El presidente enfadado (Fox y Havel)

La Crónica, noviembre 3 de 2002

Todavía no cumple la tercera parte de su gestión sexenal y al presidente Vicente Fox se le ve disgustado. Pareciera que el ejercicio del gobierno le hastiara y que no hubiese encontrado en él las gratificaciones personales y políticas que pudo haber esperado.

   Esa desazón del presidente Fox puede ser expresión de realismo, al haberse percatado de las complejidades y dificultades que hay en una administración pública y en un país cuyos defectos no eran culpa solamente del partido y los mandatarios que ocuparon antes de él la conducción del gobierno. Quizá el malestar presidencial es preferible al forzado triunfalismo, o al enmascaramiento de los problemas que a menudo hicieron los predecesores del licenciado Fox.

   Pero los disgustos del actual presidente se están convirtiendo en una nueva manera de encubrir, o eludir, las dificultades. En vez de analizar los problemas se descalifica o esquiva a quienes los plantean. En lugar del debate amplio y público con el que el gobierno dice estar comprometido, cada vez son más las áreas y episodios en los cuales se toman decisiones discrecionales a veces incluso sin tomar en cuenta los cauces institucionales.

 

Frecuentes reprimendas

   El presidente Fox no ha resuelto su diferendo con los medios de comunicación. Cada vez que se acuerda, lo cual ocurre con frecuencia, culpa a la prensa por no compartir sus apreciaciones sobre la realidad del país.

   El lunes pasado el presidente recorrió la zona de Jalisco devastada por el huracán Kenna. En una pequeña población tuvo este diálogo con un damnificado.

   “Ciudadano: …el gran gobierno me dio un apoyo en el sentido de quitar todo el escombro, están trabajando mucho, está ayudando mucho el gobierno. Y muchísimas gracias, tanto al gobernador y a usted, señor presidente, que el cambio es un cambio bueno, para todos los mexicanos.

   “Presidente Fox: Qué bueno que la prensa no ande aquí ahorita. De todos modos aunque se los digas no lo ponen, no importa”.

   Ahora la incomodidad presidencial no se limita a los medios de comunicación. Cada vez son más frecuentes los desencuentros del licenciado Fox con ciudadanos a quienes les reprocha que no se  ayuden ellos mismos cuando le piden que el gobierno los auxilie.

   El mismo lunes 28 tuvo esta conversación con otro grupo de víctimas del huracán:

   “Presidente Fox: ¡Hola, amiga! ¿Cómo están?

   Mujer: ¡Nadie me avisó, nadie!

   “Presidente Fox: ¿No te avisaron? ¿Te la pasaste aquí sentada o dónde?

   “Mujer: En mi casa, mirando cómo cambiaba el paisaje de un momento a otro, en menos de cinco minutos. ¡Todavía estoy temblando, señor!

   “Presidente Fox: ¿Pero cómo no te avisaron, si todos los medios –el radio, la televisión, los periódicos– avisaron?

   “Mujer: Nadie me avisó, tenemos tres días sin ningún…

   “Presidente Fox: ¿Qué vives solita, encerrada ahí o qué?

   “Mujer: Con mi hijito.

   (El Presidente se dirige a otro grupo de mujeres).

   “Presidente Fox: ¿Y ustedes tampoco se enteraron?

   “Mujer: No nos evacuaron, señor Presidente.

   “Mujer: No nos evacuaron, evacuaron los…

   “Presidente Fox: ¿Pero y ustedes qué? ¿Pues no se dieron cuenta que venía?

   “Mujer: Pero no nos evacuaron, señor.

   “Presidente Fox: ¡Pues hagan un esfuercito! ¡Pues cómo que no las evacuan si evacuaron a 60 mil gentes!

   “Mujer: A nosotros no nos dijeron nada. Somos dos personas que estamos olvidadas toda la vida.

   “Presidente Fox: Ya con eso, saldrá en los medios que no se evacuó a nadie. Se evacuó a todo mundo. Afortunadamente no se perdió la vida de nadie y de las casas, y de las rancherías, y de las comunidades y de todos lados se evacuaron más de 90 mil gentes”.

