Fox, el PRI, Salinas, Zedillo

La Crónica de Hoy, 9 de septiembre de 2001

Los dirigentes priistas están muy sensibles. La descripción que el presidente Fox hizo en Washington acerca de la manera como muchos estadounidenses han visto críticamente a la política mexicana ocasionó la irritación de la líder nacional y otros miembros destacados de ese partido.

   Algunos han dicho, incluso, que esa alusión puede impedir el pacto político que el gobierno busca con los partidos.

   Pero vale la pena leer con cuidado el discurso del presidente Vicente Fox ante el Congreso de Estados Unidos para advertir qué fue exactamente lo que dijo.

   El tema central de ese mensaje, el jueves 6 de septiembre por la mañana, fue la exhortación para que los legisladores estadounidenses le tengan confianza a México. Esa actitud, dijo Fox, es necesaria para resolver conjuntamente asuntos como la migración de trabajadores mexicanos o el comercio con nuestro vecino del norte.

   La confianza entre ambos países ha sido obstaculizada, explicó, por prejuicios mutuos: “En ambos lados de la frontera, preferirían apegarse al antiguo dicho de que un buen cerco equivale a un buen vecino”.  Y dijo entonces:

   “Esas percepciones tienen profundas raíces en la historia. En México provienen de una añeja idea de sospecha y aprensión sobre su poderoso vecino y en Estados Unidos provienen de experiencias anteriores, con un régimen político que gobernaba México, que en su gran mayoría era considerado como antidemocrático y desconfiable”.

 

Fundada suspicacia

   El presidente mexicano describió de esa manera las representaciones que en cada país ha existido sobre el otro. La desconfianza mexicana respecto de los Estados Unidos no ha sido gratuita: en otras épocas nos han robado parte de nuestro territorio, nos invadieron y más tarde el gobierno de ese país mantuvo una constante presión, a través de numerosos recursos, sobre la política mexicana.

   No está claro que esas prácticas hayan terminado. Pero sí es evidente que hoy la sociedad y la clase política mexicanas tienen una fortaleza que ahora les permite rechazar muchas de tales presiones. Ese es un ingrediente que no recordó el mandatario mexicano: aunque Washington así lo quiera, hoy su solidez social y política le da a nuestro país nuevos márgenes de maniobra.

   La descripción que el presidente Fox hizo de las percepciones que en Estados Unidos han existido respecto de México tampoco descubrió algo nuevo. Simplemente dijo que el régimen anterior –desde luego se refería a los gobiernos del PRI– era juzgado como “antidemocrático y desconfiable”.

   Fox no dijo que ese régimen, que a él le tocó desplazar, haya estado definido por tales adjetivos.

   Solamente recordó que así se le consideraba en Estados Unidos.

   Quizá esa afirmación fue demasiado tajante porque no todos los estadounidenses tenían esa percepción sobre la vida política mexicana –algunos incluso mantienen opiniones mucho más drásticas y descalificatorias acerca de nuestro país–.

   Pero quien se haya asomado aunque sea someramente a la prensa, al mundo político o a la vida académica en los Estados Unidos, habrá podido constatar la opinión extremadamente desfavorable que en esos espacios solía existir acerca de la vida pública mexicana y especialmente acerca de los gobiernos del PRI.

 

Visión desfavorable

   No hace falta acumular recortes de diarios y revistas, ni discursos y declaraciones de congresistas de los dos partidos estadounidenses, ni desempolvar papers de profesores de ese país para verificar tal opinión.

  En un hecho que durante varios años en los espacios de la sociedad y la política estadounidenses en donde hay interés por México el juicio predominante era desfavorable.

   También puede asegurarse que muchas de esas opiniones eran determinadas por un conocimiento parcial de la circunstancia mexicana y por prejuicios que no necesariamente han desaparecido.

   A veces es sorprendente la ligereza con que en algunos espacios de la prensa, la política o la academia estadounidenses se abordan los asuntos relacionados con México.

   En otros de ellos, en cambio, tiende a existir una apreciación más enterada y documentada, capaz de reconocer los matices de la vida pública de nuestro país.

 

Intenso cabildeo

   La afirmación del presidente, como puede constatarse en la transcripción de su discurso, se refirió al juicio predominante, acerca de México, que había en esos circuitos de los Estados Unidos. Fox no hizo mas que recordarla.

   Desde luego el corolario de tal mensaje era asegurar que ahora las cosas han cambiado y que los estadounidenses pueden confiar en nosotros de la misma manera, según sugirió, que los mexicanos podemos confiar en Estados Unidos.

   Esa alusión irritó la piel políticamente sensible de los priistas que sin embargo, hace varios años fueron los primeros en advertir las opiniones adversas que su partido suscitaba entre los interesados por asuntos mexicanos en aquella nación.

   Para atenuar esas críticas el gobierno mexicano y el PRI procuraban una intensa interlocución con las élites periodísticas, políticas y académicas en Estados Unidos. Sin embargo los puentes que con esos segmentos lograron construir los adversarios del PRI con frecuencia eran más eficaces.

