Discurso agotado, proyecto incierto

La Crónica de Hoy, 2 de diciembre de 2001

El segundo año del gobierno de Vicente Fox comienza en medio del desaliento y la incredulidad. Las expectativas que suscitó la propaganda foxista junto con los deseos de cambio que compartían muchos mexicanos le dieron al presidente, hace un año, un altísimo margen de confianza.

   Lo malo de las promesas ambiciosas es que, cuando no se cumplen, la desilusión que causan es proporcional a la esperanza que suscitaron. Eso es lo que está comenzando a sucederle al gobierno actual y en ello no tendría que haber motivo de júbilo sino de preocupación.

   La decepción que comparten muchos mexicanos puede perjudicar las posibilidades de recuperación en la economía y de reencuentro en el campo de la política. La energía social siempre es indispensable para sacar adelante cualquier proyecto de gobierno y más aun cuando, como nos ocurre ahora, es necesario replantear las metas del país en casi todos los ámbitos.

   Los cambios que el mundo ha comenzado a experimentar en los meses recientes y que junto a las dificultades económicas incluyen nuevos realineamientos geopolíticos, junto con la hasta ahora insuficiente renovación de las instituciones y las reglas para las relaciones sociales en México, requieren de un país cohesionado en torno a propósitos fundamentales aunque haya discrepancia en muchos otros terrenos.

   Las fuerzas políticas y los ciudadanos pueden disentir alrededor de numerosos asuntos incluyendo desde luego la permanente disputa por el poder, es decir, por dirigir al país. Pero ese litigio y la acción social en su conjunto solo pueden ser provechosos si se despliegan a partir de coordenadas en torno a las cuales haya consenso nacional sobre el perfil y el rumbo que queremos para el país.

 

Viejas coordenadas

   Esas coordenadas, hasta hace no mucho tiempo las ofrecían la Constitución Política y el nacionalismo mexicano. Aunque no fuesen consecuentes con esos marcos de referencia, cada uno de los gobiernos de la era priista se definió respecto de ellas: la mayoría para reverenciarlos retóricamente, los más recientes para establecer nuevos parámetros históricos.

   Los partidos políticos, cada uno de ellos, tenían a la revolución, el nacionalismo y la constitución como lineamientos respetables y en la mayoría de los casos reivindicables. Incluso los partidos considerados de derecha, salvo excepciones de gran radicalismo y marginalidad, se ubicaban dentro de esos parámetros.

   Vicente Fox propuso el cambio de estilos, objetivos y también de paradigmas históricos para México. Del viejo régimen se planteó conservar las instituciones políticas gracias a las cuales ganó las elecciones. Pero la apuesta transformadora que manifestó el ambicioso discurso del ahora presidente sugería cambiar todo lo demás.

   Sin embargo el cambio que expresa el discurso foxista en muchos casos se ha agotado en la retórica misma. Y sobre todo se ha encontrado con que la realidad mexicana es más compleja y difícil, y menos transformable, de lo que los actuales gobernantes creían antes de llegar al poder.

 

Remedio y enfermedad

   El que mucho promete poco se compromete. Y las promesas sin fin suelen llevar a malos resultados –o expresar la ausencia de ellos–. El gobierno está cosechando hoy la siembra de expectativas sin ton ni son en tanto que los ciudadanos, comienzan a preguntarse si el remedio foxista no ha sido peor que la enfermedad priista.

   Es pronto para hacer un diagnóstico tajante. Preguntarnos si un nuevo gobierno del PRI habría sido mejor que la experiencia de cambio tartajeante e inconsecuente que se ha desarrollado este año, no deja de ser ocioso y algo autoflagelante.

   A la luz de su asamblea reciente, en donde se volvieron a manifestar caudillismos y viejos modos de la política priista, es posible reconocer que ese partido no tiene remedio, al menos hasta ahora. En todo caso el poder ahora se encuentra en otra fuerza política y con ella tenemos que avanzar, al menos de aquí a casi 5 años más.

 

Nuevo contexto

   El gobierno del presidente Fox ha demostrado enormes dosis de inexperiencia e imprevisión y en algunos casos ingenuidad e impericia. No puede decirse que en la mayoría de sus funcionarios de primer nivel, incluyendo al presidente, no exista buena fe. Pero esa actitud no basta para gobernar.

