Septiembre once

La Crónica, septiembre 8 de 2002

A las 2 de la tarde de este sábado la ground zero, la zona del desastre al sur de Manhattan, muestra una apariencia menos calamitosa pero no por ello menos dolida que desde hace casi un año. Hay un frenético tránsito de maquinaria pesada y los obreros de casco amarillo andan de un lado a otro en la que hace tiempo dejó de ser la tarea de rescate más intensa en la historia del mundo para convertirse en resignada pero expedita operación de limpieza. Las escobas están sustituyendo a las palas y los camiones de volteo no dejan de salir del sector acordonado con grandes citas amarillas.

   Todo el día, todos los días, un par de cámaras conectadas a la Internet registran los movimientos en el territorio de catástrofe que, con oportuno sentido de la tragedia, los neoyorquinos llamaron ground zero –un término hasta entonces reservado al sitio donde se produce un ataque nuclear–. Las escenas que miramos este sábado en la computadora donde se escribe esta columna comienzan a ser rutinarias después de pocos minutos. Una de las cámaras muestra la procesión de camiones junto al sitio donde hace un año todavía estaban las Torres Gemelas. La otra registra el área desde donde los visitantes pueden contemplar los trabajos. La gente que llega en busca de reconocerse delante de una tragedia que todos recordaremos para siempre, se para junto a un muro en donde se han colocado fotografías y testimonios acerca de algunas de las muchas víctimas del 11 de septiembre.

   Algunos permanecen varios minutos, otros se dan la vuelta rechazando el recuerdo. Todos, ellos en el mirador frente a lo que fue el WTC y nosotros en este sitio de la Red, no vemos tanto la cosecha de escombros sino lo que ya no está allí. Todos acuden a buscar el enorme vacío que dejaron las orgullosas Torres. Se trata de una peregrinación, presencial o electrónica, en pos de una ausencia ya sabida. El monumental claro donde ya no está el WTC es contemplado con la ansiedad y la curiosidad que suscitan las grandes tragedias. Cada quien recuerda su experiencia de aquel día. Cada uno de nosotros habrá de rememorar siempre las circunstancias en las que nos enteramos de la noticia y la estupefacción con que vivimos ese 11 de septiembre. Todos miramos, sin entenderlo del todo aún, hacia el espacio que ya no ocupan las Torres Gemelas.

 

Rostros, nombres e historias

   La memoria permite mitigar la estupefacción para que entonces transitemos de las reacciones iniciales, al entendimiento racional. Pero hay acontecimientos tan traumáticos que su efecto devastador tarda años, o generaciones, para ser asimilado. La tragedia del 11 de septiembre pasado ha sido el acontecimiento histórico registrado con más rapidez y profusión. Los medios de comunicación que en todo el mundo propalaron y atestiguaron los ataques de ese día ofrecieron prácticamente todos los ángulos del desastre y los reiteran ahora que estamos por alcanzar un año de aquella fecha. Las experiencias de millares de neoyorquinos que miraron las colisiones de aquel martes y las biografías de muchos más que fallecieron allí forman parte de un extenso e intenso relato colectivo cuyo sentido, sin embargo, para muchos sigue siendo contradictorio.

   Cada domingo el New York Times publica una docena de semblanzas de algunas de las víctimas en el desmoronamiento de las Torres. En las semanas posteriores al 11-S lo hizo todos los días y con los primeros centenares de relatos hace medio año apareció un libro  cuya venta rinde ganancias al fondo de ayuda para los familiares de quienes murieron en aquel desastre. Los bosquejos biográficos siguen apareciendo y todos son, a su manera, invariablemente conmovedores. Los reporteros del NYT han sabido encontrar en ángulo piadoso, simpático o sensible de aquellas mujeres y aquellos hombres.

   Gracias a esas semblanzas la tragedia tiene víctimas con rostros y nombres. Sus familiares y amigos pueden dejar algún comentario en la página web que se abrió en homenaje a cada una de esas víctimas.  Se trata de gente real, cuyo recuerdo además permite ubicar al 11 de septiembre en sus dimensiones precisas: se trató de un crimen con todas las agravantes, en contra de personas inocentes (muchos de ellos, por cierto, de origen o nacionalidad no estadounidenses) que fueron asesinadas como resultado de una acción que no amerita justificación alguna.

  

Cinismo y conspiraciones

   Hay quienes apuntan que también las víctimas de la soberbia y los abusos perpetrados por la avidez imperial de los Estados Unidos han sido inermes e inocentes. Sin embargo una injusticia jamás disculpa que se cometa otra y menos aún en contra de personas indefensas. Durante este año las reacciones al homicidio del 11 de septiembre han puesto a prueba no solo al débil sistema internacional sino, junto con ello, las convicciones democráticas de gobiernos y personas en todo el mundo.

