Cansancio, hartazgo, desilusión

La Crónica, 1 de diciembre de 2002

El gobierno federal decidió no festejar los dos primeros años de la gestión del presidente Vicente Fox. El partido en el gobierno tampoco hará celebración alguna. El presidente de la República parece estar harto de la responsabilidad para la cual fue electo en julio de 2000 y no pierde oportunidad para manifestar su desconcierto. El dirigente nacional del PAN está fuera del país y en ese partido aumentan los reproches y la desconfianza ante un gobierno que se aprecia cada vez más alejado de las promesas que le permitieron llegar al poder. Entre los ciudadanos se mantienen rastros de la esperanza de hace dos años pero también una profunda suspicacia sobre la capacidad del presidente Fox para dirigir al país.

   El ánimo celebratorio de hace dos años ha quedado sepultado por una interminable retahíla de errores y entre toneladas de demagogia gubernamental. Hace rato que el gobierno se quedó sin discurso.

   Ofrecer el cambio a un país exhausto después de fastidiosas décadas de un liderazgo priista que acabó por ser insuficiente ante una sociedad cada vez más exigente y variada, resultaba atractivo y eficaz. Si algo quería la mayoría de los mexicanos eran transformaciones capaces de perfilar un país nuevo: sin las pesadas estructuras del viejo Estado omniabarcador pero sin descuidar las responsabilidades públicas que había aprendido a cumplir; sin los abusos y la corrupción que acabaron por consumir la confianza en la justicia y en la administración gubernamental y por ello reconociendo la prioridad que tiene la modernización de esas estructuras.

   Vicente Fox y la coalición que lo llevó a la presidencia supieron presentarse como la alternativa ante ese deterioro, al menos para la mayoría de los electores. Gran parte de esos ciudadanos votaron no solo por un cambio de gobierno sino por un cambio de país. Al cabo de dos años muchos de ellos constatan, con tristeza y enojo, que el país no ha mejorado y que la capacidad de gobernar ha sido menoscabada por las impericias del presidente y sus colaboradores.

   También se aprecia la falta de un proyecto de país que le dé sentido y coherencia al gobierno. Para ganar las elecciones al licenciado Fox no le hacía falta un proyecto de esa magnitud. Para gobernar a México sí le ha sido necesario. Su carencia, se traduce en los tumbos que a diario se pueden apreciar en la presidencia.

 

Sarcasmo, resbalones

   Todo el país conoce las contradicciones que entorpecen la tarea de gobernar que el presidente Fox tiene la responsabilidad de cumplir. Incluso de ellas se hacen frecuentes chascarrillos. Los espacios de opinión en la prensa y en la radio parecen competir en agresividad y mordacidad para escarnecer los desatinos del presidente.

   Sus escasos defensores se quejan de la notable atención que esos espacios brindan a los tropiezos presidenciales, sin reparar en los resultados plausibles de las acciones del gobierno. El problema es que los resbalones son tan frecuentes y notorios que abruman los escasos éxitos que el presidente y su administración puedan haber tenido.

   El sarcasmo y el cuestionamiento intensos ante los despropósitos del titular del Poder Ejecutivo son expresión de la libertad que existe en nuestra sociedad y especialmente en el desempeño de los medios. Se trata, por cierto, de un derecho que la sociedad y los comunicadores ejercen con amplia apertura desde hace varios años. Con cierto ánimo embustero, el gobierno actual frecuentemente asegura que esa libertad es uno de sus logros, pero no es cierto.

   Al presidente, en México, se le critica explícita y agudamente por lo menos desde hace diez años. La diferencia es que ahora, quizá en parte debido a su talante campechano pero especialmente a causa de su desenfreno verbal y a la ausencia de coordenadas políticas sólidas, el presidente actual ofrece más motivos de crítica punzante que sus antecesores.

   La imagen del presidente se ha demeritado. La desacralización del presidencialismo idolátrico que tuvimos durante largo tiempo, fue saludable para un país que toleraba cada vez menos la veneración hierática que se hacía del titular del Ejecutivo. El desarrollo de la sociedad y la diversificación del sistema político fueron acotando el papel del presidente, que conserva enormes atribuciones jurídicas y que sigue siendo, política y simbólicamente, el eje de nuestro sistema de gobierno. Pero esa operación desacralizadora no se debió a la administración actual sino a una decisión expresa, que le significó beneficios y costos, del presidente Ernesto Zedillo.

   Lo que ha ocurrido durante la gestión del presidente Fox no es un reacomodo en la centralidad del Poder Ejecutivo sino un deterioro en la apreciación que se tiene de él tanto en el mundo político, como en la sociedad.

 

Imagen estropeada

   En vez de su calidad como titular de una institución esencial, del presidente a menudo se aprecian fundamentalmente los deslices y las contradicciones. La mofa de sus errores colma las páginas de numerosos diarios y aparece con frecuencia en algunos espacios radiofónicos.