   Las versiones que los miembros de esas elites tenían acerca de la realidad mexicana eran, de tal manera, intencionadas y parciales. Por un lado conocían el discurso del gobierno y el PRI. Por el otro, se enteraban de las críticas formuladas por antagonistas del poder político en México los cuales, a menudo, tenían más credibilidad que los personeros del gobierno y su partido.

   Las opiniones hostiles a la situación política en nuestro país lograban mayor éxito no tanto por la fuerza de sus argumentos o la capacidad persuasiva de quienes las presentaban sino, simplemente, porque decían algunas de las cosas que sus interlocutores estadounidenses querían escuchar.

   Los defectos de la política mexicana, que no han sido pocos, aparecían magnificados ante la mirada de congresistas y asesores legislativos que a priori querían desconfiar de ella, de académicos más empeñados en describir a México en blanco y negro que en su policroma y versátil realidad y de periodistas que sabían que sus notas y reportajes serían más exitosos si mostraban facetas sombrías de nuestro país.

  

La imagen del PRI

   Ese auditorio, receptivo a las malas noticias acerca de México, fue el que cobijó, auspició y dio confiabilidad a políticos, periodistas y académicos de nuestro país dedicados a ofrecer el lado tenebroso de la realidad mexicana.

   Algunos de ellos formaron parte de la campaña de Vicente Fox y hoy ocupan posiciones relevantes en su gobierno.

   Pero la mala fama del PRI no es culpa de esos cabilderos cuya habilidad radicó en saber decir, en el momento adecuado, lo que sus interlocutores estadounidenses querían oír.

   Su desprestigio el partido que nos gobernó durante siete décadas se lo ganó debido a los abusos que muchos de sus dirigentes y gobernantes perpetraron durante largo tiempo. El ejercicio del poder siempre desgasta. Y era inevitable que la imagen del PRI, más allá de las virtudes o lacras de ese partido, padeciera una erosión mayúscula.

  

Presidente no infalible

   No toda la gestión de los gobiernos priistas fue aciaga. El desarrollo económico, el fortalecimiento de la sociedad y la institucionalidad política que hemos alcanzado, entre muchos otros logros, ocurrieron durante el régimen encabezado por ese partido. Eso es tan obvio que no tendría que ser necesario subrayarlo si no fuese porque todavía se conocen tajantes descalificaciones, resultado de una grave ignorancia acerca de lo que ha sido y es nuestro país.

  Al día siguiente de su alocución en el Capitolio que despertó el disgusto de la dirigente nacional del PRI –quien lo acompañó en la visita a Washington igual que la líder del PRD y el presidente del PAN– el presidente Fox abundó en el intento para hacer una descripción menos maniquea del desarrollo mexicano en los años recientes.

   En un almuerzo con especialistas de varios centros de reflexión estratégica Fox dijo que el actual momento de la transición mexicana tiene áreas de claridad y otras, de oscuridad. Entre las primeras está el hecho de que el cambio de gobierno ha ocurrido de manera pacífica, “sin ninguna crisis o sin ninguna devaluación
mamut (sic) como las teníamos en el pasado”.

   El presidente no ofreció detalles sobre la parte oscura de ese proceso pero mencionó dos problemas: la necesidad de que su partido –el PAN– y el gobierno establezcan una relación “buena y saludable” y los tropiezos que ha tenido su administración en los nueve meses que lleva desde que tomó posesión.

   “Somos nuevos como gobierno y cometemos errores, indudablemente. Y
tenemos errores en la conducción de la nación, pero aprendemos”, dijo Fox.

   Ese reconocimiento de las equivocaciones de él mismo y de su equipo de trabajo no es frecuente y rompe con la costumbre del poder político en México que consideraba indispensable presentarse ante la sociedad como si fuese infalible. Es novedoso saber que el presidente admite que se equivoca aunque, desde luego, eso no basta para justificar o minimizar tales errores.

   Y así como el PAN y el gobierno tienen que acostumbrarse a la nueva circunstancia de México, Fox dijo que también el PRI se está ajustando como partido, ajustando también su relación en la arena política”.

 

TLC: razón de Salinas

   Quizá como compensación por las interpretaciones que desató su discurso el día anterior, o como parte de una convicción meditada antes, Fox hizo entonces un reconocimiento para muchos inesperado.

   El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, consideró, “fue una decisión visionaria y estratégica, tomada por muchas personas, aquellos que fueron los protagonistas y jugadores hace diez años. Y tuvieron razón”.

   El TLC fue impulsado y negociado por mucha gente, pero quien se encargó de encabezarlo como proyecto estratégico de nuestro país fue el presidente Carlos Salinas de Gortari.

   La frase de Fox en ese discurso en Washington significó un aplauso, claramente, a Carlos Salinas.

