La noche del cacerolazo

La Crónica de Hoy, 23 de diciembre de 2001

“Si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?”. El grito de millares de bonaerenses se propagó por la bulliciosa avenida Corrientes, alcanzó al Obelisco, corrió a ambos costados de la dilatada 9 de julio, regresó por Rivadavia y se plantó delante del Congreso.

   Era la medianoche del miércoles 19 de diciembre. Poco antes el presidente Fernando de la Rúa, en un discurso de 4 minutos, había confirmado la instauración del estado de sitio después de considerar que las protestas contra su política económica eran manipuladas por “grupos enemigos del orden y de la República que aprovechan para intentar sembrar discordia y violencia, buscando crear un caos que les permita maniobrar para lograr fines que no puedan alcanzar por la vía electoral”.

   Durante todo ese día ocurrieron saqueos en pequeños supermercados en las afueras de Buenos Aires y en distintas provincias de Argentina. No se trataba de una operación orquestada por disidentes políticos sino de la reacción espontánea de quienes no encontraron más solución que esa, a las penurias económicas arrastradas por varios años y exacerbadas en las semanas recientes.

   Junto con el asalto en busca de víveres se registraron latrocinios y las primeras víctimas. La mitad de las cerca de 30 muertes a causa de la violencia social y la respuesta policiaca que hasta ayer se habían contabilizado en todo el país ocurrieron en al menos medio centenar de asaltos a establecimientos comerciales. Un matrimonio de emigrantes coreanos que tenía todos sus ahorros y esperanzas puestas en su pequeño local en Ciudadela, en la provincia de Buenos Aires, se suicidó al verlo destruido. Un joven de 21 años en el barrio porteño de Don Orione murió de un balazo en el cuello cuando participaba en el saqueo a un supermercado. A varias personas las alcanzaron balas perdidas disparadas en la confrontación entre salteadores y policías y otras más murieron aplastadas por la multitud. También se conocieron casos de asesina brutalidad policial.

 

El retorno de los miedos

   Esa noche entre el 20 y el 21 de diciembre se expresaron las dos caras extremas, y complementarias, de la protesta popular. Cuando escucharon a De la Rúa millares de argentinos salieron a las calles en un riesgoso pero multitudinario desafío al estado de sitio. Horas después en algunos sitios las demostraciones cívicas se tornaron violentas y su enfrentamiento con la policía produjo nuevas víctimas. Al mismo tiempo centenares de personas, en la capital federal y otros lugares de Argentina seguían asaltando tiendas.

   Esa noche la socióloga Bibiana Apolonia Del Brutto, profesora en la Universidad de Buenos Aires, relataba en un correo electrónico a sus amigos en el extranjero: “Los saqueos no se dieron exclusivamente en la provincia de Buenos Aires, gobernada por un peronista, ex-menemista. No. Los saqueos recorren los centros de pobreza urbana de la Argentina. La pobreza aumentó en más de 50%. (Los saqueos) se dan en las provincias gobernadas y en centros de municipios de cualquier pelaje político porque la pobreza no reconoce sectores políticos… la concentración de la riqueza en solo el 0.5% de la población pasó en dos años del 17 al 24%”.

   Después de esa explicación la socióloga incorporaba un matiz todavía más revelador: “Personalmente –no me da vergüenza, por el contrario, comprendo– me tuve que refugiar en mi casa por miedo. Si, tuve miedo. Algo conocido en Argentina, los miedos”.

   Era, en expresión de Del Brutto, “la noche mas larga, la noche en que el pueblo salio a la calle, la noche del cacerolazo, la gente sigue en el Congreso de la Nación. La gente, la ciudadanía salió a la calle, el pueblo salio a la calle en todas las ciudades  gritando ‘¡que se vayan!’ ”. Y apuntaba: “Nunca vi una cosa igual. Salvo el 17 de octubre de 1945, sólo por fotografía y por cine”.

   En esa fecha hace 56 años tuvo lugar lo que algunos historiadores consideran la única revolución popular en la historia argentina, cuando decenas de miles concentrados en la Plaza de Mayo, delante de la Casa de Gobierno, obligaron a la liberación de Juan Domingo Perón quien cuatro meses más tarde ganaría la elección para presidente de la República.

