María Félix

La Crónica, 9 de abril de 2002

Genio y figura, María Félix encarnó su propio, irrepetible y emblemático estereotipo. Ninguna mujer mexicana ha sido tan conocida, homenajeada y contemplada. Ninguna, tan querida, admirada y al mismo tiempo discutida.

   A la Félix la definía una inconfundible singularidad. Hermosa e inteligente, sus palabras eran tan devastadoras como la mirada retadora y altiva –la más célebre del cine mexicano–. Supo y quiso hacer añicos los arquetipos de la femineidad convencional. Nada tan alejado de la abnegada sumisión femenina que proponían la moralidad social y sus reflejos cinematográficos como las cananas, el puro y las palabrotas que exhibía en sus caracterizaciones más celebradas. Su éxito surgió de la imponente belleza gélida que mostraba en los filmes y del contraste con los convencionalismos con los que rompía, dentro y fuera de la pantalla.

   El auge social de esos convencionalismos llevó a que se le considerase hombruna y distante, un perfil que ella misma cultivó al defender con denuedo su derecho a la vida privada. El mito de “La Doña” nació con la traslación del carácter agresivo de sus personajes cinematográficos al retiro en el que vivió sus últimas décadas, solamente roto con esporádicas presentaciones públicas.

   Doña Bárbara, Enamorada, Tizoc o La Bandida forman parte de la formación sentimental –pero también de la heterodoxia moral– de varias generaciones de mexicanos e hispanoamericanos. Los personajes de la Félix podían causar irritación o rechazo, especialmente en una sociedad hecha a otros cartabones, pero era mayor la fascinación que originaban.

   Lo mismo sucedía con la actriz fuera de los escenarios. Se podía coincidir o no con sus opiniones drásticas, de una contundencia que nadie regateaba para no encrespar su talante áspero e implacable, pero era imposible dejar de cautivarse con las declaraciones de María Félix acerca de cualquier tema –el elogio de la champaña, la exaltación de París, su disgusto por el basural en que se convirtió nuestro Centro Histórico, el agudo escarnecimiento del zapatismo y el  cardenismo, la indulgente reivindicación del régimen priista–.

   Forma y fondo, en María Félix las opiniones sobre asuntos públicos eran parte de una personalidad altanera y mandona. Son indudables sus contribuciones al arte y la cultura mexicanas y especialmente a la mitología de una sociedad de cuya iconografía forma parte de manera indeleble. Pero solo con gran improvisación se pudo afirmar, como hizo ayer el presidente Fox, que la señora Félix haya sido “una de las impulsoras del cambio democrático en el país”. Suponemos que La Doña habría soltado una escandalosa e impertinente carcajada si hubiese conocido esa frase presidencial.

   A su manera, María Félix reivindicó y promovió a su país. La honra haberse negado a ser estrella de Hollywood para no aceptar papeles de mexican curious. No podía decirse que fuese representativa de las mexicanas pero ellas tienen motivos para identificarse con la actriz. Nadie como la Félix consiguió negar y desacralizar el machismo, parodiándolo y apropiándose de él.

   Fue célebre en su capacidad para repetirse a ella misma, no como prototipo social. Personificar a La Doña se volvió práctica que cumplió con donaire y éxito. Jorge Alberto Lozoya lo explicó de manera rigurosa: “En una sociedad en la que la fama tiende casi irremisiblemente a traducirse en una solemnidad excesiva, los mexicanos agradecen  a María Félix el haber sabido realizar su destino de mito nacional con gran aplomo, nunca desprovisto de un osado y peculiar sentido del humor” (Cine Mexicano, Imcine, 1992).

   Nutrir el mito era su resguardo contra el desgaste que ocasionan los años propios y la desmemoria de la gente. Hace cinco años María Félix explicó al diario madrileño El Mundo: “No he visto pasar el tiempo. Cuando se te va la juventud, cuando se te va la frescura de la piel, te quedan otras cosas mejores. Te queda la personalidad”.

   Salvador Novo, en un retrato preciso y afectuoso, describe así un encuentro con ella en la cena de Navidad que la Félix ofreció en 1961: “Es un positivo descaro lo hermosa que es esta mujer, que respira y exhala la felicidad de vivir, por sus ojos bárbaros, por su rostro de porcelana, por su cuerpo flexible y tenso, por su voz cálida y por el afecto con que prodigaba atenciones a los pocos privilegiados por su invitación”.

   El novelista Manuel Puig escribió alguna vez: “María Félix nunca imitó a nadie, ella es su propia invención”. Octavio Paz dijo algo similar.

   Hasta ahora la de María Félix era una presencia indeleble y conocida, casi tutelar en la vida pública de México. Desde ayer el mito de La Doña marcha por si solo.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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