Se construye el nuevo mapamundi

La Crónica, 21 de octubre de 2001

Madrid. Decir que todo cambió a partir del 11 de septiembre fue un recurso útil para compensar con alguna certeza el enorme vacío que se creó después de aquel día terrible y que jamás terminaremos de lamentar.

   Luego esa suposición se volvió lugar común y se ha asentado con rapidez y contundencia.

   Habrá que dejarla que pase por la prueba del tiempo, que es la única que puede determinar si había razón o no en ella, pero para entonces eso será solamente historia y lo que nos hacen falta hoy son claridad sobre lo que está ocurriendo y una prospectiva razonable del rumbo que toma el panorama internacional –y por lo tanto del contexto en el que vivimos y se desempeña nuestro país–.

   Hasta ahora lo que parece claro es que muchas cosas han comenzando a cambiar aunque nadie puede precisar con qué rapidez y contundencia.

   Se está creando un nuevo acomodo de las fidelidades y las prioridades de los más poderosos, con tanta intensidad que los bloques que han sido considerados como constitutivos del mundo del futuro parecieran estar en riesgo o al menos, su consolidación se ve hoy más lejana que hace mes y medio.

   En el plano de la política la amenaza del terrorismo tendría que imponer el reconocimiento de que solamente la acción institucional, en la construcción de regímenes representativos, es el camino para que se manifiesten todos los desacuerdos y tensiones en las sociedades y las regiones.

   Y más allá del ánimo social, hoy soliviantado por el terrorismo bacteriológico, el campo de auténtica gravedad vuelve a ser el de la economía.

 

Economías estancadas

   Hoy en el mundo desarrollado la pobreza de las naciones más desamparadas y la negligencia que ha existido respecto de esa realidad a la que se ha acostumbrado mirar nada más de soslayo, son reconocidas de manera más abierta. Ese es, de inicio, uno de los cambios que, al menos en la deliberación pública y las actitudes de las fuerzas políticas en ese segmento del mundo, se registra después de la tragedia de septiembre.

   Paradójicamente, a la pobreza como parte del contexto en el que han surgido fanatismos y fundamentalismos como los que llevaron a los asesinatos en Nueva York y Washington y que hoy siembran ántrax epistolar por todas partes, se le reconoce cuando estamos entrando, dicen los expertos, a una de las fases más difíciles que haya vivido la economía internacional en casi un siglo.

   La trabazón financiera y productiva no se manifiesta únicamente en países como el nuestro, atados a las economías dominantes y a cuyas vicisitudes se añade el estancamiento en la economía de Estados Unidos, deteriorada por la caída del consumo después del 11 de septiembre.

   Las complicaciones se advierten incluso en economías tan sólidas como las de los países europeos más desarrollados. El viernes pasado todas las bolsas importantes en Europa cayeron después de que se conoció la evaluación desfavorable que el índice de confianza empresarial hizo acerca de la situación en Alemania.

   En el mes reciente ese indicador retrocedió como nunca lo había hecho desde 1973. La confiabilidad de los empresarios germanos puede no ser precisamente respetable. Basta recordar el comportamiento que tuvo la firma Volkswagen después de la huelga en Puebla hace unas cuantas semanas, cuando amenazó llevarse sus negocios a otro país si México no le daba garantías contra las aspiraciones de sus trabajadores. Pero la confianza que los dueños y administradores de empresas tienen en la economía de Alemania parece significativa del pesimismo con que desde numerosas ubicaciones se ve al futuro próximo de la producción así como del intercambio financiero y comercial.

 

La pobreza preocupa

   Este año la economía de Alemania crecerá menos del 1% (las previsiones más mencionadas hablan del 0.75%). A comienzos de 2001 la expectativa era del 3%.

   Grandes empresas manufactureras y de servicios en ese país han anunciado el despido de miles de trabajadores en la que parece será no una medida de ajuste temporal, sino una política de vigencia indefinida.

   La situación no es mejor en otras naciones europeas. La recesión está alcanzando dimensiones mundiales y por ahora sus expresiones más vistosas son las dificultades en ramas directamente afectadas por las secuelas del 11 de septiembre como la aviación y el turismo. Pero en términos generales, la caída en el consumo parece generalizada y ya se sabe que quien no vende deja de producir y de pagar salarios e impuestos y comienza a cargarle sus dificultades al resto de la sociedad.

   En este panorama, ahora los países ricos se vuelven más sensibles a la existencia y los problemas de los pobres.