   Malhumorado porque la realidad no se ajusta a la visión que se ha formado de ella, el presidente suele reconvenir a las personas que le expresan peticiones o reclamos. Su reacción ante aquellas mujeres en Jalisco que solamente le estaban informando que no fueron desalojadas, fue inopinadamente agresiva. Primero quiso confrontar sus versiones, luego su única preocupación fue el efecto que esas quejas pudieran alcanzar en los medios de comunicación. En la explicación del presidente, además, en pocos segundos el número de desalojados aumentó un 50 por ciento.

 

La incomodidad de Havel

   A todos los gobernantes el poder político, además de numerosas y contradictorias gratificaciones, les llega a incomodar. A veces las limitaciones que impone sobre la vida personal, en otros casos la constatación del vasallaje y la deslealtad de muchos de quienes los rodean y en otras ocasiones una honesta autocrítica, suscitan expresiones de desaliento e incomodidad en los gobernantes.

   Hace pocas semanas el presidente Vaclav Havel, en un discurso en el Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York explicó el malestar que, además de numerosas satisfacciones, le ha causado la responsabilidad que ha tenido durante casi 13 años y de la cual se librará dentro de unos cuantos meses. El escritor cuyas obras de teatro llegaron a estar prohibidas durante la dictadura en su país y que pasó cerca de cinco años en prisión debido a sus opiniones políticas, se pregunta cómo ha cambiado él en los últimos 13 años, desde que fue electo por primera vez como presidente de la entonces Checoslovaquia.

   “He descubierto algo sorprendente: aunque era de esperarse que esta riqueza de experiencia me hubiera dado más y más aplomo, confianza y brillo, la verdad es exactamente lo contrario. En ese tiempo, me he vuelto de alguna manera menos seguro de mí mismo, de alguna manera más humilde.

   “Puede ser que no lo crean, pero cada día me da más pánico escénico; cada día tengo más miedo de no estar capacitado para el trabajo, o creo que lo voy a estropear todo. Me resulta muy difícil escribir mis discursos y cuando lo hago, tengo más miedo que nunca de repetirme, sin esperanza, una y otra vez. Más y más a menudo, tengo miedo de quedar tristemente por debajo de las expectativas, de estar mostrando de alguna manera mi falta de aptitudes para el trabajo, de que a pesar de mi buena fe voy a cometer errores cada vez más grandes, de que voy a dejar de ser confiable y entonces perder el derecho a hacer lo que hago”.

   Havel compara esa apreciación sobre su propio trabajo con la soberbia y el gusto por la exhibición pública que suelen tener sus colegas:

   “Y mientras otros presidentes más jóvenes que yo, en términos del tiempo que llevan en el cargo, disfrutan cada oportunidad de encontrarse unos con otros o con personas importantes, de aparecer en televisión o pronunciar un discurso, todo eso simplemente me vuelve más temeroso. A veces intencionalmente trato de evitar la misma cosa que debería recibir como una gran oportunidad por el miedo casi irracional de que, de una u otra manera, voy a malgastar la oportunidad y quizás incluso perjudicar una buena causa. En pocas palabras, tengo más y más dudas incluso sobre mí mismo. Y mientras más enemigos tengo, más me coloco al lado de ellos en mi propia mente y entonces me convierto en mi peor enemigo”.

 

Complacencia y cuentos de hadas

   Ese discurso que Havel leyó el 19 de septiembre pasado, aparece en su página electrónica con el título “El dramaturgo como presidente”. Luego de las confesiones antes transcritas el mandatario checo reflexiona sobre el proceso que lo condujo a ese estado de duda. Supone que a partir de febrero próximo, cuando ya no sea presidente, podrá tener otras explicaciones y ganar distancia respecto de la política.

   “Por ahora, sin embargo –prosigue su discurso– déjenme sugerir una de muchas explicaciones posibles para esta situación. Conforme he envejecido, conforme he madurado y ganado en experiencia y raciocinio, paulatinamente he llegado a entender completamente el tamaño de mi responsabilidad y de las extrañamente variadas obligaciones que se derivan del trabajo que acepté. Más aun, se está aproximando inexorablemente el momento cuando aquellos alrededor mío, el mundo y –lo que es peor– mi propia conciencia ya no me van a preguntar cuales son mis ideales y metas, qué es lo que quiero conseguir y cómo quiero cambiar al mundo, sino que me comenzarán a preguntar qué es lo que realmente he conseguido, cuáles de mis intenciones he podido cumplir y con cuales resultados, cuál quisiera que fuese mi legado y qué clase de mundo quisiera dejar tras de mí. Y repentinamente siento que la misma incomodidad espiritual e intelectual que una vez me empujó a levantarme contra el régimen totalitario y a ir a la cárcel por ello, ahora me está ocasionando serias dudas acerca de la importancia de mi propio trabajo, del trabajo de aquellos a quienes he respaldado, o de aquellos cuya influencia he hecho posible”.