   El sarcasmo propio de las caricaturas políticas (que son, por definición, un género vistoso y drástico en donde la puya desplaza al análisis) se ha trasladado a numerosos espacios de análisis. Si ni siquiera el presidente se toma en serio los compromisos de su gobierno o incluso sus propias frases de las que suele quedar constancia y grabaciones, es difícil esperar que sus comentaristas lo hagan. Si cotidianamente repite las mismas expresiones y convoca a la misma adhesión de los ciudadanos sin ofrecer suficientes resultados a cambio, resulta explicable que la crítica descienda a planos tan elementales.

   Para decirlo con crudeza: hoy a la imagen del presidente se le respeta menos que antes. En ese deterioro influye el ánimo de aquellos medios y comentaristas que encuentran más redituable golpear que analizar. Pero antes que nada, hay que reconocer que la frivolidad, las confusiones y la inmoderación del presidente y algunos de sus colaboradores más vistosos, dificultan la tarea de tomar en serio las acciones y decisiones del gobierno.

   Es difícil examinar con escrupulosidad a un gobierno tan desarticulado, sin rumbo claro, y cuyo jefe desteje un día los compromisos o acuerdos que él y sus colaboradores trataron de articular el día anterior. Ese comportamiento forma parte de un panorama de descomposición en el debate nacional.

 

Extendido pesimismo

   El espacio público en México padece un creciente y generalizado deterioro: suspicacias, trivialidad, burlas y descalificaciones, reemplazan a la confrontación de ideas y proyectos. El presidente y su gobierno no han causado esa descomposición pero parecieran empeñados en alentarla, y quizá en aprovecharla, en vez de hacer lo posible por construir un clima de respeto y mesura.

   Si se les concediera capacidad para ello podría suponerse que han organizado  una estrategia de distracción para que la sociedad y el mundo político se entrampen en la discusión de asuntos insustanciales, o en una confrontación que consume a todos, mientras los gobernantes toman decisiones al margen de la atención y el escrutinio del país.

   Pero quizá es pretender demasiado. Más que decisiones discutibles, que las hay desde luego, y más que ante una estrategia general de gobierno, estamos ante medidas casi siempre aisladas, que no forman parte de un proyecto de país y que son consecuencia de presiones e incluso ocurrencias circunstanciales.

   Consumido a fuerza de ser reiterado sin que la realidad lo confirme, al discurso del presidente y su gobierno ha devenido en una cantinela por lo general  previsible y reiterativa. La desconfianza a tantos dichos con tan pocos hechos no solo se expresa en los medios sino también, crecientemente, en la sociedad. A diferencia de la situación que el presidente y sus propagandistas se empeñan en describir, el juicio que los ciudadanos hacen a su administración tiende a ser adverso.

   Los círculos verde y rojo, como el licenciado Fox y sus asesores han querido escindir a la sociedad de sus segmentos políticamente más activos, tienden a encontrarse. No tenemos un país cuyas élites mediáticas y politizadas sean más críticas que el resto. El pesimismo delante del gobierno tiende extenderse entre los mexicanos.

 

Aceptación disminuida

   Se dice que al presidente le gusta gobernar a partir de las encuestas. Utilizar los datos de esos estudios para conocer el estado de ánimo de la sociedad es útil para cualquier gobernante moderno. Pero a menudo parece que el licenciado Fox más que en beneficio de los ciudadanos, quisiera gobernar para mantener o aumentar puntos de popularidad. Si es así y si revisa con atención los resultados de los sondeos más recientes, encontrará motivos para acrecentar el disgusto y el fastidio que ha expresado en numerosas ocasiones recientes.

   Los datos más gruesos en algunas de esas encuestas indican que la mayoría de los mexicanos sigue aprobando el desempeño del presidente Fox. Pero si se miran las respuestas en detalle, se encontrará que esa aceptación tiene bemoles muy importantes. Así ocurre con los datos de la Octava Evaluación Trimestral de la empresa Consulta Mitofski, que dirige el especialista Roy Campos y que se dieron a conocer antier.

   Cuando a los ciudadanos, en esa encuesta nacional, les preguntan si están de acuerdo o en desacuerdo con la forma de gobernar del presidente Fox, el 54.4% elige la primera opción. Esa cifra significa una caída en la aceptación al presidente cuyo desempeño, en el trimestre anterior, fue reconocido por el 56.7%.

   En febrero de 2001 el 69.7% estaba de acuerdo con la gestión del licenciado Fox. Así que aunque conserva la aprobación de más de la mitad de los mexicanos, el asentimiento a la manera de gobernar del presidente cayó una quinta parte en menos de dos años.

   La gente que no está de acuerdo con esa forma de gobernar aumentó del 22.9%, a 42.8% en ese lapso.

 

Gobierno sin control: 49%

   La eficacia del gobierno recibe escaso reconocimiento en algunos de los asuntos públicos más importantes.

   Cuando les preguntan qué tanto ha hecho Vicente Fox en distintas áreas, los ciudadanos que responden “mucho” son 46.3% en el esfuerzo para aumentar las inversiones extranjeras y 44.4% en aumentar el prestigio internacional del país. Pero respecto del combate a la delincuencia, quienes consideran que el presidente ha hecho mucho son solamente 28.7% y en el fortalecimiento a la democracia, 33.4%.

