Primer informe: el barco y sus navegantes

La Crónica de Hoy, 2 de septiembre de 2001

Delante de ellos, el presidente Vicente Fox llamó a los legisladores y a las fuerzas partidarias a la unidad, “todas y todos juntos ahora en el mismo barco sin importar la bandera política que cada quien enarbola”. Todos forman parte del Estado. Pero en un Estado presidencialista como sigue siendo el que tenemos, la obligación del Ejecutivo Federal es sustancialmente mayor a la del Congreso.

   En esa disparidad de atribuciones radica, en parte, el sentido de la reforma del Estado para la cual el presidente Fox llamó a un acuerdo nacional. La insuficiencia de nuestro sistema político la reconoció cuando habló de la necesidad de edificar un “sistema competitivo de partidos” y de la reconstrucción que a su juicio debiera darle sentido a la transición en la que se encuentra el país.

   Todas esas, son tesis que necesitan contenido. Por lo pronto el llamado más enfático en el discurso que ofreció ayer el presidente Fox después de entregar el documento de su primer informe de gobierno estuvo dirigido a los legisladores. Insistió en que la responsabilidad de los asuntos públicos es de todos ellos: gobierno y Congreso.

   Y en esa, que constituyó la definición principal del primer mandatario en su alocución de anoche, pueden encontrarse dos mensajes.

   Uno, plausible, es la reivindicación del Poder Legislativo como interlocutor indispensable cuya importancia admite. “El presidente propone y el Congreso dispone”, subrayó.

   El otro, discutible, sería el propósito de corresponsabilizar a los legisladores de la situación actual del país para hacerlos partícipes de las exigencias que comienzan a manifestar significativos sectores de la sociedad, no por acciones del Congreso sino por decisiones y omisiones del gobierno federal.

 

“Sí hay proyecto”

   “Los mexicanos y mexicanas han puesto en las manos de todos nosotros, señoras y señores legisladores, su esperanza”. Esa fue la fórmula que empleó el presidente. Esa esperanza se convertiría, de tal forma, sería contexto de exigencia no solo para el Ejecutivo sino para todas las fuerzas políticas representadas en el Congreso.

   También aseguró que su gobierno sí tiene proyecto. Pero la “alternativa humanista” de la que habló en su primer informe requiere precisiones y sobre todo, traducirse en iniciativas prácticas para movilizar a las mayorías. Ellas llevaron al gobierno al presidente Fox. Esas mayorías comienzan a regatearle el crédito que de manera tan generosa –y quizá también voluntarista– le extendieron hoy hace exactamente 14 meses.

 

Causas del atorón

   La economía y el gobierno actual se tropezaron con la recesión estadounidense y mundial. El presidente lo dijo de manera gráfica: los motores de la economía internacional están apagados. Sin embargo en algunos sitios echan más humo que en otros.

   Indudablemente las circunstancias externas han jugado en contra de la producción y el bienestar de los mexicanos, pero no es suficiente buscar allí los males recientes de nuestra economía. La interrelación con el vecino que tenemos al norte es inevitable, pero a partir de ella cada gobierno en México puede adoptar medidas distintas. Las que ha puesto en práctica la administración del presidente Fox acaso no han sido las más afortunadas.  Junto al estancamiento en los negocios propiciado por los aprietos internacionales y estadounidenses, nuestra economía quedó supeditada al cumplimiento del único escenario que el gobierno había diseñado y que dependía de una rápida aprobación de la reforma fiscal. La agresividad de la propuesta hacendaria cohesionó, pero en contra del gobierno, a las oposiciones que son mayoría en el Congreso y la discusión sobre el rumbo económico se polarizó y estancó.

   En vez de discutir qué gravámenes son pertinentes para que el Estado tenga recursos, el debate quedó constreñido a la inoportunidad de los gravámenes que exigió el gobierno federal. El presidente y su equipo económico presentaron una situación de todo o nada y aunque posiblemente dentro de varias semanas se apruebe alguna reforma fiscal, mientras tanto las arcas públicas se quedaron con nada en términos de nuevos ingresos. Sin esos recursos, muchos programas han quedado desprotegidos o suspendidos.

  

Poca política

   Lo que faltó fue trabajo político. De la misma manera que ha ocurrido en otros momentos, hubo quienes en el gobierno quisieron supeditar la política, a la economía.

   El resultado lo ha padecido el país, junto con el gobierno. Han faltado no solo capacidad sino, en algunos episodios durante los meses recientes, voluntad para encontrar interlocución en las fuerzas políticas sin cuyo consenso, en el México de hoy el oficio de gobernar se vuelve diálogo de sordos, o retahíla de tropiezos.

   El presidente muestra como logros de su administración el diálogo con los zapatistas, la libertad que hay en los medios (la cual han ejercido, dijo, “sin más restricción que su responsabilidad”) y la interlocución con el Congreso. Pero esas tres prácticas ya existían antes de la administración actual.

   El conflicto en Chiapas se encontraba en suspenso y no puede decirse que la manera como el gobierno actual abordó ese conflicto haya servido para conducir a un arreglo y mucho menos para mejorar la situación de los indios en esa entidad.

