Del Papa, al aeropuerto

La Crónica, 3 de agosto de 2002

La cancelación del aeropuerto en Texcoco no desplazará de la atención pública la desazón por el sometimiento del presidente Fox ante Juan Pablo II. Las reacciones adversas al gesto del titular del Ejecutivo ante el jefe del Estado Vaticano han sido tan numerosas como significativas.

   Una extensa franja de mexicanos, particularmente en los medios de difusión, ha considerado impropio el comportamiento presidencial. Ante esa opinión razonada y anclada en argumentos históricos, políticos y jurídicos se ha levantado una extendida oleada de condescendencias con el licenciado Fox, especialmente en las cadenas de televisión y algunas radiodifusoras.

   A la renuncia al razonamiento y al periodismo que pudo verse y escucharse en la mayoría de las televisoras y radiodifusoras, que en vez de informar sobre la visita del Papa se convirtieron en impulsoras del fanatismo religioso, se añadió luego la defensa del desplante presidencial a la llegada de Juan Pablo II.

 

Inconsecuencia televisiva

   Encabezadas por Televisa y Azteca las empresas radiodifusoras, con pocas excepciones, entendieron a la visita papal como un doble negocio. Por una parte ampliarían sus audiencias y credibilidad al difundir en extenso, como si la televisión y la radio fueran parte de la estructura eclesiástica, cada uno de los pasos de ese personaje. Pero además de legitimarse al cobijo del Papa, los medios electrónicos hicieron dinero con la venta de espacios publicitarios durante las transmisiones.

   Ese doble negocio estaba en riesgo cada vez que cualquier acontecimiento parecía nublar la visita papal. Por eso los personeros de la radiodifusión reaccionaban con tanta ira ante las versiones acerca de incidentes en el trayecto de Juan Pablo II por las calles de la ciudad de México.

   Cuando se supo que un muchacho había sido detenido porque aparentemente disparó en un sitio cercano al recorrido de ese personaje, los medios electrónicos se apresuraron a minimizar el hecho. Luego se sabría que en efecto, había sido un asunto trivial que sin embargo la prensa de Italia distorsionó hasta hacer creer que el Papa había sido víctima de un atentado.

   El profesionalismo de varios diarios italianos ha quedado por los suelos. Sin embargo sería deseable que la enjundia con que esos periódicos han sido descalificados en la televisión y la radio mexicanas se pusiera en práctica a propósito de los dislates que suelen transmitirse en esos medios.

   En buena hora se subrayan los errores de diarios como Il Messaggero, que son sintomáticos del sensacionalismo y la ausencia de controles profesionales que tienden a dominar en la prensa europea. Junto con esa repentina escrupulosidad sería de esperarse que, ahora sí, la televisión y la radio mexicanas se comprometieran con los derechos de réplica y rectificación que durante décadas se han negado a reconocer como parte de la legislación para los medios electrónicos de nuestro país.

 

El anillo y la tormenta

   Radios y televisoras estuvieron seriamente preocupadas cada vez que el menor incidente de tránsito, o cualquier percance en las vallas o las concentraciones para ver a Juan Pablo II, parecían alterar la disciplina de acontecimientos de los cuales no se asumían como testigos sino como corresponsables.

   Por eso cuando, el martes, el presidente de la República se inclinó delante del Papa y besó el famoso anillo los medios electrónicos y el gobierno supieron que se avecinaba una tormenta que empañaría la visita del jefe de la iglesia católica.

   La reacción de la prensa escrita, al día siguiente, fue casi unánime al subrayar el carácter inusitado, y para muchos cuestionable, de la actitud presidencial. Comentaristas, columnistas y posiciones editoriales deploraron la actitud de sometimiento que el presidente mexicano había manifestado respecto del jefe de un Estado extranjero. El llamado “círculo rojo”, que Vicente Fox identifica con la opinión reflexiva y por eso crítica se expresó como pocas veces, de manera casi generalizada, contra una actitud suya.

   No se ha cuestionado el derecho del presidente a profesar la fe que le venga en gana sino la manera como ha usufructuado su investidura política y legal para subordinarla a esas convicciones personales.