   “En el pasado, cuando debía recibir títulos honoríficos y escuchar los laudatorios discursos que se hacen en esas ocasiones, a menudo tenía que sonreírme a mí mismo y ahora, en muchos de estos homenajes, me encuentro como si fuera el héroe de un cuento de hadas, un muchacho que, en nombre del bien, golpeó la cabeza contra la pared de un castillo habitado por reyes malignos, hasta que la pared cayó y él mismo se convirtió en rey y entonces vino a gobernar sabiamente durante muchos largos años. No tengo ganas de aclarar las cosas en esas ocasiones, aprecio profundamente todos mis doctorados y siempre me conmuevo cuando los recibo.

   “Sin embargo menciono este otro lado de las cosas, que es un tanto divertido, porque precisamente estoy comenzando a entender cómo es que todo ha sido, en realidad, una diabólica trampa que el destino me ha colocado. Porque verdaderamente fui lanzado, de la noche a la mañana, en un mundo de cuentos de hadas y entonces, en los años que siguieron, tenía que regresar a la tierra, preferentemente para reconocer que los cuentos de hadas son simplemente una proyección de los arquetipos humanos y que el mundo no está del todo estructurado como un cuento de hadas. Y así –sin jamás haber intentado convertirme en rey de cuento de hadas y a pesar de encontrarme a mí mismo prácticamente obligado a esta posición, aunque fuese como un accidente de la historia– no he tenido inmunidad diplomática para esa dura caída hacia la tierra desde el irrisorio mundo de la efervescencia revolucionaria al terrenal mundo de la rutina burocrática”.

 

Poetas, consejos y políticos

   El escritor de 66 años explica en esa alocución que ha sido entendida como parte de su despedida de la política activa:

   “Por favor entiéndanme. No estoy diciendo que he perdido mi lucha, o que todo ha sido en vano. Al contrario, nuestro mundo, la humanidad y nuestra civilización se encuentran ahora en la que quizá es la más importante encrucijada de su historia. Tenemos más oportunidad que nunca antes en los últimos tiempos para entender nuestra situación y la ambivalencia del rumbo que estamos encabezando y para decidir a favor del camino de la razón, la paz y la justicia y no el camino que conduce a nuestra propia destrucción.

   “Solamente digo esto: colocarnos en el camino de la razón, la paz y la justicia significa una gran cantidad de trabajo duro, abnegación, paciencia, conocimiento, una perspectiva sosegada, la voluntad para arriesgarse a los malentendidos. Al mismo tiempo, significa que todos sean capaces de juzgar sus propias capacidades y actuar de acuerdo a ellas, esperando que la fuerza de cada uno crezca con las nuevas tareas que uno se dé a sí mismo, o eso será insuficiente. En otras palabras, no hay más confianza en cuentos de hadas ni en héroes de cuentos de hadas. No hay más confianza en los accidentes de la historia que colocan a poetas en sitios de donde han descendido imperios y alianzas militares. Las voces de advertencia de los poetas deben ser cuidadosamente escuchadas y tomadas muy en serio, quizá incluso más seriamente que las voces de los banqueros y los corredores de bolsa. Pero al mismo tiempo, no podemos esperar que el mundo –en las manos de los poetas– se vaya a transformar repentinamente en un poema.

   “Sea como sea, hay una cosa de lo que estoy seguro: que a pesar de cómo desempeñé el papel que me adjudicaron y a pesar de cuánto lo quise antes que nada o lo merecí, y a pesar de lo mucho o poco que estoy satisfecho con mis esfuerzos, entiendo que mi presidencia ha sido un magnífico obsequio del destino. Después de todo he tenido la oportunidad de participar en acontecimientos realmente históricos en la transformación del mundo. Y esa –como una experiencia de vida y una oportunidad creativa– ha hecho que valgan la pena todas las trampas que había escondidas junto con ella”.

 

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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