   Desde hace años los medios de comunicación experimentan una amplia libertad, incluso con excesos, y no hay una sola medida específica que distinga a la política de comunicación actual de la que estableció el gobierno anterior.

   La pluralidad del Congreso no ha sido logro del presidente sino una condición que se acentuó en las elecciones del año pasado. En lugar de ufanarse de una diversidad que él no propició, podría advertir los errores que su gobierno ha tenido en la relación con los legisladores y que, tal vez, ayer comenzó a tratar de corregir.

 

Popularidad en caída

   El acuerdo nacional del que habla el presidente Fox requiere del concurso de las fuerzas políticas pero también de los ciudadanos. Sin embargo la cuota de confianza que la sociedad invirtió en el actual gobierno se ha reducido no de manera catastrófica, pero sí significativa.

   En informe de ayer sábado estuvo acotado, en parte, por las encuestas que siempre cuentan, pero más delante de una administración cuyo titular gusta de tomarle el pulso a la sociedad para encontrar en ellas una fuente cotidiana de complacencia y ánimo.

   En el sondeo realizado por la especialista María de las Heras para el diario Milenio, el 64% de los ciudadanos considera que el licenciado Fox ha resultado igual o mejor presidente de lo que esperaban. Es un porcentaje muy alto. Pero hace dos meses esa opinión la compartía el 79%. Únicamente el 23% de los mexicanos encuentran motivos para considerar que las cosas están cambiando en el país, en tanto que el 77% piensa que el cambio es poco, o nulo.

   El estudio de las empresas GEA e ISA encontró que entre marzo y agosto la evaluación positiva del presidente entre los ciudadanos cayó del 74, al 59%.

   La empresa Alduncin midió para El Universal ese cambio que en escala de uno a diez, también entre marzo y agosto, disminuyó de 7.5 a 6.9.

   En marzo el 72% de los ciudadanos decía que si en ese momento hubiera elecciones, votaría por Fox. En agosto, esa era la intención del 55%.

   Ambos porcentajes, el reciente y el de hace cinco meses, son mayores al 42.5% que el licenciado Fox obtuvo en las urnas de hace 14 meses. Después de aquel 2 de julio el nuevo presidente concitó la adhesión de muchos de quienes votaron por otros candidatos y ese es un dato muy importante.

   Hoy el presidente Fox mantiene gran parte del enorme capital político que resultó de aquellos comicios y aun después. La aprobación del 55% de los ciudadanos es un respaldo de gran significado. Pero se trata de adhesiones que seguirán a la baja si no se cumplen, pronto, compromisos como los que ayer reiteró el presidente en su primer informe de gobierno.

 

Escándalo y anécdotas

   Esos datos forman parte de la realidad que el presidente no puede dejar de advertir, por mucho que su mensaje de ayer insista en que vamos fundamentalmente bien.

   En el balance de estos nueve meses hay activos y pasivos. El más importante de los primeros ha sido la suavidad con que México entró a una nueva era política, sin desgarramientos irreparables y sin que nos envolviera catástrofe alguna como previeron los más pesimistas. El presidente pudo recordar, anoche: “al contrario de lo que algunos llegaron a pensar no se desmoronó el país”.

   El país no se desbarató bajo la conducción de un gobierno de ideología, historia y coordenadas distintas a las que habían regido al Estado mexicano durante todo el siglo pasado. Los mexicanos siguieron viviendo y trabajando en paz y las instituciones políticas, aunque con desajustes y perplejidades, han funcionado.

   Quizá algunos de los episodios que en estos meses han causado asombro, escándalo e incluso bochorno, a la vuelta de los años los habremos de mirar con menos extrañeza y los entendamos como anécdotas de una transición sinuosa pero en lo fundamental regida por un marco democrático.

   Pero si las anécdotas se mantienen como la constante que define las acciones del gobierno, ya sea en la incontinencia declarativa o en la sucesión de ocurrencias como sustitutos de la acción de gobernar, corremos el riesgo de que nuestra cuidada y apreciada transición se diluye en una costosa trivialidad.

   No basta con arengas y evidentemente las promesas comienzan a tener rendimientos decrecientes. Con razón, luego de su defensa de la política del gobierno al que su partido llevó al poder, el diputado Felipe Calderón reconoció ayer en San Lázaro que como el mercado no basta para normar las relaciones sociales, es preciso renovar las instituciones en una auténtica reforma del Estado. Antes, el diputado priista Efrén Leyva impugnó la “tendencia al egocentrismo presidencial” e insistió: “el presidente debe saber hoy que prometer y no cumplir tiene un costo”.

 

Ya, ya, ¿cuándo?

   La sociedad, a pesar de su inmadurez a la que en nada ayuda el vocerío mediático, ha tomado en serio al gobierno. Cuando hace nueve meses el presidente pidió confianza la respuesta fue de apoyo. Pero todo se desgasta en esta vida cuando no se le fortalece y, en una sociedad tan veleidosa y además tan maltratada, esa adhesión se ha tornado quebradiza.

