La ciudad del desaliento

La Crónica, diciembre 6 de 2002

Todos los días doña Virginia García López, de 72 años, prende una veladora en la iglesia de San Hipólito. Lo hace para rogar por el jefe de Gobierno de la ciudad de México. Igual que ella millares de viejos –o adultos en plenitud, como ahora se estila decir con involuntario sarcasmo– le agradecen a Andrés Manuel López Obrador el dinero que el gobierno capitalino les entrega cada mes.

   Las bendiciones de doña Virginia y la ayuda al resto de los beneficiarios de esas contribuciones nos cuestan, a los habitantes del Distrito Federal, 203 millones 520 mil pesos cada mes. Se trata de los vales de 636 pesos que se les distribuye a 320 mil ancianos y que para muchos se han convertido en su único sustento.

   Apoyar a los viejos es una de las obligaciones del Estado y de la sociedad. Incluso, podría decirse que la contribución es pequeña para las necesidades de cada uno de ellos. Pero López Obrador no entrega ese dinero movido por su ánimo caritativo, sino porque en dicha contribución se encuentra una de las claves de su popularidad. La dotación mensual a los ancianos se ha convertido no en una medida de política social sino, antes que nada, en una forma de proselitismo.

   A veces recibir esa asistencia implica obligaciones como la que debió cumplir don Juan, un hombre de 73 años, que tuvo que acudir al informe de la delegada Dolores Padierna para que no le quitasen la tarjeta que le da derecho al subsidio mensual. Los testimonios que recogió David Saúl Vela y que Crónica publicó ayer son indignantes, reveladores y tristes. Con 636 pesos mensuales López Obrador compra –con nuestro dinero– la adhesión y la ilusión de esos viejos.

   Decir que se trata del clientelismo más ordinario, que es una práctica inmoral y abusiva y que representa un ejercicio del poder afrentoso y manipulador, no ayuda demasiado a describir cómo mantiene sus consensos el jefe de Gobierno.

   Con la adhesión de esos ciudadanos y de sus familiares y con otras medidas de corte populista, López Obrador ha conseguido sorprendentes índices de aceptación entre los habitantes del DF.

   El 82% de los ciudadanos aprueba la gestión de López Obrador, según la encuesta de María de las Heras para el diario Milenio. El 81.1% está de acuerdo con el jefe de Gobierno, indica Consulta Mitofsky en un resultado significativamente parecido. Tales resultados se reproducirán en el ejercicio de vanidad telefónica al que López Obrador convoca para este fin de semana.

   Mientras la popularidad del presidente Vicente Fox y otros personajes disminuye o se bambolea, las adhesiones al jefe de Gobierno del DF han ido en ascenso. La encuesta de De las Heras constató que según el 42% de los ciudadanos, el mejor logro de López Obrador ha sido la tarjeta que entrega a los ancianos.

   La criminalidad, los agobios viales, la contaminación, el desempleo y el deterioro de los servicios públicos, así como la sensación cotidiana de pesadumbre y fastidio con los cuales se vive en la ciudad de México, no han decrecido en los dos años que lleva la gestión de López Obrador. Sin embargo la gente lo apoya. Algunos lo hacen por conveniencia. Otros, rendidos ante la ausencia de opciones y acaso confiando en que más vale quedarnos con un gobernante que administra la crisis aunque no la resuelva.

   La popularidad del jefe de Gobierno no es expresión de una ciudadanía activa sino de una sociedad resignada. Esta no es la ciudad de la esperanza. Lo que tenemos es una ciudad atrancada en el desaliento.

 

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