   En busca de respuestas para entender cómo llegamos a este enfrentamiento no solo de la civilización y el terrorismo sino, según postulan algunos autores, entre distintas concepciones del mundo, en las naciones más desarrolladas hay un nuevo interés por la cuestión social en las zonas más pobres de la humanidad.

   Tanto como las complejidades del universo musulmán, en las librerías y los diarios así como en los debates en los medios de los países europeos el tema de la pobreza se ha puesto de moda.

 

Miseria y fundamentalismos

   Resultaría simplificador, pero sobre todo profundamente equivocado, suponer que los terroristas que comenten atentados como los que destruyeron las Torres Gemelas o que envían cartas contaminadas, actúan así movidos por la pobreza que han sufrido o presenciado. De ser así hace tiempo que se hubieran incendiado políticamente varias de las zonas de mayor atraso social en el mundo.

   Bin Laden no ha sido, precisamente, un personaje de escasos recursos económicos. Al contrario, solo contando con la fortuna familiar que le permitió impulsar sus propios negocios y apoyándose en una estructura de expoliación y abuso profundamente autoritaria, ese personaje ha tenido dólares para pagar mercenarios, comprar armamento e instalar laboratorios y campos de entrenamiento.

   No es la pobreza lo que mueve a ese personaje y a quienes lo siguen sino la adhesión fanática a un cuerpo de convicciones en donde se mezclan el rencor irracional, la revancha ante agravios reales y la intolerancia con coartada religiosa. A esas condiciones, o al menos a que exista un sustrato social en el cual se propagan y encuentras justificaciones, la pobreza contribuye de manera relevante.

   Por eso no es casual que en los países desarrollados esté creciendo la preocupación por los pobres. A partir de esa inquietud las fuerzas políticas establecidas buscan mejorar los programas de subsidios a países en situaciones de miseria y el tema de los desheredados de la tierra es analizado con intensidad y vehemencia que no se veían desde hace varios años en la discusión sobre la pobreza.

   Si no desemboca en políticas específicas, con recursos mayores a los que ha tenido hasta ahora, la discusión sobre los pobres puede convertirse en simple desahogo de las sociedades más acomodadas. Cuando desaparezcan el agobio y el miedo que ahora causan el terrorismo y la respuesta militar de los países aliados, la inquietud ante la pobreza podría ser desplazada por nuevas modas en los circuitos del espacio público en esos países.

  

Se exploran opciones

   Por eso decimos que es paradójico que esa preocupación se despliegue precisamente cuando el mundo es más frágil en el terreno económico. Lejos de aumentar los recursos de ayuda para las naciones más necesitadas, la crisis de las economías puede trasladar la recesión a los gastos para ayuda social.

   Pero el tema allí está y no parece que su exposición vaya a menguar.

   También hay cambios en las medidas y los paradigmas que se proponen para las economías actuales.

   Algunas de las soluciones para paliar los desequilibrios internacionales, que hace no mucho se discutían solamente en foros considerados como marginales y que en los circuitos del poder económico y político global se tomaban como inaceptablemente drásticas, comienzan a ser consideradas con seriedad.

   Hace 2 o 3 meses la “Tasa Tobin”, que es el impuesto que un economista estadounidense propuso para gravar las ganancias resultado de las transacciones financieras de un país a otro, era una de las banderas de los grupos menos vocingleros (que también los hay) en las reuniones de “globalifóbicos”.

   Ahora a esa propuesta se le considera con atención en los más quisquillosos y conservadores circuitos financieros del mundo.

  

Organismos paralizados

   La tesis que se encuentra detrás de medidas como esa es tan vieja como la pobreza misma. Para resolverla, o al menos para menguar sus efectos, es preciso que quienes tienen más contribuyan a favor de los que menos tienen. Las vías para ello pueden ser tan diversas como la imaginación y la voluntad. Pero si la economía global está en una mala situación, los recursos de los que tienen más para aliviar carencias de los que menos tienen serán especialmente insuficientes.

   Lo importante hasta ahora es esa ampliación, rumbo a una agenda más realista y menos autorreferencial, de los temas de interés público al menos en Europa. Aparentemente en Estados Unidos no sucede lo mismo pues allí la atención –y la tensión– de la sociedad se mantienen acaparadas por el miedo y el desconcierto ante el terrorismo.

   Lo más pertinente, debido a los alcances globales de ese tema y a la necesidad de una coordinación de un rango distinto a los gobiernos locales, sería que el debate y la eventual distribución de nuevos recursos estuvieran encabezados por las instituciones internacionales que existen para propósitos como esos.