 

Contra la desesperanza

   La noche del miércoles pasado miles de argentinos no salieron para excarcelar a ningún caudillo sino para liberarse a sí mismos. En los barrios de la periferia de Buenos Aires se inició una movilización espontánea. “Apenas termino el mensaje grabado de Fernando De la Rúa anunciando el establecimiento del Estado de Sitio… comenzaron a  escucharse los golpes de las cucharas sobre las cacerolas y se iban sumando de uno en uno desde cada balcón, cada cocina, cada living de los departamentos hasta llegar a la calle”, escribió el periodista Martín García.

   No se trataba de militantes de una opción política específica, ni solamente de los más pobres. “La clase media comenzó a  marchar por las avenidas rumbo a la Plaza de Mayo. Yo me fui con mi hijo, que horas antes me había avisado que si se hacia algo quería venir conmigo a la Plaza y así salimos y comenzamos  a caminar por la avenida Corrientes. Apenas pisamos la avenida vimos una marea humana que bajaba desde lejos… La gente tenía un promedio de edad bastante joven; de cada diez, ocho tenían la edad de mi hijo y dos, la mía. Eran jóvenes comunes que sufrían en la facultad buscando un laburo sin mucha suerte, haciendo cola en las embajadas de otros países para ver qué pintaba, chicos que cadeteaban, repartían volantes por unos pesos diarios, pibes que laburaban sin esperanza en el comercio del viejo, que veían caer la economía familiar, veían echar a sus padres del trabajo o que se habían refugiado en una pensión de estudiantes, con una cervecita light en el barrio los jueves y viernes a la noche, quizás los sábados y domingos también, o que estaban a pleno en un laburo, con mucho miedo de ser echados, con muchos quilombos para llegara  fin de mes, con serios problemas para pagar la matrícula de la facultad, el médico de sus pibes chiquitos. Pero no había solo jóvenes, también las chicas del ministerio, de la peluquería, las manicuras, las señoras del barrio que saludaban desde las ventanas o los balcones porque caminar no podían pero veían televisión y salían a la ventana a ver pasar la gente, tomar un poco de aire fresco, escribir y exhibir un cartel de papel escrito con marcador que decía RENUNCIÓ CAVALLO, y desplegar una bandera argentina”.

   A esas horas ya se conocía la dimisión del poderosísimo ministro de Economía de tal suerte que había algo de festejo, pero sobre todo mucho de disgusto y exigencia aun insatisfecha en la decisión de toda esa gente para salir a la calle a pesar del estado de sitio. Entre la multitud se corrió la voz: la Casa Rosada era resguardada por cuerpos policiacos que estaban aventando gases contra la gente que se acercaba. La multitud se dirigió entonces hasta el edificio del Congreso.

 

Ríos de gente

   Miles de jóvenes inundaron las escalinatas del recinto parlamentario. García tomó nota de la presencia de “las chicas del barrio que, pancita afuera, no dudaban en bailar y pegarle a la tapa de la cacerola, ya  bastante abollada, con el cucharón de plástico negro. ¡Hacía rato que no veía tantas mujeres hermosas en un sólo lugar, radiantes entre la primavera, el calor del verano inminente, la alegría de compartir ese espectáculo a cielo abierto en una noche hermosa, esa misa  gratificante, que sucedía en la Plaza de los Dos Congresos… -¿Te das cuenta por qué militábamos en los 70?, le dije a mi hijo mientras me señalaba una señorita muy bien producida que pasaba”.

   “No había banderas partidarias ­–continúa la intensa crónica de Martín García, que recibimos por correo electrónico­– y lo más probable es que la misma gente no las permitiera, tampoco. La política partidaria se había quedado sin respuestas y el 60% de los votantes habían votado cualquier otra cosa menos a los partidos políticos tradicionales o no”.

   Varias horas después, cerca de las 3 de la mañana, García y su hijo comienzan a retirarse. Los manifestantes no paran de llegar. “Siguen viniendo, y siguen y siguen. Algunos se han ido a dormir ya pero la gente se renueva como un río manso y fresco… A media cuadra por Callao, yendo hacia Bartolomé Mitre lo veo venir al periodista Miguel Bonasso rumbo al Congreso con su esposa, compañera, al lado, a paso vivo. Nos saludamos, sonrientes. Él sabe y yo sé y ambos sabemos que el otro sabe que es un día histórico. Una pueblada histórica mas legal a la noche, mas desesperada durante el día en los saqueos. Mas dolorosa”.