   No por eso el actual presidente avala toda la política del gobierno de Salinas. Pero hacer ese elogio, más allá de animosidades o prejuicios, quizá indique una interesante búsqueda de equilibrios en el discurso y la política del presidente Fox.

   Horas antes Fox escuchó al secretario general de la OEA, César Gaviria, referirse al TLC de manera encomiosa cuando habló de “la transformación de México como resultado del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte, la más espectacular de la última década en el ámbito mundial”. Así que el reconocimiento para el ex presidente Salinas fue doble.

 

Zedillo, democrático

   El mérito de otro ex mandatario mexicano también fue destacado por Fox en Washington.

   El miércoles, en un mensaje ante la Fundación Nacional para la Democracia que le dio un premio, Fox negó que él tenga todo el mérito de la transición política que México ha experimentado.

   Y aseguró: “La democracia nace en la gente, la democracia le pertenece a la gente, la democracia empodera (sic) a la gente. Sin embargo, no sería justo si no reconociese que esa transición pacífica fue posible y ocurrió debido a la conducta democrática del Partido Revolucionario Institucional y su presidente el 2 de julio, el presidente Ernesto Zedillo”.

   Los dirigentes del PRI no reaccionaron ante esas palabras con la enjundia que invertirían para quejarse del discurso que Fox leería al día siguiente en el Capitolio. Quizá consideren que no hace falta agradecer el aplauso. Pero lo más probable es que se sientan tan incómodos con el reconocimiento al presidente Zedillo, o con el que se le hizo al presidente Salinas, como con el recordatorio que Fox hizo de la mala imagen del PRI en Estados Unidos.

   El PRI, junto con otros problemas, tiene un déficit de identidad histórica. A falta de una autocrítica intensa y creativa sus líderes actuales se han conformado con echarle a esos ex presidentes la culpa del descrédito de su partido.

   No aciertan a recuperar las realizaciones provechosas de tales gobiernos, ni a reconocer que por muy desacertadas que hayan sido algunas decisiones de esos presidentes otras de sus acciones, en cambio, fueron oportunas.

   El TLC fue un proyecto de largo alcance y promovido a tiempo. El reconocimiento de los resultados del 2 de julio del 2000 fue una actitud democrática y respetuosa de la ley.

  

Cosechar en el pasado

   No se trata de casualidades. El discurso del gobierno está buscando asideros más realistas y menos supeditados a la demagogia de las campañas o al triunfalismo que al menos hasta fechas recientes, la administración actual quiso mostrar como única actitud delante de los mexicanos.

   El reconocimiento de sus propios errores –es decir, el rechazo a la infalibilidad presidencial– se suma a la aceptación de que no todo en los gobiernos anteriores ha sido descartable y perjudicial para México.

   El jueves en el Banco Interamericano de Desarrollo, también en Washington, el presidente mexicano puntualizó:

   “No faltan voces que argumentan que este gobierno está recogiendo muchas
cosas del pasado y que es más de lo mismo. A nosotros nos parece que es
muy inteligente recoger muchas cosas del pasado que han sido buenas para
México y, entre otras, han sido los programas instituidos en el terreno
agropecuario como es el programa de Procampo y lo mismo en los programas
de vivienda exitosos, como es el caso del Fovi, que precisamente ha logrado impulsar agresivamente la construcción de viviendas en México”.

 

México no nace “hoy”

   En otras circunstancias la aceptación de los méritos de gestiones anteriores sería muy natural. Aunque se trata de gobiernos encabezados por partidos políticos distintos hay una inevitable continuidad en proyectos y decisiones.

   Pero en el panorama político mexicano, que ha estado repleto de desavenencias y altercados, esos reconocimientos del presidente Fox podrían tener, entre otras, tres implicaciones.

   Por una parte, pareciera que el gobierno quiere acuñar un discurso menos drástico y al mismo tiempo más realista. La arenga de que el cambio ocurrirá “ya” fue útil en campaña pero se ha vuelto una camisa de fuerza para el presidente.

   Un segundo propósito parece ser la búsqueda de acuerdos con otras fuerzas políticas y especialmente con el PRI. Al señalar que no todo tiempo pasado fue absolutamente peor el presidente estaría recordando que bajo el gobierno de ese partido hubo logros y méritos que su administración puede continuar. Sin embargo, como hemos apuntado, el PRI pareciera hoy querer ser un partido sin pasado.

   Una tercera implicación se encuentra en la idea que el gobierno actual quiere forjar de sí mismo. Hasta ahora la retórica de campaña y la subordinación de la política a las simplificaciones de la mercadotecnia buscaron crear la sensación de que todo cambiaría en México a partir del advenimiento del gobierno de Fox. El nuevo giro sugiere que este es un país de historia compleja y en buena medida reivindicable y que su futuro no parte de cero.

   Falta ver si ese vuelco se mantiene, o solo ha sido flor de un viaje. Pero no deja de ser sintomático. Mientras el PRI los reprueba, los méritos de Salinas y Zedillo son reconocidos el presidente Fox.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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