Estampas después del 11 de septiembre

La Crónica, 28 de septiembre de 2001

Las tragedias despiertan actitudes extremas. Las reacciones más nobles se manifiestan junto a comportamientos necios. Nobleza, solidaridad y compasión llegan a estar acompañadas de ordinariez e irracionalidad. Después del 11 de septiembre el mundo ha conocido procederes de lo más variados y no solamente en el terreno de las relaciones políticas y la indagación policiaca. Más allá de la respuesta de los gobiernos, que ante la magnitud descomunal de los atentados en Nueva York y Washington y la amenaza rampante y casi invisible del terrorismo ha tendido a allanarse a las exigencias de Estados Unidos, la reacción de la gente en ese país y el resto del mundo ha transitado de la estupefacción al horror, de la condena al miedo y, en algunos casos, a comportamientos distantes de la sensatez.

   Las grandes tragedias modifican los parámetros de la gente. Las certezas que llegaron a ser protectoras se derrumban y en ausencia de ellas, hay quienes se amparan en posturas intolerantes o extravagantes.

   En Estados Unidos, poco después del 11 de septiembre se produjeron varios episodios de persecución contra ciudadanos de origen árabe. Ahora la sensación de riesgo la experimentan todos, acicateada por las versiones de posibles ataques con armas químicas o bacteriológicas. En ese tránsito de la cotidianeidad que se consideraba invulnerable a las agresiones externas a la actual condición de inseguridad y desasosiego, se producen escenas y episodios excéntricos.

 

Euforia profética

   En las últimas dos semanas el tema que más ha interesado en la Internet han sido las profecías de Nostradamus,

   Más que los incidentes en Nueva York, la biografía de Osama Bin Laden o los detalles de la situación militar en el Medio Oriente –incluso más que los sitios de sexo o de subastas que son tan frecuentados en la red de redes– el asunto que ha sido motivo de más solicitudes en los buscadores en Internet ha sido el supuesto vaticinio, hace tres centurias y media, de la catástrofe de hace 19 días.

   En los buscadores Goggle.com y Lycos.com, que se encuentran entre los más utilizados por los usuarios de la Internet para localizar páginas web, el nombre de Nostradamus ha sido el más repetido en estos días. Tan insistente interés se debe a la versión, que circuló en cadenas de correo electrónico y luego fue publicitada en medios de comunicación muy destacados, de una aparente adivinación de ese físico y astrólogo francés cuya memoria e ha perpetuado por las profecías que, según algunos de sus intérpretes, hizo de algunos acontecimientos históricos.

   Según esa versión Nostradamus escribió en 1654 que la tercera guerra mundial comenzaría con la caída de “dos hermanos”.

   “En la ciudad de Dios habrá un gran trueno. Dos hermanos caerán en medio del caos… la tercera gran guerra empezará mientras la gran ciudad esté en llamas”, dice el texto que ha circulado por todo el mundo, atribuido al mencionado personaje.

   Sin embargo en el año en que se dice escribió tan estremecedora anticipación, Nostradamus ya no existía. Vivió de 1503 a 1566. Los conocedores de su obra han advertido que el texto que se volvió tan famoso en los días recientes no forma parte de la obra de ese escritor.

 

Fatalidad y ocultismo

   En la superstición, mucha gente busca explicaciones que el pensamiento racional no es capaz de ofrecer plenamente. ¿Qué tipo de personas son capaces de planear y ejecutar el asesinato de miles de inocentes, incluso suicidándose ellos mismos? Como no hay elucidación apoyada en la política y el realismo que sea del todo convincente, se antoja buscar motivaciones en la fatalidad y el ocultismo.

   Además como apuntábamos en este espacio hace dos semas, la tragedia es tan descomunal que pareciera necesario adjudicarla causas también inasibles desde nuestra realidad. Entonces nada más sencillo que  atribuirla a la predestinación.

   El pensamiento mágico convive –y a veces se retroalimenta– con la intolerancia. Las grandes embestidas contra una sociedad tienden a volverla más conservadora y desconfiada. El recelo domina entonces y se convierte en acicate para rechazar todo lo que no se entiende, o todo aquello que parece diferente a nuestro entorno más inmediato. En actitudes como esas se encuentra uno de los gérmenes del racismo y la segregación.

