“Péguenle a Fox”

La Crónica de Hoy, 23 de junio de 2001

El presidente de Acción Nacional se asombra e indigna del que él mismo califica como nuevo deporte nacional: “péguenle al Presidente”. Luis Felipe Bravo Mena reprocha que haga lo que haga –diga lo que diga– al titular del Ejecutivo le llueven críticas.

   El dirigente del PAN describe una situación existente y preocupante. Pero no busca explicársela, sino solamente defender al presidente Vicente Fox.

   En efecto, se ha puesto de moda censurar al Presidente. Hechos y dichos del licenciado Fox son causa de sátiras e invectivas, a veces en tonos inusitada y desproporcionadamente ordinarios pero también con matices e inflexiones razonados. Es signo de nuevos tiempos, como tanto se dice, aunque sobre todo síntoma de problemas que van más allá del entusiasmo crítico de opositores y observadores políticos.

   Esos señalamientos, no todos de mala fe ni precipitados aunque muchos de ellos sí lo son, no se deben simplemente al afán de cuestionar porque sí. Con mucha frecuencia han tenido sustento en acciones y declaraciones del presidente de la República y, de manera más amplia, de algunos de sus colaboradores más conspicuos.

 

Más libertad

   Si el afán crítico se ha desarrollado tanto que el presidente panista lo considera “nuevo deporte en México” no ha sido porque la sociedad no tenga otros temas en los cuales entretenerse. Ese “deporte” además, no se reduce al señalamiento de yerros y excesos del presidente sino que se extiende a su equipo de trabajo.

   En esos dichos y hechos de los gobernantes, más que en la maledicencia de sus críticos, tendría que buscarse la causa de la actual oleada de reconvenciones.

   Las discrepancias respecto de las acciones del gobierno pueden manifestarse con toda libertad gracias al ensanchamiento de la democracia que hemos experimentado en los años recientes. Además tenemos un escenario público en donde el escándalo interesa más que la reflexión y la denuncia, mucho más que la discusión.

   Esas son condiciones y contexto pero no las causas del clima de disgusto que, al menos en los medios, existe respecto del desempeño del presidente y sus colaboradores.

 

Gobernar, declarar

   Al presidente se le critica por la ligereza con que, cada vez con más frecuencia, hace declaraciones que luego él mismo o sus subordinados tienen que tratar de enmendar.

   No le hacía ninguna falta decir, hace una semana, que quienes lo critican son como los perros que ladran en la frase que supuestamente forma parte de El Quijote. En unas cuantas palabras el licenciado Fox manifestó que no es buen lector de Cervantes y que se deja dominar tanto por los lugares comunes como por la exaltación.

   Ese perfil del presidente no es desconocido por los mexicanos. De hecho, la personalidad del hombre sincerote y espontáneo fue uno de los rasgos que vendieron los estrategas de imagen del ahora presidente Fox, al menos en la primera fase de su campaña electoral.

   Pero esa personalidad, que pudo haber tenido alguna eficacia para llamar la atención de los ciudadanos respecto de aquel candidato, no es la más pertinente para gobernar al país.

   El ejercicio del gobierno, especialmente en una nación tan compleja como la que tenemos, jamás ha podido resolverse con desplantes retóricos, ni solo con denuedo personal de los gobernantes.

   Gobernar no es solamente declarar, de la misma manera que tampoco es administrar.

 

Menos consenso

   Para gobernar se requieren consensos, experiencia y proyecto.

   Esos principios, tan elementales, no han sido todo lo evidentes que hace falta. Tampoco han sido puestos en práctica por el actual grupo en el gobierno.

   Respaldo de la sociedad, el presidente Fox ha tenido como quizá ningún otro político mexicano en los años recientes. Además del caudal de votos que obtuvo en julio, una vez que asumió el gobierno ganó la adhesión (aunque fuese pasiva) de una enorme cantidad de mexicanos que querían tenerle confianza o, al menos, concederle el beneficio de la duda.

   Ese consenso no se le ha terminado al gobierno pero se ha reducido. La leve pero perceptible caída en la popularidad del presidente y su gabinete no es una tendencia que amerite repicar las campanas en ninguna parroquia política ni mediática. Si continúa, ese deterioro dificultará más el ejercicio de conducir la política y la economía de nuestro país.

   A nadie, sensatamente, le puede alegrar que al gobierno le vaya mal en su imagen delante de los mexicanos. Pero así como resulta imprudente festejar las dificultades del grupo gobernante, también lo es el intento oficial para minimizar e incluso ignorar esos contratiempos.