   Todavía, aunque con menos frecuencia que el año pasado, se pueden escuchar y leer opiniones que tienden a disculpar los ataques del 11-S. De manera más o menos franca hay quienes sugieren que los estadounidenses se lo buscaron e incluso se han conocido expresiones de regodeo, como si con los asesinatos en Manhattan y otros sitios quedasen castigadas las tropelías que la Unión Americana ha perpetrado tantas veces y en tantos sitios.

   También siguen conociéndose, aunque con menor frecuencia, las versiones que sugieren que el ataque a las Torres Gemelas no fue cometido por un grupo terrorista sino a instancias del gobierno estadounidense. El golpe al orgullo, la prepotencia y sobre todo a la seguridad del gobierno de ese país fue tan contundente que hay quienes suponen que no pudo haber ocurrido sin la complacencia de Washington. Esa manera de adjudicarle a la Casa Blanca una omnipotencia sólo equiparable a la perversidad que también se le confiere, impide reconocer la complejidad del escenario global en el cual ocurrió la tragedia del 11 de septiembre. Sobre todo, ese rechazo a admitir que el imperio puede ser tan vulnerable como cualquier otra nación ante la amenaza del terrorismo, encierra a los acontecimientos en un círculo vicioso. Las teorías de la conspiración acaban por no tener explicación racional ni asidero en la realidad porque su principal fuente de certezas es la viciada lógica del complot.

 

Abusos, intolerancia, miedo

   Haber sido víctima y no promotor de la agresión del 11-S no disculpa uno solo de los abusos que, con ese pretexto, ha cometido el gobierno estadounidense.    

   La respuesta militar que Washington emprendió pocas semanas después, al margen de la legalidad internacional y en medio de un creciente rechazo mundial tuvo como consecuencia el asesinato de centenares y quizá millares de personas inocentes, especialmente en Afganistán. En busca de miembros y cómplices de Al Quaeda e incluso para hacerlos pasar como tales, se emprendió una devastación de la cual aun no contamos con noticias ni datos suficientes.

   Así como la del 11-S ha sido la tragedia mejor documentada en la historia, de la incursión estadounidense en Afganistán solo se han conocido retazos casi siempre tamizados por la censura, o sesgados por las dificultades de los reporteros para llegar a los sitios de mayor quebranto.

   Es un despropósito considerar que George W. Bush tuvo alguna culpa en la tragedia del 11 de septiembre pero evidentemente la aprovechó para consolidar uno de los regímenes más autoritarios, atrabiliarios e impunes que hayan tenido los Estados Unidos.

   Con el subterfugio de perseguir al terrorismo además de matar y devastar en el otro lado del mundo, el gobierno estadounidense impuso un régimen de persecución y terror entre sus propios ciudadanos. El acoso a decenas de millares de estadounidenses de origen árabe (e incluso de otras procedencias, entre ellos latinos y mexicanos) se desarrolló, y en algunos casos se mantiene, junto con la promoción de un nacionalismo belicoso y discriminatorio.

   A partir del 11-S Estados Unidos, muy a diferencia de la defensa de las libertades y la tierra de oportunidades que postulaba el discurso imperante en ese país, volvió a ser una nación impregnada de intolerancia y desconfianza. El trauma que los estadounidenses sufrieron hace un año explica en parte esa reacción pero el gobierno se ha encargado de intensificarla. Abundan los casos de ciudadanos que han sido golpeados o cuyas propiedades han sido atacadas simplemente porque tienen apellidos o apariencia distintos a los que son mayoritarios en ese país.

   Las versiones de nuevos ataques han mantenido a los estadounidenses en una situación de histeria. Con ellas el gobierno de Mr. Bush refuerza la crispación de su sociedad y se adelanta a posibles acusaciones de negligencia para cuando el fanatismo terrorista quiera golpear de nuevo.

 

Desinformación y confusión

   En Estados Unidos, en menos de un año más de mil 200 extranjeros han sido detenidos de manera ilegal con el pretexto de que pueden estar relacionados con terroristas. Se sabe de personas que han permanecido encarceladas durante varios meses, sin derecho a una defensa regular y sin que se les hayan fincado cargos claros.

   Las libertades más elementales fueron degradadas en ese clima de miedo y furia. A partir del 11-S en casi todos los medios de comunicación se extendió el sentimiento de que toda la información e incluso la opinión tenían que supeditarse a la causa del antiterrorismo. Como nunca al menos desde el macartismo de hace medio siglo los medios estadounidenses, con escasas excepciones, se supeditaron a una autocensura que ya comienza a suscitar reconsideraciones y sobre todo una profunda vergüenza entre los periodistas más responsables.

