Un año después. 2 de julio, ilusión y desengaño

La Crónica de Hoy, 1 de julio de 2001

Las numerosas ilusiones y expectativas que se tejieron alrededor de las elecciones de hace un año parecieron quedar cumplidas –al menos en el ánimo de muchos ciudadanos– con el triunfo de Vicente Fox Quesada. Incluso entre quienes no votaron por él se extendió la creencia de que había que darle al nuevo presidente el beneficio de la duda.

   Desde el mismo 2 de julio, del que dentro de unas horas se cumplirá un año, Fox contó con un consenso social casi inusitado en la historia política reciente de nuestro país. No solo era respaldado por el 42.5% de los ciudadanos que, entre quienes fueron a votar, sufragaron a favor del candidato de la llamada Alianza por el Cambio. Además muchos mexicanos, que según distintas encuestas llegaron a ser cerca del 75% de los ciudadanos, le otorgaron su respaldo después de los comicios de julio.

   Ese es el consenso que el ahora presidente ha disfrutado y en parte dilapidado en los meses recientes. Ha faltado proyecto de gobierno y han sobrado arrogancia y afanes protagónicos, tanto por parte del licenciado Fox como entre sus colaboradores más cercanos. Las principales iniciativas políticas de la actual administración (la ley indígena y la reforma fiscal) fueron propuestas a la sociedad como proyectos sin cuya aprobación sobrevendría una situación caótica, o casi, pero no estuvieron apuntalados por una labor de explicación y persuasión política delante de los legisladores que son quienes tenían que certificarlos.

   La palabrería que el titular del Ejecutivo nos dispensa todos los días se ha convertido en el eje y no en el aderezo de sus acciones de gobierno. Ya se sabría que el licenciado Fox querría gobernar –puesto que con ese recurso apuntaló su triunfo- con el soporte de los medios de comunicación. Pero nadie esperaba que su gestión se limitase, al menos en sus aspectos más notorios, a decir, exhortar y chacotear para los medios.

 

Gobierno para los medios

   Quizá el 2 de julio sea un parteaguas en la historia mexicana reciente. Es pronto para saberlo. Estamos demasiado habituados a consagrar las fechas relevantes como señales limítrofes entre etapas cuya vigencia se determina con demasiado apresuramiento. Parteaguas o no ese día, el año pasado, se manifestaron las ganas de cambio de una porción mayoritaria del electorado y la madurez del sistema político (partidos, gobierno y autoridad electoral) que pudieron garantizar un cambio de régimen ordenado y sin sobresaltos.

   Poco antes del 2 de julio teníamos una tensión política y mediática que parecía ser el preámbulo de conflictos drásticos, fuese cual fuese el resultado de los comicios. Desde entonces han pasado 364 días en el transcurso de los cuales asistimos al desplazamiento del viejo régimen, el ocaso del viejo partido gobernante, la marginación política del partido del nuevo presidente, la pulverización de ilusiones de muchos mexicanos y la incapacidad de todos para crear un contexto de deliberación de los asuntos públicos verdaderamente relevantes.

   El jocoso cuan trivial estilo de gobierno del presidente Fox, imitado desmañadamente por algunos de sus colaboradores, ha sido el primer factor que ha impedido la existencia de un espacio público receptivo a la discusión y no solamente a la murmuración. Es casi imposible segregar las iniciativas políticas de la locuacidad chabacana que todos los días, a todas horas, nos propina un presidente tan ávido de micrófonos como –hasta ahora, al menos– desprovisto de proyecto nacional.

   El elenco partidario no ha contribuido tampoco a ese necesario clima de deliberación. Enfrascados en sus propias crisis el PRD y el PRI han perdido el horizonte nacional. Desplazado del ejercicio del poder por su militante más distinguido, el PAN no encuentra un sitio peculiar entre su empeñosa historia como partido de oposición y su contradictoria condición actual.

   Los medios, actores fundamentales y reacios casi a cualquier autocrítica, han sido espejos de esa confusión pero también han aportado su propia dosis de perversidad para empañar el escenario público con escándalos y exageraciones.

 

Expectativas hace un año

   Con todo, si se le compara con las perspectivas que podían avizorarse hace un año la situación del país no ha sido tan desgarradora, ni tan sobresaltada por episodios ríspidos.

   Vale la pena voltear al pasado reciente. Hace poco más de un año, en su edición del 15 de junio de 2000, el entonces semanario etcétera publicó una encuesta sobre los escenarios que México tenía en caso de que ganase cualquiera de los dos principales candidatos. Entrevistados por la periodista Adriana Curiel, una docena de personajes de los medios y analistas políticos ofrecieron prospectivas que atendían a la incertidumbre de aquellas fechas y que, en algunos casos, suponían que un triunfo de Vicente Fox significaría rupturas políticas mayores a las que vimos en los meses posteriores.

   Estas son algunas de aquellas visiones del país, recogidas tres semanas antes de los comicios del 2 de julio. Todas las respuestas fueron más extensas pero aquí presentamos solamente algunos de sus segmentos significativos.

