El Circo Atayde

La Crónica, enero 14 de 2002

El circo es por naturaleza seductor. Quizá no hay espectáculo más intencionalmente destinado a jugar al brincoteo de las emociones. Habilidades capaces de quitar el aliento, sorpresas que mueven a risas unánimes, la emoción instantánea que imponen acróbatas y domadores o el respeto ante muestras de habilidad y valor, son parte de las sensaciones que despierta y amalgama la tradición circense.

Ambiente y representación han de ser aturdidores, envueltos en el retozo de luces frondosas y el alboroto acústico de la música y el griterío. El redoblar de los tambores que sustituye al aliento extraviado al mirar una peripecia en las alturas o la carcajada que surge ante gracejadas que fuera de ese contexto no tendrían el mismo efecto, forman parte de ese juego que siempre encuentra cómplices propicios en un auditorio dispuesto a emocionarse porque a eso se va, precisamente, al circo.

Una tras otra cada rutina ha de tener alguna peculiaridad, así sea en el donaire de media docena de corceles veteranos o en la belleza de algunas trapecistas cuyo encanto cándido compensa la falta de agilidad suficiente.

Usanzas y presencias circenses desgraciadamente están perdiendo terreno. En estos días termina la temporada anual del Circo Atayde Hermanos en la ciudad de México, antes de su gira por varias ciudades del país. Las funciones en el Palacio de los Deportes están semi vacías y es notorio el descenso de espectadores en comparación con la asistencia en otras épocas.

El mejor circo de México resiente esa mengua y el espectáculo desmerece. Tristón, el Atayde no presenta tigres, leones ni malabaristas, apenas aparecen dos payasos y su cartelera está nutrida de principiantes, entre ellos varios grupos contratados en Cuba. El sesgo taciturno que siempre tienen los circos y que Federico Fellini retrató tan magistralmente aparece a momentos en las funciones del Atayde, a diferencia de la chispa alegre que incluso en medio de vicisitudes abundantes ha sabido tener ese circo mexicano.

La decadencia de esa institución artística es parte de lo mucho que estamos perdiendo a causa de la costumbre de avasallarnos al televisor y la videocasetera. Al circo posiblemente lo vemos más en la pantalla casera que bajo la carpa y delante de la pista, que es como está concebida cada función.

Aun así debilitado, el Atayde tiene el hechizo que siempre le infunden la tenacidad de sus artistas, comprometidos con un espectáculo que saben único y querido por los espectadores. Incluso cada vez que tropiezan conmueve el coraje para repetir una rutina de volatinero hasta que sale como debe ser y siempre sacude el valor de sus trapecistas más experimentados para bambolearse en las alturas.

La fama de ese circo es tal que en todo México surgen pequeñas compañías que les copian el nombre. Entrevistado en Proceso el gerente de la empresa, Alfredo Atayde, se queja de los imitadores que en detrimento de sus derechos autorales se presentan con esa denominación. Además hace una pertinente reivindicación del circo:

“No sé si a los políticos mexicanos verdaderamente les interese el circo. Todos los presidentes mexicanos han ido; pero nunca en su periodo presidencial, siempre asistieron antes o después de estar ellos en funciones… Acabo de invitar personalmente a López Obrador y sabemos que Vicente Fox y Sari Bermúdez, de Conaculta, son personas muy ocupadas en otros asuntos; pero considero que el circo es una metáfora de la política y de la vida misma. En algunas ocasiones uno está en los cielos como los trapecistas y otras en el piso… El circo es así y queremos que vayan Fox y la señora Bermúdez porque verán a figuras mundiales que proporcionan muchos momentos de buen arte y una sana emoción ante tantos problemas que agobian a nuestro México de hoy”.

La comparación entre cirqueros y políticos puede extenderse con fácil alevosía. Hay mucho de acrobacia en la versatilidad desfachatada con que algunos de nuestros políticos cambian de partidos, filiaciones y compromisos. Se requiere de agilidad y elasticidad para brincar de un asunto a otro sin caerse del trapecio político y a menudo, la retórica y la propaganda son formas de prestidigitación para enmascarar el significado de los asuntos públicos.

Nuestros políticos aprenderían más del circo que de otras experiencias. Al menos se divertirían un par de horas y quizá a todo el país le vendría bien ese relajamiento de quienes toman las grandes decisiones.

Vayan o no, nadie criticaría al señor Fox o a la señora Bermúdez si dispusieran que el Estado apoyara a la empresa de la familia Atayde para que reencuentre y mantenga su tradición circense. Si además se quedan un rato y miran el espectáculo a pesar de las limitaciones que ahora tiene, se van a entretener.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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