   El panorama del año ya concluido no se agota en esa retahíla de descuidos. Es preciso reconocer que, de una u otra manera, el gobierno ha podido establecer un nuevo contexto para el desarrollo de los asuntos públicos. Los viejos parámetros, algunos de los cuales eran considerados intocables por los anteriores gobiernos, han sido puestos en tela de juicio.

   El nuevo gobierno ha hablado, entre otros temas que las administraciones priistas no pudieron o no quisieron atender, de reforma laboral y de modificaciones al régimen jurídico de los medios de comunicación, En ninguno de esos campos hay resultados todavía. Si no se avanza en ellos la administración del presidente Fox acabará reconociendo como intocables asignaturas en las cuales sus antecesores fueron especialmente indolentes.

 

Optimismo agotado

   Fuera del país el prestigio con que Fox llegó al gobierno le ha permitido a México una nueva presencia internacional. Dentro, esos asuntos son conducidos con un nuevo estilo que en comparación con algunos de los modos del viejo régimen resulta más fresco y directo, menos acartonado.

   Sin embargo las formas no bastan. La renovación en los estilos ha sido importante pero no alcanza a compensar la debilidad en el contenido de las políticas gubernamentales. Peor aun, a lo largo de este año el gobierno, y especialmente el presidente Fox, han querido reemplazar con gestos publicitarios la ausencia de políticas públicas suficientemente sólidas y explícitas.

   En ese lapso el presidente y su equipo de trabajo han comprobado que a la sociedad no le bastan las apariencias de cambio para con ello satisfacer sus exigencias de renovación. El discurso gubernamental se ha agotado, al menos en varios de sus lineamientos centrales.

   Un año quizá es poco para establecer un rumbo y afianzar una conducción nuevos en un país tan grande y complejo. Pero ha bastado para que la confianza inicial se agote y para que la mayoría de los mexicanos contemple ahora con suspicacia un desempeño que hace 12 meses veían con optimismo.

 

Del 72% al 37%

   De acuerdo con la encuesta nacional realizada por la empresa Alduncin para el diario El Universal y publicada el viernes, en marzo pasado el 72% de los ciudadanos aseguraba que si en ese momento hubiera elecciones para presidente votaría por Vicente Fox. Ese porcentaje bajó en mayo al 63% y en agosto al 55%.

   En noviembre, hace unos cuantos días, solamente el 37% de los entrevistados aseguró que votaría por Fox para la presidencia.

   Pocos datos, entre los muchos que se han publicado con motivo del aniversario presidencial, muestran de manera tan cruda el descenso en la popularidad de Fox.

   Esos no son porcentajes de aprobación al desempeño presidencial sino expectativas ante una situación hipotética. Pero no dejan de resultar significativos. En marzo de este año casi el doble de los ciudadanos que en julio de 2000 sufragaron por Fox le hubieran dado su voto al ahora presidente. Ahora la intención de voto, siempre en ese ejercicio hipotético, sería menor al 42.5% que la Alianza por el Cambio obtuvo en los comicios federales del año pasado con la candidatura de Fox.

   En mayo, según la encuesta que hemos mencionado, el 63.7% consideraba que en el actual gobierno sí hay cambios. En noviembre las opiniones en tal sentido disminuyeron al 46.9%.

   En mayo el 30.2.% de los ciudadanos estimó que el gobierno iba por el camino equivocado. En noviembre quienes comparten ese juicio adverso aumentaron al 48.7%.

 

Desfavorables señales

   El desaliento de los ciudadanos, como hemos apuntado, no es para alegrar a nadie. Si la imagen del presidente y el gobierno van a la baja, los asuntos que tienen a su cargo recibirán consensos decrecientes y ello no beneficia a nadie en este país. Si la confianza en el gobierno es mala, difícilmente podrá desplegarse la energía social que requiere el desarrollo nacional en todos sus aspectos.

   México, también hay que admitirlo, no se encuentra en una situación de frustración y animosidad sociales como la que existe en otros países latinoamericanos. Los índices de aprobación al desempeño del gobierno en Argentina, para mencionar el ejemplo más triste, son casi nulos y las coordenadas políticas, que se desplazaron de los partidos a las personalidades, se encuentran abatidas en medio de una terrible crisis de credibilidad apenas superada por la catástrofe económica.