 

Inmolado en la escalinata

   Bonasso, redactor del diario Página 12, registró el viernes en su relato de aquella noche algunas reacciones de la policía contra los manifestantes:

   “En la madrugada de ayer, caminando por Diagonal hacia Plaza de Mayo, vimos cómo un policía –bajo, retacón y nazi– se bajaba de un patrullero, pelaba la Itaka y le disparaba a quemarropa a un manifestante que le había arrojado una piedra. La agilidad del muchacho y el instinto de sus 17 o 18 años lo salvaron del impacto en la espalda desnuda. ¿El proyectil era de goma o de plomo como los que asesinaron horas después a cinco ciudadanos? Por suerte no lo sabré nunca porque el tiro no dio en el blanco. En cambio sí llegamos a ver que el hombre que bajaba sentado las escalinatas del Congreso, como si tuviera miedo a pararse por la granizada de balazos que sonaba a sus espaldas, estaba herido. Malherido. Cuando se desplomó, su pecho se alzaba y bajaba por el shock y las ansias de la agonía. Más tarde, en casa, por la tele, supimos que se había muerto, desangrado. Como un símbolo de la ciudadanía, inmolado en la escalinata de un edificio vacío de contenido histórico y humano; habitado diz que por los representantes del pueblo de la Nación Argentina”.

  

Sangre como sombra

   Las escaramuzas cundieron por el centro de Buenos Aires. Cristián Alarcón describió, también para Página 12, el avance de los manifestantes por la Avenida de Mayo, que separa al Congreso de la Casa de Gobierno:

   “Fue cerca de allí donde poco antes de las cinco mataron a uno de los cinco jóvenes que cayeron ayer: en Avenida de Mayo al 600, casi esquina Chacabuco, frente al edificio de vidrios negros donde funciona el banco HSBC y en uno de los tantos pisos la Embajada de Israel. Pasó un patrullero, y un grupo se envalentó a tirarle piedras. La policía se escabulló y los toscasos continuaron. Entonces patearon las puertas. Un vidrio cedió. Estaban por entrar con piedras cuando vino el freno irracional de los de adentro: dispararon con balas de plomo que dejaron decenas de marcas –claramente desde adentro hacia afuera– en las ventanas. Uno de esos tiros habría sido el que dio en la cara de un chico de pantalón corto y remera, muy joven. El pibe aterrorizado y con las manos en la cabeza atinó a correr. Avanzó tambaleando unos veinte metros. Y cayó en el pavimento. Alrededor se formó una ronda de caras sudadas y llenas de dolor: endurecidos, lo protegían del tumulto. Otros abrían camino para una ambulancia que venía desde 9 de julio. La sangre del chico –hasta anoche no se supo su nombre– brotó como si saliera de un grifo: pronto el charco fue más grande que la sombra de cualquier humano y la sangre avanzó y escurrió por una alcantarilla. Algunos se agarraban la cabeza, insultaban al aire: ‘¡Hijos de puta! ¡Asesinos!’. Un hombre lloraba tanto que parecía ser su hermano, pero no, ni siquiera lo conocía”.

 

Barricadas ante saqueadores

   Los atracos se confundían con la resistencia cívica. La periodista Laura Vales hizo este recuento para Página 12:

   “En la provincia de Buenos Aires, las 48 horas de saqueos dejaron nueve muertos, 97 heridos y 2444 detenidos. Todos los muertos fueron civiles, dos de ellos adolescentes de 14 y 15 años. Son víctimas caídas bajo la furia o la desesperación de pequeños comerciantes de barrio: en Villa Centenario murió la única mujer, Mariela Rosales; el sospechoso del asesinato es un supermercadista a quien le secuestraron un revólver calibre 32 y una escopeta. El hombre tiene 68 años… En las villas y asentamientos de La Matanza la gente empezó a levantar barricadas. Tienen miedo de ser saqueados por vecinos de otras villas. Es como si la historia girara en redondo, pero como en el ‘89 otra vez personajes con aire de servicios de inteligencia pasaron por las calles de tierra advirtiendo a unos que se cuidaran de un inminente ataque de los otros”.