   La coincidencia de numerosas voces que con distintos matices discreparon de la actitud del presidente, ha sido expresión de un talante liberal que se mantiene en la sociedad mexicana o al menos en sus sectores más interesados en los asuntos públicos.

 

Justifican al presidente

   Esas convicciones liberales trascienden a los partidos, determinan la opinión de buena parte de la sociedad, se expresan con fuerza en los medios abiertos a la discusión e influyen en el poder aunque dentro de él no tengan tanta presencia como antes.

   Tales convicciones movilizaron al día siguiente la respuesta de los partidos de oposición, varios de cuyos líderes habían mantenido una actitud complaciente ante las consecuencias políticas de la visita del Papa, de la que algunos esperaban también beneficiarse.

   Ante esos cuestionamientos, algunos funcionarios intentaron defender al presidente pero con notoria pobreza de argumentos.

   El subsecretario de Gobernación, Javier Moctezuma, desechó la vigencia de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público al sostener que por encima de ella está la Constitución que garantiza la libertad de creencias a todos los ciudadanos.

   Sin embargo el ejercicio de sus derechos ciudadanos no exime al presidente Fox de cumplir disposiciones como el  artículo 15 de esa Ley según la cual las autoridades federales, estatales y municipales, “no podrán asistir con carácter oficial a ningún acto religioso de culto público ni a actividad que tenga motivos o propósitos similares”.

   Inclinarse delante del Papa y besarle el anillo no fue acto protocolario ni cortesía diplomática. Se trató de una expresión de subordinación a un credo específico que el licenciado Fox consumó no como individuo sin investidura, sino como presidente de México.

 

Comunicación adocenada

   En casi todos los sitios del dial radiofónico y en cada canal de televisión se han escuchado voces empeñadas en la imposible defensa del licenciado Fox. Con pocas excepciones (una de ellas Jacobo Zabludovsky, que en su noticiero radiofónico mencionó voces de la prensa escrita discrepantes con el gesto presidencial) esa avalancha electrónica recordó los peores tiempos de la comunicación adocenada. Como entonces, los empresarios mediáticos sabrán cobrarle el favorcito al Señor Presidente cuya defensa nunca hacen de manera desinteresada.

   Como nunca, los medios electrónicos propalaron el fanatismo, la superstición y las simplezas al reseñar la visita del Papa. No había descripción sino apoteosis o, mejor dicho, deslices cursis de la mayor parte de los cronistas, sobre todo en la televisión.

   En Azteca y Televisa la narración fue desplazada por la exaltación. Con el pretexto de que se trataba de convicciones compartidas por la mayoría de los mexicanos y antes que nada por locutores y comentaristas, las televisoras se redujeron a una cobertura emocional hasta el delirio sin explicar, contrastar ni contextualizar la visita del Papa.

   En ese panorama que tiende a imponer en la vida pública mexicana una sola visión del mundo en la que coinciden el presidente y los medios, a la sombra del poder eclesiástico, fue significativa la discrepancia manifestada especialmente en la prensa escrita. El espíritu liberal, que postula al laicismo como elemento de indispensable respeto y tolerancia –y así, de convivencia entre los mexicanos– ha podido subsistir a pesar de la cargada gubernamental y comunicacional de estos días.

  

Fracaso en Texcoco

   Pero no habrá propaganda mediática que libre al gobierno del fracaso que ha tenido en Texcoco. La capitulación ante los machetes puede ser considerada expresión de sensibilidad o decisión oportuna y habrá quien diga que así se respeta la voluntad del pueblo. Pero será difícil negar que al ceder ante la obcecación de los vecinos de San Salvador Atenco, el presidente Fox reconoce el quebranto del proyecto de obra pública más importante de su gobierno.

   La decisión era inevitable. Pudo ser anticipada por La Crónica de Hoy el domingo pasado. “No habrá aeropuerto en Texcoco”, decía la información de Renato Consuegra.

   El proyecto, como se recordaba en esa información, nació torcido. El gobierno se decidió por Texcoco para construir el aeropuerto después de tomar en cuenta distancia hacia el Distrito Federal, condiciones ambientales, esquemas de inversión y sobre todo las presiones políticas de poderosos grupos mexiquenses de los cuales se hizo vocero el secretario de Comunicaciones y Transportes.