   Las frecuentes y sobre todo intensamente publicitadas giras del presidente han dejado la impresión de que está cumpliendo con sus responsabilidades en materia de política exterior. Pero al mismo tiempo existe la percepción de que no atiende algunos de los asuntos internos más importantes.

   Ante la pregunta “¿Usted cree que el gobierno de Vicente Fox tiene las riendas del país o las cosas se están saliendo de su control?” los encuestados por Consulta Mitofsky ofrecen un clarísimo testimonio de desconfianza en la capacidad del gobierno. 

   Quienes respondieron que sí “tiene las riendas” disminuyeron del 58.9% en febrero del año pasado, a 39% en la encuesta realizada este noviembre.

   En cambio los ciudadanos que consideran que el presidente ha perdido el control de los asuntos públicos aumentaron de 28.1% hace 21 meses, a 49% en el sondeo de hace unos cuantos días.

   Ningún presidente puede ufanarse de estar haciendo bien las cosas cuando casi la mitad de sus ciudadanos considera que no tiene capacidad para gobernar.

  

A la baja

   Ese juicio se afianza en la evaluación a los atributos personales del presidente. La encuesta les pidió a sus entrevistados que evaluaran “bien” o “mal” distintos rasgos en el comportamiento de Fox. En todos los rubros quienes estiman que lo ha hecho bien disminuyeron muy significativamente.

   La cercanía de Fox con la gente fue calificada como buena, en noviembre de 2000, por el 71.1%. Ahora esa apreciación la compartió solo el 41.4%.

   La apreciación “buena” a la tolerancia con quienes lo critican disminuyó del 63.4%, al 41.3%.

   El comportamiento como presidente, siempre en los mismos parámetros, descendió del 71.1% al 34.4%.

   La sinceridad del presidente le pareció buena al 60.4% hace dos años y ahora, solo al 33.5%.

   El liderazgo de Fox para dirigir al país fue aprobado en 2000 por el 68.8% y ahora exclusivamente por el 31.6%.

   Su preocupación por los pobres fue “buena” hace 24 meses para el 64.1% y ahora, tan solo para el 31.1%.

   La capacidad del presidente para resolver los problemas le pareció buena al 66.3% en la encuesta de noviembre de 2000 y únicamente al 30% en el estudio de noviembre de 2002.

   Incluso la honradez, que el presidente postula como una de sus cualidades más destacadas, es apreciada por aproximadamente la mitad de quienes la reconocían cuando comenzaba a gobernar. Hace dos años fue buena para el 61.4% y ahora nada más para el 33.6%.

 

“Ya estoy terminando”

   Al presidente actual no le reclaman abusos de autoridad, sino el insuficiente ejercicio de las atribuciones formales y políticas que tiene para prever y enfrentar problemas y conflictos.

   No hay acusaciones de tráfico de influencias ni de enriquecimiento indebido (aunque, más allá de las encuestas, crecen las dudas sobre la legitimidad con que su señora esposa hace política respaldándose en recursos públicos). Pero sí se aprecia desconfianza sobre la sinceridad y honestidad del presidente y sobre todo, imputaciones de negligencia en la atención de asuntos vitales para el país.

   Incluso se puede destacar que en los meses recientes el presidente ha comprobado, como pocas veces en la historia contemporánea de México, un desventurado sometimiento al dictado de los grandes poderes económicos como sucedió cuando canceló casi por completo el ejercicio del llamado tiempo fiscal en televisión y radio.

  Con razón el presidente y su gobierno no quieren festejar estos dos años de administración.

   Tampoco la sociedad.

   El costo de esa apreciación negativa que el presidente y sus colaboradores han propiciado con excesos retóricos, errores políticos y sobre todo con una preocupante inhabilidad para gobernar, es el crecimiento del pesimismo y la desesperanza en una sociedad que no sabe hacia dónde va el país.

   Ese saldo del primer tercio del gobierno del presidente Vicente Fox no es para alegrar ni siquiera a sus adversarios. A la deriva en muchos aspectos, las perspectivas de México son en extremo preocupantes.

   También lo es la ligereza con que el presidente se toma la responsabilidad para la cual buscó ser elegido. Al país no le conviene tener un presidente fatigado, o fastidiado en el ejercicio de su cargo.

   El lunes pasado en Santa Cruz Atizapán, en el Estado de México –de acuerdo con los reporteros del diario Milenio­­­– un joven le reclamó al presidente Fox.

   “El cambio. ¿Cuál cambio?”.

   “El cambio”, replicó sin mayor explicación el titular del Ejecutivo. Esa palabra ha perdido significado. La desgastaron la mercadotecnia y la demagogia.

   Otro ciudadano le gritó a Fox:

   “Señor presidente, no se olvide usted de los pobres ahora que llegue a la presidencia”.

   El mandatario replicó: “¿Ahora que llegue? Si ya estoy terminando”.

   Pero todavía le faltan –nos faltan– cuatro años.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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