Dos discursos del Papa

La Crónica, 30 de julio de 2002

Juan Pablo II es el último gran personaje del siglo XX. El tenaz y planetario activismo que ha desarrollado durante casi un cuarto de siglo, le ha permitido influir de manera decisiva en el diseño del mundo que tenemos hoy en día.

   Algunos de los grandes cambios en el mapa geopolítico de las décadas recientes, entre ellos la caída del muro ideológico y político que dividía a los europeos, se deben a la interesada diligencia del papa polaco.

   De la misma manera hay inercias y carencias que se padecen en los terreno social, ético y moral, en cuya persistencia ha sido muy relevante el personaje que llega hoy a nuestro país.

   Juan Pablo II tiene un doble discurso. No se trata de un comportamiento esquizofrénico sino de actitudes complementarias que forman parte de las articulaciones internas y las búsquedas de esa corporación inmensa, extremadamente poderosa y sometida a múltiples exigencias que es la iglesia católica.

   En asuntos sociales el papa tiene un discurso avanzado. Su reivindicación de los pobres la ha acompañado, sobre todo en años recientes, de una fuerte crítica a la ausencia de regulaciones que suele tener la economía de mercado. Sus requerimientos a quienes tienen poder y recursos para que actúen con responsabilidad y generosidad, los ha acompañado de demandas específicas para mejorar la situación de los más desamparados.

   Contradictoriamente, en temas relacionados con la moral de los individuos y respecto de la situación interna de la iglesia católica Juan Pablo II mantiene posiciones conservadoras. Su rechazo a examinar de manera abierta asuntos como el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad, el derecho de las parejas a regular el tamaño de su familia y más recientemente los abusos de sacerdotes contra menores de edad, manifiestan la otra faz en el comportamiento del papa.

   Una y otra son caras de una iglesia que trata de rescatar inquietudes de reforma social ampliamente extendidas entre sus feligreses, pero  sin deshacerse del tradicionalismo en el que históricamente se ha sustentado.

   El alma conservadora no ensombrece el alma progresista de Juan Pablo II. Pero su compromiso con los derechos sociales de las personas no es tan amplio que lo lleve a reconocer los derechos individuales que también tienen.  

   De esa manera, el Papa y la jerarquía católica pueden contar con un discurso demandante frente a inequidades del poder económico y abusos del poder político, a la vez que soslayan el creciente interés de los integrantes de la sociedad a ser reconocidos como adultos capaces de decidir asuntos que les conciernen fundamentalmente a ellos.

   De ambos discursos, en sus recorridos por el mundo Juan Pablo II suele destacar el que reivindica el interés de los desheredados. Esa actitud contribuye a mantener el consenso de la iglesia católica en los países donde se encuentra más extendida y a vigorizar la influencia del Vaticano en los circuitos internacionales. Las gestiones del Papa a favor de la paz en numerosos lugares suelen tener una importancia nada desdeñable.

   El conservadurismo en asuntos morales y eclesiásticos, Juan Pablo II lo suele reservar para audiencias o documentos más específicos. De esa manera uno y otro discursos no entran en contradicción.

   La predilección que tiene por nuestro país, reconocible en esta quinta visita, confirma que el Papa está empeñado en defender la presencia pública de la iglesia católica con todo el ahínco del que sea capaz. Su esfuerzo personal, trayendo a cuestas dolencias ahora inocultables, suscita la admiración de cuantos observan sus presentaciones públicas.

   Esa presencia se impone al discurso –a los discursos– de Juan Pablo II. Al mismo tiempo que es uno de los grandes protagonistas del siglo que ya terminó, el Papa constituye una de las más intensas figuras mediáticas en esta era de las imágenes universalmente propaladas.

   Es él, y no Juan Diego, el protagonista de la visita que comienza hoy. La canonización del indio del Tepeyac, resuelta a pesar de abundantes evidencias sobre la adulteración de hechos históricos en beneficio de la leyenda y la alegoría religiosas, es causa de un repunte social –pero también político– que ha construido la jerarquía eclesiástica. Más que a canonizar a Juan Diego, el Papa viene a consagrar esa mayor y más decisiva influencia que buscan los dirigentes de la iglesia católica en México.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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