismo ha sido de dimensiones tan agraviantes no solo para Estados Unidos sino para la humanidad entera que la respuesta no podía ser de menores dimensiones.

Es cierto. Los terroristas transgredieron toda frontera, si es que la había, con el asesinato de millares de civiles el 11 de septiembre. No puede haber consideraciones en la batalla contra ellos.

Pero la gran duda que hoy se abre paso en el mundo, cada vez apuntalada por más datos, es si los bombardeos y la previsible acción de tropas de tierra contra varias poblaciones en Afganistán era la mejor ofensiva posible contra quienes han agraviado al mundo entero.

Junto con bases de entrenamiento y militares del Talibán, los bombardeos estadounidenses han arrasado viviendas y no sabemos si poblaciones enteras de quienes no son cómplices, sino víctimas del actual gobierno en Afganistán. Ayer el Pentágono admitió que una bomba que pretendía lanzar contra el aeropuerto de Kabul, cayó sobre una zona habitada por civiles.

No solo está en cuestión la validez ética sino incluso la pertinencia táctica, en el terreno militar, de esa acometida.

 

Hegemonía fortalecida

Consideraciones como esas son apabulladas, hoy, por la fuerza política, militar y propagandística de la Gran Alianza que se ha articulado alrededor del gobierno de Estados Unidos.

El combate al terrorismo, que sin duda constituye hoy la mayor prioridad para las naciones y los ciudadanos de todo el mundo, se está confundiendo con la solidificación de la hegemonía de la Casa Blanca.

La batalla contra los desdichados que aterrorizan al mundo está implicando la expansión militar y política –también publicitaria– del gobierno estadounidense.

Esa es, hasta el día de hoy, la consecuencia principal de la ofensiva contra Osama Bin Laden y sus secuaces.

Más allá de las aun no comprobadas bajas en los activos de ese personaje y su red terrorista (bajas que ojalá sean significativas pero que por sí solas no detendrán el atemorizamiento que hoy domina al mundo) el saldo de estos días de aprensión y furia ha sido el fortalecimiento estadounidense pero no a expensas de los malvados sino de la soberanía, los intereses e incluso algunos de los principios de muchas otras naciones.

 

De Afganistán a Hollywood

Conmigo o contra mí, dijo el presidente Bush y el mundo se apresuró a adherirse a la campaña que él encabeza.

La situación no es para menos, podría pensarse. Indudablemente estamos ante una emergencia histórica que amenaza a todas las naciones.

Pero esta situación plantea dos grandes preguntas. Una, si la ofensiva militar abierta y prácticamente indiscriminada que se ha desatado contra Afganistán es la mejor solución para devastar a Bin Laden y los suyos. La otra cuestión es si el acatamiento a las posiciones de Estados Unidos constituye la mejor opción para que el mundo combata al terrorismo.

Quizá estamos demasiado habituados a las maquinaciones cinematográficas, pero estos días han parecido reproducir de manera tan tétrica las peores conjuras que vimos en películas, que no es extravagante referirnos a ellas como posibles escenarios en el actual y desdichadamente real conflicto que se vive ahora. A partir de esas referencias no era descabellado pensar en la acción de comandos furtivos o soluciones de índole similar para encontrar a Bin Laden.

La vía del bombardeo ha causado víctimas inocentes y eso es algo que no se puede soslayar en la evaluación de la escalada militar.

Una incursión de personal militar especializado quizá hubiese sido más eficaz y rápida. Y con menos costos. Se puede decir que los estrategas militares saben su trabajo pero ya en otros conflictos se ha conocido la tendencia de los generales a sobredimensionar el uso de la fuerza bélica por encima de otros recursos.

Voltear hacia el cine no es insensato, o al menos no es un ejercicio que propongamos solamente nosotros. Esta semana un grupo de expertos del Pentágono se reunió con guionistas y directores de algunas de las películas sobre atentados espectaculares que Hollywood ha producido en los años recientes para escuchar qué sugieren hacer ante la guerra en la que Estados Unidos y el mundo se han involucrado.

 

Ántrax, amenaza invisible

Las situaciones que estamos conociendo, hace unas cuantas semanas hubieran parecido ficciones peliculescas. Hoy el mundo y especialmente Estados Unidos se encuentran aterrados no solo por el recuerdo del 11 de septiembre sino, además, por la amenaza de un ataque bacteriológico.

El hallazgo de ántrax en las instalaciones de varios medios de comunicación en ese país ha desatado, ahora sí, una sicosis que combina la sensación de inermidad con el carácter imprevisible que tienen esas agresiones.

El terrorismo actúa con sigilo y se aprovecha de los mecanismos más rutinarios para atacar a la gente. Primero fueron aviones, empleados para causar una tragedia de dimensiones históricas. Ahora es el envío por correo, según parece, de esporas tratadas químicamente para aumentar la posibilidad de que sean aspiradas por las personas que reciben esas misivas dañinas.

Las principales empresas de medios en Estados Unidos han cerrado sus departamentos de correo mientras se decide cómo combatir esa nueva amenaza. Pero no se prescindirá del intercambio postal, de la misma manera que la gente sigue viajando en aviones a pesar del riesgo, o el miedo, que eso pueda implicar.