 

Desacostumbrado

   Al presidente le ganan el temperamento y la inexperiencia. La claridad con que expresa sus animosidades no es necesariamente indicio de franqueza sino de precipitación.

   Es que así es Fox, tal es su carácter, podrán decir sus asesores y colaboradores. Pero esa no es explicación suficiente. El presidente se considera acosado por las críticas quizá porque hasta ahora no estaba acostumbrado a tener como interlocutora a una sociedad diversa, cambiante (que puede ser incluso terriblemente veleidosa) y, además, exigente.

   Hasta ahora el presidente de la República había tenido una experiencia política reducida a un estado como Guanajuato, con pocos conflictos –en comparación con el hervidero que son otras zonas del país y la política mexicana– y en donde su gestión como gobernador, aparte de logros reales, era matizada por el enfrentamiento constante con el gobierno federal. Los problemas e incluso errores de su administración podía, aunque fuese en parte, atribuírselos al gobierno central.

   Luego, en su larga y a la postre exitosa campaña electoral, el licenciado Fox usufructuó con gran habilidad las ventajas de estar en la oposición. Su interlocutor principal eran el gobierno federal y el PRI, en un enfrentamiento respecto del cual la sociedad solamente era espectadora. Fox podía golpear, denostar, burlarse incluso de sus rivales y casi todos esos desplantes le resultaban favorables porque actuaba delante de un público en su mayoría deseoso de ver cómo le tundían al partido en el gobierno.

   Cuando estaba en campaña al ahora presidente no le hacían falta expresiones conceptuosas, ni proyectos de país, porque todo aquel enfrentamiento lo podía resolver con descalificaciones e interjecciones. Era responsable de todo lo que decía pero si se equivocaba los suyos eran errores de un candidato, cuyos costos políticos los pagaban él y su partido pero nada más.

 

Desplantes

   Aquella etapa terminó el mismo 2 de julio. Fox lo entendió la noche de las elecciones, cuando desplegó una plausible actitud conciliadora y de apertura.

   Pero para entablar alianzas alrededor de un gobierno nunca basta con la buena voluntad. Pronto se vería que la coalición alrededor del presidente sumaba personas pero no proyectos; incluso prescindía del compromiso explícito con el partido que lo llevó al poder sin subsanar el apoyo que todo gobernante necesita tener en una organización política fuerte.

   Después de las elecciones todo fueron miel y rosas para el presidente electo. Incluso en los primeros momentos luego del primero de diciembre, a Fox le favorecieron la confianza de una gran cantidad de mexicanos y el respaldo de quienes, en el mundo entero, vieron con una simpatía voluntarista pero útil la llegada al poder del hombre que había cometido la hazaña de ganarle al PRI.

   El bono social y político que recibió Fox en aquellos meses no se le ha agotado. Más aún y a diferencia de los pronósticos intencionadamente catastrofistas, puede decirse que todavía, durante un tiempo quizá largo, haga lo que haga el presidente mantendrá la confianza de una gran cantidad de mexicanos.

   El problema para el presidente no es la disminución de su popularidad, aunque las encuestas serias indican que hoy en día son menos los mexicanos que le tienen confianza plena, en comparación con lo que sucedía hace seis o siete meses.

   El problema es cómo ha usado esa popularidad y de qué manera él mismo, con desplantes temperamentales e intolerantes, erosiona su presencia pública.

 

Avidez de aplausos

   Ahora que es presidente, los yerros del licenciado Fox no le cuestan nada más a él y a sus partidarios. Cada tropiezo suyo lo es del gobierno de México y, en más de una manera, del país.

   El presidente pareciera no darse cuenta del nuevo contexto en el que se ubican sus actitudes, o pareciera olvidarse de ello con demasiada frecuencia. No es solo asunto de temperamento, sino de responsabilidad política.

   Aunque el gobierno haya cambiado nuestro sistema sigue siendo presidencialista por definición constitucional y, hasta ahora, por convicción de la sociedad. Cada desliz y también cada exceso del presidente se magnifica de manera instantánea. Cada frase inopinada es reproducida en medios de toda índole. Cada expresión de intolerancia, o de incomodidad, es propalada con fines diversos pero igual eficacia propagandística.

   Hay medios y gente interesada en desacreditar al presidente, eso es claro. Pero antes que nada, el mismo titular del Ejecutivo dice y hace lo suficiente para que quienes quieren descalificarlo no tengan que esforzarse.