 

Recluir a disidentes

   Después de los atentados el Siena College Research Institute levantó una encuesta telefónica entre los ciudadanos del estado de Nueva York. Los entrevistadores preguntaron qué habría que hacer con los sospechosos de apoyar a terroristas o con las personas que coincidieran con ellos

   La mitad de los encuestados dijo que se oponía a la idea de crear campos de reclusión para “los individuos a quienes las autoridades identifiquen como simpatizantes de causas terroristas”.

    El 15% dijo que no tiene opinión al respecto.

   Pero la tercera parte se manifestó a favor de esa medida.

   El 75% de los encuestados consideró que los ataques terroristas continuarían y el 40% admitió tener mucho miedo de que ellos mismos o alguno de sus familiares pudiera ser víctima de nuevos atentados.

   La encuesta fue levantada en el momento de mayor indignación y confusión después de los atentados, entre el 12 y el 19 de septiembre. Sus autores dicen que tiene un margen de error del 4%.

   El miedo y la ofuscación originan actitudes persecutorias, en todos los rangos de la vida social. En Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial se crearon campos de reclusión para personas de origen japonés. Ahora la tercera parte de los habitantes de Nueva York (todo el estado, no solo la ciudad) apoyaría una medida similar.

   La encuesta no preguntó qué hacer con los terroristas, sino solamente con aquellas personas a quienes “las autoridades” considerasen “simpatizantes” de ellos. Macartismo medio siglo después: nadie está pensando –queremos suponer– en establecer esos campos de concentración. Pero la sola aceptación de esa posibilidad, registrada por la encuesta, indica la gran paranoia y las reacciones excluyentes que se han extendido, en estas casi tres semanas, entre los estadounidenses.

 

Avasallada privacía

   Declan Macullagh es un periodista especializado en informática que se ha convertido en uno de los más tenaces defensores de los derechos civiles en la Internet. Sus investigaciones han documentado, durante varios años, sucesivos intentos de los gobiernos estadounidenses para coartar la expresión en la red de redes a través de intercepciones a los mensajes electrónicos, instalación de dispositivos de espionaje y promulgación de reglamentos coercitivos, entre otras medidas.

   Ahora Macullagh es más pesimista que nunca. La tarea de grupos animados por convicciones como las suyas y que habían logrado frenar los proyectos de vigilancia de las comunicaciones por Internet han quedado desplazados por la emergencia nacional después del 11 de septiembre. En los servidores de las principales firmas que dan facilidades de conexión a la Internet el FBI consiguió instalar software para registrar intercambios de mensajes y las exploraciones que cualquier usuario quiera hacer en la red.

   Escritor en los servicios de la revista Wired, entre otros sitios, Macaullagh advierte:

   “Cualquiera que se preocupe por el destino de las libertades civiles durante la creciente guerra contra el terrorismo del gobierno de Estados Unidos debería querer considerar esta máxima latina: Inter arma silent leges.

   “Eso significa ‘en tiempo de guerra las leyes callan’ y comprende la supremacía de la segurtidad sobre la libertad que suele acompañar a las emergencias nacionales.

   “Consideren esto: durante las grandes guerras de América –la Guerra Civil, la Primera y la Segunda Guerras Mundiales– el gobierno de Estados Unidos restringió las libertades civiles en nombre de reprimir la disidencia, silenciar la crítica de las decisiones políticas y preservar la seguridad nacional”.

 

Luces sin satélite

   Centenares de miles de estadounidenses encendieron las luces de sus casas la noche del viernes 14 de septiembre con la esperanza de estar contribuyendo a una causa simbólica y noble. Habían recibido mensajes de correo electrónico en donde se les decía que la NASA estaba solicitando que todos los barios en todas las ciudades estuviesen iluminados a las 10 y media, tiempo del Este, para que un satélte tomase una fotografía. Las luces en abundancia serían una demostración de homenaje a los fallecidos en los atentados del día 11 y la foto aparecería en los periódicos del día siguiente.

   Pero no hubo satélite, no foto, ni testimonio en la prensa. Se trató de una ocurrencia más entre las muchas que se han expresado para sugerir reacciones de diversa índole ante los ataques terroristas. Al parecer algún grupo cívico sugirió encender las luces y luego el imaginario popular, o la inventiva de unos cuantos, exageró la propuesta hasta comprometer a la NASA.