   Hasta ayer sábado los muertos debido a estos días de bulla y furia en Argentina eran por lo menos 28. De ellos siete hombres murieron en la capital federal: seis por heridas de bala debido a la represión policiaca y uno “por aplastamiento o golpes”.

  

Pobres contra pobres

   Comentaristas como Daniel dos Santos en Clarín, consideraron que los enfrentamientos durante los asaltos fueron una guerra entre pobres. Tanto así que murieron más en los saqueos que a causa de la acción policiaca contra las manifestaciones.

   “Las víctimas del choque de pobres contra pobres fueron, generalmente, saqueadores sorprendidos en su tarea recolectora por los dueños de negocios que apenas alcanzan a esa denominación.
Y fueron, ante la ausencia del aparato de seguridad del Estado, la última barrera de contención frente a la pérdida –para muchos irreparable– de su mercadería. Matar o morir, según se trate de uno u otro, parece un despropósito en esas circunstancias, siempre –claro– que se piense que esas fueron decisiones asumidas como resultado de un proceso lógico. Y no cuestiones de circunstancias, donde el dilema ético de ambas acciones terminales fueron tomadas con el estómago vacío, o casi”.

 

Apropiación y depredación

   Las manifestaciones contra De la Rúa fueron una reacción espontánea y pluriclasista, especialmente en Buenos Aires. Pero en los saqueos se registraron varios comportamientos, de acuerdo con el análisis de J.M. Pasquini Durán en Página 12 ayer  sábado:

   “Hay que distinguir por lo menos tres situaciones diferentes. Una es la de los pobres, adultos y jóvenes de ambos sexos, que se apropiaban de alimentos, incluso de simbólicos ‘pan dulce’, muchos de ellos con el pudor a la vista por la humillación que les imponía la miseria sin remedio. Luego, estaban los depredadores que asaltan un taxi o un kiosco lo mismo que desvalijan un negocio de electrodomésticos, todo por unos pesos y hasta por unas monedas, puesto que no conocen otra regla ni valor que zafar día por día en la selva urbana. Por último, aunque sin agotar los matices, hay que registrar a los que aprovecharon la ocasión para hacerse de las cosas que ‘deben’ consumir para ‘ser’ –según las normas de la sociedad de los satisfechos– pero no tienen con qué”.

 

Magma enloquecido

   A la distancia, desde su morada académica en Nueva Jersey el escritor tucumano Tomás Eloy Martínez, autor de La novela de Perón y Santa Evita, escribió para su columna de los sábados en La Nación: “Desde la lejanía, la Argentina parece un magma de carbones enloquecidos que dan vueltas y vueltas en busca de una forma que los contenga, como en los tiempos en que el mundo todavía no era mundo. También parece -como le oí decir la semana pasada a una periodista de The New York Times – un cuerpo agonizante cuyos despojos tratan de devorar los mismos buitres que lo enfermaron”.

 

La dignidad no es la chequera

   Darle forma a esa aglomeración incandescente que es la sociedad argentina tendría que ser tarea de los partidos. Pero si algo expresó el disgusto explosivo y multitudinario de estos días ha sido el desgaste de una institucionalidad política cuya preservación es, sin embargo, la única garantía para que Argentina no se desborde a sí misma. Esa recomposición tendría que incluir el reencauzamiento inmediato de la economía junto con una paciente restauración de la política.

   En todo caso durante esta semana los argentinos buscaron redimirse a sí mismos. El ensayista y poeta Santiago Kovadloff lo expresa de manera muy clara en un artículo para La Nación del viernes:

   “La gente que en estos últimos días buscó la calle lo hizo para reivindicar su derecho a una vida con sentido. Y una vida con sentido es inconcebible sin dignidad. La dignidad no puede estar representada por los mercados. No es un bono ni un plazo fijo. Tampoco es una chequera. La dignidad florece donde hay trabajo, salud, educación. La gente salió a la calle a recordar a las dirigencias locales que no son nacionales, que el segmento les importó siempre más que el conjunto. La gente salió a la calle harta de que se la confunda con una cifra, de que se le hable con cifras cuando lo que quiere oír son valores morales. Nociones que infundan significado solidario a la experiencia social. A esas dirigencias, anémicas de patriotismo, la gente salió a reclamarles pensamiento. Ideas. Hondura. Espíritu de grandeza. La gente está harta de ser despreciada”.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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