Los que no marcharán hoy /Abusos del EZLN en Chiapas

La Crónica, 10 de marzo de 2001

En la selva norte de Chiapas, al EZLN se le atribuyen más de 200 asesinatos en los últimos años. No se trata de víctimas del conflicto armado en 1994 sino de una persistente, alevosa y ominosa violencia en contra de los campesinos indígenas que no están de acuerdo con ese grupo.

   Violenta siempre, esa zona de Chiapas quedó escindida cuando el Ejército Zapatista se levantó en armas. Una parte de los campesinos se adhirió al EZLN pero otra, no compartió la decisión de tomar las armas. Esa definición les costaría la vida a docenas de ellos y, a muchos más el destierro, el saqueo de sus bienes, la amenaza y el miedo constantes.

   Durante estos siete años México y el mundo han conocido la resistencia y las exigencias de los campesinos indígenas que se identifican con el Ejército Zapatista y sobre todo con el desempeño de su líder. Sin embargo casi nadie ha reparado en la historia de los otros chiapanecos que, viviendo en la zona del conflicto, han sido las víctimas principales del enfrentamiento entre el EZLN y el gobierno.

   Se trata de millares de campesinos indígenas que se encuentran entre dos fuegos. No obedecen a los dictados de Marcos –y por ello padecen persecuciones y agravios– pero tampoco están de acuerdo con los gobiernos federal y local. Los hostiga el EZLN y también han sufrido la presencia del Ejército Mexicano.

   Una buena parte de esos chiapanecos se adhirieron a la ARIC “Unión de uniones” que desde el principio del conflicto armado se manifiesto como una tercera fuerza en esa zona, distinta de las posiciones del gobierno y distante del guerrillerismo del Ejército Zapatista. Las opiniones y sobre todo las congojas de esos chiapanecos han sido escasamente conocidas. No tienen acceso a la propaganda oficial y tampoco cuentan con el glamour del neozapatismo.

 

Los más agraviados

   El sufrimiento de esos “otros” chiapanecos es retratado en el excelente documental La cara oculta del zapatismo, producido e ideado por el escritor Gerardo de la Concha y dirigido por Eduardo Garduño en 1999. El video es de Producción CDA, S.A. de C.V. y muestra el testimonio de algunas de las víctimas más inmediatas, y por la precariedad de sus condiciones de vida las más sufridas debido a la acción del EZLN.

   El documental ha sido presentado en los días recientes a corresponsales extranjeros y a algunos periodistas mexicanos y cobra nueva actualidad debido a la caravana de los neozapatistas que hoy domingo llega al centro de la ciudad de México.

   A los realizadores de ese trabajo los movió el afán para mostrar una faceta habitualmente ignorada del litigio en Chiapas. Ahora que se ha puesto de moda no sólo hallar a diestra y siniestra a la sociedad civil sino además adjudicarle ese término a quienes simpatizan con la causa del zapatismo, es pertinente esta advertencia de los autores del documental: “La sociedad civil está en la región del conflicto, no sólo en los medios de comunicación o en la ciudad de México, o en Europa. Y la sociedad civil de esta región chiapaneca está agraviada”.

 

“Le cortaron las manos”

   En La cara oculta del zapatismo aparecen campesinos indígenas de las cañadas chiapanecas como los que forman filas en la ARIC Unión de Uniones, “que ha optado por la lucha pacífica”. Los comparecientes en esas escenas no hablan de su vida diaria, de lo que siembran y comen, sino del terror que se ha entremetido en su cotidianeidad subvertida desde hace más de siete años.

   Allí aparece Ignacia Cruz, viuda de Luciano Jiménez, un miembro de la ARIC que fue asesinado cuando pasaba por un retén zapatista. Áspera la piel curtida en desdichas que no acaban, adornado el vestido con listones de colores estridentes, la mujer relata el martirio de su esposo a un traductor que refiere: “eran del ejido Amador Hernández, su marido sembraba maíz de seis a seis… no piensa regresar a la comunidad porque no quiere recordar… a su esposo le cortaron las manos, lo amarraron, no murió del disparo”.