 

Arenga en el aire

   La mañana del sábado 15 de septiembre los pasajeros del vuelo de United que viajó de Denver a Washington apenas se estaban abrochando los cinturones, antes de que el avión despegara, cuando escucharon la siguiente arenga:

   “Señoras y señores pasajeros, les habla el capitán. Antes que nada quiero agradecerles que hayan tenido el suficiente valor para volar el día de hoy. Ahora las puertas están cerradas y no tendríamos ninguna ayuda del exterior si ocurriera cualquier problema dentro de este avión. Como les pudieron decir cuando documentaron antes de abordar, el gobierno ha hecho algunos cambios para aumentar la seguridad en los aeropuertos. Sin embargo no han establecido ninguna regla sobre lo que ocurre cuando se cierran las puertas. Aunque lo hicieran, nosotros hemos establecido nuestras propias reglas y quiero compartirlas con ustedes.

   “Cuando esas puertas se cierran solamente contamos con nosotros mismos. Con toda esa creciente revisión, la seguridad ha prevenido una amenaza por ejemplo con pistolas. Pero supongamos que tenemos una bomba. Si ustedes traen una bomba no hace falta que me lo digan a mí ni a nadie más en este vuelo: ustedes tienen el control. Así que, para este vuelo, en este avión no existe ninguna bomba.

   Luego están las amenazas que pueden ocurrir con cosas como plásticos, madera, navajas y otras armas que se pueden hacer con cosas como esas que pueden ser usadas como armas.

   Estos son nuestro plan y nuestras reglas. Si alguien o algunas personas se levantan y dicen que están secuestrando este avión, quiero que todos ustedes permanezcan unidos. Entonces agarren todo lo que encuentren disponible y aviéntenselos. Aviiéntenles a las caras y a las cabezas hasta que tengan que levantar las manos para protegerse.

   La mejor protección que ustedes tienen contra las navajas son las almohadas y las cobijas. Cualquiera que esté cerca de esa gente debería tratar de ponerles una manta sobre la cabeza, así no podrían ver. No les den descanso. Yo aterrizaré el avión en el sitio más cercano y nosotros nos encargaremos de ellos. Después de todo, habitualmente son solo unos cuantos ¡y nosotros somos 200 veces más fuertes! No los dejaremos que se lleven este avión.

   Encuentro interesante que la Constitución de Estados Unidos diga ‘nosotros, el pueblo’. Eso es lo que somos, EL pueblo y no nos van a derrotar”.

   Acto seguido los pasajeros aplaudieron, muchos tenían lágrimas en los ojos. El avión despegó.

   Una de las pasajeras, que dio a conocer el incidente en un foro en Internet –y que ofreció suficientes datos suyos y del vuelo para que el relato sea considerado verosímil– narra que, a continuación, la aeromoza dio las explicaciones de rutina acerca de las salidas de emergencia y las medidas de seguridad. Pero no se quedó en eso.

   “Dijo que estamos tan ocupadsos en vivir nuestras vidas a un paso tan rápido –añade ese relato–. Nos pidió a todos que volteásemos a nuestros vecinos de asiento y nos presentáramos con ellos, que les dijéramos algo acerca de nuestras familias y niños, que les mostrásemos fotografías, cualquier cosa. Nos dijo ‘por el día de hoy consideramos que ustedes son una familia. Los vamos a tratar así y les pedimos que hagan lo mismo con nosotros’.

   Cuando el avión tocó la pista del aeropuerto Dulles en Washington los pasajeros volvieron a aplaudir”.

 

Sacacorchos, por favor

            Escribo esta columna a bordo de un avión. Es un vuelo largo. Siguiendo las instrucciones llegué al aeropuerto tres horas antes pero las revisiones apenas si son un poco más detenidas que antes de los acontecimientos recientes. Quizá fue la facha de buena gente que cargo, pero en ninguna de las tres ocasiones que me revisaron el equipaje de mano tuve que comprobar que mi computadora portátil realmente es eso y no un escondite de instrumentos prohibidos. En la escala que hicimos en Cancún hubo una nueva revisión antes de regresar al avión, pero con más cansancio que afán inquisitivo. “Es la histeria que hay por todas partes”, me comenta una aeromoza de enormes ojos negros sin que le tenga que preguntar nada. “Deje que pasen cuatro meses y verá cómo a todos se nos olvida esto de la seguridad”.

            Pareciera que no nos tomamos en serio, o que el riesgo lo vemos tan distante que no creemos que nos alcance. Después de todo este  vuelo va hacia el Sur. A diferencia del mensaje del piloto de United que transcribí antes, en este vuelo no hay arengas, ni especial nerviosismo.

            Tampoco hay vino. “Es que no nos dejan traer sacacorchos. Usted sabe, por eso de la seguridad”, me explica, amable, un sobrecargo.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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