   Carmen Aristegui, conductora de la emisión vespertina de Imagen Informativa: “Si gana Fox, igualmente el PRI va a ser una oposición feroz, entonces cualquiera de los dos escenarios hablará de una situación de enorme competencia política, a los dos les va a ser muy difícil gobernar o van a gobernar diferente, van a tener que tomar en cuenta al otro resto del país que no votó por ellos y eso va a ser muy saludable para el ejercicio político y para la propia vida política del país. En cualquiera de los dos escenarios vamos a tener a un Presidente disminuido en poder porque va a tener que distribuir la hegemonía; un Presidente que va a tener obligatoriamente que considerar a los otros poderes y a los otros factores, entonces casi te diría que en ese escenario tendremos un país diferente en el ejercicio político, pero idéntico en sus problemas”.

   María Amparo Casar, directora de Estudios Políticos del Centro de Investigación y Docencia Económicas: “Independientemente de si Fox o Labastida llegan al poder, estarán acotados tanto por una mejor distribución del poder político, en términos de los gobiernos estatales, a nivel de gobernadores, presidentes municipales y legislaturas locales, estas estructuras de poder también actuarán para recabar y conseguir los consensos del resto de los poderes políticos antes de que el Presidente pudiese imponer su precepto”.

   Arnaldo Córdova, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM: “Si Fox gana no podrá hacer otra cosa que buscar alianzas en la oposición y otros grupos para iniciar su gobierno. Si Fox intentara gobernar por sí solo le sería muy difícil empezar un gobierno”.

   José Antonio Crespo, investigador en el CIDE: “Si gana Fox con un margen muy importante, de todas maneras va a haber turbulencia, pero ahí sí sería un cambio en el sistema político dramático porque las fuerzas políticas se realinearían completamente, quizá el PRI se vendría abajo o en una buena parte y los partidos o el sistema de partidos tendría que tener un realineamiento muy importante”.

   Joaquín López Dóriga, conductor del noticiero nocturno del canal 2: “Tengo claro que Vicente Fox nunca aceptará la derrota, si ésta se da, y está claro que marchará a un conflicto postelectoral. En caso de una derrota de Labastida no veo mayor conflicto postelectoral”.

   Andrés Oppenheimer, columnista en The Miami Herald: “Contrariamente a lo que dicen los críticos de Fox, yo no creo en ningún momento que Fox llevaría a este país a ningún tipo de situación diferente a la actual ni tampoco creo que Labastida cambiaría mucho. México está encaminado esta parte del Tratado de Libre Comercio, está amarrado por ese tratado, está amarrado por acuerdos financieros y le ha ido bien macroeconómicamente. Creo que el énfasis de cualquiera de los dos que ganen va a ser llevar ese éxito de la macroeconomía a la gente en la calle, que todavía muchas no la perciben, pero no veo ningún cambio radical”.

   Ludolfo Paramio, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Madrid: “El principal efecto de una victoria de Fox sería acabar con el mito de la alternancia. El deseo o la necesidad de acabar con el gobierno del PRI dejarían de ser el factor dominante en la política mexicana. Ese cambio abriría enormes posibilidades para un Presidente que tuviera un proyecto claro para el país y fuera capaz de negociar una mayoría parlamentaria en apoyo de sus reformas, pues previsiblemente no contaría con ella como resultado de las elecciones. En un escenario radicalmente nuevo, el Presidente estaría inicialmente cargado de legitimidad para introducir grandes cambios en la agenda política.

   “Pero si no existiera ese proyecto claro y coherente, o Fox se mostrara incapaz de buscarse una base en la Cámara mediante la negociación o el acuerdo, se abrirían riesgos muy altos. El más inmediato sería el del enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Legislativo, un conflicto que suele terminar con deterioro de las instituciones democráticas. Y el más previsible, que los electores sintieran defraudadas sus expectativas y, desaparecido ya el horizonte milagroso de la alternancia, giraran hacia el viejo PRI, como lo han hecho en muchos casos hacia los partidos postcomunistas en los países de Centroeuropa. Pero si la derrota provocara una crisis profunda en el PRI, bien podría suceder que el fracaso de un gobierno de Fox se tradujera en una crisis política general, como la que ha dado el poder en Venezuela a Chávez”.

   Javier Solórzano, conductor de Imagen Informativa de la noche: “Si gana Vicente Fox va a tener que cumplir demasiadas promesas que le pueden generar el efecto Cuauhtémoc Cárdenas, de que se crea que llegando un hombre, un país o una ciudad o una sociedad se puede transformar de una manera definitiva, y esto no es tan cierto porque obviamente requiere de tiempo. Pero en la política no te queda otra que ofrecer, si no, no tienes votantes… en cuanto a repercusiones de quién es exactamente Fox, lo empezaríamos a ver: es realmente este hombre que quiere ser de la transición o es el hombre que vimos el 23 de mayo, donde nadie sabía qué estaba queriendo y más bien parecía como impertinente y, sobre todo, muy autoritario, y en una sociedad como la nuestra me parece grave”.

