San Juan Diego

La Crónica, 19 de diciembre de 2001

El anuncio de la inminente canonización de Juan Diego llegó una semana tarde para ser recibido en la fiesta anual de la Virgen de Guadalupe y se produce 470 años después de la fecha en la que se considera ocurrieron las apariciones en el Cerro del Tepeyac.

   La decisión de la Congregación para las Causas de Santos del Vaticano estuvo sobresaltada, y seguramente retrasada, por las insistentes objeciones de la corriente antiaparicionista que, desde la misma iglesia católica, consideró que la de Juan Diego era una llamativa leyenda pero no un hecho histórico.

   El acuerdo anunciado ayer en Roma pone fin, al menos de manera oficial, a una polémica de varios siglos que se había reavivado en los años recientes. En la iglesia mexicana el principal opositor a la consagración de Juan Diego en el santoral fue don Guillermo Schulenburg, quien durante largo tiempo fue nada menos que el abad de la Basílica de Guadalupe.

   Sin las pertinaces refutaciones de Schulenburg a los argumentos que desde la jerarquía eclesiástica pugnaban por la canonización de Juan Diego, esa medida se hubiera tomado antes. El hecho de que la hayan retrasado indica que los argumentos del entonces abad no eran despreciables –incluso desde la lógica o los procedimientos de la liturgia católica–. También parecía evidente que, además de un litigio histórico y en el plano de la religiosidad, existía una fuerte disputa por posiciones dentro de la iglesia católica mexicana.

   La decisión que mañana será examinada por el Papa Juan Pablo II tiene consecuencias simbólicas y religiosas pero también materiales y políticas.

   En el plano de la fe de los católicos la canonización de Juan Diego será un hecho fuera de discusión. Quienes quieran creer en la existencia y los milagros atribuidos a ese personaje están en su derecho de hacerlo y esas convicciones, absolutamente respetables, forman parte de su ámbito privado.

   En el terreno de las representaciones, que forman parte de la presencia pública de cualquier institución pero muy especialmente de aquella cuya legitimidad descansa más que cualquier otra en los símbolos, la inminente canonización proporcionará a la iglesia católica una renovada presencia en México. La santificación de Juan Diego constituirá un acontecimiento histórico del cual la jerarquía eclesiástica se beneficiará más allá de la fe de sus seglares.

   El solo hecho de haber vencido la oposición de la corriente antiaparicionista es un logro para los dirigentes de la iglesia en México. Pero además esa decisión se produce en una fase de reacomodos institucionales en nuestro país dentro de los cuales la jerarquía eclesiástica, a veces con perseverante paciencia aunque a ratos con notorio nerviosismo, quiere afianzar una posición de mayor influencia pública.

   A diferencia de todos sus antecesores el gobierno actual es encabezado por un presidente que no encuentra motivos para disimular su fe religiosa. Sin embargo ello no ha bastado para que la dirigencia eclesiástica en México considere del todo satisfactoria la gestión de Vicente Fox. Los resultados del primer año de gobierno dejan mucho qué desear y las dificultades económicas influyen de tal manera en el ánimo de la sociedad que incluso la iglesia, que apoyó de distintas formas la candidatura del ahora presidente, tiene que reconocerlas.

   La turbulencia política y pública de los meses recientes, durante los cuales los mexicanos hemos debatido acerca de muchos asuntos pero no hemos resuelto ninguno, han impedido que sean ventilados los temas que más importan a los dirigentes de la iglesia católica. Entre ellos se encuentra la adquisición de estaciones de radio y televisión que, de acuerdo con la ley, no pueden ser propiedad de ninguna corporación religiosa.

   No es descabellado suponer que con la nueva influencia que adquirirá gracias a la canonización del indígena Cuauhtlatóhuac –que era el nombre original del ahora inminente santo– los jefes de esa iglesia en México quieran resolver los asuntos que tienen pendientes para ampliar su presencia pública.

   La canonización, más allá de la fe y la religiosidad en el sentido más estricto, también tiene implicaciones eminentemente terrenales, sobre todo en el campo de las finanzas y los negocios. A Juan Diego se le dará el trato de un producto mercantil, más allá de las convicciones de los católicos. Sus imágenes, semblanzas y retablo –su vida y milagros, ahora sí literalmente– serán motivo de interesada comercialización.

   En ese aspecto no puede sino reconocerse el sentido de la oportunidad de quienes hace una semana colocaron en Internet el nuevo portal de la Virgen de Guadalupe. Se trata de un sitio avalado por la Arquidiócesis Primada de México pero producido y financiado, y  también usufructuado, por el consorcio Televisa.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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