   Desinformación, represión y confusión se asociaron para que la sociedad estadounidense quedase aislada de la realidad posterior al 11 de septiembre. De lo que ha sucedido en ese país y de sus acciones militares en el resto del mundo es más frecuente encontrar registro en la prensa europea o latinoamericana que en las televisoras y los diarios de Nueva York, Los Angeles o Washington.

   El golpe fue demasiado duro, pero la decisión del gobierno de Mr. Bush para capitalizar la reacción de temor y rabia de sus ciudadanos también contribuyó a ese clima de intolerancia.

 

Venganza y terrorismo

   Washington quiere extender a Irak la guerra que ya despliega en el mundo árabe. A diferencia de la forzada o improvisada complacencia que encontró hace un año en la reacción contra Afganistán, ahora la Casa Blanca parece estar casi sola en esa embestida. Casi toda la Unión Europea (con la comedida excepción de Mr. Blair)  se niega a respaldar la nueva aventura bélica. Incluso aliados de ocasión como Rusia y China se resisten a que se abra un nuevo frente, de consecuencias impredecibles, tan solo para castigar el antiamericanismo rampante de Saddam Hussein.

   Hace menos de un año pudo haberse pensado que el 11 de septiembre había fortalecido la hegemonía estadounidense en el resto del mundo. La venganza después del crimen en Manhattan y Washington y especialmente el combate al terrorismo le permitían a Bush exigir alineación o confrontación absolutas.

   Menos de 12 meses más tarde lo que ha ocurrido es, ciertamente, un feroz despliegue de la enorme capacidad militar y de vigilancia de los Estados Unidos. Pero el gobierno de ese país está lejos de contar con el apoyo o la resignación de la comunidad internacional. Hemos tenido un unipolarismo de hecho pero está en marcha la consolidación de otros bloques en el mundo, algunos con reglas claras aunque no sin disputas como ocurre en la Unión Europea y otros de evolución incierta como en el mundo árabe y algunos países asiáticos.

 

Fuera del obsoleto TIAR

   La onda expansiva del cataclismo del 11 de septiembre dañó también al sistema internacional articulado alrededor de organismos como las Naciones Unidas que no supieron, quisieron ni pudieron reaccionar con la solidez que aquel acontecimiento exigía. En su explicable pero desbordada irritación, el gobierno de Estados Unidos desplazó, debilitó y quiso suplantar a ese sistema internacional. En marzo pasado, en Monterrey, se negó a comprometer los recursos que hacen falta para la lucha contra la pobreza. Hace pocos días reiteró en Johannesburgo su resistencia a la acción concertada contra los problemas de la humanidad. En estos meses ese gobierno ha rechazado a la Corte Penal Internacional.

   Sin embargo un año después las instituciones básicas del sistema internacional siguen constituyendo la opción para que los países que les dan sentido y fuerza, dejen de ser simples comparsas ente el desbordamiento de la guerra que Mr. Bush se empeña en intensificar.

   En ese panorama, la decisión del gobierno mexicano para dejar de pertenecer al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca es una medida plausible. El TIAR siempre ha sido un instrumento militar para afianzar la presencia de Washington en América Latina. Si estamos en una etapa de recomposición de los equilibrios internacionales resulta preciso buscar nuevas formas de equidad y no preservar instrumentos de una hegemonía en muchos sentidos inaceptable. En los espacios e instituciones que resulten de esta fase de reestructuración mundial el gobierno de Estados Unidos se verá precisado a reconocer que puede tener socios, pero no subordinados. Esa es, al menos, la única posición que México puede sostener en una perspectiva en donde se articulen la defensa de la soberanía con el reconocimiento de las nuevas realidades de este mundo.

 

WTC, memoria y presencia

   Toda nuestra vida recordaremos el 11 de septiembre. Quizá alguna vez, además del horror y la tristeza que hoy suscita, ese día podrá significar un momento clave en la reordenación racional del mundo. Por lo pronto es una fecha que salvaguarda la memoria –y eso no es poco–. En la medida en que recuerde el horror y condene los asesinatos del 11 de septiembre, la humanidad tendrá conciencia de su ilimitada capacidad de autodestrucción y podrá condenar con firmeza los crímenes del terrorismo –igual que los abusos que se cometen al perseguirlo–.

***

   No falta mucho para que caiga el crepúsculo en Manhattan, esta tarde de sábado cuando llegamos a las líneas finales de esta columna. La actividad registrada por las web cams parece menos intensa. Una enorme grúa coloca una estructura metálica junto al dilatado vacío que alguna vez llenaron las paradigmáticas Torres. Algunas luces comienzan a encenderse. Dentro de cuatro días se cumplirá un año. Allí murieron cerca de 4 mil personas y hoy podemos mirar a distancia la remoción de escombros con una estupefacción interminable. En la calle Fulton, desde donde pueden ver las obras, los visitantes disminuyen. Unos niños parecen voltear a la cámara. Sonríen.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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