El terrorismo pretende cambiar por el temor las rutinas de las sociedades. No lo conseguirá, aunque muchas actividades antes inocuas ahora tengan que realizarse con precauciones que no existían.

Tanto como daño físico, el terrorismo bacteriológico suscita desasosiego porque es propiciado desde las tinieblas. Nadie sabe cuándo ocurrirá. Peor aún, no se sabe de dónde viene. Hasta ayer el gobierno estadounidense, más allá de las sospechas, no tenía indicios específicos sobre la culpabilidad de Bin Laden o secuaces suyos en el envío de cartas con esporas de ántrax.

 

Respuesta bélica y única

La incertidumbre auspicia los temores más irracionales. Después de ellos el paso siguiente suele ser la búsqueda de soluciones drásticas, sin importar las consecuencias que tengan.

En la medida en que están siendo más atemorizadas las sociedades de países como Estados Unidos –o el nuestro, en donde la inmediatez geográfica y la propagación a través de los medios de las vicisitudes de nuestros vecinos nos hacen partícipes de tales problemas– tienden a ser más conservadoras y a subordinarse a las soluciones contra el terrorismo que tengan más a la mano.

La respuesta inmediata es la que ofrece el gobierno de Estados Unidos. No solo se trata del país que ha sido directamente agredido. También el que tiene mayor capacidad militar.

Pero esas circunstancias no hacían inevitable que la respuesta fuese fundamentalmente bélica ni era forzoso que fuese conducida, como está ocurriendo, por Estados Unidos.

Además o en lugar de los misiles, podían haberse empleado acciones de inteligencia policiaca y militar. En todo caso, esos ataques podrían haber sido conducidos por una coalición internacional.

Pero el gobierno estadounidense no consideró la posibilidad de acudir a los organismos internacionales. Tampoco ellos, ni los países cuya solidaridad reclamó la Casa Blanca, propusieron medidas distintas a las que ha dispuesto el presidente Bush.

 

Incondicionalidades

Quizá la ecuación podría ser al revés pero, por ahora, dejémosla así: por combatir un mal mayor –el terrorismo fundamentalista al que no hay mas remedio que exterminar en una guerra de largo plazo– el mundo está allanándose a un mal “menor”: la supremacía militar y política del gobierno de Estados Unidos.

Aun si países como el nuestro no hubiesen tenido más opción que avalar las acciones antiterroristas, habrían tenido la posibilidad de buscar nuevos equilibrios reforzando a los contrapesos que ahora existen delante de la hegemonía estadounidense.

Eso no está ocurriendo. La voz cantante –con todo el peso moral que le da su carácter de nación agredida pero fundamentalmente con el respaldo militar que encuentra en sus misiles y portaviones– la tiene el gobierno de Mr. Bush. Si en la comunidad internacional se escuchan otras expresiones es solamente, con pocas excepciones, para respaldar sin condiciones las medidas que toma la Casa Blanca.

Los organismos internacionales han quedado abandonados. Se podrá decir que tienen tan escasa capacidad coercitiva y se encuentran tan dominados por estructuras burocráticas y sin respaldo suficiente de las naciones, que era poco o nada lo que habrían podido hacer para enfrentar al terrorismo.

Ahora la situación es peor. En la medida en que prescinde de ellos, el mundo coloca en peores circunstancias a esos organismos: les pierde el respeto y tiende a sustituirlos por nuevas formas de acuerdo, casi siempre subordinadas a las consideraciones militares.

 

ONU, justo reconocimiento

Por eso es tan relevante el premio Nobel de la Paz otorgado a la Organización de las Naciones Unidas y a su secretario general.

El comité de ese galardón sueco actuó con notable sensibilidad política y además de reconocer un trabajo meritorio y una trayectoria noble, ha enviado un mensaje urgente a la humanidad. Es hora de reivindicar la legalidad y la institucionalidad internacionales. La ONU y otros organismos pueden tener muchos defectos. Pero no hay que olvidar que su existencia se debe a la necesidad de atemperar el dominio de las naciones más poderosas y de establecer cauces para que ellas mismas y el resto de la comunidad internacional tomen acuerdos sobre los asuntos más importantes que afectan al mundo.

Precisamente ahora se cumplen cien años de la entrega de los premios Nobel. Ese aniversario y la situación que hoy agobia al mundo hacen especialmente significativa la decisión de reconocer a la ONU y a Kofi Annan.

Premio y aplausos, son símbolos en deferencia a una institución y un funcionario dedicados a cumplir con su cometido en medio de enormes limitaciones.

Para que el reconocimiento que hoy les hacen numerosos gobiernos y naciones tuviera sentido, sería preciso reivindicar la capacidad arbitral y decisoria, así como la autoridad y la respetabilidad de las Naciones Unidas –y de todo su sistema internacional– que hoy son especialmente necesarios.