   Adolfo Sánchez Rebolledo, articulista en La Jornada y en ese entonces candidato al Senado por Democracia Social: “El gobierno de Fox sería un gobierno que tendría de antemano la oposición de un sector muy importante de la clase política que seguiría gobernando la mayoría de los estados y de los municipios. La clave van a ser los acuerdos en el Congreso. Si en el Congreso se logran amarrar los acuerdos entre los distintos partidos, entonces, cualquiera que sea el resultado de las elecciones, podremos pensar en un gobierno más o menos estable, pero si en el Congreso no se dan pasos acelerados para encontrar acuerdos, entonces vamos a entrar en una fase inédita de cuestionamientos, de inestabilidad”.

 

Se temían conflictos

   Muchas de las previsiones alrededor de los comicios de 2000 se referían a la posibilidad de un conflicto político que casi nadie creía que pudiera desbordarse del marco institucional, pero que algunos avizoraban más enconado de lo que realmente fue. Para algunos esa habría de ser una de las sorpresas del 2 de julio, cuya tranquilidad casi nadie esperaba. Recordemos las muchas especulaciones, en todos los tonos, que se hacían acerca del día siguiente, el lunes 3. Ese día, sencillamente, no pasó nada porque lo fundamental había ocurrido el domingo en las urnas.

   Diversos comentaristas, además, suponían que en caso de perder las elecciones el PRI demostraría beligerancia y consistencia mucho mayores a las que acabó por manifestar. Esa fue otra de las consecuencias inesperadas del cambio de hace un año. Sin dirección política, pasmado ante un desenlace para el que nunca se supo preparar, el Revolucionario Institucional desperdició muchos meses tratando de encontrar una justificación y algunos culpables para el resultado electoral en vez de aprender a mirar hacia delante. Las consecuencias las ha pagado en varios comicios estatales.

   En casi todos los diagnósticos previos al 2 de julio muy pocos se ocupaban del PRD y de otras fuerzas políticas. El interés central estaba, y así se ha desenvuelto el escenario político, en los dos partidos principales.

 

Un año sin acuerdos

   En cambio, tanto en la citada encuesta como en numerosos espacios en la prensa de aquellos días se confería enorme relevancia a la necesidad del futuro presidente, quien quiera que fuese, para establecer acuerdos con otras fuerzas especialmente en el foro idóneo para ello que es el Congreso de la Unión.

   Gobernar no es solo ganar votos, sino crear y mantener consensos, se decía. Esa verdad la podemos seguir repitiendo ahora, al mismo tiempo que nos asombramos ante la enorme incapacidad –y sobre todo ausencia de voluntad política– del actual gobierno para buscar y alcanzar acuerdos con otras fuerzas.

   Tal incompetencia no se le puede atribuir a los operadores específicamente políticos y quizá ni siquiera solo al presidente de la República.

   La ausencia de acuerdos se debe a la falta de voluntad para promoverlos, pero también a la ausencia de un proyecto de gobierno en torno al cual se pudieran establecer coincidencias y posiciones.

   No deja de resultar paradójico, pero sobre todo patético, el hecho de que un año después de los comicios tengamos que seguir preguntándonos por el proyecto de gobierno del presidente Vicente Fox. Pero es que ese proyecto no existe, o no ha sido suficientemente explícito.

   Sin duda el gobierno tiene posiciones e intereses que reivindica en sus dichos y hechos. Pero no hay una colección de propuestas congruentes y a la vez públicas capaces de articular el debate de la sociedad y el resto los actores políticos.

 

Enfrentamientos

   Antes del 2 de julio numerosas voces admitían que el presidente que nos gobernaría a partir de diciembre necesitaría respaldos adicionales a los que le proporcionarían los votos. Y alertaban: no se puede gobernar si no se cuenta con suficientes consensos.

   El presidente Fox consideró que el respaldo que obtuvo después de las elecciones podría bastarle para gobernar, al menos durante un buen trecho.

   Parte de ese consenso aún se mantiene pero ya no es suficiente. Cada vez más voces, ahora también desde el gobierno, hablan de la necesidad de un pacto con otras fuerzas políticas.

   Pero cualquier pacto es imposible si no se articula alrededor de una propuesta de país. Y esa, un año después de las elecciones, todavía no existe en el equipo que nos gobierna

   El profesor Ludolfo Paramio, con su conocida lucidez, advertía hace 12 meses y medio: si no había un proyecto claro y coherente o si Fox no negociaba y acordaba con el Congreso, quedarían sentadas las condiciones para un conflicto costoso para todos. La desilusión de los electores sería uno de los riesgos mayores.

 

¿Cuál cambio?

   Ese es el escenario que tenemos ahora. El quehacer político se ha vuelto más tortuoso que nunca, el enfrentamiento por asuntos baladíes releva a la confrontación de propuestas, el gobierno parece desorientado en muchos temas y otros los trata de resolver con desplantes autoritarios o chantajistas.

   No son pocos los ciudadanos que se preguntan si este 2 de julio hay motivos para festejar. El viejo y desacreditado PRI ya no está en el poder. Pero los nuevos gobernantes no han demostrado que son mejores y, en muchos casos tampoco parecen muy distintos a quienes los precedieron.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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