 

Más allá del aplauso

   La sociedad suele ser veleidosa. Otorga respaldos generosos y hasta desmedidos en épocas de bonanza y esperanza y regatea las adhesiones precisamente cuando más falta hacen. Así ocurre en todo el mundo y así ha sucedido en México, ahora igual que en el pasado reciente.

   Los gobiernos contemporáneos, en todo el mundo, cuando tienen visión de Estado saben que no pueden hipotecar todos sus recursos ni todos sus proyectos al aplauso de los ciudadanos. Más aun: el hecho mismo de tomar decisiones suele afectar intereses que llegan a traducirse en desaprobaciones por breves o largos periodos.

   Esas verdades, que matizan e incluso a menudo vuelven ingrato al quehacer político, no han sido advertidas –o no lo han sido en la medida en que resulta necesario– por el presidente Fox y su administración.

   Es natural que todo gobierno contemporáneo tome decisiones tomando en cuenta el efecto que tendrán en la sociedad. Pero una cosa es medir el estado de ánimo de los ciudadanos y otra, gobernar en busca de la aprobación constante de la sociedad.

   Al presidente Fox, según indican sus actitudes personales, le ha parecido pertinente gobernar para congraciarse con los mexicanos. Con esa conducta él mismo se ha colocado un grillete, o se ha involucrado en un círculo vicioso.

   A fuerza de gobernar para mantener sus índices de aprobación el presidente ha descuidado algunos asuntos sustanciales tanto en la economía como en la política. Y a medida que ha tratado de tomar decisiones –o, en otros casos, ha dejado de tomarlas– con tal de no lesionar su popularidad, los cuestionamientos de la sociedad a su gestión han ido en aumento.

 

Voluntarismo

   Gobernar implica decidir, proponer, convocar, incluso arriesgar. Ningún gobierno puede resolver sus obligaciones exclusivamente a partir de la propaganda. Los medios comunican imágenes pero también contenidos y durante un año el gobierno del presidente Fox, con pocas excepciones, se ha limitado a ofrecerle a la sociedad mexicana la imagen de un presidente tenaz, dicharachero, magnánimo y optimista… pero cuyos logros como gobernante dejan mucho que desear.

   Quizá al discurso del gobierno le hace falta algo de realismo. Y desde luego requiere mucho de solidez.

   El realismo podría conducir al presidente a hablar de problemas auténticos y a identificar rezagos sustantivos y no solamente a culpar a las circunstancias externas del estancamiento económico en el que se encuentra nuestro país.

   Estamos en medio de una crisis internacional, eso es cierto. Pero aun sin ella las dificultades de la economía mexicana serían graves. Quizá ya es hora de explicarle a los mexicanos las dimensiones de esos problemas en lugar de enmascararlos en un discurso voluntarista que cada vez convence y convoca a menos ciudadanos.

   No hay que olvidar que el voluntarismo suele ir de la mano con el populismo. Ni que de allí al autoritarismo a veces no hay demasiada distancia.

 

Ampliar el horizonte

   La renovación del discurso gubernamental, en sus aspectos más amplios, se llevará más tiempo pero no comenzará si no existe el propósito, explícito y claro, para avanzar a la construcción de un proyecto nacional digno de ese nombre.

   Si la Constitución de hace 85 años, la revolución que será centenaria dentro de nueve años y el nacionalismo del siglo pasado ya no ofrecen las respuestas y el rumbo que exigen el país y el entorno global de nuestros días, es preciso pensar en un nuevo proyecto que sin hacer tabla rasa de nuestros patrimonios históricos, ideológicos e incluso simbólicos, nos permitan tener metas claras, capaces de convocar a los mexicanos.

   Para ello es pertinente pensar más allá de la coyuntura y articular políticas públicas que no estén orientadas solamente por el pragmatismo.

   Llevamos un año escuchando, desde el poder, constantes y cada vez más deslucidas convocatorias a un hoy, hoy, hoy que se vuelve –riesgosamente– cantinela que suscita escasas adhesiones. Es tiempo de pensar en el “hoy” teniendo al “mañana” como horizonte. Pero mientras siga hipotecado a las encuestas de cada día y al voluntarista optimismo para alimentarlas artificialmente, el presidente Fox no construirá el horizonte que requiere su gobierno y que el país merece.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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