   El discurso cohesionador de la sociedad tiene efectos solo en periodos cortos y si se encuentra respaldado en medidas claras. El gobierno no ha articulado un cuerpo de ideas-fuerza capaz de concitar el entusiasmo de la mayoría. Aquel “ya, ya, ya” se le revierte a quien hace apenas año y medio se mostraba de manera tan perentoria como abanderado de un cambio que la propaganda, y la simplificación electoral, anticiparon como si pudiera ocurrir de inmediato. No fueron inesperados, por eso, reproches como el que manifestó el legislador perredista Auldárico Hernández antes del mensaje presidencial: “Todos nos preguntamos dónde quedó el cambio”.

   En un país con tantas desigualdades, eso no es posible gobernar igual para todos. Independientemente de la matriz ideológica de la que ha surgido, el gobierno tiene que tomar medidas capaces de paliar las carencias de los más necesitados aunque la reforma fiscal se esté demorando. Las protestas en el campo, que comienzan a proliferar con intensidad preocupante y exigente, son testimonio de la ausencia de políticas específicas dirigidas a los segmentos más desprotegidos y que, aunque fuese con propósitos clientelares, los gobiernos anteriores pusieron en el centro de su actividad social.

   El presidente Fox no desconoce la importancia de la política social y aseguró que el gasto destinado a la pobreza ha aumentado 16%. Hay más familias en el Progresa, que recibe recursos 28% superiores al año pasado. Para el Procampo al final del año se habrá ejercido casi el doble del presupuesto del año anterior. “Los salarios están recuperando su poder adquisitivo”, sostuvo, aunque a esa información siguió una rechifla surgida entre los legisladores.

   Quizá esos son datos objetivos. Pero muestran solamente una parte de la realidad. La otra, también documentable con cifras, tiene entre otras expresiones el desempleo y el surgimiento de nuevos conflictos sociales.

 

 Dos semanas en huelga

   Más allá de plausibles aunque insuficientes medidas de respaldo a los que viven de su trabajo y especialmente a quienes menos tienen, se echa de menos una definición de Estado que busque atemperar el efecto de las dificultades económicas. El aumento en el precio de los energéticos es necesario pero es injusto que sea indiscriminado. La capacidad tutelar del Estado se está difuminando en un juego de presiones en donde los más poderosos pretenden que haya soluciones determinadas por el mercado político.

   Ayer mientras en San Lázaro el presidente Fox se dirigía al Congreso y a la nación, en Puebla los 12 mil trabajadores de la Volkswagen cumplían dos semanas en una huelga que se ha vuelto definitoria no solo de los parámetros salariales en todo el país sino de la política laboral de este gobierno.

   La prepotencia de las cúpulas empresariales se ha desplegado con actitudes ominosas en ese conflicto. Algunas voces desde el nada eufemísticamente denominado sector patronal han llegado a sugerir que el gobierno despoje de su registro al sindicato, que no ha hecho sino defender derechos legítimos –y que, no hay que olvidarlo, estalló la huelga forzado por la intencional ausencia de ofertas salariales–.

   Antier la empresa exigió que su nueva propuesta de aumento fuese votada por los trabajadores como si tuviera derecho a imponerle al sindicato los mecanismos para tomar decisiones. Pocos días antes los trabajadores de VW ratificaron en urnas, por voto secreto, el rechazo que ya habían manifestado a una oferta que consideraron insuficiente.

   La Secretaría del Trabajo tiene la obligación de exigirle a la empresa que se abstenga de intervenir en la vida interna del sindicato. Guardar silencio, en ese aspecto, es convertirse en cómplice de la parte patronal. También en ese terreno –y allí, con mayor significado que en muchos otros– se define el compromiso del presidente Fox con los mexicanos cuya adhesión solicitó este sábado.

 

Paredes y Bobbio

   La dificultad para un auténtica transformación es tanta, que hasta el adocenado PVEM le reprocha al presidente que el “hoy, hoy, hoy” se hizo viejo ayer. No admitiremos componendas dijo Jorge Emilio González, como si nadie se acordara de la manera como fue modificada la Constitución para que él llegase al Senado.

   Pero el contrapunto elegante al informe lo presentó la diputada Beatriz Paredes. No se refirió tanto al mensaje del presidente como al Congreso mismo, en cuya reivindicación invirtió la mayor parte de su respuesta, con todo y cita del politólogo Norberto Bobbio. La división de poderes a la que se refirió Paredes es indispensable y acaso se avanzó algo hacia ella anoche, en una sesión en donde el representante del Ejecutivo y el Legislativo dijeron sus verdades.

   Una de ellas, cuando la diputada recordó que “al hombre público los propósitos lo significan, los hechos lo califican”, definió la circunstancia actual del presidente Fox. Propósitos ha tenido muchos. Los hechos, aun están por verificarse.

   Todas y todos, como él dice, van en el mismo barco. Pero uno conduce y los otros, si acaso, contribuyen a discutir y definir el rumbo. Timonel solamente hay uno. Los demás, vamos remando.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx


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