   La traducción del dialecto indígena al español cambia entonces de la tercera a la primera persona: “Quisiera saber quién mandó matar a mi esposo, que se hiciera algo contra ellos. Pero es muy difícil porque todos son zapatistas y nadie sabe quién disparó”

 

Comunidades escindidas

   Quizá la vida en esa zona de Chiapas nunca ha sido sosegada, ni justa. El caciquismo y la desigualdad social mantuvieron enormes disparidades entre quienes mandaban antes y aquellos cuyo único patrimonio era su trabajo porque a veces ni siquiera vivienda tenían. La insurrección no mejoró esa situación. Muchos, pasaron del despotismo de los caciques a la tiranía zapatista.

   Las comunidades se dividieron. Incluso en las familias hubo escisiones. En algunos casos las divisiones fueron por motivos religiosos. El EZLN fue apoyado por catequistas católicos y por el obispo de San Cristóbal, en tanto que algunas de las comunidades no zapatistas profesan credos evangelistas o protestantes.

   En muchas otras ocasiones los diferendos fueron por pequeños abusos que crecieron hasta convertirse en disputas mortales. Envalentonados porque portaban carabinas o pasamontañas, algunos miembros o simpatizantes del Ejército Zapatista ocuparon una parcela, se robaron una vaca o cobraron peaje en las zonas bajo su control.

   Muchos campesinos no zapatistas –pero tampoco antizapatistas– se resignaron a la nueva situación. En algunos otros casos y regiones del estado, el natural disgusto contra el EZLN fue aprovechado por viejos caciques que entonces, en vez de armar guardias blancas como hacían para dominar a los indios, consiguieron armas para los grupos ofendidos con el zapatismo. La violencia proviene de ambos lados, pero la mayor impunidad suele favorecer a miembros del EZLN, o a campesinos que se escudan en esas siglas para cometer tropelías.

   Así es como comenzó una escaramuza extendida y constante, de la que tenemos noticias cuando la ira se desborda demasiado y se traduce en matanzas colectivas como la que ocurrió en Acteal en diciembre de 1997. Fuera de esos episodios de terrible violencia, pocas veces se repara en la brutalidad cotidiana que se vive en la zona de influencia del EZLN desde hace siete años.

 

Los nuevos mandones

   A cuadro, sereno y disgustado Hilario Lorenzo Flores, identificado como miembro de la ARIC, relata que en todas las comunidades en donde había presencia del Ejército Zapatista comenzó a imperar el autoritarismo. “Después del 94 impuso sus reglas. Todo trabajo tiene que ser colectivo. Todo, al estilo del EZ con órdenes militares”

   Quienes se subordinan a ese nuevo poder local quizá logren compartir algunos de los privilegios del zapatismo en la región. Aquellos que no comulgan con esos métodos para organizar el trabajo, o con la búsqueda del cambio por la vía violenta, pueden quedar políticamente aislados e incluso sufrir represalias físicas. Antonio Lorenzo Flores, presidente del Consejo de la ARIC Unión de Uniones, relata delante de la cámara del documental que estamos glosando: “A raíz del conflicto armado hubo mucho desalojo. Incluso crímenes a nuestros compañeros.  Recuerdo el caso de dos compañeros masacrados Pero no hemos dejado de luchar; consideramos que el diálogo y la reconciliación es la vía”.

   Con la ventaja que dan las armas, algunos adherentes del EZLN se han apropiado de tierras y otros bienes. Se queja uno de los entrevistados: “No nos toman en cuenta (y dicen) que no tenemos derecho para posesionar de ese terreno. Ellos dicen que derramaron su sangre. Nos quitan nuestro derecho: quiere decir que son mandones, no nos respetan”.

 

“Les tienen miedo”

   A la viuda de una de las víctimas del EZLN le ha cambiado la vida. “Aquí no es mi lugar, allá quedó mi paraje. Aquí estoy empezando escuela, empezando (a aprender) cocina con los maestros”. Y se queja del conflicto armado: “¿Cómo se va a arreglar si el gobernador no lo arregla? (Es) casi como si les tuviera miedo a los zapatistas el gobierno. Ahí está esa matazón que hubo. No hubieran muerto mis hermanos, mis primos, mis cuñados, mis tíos”.