 

Rigoberta Menchú, sensatez

Tanto así que la voz enterada y acreditada de Rigoberta Menchú, destinataria ella misma del Premio Nobel de la Paz, saludó de inmediato el reconocimiento a Kofi Annan y a la ONU.

Esa luchadora social le comunicó al diplomático nacido en Ghana: “He sido testigo de su compromiso con la búsqueda de soluciones pacíficas a los complejos conflictos que ha enfrentado el mundo en diversas regiones, así como de sus esfuerzos personales por darle a la Organización de las Naciones Unidas un papel protagónico. Sus esfuerzos han sido incansables por que el respeto y la cooperación constituyan el ámbito y el espíritu en que los Estados asuman sus responsabilidades y garanticen la convivencia y el respeto a las diferencias”.

Luego de la congratulación, Menchú apremió en una carta abierta:

“El Premio Nobel llega oportunamente cuando la paz y la seguridad mundial se ven amenazadas por la sinrazón del terrorismo y la insensata reacción de quienes pretenden combatirlo a través de la guerra, imponiendo la unilateralidad de un orden hegemónico que somete al hambre, al despojo y a la discriminación a las tres cuartas partes de la población mundial. Hago votos porque esta acertada decisión del Comité Nobel constituya un poderoso aliciente para continuar extremando sus esfuerzos y los de la ONU a favor de la paz; y sea un inequívoco mensaje de cordura a la comunidad internacional, que evite mayores sufrimientos a la humanidad en el derrotero, tan ilegal como incierto, de una acción bélica que pretende sustituir la justicia por la venganza”.

Posiciones como la de Rigoberta Menchú forman parte de una actitud que, al mismo tiempo que descalifica al terrorismo, considera que también es cuestionable la respuesta sustentada solamente en la guerra.

Estar contra los terroristas no implica, fatalmente, estar con Mr. Bush. Rehuir a esa polarización a la que hoy se quiere llevar al mundo y a nuestras sociedades no solo es posible, sino que constituye un acto de salud pública.

En el Consejo de Seguridad

Quizá nunca, en sus 56 años de existencia, la ONU ha sido tan indispensable para el mundo. Desdichadamente pocas veces en ese trayecto se ha encontrado tan debilitada y ahora, relegada por decisiones al margen de su autoridad.

Reivindicar a las Naciones Unidas implica, ahora más que nunca, emprender la reestructuración que necesita para afianzar su representatividad y por lo pronto, redimir su autoridad en el actual conflicto internacional.

México, en medio de penosos regateos, fue admitido en el Consejo de Seguridad. Durante figurará como miembro no permanente en ese organismo que orienta las acciones de la ONU y que ha sido frecuentemente cuestionado porque está sujeto a las decisiones de los países más poderosos.

Fue discutible que el gobierno mexicano invirtiera los recursos diplomáticos y políticos que se pusieron en juego para propiciar la votación a favor de su candidatura. La pertenencia al Consejo de Seguridad ha sido presentada por el gobierno como reconocimiento a la actual presencia mundial de nuestro país cuando, en realidad, los votos se debieron a compromisos coyunturales, alianzas convenencieras y presiones varias que pudo articular la Cancillería mexicana.

Los inconvenientes de formar parte del Consejo pueden ser mayores que las ventajas, como han señalado autorizadas voces de la diplomacia de nuestro país. Pero esa es una discusión ya trascendida por la realidad. Desde enero de 2002 México participará en el Consejo de Seguridad aunque hoy en día no se sabe con qué posiciones, orientadas por cuáles principios y en beneficio de qué causas.

 

La venganza no es justicia

Oscilando entre la indecisión y el pragmatismo, la política exterior mexicana se encuentra en un momento de definiciones y ajustes. La participación en el máximo organismo de las Naciones Unidas tendría que expresar las coordenadas de esa estrategia.

Las críticas más sólidas al desempeño reciente de la ONU señalan el carácter obsoleto del Consejo de Seguridad. El mundo y sus principales agrupamientos ya no se encuentran representados en ese organismo, además de las numerosas limitaciones organizativas, financieras y políticas, entre otras, que padece para funcionar con eficacia.

Más que figurar en él, México tendría que haber propuesto la sustitución del Consejo de Seguridad por un mecanismo de decisiones más congruente con la composición del mundo de nuestros días y el futuro que los países quieren construir.

Ahora, como parte de él, será difícil que la posición mexicana sea congruente con la tradición de respeto y crítica que nuestra diplomacia ha tenido en los foros internacionales.

Allí se apreciará, entre otros espacios, en qué medida el gobierno de México se encuentra subordinado, debido a la actual emergencia, a las disposiciones de Washington.

También podrían expresarse posiciones de inteligente mesura y calidad propositiva.

Para ello no es necesario esperar a que, en enero, se instale el nuevo Consejo de Seguridad. Desde ahora sería precisa la articulación de una postura propia de nuestro país que, sin conceder un milímetro al terrorismo, tampoco se supedite a las decisiones hegemónicas. Estar por la paz, como dice hoy la señora Menchú, implica estar por la cordura, reivindicar la legalidad internacional y evitar que la justicia se confunda con la venganza.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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