Instituciones debilitadas

La Crónica de Hoy, 14 de enero de2001

No hay democracia, ni convivencia social, sin instituciones. Tampoco hay Estado, ni gobierno, ni representación, ni solución de conflictos, sin el entramado institucional que les ofrezca cauces, procedimientos e incluso respetabilidad pública. Las instituciones canalizan las voluntades particulares, articulan las decisiones colectivas y ofrecen garantías de que los asuntos públicos funcionarán. Son algo así, dice Cerroni citando a Emerson, como “las sombras alargadas de los hombres”. Una democracia es sólida en la medida en que sus instituciones funcionen y sean respetadas. De la misma manera, el debilitamiento de un régimen político lo es inevitablemente de sus instituciones.

   México, como mucho nos dijeron gobernantes, estudiosos y próceres de nuestro sistema político, es un país de instituciones. Los poderes federales, las fuerzas armadas, los principales organismos de salud y educación y el andamiaje legal en el cual se sustentan, suelen funcionar incluso a pesar de crisis económicas, incertidumbres sociales o transformaciones políticas. La solidez de las instituciones ha sido uno de los apoyos principales, quizá el que más, para que México haya podido sortear dificultades que en otras naciones hubieran sido devastadoras.

   Pero ese reconocimiento de las instituciones que tenemos y que funcionan, no debiera llevar a suponer que su desempeño se mantiene en las mejores condiciones. Hoy en día nos encontramos ante un panorama contradictorio. Por una parte los diagnósticos voluntaristas u optimistas consideran que con el cambio de gobierno se abren expectativas de mayor democracia y equidad. Pero más allá de la generosidad incluso acrítica con que en distintos espacios de la sociedad se evalúa hoy a la administración del presidente Vicente Fox, lo que puede apreciarse es cierto descaecimiento en la capacidad de maniobra e incluso en el prestigio social de algunas de las instituciones básicas del sistema político mexicano. Esa debilidad institucional puede convertirse en un gran riesgo de involución para la democracia que hemos venido construyendo.

 

Partidos políticos sin proyecto de país

   Supeditados a conflictos coyunturales en los cuales se desgastan, los partidos suelen extraviar el rumbo, se comportan solamente a partir de consideraciones pragmáticas y han dejado de lado el programa político. Esa es la triste realidad de todos ellos o, al menos, de los tres partidos nacionales que cuentan en el juego político.

   Atribulado por una orfandad que no hace lo posible por superar, el PRI se rehúsa a convertirse en el partido de oposición responsable que, pese a muchas de sus costumbres, podría ser en el panorama actual. Los impulsos dinosáuricos siguen teniendo más fuerza que las tendencias a la modernización. Estancado en una situación de la que solo podría salir reagrupándose e incluso apostando a una refundación (para lo cual requeriría de un liderazgo que ahora no tiene) el Revolucionario Institucional parece apostar solamente a desempeñarse como grupo en contra de la política del nuevo gobierno pero sin una alternativa propia. Los gobernadores priistas parecieran ser el núcleo más sólido de ese partido gracias al poder real que están en capacidad de ejercer, pero sin proyecto político no pueden constituir mas que un núcleo de presión.

   No es muy diferente la crisis en el PRD. Si alguna vez lo tuvo, se ha quedado sin derrotero y se ha convertido en un partido atrapa-todo. Basta con ser tránsfuga de otro partido, especialmente del PRI para que cualquier personaje, independientemente de su trayectoria política, sea erigido estrella del firmamento perredista. De izquierda, al PRD no le queda mas que una incumplida definición en sus estatutos. Mucho menos conserva la congruencia ética que, junto con el compromiso con la democracia y la justicia social, constituye el rasgo definitorio de las izquierdas en la historia y en el mundo.