   A los zapatistas “les tienen miedo”, dice la mujer. Su esposo murió en una emboscada en la carretera a Larráinzar. El cadáver apareció con la cabeza cortada. También le cercenaron las manos y los pies.

   Similar es la queja de la familia de Fernando Martínez Pérez, asesinado el 17 de junio de 1996. Su hermano dice que lo mataron “porque no estaba con Abu Xu”.

   Abu Xu es el “nombre regional” del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

   Una mujer vieja, no sabemos si madre o esposa del asesinado, es retratada mientras tres niños la flanquean, juguetones y sonrientes, en tanto se escucha la voz del hermano que relata la emboscada en donde murió Fernando Martínez Pérez.

 

La ausencia de Nicolás

   La viuda de Nicolás Pérez Ramírez recibe a los realizadores del video afuera de su casa. Un tablón recargado en la pared, una enorme varilla y lo que parece ser una lámina de asbesto indican que la vivienda está a medio construir. Así de inacabada quedó la historia de esa familia cuando mataron a Nicolás.

   La señora Margarita Martínez Sánchez recuerda: “A mi esposo Nicolás Pérez Ramírez lo mataron por ser luchador social en el patronato de caminos. Lo agarraron  el 22 de marzo los plantonistas de Tila cuando iba pasando por ese municipio. Lo amarraron y lo tuvieron en la cárcel municipal de Tila”.

   “Lo golpeaban, no le daban de comer. Le daban orín para que tomara”. La viuda, joven y robusta, tiene que trabajar para sostener a la familia. Su mirada es invariablemente triste, no la dirige a la cámara pero tampoco esquiva a sus entrevistadores. Ocupa una de seis sillas dispuestas en semicírculo. Entre sus piernas, de pie, una niña como de diez años permanece muy quieta mientras, a espaldas de ambas, otros cuatro niños de menor edad juegan arriba de unas piedras.  

   En la silla contigua descansa la ampliación de un retrato del difunto. Ese era Nicolás Pérez Ramírez. Lo mataron no por algún delito, sino por participar en un comité de organización social fuera de la esfera del control zapatista. Después de tenerlo en la cárcel lo sacaron pero no quedó libre. Lo llevaron fuera del pueblo. Todavía saludó, al pasar, a alguno de sus conocidos. Iba custodiado por varios zapatistas. Al día siguiente encontraron su cadáver con 19 puñaladas.

   Margarita tiene manos fuertes y grandes. Parece que le contagia algo de su abatimiento a la niña que ahora se entretiene llevándose las manos a la boca como si estuviera atajando una queja, ajena al juego de sus hermanos menores. Luego cruza los brazos, levanta el rostro y deja ver unos ojos hermosos y abatidos, muy oscuros pero sin chispa.

   La mujer dice que su situación es muy difícil. Entonces se escucha a su padre decir que él ya no puede caminar bien, así que “ella está echando machete, ella está sufriendo por eso”. El traductor añade, de su cosecha: “es una consecuencia social del conflicto interreligioso que se vive en Chiapas”.

   La cámara abre el plano y se ve la vivienda al fondo, hecha de monoblock. A un costado hay dos casuchas de construcción mas modesta. Una gallina picotea el suelo. Junto a la silla que ocupa su viuda, el retrato de Nicolás Pérez Ramírez es el centro de la escena como lo fue él, en vida, de su familia. Junto a la silla en donde está la enorme fotografía ahora se pueden ver otras tres. La cámara registra entonces la presencia de dos ancianos, descalzos ambos. Ella muy delgada, el cabello recogido hacia los lados, se arregló para la filmación: pequeños aretes y un collarcito son el único signo de gusto que sin embargo contrasta con la actitud de la mujer. Cabizbaja, se agarra las rodillas como si de esa manera fuese a esfumarse la desesperación. Junto a ella, camisa de mezclilla, pantalón caqui, está el viejo. Deben ser los papás de la muchacha viuda. Ambos peinan cabellos grises. Él tiene arremangados la camisa y los pantalones. En una disolvencia la cámara retrata sus piernas. El pie izquierdo tiene una enorme sutura a la altura del tobillo, como si le hubieran dado un  machetazo. El derecho está muy amoratado. Disolvencia de nuevo, para enfocar las cinco sillas. La viuda, de piernas robustas pero desganadas, sigue abrazando a la niña. Los ancianos permanecen taciturnos. Ella no mira a la cámara, él sí pero de reojo desde su cabeza encorvada. Entre ellos y la joven viuda queda la fotografía en blanco y negro. Nicolás Pérez Ramírez era muy joven. Muestra la frente amplia y la mirada, inteligente y comprensiva. Lucía un pequeño bigote que se difuminaba en el centro.

