Papolatría

La Crónica, 1 de agosto de 2002

Inclinado ante el jefe de un Estado extranjero, el presidente Vicente Fox no solo incumplió la obligación constitucional que tiene para defender el carácter laico del Estado mexicano. Además, al agacharse para besar el anillo papal el titular de nuestro poder ejecutivo manifestó, en favor de un credo particular, un culto que raya con el fanatismo. Se trata de un comportamiento muy distinto de la moderación y el pluralismo que son deseables y exigibles al presidente de nuestro país.

   Ese gesto de sumisión ilustra la actitud de la clase política en el poder con motivo de la visita del Papa. Por convicción o conveniencia, el presidente y muchos otros funcionarios y personajes políticos supeditaron sus investiduras y responsabilidades ante el jefe de la iglesia católica.

   En televisión y radio se insiste en que tales actitudes marcan el fin de la simulación que antaño practicaban los gobernantes del PRI. Pero está por verse cuál disimulo es mayor, si el de aquellos priistas que ejercían en privado sus prácticas religiosas para no confundirlas con sus obligaciones públicas, o el de quienes demuestran en público esas convicciones sin reparar en la representatividad política que tienen.

   En el gobierno federal se había entendido la pertinencia de no confundir la investidura presidencial con el derecho individual del licenciado Fox a expresar su fe religiosa. Tanto así que, desde la semana anterior, el propio titular del Ejecutivo explicó que a la misa en la Basílica no asistiría como presidente sino como Vicente Fox.

   Quedaba claro, de esa manera, que si bien sería como ciudadano que ayer miércoles acudiría a la misa de proclamación de Juan Diego, el martes Fox le daría la bienvenida al Papa en su calidad de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

   A Juan Pablo II se le recibió como jefe de Estado. Las banderas del Vaticano y México presidieron la ceremonia y se escucharon los himnos de ambos países. Así que fue en su condición de Presidente de la República y no como el ciudadano Fox, que nuestro mandatario se inclinó para besar el anillo del Pescador, precisamente la insignia que representa el poder terrenal y espiritual del Papa.

   Esa es la divisa de la jerarquía papal, que tiene una connotación tan relevante que cuando el jefe de la iglesia católica muere, la tradición y el rito señalan que el anillo ha de ser destruido. Ese es el emblema que el presidente de México se inclinó para reverenciar.

   La vida pública y la política están repletas de símbolos y la decisión del presidente Fox para allanarse al emblema del poder papal no puede considerarse como una actitud simplemente anecdótica. Si con ese gesto quiso hacer evidente que su gobierno tiene con la iglesia un comportamiento drásticamente distinto al que en su momento expresaron los presidentes priistas, al licenciado Fox le faltó contexto y discurso que respaldaran esa actitud.

   La conducta de los presidentes anteriores respecto de la religión, ha sido cuestionada con alguna frecuencia. Pero no puede negarse que aquellos mandatarios obedecían a una tradición histórica que se expresa (todavía) en nuestra Constitución Política.

   El presidente Fox, en cambio, no ha tenido mas que un gesto y no para reivindicar legalidad, historia ni proyecto definido alguno, sino solo para dejar claro que él no encuentra impedimentos para expresar de manera abierta su devoción ante el jefe de la iglesia católica.

   El beso del hangar presidencial forma parte de los muchos desplantes personales que se le han conocido al licenciado Fox en los veinte meses que hoy cumple su gobierno. Quizá de la misma forma en que menudo se suelta de la lengua para después arrepentirse por exabruptos que no debió haber dicho, antier al presidente le ganaron las ganas, o la emoción, para postrarse delante del Papa.

   Pero a un personaje público que tiene responsabilidades institucionales como las que buscó, logró y se comprometió a cumplir el presidente de la República, es preciso evaluarlo no por sus intenciones sino por el resultado de sus acciones. El beso del hangar dice poco acerca del proyecto y el compromiso políticos de Fox, pero mucho respecto de la improvisación, o la búsqueda de imágenes efectistas, con que ha gobernado.

   Esa veneración a Juan Pablo II puede resultar excesiva incluso para los intereses de la iglesia católica. En esferas cercanas al Vaticano ha crecido la preocupación ante el culto desmedido que algunos han denominado “papolatría” (el término, que aparece en distintas publicaciones de discusión eclesiástica, lo recordaba ayer el especialista Roberto Blancarte en el noticiero de José Cárdenas).  Sin querer, el presidente mexicano se suma a esa veneración tan exagerada que preocupa dentro de la misma iglesia católica.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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