   Acción Nacional es, desde luego, beneficiario de los cambios recientes pero más en apariencia que en términos de conquistas políticas. Enemigo del clientelismo, ahora el PAN corre el riesgo de no ser mas que comparsa de un gobierno tan o más populista que los regímenes priistas a los que tanto combatió. El bagaje ideológico, que había constituido el patrimonio principal de los panistas, se encuentra difuminado entre la transacción coyuntural y la deificación de la calidad total propuesta en la visión empresarial que orienta, al menos supuestamente, al actual gobierno. El PAN no ha podido definir un perfil propio, distinto aunque no sea distante de la administración del licenciado Fox.

 

Congreso estancado, Ejército maltratado

   Los partidos disminuyen su presencia social y también su eficacia política. Ese estrechamiento se advierte en el Congreso, a pesar de los empeños de los legisladores más lúcidos en ambas cámaras. Mientras el Poder Legislativo no ha podido construir una agenda propia, el presidente de la República le exige que tome decisiones al vapor como en el caso de la ley sobre indígenas. Aunque en San Lázaro y Xicoténcatl hay un trabajo sostenido, varios de los legisladores más conspicuos se han encargado de propiciar una imagen de indolencia política, e incluso de pataletas frívolas, en sus comparecencias en los medios de comunicación.

   Otra institución fundamental, el Ejército Mexicano, ha sido maltratada por decisiones poco y mal explicadas (además de profundamente discutibles) como la que llevó al presidente Fox a ordenar el repliegue militar en Chiapas. Es claro que el titular del Ejecutivo quiere propiciar una negociación pronta y eficaz con el EZLN. Pero en ese propósito, ha soslayado el esfuerzo que durante siete años mantuvo el Ejército Mexicano al resguardar la paz chiapaneca, a pesar de numerosos obstáculos. El respeto que proverbialmente se le tiene en toda la sociedad a esa institución, queda mermado cuando el Presidente de la República se refiere al Ejército en términos no solo coloquiales sino, al menos políticamente, ofensivos. Un comentarista habitualmente enterado de la circunstancia militar, Javier Ibarrola, escribió que en efecto el Ejército Mexicano está “de pelos”, pero de “pelos de punta ante las disposiciones del comandante supremo”.

 

Estilo presidencial que enoja y confunde

   El estilo personal del Presidente de la República se está convirtiendo en uno de los principales factores de debilitamiento institucional, en primer lugar de la misma institución presidencial. El talante dicharachero y despreocupado del licenciado Fox no tendría mayor relevancia si no fuese porque causa confusiones y desatinos innecesarios. Su trato con los partidos y el Congreso sería menos ríspido si prescindiera de expresiones frívolas. Su relación con el Ejército no se habría deteriorado si no hubiera empleado términos tan ordinarios para referirse a los militares. Su comunicación con la sociedad, que al Presidente le importa tanto, sería más eficaz si no buscase la omnipresencia que parece pretender en la radio y la televisión; más apariciones mediáticas no están significando mejor capacidad de comunicación sino más oportunidades para equivocarse.

   De hecho no existe un estilo personal de gobernar como quería don Daniel Cosío Villegas sino el despliegue de un comportamiento personal que no es, propiamente, el de un gobernante.

   El titular del Ejecutivo está debilitando a la institución presidencial aunque, en ese proceso y paradójicamente, él mismo fortalezca su imagen delante de la sociedad.

   Al menos, se debilita el presidencialismo acotado y respetado (respetado, por acotado) que se había venido construyendo en los últimos años. En su lugar Fox está propiciando un presidencialismo tan dependiente de su imagen personal que la institución, entonces, tiende a quedar opacada por quien la encabeza.

 

El Trife deteriora la confianza electoral

   El más grave y evidente caso de debilitamiento institucional es el que padece, como resultado de sus propios excesos, el Tribunal Federal Electoral.

   La imagen de organismo politizado y al servicio de intereses políticos facciosos que esa institución se ha creado debido al desempeño de la mayoría de sus magistrados, no solamente desacredita el Tribunal mismo. Además perjudica al conjunto del sistema electoral que con tanto esfuerzo y recursos hemos llegado a consolidar.

   Los excesos del Trife en el caso Tabasco, en donde los magistrados tomaron decisiones por encima de sus facultades legales, son aprovechados para invalidar sus acuerdos en el caso Yucatán.