   La del viejo de los pies molidos es una expresión de resignación forzada, de cansancio terrible, como si ya hubiera llevado demasiado sobre sus espaldas. La  joven viuda padece esa tristeza ilimitada que queda después de un dolor terrible. El único que mira con decisión a la cámara es el difunto. No sólo lo mataron. Además de las 19 puñaladas, lo castraron y le metieron los testículos en la boca. “Fue un aviso para todos los líderes” no zapatistas, se escucha.

 

La paz no es un fin

   El documental incluye testimonios de funcionarios municipales y del sacerdote Luis Beltrán Mijangos que critica ásperamente la complicidad del obispo Samuel Ruiz con la guerrilla zapatista. Mientras se escuchan esas declaraciones en la pantalla se alternan fotografías de víctimas de “Abu Xu” en Palenque, Sabanillla, Tumbalá… la lista es casi tan extensa como los municipios chiapanecos.

   Al final se puede leer el texto siguiente:

   “Este documental fue realizado para oponernos a mitos y violencia que cierran salidas y porque la paz no solo es un fin, es el único camino. Hacemos responsable al obispo Samuel Ruiz, a Marcos y a las autoridades encargadas de dar seguridad a la sociedad, de cualquier atentado que sufran las personas que aportaron sus testimonios”.

 

Ellos no van al Zócalo

   El de Chiapas no es un conflicto entre buenos y malos. Es posible que algunas de las víctimas antes hayan sido victimarios. Pero lo que es seguro es que la idealización que se ha hecho del Ejército Zapatista muestra solo una parte de la realidad. Algunos de sus actos, contradicen las banderas de lucha social que el neozapatismo dice sostener. Ese movimiento ha sido cobertura para despojos, abusos, agravios e incluso asesinatos de la peor alevosía y sevicia.

   Esa es la cara olvidada, aunque no desconocida, del EZLN. Sus apologistas se han cuidado de recordarla. Pero es parte de la realidad de ese grupo y del sufrimiento diario en la zona de influencia ezelenita en Chiapas.

   Los campesinos agraviados por el EZLN son los más interesados en que haya una solución al conflicto. Algunos de ellos están a favor de la ley de derechos indígenas que propone la Cocopa. La mayoría, lo que quiere es garantías para vivir con tranquilidad.

   Esos campesinos indígenas no participarán hoy en la marcha al Zócalo en la ciudad de México. En cambio, en sus comunidades agobiadas por la violencia y en condiciones de vida peores a las que tenían antes del conflicto, seguramente se preguntarán por qué el Presidente de la República saluda la llegada del subcomandante, que para ellos no es símbolo justiciero sino corresponsable de la persecución que padecen a diario.

   Es difícil que esos mexicanos pobres entiendan la posición actual del presidente Vicente Fox. Tampoco les resultará sencillo comprender la euforia que los comandantes zapatistas despiertan en la ciudad de México.

   De la viuda de Nicolás Pérez Ramírez no se preocupa ni se aflige la viuda de ningún ex presidente francés. A la familia de Fernando Martínez no le cantará hoy ningún intérprete de moda. Ningún premio Nóbel de literatura se conmueve este domingo por el sufrimiento de la viuda de Luciano Jiménez. La congoja de esas familias no es “políticamente correcta”. Esos mexicanos no están representados en la caravana zapatista. Ellos se quedaron en Chiapas. No todo Chiapas, ni todo México, están hoy en el Zócalo.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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