   Sin embargo a todos se les olvidó afianzar un acuerdo realista con los ejidatarios dueños de buena parte de los terrenos en donde se pensaba edificar el aeropuerto.

   El regateo iniciado en octubre, cuando se hizo pública la decisión por Texcoco, careció de coordenadas y sobre todo de operadores políticos. Desestimando su capacidad de exigencia y antes que nada sus derechos patrimoniales, a los comuneros de esa zona se les ofrecieron entre 60 y 70 pesos por hectárea. Esa cantidad era tan poco justa que, pronto, el gobierno comenzó a incrementarla en una puja de cifras y exigencias que crecía junto con la beligerancia de los campesinos.

   Mientras más amenazadores aparecían los machetes, mayor era la oferta gubernamental. Temeroso en una situación que no sabía como enfrentar, el gobierno federal estuvo varios meses al garete de las exigencias de los ejidatarios, especialmente del grupo más radical que controló a los campesinos de Atenco.

   La oferta llegó a 500 mil pesos, en promedio, por hectárea. No había límites a las pretensiones de los ejidatarios que habían aprendido que mientras más insolentes eran sus presiones mayor era la debilidad gubernamental.

 

Los pobres y los demagogos

   No hubo auténtica negociación porque ni los interlocutores se reconocían a sí mismos como tales (el soez desprecio de los líderes de Atenco hacia los funcionarios del gobierno hacía imposible cualquier trato serio) ni se habían establecido parámetros capaces de conducir a un acuerdo.

   Enardecidos en las actitudes de perdonavidas que tanto les celebraron distintos medios de comunicación, los dirigentes de Atenco no supieron cuándo pactar. Creyeron que tenían al gobierno contra la pared, hasta que su adversario decidió esfumarse. Entonces fueron ellos quienes se estrellaron contra esa pared.

   Solo con enorme voluntarismo y cargando a cuestas las anteojeras ideológicas que los partidarios de la rebelión en Atenco han querido imponerle a la sociedad se podría pensar que los ejidatarios ganaron. Seguir cultivando una tierra empobrecida y haber perdido la oportunidad extraordinaria que significaba vender sus propiedades a un precio que jamás soñaron no es triunfo sino una derrota estrepitosa y dolorosa.

   A pesar de ese resultado lamentable para centenares de familias que seguirán siendo pobres –porque la demagogia y el aventurerismo dilapidados en el movimiento de Atenco no enriquecen a nadie– sería deseable que el desenlace resulte, además, ejemplar.

   Si algún provecho pudiera obtenerse de este desdichado conflicto, tendría que ser su capacidad didáctica.

   Es pertinente que la sociedad reconozca que los machetes, por mucha que sea su carga simbólica  y de intimidación, no sirven para resolver sus exigencias.

   Será saludable que se admita que a pesar de las costosas reticencias para reconocerla y hacerla respetar, la vía de la legalidad es la única que puede conducir a arreglos civilizados.

   Nadie ganó en San Salvador Atenco. Perdió el gobierno federal que había invertido en Texcoco buena parte de sus expectativas en materia de infraestructura para este sexenio. Perdió el Estado de México que confiaba en la magna inversión que llevaría el aeropuerto. Perdió la ciudad de México cuya terminal aérea es cada vez más atestada e insegura. Perdieron los ejidatarios no tanto por ambiciosos, sino por el aventurerismo de sus dirigentes que los llevaron al despeñadero político.

   Solo embaucadores como el abogado Burgoa pueden decir que en Atenco triunfó la Constitución y “se hizo justicia a los pueblos débiles”. No hay justicia alguna cuando la miseria, que es causa principal de su debilidad, se perpetúa en pueblos como Atenco. Allí perdieron los pobres que para desdicha suya y vergüenza del país seguirán siéndolo, por mucho que haya tantos demagogos que hayan querido escudarse en ellos.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Un comentario en “Del Papa, al aeropuerto

  1. pues la realidad es que no todos los periodistas som igual pero en este caso los medios de comunicaciuion infliyo mucho ya que manipulaban las cosas y no se decian las cosas como eran tapaban las cochinadas que hacian los que tenian el poder , repito no todos los periodistasn son iguales .

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