   En Yucatán, a diferencia de Tabasco, el Tribunal Federal Electoral actuó de acuerdo con la ley que lo faculta para intervenir en procesos locales cuando las normas jurídicas no han sido cumplidas. Es evidente que la mayoría priista en el Congreso yucateco transgredió en varias ocasiones la Constitución y el Código Electoral del estado (sobre ese asunto nos ocupamos en la columna del domingo 17 de diciembre).

   En cambio en Tabasco, aunque puedan ser impopulares ante numerosos sectores, las decisiones del Congreso local estuvieron ceñidas a la ley. No puede decirse lo mismo del comportamiento del Trife que, sorprendentemente, anuló una elección legal a partir de consideraciones subjetivas (como se relató detalladamente el 31 de diciembre en esta columna).

   El comportamiento del Trife respecto de las elecciones en Tabasco erosiona la confianza que se puede tener en los procesos electorales en todo el país. Los magistrados que votaron por el desconocimiento de la elección legal no tenían derecho a deteriorar de esa manera el prestigio que se han ganado las instituciones electorales en México.

 

Un desgaste que nadie está evitando

   El litigio en Chiapas quizá algún día se resuelva. La crisis política en Yucatán posiblemente encuentre pronto cauces como los que ya existen para el desarreglo tabasqueño. Los partidos seguirán en lo suyo y los legisladores legislarán, de una u otra manera. El gobierno, casi a pesar de sí mismo, funcionará y tendrá réditos políticos para los que son necesarios los de carácter social.

   Lo que quizá no se restaure, si no hay una clara intención de hacerlo, es el deterioro que experimentan algunas de nuestras instituciones básicas. Ese desgaste no es atribuible solamente al gobierno actual, desde luego. Pero no parece existir el propósito de la nueva administración para evitar tal desgaste. A ratos pareciera que en vez de servir a las instituciones, el nuevo gobierno simplemente quisiera servirse, instrumentalmente, de ellas.

  

Arreglos, antecedentes de instituciones

   La capacidad para que haya acuerdos políticos entre las distintas fuerzas que lo conforman es uno de los rasgos de un sistema democrático. Pero ningún régimen es estable si se sustenta solamente en pactos coyunturales; entonces el gobierno no sirve para encauzar al país sino simplemente para tratar de apagar incendios políticos.

   De todos modos, la aptitud para los acuerdos puede llevar a tener instituciones sólidas. Así lo considera el profesor Robert Dahl, que es quizá el principal estudioso de los regímenes políticos contemporáneos y que distingue los arreglos, de las instituciones:

   ” ‘Arreglos’ políticos suena a algo más bien provisional, que bien podrían darse en un país que acaba de abandonar el gobierno no democrático. Tendemos a pensar en las ‘prácticas’ como algo más habitual y, por tanto, más duradero. Generalmente pensamos en las ‘instituciones’ como algo que se ha asentado después de un largo itinerario, que pasan de una generación a otra. Cuando un país avanza desde un gobierno no democrático a otro democrático, los tempranos ‘arreglos’ democráticos se convierten gradualmente en ‘prácticas’, que a su debido tiempo desembocan en ‘instituciones’ asentadas”.

   Sin embargo en México no partimos de cero. A menos que haya quien piense que es preciso sustituir del todo a la institucionalidad política que ya teníamos, podrá aceptarse que lo más conveniente para afianzar el tránsito a la democracia es fortalecer las instituciones que ya tenemos. Y lo que está ocurriendo es precisamente lo contrario.

   De esta situación, como sugiere Dahl, quizá podremos salir con instituciones consolidadas y más confiables. Hacia esa meta sería pertinente que apostaran todos.

   Pero el desarreglo actual no solo puede tener como desenlace nueva solidez institucional. También podríamos padecer un desgaste mayor. El caudillismo y el ensalzamiento de figuras pretendidamente providenciales llega a ser una de los principales causas para el deterioro de las instituciones y así, de la democracia. Y hoy, en México, más que las instituciones políticas parece fortalecerse el presidencialismo personalista. Cuidado.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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