   El presidente Fox parece rehén de la publicidad que le han organizado sus asesores de imagen. Desdeña las encuestas que muestran el descenso en su popularidad. Descalifica a sus críticos. Está ávido de reconocimientos, como si no le bastaran los votos que ganó en julio pasado.

   El viernes, en una ceremonia con minusválidos, el presidente Fox agradeció conmovido la ovación que le tributaron.

   “Gracias por esos aplausos. Hacían falta”, fue su expresión.

   Un presidente que gobierna para que le aplaudan y que se desespera cuando durante dos días no escucha alabanzas, está en peligro de extraviar la dimensión de las responsabilidades para las que fue electo.

 

Actitud culposa

   Hace pocos días, cuando se dieron a conocer los precios del menaje adquirido para su casa, el presidente de la República reaccionó con precipitada irritación. Primero, al darla por buena, corroboró esa información. Horas más tarde el administrador de Los Pinos trató de refutar el precio de toallas, sábanas y demás enseres. Luego el gobierno se comprometió a emprender una investigación, avalando de esa manera la noticia de los precios exorbitantes.

   El de toallas y sábanas ha sido un asunto menor, aunque con todo y esas modestas dimensiones ha demostrado que a pesar de las nuevas actitudes que dice tener, en el gobierno siguen existiendo comportamientos irregulares e incluso, real o potencialmente fraudulentos. Nadie ha podido demostrar en qué tienda, en qué sitio del mundo, se venden sábanas de mil o incluso dos mil dólares cada una.

   Sobre todo ese incidente, más allá de las ridículas aristas que podría tener, manifestó el formidable descontrol y la escasa capacidad de reacción política que tienen el presidente y su equipo inmediato ante una situación imprevista.

   La respuesta del gobierno a las acusaciones de dispendio y posible malversación de recursos públicos fue, inicialmente, de desafío a la sociedad. “Hasta el precio de las toallas que se adquieren para la casa de ustedes aquí es público”, dijo el martes 19 de junio por la mañana.

   Menos de diez horas después Carlos Rojas, asesor en Los Pinos, trató de disculpar los gastos diciendo que para la casa presidencial fue necesario adquirir muebles y enseres “que son propiedad de la nación y que se quedarán ahí cuando termine su administración el presidente Vicente Fox”.

   En las declaraciones en Los Pinos se manifestaba una actitud culposa, por haber sido pillados en una decisión incómoda. En realidad no hace falta explicación alguna para justificar los gastos necesarios para que el Presidente de la República tenga una vivienda a la altura de las responsabilidades que le confirieron los ciudadanos. Lo que sí exige aclaraciones –y sanciones, si es necesario– es el gasto en exceso que, aunque haya resultado muy menor en comparación con otras erogaciones, resulta ofensivo para muchos mexicanos.

   Al día siguiente, miércoles 20 la Presidencia anunció que el secretario de la Contraloría, Francisco Barrio, investigaría “a fondo” la compra de distintos bienes para la residencia oficial de Los Pinos.

 

Desbarajuste

   El descontrol en el equipo cercano al presidente lo inhabilitó para ofrecer una respuesta coherente, sensata y serena al asunto de las toallas. Esas dificultades fueron expresión de desbarajuste que parece prevalecer entre los allegados a Fox y de esa manera, en la capacidad de la Presidencia para reaccionar a situaciones difíciles.

   Ahora fueron solamente toallas y sábanas. Es perturbador imaginar qué sucedería ante una verdadera crisis.

   La inexperiencia se resuelve pronto, siempre y cuando haya disposición para reconocer y enmendar errores. Ello exige –y allí se encuentra quizá lo más difícil– algo de modestia y mucho de capacidad autocrítica.

   Esas no son, al menos todavía, virtudes que se puedan apreciar en Los Pinos. Si el presidente no tiene disposición para reconocer los cuestionamientos a su trabajo y descalifica a quienes los formulan diciendo que no hacen mas que proferir ladridos –abatiendo, de paso, el nivel del debate acerca de los asuntos públicos– menos interés tendrá en admitir errores.

   Esa intolerancia, que no es sino expresión de inseguridad, se trasmina al resto del equipo gobernante. El jueves cuando lo fueron a visitar los jugadores del Cruz Azul el presidente pateó un balón de futbol. Uno de sus colaboradores dijo entonces –el episodio fue registrado por el cronista Fidel Samaniego–: “No vaya a romper una ventana porque para poner otra nos la van a cobrar como si fuera de cristal cortado”.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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