La señora Fox

La Crónica, 13 y 14 de mayo de 2002

La señora Sahagún de Fox estaba contenta al cabo de la reunión con estudiantes de la Universidad Panamericana. El éxito de sus arengas por la superación personal y el compromiso social podía medirse en los aplausos intensos y la mirada arrobada de algunos de los asistentes a su conferencia. La sesión de preguntas estaba terminando cuando el moderador leyó una interrogante de la joven Nidia Olivares.

   “¿Influye una Primera Dama en las decisiones del Presidente?”.

   El término para designar a la esposa del titular del Ejecutivo le dio oportunidad a doña Martha Sahagún para decir que no hay mujeres de segunda. Hablando, eso sí, en primera persona de un plural que era innecesario, manifestó: “vivimos con el presidente, conocemos del quehacer del presidente, sabemos de las dificultades del Presidente, sabemos de los éxitos del Presidente. Pero, además en este caso compartimos con plena convicción el proyecto del presidente, que es el proyecto de México”.

   Todo hasta allí se ajustaba a la discreción que suelen manifestar las esposas, primeras o no del presidente de la República. En todos los regímenes políticos la mujer del presidente o como quiera que se le llame a quien personifica el ejercicio del poder tiene un sitio singular.

   En México tradicionalmente se les habían asignado tareas asistenciales dentro de las instituciones que el Estado tiene para esos fines. De esa manera asumían un compromiso con los asuntos públicos, pero sin ocupar esferas reservadas a los funcionarios específicamente electos o designados para atender tales cuestiones.

   Cuando una esposa presidencial no quería hacerse cargo del DIF entonces tomaba una discreta distancia para dedicarse al arte, la familia, las compras o lo que le viniese en gana pero conservando un alejamiento que la prudencia y la institucionalidad recomendaban –y que, hasta donde ha podido apreciarse, la sociedad mexicana reconocía y agradecía–.

   La señora Sahagún de Fox no es así. El hecho de haber colaborado de manera profesional con el presidente desde que estaban en campaña y todavía durante siete meses hasta que se casaron en julio del año pasado manifiesta su interés por los asuntos públicos y también, por participar de las decisiones del licenciado Fox.

   Ese interés pareciera, a simple vista, de los más explicable y legítimo. Si participó en el esfuerzo para que su ahora marido llegase a la presidencia y si ha demostrado inclinación por la política, nada más natural que se mantenga cercana a los temas de preocupación nacional.

   Sin embargo cuando opina, sugiere, intercede o simplemente se interesa en cualquier tema de esa índole, la señora Sahagún de Fox no lo hace como sencilla ciudadana sino, de manera inevitable, como esposa del presidente de la República.

   A doña Martha cada vez que alguien ajeno a su círculo inmediato la busca, entrevista, invita o halaga es porque se trata de la esposa del presidente. Esa es una condición que la señora Sahagún no puede olvidar pero, especialmente, con la que resulta muy delicado asumir el protagonismo político que ha venido desplegando. De eso nos ocuparemos mañana.

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Los alumnos de la Universidad Panamericana que la invitaron como conferencista central de su Sexto Simposio, no buscaron a doña Martha Sahagún debido a las preocupaciones familiares y sociales que ha expresado, ni por el interés que suscita la fundación Vamos México que ella dirige. Querían que hablara la esposa de Fox, no la promotora de tareas de asistencia social.

   En ese carácter fue que respondió a la pregunta de la alumna Nidia Olivares, que mencionábamos en la columna de ayer, acerca de la influencia que tiene en las decisiones del presidente.

   “Entonces –continuó en su respuesta la señora Sahagún de Fox–  yo diría una mentirilla si dijera que no estoy informada, que no me involucro, que no comparto, que me es indiferente, o sea, no; sí me involucro, sí comparto, sí opino, sí me preocupo y sí me ocupo”.

   Y abundó: “Además, me encanta, lo disfruto mucho, admiro mucho al Presidente, y yo creo que hay que decirlo: las mujeres hoy en día, quienes somos esposas del Presidente tenemos que dejar de ser siendo solamente habitantes del mismo lugar, habitantes de la misma casa; tenemos que ser verdaderamente factor también de cambio y de realización por un proyecto común, que en este caso comparto y comparto plenamente”.

   La manera como doña Martha reconoce su interés por los asuntos públicos compromete al presidente de la República. Aunque sea de sentido común suponer que como esposa suya tiene opiniones que le hace saber, el hecho de admitirlo de manera pública la coloca como influyentísima gestora de los más diversos asuntos.

   Ese riesgo en el activismo político de la señora Fox fue advertido el jueves pasado, 9 de mayo, por la investigadora Soledad Loaeza en La Jornada: “Cuando la señora de Fox anuncia inocentemente que hemos vuelto a los tiempos en que la esposa del presidente abría puertas, de manera inevitable evoca épocas de triste memoria, por cierto ya remotas, en las que la cónyuge del mandatario instruía a los secretarios de Estado, recibía a empresarios, daba la bienvenida a parientes, vecinos y coterráneos, y reinaba soberana rodeada de una corte”.

   Añade la profesora de El Colegio de México: “También está invitando a que se le acerquen todos aquellos que tienen extraordinarios proyectos, las mejores intenciones e ideas, necesidades grandes y pequeñas, pero que tal vez no han encontrado el mejor camino para que los escuche el Presidente. A todos ellos la señora de Fox ha sugerido que encontrarán en ella un canal directo a la Presidencia, mucho más efectivo que la engorrosa normatividad de la burocracia, podrán así salvar la testarudez de algunos subsecretarios y el obstáculo de legisladores que no dejan hacer las cosas”.

   Esa es la implicación más grave de las declaraciones de la señora Sahagún de Fox. A diferencia de otras esposas presidenciales se reconoce como participante activa en tareas que los ciudadanos no le encomendaron a ella sino a su marido.

   La señora Fox ha adquirido notoriedad por dos circunstancias adicionales. Son conocidas sus aspiraciones para mantenerse en posiciones de relevancia pública más allá del gobierno actual. Para ello, ha puesto en marcha una fundación que no tendría nada de excepcional si no fuera impulsada por la esposa del presidente, empleando recursos públicos en beneficio de una institución privada.

   En su conversación con estudiantes hace una semana, el martes 7 de mayo, la señora Fox dijo con énfasis notorio: “yo estoy aquí pero alcanzo a ver más alto, yo estoy ahí pero alcanzo a ver más alto, porque además esa es la pasión y lo fascinante de la vida”.

   No explicó qué entiende por mirar más alto pero en distintas ocasiones se ha conocido el gusto que le da que la comparen con Eva Perón. Para fortuna suya, del presidente y de nuestro país, ni don Vicente Fox es equiparable a Juan Domingo Perón, ni en México existen las masas de “descamisados” que aclamaban a Evita, ni doña Martha tiene la avidez prácticamente perversa que singularizó a aquella lideresa que murió a los 33 años.

   La Fundación que encabeza la señora Sahagún tiene una declaración de intenciones noble y hasta plausible. El problema es que se trata de una institución privada cuyo funcionamiento ha sido respaldado con recursos públicos y, notoriamente, con gestiones a cargo de la esposa del presidente de la República. Allí se encuentra un conflicto de intereses y una fuente de posibles acciones ilegales que podrían convertirse, en el futuro, en uno de los flancos más débiles en la gestión del presidente Fox.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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