Brutalidad policiaca

La Crónica, junio 13 de 2002

Para los mexicanos la expresión “brutalidad policiaca” es innecesario pleonasmo. Nos hemos acostumbrado a que las corporaciones de seguridad pública estén colmadas de individuos que a la menor oportunidad abusan, extorsionan y cuando les hace falta, maltratan a los ciudadanos que caen en sus manos. Por supuesto se trata de una generalización que resulta injusta con los buenos policías que hay pese a todo. Pero durante tanto tiempo hemos conocido tantos abusos a cargo de agentes policiacos que equiparar su desempeño con la arbitrariedad resulta inevitable y automático.

   Si, por añadidura, en unos cuantos días ocurren varios hechos de tortura y maltrato que tienen como consecuencia la muerte de ciudadanos que habían sido aprehendidos, la impresión que podemos tener de los cuerpos de seguridad no puede ser sino de rechazo y desconfianza.

   La campaña de mensajes radiofónicos que hace algunas semanas promovió el gobierno del Distrito Federal para glosar las bondades de la policía capitalina quedó en intento grotesco que no logró enmascarar una realidad que es preciso corregir, no disimular.

   Para rechazar las encuestas que manifiestan una desazón que todos conocemos y experimentamos respecto de la seguridad pública, Andrés Manuel López Obrador ya no podrá decir que se trata de ficciones propagadas por sus enemigos políticos. Cuando algunos de los crímenes más destacados son perpetrados por personal al servicio del gobierno del DF, el titular de esa administración tendría que buscar soluciones en vez de pretextos.

   El asesinato del joven Josué Ulises Banda Cruz el martes por la madrugada ha sido tan alevoso y escandaloso que incluso el gobierno de López Obrador ha tenido que reaccionar con el compromiso de castigar ese crimen.

   El muchacho de 17 años estaba charlando y tomando unos tragos con tres amigos dentro de un automóvil estacionado en una calle de la delegación Iztacalco. Al parecer los tripulantes de una patrulla se acercaron para detenerlos y los muchachos corrieron a refugiarse en la casa de la abuela de Josué. Según algunas versiones, al tratar de huir el joven recibió un balazo en la espalda. Su madre, al reconocer el cadáver, encontró que tenía numerosos golpes.

   El hecho de que el joven Banda Cruz no haya sido un dechado de virtudes cívicas no le resta un ápice a la infamia que significa su asesinato. Se trataba de un menor de edad desarmado y que no hizo mas que comportarse como harían millones de jóvenes ante la posibilidad de ser arrestados por la policía.

   Es triste que Josué Ulises Banda y sus amigos (dos jovencitas y un muchacho) no tuvieran mas sitio que un automóvil para estar platicando en la madrugada. Pero es terriblemente grave que la imagen social que nuestros policías se han forjado sea la de personajes alevosos de quienes los jóvenes prefieren escapar antes que caer en sus manos.

   Las corporaciones policiacas más importantes en la ciudad de México han caído en un descontrol que ni el gobierno, ni mucho menos la sociedad, saben cómo remediar. La indisciplina de la policía preventiva (dos de cuyos elementos causaron la muerte del joven Banda Cruz) es tal que aun cuando el secretario de Seguridad Pública ordenó el acuartelamiento de 62 elementos, esa instrucción fue desobedecida.

   Alarmado por el crimen del cual se tuvo noticia gracias a las quejas que los familiares del muchacho asesinado difundieron en varias estaciones de radio, Marcelo Ebrard dispuso que los uniformados que habían trabajado el lunes por la noche en la zona del incidente quedasen retenidos. Sin embargo esa orden no fue cumplida a tiempo de tal manera que el policía identificado como agresor, José Luis de la Cruz, pudo escapar y anoche seguía desaparecido. Por tal encubrimiento, el titular de Seguridad Pública destituyó al director de la policía sectorial, el jefe de sector y un comandante de patrulla.

   El escándalo suscitado por ese crimen ha sido de tal magnitud que seguramente el gobierno del DF hará lo posible para que sea castigado. Pero la raíz del problema es la frecuencia y la usual impunidad con que agentes policiacos extorsionan a los ciudadanos y de manera especial a los jóvenes.

   Lo mismo que a muchachos como Josué Ulises y sus amigos en la colonia Ramos Millán, todas las noches en Insurgentes hay patrullas que esperan a la salida de las discotecas para atrapar a jóvenes que hayan bebido algunas cervezas y a quienes obligan a sacar dinero de los cajeros automáticos. Si el licenciado Ebrard quiere terminar con tales abusos podría comenzar por cualquier zona de la ciudad.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

–0–

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s