   Sin embargo la ONU y otros mecanismos de concertación y cooperación se encuentran paralizados ante la nueva crisis. La estrategia estadounidense que ha buscado concentrar la ofensiva militar ha desplazado del mapa político –al menos las ha sacado del debate real– a las organizaciones del sistema de Naciones Unidas.

   En ese flanco de la crisis actual que se trasmina de la economía, a la política y a la seguridad nacional, regional y mundial entre otros planos, se intensifica la desarticulación de los viejos y nuevos espacios que han creado los países para ponerse de acuerdo o, al menos, precisar sus desacuerdos.

 

Compromisos paralelos

   El reordenamiento mundial cuyo perfil al cabo de esta etapa es incierto pero que ya comenzó está dejando atrás fidelidades, compromisos y desavenencias que se creían inmutables al menos en el corto plazo.

   La rivalidad entre Estados Unidos y China, exacerbada la primavera pasada durante el incidente entre sendas aeronaves de esos países, ha entrado al menos a una fase de suspenso indefinido. El presidente George W. Bush encontró en Shangai, al asistir a la sesión de los países de la alianza en la zona del Pacífico, una notable interlocución con Jiang Zemin, el presidente chino.

   Seguramente ese acercamiento no es bien visto por rivales económicos y políticos de China, como Japón o la India pero, en su cruzada contra el terrorismo, Bush parece dispuesto a propiciar una gran coalición de gobiernos de toda índole más allá de los intereses o desacuerdos que pueda haber entre ellos.

   También en los días pasados la Unión Europea se cimbró como pocas veces cuando los gobernantes de Gran Bretaña, Alemania y Francia aprovecharon la sesión del Consejo de Europa, en Gante, para reunirse al margen del resto de los representantes de los 15 países que integran esa coalición.

   Tony Blair, Gerhardt Schroeder y Jacques Chirac sostuvieron conversaciones acerca de dos temas urgentes: la crisis económica y la crisis desatada por el terrorismo. Nada tendría de extraordinario que los gobernantes de tres países vecinos se reúnan, sobre todo si el panorama del mundo es tan delicado como a todos nos consta después del 11 de septiembre. Pero ocurre que esos tres personajes forman parte del compromiso para hacer de Europa una zona unificada y coherente.

   Otros gobernantes europeos, como el italiano Silvio Berlusconi, han expresado gran inconformidad por ese encuentro al margen de la UE.

 

México, sin estrategia

   Más que el disgusto temporal de personajes tan discutibles o el deseo del británico, el alemán y el francés para singularizarse en un cónclave fuera del marco de compromisos que ya tienen, la señal de cambio que ese episodio manifiesta es la insuficiencia de la Unión Europea para actuar cohesionadamente, o al menos para actuar ante el terrorismo con los mismos ritmos y decisiones.

   Antes, el ministro Blair decidió adherirse a la postura de George Bush con tanta enjundia que a momentos ha parecido más radical que el presidente estadounidense. Esa conducta no suscitó muchos aplausos y sí, en cambio, incomodidad y desaprobaciones en el resto del Continente.

   Quizá los acontecimientos del 11 de septiembre no lleguen a propiciar un nuevo mapa de la política mundial. Pero por lo pronto se está manifestando el desplazamiento o la posposición de antagonismos y alianzas que hasta hace seis semanas formaban parte de las certezas del escenario internacional.

   Las cosas han cambiado muy rápido y es difícil que alguien tenga perspicacia y reflejos suficientes para reaccionar de manera creativa y suficientemente inteligente ante este nuevo panorama. Pero hasta ahora no parece que el gobierno de México esté tomando en cuenta, con la intensidad y las decisiones que serían necesarias, la necesidad de comportarse de manera distinta en un contexto que está evolucionando de forma tan intensa.

   Ese ha sido uno de los bemoles que se le pueden señalar al viaje del presidente Vicente Fox por Europa y Asia. Concertada desde mucho antes de los acontecimientos de septiembre, la gira se mantuvo fundamentalmente con el mismo recorrido, los mismos temas y el mismo discurso. El esfuerzo que en muchos sentidos ha significado la ausencia del presidente durante todos estos días –durante los cuales han quedado sin resolverse importantes asuntos nacionales– puede haber sido infructuoso por esa obsesión en mirar a las nuevas realidades con parámetros que –si lo fueron– están dejando de ser eficaces.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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